Disclaimer: Los personajes de DGray-Man no me pertenecen, son exclusivos de Katsura Hoshino. Está historia está libre de fin de lucro.
Capítulo tres.
—¡Maldita sea Komui! —Riñó Kanda—. Nos hiciste volver inútilmente.
—Kanda, son ordenes que tengo que cumplir y tú también —suspiro desanimado—. Si por mi fuera, los mantendría allá en el exterior, hasta que lo encontraran, pero…Yo sólo soy alguien más que tiene que obedecer a los superiores.
—¡Y una mierda, Komui! —Gritó.
—Tranquilízate, Kanda —intervino Lenalee—, mi hermano no tenía opción, se un poco comprensible.
Kanda viró a verla más que enfadado, pero sólo se limitó a eso, para después dar camino hacia la salida del desordenado despacho de su hermano.
—¡Kanda, no hemos terminado! —Komui alzó la voz, para que el espadachín le escuchara—. ¡Kanda! ¡Maldición! —Dejó escapar un suspiro.
—Hermano, creo que lo mejor es que lo dejes por un momento.
—Pero mi querida Lenalee…
—No esta vez —tomó una bocanada de aire, buscando un poco de calma—. Yo estoy de acuerdo con él, esto…esto sólo nos volver al principio. Y si me disculpas, tengo que ir a tranquilizar al general, antes de que empiece a decapitar gente.
—Pero…Lenalee —le abrazó de la cintura—, acabas de volver y tu hermano quiere gozar de tú presencia un poco más…
—Hermano, no tengo tiempo de juegos —se liberó de él y partió de ahí.
Ignoró por completo los lamentos y quejas de Komui, su prioridad era calmar al temperamental espadachín. Aunque no lo culpaba, ella se sentía igual de impotente y fastidiada, por la manera en que les impedían encontrar a Allen.
Cuando había podido avanzar, les hicieron retroceder diez pasos.
Siguió el camino que lo llevaba exactamente a la recamara del pelinegro, estaba segura que no le prestaría atención y no le dejaría dialogar con él. Si era así, tendría que utilizar la fuerza.
Al quedar frente a la puerta de la habitación y con los nudillos a nada de rozar la tosca madera, se detuvo. Su corazón se aceleró de sólo recordar lo que había sucedido en aquella cabaña, cuando se protegieron del intenso aguacero.
De sólo acordarse de la cercanía, el calor que le proporciono, los fuertes brazos que la sostuvieron y el corazón que le calmaron los nervios, su rostro ardió de la vergüenza y excitación.
No podía negar que desde el regreso de Kanda, las cosas cambiaron entre los dos o, quizás, sólo con ella.
Cuando lo volvió a ver, se dio cuenta de lo atractivo que se había vuelto. Había dejado aquel rastro de juventud a un lado, para darle paso aquella estela de madurez, que sólo un hombre puede poseer.
Su mirada se volvió mucho más intensa y cálida a la vez, aquella sonrisa llena de soberbia irradiaba sensualidad. Incluso, el que bromeara con ella, le había parecido como un juego de coquetería.
Kanda de alguna manera la había encandilado, le hizo que le mirara más que un compañero, un camarada, más que su hermano. Después de todo, Kanda no era su hermano, y no tenía nada de malo que le viera de la forma en que lo hacía ahora.
No sabía si era cuestión de la edad o que, en verdad, estaba descubriendo lo que el renegado samurái había despertado en ella, desde la primera vez que lo vio llegar a la orden, cuando sólo eran unos niños.
Mordió su labio inferior, ante las ideas que venían en su cabeza. Recordar todas las noches que paso junto a él, desde que formo parte de su equipo. Pero, sobre todo, la noche en la cabaña.
Esa había sido la mejor de todas.
Abrió los ojos abruptamente, al darse cuenta de lo que estaba pasando.
Su cuerpo temblaba, su palpitar se aceleró, al igual que su respiración, sus manos sudaban y su vientre ardía de una manera, que no podía explicarse.
Negó con su cabeza repetidas veces, con el ceño fruncido y las mejillas infladas. Estaba tan apenada por las sensaciones y estímulos que estaba viviendo, que prefirió dejar al espadachín en paz. No era bueno que entrara en esas condiciones, no quería delatarse de ninguna manera.
Se alejó de ahí y fue directamente hacia su cuarto, sólo necesitaba darse un buen baño e irse a dormir, quizás todas esas cosas tan «indecentes» que su mente le recreaba explícitamente, se desvanecerían.
Si, la culpa de todo esto son sus nervios e inestabilidad emocional. Era eso. Claro que lo era.
Las horas pasaron y la noche había caído sobre la orden, y aun no podía conciliar el sueño, ni siquiera el hambre había podido despertar en ella.
Sólo estaba ahí, tumbada en la cama, con la mirada perdida en el techo y sus manos posadas en su vientre.
Quería dormir, pero cada vez que sus ojos se cerraban, veía a Kanda. Mirándola, protegiéndola, abrazándola, besándola, tocándola…
Abrió los ojos para encontrarse nuevamente sola, y con el cuerpo tan caliente y alborotado que nunca. Se sentó en la mullida cama y se quedó mirando a un punto incierto del suelo.
—¿Por qué me está pasando esto? —Musitó, mientras cubría su rostro—. ¿Y por qué con Kanda?
Había tenido una gran cantidad de compañeros, y muchos de ellos tenían su propio atractivo.
Laviera un pelirrojo demasiado coqueto y divertido. Podía hacerte sonríe enrojecida, por la picardía de sus comentarios y galantería peculiar. Era alguien que se arriesgaba y tomaba esa pose de chico chulo ante los demás. Era intrépido y descarado, pero cuando se lo proponía y se ponía serio, era increíblemente seductor.
Allen era un chico realmente lindo, atento y caballeroso, tenía todo ese corte de hombre bien instruido y educado, claro, cuando no sacaba ese lado malvado y vengativo —secuelas que dejó Cross—. Era atento, amble y se preocupaba por todo el mundo. Su actitud sacrificada era lo que le daba esa característica de caballero montado en su corcel blanco, rescatando la situación y siendo el héroe.
El príncipe de ensueño.
Marie a pesar de ser un hombre grandísimo, era quien marcaba la pauta de masculinidad entre los más jóvenes del gremio. Atento, tranquilo e inteligente. Un hombre que siempre escucha y cuida tus sentimientos sobre cualquier otra cosa.
Krory…es Krory, simplemente a su manera. A pesar de su apariencia oscura y a la vez tímida, no se podía ocultar que era un caballero en todo el sentido de la palabra. Era alguien con quien podías hablar y hablar sin parar, que demostraba que hasta los hombres sienten y sufren por amor. Pero cuando salía su lado más salvaje y cruel, lucia como un hombre peligroso, pero de esos a los cuales no temes enredarte.
Pero Kanda…Kanda tenía algo que le hacía lucir diferente a los demás, algo que le hacía como un imán difícil de repeler. La atraía sin tomar en cuenta las cosas tan negativas que poseía, y vaya que las tenía.
Carecía de casi todo lo que los demás tenían. Pero lo compensaba con su actitud altiva y agresiva.
Era un hombre que tenía la palabra peligro, tatuada en la piel. Tal vez, eso era lo que lo volvía endemoniadamente adictivo.
Se relamió los labios y se aferró a las sábanas de la cama, ante la tentativa de probar de lo que el pelinegro podría ofrecerle. Una sensación que lograba descolocarla entre lo moral y la necesidad.
Lo peor de toda esa situación, era lo que representaba Kanda.
Ella se había enterado de lo que habían hecho con él, lo que le arrebataron y le impusieron hacer. De que sólo era un recurso y no una persona más, para todos esos que lideraban la cruzada. Habían creado a un poderoso guerrero, con fecha de caducidad.
Lenalee tenía presente que mientras más se exigía el japonés, menos tiempo le quedaba con ellos, y eso lograba que su corazón se demoliera en pedazos.
Vivir una vida sin Kanda…no, no quería perderlo. No quería perder a su compañero, amigo, a su hermano… a su amor.
Ella estaba enamorada de Kanda.
Su corazón latió con mucha más fuerza al pensar aquello con tal seguridad, con tanta fluidez, que le asusto.
Lenalee amaba a Kanda, y ella estaba consciente de que lo perdería. Perdería al arrogante y malhumorado Kanda Yū.
Sus lágrimas fluyeron al instante. La vida no podía ser más cruel que eso.
Sí, sí podía, porque estaba decidida a retarla.
Se incorporó de un salto y salió de su habitación tan rápido como pudo. A pesar de llevar sólo un corpiño negro y su pequeño short del mismo color, recorrió los pasillos de las instalaciones, las cuales aún eran habitadas por los investigadores, que estaban bajo el mando de su hermano.
Pero ellos no le prestaron atención, parecían estar sumergidos en sus deberes. Un punto a su favor, mientras fuera invisible, no habría problemas con el inspector Komui Lee.
Cuando llegó a su destino, su cuerpo se paralizo, miro la puerta como el mayor obstáculo y a la vez, su mayor bendición. Podía tomarlo como la última opción e irse de ahí, antes de cometer una locura, o peor, ser humillada.
Miró de reojo hacia sus costados, cerciorándose de que nadie estuviera por los pasillos. Quizás, para que no pensara algo malo, o tal vez, para encontrar una cuartada para justificar su recorrido con tan poca ropa. Pero no había nadie, el pasillo se veía más solitario que de costumbre. Sin olvidar que Kanda, había escogido uno de los cuartos más alejados de los demás y menos ajetreados, así que el riesgo era mínimo.
Cerró los ojos, respiro profundo, mordió su labio inferior y apretó sus manos en puños con gran fuerza. Tenía que tomar una decisión, irse o quedarse.
Ya había elegido, se iría…
—¿Qué haces aquí, Lee?
Abrió los ojos abruptamente y tragó de golpe, al verse con el espadachín de frente. Y de qué manera.
Kanda tenía su cabello suelto y húmedo, haciendo que se adhiriera en su frente y espalda, la cual estaba completamente desnuda como todo su torso, sólo llevaba un pantalón negro a medio abrochar.
El espadachín era delgado, pero sus músculos estaban bien trabajados y definidos. Era un joven hombre, con un cuerpo escultural.
Kanda no tenía nada que envidiarle a los demás.
—Tks… Lee, te hice una maldita pregunta —le llamó.
Lenalee levantó la vista avergonzada, estaba segura que sus mejillas estaban completamente rojas, porque las sentía arder.
No sabía si el espadachín se dio cuenta de la manera en que lo estaba mirando, pero esperaba que no fuera así. Sin embargo, no podía evitarlo, en ese momento su mente estaba una batalla infernal entre sus neuronas y hormonas, y estas últimas son las que estaban ganando.
—Yo…este…bueno… —quería esquivar la azulada mirada, pero no podía evitarlo.
—¿Por qué andas con tan poca ropa? ¿Acaso quieres que el demente de tu hermano nos mate a todos?
—¡Ah! —Miró su atuendo y recordó por qué había decidido el no usar algo más que eso.
Y el motivo lo tenía frente a ella, con el ceño fruncido y ese aspecto tan sensual, que sólo Él, podía regalarle.
—Bueno, la verdad es… —tomó una gran bocanada de aire, para después exhalar el aire en cuestión de segundos—. ¿Podemos hablar?
—Lee, son las doce de la noche y no deberías estar aquí.
—Hemos compartido noches enteras en un sólo cuarto, no veo cual sea el problema ahora. Solo quiero que hablemos.
—Mañana —dijo al momento en que pretendía cerrar la puerta.
—No —metió su brazo antes de que cerrara la puerta—, por favor. Es importante, te lo juro.
Kanda se le quedo mirando fríamente durante un par de segundos, los cuales no le valieron de mucho porque termino cediendo.
Abrió un poco más la puerta y le dio la entrada a la habitación, la cual sólo era iluminada por una vela.
El cuarto no tenía ninguna marca de pertenencia por parte del samurái, seguía tan fría, como se la habían entregado. Lo único que destacaba era aquel reloj de arena, que contenía aquella hermosa, pero cruel flor de loto.
—Se rápida —expelo fastidiado.
¿Qué fuera rápida?
Lenalee tenía que actuar tan rápido como pudiera, si no terminaría siendo echada, quitándole la oportunidad y la valentía en el proceso, algo que dudaba que pudiera tener en días futuros.
Así que, dejando sus dudas y miedos de lado, dio dos zancadas hasta llegar al espadachín, que volteó al momento en que ella coloco su mano sobre su hombro. Pero lo que no se esperó, fue lo que en esos instantes planeaba hacer.
Le sujetó de la cara con ambas manos y así termino por acercarse a él, dándole el primer beso que había dado en su vida.
Lenalee cerró los ojos fuertemente, no quería enfrentarlo, tenía miedo a ver su rostro de espanto o peor, de enojo. Lo cual era lo más obvio, porque sintió como este se tensó ante el contacto y busco la manera de liberarse del agarre sin hacerle daño.
Kanda no le había correspondido el beso.
El llanto se hizo presente al momento en que lo soltó y se apartó, dando dos pasos hacia atrás.
Con la mirada baja, las lágrimas cayendo al piso y el entusiasmo hecho añicos. Se dio cuenta que había cometido un error.
¿Ahora como lo encararía?
Levantó la mirada temerosa, al imaginarse la cara de pocos amigos que tendría el pelinegro en esos momentos. Pero su sorpresa fue mucha, al verlo con los ojos abiertos de par en par, tan confundido por lo que había ocurrido, tanto, que ni siquiera había movido ni un solo musculo.
—Kand… —No pudo terminar de llamarlo, cuando él dio un paso al frente.
—¿Por qué hiciste eso? —Preguntó con voz ronca.
Una corriente eléctrica le cruzó por toda la espina dorsal, al escucharlo hablar de esa manera.
No estaba enfadado, lo sabía, ya que la forma en que le cuestiono, sonó diferente, totalmente disímil a las demás facetas de Kanda.
Apretó sus piernas con fuerza, su cuerpo tambaleó y se mojó los labios con su lengua.
Sí, esa nueva faceta sonaba jodidamente sensual, y ni hablar de esa mirada que ahora se mostraba filada, como la de un depredador a nada de capturar a su presa.
—Yo…
—Maldición, Lee… No debiste hacer semejante estupidez.
Lenalee abrió sus labios para reclamarla la manera tan mordaz en que le dijo aquello, pero se quedó solamente con la idea, porque todo salió totalmente diferente, o quizás, como había rogado que ocurriera.
Kanda se había posesionado de sus labios con tal demanda, que hizo que sus piernas tiritaran, casi provocando que cayera al suelo, sino fuera por el fuerte brazo que la sostenía de la cintura y la mano que le sujetaba de la nuca, haciendo que aquel beso se volviera mucho más profundo. Un beso que correspondió en cuestión de segundos.
No sabía lo que estaba pasando, pero no dejaría pasar la oportunidad que el pelinegro le estaba regalando.
Demostrarle lo enamorada que estaba de él, sin importar las consecuencias.
¡Hola a todos! :3
Bueno aquí les traigo el tercero y penúltimo capítulo del fic, y hasta dónde me había quedado desde que lo cree.
Espero que sea de su agrado, para todas las personas que se han tomado la molestia de leer esta corta historia.
¡Se los agradezco mucho!
Ahora sí, me paso a retirar, que disfruten de la lectura y nos leemos el próximo lunes con el último capítulo.
¡Hasta luego! :D
