No sé ustedes, pero yo estoy muy feliz de regresar de entre los muertos, realmente necesitaba vaciar mi mente antes de sentarme a escribir. No ha quedado como me gustaría pero, siendo realista, nunca es así para mí. Ando un poco emocionada con el hecho de que he podido actualizar tres fics en un tiempo relativamente corto y también nerviosa porque en febrero presento mi tesis… Ufff… preocupación aquí y allá…
Espero disfruten de este nuevo capítulo, a mí me ha gustado por diferentes motivos que quizás no se aprecien a simple vista, pero que son importantes posteriormente. Sin más qué decir: ¡bonita lectura!
No se olviden de dejar un lindo review para saber su opinión :3
Tubos. Tubos saliendo de uno y otro lado, retorciéndose entre sí, confundiéndose dónde terminaba uno y empezaba el otro. Parecían serpientes muertas que esperan y acechan más allá de la muerte, por odio ciego, por miedo infundado, por dolor contenido.
–Haruhi, Haruhi, has que se detenga, por favor…
–No puedo…
Los suaves pitidos, a veces tranquilizantes, otras cual tortura constante. Siempre dependiendo del punto de vista de la persona para ser tomados como esperanza o impotencia.
–Has que pare…
–Lo siento…
El blanco piso parpadea como todas las veces, yo ya sé lo que viene a continuación, lo sé porque antes solía revivirlo una y mil veces tras ir a la cama. Parpadea como la señal perdida de la televisión y yo espero, en vano, que cerrando los ojos no pueda ver lo que sucederá, que tapando mis oídos no volveré a escuchar esa súplica… pero es falso, allí está de nuevo…
–Por favor… has que pare el dolor…
Y otra vez todo se tiñe de rojo.
Abro los ojos con fuerza. Creí que las pesadillas habían terminado desde hace mucho, pero al parecer estaba equivocaba, siempre esperando hasta la más mínima oportunidad para encontrarme con la guardia baja antes de su ataque. No puedo más, tomo una bata ligera que se halla en la silla a un lado de la cama y me envuelvo en ella antes de ir a la cocina, necesito un poco de leche caliente con miel y, quizá, algo más sustancioso para mi estómago. Para mi asombro allí se encuentra Hikaru, sirviendo una taza de café recién hecho, al verme alza el rostro y se posa una sonrisa en su rostro.
–Buenos días, Tanuki –me llama "cariñosamente" mientras sorbe un poco de su bebida.
–Buenos días –observo la hora en el reloj de pared, van a dar las 4 am.
–¿Muy temprano para ti? –nota el cansancio en mis ojos mientras gira su taza entre sus dedos.
–En realidad, no creí que fuera tan tarde… Apenas he puesto la cabeza en la almohada –abro la puerta de la nevera, buscando la caja de leche.
–Tienes un sentido de la percepción muy extraño –vuelve a mirarme con atención.
La mañana anterior Hikaru había contestado a mi reciente curiosidad por su persona con un giro interesante que no había contemplado. Aunque yo pensase que por "pasar un día completo" se refería a terminar con el ya iniciado, él en realidad dijo que no podía ser debido a que iba a descansar y no veía nada de interesante en que me quedase el resto de la tarde en su cuarto mirándole dormir. Era la primera vez en todo el tiempo que tenía viviendo con los chicos que veía a mi compañero realmente descansar; Kyouya, al notar mi escepticismo (junto con el miedo de que saliera por la ventana del baño para perderme) me aseguró que ocurría cada tres o cuatro semanas. Supongo que incluso él no era inmune a su extraño horario de salidas y entradas, por lo cual lo compensaba de la mejor manera posible con simplemente descansar por entero. Así, sin nada mejor qué hacer, decidí seguir su propio consejo. Pasé el resto de la tarde leyendo a Lovecraf en mi habitación, apenas comiendo un poco a medio día.
–¿Qué haces levantado tú a esta hora? –pregunté mientras ponía la leche a tibiar en la estufa.
–No podía dormir… –suspiró.
–¿Cansancio? ¿O hay algo que te preocupe? –agregué un poco de miel a mi bebida.
–Vamos, ¿qué podría preocuparme? –negó con la mano despreocupadamente.
–Una persona no lleva el estilo de vida que tú manejas porque se siente a gusto con su vida… Si una persona se libera tanto estando lejos de casa eso sólo significa dos cosas: se muestra como realmente es, o se redescubre y destruye en el proceso –volteé a verle fijamente.
–¿Así que tu teoría es que me estoy autodestruyendo? –sonrió falsamente mientras apretaba la taza– ¿No crees que podría ser simplemente una mierda de persona?
–Si ésa fuera tu manera normal de comportante, entonces realmente no te molestarías por las calificaciones de la escuela o por entregar los trabajos a tiempo –tomé un sorbo de mi bebida.
–¿Y tú crees conocerme para emitir esos juicios? –su tono de voz se volvió frío.
–Sólo sé… que no eres feliz –dije sinceramente, cualquiera podía verlo.
–Nunca dije que lo fuera… pero tú tampoco puedes hacer nada al respecto, así que no vengas a hablarme de ello, ¿acaso no estás tú peor que yo? –su voz poco a poco se hizo más fría, vacía, oscura– Lloras por la noche, te he oído.
–Ummm… –centré mi atención en la taza que tenía entre los dedos– Sin importar cuánto corramos, el pasado siempre viene con nosotros, ¿cierto?
–Sí, viene con nosotros… –repitió mis palabras suavemente–. Deberías darte un baño, saldremos en un par de horas.
Luego de eso se paró, marchando a su cuarto. Sobre la mesa dejó la taza casi llena de café con leche.
– CENTRO COMERCIAL DOS HORAS DESPUÉS –
El Omotesando Hills era uno de los centros comerciales más grandes e importantes en el Distrito del mismo nombre, en su interior albergaba más de 130 tiendas diversas en las cuales se podía comprar desde discos compactos con los grandes hits del momento hasta joyas de diseñador avaluadas en varios miles de dólares. Sin embargo, eran las tiendas departamentales enfocadas en la alta costura las que destacaban sobre las otras. Puede parecer realmente increíble que siendo japonesa jamás hubiera entrado en dicho lugar, el cual se asentaba en el corazón de Tokio, pero lo cierto es que nunca había tenido interés en este tipo de tiendas.
Sólo bastó entrar y verme rodeada por esa multitud consumista para que recordase el por qué de mi decisión. A cualquier lado que volteara descubría chicos y chicas con los dispositivos electrónicos más modernos, grandes bolsas con el logo de las marcas más famosas, paquetes llevados por un par de empleados a coches de lujo e incluso a un par de mujeres que peleaban por un producto en específico.
–¿Y realmente pasas tu tiempo libre aquí? –miré confundida a Hikaru mientras nos dirigíamos a las escaleras eléctricas.
–¿Algo diferente a lo que tenías en mente? –sonrió socarronamente.
–En realidad sí… –hube de admitir.
–Imagino que no frecuentas estos sitios –se recargó en el barandal de las escaleras mientras éstas continuaban moviéndose.
–No veo qué tiene de divertido gastar dinero en cosas superfluas –me sinceré.
–No te gusta derrochar el dinero –agrega.
–Lo que hago con mi dinero es asunto mío –me cruzo de brazos al ver la forma en la que me mira.
Él eleva la barbilla de manera desafiante mientras me estudia con esos ojos ámbar.
–Seguro –comenta agriamente–. Y adivino, eres una chica buena, ¿no? Nada de alcohol o tabaco.
–No entiendo cómo mi no consumo puede ser considerado algo negativo –respondo con igual actitud.
–Y sin embargo estabas esa noche en el Gato Negro –una sonrisa socarrona se posa en su rostro al tiempo que llegamos al segundo piso.
–Fue idea de una amiga –justifico infantilmente, llegando a su lado–. Esa visita sólo reafirmó mi negativa al alcohol.
Genial, pedí a Hikaru un día a su lado para entenderle mejor y lo único que consigo con ello es comenzar una pequeña lucha entre los dos. Adiós intento de convivencia. Adiós toda paz en el departamento. En silencio lo contemplo mientras comienza un andar tranquilo por los pasillos ampliamente iluminados, fijando su mirada por encima del barandal de cristal para contemplar al gentío que se mueve bajo nosotros pese a la hora que es. Estoy tan furiosa conmigo misma que deseo pedirle olvide mi tonta petición, que regresaré al apartamento en este instante y que él bien puede comprar lo que necesite en paz.
Antes de que pueda abrir la boca él se detiene en un local pequeño de manera intempestiva, por lo cual choco contra su ancha espalda. Me tallo la nariz debido al impacto y dirijo la mirada al sitio de nuestro destino.
–¿Entramos? –pregunta suavemente.
Sentí cómo la vena en mi frente temblaba debido a la visión frente a mis ojos, Hikaru pareció entenderlo en el acto porque sólo sonrió con burla al tiempo que acercaba a la pequeña tienda departamental en donde las telas se agolpaban unas sobre otras en colores diversos y miles de texturas, pero lo que realmente me hacía sentir extraña en dicho sitio fue ver cómo las empleadas se inclinaban al verle y dedicarle miradas de ensueño al tiempo que agregaban un "sama" de respeto al final de su nombre. Desvié la mirada al letrero de la entrada sólo para volver a corroborar lo que temía: el apellido de mi compañero de piso estaba allí escrito en grandes letras mayúsculas.
Me llamó con su voz aterciopelada mientras invitaba a pasar con la mano y dirigía la mirada a todo mi cuerpo, sintiéndome extrañamente expuesta ante él. No entendía de qué iba todo eso hasta que sacó un vestido de algodón sencillo con algunos detalles bordados.
–Toma, lo necesitarás para el siguiente sitio al que vamos –sonrió suavemente.
Y yo me pregunté cómo fue que había accedido a pasar un día completo con ese pequeño demonio...
–No hablarás en serio –hice una mueca ante ello.
–Oh, muy en serio –sonrió gatunamente mientras busca entre otras prendas–. ¿No fuiste tú quien pidió acompañarme a donde fuera? Bien, hoy ésta es mi primer parada.
–Lo haces sólo para atormentarme –le contesté molesta al tiempo que recibía un par de vestidos más.
–No, Haruhi. Esta tienda necesita que se le de mantenimiento constante y que se mantenga uno informado respecto a sus necesidades –prestó atención a una de las empleadas, la cual llegó con un ipad en la mano para consultarle algo–, pero debo admitir que también es divertido molestarte. Después de todo, todos necesitamos de algo con qué distraernos. Ahora, sé buena niña y ve a probarte esos vestidos.
Me giré molesta con las prendas todavía colgando de mí como si fuera un perchero, una de las jóvenes que atendían el lugar me llevó consigo a los probadores del fondo, no eran muy espaciosos, pero estaban limpios, contaban con un espejo de cuerpo entero y una banca de madera junto con un par de perchas para mayor comodidad. Procedí a medirme el vestido más inmediato que tenía, el cual no era demasiado llamativo para mi gusto y me hacía ver muy femenina. Me contemplé en el espejo sólo para descubrir que no me parecía en nada a la chica que se levantase esa mañana de la cama.
Generalmente recojo mi largo cabello en una coleta o trenza para que no me estorbe en mis actividades, preferiría llevarle corto debido a que es más fácil cepillarlo y lavarlo, pero a mamá le gustaba hacerme diversos peinados con el mismo, por lo cual lo dejé crecer en su recuerdo. Pese a que los mechones salieran desprolijamente de la trenza que en ese momento llevaba, debía admitir que me veía bonita, seguro papá estaría feliz de verme así. Salí del pequeño vestidor, topándome con un par de las chicas, la tercera todavía discutía con el azabache, al instante todos interrumpieron sus pláticas, haciéndome sentir expuesta a su escrutinio.
–El bermellón no te favorece, Haruhi –me dijo Hikaru–, prueba con el palo de rosa o con el amarillo, incluso el azul que escogí, lucirían mejor con tu tono de piel.
–Son solo vestidos… –mascullé pero volví a entrar en el probador.
Tomé el verde manzana sólo para llevarle la contraria, era un poco más corto que el anterior, pero me gustaba que tuviera mangas, sin embargo, al salir la negativa de Hikaru fue la misma.
–Podría perderte si vas con ese color… –quitó importancia al asunto mientras continuaba discutiendo algunas problemáticas con la misma chica.
–¿Dónde podría perderme? –me enfadé con su misterio.
Esta vez sin embargo opté por el vestido amarillo con blanco que tomase desde un principio, era muy fresco y bonito, dejando al descubierto mis piernas y haciéndome sentir extrañamente vulnerable.
–Oh, sabía que te quedaría bien –sonrió el chico–, nos llevaremos ese puesto. Que Nanase y Ayami guarden tu ropa anterior en una bolsa, puede servirnos después.
Las chicas procedieron a recoger los vestidos no seleccionados y guardarlos en sus puestos respectivos mientras metían mis jeans y camiseta en una bolsa con el apellido de mi compañero. Me acerqué a ellas mientras esperaba el mismo terminara de solucionar el mundo.
–¿Hikaru viene mucho por aquí? –les pregunté educadamente, si se encargaba de este establecimiento eso explicaba sus constantes salidas a deshoras y cansancio extremo.
–En realidad teníamos más de un mes sin verle –dijo una de ellas, su gafete me indicó que se trataba de Ayami.
–¿Un mes? –mi teoría estaba descartada– ¿Y cómo se las arreglan ustedes mientras tanto?
–Nuestra jefa, Koizumi, es muy competente. También tenemos tiempo trabajando para la familia Hitachiin y sabemos cómo operan y, bueno… luego está… sobre ese asunto, no podíamos simplemente dejarles, ¿sabe? –el tono de voz de Nanase decayó bruscamente.
–¿Qué asunto? –le miré sin entenderle.
–¿Nunca había venido a nuestra tienda o mínimo al Centro comercial? –me miró la otra chica como si hubiera cometido un sacrilegio enorme.
–No en realidad… –hube de admitir.
–Bueno, antes nuestra tienda estaba en la parte baja, ¿sabe? –Ayami trató de iniciar, pero el tema al parecer le incomodaba– Era la más grande y hermosa de todas, con varios modelos y una amplia variedad de subsecciones enfocadas a nuestros diferentes clientes.
–¿Y qué hacen en ese caso aquí? –les miré, aunque la tienda era bonita no era muy grande y la localización realmente era mala.
–Hubo… problemas… –fue el turno de Nanase de continuar.
–¿Financieros? ¿Una mala inversión? –si era eso, podía entender por dónde iba todo.
–No realmente… –las chicas se voltearon a ver, Ayami retomó la palabra– La familia tuvo un problema y… bueno… se alejó del mercado de la moda… El joven Hitachiin intenta remediar eso, pero tampoco tiene un gran compromiso con la causa…
–A él le afecta venir aquí… –finalizó la otra.
–Pero, ¿por qué? –quise saber más, pero las empleadas dieron media vuelta y marcharon cada quien por su lado.
–Hey, Haruhi, ¿de qué hablas con las chicas? –Hikaru llegó desde atrás, colocando su mano en mi hombro derecho.
–No es algo que te importe –me encogí de hombros, imitándole.
–¿Así que vas a ser rebelde, eh? –sonrió burlonamente.
–Nunca dije que sería obediente contigo –volteé a verle.
–Lo sé, y eso me gusta de ti –se acercó peligrosamente a mi rostro–. Haruhi, si no te encontrase divertida, creéme que no cruzaría una segunda mirada contigo.
Un pequeño flash nos sacó de nuestra pelea, la tercer chica nos había tomado una foto aprovechando nuestro descuido, Hikaru pareció molestarse con el hecho porque le miró fríamente.
–Me decepcionas, Izumi –su tono de voz distaba de ser jovial–. Pensé que tú serías la última en ceder a las peticiones de la vieja.
–Una simple foto a cambio de una llamada –fue la respuesta de la misma antes de dar media vuelta y dejarnos.
–Al menos esta vez no se escondió aquí esperando encontrarme –se llevó una mano a la nuca, luego volteó a verme–. Ahora, Haruhi, debemos ir por un pequeño encargo, ¿qué tan buena es tu condición física?
No sé con exactitud qué significa para Hikaru "recoger un simple encargo", pero definitivamente mi idea no era salir de las amplias calles de Tokio para dirigirnos al Monte Mitake. A pesar de que existe un transporte que permite llegar a la cima en apenas seis minutos, el azabache me llevó por diferentes sendas y veredas escondidas de la vista humana, comenzando el ascenso en medio de la amplia vegetación y una ligera neblina debido a la estación en la que nos encontrábamos. Hace mucho tiempo había venido al mismo con mi familia, sabía que existía un templo shintoísta en la cima, pero jamás me había enterado que alguien vivía muy cerca del mismo.
–¿Cómo puede alguien habitar aquí sin que el resto lo sepa? –pregunté mientras retiraba una rama baja de mi camino, siguiendo al chico.
–A él le gusta el aislamiento –fue su simple respuesta–, podrías en realidad sorprenderte de todas las cosas que están escondidas a plena vista.
–¿Mínimo puedo saber el nombre de la persona? –quité un mechón de cabello de mi rostro– También pudiste decirme que me pusiera algo más acorde a una excursión, este vestido quedará arruinado luego de esto.
–Quería ponerte un yukata, pero dudo aceptases ello –se encogió de hombros, enfadándome–. Oh, y muestra más respeto, a Mei no le gustará que te expreses así frente a So Peng.
Bufé al ver cuánto disfrutaba nuestro actual estado. Aunque me molestase admitirlo el verdor del Monte Mitake era sumamente llamativo, casi como una obra teatral. El horizonte estaba ahogado por nubes grises oscuras que se apilaban unas sobre otras durante nuestro ascenso, arriba el cielo era de un amarillo extraño y la brisa traía a mí las suaves fragancias de las flores. Era difícil creer que un sitio tan calmado y tranquilo se encontraba aquí, en esta senda, apenas a unos minutos de Tokio.
Desde hacía tiempo habíamos perdido de vista la ciudad y como por encanto parecía haber desaparecido esa otra parte del mundo del cual habíamos salido. Después de cruzar unas estatuas dos leones recubiertos de verde musgo y subir un pequeño camino de piedras nos encontramos en una tierra muy diferente. Al menos esa fue la impresión que me dejaría esa tarde, impresión que volvió una y otra vez a lo largo de mi vida, sobre todo en ese delicado momento antes de despertar por las mañanas.
En el lado más lejano de la loma arbolada se distinguía una pequeña casa estilo oriental. Subiendo los tres o cuatro anchos peldaños de madera nos encontramos en su antepecho, cubierto contra el sol abrasador y las lluvias torrenciales. Aquí Hikaru me pidió quitara los zapatos al tiempo que él hacía lo mismo.
Se abrió la puerta del frente y una anciana de cabellos grises elegantemente peinada, vestida en largo qipao de seda color ceniza y cara inmutable nos hizo pasar a la casa. Cruzó sus manos al frente de su pecho e hizo una reverencia. Hikaru y yo contestamos el gesto y cuando la anciana se incorporó nos sonrió ligeramente aunque algo distante.
–Ella es Mei –introdujo sin ninguna otra descripción.
Mei rió, a pesar de que su dentadura estaba incompleta, sus ojos almendrados eran tan luminosos como dos linternas, brillando inquisitivamente al observarme. Llevó su mano derecha hasta su boca y habló suavemente sin dejar ver su boca moverse.
–Ésas no son forma de dirigirse a este sitio –clavó una fría mirada en mi ropa.
Luego movió la cabeza de lado a lado, como queriendo con ello decir: ¿Qué puede hacer uno con la juventud de ahora? Quería comunicarle que no era mi culpa presentarme tan desconsideradamente en ese sitio, sino que Hikaru bien podría haberme comunicado a dónde iríamos y cómo debía conducirme ante ella, pero Mei no me dejó continuar, inclinando la cabeza en una reverencia mientras salía del sitio sin darnos la espalda en ningún momento, luciendo un poco incómoda la posición que adoptara.
–¿Siempre es así de correcta? –pregunté a Hikaru.
–Y hoy es un buen día, generalmente insiste en sólo hablar mandarín –fue la respuesta del otro.
Se oyeron pasos del otro lado de las puertas corredizas y minutos después éstas fueron corridas por la misma mujer, rebelando del otro lado una habitación de ocho tatami, muy amplia en términos occidentales; estaba amueblada con bajas mesas barnizadas y cojines de tela roja, en la pared más alejada se distinguía una pieza de jade tan profundamente esculpida que debía valer una pequeña fortuna, de un poste de bambú colgaba una yukata de seda blanca. En el centro de la estancia una alta figura se encontraba sentada; vestía una bata china de ceremonias, aunque algo pasada de moda, de color azul añil, sus cabellos eran canos y sus ojos lucían cansados por el peso de la edad, fácilmente pasaba de los ochenta años, pese a ello, el hombre frente a mí conservaba todavía vitalidad en su cuerpo.
No pude entender lo que hablase con Hikaru porque apenas abrió la boca comenzó a dirigirse al azabache en mandarín, contestándole el otro en el mismo idioma. Sin embargo, a diferencia de toda la gente que había conocido hasta ahora, ese hombre era el único al cual mi compañero parecía tenerle respeto, pues su tono de voz fue considerablemente más amable y, hasta cierto punto, sumiso.
So Peng le riñó por algo, señalándole con el abanico que hasta ese momento noté tenía en la mano derecha, a lo cual el otro pareció ofenderse, mirándole molesto al tiempo que parecía exponer su punto de vista. Eso quizá causó la furia del otro, porque la conversación se puso más intensa al punto que Hikaru se paró del sitio y continuó contestándole en esta postura. Mei entró en ese momento con una bandeja con té y una taza que colocó frente al viejo, mas éste la ignoró, seguramente demasiado molesto para realizar la ceremonia del té para nosotros.
–Si me acompaña, Haruhi-san –la mujer se dirigió a mí, saliendo las dos de allí.
–¿Está bien que les dejemos así? –pregunté preocupada apenas nos encontramos fuera.
–Asuntos de hombres –fue la contestación de la mujer, haciéndome enfadar con ello.
Pocos minutos después Hikaru salió del sitio todavía ligeramente molesto, se detuvo al vernos allí, seguramente esperando dijéramos algo sobre lo que acababa de suceder. Mei dirigió su adusta mirada sobre el chico que indicaba claramente que le desagradaba su comportamiento.
–Una reacción reprobable por parte de su persona –dijo con propiedad–. No entiendo cómo el Señor le permite este tipo de visitas.
–Porque de no ser por las mismas empezaría a enmohecerse como el resto de las figuras del jardín –dijo enfadado, haciendo ponerse roja de rabia a la anciana.
–¡Es usted un…!
–Oh, Hikaru, bienvenido –una voz interrumpió lo que tuviera que decirnos.
Un chico de aproximadamente nuestra edad salió en ese momento del interior del edificio, usaba una yukata masculina color verde pino con un sencillo diseño de hojas al frente en la parte baja, el obi era de color dorado. Tenía el cabello castaño y ligeramente largo, sus ojos eran del mismo color, una pequeña sonrisa adornaba su rostro.
–Descuida, Mei, yo me encargo –le sonrió a la mujer que nos recibiera–. Se trata de un pedido especial.
–De acuerdo, Ichihara-san –hizo una reverencia al piso con los brazos extendidos antes de salir del sitio sin darnos la espalda, de acuerdo a la vieja usanza.
–Vaya, esperaba que vinieras de un momento a otro, pero no puedo evitar sorprenderme cada vez que lo haces –se dirigió confiadamente al azabache–. ¿Siempre debes incomodarla? Podría traer ropa ceremonial alguna vez, sé que te resulta estorbosa y que te gusta ir contra las reglas, pero no está bien que sólo lo hagas para hacerla enfadar.
–Es una mujer demasiado cerrada –dijo despreocupadamente el otro.
–¿Quiere decir que elegiste este vestido sólo para molestar a esa persona? –le pregunté, no pensé que me utilizara para algo como eso.
–No ha sido tan malo, si hubieras venido con jeans indudablemente la vieja te hubiera sacado de la casa apenas intentaras poner un pie dentro –torció la boca con fastidio.
–¿Ehhh? ¿Y ella quién es? –por primera vez el desconocido pareció reparar en mí.
–Oh, es Haruhi –me atrajo hacia él con el brazo izquierdo–, me está acompañando este día.
–¿Acompañando? –parpadeó sin, al parecer, comprender muy bien a qué se refería.
–No en el sentido que tú crees –pareció molestarse con la forma en que lo decía.
–No, no, nada de eso –se sonrojó, negando con las manos–. Sólo me… sorprende que pases tiempo con alguna persona, y me alegra, por supuesto.
–Ahhh, qué simple eres –bufó incómodo.
–¡Hey, no estoy bromeando, Hika! –el chico en yukata le miró reprobatoriamente mientras extendía una pequeña bolsa– Mi tía está preocupada por ti, quiere saber cuándo irás a la casa a saludar, no les llamas ni contestas los correos, es normal que…
–Ya sé –le interrumpió–. No es necesario que me lo repitas.
Hkaru tomó lo ofrecido de sus manos y luego dio media vuelta, comenzando el regreso a Tokio sin mí. Reverencié rápidamente mientras corría detrás de él preguntándome si él se portaba tan misterioso por el simple hecho de hacerme enfadar. Había pedido esta convivencia para descubrir más de él y en cambio encontraba misterio sobre misterio.
–Espera, Hikaru –le llamé.
–¿Tienes hambre? –se detuvo de pronto, tomándome por sorpresa.
–¿Ehhh? –le miré sin saber qué decir.
–Bajemos pronto y vayamos por algo de almorzar, conozco un buen lugar –me sonrió, pero noté inmediatamente que esa sonrisa era falsa.
A mediodía entramos a un amplio establecimiento en el centro de Tokio, le había visto de fuera, pero jamás entrado debido a los altos costos de su servicio, me pregunté si Hikaru acostumbraba visitar dichos lugares. El azabache me llevó a una mesa ubicada en la parte más alejada del lugar, tomando del centro de la misma un par de Menús.
–Creo que éste es el peor puesto de todos –le dije mientras tomaba la carta que me extendía–, ¿no preferirías estar más cerca de las ventanas o en el centro donde hay una mejor iluminación?
–No, estamos bien aquí –comenzó a ojear los platillos allí expuestos.
–¿Por qué? ¿Te agrada oír el ruido que hacen en la cocina? –comenté mordazmente, mirándole fijamente.
–En realidad no me gustan los espejos –se encogió de hombros–, e incluso el vidrio de las ventanas sirve de reflejante.
–Oh, ¿así que eres uno de esos japoneses que cree que su espíritu quedará atrapado si se toma fotos o se mira en un espejo? –reflexioné en voz alta.
Hikaru comenzó a reírse cantarinamente, haciendo que un par de curiosos volteara a vernos, no podía culparles. La risa del chico era dulce y argentina, muy diferente de todas las veces que hasta ahora le había escuchado.
–Vamos, ¿de dónde has sacado eso? –se quitó una lágrima del ojo debido a la fuerza con que había dejado que sus emociones le controlaran.
–Bueno, es una antigua creencia… pero, ahora que lo recuerdo, tú tienes muchas fotos… –caí en cuenta de mi error.
–Oh, Haruhi, realmente eres divertida –sonrió, haciendo que algo en mí reaccionara.
En ese momento, en el peor sitio de un local extraño en Tokio, con todos nuestros pequeños altercados anteriores, Hikaru se mostraba como realmente era. Fue sólo por una breve fracción de segundo, luego de lo cual su cara volvió a tornarse seria mientras extendía su Menú a mí y tapaba los precios con una servilleta.
–Este lugar tiene muy buenos paquetes, las porciones son generosas y generalmente se necesita de dos personas para acabar con el mismo. Vamos, elige uno de ellos.
–¿Vamos a compartirlo? –la idea no me hizo mucha gracia.
–Hey, te recuerdo que tú no vas a gastar un solo yen en todo el día –su voz volvió a ser fría.
–De acuerdo, de acuerdo –me resigné.
Odiaba admitirlo, pero Hikaru tenía razón en algo. La lista de los platillos que componían a los Menú me hacía ver que todos eran variados y de gran contenido, además de que incluían Calpis a libre demanda. El A tenía estofado de cordero como platillo principal, mientras que el B tenía costillas, el del C era sopa de mariscos y el D se basaba en pato en salsa agridulce.
–¿El pato? –le miré no muy segura, pero me parecía una mejor opción a compartir que un caldo donde deberíamos usar el mismo plato.
–La pechuga es jugosa –entregó el menú al mesero, el cual procedió a retirarse con el pedido.
–Y bien, Haruhi, ¿qué te parece este día? ¿Cumple con tus expectativas? –se recargó en la mesa, mirándome con atención.
–Me deja con más dudas que al principio –reconocí.
–¿Y eso significa que seguirás metiéndote donde no te llaman? –torció la boca en desagrado.
–Me atrevería a pensar que lo has hecho adrede –fue mi sencilla respuesta.
–Vale: tres preguntas, no más –levantó el mismo número de dedos–. Y siempre y cuando no sean demasiado personales, ¿de acuerdo?
Medité un poco al respecto. Todo lo que me llamaba la atención de él indudablemente quedaba fuera del límite que había impuesto, el mismo mesero de antes llegó con un amplio plato lleno de papas asadas y ensalada, así como una jarra de Calpis y dos vasos, sirviéndonos a ambos antes de hacer una reverencia y dejarnos a solas.
–¿Por qué elegiste este restaurante? –tomé una papita del centro, llevándomela a la boca– Y no me salgas con que la comida es increíble porque no te creo.
Hikaru volvió a reír con sinceridad, haciendo que alzara el rostro para buscar sus ojos. ¿De qué se escondía el chico al otro lado de la mesa? Apenas si lo conocía, parecía rehuir de todo y todos, casi como si temiera el simple hecho de existir. El azabache imitó mi ejemplo, empezando a comer las papas.
–Antes venía con mi hermano aquí. A él le gustaba la comida y solíamos pedir uno de estos Menús para compartir… Tiene mucho que no vengo porque no puedo acabarme uno yo solo, así que aproveché la oportunidad…
–¿Por qué? ¿Están peleados? –me detuve a la mitad de robar otra papa.
–Es personal… –masculló molesto– Y técnicamente son dos preguntas.
–Bueno… –reflexioné mientras continuaba comiendo– ¿Cómo encontraste el apartamento de Kyouya? En mi caso, fue por un anuncio en el periódico.
–Un compañero de clase me informó sobre el mismo, necesitaba salirme de casa, así que fue fácil para mí tomar la decisión incluso si nunca había visto el departamento –tomó su tenedor para comenzar a comer la ensalada.
–Técnicamente me dices que huías de casa y aceptaste el primer lugar que encontraste –le miré fijamente.
–Algo así… –tomó un sorbo de su bebida– ¿Tu última pregunta?
–¿Cómo te gusta el café? –le miré a los ojos.
–¿A qué viene eso? –alzó una ceja confundido.
–Casi siempre te desvelas y tienes un estilo de vida muy agitado… Me gustaría llevarte una taza de vez en cuando, sobre todo en época de exámenes –me sinceré.
Hikaru quedó en silencio, mirándome un poco confundido.
–Tibio. Con leche… y cuatro cucharadas de azúcar –fue su respuesta.
Mamá decía que el café nos revela mucho de la gente. Su temperatura te indica cuán apasionada es una persona por la vida y la postura que tiene ante la misma. Si es solo, que tiene una personalidad retraída y con leche, por el contrario, que le gusta verse rodeado de gente… Y cuán dulce lo toma nos dice cuánto ha sufrido anteriormente.
Hikaru tiene heridas por todo el cuerpo…
En serio una disculpa por el tiempo que hemos estado tan distanciados ustedes y yo. En estos momentos me estoy replanteando muchas cosas de mi vida y realmente no sé qué va a pasar a continuación. Podría decirse que estoy cerrando ciertos ciclos y empezando otros, pero no saben realmente la duda existencialista que esto me deja.
Aclaro: el calpis es una bebida japonesa que se hace con agua, leche desnatada y ácido láctico, es muy popular allá y pueden encontrarla en los restaurantes japoneses. Su sabor es parecido al del Yakult o Sofúl, por si alguien lo ha probado. Tiene diferentes sabores, pero el más conocido es el Natural.
Otra cosa: me han preguntado si no pondré a Honey y Mori en esta historia, yo quería introducirlos en este episodio, pero no he podido hacerlo de la manera que me gustaría o se vería muy forzado, así que los guardaré un poquito más.
En nuestro próximo capítulo:
Vamos, salta. Es fácil. Tan fácil. Simplemente debes tomar la decisión, después ya nada importará.
