Anotó en el papel los datos que le pedía el formulario y puso su sello, el joven que recibió el documento del otro lado del mostrador le resultó frío en el gesto, junto a sus sistematizadas palabras de agradecimiento e información al respecto. En realidad, todo le pareció frío, cada persona en el edificio, cada trabajador. Todos le parecía seres de cartón, porque nadie era sensible a su dolor por la pérdida de su madre, su último familiar vivo, que la había dejado tras los largos padecimientos por una enfermedad crónica en un hospital de bajo nivel, en el cual se habían ido todos los ahorros de la familia.
Tomando aire, miró al hombre que se hallaba sentado a su lado y quien le había ayudado a hacer todos los trámites para que pudiera mudarse. Miroku, un joven apuesto de piel blanca, liso cabello negro y ojos azules marinos era un conocido de la familia. En realidad, la mujer con la que él vivía era una conocida de su familia, pero Sango-san trabajaba a turnos dobles para mantener la economía familiar y ayudar a su hermano menor con sus estudios, por lo que no habría podido acompañarla a realizar todo aquel complicado papeleo y llevarla en el largo viaje entre prefecturas.
La familia de Rin había tenido la mala fama erróneamente adquirida de ser estafadores, esa había sido la principal razón de que nadie ayudara a su padre cuando fuera injustamente despedido de su trabajo. Para aumentar su dolor, el suicidio no era contemplado en los seguros como para que la familia percibiera una buena pensión y su madre se había esforzado hasta el cansancio, con todo y enfermedad. Su hermano había huído de la casa incapaz de soportar la vergüenza a la que era sometido constantemente por otras personas que le recordaban los falsos pecados de su "cobarde padre" y jamás volvió a saber de él. No había nada que pudiera extrañar en ese pueblo, tampoco nadie la culparía si hubiera decidido odiar a las personas que tan cruelmente la habían juzgado, pero ella no quería guardar rencor porque hubiera sido perder el tiempo. No sabía si confiar en Miroku, Sango y su hermano, al que sólo conocía de oídas, pero no le quedaba nada.
Tan pronto cuando recibieron sus comprobantes, números de transacción y documentos firmados, él puso todas las cosas en un maletín y la invitó amablemente a seguirlo hasta el exterior, donde los esperaba un auto de alquiler que él había conseguido. Empezaba a llover, por lo cual se apresuraron. Se subió en el asiento trasero junto a su pequeño bolso para no incordiarlo y él la miro a través del espejo retrovisor, mientras ponía en marcha el vehículo y lentamente se disponían a partir.
─Sango y Kohaku te caerán muy bien.
─No recuerdo mucho de ellos ─no quería ser descortés, porque en verdad recordaba poco, eran sus padres los más dados a tratar con esa familia y hacía tiempo desde que no les veía, desde que su padre se viera en dificultades económicas. Por otra parte, no tenía muchas ganas de hablar y no sabía muy bien cómo entablar una conversación con aquel hombre.
El camino se le hizo eterno y las gotas de agua que resbalaban por el cristal de su ventanilla lo empeoraba. Dormitó varias veces, pero no quería dormir, porque había tenido pesadillas en los últimos días. Rin se repitió a sí misma que no debía estar tan ansiosa.
Lo primero que le afectó de la ciudad fue su aire gris y denso, que ni siquiera la lluvia parecía aplacar, el abarrotamiento de gente, el embotellamiento de tránsito y las grandes construcciones. Tomó aire para darse valor, de lo contrario sentía que se pondría a llorar y le pediría a Miroku que le devolviera a su hogar sencillo y tranquilo cuanto antes.
─Impresionante, ¿verdad, Rin-chan? ─comentó al ver sus azorados ojos marrones en el reflejo─. Las cosas son un poco ajetreadas aquí, pero se vive bien y con el tiempo acabarás por acostumbrarte. Yo también me sentí abrumado cuando llegué aquí por trabajo y estudios, ya que mi padre solía viajar mucho por trabajo y mayormente se encontraba en poblados y urbes mucho más pequeñas.
─¿Viviremos en uno de esos altos edificios? ─preguntó con curiosidad.
─Es el área metropolitana, la mayoría delos edificios aquí son de oficinas y de comercios, pero sí, vivimos los tres en un departamento pequeño pero cómodo. Aunque ahora seremos cuatro.
─Siento mucho las molestias, tan pronto como me sea posible, prometo encontrar un lugar propio y mudarme.
─No te apures, no eres ninguna molestia, entendemos que estás pasando por un momento difícil, no te exigimos ninguna clase de sacrificio.
Ella asintió.
─Eso lo sé bien, Miroku-san, pero quiero sentirme capaz por mí misma, sentir que puedo reponerme de esto.
─Tienes sin lugar a dudas unos excelentes valores ─ella sonrió levemente ante el cumplido─. Y puedes decirme sólo Miroku, después de todo, nos veremos las caras a diario.
Ella asintió.
Las gotas se habían vuelto delgadas y tenues cuando finalmente arribaron al edificio. Tenía siete pisos, sus paredes se degradaban en diferentes tonos de marrón, las puertas de entrada eran de reluciente cristal y había un pasillo simple que doblaba en L, a ella le pareció enorme. Cuando subieron al ascensor, se pegó a la pared y se sintió extraña, comenzando a sudar copiosamente mientras se encogía sobre sí misma y se abrazaba con una mano. Miroku se dio cuenta y con delicadeza le puso una mano en el hombro.
─¿Te sientes bien?
─Un poco de claustrofobia, no es nada importante ─se excusó ella. Cuando llegaron al quinto piso, soltó el aire que había estado conteniendo.
Caminaron por el blanco pasillo de lustroso piso gris y entraron por la tercera puerta a la izquierda. Le gustó mucho encontrarse con un departamento cómodo, pulcro y bien amoblado, había una pequeña sala de estar con una mesa baja de cristal, sofás blancos y una estantería con bastantes libros de filosofía, que hacía de divisoria con un pequeño comedor y más atrás se veía la diminuta cocina.
La joven pelinegra se tocó unos mechones, algo nerviosa al notar que solamente había dos habitaciones en la casa. Imaginaba que una era utilizada por Miroku y Sango, lo que significaba que bien dormiría en la sala o junto a Kohaku.
─Por aquí ─la llamó él, abriendo una de las puertas y ella vio unos paneles de madera con puertas corredizas que habían colocado en medio del cuarto─. Tú dormirás en la puerta de la izquierda, Rin-chan. Cuando supimos que te traeríamos, los tres decidimos hacer esto, aunque he de admitir que a Kohaku-kun le costó adaptarse a la idea de que su espacio vital se vería reducido.
─Supongo que tendré que disculparme luego con él ─se sonrojó, juntando las manos frente a sí.
─Para nada, hace un año, vivíamos en un sitio mucho más pequeño, estamos acostumbrados, te aseguro que él entiende bien. Es apenas unos años mayor que tú, por lo que pienso que ambos se llevarán bastante bien.
Ella asintió, eso esperaba.
─Acomodaremos tus maletas aquí, luego debemos ir a ver la matrícula del colegio.
─Tendré que empezar las clases mañana ¿verdad? ─hacía un buen tiempo desde que no asistía a clases y además no era muy buena porque le costaba prestar atención. Esperaba poder hacerlo bien, a los profesores no tenía por qué importarles sus problemas familiares y demás vicisitudes. Suspiró.
─A Sango le pareció que deberías tomarte el día libre, imaginó que estarías muy cansada por el viaje.
Ella apenas pudo ocultar un bostezo.
─Lo estoy.
La tarde caía en la ciudad de cielo encapotado púrpura cuando volvían de la escuela. Le pedían bastantes cosas, volvía a casa con una larga lista. Miroku había decidido parar en un café para comprarle algo como merienda a la joven y así permitirse ambos un respiro. Entró con él, pero en seguida se sintió abrumada por la cantidad de gente en el local. Gracias a las malas experiencias de sus padres, había adquirido una suerte de fobia social. Afuera también había muchas personas, pero no de una manera tan agobiante, por lo que le pareció bien esperar a Miroku fuera.
Se paró junto a uno de los cristales, en la acera y se perdió en sus pensamientos mirando a los transeúntes, teniendo la sensación de que estaba viviendo un sueño o espejismo y no la realidad. Hasta la mañana, había estado en un pueblecito. Mientras seguía con la vista a un grupo de personas, le llamó la atención ver a dos hombres atractivos de pulcro traje negro al otro lado de la calle. Ambos eran altos, con buen porte y con rostros blancos, suaves de gran delicadeza, con nariz perfilada recta y ojos rasgados, pero uno tenía el cabello negro ondulado, atado en una coleta alta que llegaba a la mitad de su espalda y sus ojos eran oscuros. El otro tenía liso cabello plateado, mucho más largo y suelto y ojos claros ambarinos de mirada melancólica. No pudo evitar seguirlos con la vista. El de cabello claro se sintió evidentemente observado, porque volteó en dirección a ella. El mundo a su alrededor pareció detenerse unos instantes, como si nadie más existiera, cuando esos ojos extraños se cruzaron con los suyos. Avergonzada, desvió la vista. Ambos hombres hablaron entre ellos y cruzaron la calle en dirección a ella. Se sintió petrificada ¿y si le reclamaban algo?
Pasaron a su lado sin prestarle mucha atención a su nerviosa pose rígida, entraron al local y se dirigieron al mostrador. Lucían como ejecutivos, a ella no le pareció que fueran el tipo de personas que frecuentaban esos sitios, más propio de estudiantes. Entró y se dirigió hacia donde estaba Miroku para no sentirse tan indefensa, justo cuando él regresaba con un par de sándwiches y unos vasos de jugo. Ella miró una vez más a los recién llegados y ellos se giraron a mirarla como si lo supieran. El de cabello oscuro le dedicó una sonrisa que le dio escalofríos y ganas de huir, puesto que descubrió que sus vivaces y hambrientos ojos eran escarlatas.
