Capítulo 1. Díctamo y esencia de serpiente.
Los meses siempre avanzaban en Hogwarts con presteza, y antes de percatarse de ello, Heather se encontraba al borde de las vacaciones de Navidad de su quinto año. Aún quedaban dos semanas para tener que recoger algunas de sus cosas y visitar su hogar muggle, donde no sólo su abuela Marnie, también sus padres, estarían esperándola, pero ella sabía que pasarían rápido, aunque en parte no lo deseara.
Su nariz parecía haber acordado con su cabello el mostrarse esa mañana de un rojo más intenso que el acostumbrado; en los exteriores del Castillo, el frío invernal que iba asentándose en el país era difícil de controlar, pero eso no desagradaba a la joven, sino todo lo contrario. Apreciaba mucho salir al patio justo después del desayuno, aprovechando los minutos que tenía libres antes de la primera clase del día, en especial si ésta se trataba de Pociones, que obligaba a Heather a descender hasta las mazmorras —lugar, por otra parte, al que estaba acostumbrada, a pesar de no guardarle ningún cariño—, lo que se traducía en oscuridad. Nada que ver, desde luego, con el brillo blanquecino que respiraba en esos momentos entre la neblina.
—Ya estamos listas, Heather. ¿Vamos? —La brisa trajo consigo la voz conocida de una buena amiga: Jane Fravey. Era una bruja mestiza que llevaba junto a ella desde las primeras semanas del primer año, brillante en la asignatura a la que estaban a punto de asistir, y con una sonrisa permanente en el rostro.
Heather sabía que no guardaba un ápice de maldad en su interior, y a su lado siempre sentía una calma incorruptible.
Tras ella, dos personas más asomaban la cabeza. Uno de ellos era su hermano, Marcus, que estaba un curso por encima de ambas. Con él también compartía una buena relación, aunque aún seguía poniéndose nerviosa cuando los ojos verdes del chico se clavaban sobre los suyos. Se despidió de su hermana con beso en la mejilla, y le dedicó una pequeña sonrisa a Heather antes de desaparecer de escena. Al otro lado, Mavis Rabbotta, de su misma casa y curso, aguardaba también la incorporación de Heather para asistir a Pociones.
—Como tenga que tocar un ojo de sapo más, hago estallar el caldero a propósito —protestó Rabbotta, asqueada tras recordar que en su última clase estuvo a punto de vomitar al ver los ingredientes que debían usar.
Las tres sonrieron en su descenso hacia las mazmorras. A medida que se aproximaban, Heather iba sintiendo esa humedad asfixiante a la que, a pesar de sus años allí, aún no se había acostumbrado. Pudiera ser que esa sensación estuviera unida a cómo se encontraba ella entre los de su misma casa, pero nunca había querido analizarlo demasiado. Tras su segundo curso, aprendió a ignorar las miradas hostiles que se clavaban en ella cuando atravesaba la sala común, o los comentarios que parte de sus compañeros soltaban en cualquier momento, sin importar si se encontraban en clase o no.
Entre sus amigas había encontrado apoyo y confianza —la propia Mavis era de Slytherin, y estaba junto a ella en todo momento—, y eso era todo lo que necesitaba para hacer oídos sordos a las ofensas por su sangre.
Aunque, en el fondo, seguía sin comprender cómo había sido seleccionada para una casa donde su origen repugnaría al mismísimo fundador.
—Está bien, está bien, tomad asiento. Eso, sí, vamos… vamos a comenzar —intervino el profesor Slughorn, con su habitual mirada perdida y su escasa capacidad de controlar al alumnado—. Señor Persly, guarde ese gobstone encantado si no quiere que sea requisado. Venga, señorita Colwort. Vamos a comenzar —sentenció.
Unos segundos después, la clase se encontraba en silencio, y cada estudiante frente a su caldero. La explicación sobre las propiedades del díctamo fue de lo más aburrida, al menos para Heather, que además no dejaba de escuchar los cuchicheos de dos de sus compañeros, situados tras ella. Vole Avery y Alphard Lestrange eran, sin duda, el peor castigo que una persona podía sufrir en vida. Ella llevaba soportándoles desde primer curso, y aunque por el momento todo su repertorio de ataques hubiese estado compuesto por insultos y miradas despectivas, a medida que crecían parecían estar peor de la cabeza. Sin ir más lejos, la semana pasada habían hecho levitar a un estudiante de cuarto durante una hora, para después alegar que todo había sido un juego entre los tres, y que Thane Batrart había disfrutado mucho de su vuelo.
Fueron castigados, claro, pero eso a ellos no les importaba.
—Bien, y por ello hoy nos pondremos manos a la obra con la Esencia de díctamo. El anterior día fue complicado con… esos ojos… hoy quería algo un poco más… ¡En fin! Ya podéis poneros a ello —declaró Slughorn, aturdido por el recuerdo del casi-vómito de la señorita Rabbotta.
—Guárdate bien el resultado, Poulter. Podrías necesitarlo —escupió Basil, situado en su misma mesa, guardándose bien de que el profesor no le escuchara.
Heather consiguió ignorarle y seguir a lo suyo, deshojando la planta tal y como el libro pedía. En ocasiones había llegado a creer que Arsenius Jigger, el escritor del manual, había añadido datos incorrectos adrede para fastidiar a los estudiantes, puesto que, por mucho que siguiera los pasos al pie de la letra, algo siempre fallaba.
En el otro extremo de la mesa, compuesta por cuatro alumnos incluyéndola a ella, alguien recibía el beneplácito del profesor, que era capaz de quedarse varios minutos seguidos observándole mientras trabajaba, ignorando la presencia del resto.
—Así es, Tom —pronunció, mostrando una orgullosa sonrisa.
Ella no pudo evitar alzar la mirada hacia el muchacho, que se encontraba sumergido en la elaboración de la poción, y que, desde luego, no se entusiasmó lo más mínimo con el apoyo del profesor. Él ya sabía que era bueno.
A pesar de los cuatro años que ya habían pasado en Hogwarts, Tom y ella nunca se habían dirigido la palabra. Siempre estaba rodeado por los indeseables que se dedicaban a atormentarla, pero él, a diferencia del resto, jamás le había dedicado una palabra desagradable. Ni siquiera participaba en las miradas de desprecio o asco, o en los ataques que sus amigos solían dedicar al resto de estudiantes.
Ahora que lo pensaba, no comprendía qué hacía siempre junto a Avery y compañía. No parecía tener nada que ver con ellos, no sólo por su actitud hacia el resto de alumnos, también por cómo se tomaba las clases y cómo se dirigía al profesorado, con una voz siempre calmada y educada. Sólo había que contemplar la escena que estaba teniendo lugar en esos momentos: Lestrange y Avery seguían murmurando, esta vez sobre Azalea Colwort; Basil Rosier apenas era capaz de estar más de medio minuto concentrado en la poción sin mostrarse altamente aburrido; y Abraxas… parecía más cercano a la desesperación que a terminar la poción.
Pero Tom…
Clavó sus ojos en ella tras sentirse observado demasiado rato. Heather palideció ligeramente, aunque apartó la mirada de inmediato, no sin antes percatarse de que sus ojos no habían reflejado odio o repulsión, sólo cierta soberbia.
El resto de la clase permaneció en silencio, respondiendo con monosílabos a las preguntas y comentarios de Jane, concentrada en su caldero y evitando con todas sus fuerzas volver a levantar la vista hacia él. Esa mirada que tanto había desconcertado a Heather en su primer día seguía provocándole la misma sensación.
—Oh, fantástica, Riddle. Una esencia perfecta, sí. De hecho, creo que… creo que la guardaré por aquí —aplaudió Slughorn cuando, a pocos minutos de que la clase finalizara, fue comprobando los calderos de sus estudiantes.
—Regálasela a Poulter, Tom. Por si acaso —repuso Basil, sonriente.
En ese momento, y aprovechando que el profesor se encontraba en su escritorio, y la mayoría de estudiantes recogiendo sus cosas para abandonar la clase, Tom le clavó el codo en el estómago a su amigo. Su rostro era serio y distante, mientras que Rosier dibujó en el suyo la misma expresión que Heather al contemplar la escena: el más profundo desconcierto.
Él no se quedó para mirarlos a ninguno de los dos. Avanzó hacia el resto, y desapareció del aula a los pocos segundos.
Basil se quedó en el sitio algo más de tiempo, recomponiéndose del golpe y, sobre todo, del hecho de que había sido su amigo el que se lo había propinado, y no comprendía muy bien por qué. Heather aprovechó para recoger a toda prisa y unirse a Mavis y Jane, pero él no perdió el tiempo, y con dos zancadas avanzó hacia su posición.
—Vas a pagar por esto, sangre su- —se encaró, con la mirada llena de rabia, hasta que el profesor Slughorn pasó por ahí y se detuvo al lado.
—Rosier, ¿qué está haciendo? —inquirió, con una mueca que oscilaba entre el despiste y la confusión.
—Nada, profesor —respondió al instante, con sequedad, separándose de ella—. Sólo ayudaba a Poulter a recoger sus cosas.
—Ah, bueno, vale. Eso está bien, sí. Les veo el próximo día, entonces. —Asintió un par de veces a modo de despedida, incitándoles a abandonar el aula.
Basil Rosier se marchó de allí hecho una furia, abriéndose paso entre las dos chicas que esperaban a Heather en la puerta.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Mavis, curiosa, mientras subían las escaleras de vuelta a la superficie.
—Nada, lo de siempre —murmuró Heather con desdén.
Pero no era del todo cierto. Tom nunca antes había intervenido en un conflicto provocado por uno de sus amigos; nunca había dado muestra alguna de interés por lo que decían o dejaban de decir, así como por a quién dirigían sus palabras. Tampoco pareció importarle en absoluto haber tenido que golpear a su amigo, porque no se quedó después a ver la reacción de ninguno.
Confusa, prefirió no pensar más en ello y disfrutar de un jueves que no les guardaba más obligaciones.
—¿Por qué le golpeaste? —quiso saber Alphard, visiblemente indignado.
Basil les había contado lo sucedido, y ninguno entendió los motivos que habían podido llevar a Tom a actuar de esa manera.
—Dijo una estupidez —se limitó a responder, continuando con la lectura que sostenía entre sus manos, Hogwarts, una historia.
—Que dije… ¿qué? ¡Solo solté una broma sobre la estúpida de Poulter! —se defendió Basil, levantándose de su asiento y acercándose a Tom.
Por suerte, la Sala Común estaba poco transitada, y quienes se encontraban en ella estaban demasiado metidos en sus asuntos como para husmear en el enfrentamiento que estaba teniendo lugar.
Tom continuó paseando los ojos por el libro, sin mostrarse en ningún momento alterado o importunado por el interrogatorio de sus compañeros. Les escuchaba, sí, pero la conversación no guardaba nada relevante para él, así que mantenía una postura indiferente hacia ellos.
—Riddle, te estamos hablando —añadió Vole, tratando de captar su atención.
—Déjalo, Alphard. Riddle es ahora amiguito de los sangre sucia —agregó Basil, con una sonrisa de autosuficiencia en el rostro.
En ese momento, Tom cerró su libro y se incorporó con seriedad para ponerse a la altura del chico.
—No quiero escuchar ridículas amenazas, ni ser partícipe de ellas, delante de un profesor que me tiene estima. Entiendo que tú con tu patética habilidad para las pociones no encuentres otro entretenimiento en sus clases, pero yo no estoy allí para seguirte las bromas, Rosier. Yo estoy allí para destacar por mi talento, no por mi estupidez. Respeto que tú lo hagas, pero no nos involucres al resto ni nos hagas cómplices de tu inutilidad. —Calmado, pero con un tono de voz elevado y firme, declaró su justificación sobre los hechos, dejándoles con la boca cerrada y atrayendo alguna que otra mirada hacia el grupo—. Alphard, Vole, deberíais hacer lo mismo. Slughorn os tiene bien valorados, más os vale no echarlo por tierra —sentenció, dando por cerrado el tema al regresar a su posición, sentado sobre uno de los sofás, rescatando su lectura por la página que había dejado marcada.
Basil abandonó la Sala Común visiblemente irritado, seguido por Abraxas, y Alphard y Vole aguardaron unos instantes para meditarlo y, después, le dieron la razón, quedándose en la sala hablando de otros temas.
A la mañana siguiente, todo pareció haber sido un mal sueño. El grupo charlaba en el Gran Comedor sobre quidditch, y aunque Basil miraba con cierto rencor a Tom, le había pedido disculpas tras pensar en ello.
—Esta tarde es el último partido antes de las Navidades. ¿Vendréis, no? —preguntó Abraxas—. Es contra Huflepuff, y desde que Valeria Cedwell es capitana parece haber subido mucho el nivel de los entrenamientos. Va a estar interesante.
Sólo Abraxas participaba en el equipo de quidditch de Slytherin, llevando ya dos años como bateador. Al resto le interesaba el deporte, pero no lo suficiente como para practicarlo, aunque acudían a cada partido para animar con orgullo a su casa. Tom turnaba su atención entre la conversación y un pequeño fragmento de pergamino sobre el que trataba de escribir sin que nadie reparase en él, así que cuando comprobó que era una pregunta hacia el grupo lo guardó en su túnica.
—Iremos, pero como te dejes machacar por los tejones tendrás que desayunar escamas de tritón durante una semana, ¿hecho? —propuso Tom.
—¡Hecho! —apostó Abraxas, estrechándole la mano para sellar el acuerdo entre carcajadas.
Toda la escuela parecía emocionada por el último partido de la temporada. A medida que el día iba avanzando y las clases finalizando, más tejones y serpientes aparecían de la nada adornados con bufandas, gorros, banderas o escudos de sus equipos, felices de cerrar la primera parte de la temporada de quidditch animando a sus respectivas casas.
El grupo de Tom Riddle avanzaba por los terrenos de Hogwarts en dirección al campo de juego, sumergidos en la marabunta de estudiantes que caminaban junto a ellos comentando cómo sería el partido o agitando las banderas amarillas y verdes.
Heather también se encontraba entre los alumnos, aunque ella no lucía nada aparte del escudo de Slytherin bordado en su túnica; Mavis, por el contrario, ondeaba su bufanda por los aires, sin parar de hablar del guardián, Connor Fuddley, y lo guapo que estaba este nuevo curso. Jane y Marcus no iban tras ellas; se encontraban junto al resto del equipo de Hufflepuff, siendo la buscadora y el cazador del mismo, respectivamente.
El quidditch siempre había llamado la atención de la chica, y ver a su amiga perseguir la snitch dorada por los aires, o a Marcus con la quaffle surcando el cielo, le generaba una cierta envidia, dado que ella sabía que no estaba a la altura de formar parte del equipo de Slytherin y que, aunque tuviera la habilidad suficiente, el resto de sus compañeros harían lo posible por no tener a una hija de muggles dentro. Pero con el tiempo había aprendido a contentarse con verlo y animar, sin tampoco alarmar al resto de la grada por traidora, a sus amigos del equipo contrario.
Cuando llegaron, el campo ya estaba abarrotado. Los profesores habían ocupado sus asientos en el palco central, y hasta las gradas de los equipos no participantes estaban a rebosar. No había muy buena visibilidad a causa de la niebla, pero los jugadores estaban acostumbrados, por los entrenamientos, a jugar bajo cualquier clima.
—Atención, por favor. —El director Dippet utilizó su varita para amplificar su voz y hacerse oír por todos—. Bienvenidos al segundo partido de quidditch de la temporada. Recordemos que, por el momento, Ravenclaw ostenta el primer lugar tras la derrota de Gryffindor en el anterior. Espero, de todo corazón, que el juego limpio y el compañerismo sean hoy ejemplo en este campo. Y, sin ocupar más tiempo, espero que el resto disfrutéis tanto como yo lo haré del partido. —Los aplausos llenaron las gradas, y ambos equipos salieron a escena en cuestión de segundos.
Slytherin no tardó más de dos minutos en marcar; lo mismo que tardaron los bateadores de Hufflepuff en dirigir una bludger directa a la escoba de uno de los cazadores, derribándolo y alzando gritos de entusiasmo en las gradas.
El grito de enfado que Basil pegó hizo que tanto Mavis como Heather girasen la cabeza hacia el grupo, aunque la primera la apartase enseguida, y Heather, sin embargo, no pudiera evitar desviarla hacia un Tom que parecía más sumido en sus pensamientos que en el partido. Luego volvió la cabeza de nuevo al campo, justo a tiempo para ver pasar a Marcus seguido de un cazador de Slytherin a pocos palmos de la grada. Pareció que en ese instante todo Slytherin contuvo el aliento, asustados por si alguno de los dos desviaba su ruta y caía sobre ellos, algo que había sucedido en otros partidos.
Pero el juego siguió con normalidad, y el momento más emocionante que tuvo fue la batalla aérea entre Jane y Olvie Hornby por alcanzar la snitch dorada.
Aprovechando la tensión que se respiraba, así como la impaciencia por ver cuál de las dos lograba hacerse finalmente con la snitch, Heather desvió de nuevo la mirada, esta vez de forma más disimulada, hacia el lugar que ocupaban Riddle y compañía.
Sus ojos se toparon de nuevo con Basil, que parecía seguir enfurruñado por el cazador caído, y con el resto de indeseables, cuyos párpados parecían haberse anclado arriba para evitar perderse el momento decisivo. Pero no había ni rastro de Tom.
Heather frunció el ceño, desorientada, recordándose que quince minutos atrás le había visto junto a Rosier. No se molestó por seguir disimulando y trató de mirar con más atención, buscándole por si había cambiado de posición. Pero no, no estaba.
Tom Riddle había desaparecido.
