los personajes de twilight no me pertenecen, pertenecen a Stephenie Meyer

Capitulo 2:

Me despierto por la maldita alarma que suena incesantemente. No sé si gruño o gimo, pero hago alguna de esas cosas y me tapo el rostro con la almohada, con la intención de seguir durmiendo. Pero soy demasiado ilusa. Mi madre entra en mi habitación como un torbellino lleno de energía. La ignoro y ruedo en mi cama, tapándome la cabeza en el proceso con las sabanas. Oigo sus pasos acercándose a mi cama y cierro los ojos con fuerza, mi madre toma las mantas entre sus manos y me despoja de ellas con fuerza. Gimo y le quito las sabanas de las manos para taparme nuevamente.

Renée ríe encantada y me destapa de nuevo.

—Vamos, Bella —dice sonando divertida—. Hoy es tu primer día de instituto, ¿no querrás llegar tarde, verdad?

—Sólo quiero dormir —me quejo.

—Nada de eso, señorita. Ya, levántate mientras te preparo el desayuno.

Suspiro, derrotada ante los mandatos de mi madre. Toda hija es derrotada ante los mandatos de su madre, de ello estoy segura. Me levanto de la cama y saco del mueble que está al lado de esta mi neceser. Entro en el baño ignorando la mirada seria de mi madre.

Cinco minutos después estoy buscando entre mis prendas algo que ponerme. Me decido por unos jeans ajustados, una remera púrpura a tiras, mi chaqueta de cuero negra y mis botas preferidas. Luego de vestirme, salgo de la habitación y bajo las escaleras de mi hogar para adentrarme en la cocina donde mis padres me esperan con sonrisas adornando sus labios. Pongo los ojos en blanco y suspiro; ellos están muy entusiasmados con la idea de que vuelva al instituto. Lástima que yo no tengo ni una pizca de su entusiasmo.

— ¿Estás entusiasmada, Bells? —Charlie se burla, sonriéndome inocente.

Le saco la lengua como una niña chiquita y ellos se ríen. Sonrío y me siento en frente de mis padres. El delicioso aroma a pan francés me inunda los sentidos y mamá sonríe cuando ve que estoy apreciando su desayuno.

—Vaya, Renée —exclamo, sorprendida—. Huele delicioso.

—Gracias, cariño.

El desayuno pasa normalmente y cuando terminamos, mis padres se van a sus respectivos trabajos y, antes de irse, me desean suerte en mi primer día en el instituto de Forks. Se los agradezco verdaderamente aunque se que sus deseos son en vano, no tengo posibilidad en una escuela con trescientos alumnos de nos más de dieciocho años teniendo veinticuatro años.

Luego de eso, para hacer tiempo, lavo los platos que se ensuciaron en el desayuno. Cuanto termino de lavar los platos, tomo mi chaqueta, las llaves y salgo de casa para adentrarme en el día frío y nubloso. Me enfurruño al pensar en los varios kilómetros que debo caminar para llegar al instituto. No tengo carro ni tampoco pienso subirme a uno, desde el accidente quedé totalmente traumatizada con los carros y cuando intento subirme a uno, me sube la presión, sudo la gota gorda literalmente, las manos me tiemblan e inmediatamente me viene a la mente el maldito sueño que tengo todos los días. No puedo subirme a un carro.

Me adentro en el pueblo y, desgraciadamente, toda la gente está en las calles. Gimo por lo bajo y me pongo la capucha de la chaqueta para pasar desapercibida. Pero ya es demasiado tarde, la gente ya se ha percatado de mi presencia. Con cada paso que doy siento sus miradas puestas en mí y eso me desespera. No me gusta llamar la atención, prefiero pasar por invisible en vez de ser vista por todos.

Es de esperarse que todo pueblo me conozca y sabe lo que me sucedió. Todos en el pueblo están enterados de mi accidente y del coma en el que estuve, pues yo Isabella Swan soy muy conocida por ser la hija del Jefe de policía de Forks. Ser la hija del jefe de policía del pueblo no es muy conveniente y menos aún cuando sufres un accidente como el que sufrí yo con sus consecuencias; un coma por un año. Al parecer soy famosa en este maldito pueblo.

La situación no es mejor cuando llego al instituto, todos los adolescentes que se encuentran allí me miran con asombro y curiosidad morbosa por mí. Me estremezco de pies a cabeza e ignoro todas las miradas que están posadas en mí. Entro al edificio y me encuentro con un recibidor y detrás de este una señora regordeta, con lentes gruesos y cabellos rubios. Sus ojos verdes me miran con curiosidad cuando me ve y le sonrío lo más educada posible.

—Soy Isabella Swan —le informo.

—Oh, si —exclama sonriendo. Me espera, todos aquí me están esperando. La chica que sobrevivió al accidente automovilístico y que estuvo en coma por un año completo por fin vuelve a casa—. Toma, cariño, aquí está tu horario y este es un mapa de la escuela para que no te pierdas.

—Gracias… —miro su tarjeta con su nombre—… señora Cope.

—De nada, cariño.

Cuando estoy de nuevo fuera del edificio, miro el horario buscando mi primera clase. Genial, me toca literatura, amo esa materia. Según el mapa, la clase de literatura se hace en la sala diecinueve que se encuentra en el segundo sector del edificio. Me adentro de nuevo en el edificio y comienzo a buscar el sector número dos. Sé que suena paranoico pero siento que alguien me está siguiendo con cada paso que doy, miro hacia atrás pero no veo a nadie siguiéndome, solo un montón de chicos mirándome curiosos. Sigo en marcha y por fin encuentro el sector dos, no fue difícil de encontrarlo ya que tiene un gran número dos pintado en la pared.

Inspiro varias veces para infundirme valor y camino hacía la puerta de la clase de literatura. Tú puedes hacerlo, Bella. Me animo mentalmente. Nadie te va a morder, te lo aseguro. Tomo una gran bocanada de aire y giro la perilla de la puerta. Ya no puedo arrepentirme, ya es demasiado tarde. Abro la puerta y entro sigilosamente en el aura, el profesor ya ha comenzado su clase lamentablemente y se interrumpe a mitad de una explicación al oírme entrar en la sala. Voltea el rostro y me fulmina con la mirada, le sonrío apenada.

Carraspeo incómoda por unos instantes.

—P-Perdón, profesor, pero soy nueva —explico entre tartamudeos. Me sonrojo al ver que todos los alumnos en la sala me miran—. Soy Isabella Swan.

Al momento en que menciono mi nombre algo se enciende en la cabeza del profesor. Queda sorprendido por unos momentos y me mira de arriba abajo, inspeccionándome con la mirada. Luego me sonríe amablemente pero atisbo en su mirada un sentimiento de lastima que me hace enfurecer. Todos me tienen lastima por lo del accidente, pero odio que hagan eso. ¡Dios, no estoy inválida!

—Claro, señor… señorita Swan. Pase, adelante. Le perdono esta vez su falla solamente porqué es nueva.

—Gracias, profesor.

Camino hacia el asiento más lejano, el de atrás, y me siento en él contenta de que se encuentre solo. Los demás no me pueden mirar por lo tan atrás que estoy, pero de igual manera se las ingenian para mirarme. Suspiro y en lugar de mirarlos a ellos, me concentro en la lista de libros que la señora Cope me ha pasado para la clase de literatura, debo leerlos todos. Miro la lista y sonrío. Todos ya los he leído y los tengo en casa, eso me alegra y me aburre a la vez.

La clase pasa normal y un poco aburrida, todo lo que pasó el profesor me lo sabía pero de igual manera lo anoté cuidadosamente. En estos momentos me pregunto si es de todo que me olvidé con el accidente, porque la materia que habían pasado hoy en literatura me la sabía por completo.

Cuando estoy terminando de guardar mis cosas en mi mochila, un chico bajo, de pelo negro y grasiento, con acné en el rostro y ojos negros muy grandes, se me acerca para saludarme, o eso creo.

—Hola —murmura un poco nervioso—, soy Eric Yorkie. Tú eres Isabella Swan, ¿no?

Suspiro y termino de guardar mis cosas. No me gusta todo esto, no soy muy social que se diga.

—Bella —le corrijo y le sonrío ligeramente.

—Mucho gusto en conocerte, Bella.

—El gusto es mío. —La voz me suena tensa y cansada.

— ¿Te puedo acompañar a tu siguiente clase para que no te pierdas?

Me muerdo el labio inferior. Bien, este chico quiere mi compañía pero lamentablemente yo no quiero la suya, Quiero estar sola.

—Lo siento, pero no es necesario. Sé donde queda mi siguiente clase. De todas formas, gracias por tu amable ayuda —respondo sonriendo ligeramente.

Los hombros del chico decaen muy notoriamente y un sentimiento de culpa me embarga el corazón. No tengo porqué sentirme así, no lo trate mal… ¿o si?

—Bueno… nos vemos luego, Bella. —Se aleja rápidamente de mi lado.

Suspiro y tomo mi mochila. Tal vez fui muy dura con él, pero no necesito de la compañía de nadie, solo quiero estar sola. ¿Es qué nadie me comprende acaso? Agacho la mirada y salgo del aura de literatura para buscar ahora el de Ciencias, una materia que no me agrada demasiado. Entonces es cuando lo oigo. Voy caminando cerca de la pared derecha cuando oigo una suave melodía que envuelve mis sentidos. Yo conozco esa canción, de ello estoy segura. Sigo silenciosamente el sonido de la melodía y esta me lleva a una puerta de una sala. La puerta está media abierta así que aprovecho la oportunidad y entro.

Se me corta la respiración. En frente de mi se halla el chico más hermoso que he visto en mi vida. Tiene un hermoso cabello de un extraño color bronce o cobrizo, su piel es pálida, sus labios delgados y su nariz recta y simétrica. Por lo que puedo apreciar es delgado, de contextura un poco musculosa. Tiene puesta una camisa blanca que se adherida a su pecho perfecto y las mangas de esta están dobladas por encima de su codo. Está tocando el piano perfectamente, con sus dedos moviéndose sobre las teclas con una agilidad única. Tiene los ojos fuertemente cerrados y una expresión de dolor surca su rostro.

Me parte el alma verlo sufrir de esa manera. Aunque no le conozco, no me gusta ver esa expresión tan dolida en su rostro. Mi corazón pega un brinco de dolor al verlo tan desolado, solo y desconsolado, no tiene a nadie que le ayude en este momento de dolor que está compartiendo con el piano. Entonces él inspira con lentitud y deja de tocar abruptamente, sorprendiéndome. Inspira de nuevo, como oliendo el aire y voltea el rostro con rapidez para clavarme su mirada.

Ahogo un jadeo al ver sus ojos. Son de un hermoso color verde esmeralda que brillan con un dolor único y agónico que me descoloca por completo. Quiero saber qué es lo que le hace sufrir tanto, quiero saber por qué sufre pero guardo mis estúpidas preguntas para después. Solo quiero mirar sus bellos ojos en estos momentos. Él me mira fijamente sin musitar ni media palabra, pareciera que no puede hablar y yo tampoco puedo hacerlo. Estoy cayendo en el embrujo de sus hermosos ojos que me tienen hipnotizada. No puedo moverme, no puedo pestañear siquiera. Y él, al parecer, tampoco puede.

En ese instante una suave melodía comienza a soñar nuevamente y la reconozco con velocidad, es la misma que estaba tocando este chico: Claro de Luna de Debussy. El chico de pelo cobrizo frunce el ceño y se levanta del banquillo del piano—es más alto de lo que creí— y comienza a revisarse los bolsillos de su pantalón. Saca del bolsillo de su pantalón un móvil y mira la pantalla fijamente, en ese instante sus ojos brillan con una emoción desconocida para mí, se le ve… feliz. Yo no puedo moverme, me tiene encandilada con sus movimientos tan gráciles. El chico aprieta un botón con rapidez y se coloca el móvil en su oído para escuchar.

—Amor, ¿estas bien? ¿Qué sucede? —Tiene una hermosa voz aterciopelada, pero al escuchar sus palabras tan cariñosas dirigidas a alguien más se me cae el alma a los pies. Escucha lo que le dicen al otro lado de la línea con atención pero sin despegar sus ojos de los míos en ningún momento—. Nena, no debes preocuparte. Ella estará bien, te lo aseguro…. Está bien, lo prometo, pero ahora quiero que te tranquilices. Sabes muy bien que no me gusta verte alterada…. ¡¿Qué?!

Pego un salto involuntario al escucharlo gritar, el corazón también me salto al escucharlo. Le miro y veo que tiene una expresión enfadada en su rostro, cierra los ojos e inspira hondo para poder calmarse. En ese instante es cuando se acuerda de mí pues después de inspirar, clava su mirada en mí. Sigue hablando por el móvil.

—Está bien, cariño. Mira, escúchame, dile que se calme, que las cosas tienen que ser lentas…. Cariño, lento pero seguro…. Dile a ellos que se tranquilicen y qué en caso de cualquier cosa yo les aviso…. ¡No! Que no se les ocurra venir hacia acá.

Mientras habla se va acercando a mí y contengo la respiración. Cuando está justo en frente de mí se inclina, yo abro los ojos como platos. Sonríe ligeramente y estira su mano libre para sacar algo que está detrás de mí; es su chaqueta. Suspiro aliviada y luego me sonrojo, pensé que iba a hacer otra cosa cuando se inclinó hacía a mi. Me sonríe de nuevo y pasa por mi lado mientras va hablando.

—Nena, diles que los llamaré a la casa. Necesito hablar con ellos. —Su voz se va desvaneciendo a medida que se va alejando del aura.

Suspiro de nuevo y me dejo recargar en la pared mientras cierro los ojos con fuerza. No tengo ni idea de qué diablos fue eso, pero si sé que fue muy intenso y raro. Me estremezco de pies a cabeza al recordar sus penetrantes ojos verde esmeralda. ¿Quién será ese misterioso chico?

El sonido del timbre me saca bruscamente de mis pensamientos y no me da tiempo para pensar más en aquel chico que me embrujó con solo su voz y su hermosura. Me envaro y salgo corriendo a mi siguiente clase, rezando mentalmente para no llegar tarde a mi clase. Gracias a Dios, que se apiada de mí, llego con tiempo suficiente a mi clase de Ciencias y me siento, nuevamente, al final de la sala para pasar desapercibida, cosa que no pasa obviamente.

La clase pasa normal pero solamente un 10% de mi mente presta atención a la clase, la otra parte esta ensimismada pensando en aquel chico que estaba tocando el piano en aquella sala, con esa melodía que yo conozco pero no sé de donde. Recuero perfectamente como sus hábiles dedos se movían por las teclas del piano con tanta confianza y seguridad, esa mirada dolida que tenía en su hermoso rostro mientras tocaba aquella melodía y su voz tan musical que emanaba, en esos momentos que hablaba por teléfono, una felicidad única y verdadera. Recuerdo también su voz aterciopelada que envía escalofríos a mi columna vertebral de sólo recordarla, con toda su gloria.

El sonido del timbre me vuelve a sacar de mis pensamientos con fiereza. Me levanto de mi asiento, haciendo caso omiso a las miradas de las demás personas que están intrigadas por mí y por todo lo que me sucedió. En esos momentos deseo desaparecer de la faz de la tierra, que el suelo se abra y me trague para que así deje de sentir esas miradas curiosas puestas en mí. Pero lamentablemente el suelo no se abre, no me traga, y tampoco desaparezco de la faz de la tierra, sólo me queda ignorar esas miradas y vivir con este suplicio.

Con un sonoro suspiro salgo del aura y busco en mi mochila mi horario, para asegurarme que clase tengo luego de esta. Me toca Historia, genial. Esa materia me gusta particularmente porque adoro saber las cosas que pasaron hace años atrás y la historia de mi país o de grandes héroes que hicieron grandes hazañas. Me encamino hacía el aura de Historia que no queda tan apartada del aura de Ciencias, sólo debo caminar dos o tres pasillos más y llego a mi destino.

Cuando me encuentro ya en frente de la puerta de la sala, entro sigilosamente y observo, con bastante alivio, que la clase aún no ha comenzado dado que los estudiantes están hablando amenamente entre ellos y haciéndose bromas. Lo que más me llama la atención es que hay un chico, de mi edad más o menos, sentado en la mesa del profesor y viendo seriamente un libro que tiene entre sus manos. El chico es rubio, con un perfil muy bien enmarcado, de contextura musculosa y muy alto. Me acerco a él por mero presentimiento que me dice que me acerque a él. Y cuando llegó a su lado, sus ojos, azules como el cielo, se clavan en mí.

—Buenos días —saludo, educadamente.

Parece confundido ya que tiene el ceño ligeramente fruncido y me mira con ojos curiosos, pero no del tipo de curiosidad que tienen todos los estudiantes en esta escuela, si no que con una curiosidad más… sana, si es que se puede decir así.

—Buenos días —responde, sonriente—. ¿En qué puedo ayudarle?

Carraspeó un poco incómoda. Su voz es grave y suave, tan suave que siento una ola de paz y tranquilidad que me inunda el alma. Su presencia me tranquiliza y no sé porqué.

—Soy Isabella Swan, la alumna nueva.

En sus ojos azules atisbo un destello de reconocimiento que me tranquiliza. Él sabe quién soy, sabe qué es lo que me sucedió. Él sabe todo, y eso me tranquiliza a un grado tal que no comprendo. Pero aún así tengo la vana esperanza de que si sabe qué es lo que me pasó y sabe de mi situación, me trate como a una persona normal y no sea igual que las demás personas que me han visto aquí. Deseo que me trate normal, que me mire normal, no con lastima y pena como los demás.

—Claro —murmura riendo ligeramente—. Qué torpe soy. Déjeme presentarme. —Estira su mano en busca de la mía—. Mi nombre es Jasper Whitlock y soy su profesor de Historia.

Vaya, mi profesor de Historia. Me sorprende esto pues se ve muy joven como para ser profesor, pero qué sé yo de la edad que él tiene. Sonrío ligeramente, con la primera sonrisa sincera en todo el día, y estrecho su mano educadamente. El me sonríe de vuelta. Me gusta como me trata, no me trata con lastima, si no que me trata como a cualquier chica normal, eso me agrada.

—Mucho gusto, profesor —murmuro sonriendo.

Ladea la cabeza caballerosamente y yo sonrío. Entonces el posa su mirada en el aura y la recorre lentamente, como buscando algo. Cuando parece encontrar lo que buscaba, sonríe y agita la cabeza con aire resignado. Frunzo el ceño pero no me atrevo a preguntar el porqué de su acción.

El señor Whitlock hace viajar su mirada por la sala nuevamente y se fija en el final del salón donde unos chicos, muy ruidosos, se ríen y conversan animadamente, totalmente ajenos a que el profesor está en frente de toda la clase. Siento las miradas de toda la clase puestas en mí pero las ignoro olímpicamente.

— ¡Crowley! —La voz grave del señor Whitlock me sobresalta.

Toda la clase, absolutamente toda la clase, se queda callada ante el repentino grito del señor Whitlock. Yo me quedo estupefacta en mi lugar, mirando de hito en hito al profesor de Historia. Este sonríe ligeramente pero su mirada dura e implacable sigue puesta en los chicos de al final del salón. Vaya, el profesor tiene poder en esta sala más de lo que yo imagino. A pesar de ser tan simpático y agradable, todos le tienen demasiado respeto en esta sala.

—S-Sí, señor Whitlock —responde el chico de apellido Crowley. Se le ve temeroso, incluso llega a temblar de pies a cabeza ante la mirada impasible del señor Whitlock.

—Sé caballeroso una vez en tu vida y sédele tu asiento a la señorita Swan, por favor.

Me quedo totalmente impresionada. Él quiere que me siente atrás de toda el aura. Aunque eso en cierta forma me avergüenza, por ser tan predecible, la mayor parte de mí se alegra de tener alguien que me comprenda y que sepa que si me siento atrás paso un poco más desapercibida. Tal vez el señor Whitlock comprenda mi situación en este pueblo, pues estoy segura que él también sabe lo que me sucedió. Tal vez el señor Whitlock me vea demasiado tímida como para sentarme en frente y aguantar en escrutinio de todos lo que aquí están. Sea lo que sea que ve en mi, agradezco que ello le haga tomar la desición de sentarme atrás.

—Claro, s-señor Whitlock. —El chico Crowley se levanta de su asiento.

El señor Whitlock se voltea hacía mí y me guiña un ojo imperceptiblemente.

—Espero que eso le ayude —murmura.

Sonrío y asiento con la cabeza en un débil movimiento. Me aferro de mi mochila con más fuerza aún y camino por el pasillo, tanto de miradas como de mesas, y me dejo caer con cansancio en la silla que desocupó el chico Crowley para mí. Estoy cansada, deseo irme a casa. Pero reanudo mis fuerzas nuevamente al pensar en mis padres y todo el esfuerzo que hicieron para hacerme integrar en este instituto. Por los menos ellos merecen esto.

—Bien chicos —exclama el señor Whitlock—, comencemos con la clase.

Así la clase pasa y debo reconocer que puse bastante atención a lo que el señor Whitlock hablaba. Cada cosa que hablamos me fascinó, adoro la historia. Toda cosa que nos enseñó el señor Whitlock lo anoté eficazmente en mi libreta e incluso anoté unas páginas recomendadas por el profesor para averiguar más sobre el tema que en la clase estábamos viendo. Cuando hubo terminado la clase, me paro de mi asiento y espero pacientemente a que el salón se desocupe, cosa que no se demora demasiado ya que todos salen corriendo para almorzar algo. Me río entre dientes y me acerco al señor Whitlock.

—Profesor —le llamo. Él clava su mirada en mí—. Quiero agradecerle lo que usted hizo por mí, de verdad que me sirvió de mucho. Gracias.

Sonríe y deja el libro que tiene en sus manos a un lado. Se envara en su asiento y me mira fijamente.

—No tiene nada que agradecer, señorita Swan. Atisbé en su mirada que no era de su agrado llamar la atención así que pensé que tal vez la ayudaría sentándola al final de la clase. ¿Le sirvió mi ayuda?

—Si, señor. Gracias nuevamente.

—Si me permite darle un consejo, señorita Swan —susurra a lo que yo asiento—. No haga caso a lo que digan de usted o a los chismes, eso sólo causa problema e injusticias. Haga caso omiso a lo que digan de usted o su accidente y vera que así la vida es más fácil.

Asiento con la cabeza totalmente de acuerdo con él.

—Lo haré, profesor. Es más, eso estoy haciendo en estos momentos.

—Así se hace. —Sonríe.

Nos despedimos rápidamente y salgo del aura para encaminarme directamente al casino del instituto. Muero de hambre y la verdad es que mi estómago ruge por un poco de comida. Eso me pasa por no haber comido lo suficiente en el desayuno a causa de los nervios que me producía venir al instituto.

Lo peor de todo es que cuando entro en el casino, por arte de magia, todos los que están allí se quedan callados y posan su mirada en mí. Me estremezco de pies a cabeza. Se me ha ido todo el apetito, no me apetece comer nada ahora. Pero, aunque no quiera, mi cuerpo necesita alimentación para soportar todo lo que se me viene encima luego de este horrible almuerzo, así que me pongo, cabizbaja, en la fila del comedor para poder sacar algún alimento que me ayude a recuperar las fuerzas necesarias para aguantar esto. Todo sigue en silencio, nadie se mueve o pestañea siquiera. Me siento terriblemente incómoda y la tentación de salir arrancando de este lugar llega a mí.

Entonces, cuando alzo la vista, veo a cuatro chicos entrando al casino. Con la sola presencia de ellos todos en el casino se remueven incómodos, pero el silencio sepulcral sigue sin desaparecer. Me fijo que las miradas de todos en el casino son avergonzadas e incómodas, pero nadie deja de mirarme o habla siquiera en susurros. Parecen impactados, impresionados por algo que yo no sé de qué se trata.

Los miro. Son dos hombres y dos mujeres que caminan con gracilidad por el casino. Uno de los hombres es alto, muy alto, de cabello corto de color negro y rizado, con unos brillantes ojos grises y con una contextura muy parecida a un levantador de pesas; es muy musculoso. El otro chico es… es mi profesor de Historia, el señor Whitlock, que camina sigilosamente con expresión seria y casi enfadada, se le ve muy enfadado. Las chicas son dos polos apuestos; una de ellas es rubia, alta y con un cuerpo envidiado por muchas chicas, un cuerpo de esos que ves en revistas de ropa interior o cosas así, y con sus ojos celestes brillando llenos de… furia, si, furia. La otra chica es bajita, con cabello rebelde de color negro y corto, con cada punta apuntando a una dirección diferente y con unos hermosos ojos violeta que brillan llenos de… rabia. Él único que se ve relajado es el chico alto y musculoso, el que parece levantador de pesas.

Un sonido fuerte hace que me voltee y deje de mirar a esos cuatro chicos. Había chocado con la mesa de almuerzos y mi bandeja suena contra la mesa, ese sonido me saca de mi letargo. Me sonrojo un poco al darme cuenta de la mirada poco disimulada que les había enviado a esos chicos. Tomó de la mesa una manzana roja, un jugo natural y unas galletas, el apetito aún no vuelve a mi cuerpo. Tomo mi bandeja entre mis manos y avanzo entre la multitud que sigue en ese silencio sepulcral y que me sigue mirando de esa forma que hace que mis venas hiervan de furia. Respiro profundo, en un vano intento de calmarme. Sigo caminando cabizbaja en busca de una mesa solitaria en donde poder sentarme, pero de pronto choco con algo, o con alguien.

Alzo la vista, temerosa, y observo, con alivio, que es el señor Whitlock con quién he chocado. Le sonrío, apenada.

—Lo siento, señor Whitlock, no lo vi —murmuro en una disculpa.

El señor Whitlock me sonríe, tan relajado y alegre que me contagia un poco de su alegría, pero sólo un poco.

—No se preocupe, señorita Swan, el culpable del choque fui yo. —Sonríe y echa una mirada al su alrededor. Frunce los labios con desagrado al darse cuenta que todos nos están mirando—. ¿Está sola?

Trago saliva e inspiro profundamente para calmar mis nervios que me carcomen por dentro. Tengo que calmarme, eso lo sé, pero no puedo siquiera intentarlo al sentir todas esas miradas puestas en mí. No quiero sufrir otro ataque de dolor de cabeza como los que me dieron en casa cuando me ponía muy nerviosa por algo, pero viendo por el camino que voy, es muy probable que sufra uno de esos ataques nuevamente.

—Sí, estoy sola. Justamente en estos momentos estaba buscando una mesa solitaria en la cuál poder sentarme.

Me regaño mentalmente por ser tan sincera con un profesor, pero el señor Whitlock me inspira tanta confianza que las palabras parecen salir solas de mi boca. El señor Whitlock mira algo sobre su hombro y sonríe. Frunzo el ceño.

— ¿Por qué no se sienta con nosotros? —Su tono es muy amable.

Casi me atraganto con mi propia saliva. ¿En serio me está pidiendo que me siente con él y sus acompañantes? Miro por sobre el hombro del señor Whitlock y veo a las dos chicas y al chico musculoso, que miran curiosos en nuestra dirección. Trago saliva ruidosamente y siento mis manos sudadas, con el corazón alterado y la respiración entrecortada. Tuerzo los labios en una mueca intranquila.

—N-No es necesario, puedo sentarme sola.

Niega con la cabeza y parece extrañamente divertido.

—A ellos no les importará, se lo aseguro —promete, seriamente—. ¿Viene, señorita Swan?

Asiento imperceptiblemente.

—Bella —le corrijo mientras caminamos a la mesa de sus acompañantes o amigos—. Llámeme Bella.

—Bella entonces. —Sonríe.

Llegamos a donde están sus amigos y me quedo ahí, parada frente a ellos estúpidamente y con la mirada perdida. La chica bajita y de pelo corto sonríe tiernamente y con gráciles pasos, dignos de una bailarina de ballet, se acerca a mi a saltitos.

—Hola —saluda sonriente y dando ligeros saltitos—. Mi nombre es Alice Brandon.

—Mi prometida —murmura el señor Whitlock.

Reprimo el impulso se abrir los ojos como platos, en cambio les sonrío a los dos imperceptiblemente. Estoy nerviosa y mi cuerpo está tenso, con el corazón latiéndome a mil por hora y las manos sudando sin control. Inspiro profundo, largo y tendido en un intento vano de calmarme.

—Mucho gusto, señorita Brandon —respondo educada, estrechando la mano de la chica bajita.

Esta suelta unas risitas.

—El gusto es mío, señorita Swan.

—Bella —río encantada por primera vez en el día—. Llámenme Bella.

El chico musculoso y terriblemente alto se acerca a mí. Es bastante guapo, debo admitirlo, y sus ojos brillan divertidos mientras que en sus labios se halla una sonrisa burlona. Sonrío sin poder evitarlo.

—Hola, Bella —dice, riendo—. Yo soy Emmett MacCarthy, amigo de Jasper.

—Un gusto, señor MacCarthy.

La rubia despampanante se acerca a nosotros. Me estremezco al ver su rostro serio e implacable que me mira sin emoción alguna. Sé ve enfadada. Luego, para mi gran sorpresa, sonríe amablemente y se adelanta un paso, estirando su mano en el proceso.

—Yo soy Rosalie Hale —susurra amablemente—. Un gusto, Bella.

—Ella es mi novia —informa el señor MacCarthy sonriendo.

Suelto unas risitas y asiento con la cabeza. Ahora me siento más relajada, menos tensa al conocerlos a todos y ver que me aceptan sin excepción. Pero mi alegría se esfuma rápidamente al sentir, aún, las miradas de todo el casino puestas en mí. Me estremezco.

La señorita Hale resopla con enfado. Pone los ojos en blanco y, para mi sorpresa, me toma del brazo y me acerca a su escultural cuerpo de modelo. La señorita Brandon también bufa por lo bajo y se acerca a donde estamos nosotras para tomarme del otro brazo, como un abrazo mínimo. Me sorprende sus actitudes pero no puedo evitar sentirme complacida con su actuar, aunque no me conocen, me están defendiendo.

—Chismosos insoportables —refunfuña la señorita Hale—. Mejor que se entrometan en sus vidas.

El señor Whitlock se aclara la garganta fuertemente y detiene su mirada en todo el lugar. Miro sus ojos y me da un escalofrío de pies a cabeza al ver su mirada dura e impasible, se está demostrando de nuevo como el profesor serio que es. Camina despacio y me sorprendo al verlo subirse en una silla de las tantas mesas que hay a nuestro alrededor. Vuelve a aclararse la garganta y mira en nuestra dirección por el rabillo del ojo.

— ¿No tienen todos que almorzar qué están allí parados, mirando a Isabella? —Su voz suena muy molesta, incluso furiosa—. ¿No tienen nada más que hacer que mirar a Isabella? Por favor muestren un poco de educación y dejen de mirarla así. Les advierto que si siguen con este actuar, le informaré de esto al director, a ver si así dejan de comportarse de esta manera.

Me quedo boquiabierta, totalmente impresionada por todo lo que el señor Whitlock está haciendo por mí. Me remuevo incómoda entre la señorita Hale y la señorita Brandon, no sé como reaccionar ante esto. Pero, a pesar de todo, opto por sonreírle al señor Whitlock con valentía y agradecimiento, mueca que responde alegremente el señor Whitlock y me guiña un ojo.

Pareciendo ser por arte de magia, todos en el casino renuevan sus actividades y se concentran en otra cosa que no soy yo, gracias a Dios y al señor Whitlock. Suspiro aliviada al comprobar que nadie me está mirando en estos momentos. Nunca me ha gustado llamar la atención y nunca me va a gustar, de ello estoy segura. En ese aspecto me parezco a mi padre, Charlie, ya que él es igual de vergonzoso y tímido que yo. Sonrío al recordar esto.

—Señorita Swan, ¿nos acompaña? —La voz del señor MacCarthy me saca de mis pensamientos. Está sentado en la mesa, todos lo están, y yo soy la única boba qué esta de pie frente a ellos. Me sonrojo y asiento con la cabeza, para luego sentarme en una silla de la mesa.

Tengo que agradecerles todo lo que han hecho por mí, eso lo sé. Pero lamentablemente no sé como empezar. Sigo nerviosa y con los mismo síntomas del nerviosismo; corazón alterado, respiración agitada y manos sudadas. Pero me trago mi nerviosismo con la poca valentía que me queda y alzo la mirada para clavarla en los cuatro personajes que tanto me han ayudado hoy en día. Les sonrío imperceptiblemente y cruzo mis manos por encima de la mesa, dejando a un lado mi bandeja con mi almuerzo.

—Gracias —murmuro, apenada—. Quiero agradecerles todo lo que han hecho por mí. De verdad que me han ayudado mucho.

—No tienes nada que agradecer, Bella —asegura la señorita Brandon, sonriéndome alegremente.

—Lo mismo le dije yo —prosigue el señor Whitlock—. Te comprendemos perfectamente y sabemos de tu situación… incómoda. Por lo mismo decidimos ayudarte para hacerte el día más… llevadero.

—Además, sabemos lo que se siente —murmura el señor MacCarthy.

Todos en la mesa lo miran confundidos, inclusive yo misma. No comprendo cómo ellos pueden saber qué se siente el ser la nueva en un instituto y que todo el mundo repare en ti. No creo que ellos también sean estudiantes de este instituto pues se ven muy… adultos como para serlo.

—Cuando recién llegamos a este instituto como profesores —prosigue el señor MacCarthy, ignorando nuestras miradas. Se envara en su asiento y me mira con fijeza—, todos los estudiantes nos prestaban la mayor de sus atenciones porqué éramos los nuevos en este pueblo y teníamos una historia… bastante compleja detrás nuestro. Tuvieron que pasar varios meses para qué esta gente dejara de mirarnos tanto, pero, como vez, aún llamamos la atención, a pesar de llevar varios años acá.

Asiento, comprendiendo su postura. Siento un poco de alivio al saber que no soy la única que tiene que soportar estas miradas de curiosidad morbosa y que ellos me comprenden perfectamente. Aunque muero por saber ese pasado complejo que ellos tienen, reprimo mi curiosidad y decido no ser entrometida. No tengo que meterme en cosas que no son de mi incumbencia, es lo sé, pero la curiosidad me carcome por dentro.

—Así qué no eres la única que tiene que soportar miradas de todo el mundo en este pueblo —dice la señorita Hale, sonriendo—. Debes sentirte tranquila con esto y relajarte, te aseguro que con el tiempo terminarán perdiendo el interés por ti y tu accidente.

—Eso espero —suspiro, un poco más calmada. Luego opto por preguntar—: ¿Se conocen desde hace muchos años?

Todos asienten con la cabeza. No parecen molestos por mi pregunta.

—Nos conocemos desde pequeños —informa la señorita Brandon.

—Prácticamente somos amigos desde que nacimos —sigue la rubia, riendo—. Somos tan unidos que nos consideramos hermanos, exceptuando las parejas, obviamente.

Río divertida y asiento con la cabeza.

— ¿Son los cuatro, solamente?

—No —niega el señor MacCarthy con la cabeza—. Nos falta uno, pero Eddie tuvo que marcharse para cuidar de su familia que lo necesitaba en estos momentos.

Le miro divertida. ¿Eddie? ¿Quién es él?

— ¿Eddie?

La señorita Brandon se ríe por lo bajo y niega con la cabeza, con una mueca divertida surcada en sus labios carnosos.

—Emmett lo llama así —murmura entre risitas—. Pero se llama Edward.

—Oh —exclamo riendo. Luego cambio de tema—. ¿Son todos profesores de aquí?

—No —susurra el señor Whitlock—. Solamente Emmett y yo, aunque Edward trabaja aquí como profesor de música en un taller, pero su trabajo no es permanente.

Frunzo el ceño. Me pregunto mentalmente cómo es posible que las dos chicas estén dentro del edificio si no son profesores. Pero opto, nuevamente, en no inmiscuirme en asuntos que no me incumben.

Asiento con la cabeza y tomo entre mis manos mi manzana roja. La ruedo un poco y luego le doy un mordisco. Reprimo el impulso de gemir de satisfacción, la manzana está exquisita y jugosa. Tengo tanta hambre pero no me había dado cuenta de eso. Le doy otro mordisco a la manzana y me deleito con su exquisito sabor.

—Y tu, Bella, ¿qué nos cuentas?

Alzo la vista y miro al señor Whitlock con intriga. Me parece un poco tonto contarles de mi vida a ellos. Mi vida antes del accidente era aburrida y monótona, siempre estaba asechada por la monotonía y el aburrimiento, pero después del accidente se volvió… mas estresante y dolorosa. El no poder recordar esos cinco años de mi vida me sigue doliendo como en el primer día, pero trato de superarlo como más puedo. Aunque no he podido hasta el momento.

Me encojo de hombros tratando de parecer aburrida y normal, aunque el dolor de mi pecho me está consumiendo en agonía.

—Mi vida siempre ha sido aburrida —reconozco sonriendo con tristeza—. Siempre, desde pequeña, viví en Phoenix con mis padres hasta que un día le ofrecieron a Charlie, mi padre, una nueva oportunidad de trabajo aquí en forks. Nos cambiamos para acá y luego vino mi…

No puedo seguir hablando más. Siento la garganta seca y los ojos me pican llenos de lágrimas. No puedo seguir contando de mi vida en Forks… porqué no la recuerdo. Una lágrima traicionera se desborda de mis ojos y, apenada, la seco con velocidad, no queriendo demostrarme de esta forma en frente del señor Whitlock y sus amigos. Tengo que hablar de mi accidente y eso me incómoda un poco. Carraspeo y tomo la botella del jugo para tomar un gran trago de jugo, en un vano intento de sacar el nudo que tengo en mi garganta.

—… mi accidente —prosigo, con la voz quebrada—. A causa de mi accidente no recuerdo mi vida en Forks, así que no tengo mucho que contar.

—Lo siento —se disculpa el señor Whitlock, luciendo muy apenado—. No debí sacar ese tema a colación. —Sacude la cabeza con fiereza—. Soy un idiota.

Sacudo la cabeza, negando ante su afirmación.

—No lo es. Y no se preocupe por sacar el tema, comprendo que no lo hizo intencionalmente.

Me sonríe entre apenado y agradecido. Trato de devolverle la sonrisa pero sólo consigo hacer una mueca dolorosa. No me gusta hablar de mi accidente, ni de sus consecuencias graves que dejó en mí. Sólo quiero cambiar de tema.

—Bella —me llama la señorita Brandon—, ¿cuántos años tienes?

Suspiro aliviada ante el cambio de tema y le sonrío agradecida a la chica de pelo negro y corto. Ella corresponde mi sonrisa y me guiña un ojo con complicidad.

—Veinticuatro años.

La señorita pega un gritito de júbilo y aplaude alegremente, dando saltitos en su asiento. Todos en el casino la miran sorprendidos, pero ella ignora esas miradas olímpicamente. Se le ve muy alegre, y no sé porqué. El señor Whitlock sonríe bobamente al verla y yo me río por lo bajo. Esa mirada y esa sonrisa que tiene mi profesor de Historia en su rostro me recuerdan a las miradas y sonrisas tontas que le da Charlie a Renée, esas sonrisas enamoradas.

—Enana, ¿puedes retener tu efusividad, por favor? Todo el mundo te mira. —Se burla el señor MacCarthy riendo, ella le saca la lengua infantilmente.

— ¡Tenemos la misma edad! —El grito de júbilo que suelta la pelinegra me deja sorda momentáneamente. Hago una mueca de dolor al sentir una punzada en mi cabeza.

La cabeza me da vueltas por unos minutos, siento esa peculiar punzada en la parte izquierda de mi sien y el corazón me da un brinco alocado. Me sostengo de la mesa cuando siento que me voy cayendo de mi silla. Inmediatamente siento unos brazos rodeándome y abro mis ojos, sorprendida.

—Bella, ¿estás bien? —La voz de Emmett MacCarthy resuena baja en mis oídos. Está a mi lado, sosteniéndome junto a mi profesor de Historia.

Alzo la vista y veo que las dos chicas están en frente de mí con expresiones preocupadas, alarmantes. La señorita Brandon tiene un vaso de agua ente sus manos y me lo tiende. Asiento con la cabeza ante la pregunta del señor MacCarthy y tomo el vaso entre mis manos para darle un sorbo al agua.

—L-Lo siento, Bella. Fui una descuidada al gritar de esa forma y alterarte —se disculpa la señorita Brandon—. Lo lamento.

Sacudo la cabeza.

—No se preocupe, señorita Brandon, me encuentro bien.

—Llámame Alice —murmura sonriendo, luego endurece su expresión—. ¿Desmayarte es estar bien para ti?

Le miro confundida. Yo no me he desmayado, ¿o si? No, no lo creo. Yo sólo sufrí uno de esos ataques espontáneos que me dan en casa cuando me mareo y pierdo el equilibrio, más de lo que ya lo tengo perdido, pero no me ha pasado nada más. Tal vez esto lo causó tanto nerviosismo que he sufrido en todo el día, o las aceleraciones que también he tenido. Sea lo que sea, para mi es normal.

Miro a mi alrededor y me doy cuenta que estoy en el piso, con mi profesor y el señor MacCarthy rodeándome y con las chicas en frente de mí, inclinadas. Todos en el casino nos están mirando sorprendidos. Mierda, de verdad sufrí un desmayo. Cuando se lo cuente a Carlisle me va a matar. Aún recuerdo sus últimas palabras cuando hablamos por teléfono ayer por la noche:

Si sufres un desmayo, Bella, te vienes volando a mi consulta. Los desmayos no son buena señal en tu condición, y pobre de ti, jovencita, que me escondas si sufriste un desmayo o no, lo sabré de todas maneras, me cuentes o no. Entiende que nos preocupamos por tu salud, Bella.

Resoplo ante el recuerdo de las palabras de Carlisle y, como puedo, trato de ponerme en pie, con la ayuda de los hombres que me rodean. Genial, ahora mi doctor me va a hospitalizar por un estúpido desmayo.

—Estoy bien —murmuro ante las miradas preocupadas de los cuatros.

—D-Debes ir a clases, ya tocaron —me informa la… Alice.

—Okay —suspiro y tomo entre mis manos mis galletas del almuerzo que aún no he probado. Me ordeno un poco la ropa y me dio la vuelta para encarar a las cuatro personas que me siguen mirando preocupados. Bufo por lo bajo y pongo los ojos en blanco—. Estoy bien, de verdad.

—Bella, cualquier cosas qué te pase nos avisas, ¿bueno? —me advierte la señorita Hale.

—Bueno, señorita Hale —accedo, suspirando—. ¿Por qué se preocupan tanto por mí?

Ella sonríe amablemente y toma sus manos entre las mías. Su contacto me tranquiliza un poco y me siento más liberada de tanta presión que he tenido hoy en día. Ya deseo irme a casa pero me reconforta saber que me queda una sola clase para poder marcharme a casa.

—Llámame Rosalie, total no soy tu profesora o algo por el estilo —dice—. Y nos preocupamos por ti porqué en ti hemos visto a una persona muy buena, inteligente y tímida que nos encantó y a la cuál hemos decido darle nuestro apoyo y amistad en estos momentos tan difíciles que está pasando tras su trágico accidente. Por favor, Bella, acepta nuestra ayuda y nuestra amistad.

La miro y sonrío ligeramente.

—Está bien, la acepto.

Alice aplaude encantada pero no grita, está teniendo cuidado conmigo. Se acerca a mí y me abraza por unos breves segundos, le correspondo el abrazo, confundida e impresionada. El señor Whitlock y el señor MacCarthy se echan a reír ante mi mirada sorprendida.

—No te arrepentirás —dice, muy convencida de sí misma—. Nos vemos mañana, Bella.

—Adiós, Alice, Rosalie —me despido.

—Hasta luego, nena —se despide el señor MacCarthy guiñándome un ojo.

Me sonrojo y el señor MacCarthy suelta una enorme carcajada, se acerca a su novia y le pasa un brazo por los hombros. Rosalie se despide agitando su mano, sonriendo. Luego los dos se van caminando tranquilamente hasta que desaparecen de mi vista, saliendo del casino.

—Hasta mañana, Bella.

—Hasta mañana, señor Whitlock.

Alice y su prometido se van del casino dejándome sola. Miro a mí alrededor y suspiro, por fin me encuentro sola en este bendito instituto. Suspirando reviso mis bolsillos y el recuerdo del chico de pelo cobrizo y ojos verde esmeralda me viene a la mente. Él también buscaba algo en sus bolsillos, como yo. Agito la cabeza, no tengo porqué estar pensando en él, ni siquiera le conozco.

Saco de mis bolsillos mis pastillas que me recetó Carlisle para el dolor de cabeza y las migrañas que me dan, esas pastillas que me sirven para calmar esos ataques espontáneos. Saco dos pastillas del frasquito y me las tomo con el jugo que me he comprado para el almuerzo. Me volteo, tomo mi mochila que está en la silla y salgo del casino rumbo a mi próxima clase, que es Educación Física. Gimo en voz baja al ver que me toca la clase que mas odio en mi vida, como no tengo un equilibrio muy bueno, siempre termino cayendo o golpeándome en las clases y algunas veces me llevo gente conmigo.

Cuando llego al gimnasio, me acuerdo, muy contenta, que no puedo hacer ninguna actividad física recetado por mi doctor, Carlisle, ya que no puedo acelerarme ni sufrir caídas que puedan golpear mi cabeza, eso causaría muchos daños en mi cerebro ya que este está delicado desde el accidente. Sonrío aliviada y entro en el gimnasio.

Todos los alumnos están practicando balón cesto en parejas. Cuando los veo siento un revoltijo de estómago al recordar las miles de caídas que sufrí cuando yo jugaba a ese juego. Opto por desviar la mirada del juego y busco al profesor de la clase, y me sorprendo demasiado al ver al señor MacCarthy con una ficha entre sus manos, un pito colgado en su cuello y ropa deportiva, con un yoqui. Al verme me sonríe alegremente y me hace señas para que me acerque a él, lo hago obedientemente.

—Señorita Swan, llega tarde —dice, tratando de parecer serio. Le sonrío apenada y él se ríe entre dientes. Se inclina hacía mí y me susurra sólo a mí para que los demás no escuchen—: Pero como mi familia y yo somos los causantes de su retraso, queda olvidado.

Me río por la bajo y le sonrío agradecida. Él me guiña un ojo. Carraspeo un poco para llamar su atención ya que había vuelto a mirar su ficha.

—Profesor MacCarthy —le llamo.

Alza la vista y clava sus ojos grises en los míos.

—Dígame, señorita Swan —musita.

Estiro mi brazo y le entrego mi comprobante médico.

—Este es mi comprobante médico que indica que no puedo hacer ninguna actividad física hasta nuevo aviso de mi doctor particular. Mi doctor me avisará en caso de que algún día pueda realizar alguna actividad física, pero hasta que eso no pase no puedo.

Asiente lentamente y se detiene para leer el comprobante. Frunce un poco el ceño pero no hace ningún comentario, eso me alivia.

—Está bien, señorita Swan —dice seriamente—. Observe los juegos para que aprenda los pasos y así poder hacerle exámenes escritos cuando haga algún examen a los demás. Puede sentarse en los asientos que están por allá.

Asiento con la cabeza.

—Gracias, profesor.

—No hay de qué —replica, sonriendo.

Hago caso y me siento en los asientos que están en el lado izquierdo de la cancha. El señor MacCarthy hace sonar su pito pero no tan fuerte, enviándome una mirada de soslayo. Sonrío. Lo está haciendo para que no me de otro ataque espontáneo.

—Bien, chicos, se acabó la era del balón cesto. Ahora nos toca practicar Voleibol así que todos ayúdenme a poner las vayas.

Así comienzan a poner las vayas y a sacar las bolas de voleibol. En un momento dado, cuando colocan una de las tantas vayas, el profesor fija su mirada en esa vaya en específico y sonríe con nostalgia. Luego me mira de reojo y sacude la cabeza para concentrarse de nuevo en el juego. Frunzo el ceño, no comprendiendo su actuar.

La hora pasa rápidamente y cuando tocan el timbre, me despido del señor MacCarthy con la mano y él me sonríe. Salgo del gimnasio y me encamino hacía la salida del instituto, deseando con todas mis fuerzas llegar cuanto antes a mi casa. Estoy exhausta, me duele la cabeza a pesar de haberme tomado las pastillas y lo único que deseo en estos momentos es estar en casa, escuchando a Debussy y relajándome al máximo.

Cuando voy saliendo del edificio, ignorando las miradas puestas en mí, me sorprendo al ver en frente de mí al señor Whitlock, Rosalie y Alice, sonriéndome y recargados en un MBW3 rojo y descapotable.

—Hola, Bella —saluda Alice, acercándoseme—. ¿Te quieres ir con nosotros a tu casa? Podemos llevarte, sólo hay que esperar a Emmett que sale en unos minutos más. ¿Qué me dices?

Trago saliva en seco. Si me voy con ellos tengo que subirme a ese descapotable rojo, y yo no puedo subirme a ningún carro, me da pavor. Inspiro profundo para poder calmarme y justo cuando voy a hablar, una voz grave me interrumpe.

— ¿Nos vamos, chicos? —El señor MacCarthy aparece.

Vamos, Bella. Me animo mentalmente. Puedes hacerlo, sólo debes tragarte tu miedo a los carros y subirte con ellos al descapotable, nada te pasará. Trago saliva nuevamente y asiento en dirección a Alice, ella sonríe. Debo enfrentar mis miedos.

Todos se hacen a un lado y Rosalie me abre la puerta de copiloto. ¡Dios, ¿tiene que ser en ese asiento?! Inspiro para infundirme el valor necesario y me acerco al carro. Cuando estoy en frente del asiento y me estoy inclinando para sentarme, mi corazón comienza a latir desbocado, las manos me empiezan a sudar y mi cuerpo tiembla de pies a cabeza. No puedo hacerlo, no quiero hacerlo. Mi respiración se convierte en un violento jadeo y mis manos se cierran en puños.

Trato de respirar calmado para poder subirme al carro, pero no puedo. Mi cuerpo tiembla violentamente, con sacudidas que arrematen contra mí sin piedad y hacen que mis piernas flaqueen y que caiga de rodillas al asfalto. Me cuesta respirar, me cuesta tomar el aire necesario para mis pulmones. Mis manos se aferran al asfalto con fuerza, no queriendo salir de allí nunca.

— ¡Bella! —Grita Rosalie, espantada—. ¿Qué te sucede?

—Bella, dinos que te sucede —pide la voz de el señor Whitlock. Su voz suena extremadamente tranquila y deseo con todas mis fuerzas que su tranquilidad se me traspase, pero no sucede.

Trato de hablar, pero tengo un nudo en la garganta que no me deja musitar ni media palabra. Cierro los ojos con fuerza e imágenes se intercalan en mi mente. Yo sentada en un asiento copiloto de un carro, sonriendo y tarareando una canción. A mi lado hay un hombre que va conduciendo, pero no le veo el rostro y siento que detrás de mi hay alguien más. Entonces miro hacia al frente, en las imágenes, y unas grandes luces me encandilan. Siento un choque fuerte, me golpeo contra la puerta y esta se abre dejando que mi cuerpo, inerte, salga volando hacia fuera.

— ¡No! —Un grito desgarrador sale de mis labios.

— ¡Bella! —Unas manos me sacuden el cuerpo para hacerme reaccionar, pero no lo logran.

El cuerpo me sigue temblando, lágrimas inundan mi rostro y el miedo llena mi corazón. Tengo miedo, mucho miedo. El aire se me niega en los pulmones y comienzo al marearme con fuerza.

—Pastillas… —jadeo como puedo—. Mis… pastillas…

— ¿Dónde están tus pastillas, Bella? —pregunta la voz de Alice, desesperada y rayada en la histeria.

—Mochila…

Inmediatamente escucho el sonido particular del cierre de la mochila abriéndose. El frasco con las pastillas resuena en mis oídos y luego siento unas amables manos separando las mías del asfalto y dejando, en la palma, dos patillas que se me hacen conocidas. En la otra mano me dejan mi botella con jugo. Abro los ojos y con manos temblorosas acerco las pastillas a mis labios, tomo un trago de jugo y me trago las pastillas junto con el jugo.

Cinco minutos después comienzo a sentir el efecto de las pastillas. El aire comienza a entrar en mis pulmones y la respiración se me va calmando poco a poco, el cuerpo detiene lentamente sus sacudidas y las lágrimas desaparecen de mis ojos. Mi corazón poco a poco se va calmando y retomando su ritmo normal. Cuando ya me calmo lo suficiente, me paro del suelo con la ayuda de unas amables manos y alzo la vista.

Los cuatro me miran rayando en la preocupación, se acercan a mí pero alzo la mano para detenerlos.

—Siento todo esto, pero necesito irme a casa sola.

Cierro los ojos por unos momentos, dejando que las lágrimas vuelvan a caer por mi rostro. Tomo una bocanada de aire y salgo corriendo en dirección a mi casa, sin importarme nada. Sólo quiero llegar a mi casa y encerrarme en mi cuarto para siempre. Volteo el rostro y veo que he dejado atrás a unos estupefactos Rosalie, Alice, señor Whitlock y señor MacCarthy, pero no me importa. Volteo el rostro hacía el frente, aún corriendo, y es cuando le veo.

Esta sentado en una motocicleta negra, con el casco entre sus manos y clavando sus ojos verde esmeralda en los míos. Es él, el chico del piano. Más lágrimas caen de mis ojos y veo que en los suyos sólo hay dolor y sufrimiento. Sacudo la cabeza y paso por su lado, corriendo, e ignorando su mirada dolida. Me voy a casa.


Bueno, aquí el capítulo dos. Espero que les guste. No olviden dejarme saber sus opiniones sobre el capítulo. Besos.