Capítulo 7
Levantó una de sus mangas con un movimiento que pretendía ser distraído, exhibiendo con ello parte de su muñeca y antebrazo tras la camisa azul de seda.
Ella miró furtivamente y en seguida desvío los ávidos ojos hacia la calle. El coche era amplio, pero le resultaba de pronto muy pequeño. Las calles estaban atestadas por el tráfico debido al horario, por lo cual el regreso a casa se hacía lento y dio lugar a una conversación amena entre ambos. Aunque el rostro del señor Sesshoumaru siguiera siendo frío, a diferencia de aquella velada, se mostró atento y preocupado en las actividades de ella y sus "hermanos". Ella respondía sus dudas tratando de parecer serena y aprovechó para hablar bien de Kohaku, lo que hizo al hombre cuestionarse con cierto disimulado recelo, si acaso ambos jóvenes tenían una relación estrecha, aunque no lo aparentaban en ese restaurante.
-¿Kohaku, Sango y tú se conocen desde hace tiempo? -en la velada le habían dicho que sus familias eran cercanas pero no ahondaron en el tema.
-Nuestros padres se conocían desde hace tiempo. No debería decir esto, pero es como si al aceptarme, Sango-san en realidad estuviera pagando una deuda que su padre debía al mío. Yo era bastante pequeña la última vez que los vi, apenas los recordaba. Siendo sincera, era toda una novedad para mí la nueva vida que viviría junto a ellos. Al principio temí no ser aceptada, pero ellos son realmente geniales y por eso quisiera ayudarlos haciendo todo lo que esté en mis manos, aunque por el momento no pueda más que dar fe de todo su esfuerzo diario.
-En pocas palabras, pese a que estás siendo retribuida, te sientes como una carga y deseas remediarlo, por eso has decidido venir aquí conmigo -no intentaba ser grosero o brusco, sencillamente ser directo era parte de su personalidad.
Ella asintió algo sonrojada, pues aquellas palabras reflejaban sentimientos de los que no se hubiera atrevido a hablar tan directamente.
-Comprendo. Alguna vez fui así también.
Ella arqueó las cejas sorprendida, incapaz de imaginar a alguien como Sesshoumaru en situación de necesidad o adquiriendo deudas de esa clase.
-Tal vez tu problema sí tenga solución inmediata -él buscó los ojos de chocolate a través del retrovisor.
-¿De verdad Sesshoumaru-sama?
-Sí. Por ejemplo, podrías seguir los pasos de Kohaku y aceptar alguna tarea simple en la compañía...
-Lo lamento mucho, pero yo debo...
-...Con una beca de finalización de estudios brindada por nuestra empresa -terminó con tono serio-. Si nosotros avalamos tal cosa, no te lo negarían.
Sonaba bien y ella se sintió tentada a aceptar, pero tales cosas debían ser consultadas antes con sus tutores, además seguía desconfiando de la gente a causa de sus experiencias, las advertencias de sus padres y las dudas plantadas por Naraku que, aun pudiendo ser mentiras, de todos modos habían hecho mella en su ser.
Sesshoumaru analizó sus expresiones, sus dudas y nervios eran casi tangibles. Entendió que esta vez su socio se lo había dejado difícil, lo cual era bueno, de lo contrario la puja sería aburrida.
Ella se mordía el labio en tensión mientras lo analizaba. No era fácil dar una respuesta correcta.
-¿Por qué Sesshoumaru-sama es tan amable con nosotros? -indagó con su suave y temblorosa voz, en busca de segundas intenciones, sonriendo tímidamente.
De modo que ella era el tipo de persona que necesitaba saber los porqués de todo. Lo había adivinado al verla caminar por la acera con paso rápido y ojos atentos a cada detalle y rincón, cual gacela en busca de peligros y pronta a huir. La actitud de alguien listo. Naraku estaba en lo cierto: aquello comenzaba a gustarle e internamente se relamía.
─Existen varios motivos. Primeramente, el padre de Sango y Kohaku pese a no tener fama o altos puestos, alcanzó reconocimiento por su eficiencia y honestidad. Todos ustedes merecen demostrar que siguen ese legado. Kohaku lo demuestra siendo el mejor de los aspirantes hasta el momento. Tu desempeño académico antes de dejar los estudios era bueno, tus tutores se tomaron el atrevimiento de mostrarme documentos de tu carrera.
Ella se sentía arder de vergüenza. Miró a su alrededor buscando distraerse y vio una latita en los espacios para vasos tras los asientos.
─¿Es café? ─de pronto tenía mucha sed.
─Adelante, puedes tomarlo sin problemas.
Ella abrió la lata, pero arrugó la cara hallando el contenido amargo. Tanto su madre como Sango bebían tras la cena, pero ella no estaba muy acostumbrada.
─Lo lamento, me gusta amargo, debí decírtelo ─la miró por sobre el hombro haciendo un gesto con la cabeza─. Hay endulzante en la gaveta, si gustas.
Ella se estiró, encontró el paquetito, descargó el contenido en la abertura de la lata y lo mezcló mientras él seguía hablándole.
─Como te decía, al ver tu desempeño, comprendimos que no pudo ser tu culpa el abandono de los estudios. Mereces la misma oportunidad que tu hermano ─ella lo miró, probando la bebida ahora de mucho mejor gusto─. Pero hay algo más: no sé si lo recuerdes, hace unos años estuve con mi familia en una ciudad pequeña al sur.
El hombre le contó el episodio en que la salvó del atropellamiento en el parque y ella lo recordó vagamente. Describió a su hermano, su padre y una de sus aficiones que era pasear y volar cometas. No había dudas de que le hablaba de su familia. Él afirmó que le agradó aquella imagen de familia feliz, que jamás podría tener y era una escena que deseaba seguir viendo. A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas, porque también deseaba traer de regreso esa vida idílica. Agachó la cabeza para esconder ese gesto y acabó de beber tan rápido como podía. No supo hacer otra cosa que dar las gracias y perder su vista en el paisaje urbano.
─Sesshoumaru-sama… tal vez se trate sólo de mi imaginación, pero he tenido la sensación de que un coche oscuro nos ha estado siguiendo desde que salimos de la escuela, dobla en todas las esquinas ─miraba ansiosa hacia atrás, más atenta que de costumbre.
─No es tu imaginación, son mis guardaespaldas, aunque suelen ser más discretos.
Por supuesto, esta clase de personalidad importante requería de ese tipo de empleados, exhaló aliviada. Después de todo, ese vehículo no se parecía al de aquel sujeto, Naraku.
─Por cierto, hay algo que me gustaría preguntarle. Existe un hombre llamado Naraku Onigumo interesado en mi familia, dijo ser accionista de una corporación, de una rama Mugen, tal vez me equivoque pero tiempo atrás me pareció verlo conversando con él ¿Es algún conocido suyo?
No esperaba que él le creyera y no podía confesarle a la cara las cosas que éste había dicho de su persona. El silencio se hacía largo.
─Sí, hay un accionista llamado Naraku, he sabido de él pero no es un conocido. Dicen que es alguien problemático que busca destrozar grandes emporios, eso no conviene a una compañía como la que dirijo. Ten cuidado de que alguien no esté embaucándote usando esos nombres ─su voz era indiferente, pero sonrió para sus adentros. De eso se trataba el juego: él hacía de "bueno", Naraku "de malo", tratando de quebrar así la mente de la víctima y se la quedaría quien lo consiguiera antes.
Ella se mordió un nudillo. Sí, seguramente se equivocaba. No podían conocerse, de lo contrario no hablaría tan mal de Sesshoumaru. Se avergonzaba de las cosas malas que pensó sobre él, su rostro ardía mucho. Contó los segundos en silencio hasta que finalmente llegaron al edificio de Sango. Ella bajó agradeciendo respetuosamente y se apresuró a entrar, pues ya oscurecía. Seguía sintiendo calor mientras subía las escaleras ─prefería caminar a tolerar la claustrofobia en el ascensor─, tanto que llegó completamente empapada en sudor y bastante agitada. Aprovechó ser la primera en casa para tomar un baño. Su piel estaba más sensible de lo usual bajo el agua tibia y se sentía muy bien, al tiempo que se limpiaba y le venía a la mente el movimiento con que aquel hombre se remangaba la camisa, enseñando esos antebrazos blancos y firmes como marfil. Agradables estremecimientos recorrían su espalda.
Sin saber exactamente qué hacía, se dejó caer de rodillas bajo la ducha y con manos temblorosas accedió a su propia intimidad por primera vez en la vida. Se sentía bien, se sentía tan bien recordar esos ojos claros y pensar en esas pálidas manos de largos dedos mientras lo hacía. Las paredes a su alrededor se empañaban, al igual que su vista, mientras extraños ruidos escapaban de su boca. Estaba tan sensible que hasta el agua comenzaba a molestarle. Acabó rápido de higienizarse, cerró la llave de agua y corrió a su lado del cuarto, dejándose caer de bruces sobre la cama, desnuda como estaba, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el sonido de esa fuerte voz. Necesitando aliviarse con urgencia, volvió a tocarse varias veces, hasta que acabó desplomándose entre las desordenadas y húmedas mantas, con la vista aun nublada, los miembros temblorosos y faltos de fuerzas. Entonces, sintió que una mano salida de la nada la sujetaba por el cuello, mientras otra tomaba uno de sus pechos, estrujándolo con fuerza. No era capaz de gritar o moverse, sólo de sentir. Imaginaba que era una muñeca viviente mientras aquella atrevida mano bajaba ahora a su entrepierna, jugando allí con brusquedad, causándole dolor. Los otros dedos todavía oprimían su garganta cortando el aire y acabó por perder la consciencia.
─He decidido llamarte para oír cómo te jactas de haberme ganado hoy, querido socio ─usaba Naraku su tono usual de calma─. No irás a decirme que jugaste sucio esta vez, dándole soma a la mocosa para ganártela fácilmente.
─No seas animal, su cuerpo no lo soportaría ─retrucó el peliblanco─. Aunque sí le invité la línea para starters, tan ligera y adecuada, antes de depositarla en su casa.
─Eres cruel Sesshoumaru… dejarla así tan solita. ¿Acaso ya has olvidado los efectos colaterales de la primera ingesta? Malestares, sofocos, agitación, reacciones de hipersensibilidad, alucinaciones a veces, e incluso… desmedida excitación sexual ─el peliblanco no respondía a sus sarcásticas burlas─. Acabarás por enterrarla viva antes de que juguemos con ella adecuadamente.
─No te preocupes en exceso por ello, su salud y mente no parecen tan débiles como las de Asano ─ su respuesta se dejó oír risueña y se lamió los dedos de la mano derecha mientras cortaba la llamada con la otra. No tuvo tiempo de centrarse, cuando vio en la pantalla nuevas llamadas de su padre, las mil que le hacía en el día, y se sintió hastiado. Devolvió la llamada y esperó ser atendido.
─¿Qué es lo que quieres, padre? ─espetó impaciente, antes de dejarle emitir palabra alguna.
─Estoy preocupado por ti, Sesshoumaru -respondió el hombre-. Supe lo que ocurrió.
El aludido se mordió la lengua, ese infeliz lengua suelta de Totousai…
─Fui a verte para pedirte ayuda antes de que esto ocurriera y me la negaste, no me hables ahora como si de verdad te importara. Preocúpate por tu niño, quien seguramente no te causará tantos problemas y métete en tus propios asuntos.
─Tú también eres "asunto mío", lo que ocurrió no es más que una consecuencia y una muestra de que debes parar; sabes que debes dejar el soma ─sentenció preocupado.
─Y tú sabes que moriré si lo hago -como si fuera la primera vez que le ocurría un incidente como el de Sara. No era tan grave, intentó racionalizar.
─No morirás y yo sólo soy la prueba fehaciente de ello.
─No. Tú sólo eres la prueba deplorable y patética de que te mal alimentas de la tonta e inferior madre de ese híbrido de Inuyasha. No te esfuerces en negarlo.
─Sesshoumaru...
─No intentes hacerte el inocente, no eres diferente de nosotros, padre, y no cambiará mi modo de ver las cosas, deja de fingir o quédate ahí sentado esperando. Yo no seré como tú, una luz que se extingue en el tiempo ─cortó la llamada antes de que pudiera recibir contestación y bloqueó el número por el momento. Ahora tenía cosas más importantes de las que ocuparse. Guardó el móvil en su bolsillo, tomó una maleta que estaba bajo el asiento y salió del vehículo para entrar a un edificio. Subió en el ascensor hasta el quinto piso y buscó el sexto departamento. Una puerta trabada con cadena se abrió dejando entrever la mirada ansiosa de un ojo celeste.
─Eres tú, Sesshoumaru-sama ─la puerta se abrió y una anciana de piel muy arrugada y largo cabello canoso lo invitó a pasar, cerrando en seguida tras de él─ ¿Trajiste la mercancía?
─Aquí está, como cada mes desde hace quinientos años ─presentó él la maleta.
Ella la tomó con desesperación, sacando en seguida tres sobres y disolviendo el contenido en un vaso de agua que descansaba sobre una pequeña mesa baja, uno de los pocos muebles que había en el departamento recientemente alquilado, pues todos los meses los clientes acostumbraban adquirir propiedades al azar en diferentes distritos o rentar habitaciones de hoteles siempre distintos para evitar levantar sospechas de aquella inusual actividad comercial. Aquel sitio había sido elegido adrede por estar cerca de la casa de Sango, generando así la excusa para llevarse a Rin.
Tan pronto como ingirió el rojo brebaje, la piel de la mujer se volvió lozana, su cuerpo se enderezó y volvió firme bajo las ropas, su cabello aún blanco era más brillante, adquiriendo la belleza y esplendor de una joven adolescente.
─Es perfecto, en seguida te traeré la paga ─respondió sonriente, presumiendo su belleza y disponiéndose a buscar su maleta de dinero. No era problema para ella, al igual que otros consumidores, solventar esos gastos, ya que durante su longeva existencia había tenido tiempo suficiente de hacerse de pequeñas fortunas.
─Espera ahí, señorita Tsubaki, no quiero dinero en efectivo. En esta oportunidad me pagarás acusándote de un homicidio.
─¡¿Cómo dices?!
─Lo que has oído, te adjudicarás la muerte de Sara Asano por venganza. Naraku es el causante y quien me metió en esto, pero no debe ser juzgado. Sacarte de prisión o de la tumba será más sencillo que cargar sobre mis espaldas con un crimen que ni siquiera cometí.
─No bromees ─retrucó ofendida─, además no puedes engañarme, ni siquiera me has traído la mercancía completa.
─Tendrás la otra mitad una vez que cumplas mi condición, hasta entonces puedes racionar esta maleta… indefinidamente ─clavó en ella sus ojos de oro.
Esa era una cruel jugada. A diferencia de ellos Tsubaki era humana y su cuerpo entraría rápidamente en descomposición tan pronto como dejara de ingerir el soma. Y no podía hacer nada que fuera contra Sesshoumaru o Naraku, ya que eran de los pocos que conocían los secretos de su manufactura, ni podía suspender o entorpecer la financiación con algún acto temerario porque su vida misma estaría en juego. La bella fémina apretaba la mandíbula y los puños con impotencia.
─Bien, lo haré.
─Recibirás la visita de mis sirvientes para que te asesoren. Hasta entonces.
Ella lo despidió con mala cara en la puerta, mientras el frío hombre le daba la espalda sin miramientos.
─¿Rin? ¿Estás ahí dentro? ─preguntaba Kohaku en la puerta, preocupado de llegar y encontrar la casa tan silenciosa, arrepentido de no haberla acompañado, con temor de que algo le hubiera pasado. Su teléfono sonaba, pero ella no respondía a pesar de que llevaba un rato llamando─. Rin, voy a entrar.
Grande fue su sorpresa al encontrarla tendida desnuda, aunque estuviera de espaldas. La chica hasta entonces atontada e inmóvil, fijó los perdidos ojos en la puerta y soltó un grito al mismo tiempo que el muchacho, mientras él cerraba de golpe la puerta.
─¡Lo siento mucho Rin! ─se apoyaba contra la pared con el corazón acelerado y la cara roja, el cuerpo de la chica desprendía un atractivo olor.
─Lo lamento yo ─respondió ella desde dentro, mientras se tambaleaba en busca de algunas ropas─. Estaba muy cansada, tomé un baño y me acosté tal y como estaba. Me quedé dormida, no escuché tus llamadas. Eres responsable de mí, debí haberte preocupado ─se atropellaba en hablar, completamente avergonzada de la escena que había dado.
No le pareció un buen momento para hablar de la propuesta de Sesshoumaru porque temía que se malinterpretara todo, gracias a su torpeza. Además no tenía tiempo que perder, debían hacer sus deberes y calentar la cena, Miroku y Sango llegarían en cualquier momento, el cielo se había oscurecido completamente sin que ella lo notara. Salió luciendo unos jeans y una camiseta rosa rumbo a la cocina y no pudo evitar ver la mirada inquieta del joven, se sonrieron con nervios y de pronto ella se sonrojó todavía más al recordar esa sensación de manos alrededor de su cuerpo.
─¡La cena! ¡Hay que prepararla! ─necesitaba distraer su atención con lo que fuera.
Entraba al amplio baño de su lujosa propiedad mientras se quitaba la ropa en el camino, la camisa de seda que presumiera ante la joven, los pantalones de vestir…
Se dejó estar bajo el agua tibia de la ducha, esperando que el jabón líquido y sus pensamientos fueran barridos rápidamente. Con los ojos cerrados miraba el vacío y extendía la blanca mano hacia delante, como si hubiera alguien allí con él. Dibujaba en su mente la figura desnuda de la cándida joven, toda su piel sonrosada y con aquella mano podía jurar que casi sentía la finura de sus cabellos de azabache. Con un gesto de la mano recorría la figura que estaba imaginando, el delicado cuello de delgada piel, los pequeños senos, su costado, su cintura… de pronto la imagen se deformó. Quien tenía en frente no era Rin-chan, era Sara, poco después la imagen volvió a cambiar, era entonces Kagura.
¿Qué le pasaba? ¿Por qué aquel desperdicio? Se frotó la cara con el agua que caía, deseando despertar. Aún tras salir del baño su fornido cuerpo ardía como si le estuviera exigiendo algo. Fue a su habitación para vestirse a toda prisa con las ropas más viejas que encontrara, peinó su blanco y largo cabello y salió en busca de su vehículo.
─¿Lo acompañamos, señor? ─preguntó Kouga en la puerta.
─Sólo si permanecerán con la boca cerrada ─pasó de largo, ignorándolo, pero Kouga y otros lo siguieron hacia uno de sus autos.
Salió de la ciudad por la carretera norte rumbo a las montañas. Todo era iluminado por las luces nocturnas, que pronto eran dejadas atrás por la negrura del mundo rústico. Era tarde y los guardaespaldas intercambiaron miradas, pues sabían a dónde se dirigían, a medida que subían en altura.
Se salieron del pavimento por un camino estrecho de tierra que se abría entre las montañas y que estaba bastante escondido. A unos tres kilómetros bosque adentro, había un vallado que delimitaba una serie de bodegas, personas vestidas como militares les cedieron el paso tras ver que se trataba de él, mostrándole respetos. Estas bodegas eran fachadas, porque todas tenían puertas falsas con escaleras que descendían a edificios subterráneos complejos de varios niveles y cuyas instalaciones estaban alimentadas por generadores eléctricos potentes. Sesshoumaru dejó a sus guardaespaldas cuidando la entrada de una de estas bodegas y descendió solo.
Entró a la habitación que tanto deseaba, siendo recibido por el olor del miedo. Bajo una fuerte luz, varias mujeres, hombres y niños se encontraban desnudos, fuertemente atados a camas y sillas dispuestas en apretadas hileras, conectados a equipos de monitoreo que enseñaban valores anormales, muy disímiles; a cables, a sueros y a equipos varios. Se acercó a la cama que estaba más cerca de la puerta, donde se encontraba una joven bonita de pelo castaño, con el cuerpo lleno de golpes y marcas, con ojos aterrorizados por todo lo que le habían hecho y cansados por tanta luz. Él la desconectó bruscamente de todas las cosas que la rodeaban, la desató de la cama y la sujetó de los brazos tras la espalda y del cabello, aunque dudaba que fuera a oponer resistencia, ya que por su cuerpo corrían miorrelajantes potentes.
─Se supone que ustedes están aquí siendo procesados para obtener los constituyentes del Soma, Naraku me matará si te mato antes de eso, pero es que por algún extraño motivo no puedo hacerle nada a esa Rin, así como tampoco pude con Sara ─la sacó a las rastras de la habitación, percibiendo cómo se alteraban de terror todos los demás sujetos de trabajo y subió un nivel arriba en el edificio.
Entró en una de las tantas habitaciones, donde había un escritorio. Tiró de golpe todo lo que había encima, arrojó a la pobre chica de cara a la mesa para no tener que ver sus facciones e imaginar las que él quisiera. Abrió sus piernas en una pose forzada y las ató a las patas del escritorio con cables de equipos que había allí, dejando expuestos su sexo y ano con el sólo propósito de torturarla mentalmente e inclinándose sobre su espalda le susurró al oído todas las aberraciones que planeaba hacerle, disfrutando del sobresalto de su corazón y refiriéndose a ella como "Rin-san", sin importarle en lo más mínimo el verdadero nombre que le había sido dado. Arañó su piel, causándole más marcas de las que ya tenía y tentadoras líneas de sangre, presionó sus muslos, torturó sus senos, abrió su intimidad violentamente con un puño, la ultrajó por todos sus orificios hasta hacerla sangrar, jaló sus cabellos hasta arrancarle mechones, lamentando que no tuvieran el olor de los cabellos deseados, obligó a sus articulaciones a esfuerzos imposibles hasta descoyuntarlas. La desató finalmente para sentarla en su regazo, usándola cual muñeca, susurrándole obscenidades, recorriendo la frágil piel con los portentosos colmillos que ocultaba y que finalmente escogieron clavarse en la yugular, que estalló dándole esa sangre tibia y alterada que tenían todos los sujetos de las bodegas. Sabía que una vez sentido ese sabor de nuevo le sería imposible parar, se devoró la carne y grasa de la presa aun viva y agonizante, temblorosa, que se desvanecía rápidamente y aún lamió los huesos expuestos, sin poder en ningún momento quitarse de la cabeza la imagen del sonriente rostro de la estudiante. No había terminado aún cuando dejó paso a su lado más consciente y atendió el móvil que no dejaba de oírse sonar en los bolsillos de su pantalón perdido en algún lugar en el suelo del recinto.
─Naraku ─habló molesto.
─Sesshoumaru, ¿en dónde diablos has estado? He intentado dar contigo durante horas -respondió furibundo su interlocutor─. Tenemos un problema, ven cuanto antes a diez kilómetros al norte del parque -cortó la llamada sin más.
"Parque" era el código que usaban para hablar de aquellas instalaciones.
El peliblanco llamó a sus guardias por el móvil para que bajaran a encargarse del tiradero. Fue a las duchas de las instalaciones para intentar lavar los rastros de su error, se vistió con parsimonia y luego subió a encontrarse con sus cansados y sucios guardaespaldas, que habían tenido que enterrar los restos. Condujo con lentitud por la carretera hacia el norte, pues debía aparentar que no se encontraba cerca de allí. El sol asomaba lento a través del cielo iridiscente, vislumbrándose entre las espesas ramas de los árboles del bosque cuando llegaron al sitio que consideraban indicado. Sesshoumaru ingresó varios metros con el vehículo pero debieron continuar a pie cuando el camino marcado sutilmente por Naraku se volvió muy empinado y pedregoso.
Finalmente él y sus guardias arribaron al sitio donde su socio y varios de sus hombres los esperaban, parados en amplio semicírculo alrededor de algo caído en medio del claro. Ese algo era una cabeza cercenada a la que le habían sido arrancadas tres cuartas partes de la cara, exponiendo la calavera. Su cabello era de un extraño lila casi blanco, su único ojo lechoso miraba furibundo y levantó la vista hacia el recién llegado, emitiendo una fría voz.
─Sesshoumaru.
