Capítulo 2. Tinta sobre tinta.
Las sombras eran su cobijo, su zona de seguridad. Cuando el castillo estaba sumido en la más profunda calma, en un silencio que perturbaría a más de uno, las serpientes salían de su escondite para adueñarse del espacio, hacerlo sólo suyo. Nadie las veía, por lo que nadie sabría que habían estado allí a la mañana siguiente.
Una de ellas se camuflaba mejor que las demás. Aprovechaba los rincones más oscuros de la escuela para desplazarse con ligereza, temiendo casi pisar demasiado el suelo y que sus pasos fueran escuchados por algún profesor. Ya tenía experiencia en ese tipo de hazañas, en hacer de las tinieblas sus más fieles compañeras, y del silencio un cómplice de lealtad incuestionable; el corazón no le latía veloz, como en anteriores ocasiones. Le inundaba ahora una profunda calma, infundada por la confianza que sentía en la misión.
No tardó mucho en ascender las escaleras, en abandonar las mazmorras para alcanzar la planta principal de la escuela. Sabía que no había hechizos que detectasen su presencia, que el simple fallo humano era el único posible delator de su posición; además, el inquebrantable sueño en el que había sumido al conserje con una pócima de ingredientes robados añadía aún más seguridad a su objetivo. Nadie acudiría, a menos que les hiciera aparecer por torpeza. Nadie sabía que no estaba en su cama en esos momentos, porque no confiaba a nadie sus escapadas. Eran sólo cosa suya, suya y de las paredes de la escuela.
Alcanzó la biblioteca a los pocos minutos, adentrándose en ella con seguridad, ignorando toda sección hasta detenerse ante la única que no pasaba desapercibida para nadie. Es una provocación en sí misma, pensaba siempre, cada vez que veía las rejas que impedían el paso a la misma, cada vez que veía el gran candado, que parecía pedir a gritos ser destrozado para descubrir los secretos que con tanto afán guardaba. Pero no había barreras que pudieran detener lo que se proponía, todo estaba pensado al milímetro, y nada podía salir mal. Era, simplemente, imposible que algo se torciera.
—Alohomora —susurró, en un hilo de voz tan breve y suave que una persona a escasos metros no habría podido escucharlo.
El candado crujió, notando cómo sus engranajes cedían ante el hechizo y rompían la unión con uno de sus extremos, invitando a la sombra a sumergirse en el interior de la sección.
—Lumos.
Un tenue brillo nació de la punta de su varita, y se encontró de frente con multitud de libros antiguos y ajados, cuyos títulos en los lomos en ocasiones estaban a medio borrar, y en otras ya no se distinguía ninguno. Le pidió a Merlín en silencio que el buscado estuviera en mejores condiciones para poder encontrarlo con facilidad, y se dirigió con rapidez a la letra m, comprobando con alivio que no había muchos títulos clasificados bajo esta. No tardó, por ello, más de dos minutos en encontrar el suyo, y tampoco tuvo que hacer un gran esfuerzo par alcanzarlo; elevarse con las puntas de los pies bastó para que el pequeño libro encajase en su mano y pudiera ser separado del resto.
La magia más diabólica,
por Erroul Fluguld
Sonrió. Tras varias semanas, al final se hallaba ante lo que necesitaba. Una sensación de triunfo inundó su pecho, permitiendo que abandonase el lugar con orgullo. Aún quedaba la mitad de la hazaña; debía regresar cuanto antes a su habitación, pero el júbilo no era capaz de disiparse. Estaba un paso más cerca, y eso era motivo de celebración. Por fin tenía la información necesaria, por fin podría llevar a cabo sus propósitos.
Ahora, sólo tenía que saber cómo usarla con sensatez.
—¿Qué te pasa, Heather? —preguntó Mavis, tras comprobar que su amiga no había escuchado nada de lo que le había dicho y que, además, mantenía la mirada algo perdida y distante.
—¿Eh? —respondió ella, no habiendo prestado atención a su pregunta.
—¿Estás bien? Tienes la misma cara que el profesor Slughorn cuando se detiene en medio de una explicación. —Es decir, mirada desorientada, aspecto cansado y lejano.
—¡Oye! Sí, claro que estoy bien. Sólo estaba… pensando en los TIMOs —mintió Heather, siendo que en su cabeza había sonado de lo más convincente.
—Estás enferma, tía. ¡Quedan meses para que lleguen! Ni siquiera hemos pasado las navidades; ya tendremos tiempo para prepararlos con calma.
—Tienes razón —pronunció ella, con el mismo tono distante.
Sabía que estaba extraña, pero intentaba que el resto no se percatase de ello, aunque no le estaba yendo demasiado bien. Llevaba así varios días, desde el partido. Tras la derrota de Slytherin, los ánimos en la sala común no estaban muy altos; había incluso estudiantes que se dedicaron a encararse con otros alumnos de Hufflepuff para pagar la frustración que les había supuesto el perder por tan poco. Heather esperó encontrar a Tom a la salida, pero tampoco estuvo con el grupo de indeseables cuando todos regresaron de vuelta al castillo, ni asomó el rostro por la sala común para comentarlo junto a ellos.
¿Dónde se había metido, y por qué se había marchado a mitad de partido?
Tampoco entendía por qué le interesaba tanto ese tema, por qué estaba tan pendiente de un chico con el que no había compartido una sola palabra en su vida. Una parte de su naturaleza curiosa había aflorado, sin duda, ante el misterio de su repentina desaparición, pero, ¿tanto como para llevar días ausentándose momentáneamente del mundo para darle vueltas al asunto? Tal vez le estaba dando demasiada importancia a un tema que, en el fondo, no la tenía. Podía haberse puesto enfermo de golpe, haber recordado alguna tarea urgente, o incluso haber dejado a su mascota sin comida ni bebida en la habitación.
Trataba de convencerse de cualquier burda excusa para no pensar en el tema, pero algo seguía sugiriendo que eso no cuadraba con el Tom Riddle que (no) conocía.
—¿Algo interesante por aquí? —Tanto Heather como Mavis se giraron hacia la voz que sonó a sus espaldas. Un Marcus sonriente caminaba hacia ambas, y el aire orgulloso que explotó en él tras el partido no parecía haberse marchado todavía. Heather sonrió, sonrojándose ligeramente cuando uno de los brazos del muchacho rodeó sus hombros.
—Nada. Ni siquiera parece que sea domingo —protestó Mavis, apoyando con hastío la cabeza sobre una de sus manos.
—¿Os apetece veniros a Hogsmeade? El equipo ha decidido hacerle una visita a Las Tres Escobas para celebrar la victoria, y tranquilas, prometo que nadie se burlará de la derrota de Slytherin. —La sonrisa de su rostro se ensanchó aún más, pero esta vez a modo de burla amistosa.
—Eso, encima machácanos. Sabes que habríamos ganado si la estúpida de Olive Hornby no se hubiese caído de la escoba —replicó Mavis, a la que también había afectado, en cierta medida, la derrota.
—Lo que tú digas, Rabbotta. ¿Os venís, entonces? ¿Qué me dices, Heather? —Esta vez dirigió la pregunta sólo hacia ella, clavando sus ojos verdes en los suyos.
La rojez de las mejillas de Heather aumentó, y huyó de la mirada de Marcus en cuanto pudo, encogiéndose de hombros, tratando de simular normalidad.
—Eh… bueno, sí, ¿no? Quiero decir, no tenemos nada mejor que hacer —murmuró.
Marcus y ella eran muy diferentes. Mientras él brillaba por su extraversión y su innegable capacidad para socializar, Heather era incapaz de no sentirse incómoda en muchas de las interacciones con personas, incluso con las ya conocidas y con las que guardaba una cierta confianza. Por eso nunca había sabido si alguna vez había sentido algo más que amistad por Marcus, o simplemente su timidez actuaba cada vez que sus ojos verdes se posaban sobre ella.
—¡Estupendo! Pues no perdamos más el tiempo, ellos hace minutos que salieron.
Confraternizar con el equipo contario, llegado incluso a ser considerado por miembros de su casa como el enemigo, era la nueva excusa que Heather les estaba regalando al grupo de indeseables, y en general a cualquier Slytherin que la tuviera atravesada, para lanzar ataques contra ella. Por eso aceptó de buen grado la propuesta de Mavis sobre sentarse en una mesa diferente a la del equipo de Hufflepuff, e invitar, cuando no estuvieran muy ocupados celebrando su victoria, a los hermanos Fravey a unirse a ellas.
Abrazaron a Jane en cuanto alcanzaron al equipo. Sin ella, y su glorioso recorte a Hornby para impedirle alcanzar la snitch, el partido probablemente habría estado en manos de Slytherin. Luego había tenido que disculparse con Olive en la enfermería, pero así era el quidditch, y Jane tenía una habilidad increíble como buscadora.
—Luego os tengo que contar algo, además —les susurró, algo emocionada, sin poder guardarse para ella una sonrisa de entusiasmo.
Dejó a ambas con la intriga, y se dedicaron todo el camino a tratar de predecir cuál era esa importante noticia que su amiga les tenía reservada.
Hogsmeade comenzaba a cubrirse de nieve, como cada año por aquellas fechas, y sus calles estaban abarrotadas de magos y brujas que querían aprovechar el último día de la semana dedicándolo exclusivamente al ocio. Un mal punto en todo ese escenario era que, probablemente, Las Tres Escobas fuera uno de los lugares más abarrotados del pueblo, y pocas cosas gustaban menos a Heather que el encontrarse rodeada por mucha gente desconocida. Pero sabía que necesitaba desconectar, alejarse del castillo y pasar un rato agradable junto a sus amigas. Y lo habría hecho, sin duda, de no ser por la túnica con el escudo de la serpiente bordado que vio adentrándose en Cabeza de Puerco.
Había echado un vistazo rápido a los alrededores, tal vez para detectar si alguien tenía la mirada clavada sobre él, y en cuanto pudo se introdujo en la taberna, siendo seguido instantes después por una figura nada familiar. Esta se mantuvo en la puerta algo más de tiempo, tal vez para no ser visto junto a Tom, aunque Heather sabía —o confiaba— que era su acompañante; podía apreciarse que, bajo la túnica grisácea y descuidada que vestía, poseía una figura fina y algo escuálida, haciéndose evidente en los huesos marcados de su rostro. Pese a sus vestimentas, se le veía un hombre profundamente elegante, que mantenía la cabeza ligeramente elevada en señal de orgullo, y lucía un arreglado peinado, unido por un lazo azul a la altura de la nuca.
—Te haces de rogar, ¿eh? Venga, que el resto ya están dentro. —Jane había regresado sobre sus pasos para buscarla, cogerla por un brazo con cariño y tirar de ella hacia Las Tres Escobas; en los escasos segundos que dedicó a mirar a su amiga, el hombre se introdujo también en la taberna, y no volvió a verle.
En el interior, la música sonaba al compás de los cánticos del equipo, que algunos subidos sobre sillas, otros sentados de manera más educada, reproducían melodías pasadas que alababan a la casa Hufflepuff y al quidditch.
Heather sonrió, encontrándose con Mavis un par de mesas separada del resto.
—¿Nunca has pensado por qué nos tocó en Slytherin?
Aquella pregunta pilló totalmente desprevenida a Heather. Era un interrogante que llevaba rondando su cabeza desde hacía cuatro años y medio, desde el día en que nadie de su casa aplaudió su llegada, desde que los ojos de Tom Riddle se clavaron en ella con frialdad y desconcierto. Pero era algo que no había compartido con nadie, ni siquiera con Jane. Eran incógnitas que se guardaba para ella, misterios a los que les dedicaba una parte de su pensamiento, pero que consideraba demasiado personales y absurdos en ocasiones como para compartirlos abiertamente. Heather era reservada para muchas cosas, y entre ellas estaba todo lo que tuviera que ver con su sangre.
—Quiero decir, apenas nos llevamos con gente de Slytherin, y a veces podría parecer incluso que no nos sentimos orgullosas de estar en nuestra casa —añadió Mavis, dirigiendo una fugaz mirada hacia el equipo de Hufflepuff para reafirmar sus palabras—, como ahora —puntualizó.
—Es una casa que representa grandeza, poder… ¿Por qué no íbamos a estar en ella? —respondió Heather, con una sonrisa y un toque de desinterés en la voz.
—Sí, bueno, esto está muy bien. Pero luego ves a nuestros compañeros y… ¿qué tenemos en común con ellos? No me malinterpretes, adoro a Slytherin, pero la mitad están idos de la cabeza con sus tonterías de la sangre y todo eso.
—No todos son así… Mira Imma Shafiq, o Rolf, o Walburga. No a todos se les ve… desagradables —pronunció.
—¿Walburga Black? Intentó lanzarnos una bludger el año pasado —replicó Mavis.
—Vamos… seguro que fue sin querer. —Mavis alzó una ceja, sin comprender muy bien a dónde quería llegar Heather. Ni ella misma lo sabía; de pronto se había encontrado defendiendo a estudiantes de su casa a los que no guardaba ningún tipo de cariño, y no supo identificar bien si lo hizo porque de verdad quería ver algo de bondad en ellos, o sólo por llevarle la contraria a su amiga.
Slytherin tenía buenos estudiantes entre sus filas, desde luego. Estudiantes que no le daban importancia alguna a la sangre, muchos de ellos de sangre pura, otros mestizos, y contados hijos de muggles, pero presentes en la casa. El problema era que todo defensor de las ideas predominantes de la casa sabía bien qué código debía seguir si no quería sufrir: no exponer públicamente sus opiniones sobre la sangre, y tratar de llamar lo menos posible la atención de los que defendían la pureza a capa y espada.
Así que al final era complicado distinguir quién podía tenderte una mano y quién cortártela, puesto que los segundos tenían atemorizados a los primeros, y éstos sólo se atrevían a dar la cara en sus últimos años, cuando la experiencia les otorgaba la valentía suficiente para ello. Al menos, ese había sido el caso de Heather.
—¡Estoy… ay! —exclamó Jane, dejándose caer sobre una de las sillas de la mesa. Tenía las mejillas coloradas y una sonrisa de oreja a oreja, y ambas dudaron sobre si se trataría de la emoción de la celebración o si las cervezas de mantequilla también tendrían algo que ver.
—¿Tú no tenías algo que contarnos? —preguntó Mavis, curiosa.
—¡Ah, cierto! Es que, veréis… No os puedo decir aún quién es, porque me ha pedido no hablarlo con nadie. Es alguien muy discreto y… prefiere que no lo vaya contando por ahí, todavía. —A medida que su amiga iba hablando, los ojos de Heather y Mavis iban abriéndose cada vez más por la expectación. ¿Tendría Jane algún romance con alguien? —. Hace… como un par de días, me dejaron una carta escondida en el libro de Transformaciones. La vi en clase, creo que el profesor Dumbledore me vio abriéndola, así que tuve que esperarme a estar en mi habitación para leerla tranquilamente. En el pergamino, alguien me confesaba lo mucho que le había impresionado mi jugada en el partido, y me proponía… encontrarnos en la séptima planta.
—¿¡Y qué pasó!? —interrumpió Mavis, que había adelantado parte de su cuerpo sobre la mesa, abordada por el interés.
—Pues… accedí, y allí nos encontramos. Es un chico muy agradable, aunque cualquiera lo diría. Al principio me pensé si acudir o no, por si se trataba de una broma, pero me atrevía y… bueno. Estuvimos toda la tarde charlando.
—¿Sólo charlando? —quiso saber Heather, con una sonrisilla inquisidora en los labios.
—¡Sí! Sólo charlando —respondió Jane de inmediato, sonrojándose aún más y soltando una risa nerviosa, empujando ligeramente a Mavis, que había comenzado a reírse también por los nervios de la chica.
—¿Y en serio no puedes decirnos quién es? —Heather se moría de ganas por conocer el nombre del muchacho. Era la primera vez que Jane vivía algo así, y quería asegurarse de que la persona se merecía a alguien como ella.
—Os prometo que os lo diré pronto, de verdad. Por ahora, prefiero que quede entre él y yo.
La tarde pasó más rápido de lo esperado, y regresaron al castillo justo antes de que cualquier profesor pudiera acusarles de infringir la normativa de horarios.
Los ánimos en Slytherin seguían igual, así que Mavis y Heather decidieron marcharse directamente a los dormitorios en lugar de tratar de pasar algo de tiempo en la sala común. Allí, se quedaron con la tenue luz de las velas de sus mesas, terminando los últimos detalles de los trabajos del día siguiente, y charlando sobre quién podría ser el nuevo amigo secreto de Jane.
No solía hacérseles tarde; siempre controlaban el irse a dormir no más tarde de las doce, pero ese día, arropadas bajo sus sábanas, reían cada vez que salía un nuevo nombre en la conversación, a cada cual menos creíble que el anterior. Cuando quisieron darse cuenta, ya habían pasado más de las dos, y se apresuraron en apagar las luces y despedirse hasta el día siguiente.
Heather tardó más en dormirse que su compañera, y cuando al fin lo logró, un cuerpo tenso durante toda la noche e imágenes difusas en su cabeza fue todo el descanso que pudo logar. En el sueño, el hombre de figura alargada que había visto esa tarde en Hogsmeade avanzaba por un pasillo a oscuras, iluminado sólo por la vela que portaba en una mano, y manteniendo la otra cerrada con fuerza, como si en su interior guardase algo que no quería mostrar aún.
Se dirigía hacia ella, impasible, y Heather sentía cómo sus pies se encontraban atados al suelo y le impedían cualquier escapatoria. No reconocía el lugar en el que se encontraba, aunque apenas podía verlo. Lo único que sentía era el frío que calaba hasta sus huesos, y la mirada de alguien fija en su espalda que le generaba una sensación de angustia al no poder girarse a comprobar quién era. Cada paso que el hombre daba, cada metro que recortaba, cuanto más cerca se encontraba de ella, más frío invadía ya no su cuerpo, su superficie, también su alma. Sentía cómo su corazón presentaba cada vez más dificultades para bombear la sangre, cómo iba cediendo al hielo que trataba de consumirla, cómo se iba deteniendo mientras el hombre seguía avanzando.
Se ahogó. Llegó el momento en el que su corazón dejó de latir, sus pulmones no pudieron recibir más aire, y su piel se puso tan pálida como la nieve. Pero su cerebro seguía vivo, sus ojos aún funcionaban, y observaron cómo el hombre, con un leve soplido, hacía desaparecer la llama de la vela. Ya no le veía. No veía nada. Pero le sentía. Estaba frente a ella, su figura se había aproximado tanto que incluso podía olerle o rozar sus ropajes con el rostro. Sabía que él estaba observándola, y que pedía en silencio que alzase el rostro hacia él para corresponderle.
Y Heather lo hizo, encontrándose con que el hombre desconocido había desaparecido, dando paso a unas facciones que ella tenía memorizadas. Entre las sombras, el rostro de Tom Riddle se cernía a escasos centímetros sobre ella. Heather estaba paralizada por el miedo, pero el propósito del muchacho no parecía ser sólo el de observarla. Con una de sus manos, rodeó su cintura, estrechándola contra sí, dejando que el aire que había ejercido de barrera para sus rostros se esfumase, entrando en contacto piel contra piel, frío contra frío. Ella entreabrió los labios con la intención de decir algo, pero notó cómo su garganta se secaba en el intento, y cómo el muchacho era capaz de robarle el habla con un hechizo desconocido.
Con la mano que le quedaba libre, esa que permanecía cerrada en un puño, Tom rozó su torso, desviando su atención hacia el secreto que guardaba. Cuando Heather hubo bajado la mirada hacia la mano, este la abrió, dejando al descubierto una palma repleta de sangre reciente, pues aún se desplazaba en pequeños ríos por los surcos que mostraba, cayendo en forma de gotas al suelo de madera. Heather abrió los ojos, horrorizada y desconcertada, y desvió la mirada hacia Tom, preguntándole con ella qué había sucedido. El muchacho mantuvo el silencio, y con el mentón volvió a señalar su mano. Ella dirigió de nuevo la mirada abajo, percatándose de que en el centro de la palma, una diminuta pluma había perdido casi al completo su tono blanco y brillante tras haber sido devorada por el rojizo que mostraba la piel. Ahora era una pluma ensangrentada, pero, ¿por la sangre de quién?
Se despertó sobresaltada quince minutos antes de la hora. Mavis aún seguía durmiendo, pero la primera luz de la mañana ya se colaba a través de la ventana. Tomó aire un par de veces, tratando de recuperar una respiración normal, y se giró para coger su varita, guardada en el cajón de su mesilla de noche.
Bajo ella, alguien había dejado un pequeño trozo de pergamino.
No debes decir mentiras,
E. O.
