Capítulo 4. Nieve quemada.
Querida nieta,
No sé si te llegará este escrito, sigo sin fiarme de este pajarraco y la medida tan medieval que usan estos magos para comunicarse. Al final, tus padres no podrán acudir a Inglaterra durante la Navidad por las fuertes nevadas que están azotando Toronto y la cancelación del viaje del barco que les iba a traer aquí. Yo tampoco podré estar en Londres, la salud de mi hermana ha empeorado y necesita que esté a su lado estos días tan difíciles. Querida Heather, lamento mucho darte estas noticias, sé las ganas que tenías de vernos en Navidad, las ganas que yo misma tenía de comprobar una vez más lo rápido que creces y lo hermosa que estás. Sé que tenías nuevos trucos de magia que enseñarme, y que querías hablar de algo importante. Tendremos que posponerlo, lo que no significa que no me apene muchísimo. Si quieres, podemos seguir hablando por carta. Que tengas unas muy felices navidades, mi pequeña bruja.
Tu abuela,
Marnie.
PD. He incluido en el paquete esas galletas de mantequilla que tanto te gusta que haga. Si el pajarraco no se las ha comido por el camino, deben llegarte sanas y salvas.
Heather llevaba varios días leyendo una y otra vez la carta escrita por su abuela Marnie. Algunos fragmentos conseguían arrancarle una sonrisa, como el hecho de que siguiera creyendo que lo que allí aprendía eran simples trucos de magia, pero la sensación general que le transmitían sus palabras era de profunda tristeza. Había aguardado impaciente la llegada de las Navidades para poder escapar del torbellino de sensaciones confusas que la habían azuzado desde hacía varias semanas, y la noticia de que sus planes se cancelaban le había sentado como un jarro de agua fría en pleno invierno.
Aún no sabía qué le dolía más: que la única carta recibida fuera de su abuela, o que hubiese aguardado, los días posteriores, recibir una de sus padres, siendo, de nuevo, una ilusa respecto a la relación que compartían con ella. Podía contar con los dedos de una mano las cartas que había recibido del señor y la señora Poulter todos los años que llevaba en la escuela, y recordarlo sólo servía para hundirla más en el colchón y quitarle cualquier atisbo de interés por salir de la cama.
Mavis no parecía sentir algo muy diferente. Irrumpió en la habitación con una pesadumbre que se había vuelto habitual en ella tras lo acontecido con su lechuza. Sus hombros estaban caídos y sus pies se esforzaban por levantarse lo mínimo del suelo. Había en sus ojos, sin embargo, un brillo diferente, algo que parecía prometer que las nubes se estaban disipando de su mente, y que la idea de permanecer en el castillo durante las Navidades no se le presentaba tan desafortunada.
—Los Fravey están a punto de marcharse, ¿no vienes a despedirles? —inquirió la castaña, acercándose a la cama de Heather con un tono que pedía a gritos compañía. Dado que los hermanos Fravey se iban a pasar las vacaciones con sus parientes, así como la mayoría de amigos y conocidos que tenían en la escuela, ambas sabían que en ese tiempo sólo se tendrían la una a la otra.
—Sí, claro —respondió Heather, desganada.
—Está bien… te espero en la entrada a la sala común.
Los cabellos rojizos de Heather se separaron de la almohada, seguidos después por el resto de su cuerpo. Paseó una vez más la mirada por las últimas líneas de la carta, y terminó doblándola para guardarla en el cajón de su mesilla de noche. Un pesado suspiro se escapó de su garganta y precedió a sus primeros pasos hacia la puerta de la habitación. Había ansiado con tanta fuerza conversar con su abuela sobre lo sucedido las últimas semanas en el castillo, buscando la que sabía que era la única respuesta que escucharía con atención, que sentía cómo sus inquietudes habían crecido como réplica a tener que guardárselas para otra ocasión.
Caminó en silencio junto a Mavis hasta que las figuras de los dos hermanos aparecieron en sus campos de visión. Ese era otro de los motivos que mantenía a Heather tan apegada a la amargura: echaría de menos a Jane. Sabía que tan sólo serían unos días, pero no pudo evitar fundirse con ella en un abrazo que podía dar a entender que se estaban despidiendo para siempre.
—Vamos, boba. Sólo serán unos días, verás cómo pasan más rápido de lo que crees.
—Es fácil decirlo, no eres tú la que se queda aquí encerrada.
—¡Siempre puedes aprovechar para estudiar! —repuso Jane, con los dientes apretados en una sonrisa, separándose de su amiga.
—Muy graciosa, sí —protestó Heather, sucumbiendo a la sonrisa de su amiga con una pequeña carcajada.
Un nudo nació en su garganta fruto de todas aquellas cosas que habría querido confiarle y no había hecho en esos días. Decidió guardarse cada suposición y sospecha para sus adentros, y ahora lamentaba no haberlos compartido con ella. Las palabras de la nota se habían clavado en su cabeza y, temiendo ser tomada por mentirosa o, peor, como autora de los hechos por aquella extraña pesadilla que había tenido la noche anterior al suceso, no había sido capaz de comentarle a nadie las preocupaciones que acechaban su mente desde entonces. Jane debió haber sido su primera opción, pero prefirió tomar primero los consejos de su abuela. Ahora, le tocaba guardar silencio y seguir procesándolo sola.
No había vuelto a ver a Riddle desde el encontronazo en los pasillos, pero seguía sin poder sacárselo de la cabeza. Estaba basando su culpabilidad en un sueño que ella misma había tenido, sin otra prueba que su propio subconsciente. Ni el propio Dumbledore, con su mirada cristalina y su firme creencia en las preocupaciones de sus estudiantes, le habría podido dar credibilidad a sus palabras. Ese era el hecho más firme que la anclaba al silencio: no tener pruebas con las que demostrar la culpabilidad de Tom. Pero el giro de los acontecimientos con respecto a sus vacaciones había presentado una nueva oportunidad ante sus ojos.
Iba a dedicarse a buscar cualquier prueba que afirmase lo que para sí tanto defendía. Iba a demostrar que Tom era el culpable de la muerte de May.
—Vaya, pues sí que te apena que nos marchemos, ¿eh? —Los ojos verdes de Marcus hicieron regresar a Heather de sus cavilaciones. Una vez más, sus mejillas se tornaron rojizas frente al muchacho, aunque esta vez se debía más al haberse quedado empanada que a la cercanía con él.
—Esto… sí —pronunció con un hilo de voz.
La sonrisa del chico se alargó, estrechándola entre sus brazos segundos después. El tono de piel del rostro de Heather se tornó casi del mismo color que el de su pelo, cortándosele por unos instantes el aliento. Si su timidez a veces le pasaba malas jugadas con sus propias amigas, Marcus era, sin lugar a dudas, el blanco de sus peores reacciones. El tartamudeo en su presencia había cesado con el tiempo, pero aún se sonrojaba al más mínimo contacto, y sus pulsaciones se disparaban con algo tan simple —pero complejo para Heather— como un abrazo.
—También te voy a echar… bueno, te vamos a echar de menos —añadió, separándose con lentitud de ella.
—Venga, chicos, ¿qué pasa? ¡Que nos vamos sólo unos días! —La voz de Jane se coló en cada resquicio de la despedida, dando por cerrado aquel encuentro mientras agarraba sus cosas—. Si pasa algo escribidnos, ¿vale?
Ambas se limitaron a asentir con la cabeza, y despidieron con la mano a sus amigos mientras emprendían el camino hacia el tren. Después, un peso pareció volver a caer sobre sus hombros, y tal como habían venido, se marcharon de vuelta al interior del castillo en silencio.
El mapa que llevaba semanas dibujando y que por fin estaba terminado era idéntico al que aparecía dividido en las diferentes secciones del libro. En esos momentos agradecía que sus amistades y compañeros de habitación descendieran de linajes nobles y tradicionales: la soledad que se respiraba en la estancia era justo lo que necesitaba. Todos se habían marchado a pasar las fiestas fuera de la escuela; todos menos Rosier.
Por supuesto, se había negado a acudir al Orfanato de Wool por las vacaciones. Llevaba haciéndolo desde el primer curso, y no tenía la idea de pisar aquel lugar más allá de lo estrictamente necesario. Con cuidado, dobló el mapa de manera vertical tantas veces como fue necesario para reducir su espacio al máximo; después, levantó el colchón de su cama para guardarlo bajo él.
Las palabras de su tío habían hecho mella en él.
Serás grande, Riddle. Tan grande como lo fueron nuestros antepasados.
Se había negado a hablarle demasiado sobre los Gaunt. El encuentro en Cabeza de Puerco había sido más una primera toma de contacto entre ellos que una agradable puesta al día con los últimos acontecimientos en las vidas de cada uno, historias que se remontarían hasta el mismo nacimiento de Morfin. Tom ardía en deseos de conocerle, y Morfin en conocer cómo era el hijo de su hermana. Sin embargo, el muchacho no logró sacarle ni una palabra sobre los Riddle, así como sobre la ascendencia de los Gaunt.
Todo esfuerzo merece su recompensa, Riddle. Sin embargo, yo no veo por aquí ningún esfuerzo.
Él quería comprobar su valía casi tanto como el joven, así que Tom no dudó en confiarle la misión que tan atareado le había tenido los primeros meses del curso, lo que consiguió arrancarle una desgarradora carcajada a su tío.
Ese es el camino.
Tom había guardado en su memoria cada palabra que aquel hombre pronunció durante el encuentro, pero siempre con el atisbo de la sospecha sobre ellas. Las había adoptado como guía de acción para todo aquello que estaba por venir, pero recordándose una y otra vez que su cabeza debía ser fría y reflexiva y que, por seguridad, no debía arrodillarse ante el primer desconocido de carismática dicción que se presentase ante él.
No tardó en dejar atrás su habitación y dirigirse al encuentro que tenía concertado unos minutos después. La calma que se respiraba esos días no sólo en la sala común de Slytherin, sino en general en el castillo, embriagaba de placer al muchacho. El resto del año interactuaba con el mundo más por imposición social y conveniencia que por gusto; ahora no tenía por qué cubrirse con el velo del cinismo y la interpretación, pues apenas había merodeadores que despertasen en él una cantidad significativa de interés.
Apenas. Pocas personas, pero existían.
Y una se hallaba sumergida en el inquebrantable silencio de la desierta sala común.
Sentada sobre uno de los elegantes sofás y cercana al calor del fuego, Heather se encontraba concentrada en una de sus últimas lecturas, demasiado lejana, sin embargo, para permitir que Tom pudiese tan siquiera elucubrar sobre el título de la misma. Él se había quedado inmóvil, no esperando encontrarse tal obstáculo en su camino; ella aún no había percibido su presencia.
En los ojos del chico podía apreciarse el brillo de aquel depredador que contempla casi con admiración los últimos soplos de vida de su presa. Era el mismo brillo que mostró la primera vez que sus miradas se cruzaron, cuando él instintivamente comprendió que su presencia en Slytherin estaba mal, que era un grave error. Lo había mantenido todos aquellos años, cuando cazaba alguna mirada suya, cuando se quedaba contemplándola en silencio sin ella saberlo. Aquel primer curso Heather Poulter se había convertido en su cruzada personal, un objetivo destinado a yacer en las sombras hasta que la ocasión idónea requiriese que este fuera puesto en marcha. Poco a poco, el momento se acercaba.
La cortina roja de cabellos que ocultaba el perfil de la joven quedó atrapada bajo su oreja derecha, descubriendo una hilera de pecas sobre las mejillas sonrojadas por el calor que desprendía la chimenea. Su cabeza se incorporó, despegándose del mar de letras y encontrándose, sin esperarlo, atrapada por los ojos castaños de Tom. La mirada inmóvil del chico consiguió perturbarla y sacar de su cabeza la idea de continuar leyendo. El desconcierto se apoderó de ella, que mantenía a su vez sus ojos fijos en él, no cediendo en lo que parecía ser un duelo improvisado entre ambos. Pero la incomodez no dejaba de aflorar en sus entrañas, mientras que Tom parecía mostrarse cada vez más confiado y entregado a su propósito.
Heather podría haber dicho cualquier cosa para romper una tensión que parecía haberse conformado sólo por parte de uno de ellos, pero jamás se habían encontrado en el interior de una conversación, no al menos hasta el encontronazo del día de May, y le parecía insólito dirigir cualquier frase hacia el muchacho. Su pulso aumentaba con lentitud, mas no tardó en comprobar cómo su corazón luchaba por escaparse del pecho y su rostro ardía por motivos diferentes al fuego.
Fue él quien se encargó de dar el primer paso, algo que no pareció alterarle lo más mínimo.
—¿A ti tampoco te han querido en Navidad? —inquirió, con un tono ausente de toda posibilidad de burla o mofa, siempre dotado de la tranquilidad y la pausa que tanto le caracterizaban.
Heather enmudeció. La confusión había alcanzado niveles tan altos que se limitaba a mirar a Tom con turbación e incluso cierto temor.
Él analizaba la situación casi como si pudiera penetrar en la mente de la chica y actuar en consecuencia para incrementar esas sensaciones. Sus pies reptaron con lentitud por la sala, avanzando hacia ella, apareciéndose ante sus ojos como una figura cada vez más alargada e imponente, convirtiéndola a ella en cada vez un ser más diminuto e indefenso.
Aquella situación inesperada comenzaba a tornarse en el desahogo de todas las represiones que Tom había guardado para sí con respecto a Heather desde su primer encuentro, desde aquel primer cruce de miradas.
—Es la primera vez que te rechazan tus familiares en estas fechas, ¿verdad? —Sus palabras, cubiertas por un manto de inocente curiosidad e incluso simpatía fruto de la lástima, eran lanzadas en forma de dagas venenosas directas al corazón.
—¿Qué…? —musitó Heather, en un fino hilo de voz que fue silenciándose a sí mismo hasta caer en el silencio.
Una de las comisuras del muchacho se alzó entonces en forma de media sonrisa, paseando su figura alrededor del sillón con las manos en la espalda, sin dejar en ningún momento de observar a la chica. Sus pasos se detuvieron frente al mueble, a una distancia que no dudó en recortar con su cuerpo abalanzándose sobre ella. A Heather se le cortó la respiración, tratando de hundirse en el respaldo para separarse lo máximo posible del joven, pero aquella vez él tenía el control de la situación. Con una mano en cada reposabrazos y el torso encorvado para aproximarse a su altura, sus rostros se encontraron a pocos centímetros el uno del otro.
Tom cerró los ojos y aspiró sin disimulo el aroma que Heather desprendía, consiguiendo intimidar como nunca a una joven incapaz de separarse más de él. Le habría golpeado en el pecho con una de sus piernas si todo su cuerpo no se hallase paralizado por la confusión.
La soledad era el territorio que permitía a Tom comportarse de aquella manera. Nunca hasta la fecha se había encontrado a solas con ella; siempre había debido reprimirse, dedicarse a la contemplación en la amarga distancia. Hoy era suya.
Sin embargo, sus pieles jamás se rozaron. El rostro de Tom continuó su reconocimiento hasta que sus labios encontraron la oreja de la chica.
—¿Qué esperar de unos muggles? —susurró, con cierto énfasis en su última palabra, provocando que un escalofrío recorriese el cuerpo de Heather y le iniciase un ligero temblor en las manos—. ¿Qué esperar de unos seres capaces de traer al mundo a un engendro como tú? —El tono bajo continuaba, acompañado del esfuerzo que Tom ponía en transmitir sus palabras con una fingida ternura bañada en una profunda compasión. Como si lamentase los orígenes de la joven, pero no pudiera hacer nada por ella; como si por ellos ya estuviese condenada al sufrimiento eterno, carente de toda salvación.
Los labios de Heather permanecieron apretados mientras sus ojos comenzaban a inundarse de agua. La confusión se había marchado, dando paso a una naciente rabia y una pequeña sensación de decepción sobre sí misma. Decepción por no haber detenido aquello antes, por no haber previsto con antelación las intenciones de la serpiente, por haberle dado el gusto de pronunciar aquellas palabras y saborear su miedo.
Desvió su rostro hacia el lado contrario al que se encontraba él, descubriéndole aún más su perfil. El joven se quedó observándolo un par de segundos, conteniéndose para no rozarlo, y tras un breve espacio de tensión volvió a alejarse de ella.
—Trata de no llorar, sangre sucia. Eso sólo te muestra aún más débil.
Riddle volvió a erguirse, adoptando su característica porte elegante y recta, y contempló con altivez a una Heather acurrucada sobre el sillón y con el rostro algo congestionado. Ella se contenía en la garganta un vómito de palabras que no se sentía capaz de expulsar, y por ello la rabia en su interior no dejaba de aumentar.
El cruce de miradas no duró mucho más. Segundos después, Riddle abandonó la sala común, dejando tras de sí la estela de un primer encuentro desagradable teñido de bondad y misericordia. Heather había recibido insultos a lo largo de los cuatro años y medio que llevaba en la escuela, pero jamás se había enfrentado a la explosión de sensaciones encontradas que había padecido los breves minutos que Tom había permanecido cerca.
No lloró, pues consiguió aguantarse las lágrimas. Tampoco se movió hasta mucho tiempo después, cuando cada músculo de su cuerpo consiguió relajarse lo suficiente como para hacerlo. Arrastró los pies hasta su habitación, sin ganas de buscar a Mavis para contárselo, deseando hundirse de nuevo en el colchón.
Lo único que había sacado en claro de aquello era un mayor odio hacia el joven, y unas poderosas ganas de desenmascararlo.
Y sabía que en el armario del profesor Slughorn se encontraba la pequeña ayuda que necesitaba para ello.
