Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer, no son míos.
Capítulo 4:
Después de lo que me parece un siglo mirándonos a los ojos Edward Masen y yo, salemos de nuestro letargo cuando Alice se aclara la garganta y clava sus ojos, divertidos, en nosotros. Me sonrojo de pies a cabeza, sintiendo mis mejillas hirviendo bajo la mirada de todos y el corazón latiéndome a una velocidad inalcanzable. En ese momento deseo ser invisible a toda costa, pero mi deseo no se cumple y eso me frustra.
A pesar de todo trato de sonreírles a los que están a mí alrededor, aún con las mejillas acaloradas, y me siento en mi asiento en frente de la mesa. Doy gracias al cielo que mi torpeza aun no ha salido a relucir ya que hubiera pasado la peor de las vergüenzas frente a mis nuevos amigos o conocidos. Sin embargo actúo con precaución ya que no quiero sufrir ningún otro accidente.
Todos los que están a mí alrededor copian mi acción y se sientan. Me sorprende el hecho de que el chico de ojos verdes, Edward, se sienta a mi lado y me sonríe ligeramente. Al ver este gesto dirigido a mí una sensación extraña recorre mi cuerpo y me estremezco, presa de las nuevas sensaciones. Sonrojada desvío la mirada y la clavo en los demás, que no hacen otra cosa que mirar en nuestra dirección.
Simplemente genial.
Alice se aclara la garganta al ver mi incomodidad.
—Y bueno, Bella, ¿qué era lo que nos ibas a pedir a todos?
Clavo mis ojos en los de Alice, agradeciéndole con la mirada el gesto tan amable que hizo. Tomo un sorbo de mi jugo natural que me dio Rosalie y sacudo un poco la cabeza, este movimiento produce un dolor en mi cabeza como una punzada. Tuerzo los labios en una mueca dolorosa, se me ha olvidado mi dolor de cabeza.
—Hoy decidí que quiero comprarme un apartamento para mí, sola.
— ¿Enserio? —inquiere Alice, dando saltitos en su asiento.
Todos soltamos una pequeña carcajada al verla, se ve muy cómico. Entonces, cuando escucho la carcajada proveniente de Edward Masen, mi corazón se acelera al escuchar su carcajada y comienza a bombear sangre como loco a mi cuerpo. Sacudo la cabeza, no comprendiendo mi comportamiento ante tal chico. Nunca me ha pasado algo como esto.
—Sí —contesto, sonriente—, enserio. Así que necesito ayuda.
—Te ayudaremos en todo —dice Rosalie, sonriéndome.
Suelto una risita.
—Bueno, aunque sólo necesitaba ayuda con la mudanza.
Todos ríen al escucharme y Alice sacude la cabeza. Por alguna razón parece asqueada, una razón que yo desconozco.
— ¿Y cuando sería la cosa? —pregunta el señor MacCarthy, frunciendo un poco el ceño.
Abro la boca para responder pero en ese momento mi móvil suena interrumpiéndome. Frunzo el ceño, totalmente contrariada. No sé quién puede llamarme a estas horas. Saco de mi bolsillo mi móvil y cuando veo el nombre de quién me llama pongo los ojos en blanco y contesto.
—Dime —contesto.
— ¿Estás bien? —me pregunta, sonando extremadamente preocupado.
Sonrío inconscientemente y sacudo la cabeza. A veces pienso que Carlisle tiene poderes sobre naturales que le ayudan a saber como me encuentro o para saber lo que pienso. Sea lo que sea que le ayude a saber de mi estado, ciertamente le agradezco por ayudarle ya que gracias a eso me he salvado de varias estadías en el hospital. De sólo pensar en un hospital me estremezco.
—Sí, estoy bien. No te preocupes.
Todos en la mesa se miran desconcertados, frunciendo el ceño y mirándome interrogativamente. Les sonrío y levanto una mano para hacerles saber que después les explicaría. Ellos asienten con la cabeza.
Carlisle, por mientras, suelta un suspiro aliviado que me hace soltar unas risitas.
—No te rías, Isabella —gruñe, furioso. Yo más me río—. Estaba preocupado por ti, algo me decía que no estabas bien.
Me aclaro la garganta. Me debato mentalmente en contarle o no a Carlisle sobre las jaquecas que últimamente estoy teniendo, por qué sé que se va a preocupar mucho. Sin embargo, también sé que si no actúo con precaución con respecto a las secuelas que dejó en mí el accidente, me puede pasar cualquier cosa. Por lo mismo de decido que lo mejor es decirle a Carlisle, pero sin darle muchos detalles para que no se alarme demasiado.
—Bueno… de excelentes condiciones no estoy pero…
— ¿Qué? ¿Qué te sucede? —me interrumpe Carlisle, alarmado.
Resoplo ante su alarma y pongo los ojos en blanco. Sé muy bien que se preocupa por mí y se lo agradezco en el alma, pero tampoco es para tanto. No soy una chica inválida o algo parecido.
—Tranquilo, no me sucede nada. Sólo son esas jaquecas que me dan siempre —le tranquilizo suavemente.
—Dime, Bella, ¿han aumentado las jaquecas?
Suspiro.
—Sí.
Carlisle suelta un suspiro que suena como alarmado, preocupado. Eso de cierta forma de pone alerta. Tal vez las jaquecas no son tan triviales como yo creía, o tal vez a causa de las jaquecas las cosas se están empeorando. Sea cuál sea la razón por la cual Carlisle suelta ese suspiro, me pone alerta de igual manera.
—Está bien. Toma las pastillas que te receté sin irte en lo precipitado, Bella —me advierte, con voz seria—. Si te sientes muy mal ven a verme, Charlie tiene la dirección de mi casa. Y después del instituto te iré a ver para que conversemos de lo que te pasa, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, pero… ¿te puedo pedir un favor? —pido, mordiéndome las uñas en el proceso.
—Lo que quieras.
—No sé lo digas a Charlie o a Renée.
—Bella —trata de decirme, pero lo interrumpo.
—Es que no quiero que se preocupen. Hoy tomé la decisión de cambiarme de casa, quiero comprarme un apartamento y sabes muy bien que no me dejaran marcharme si no estoy bien.
— ¿Te comprarás un apartamento? —Carlisle se escucha sorprendido.
—Sí, así es.
—Bueno, está bien. Lo hablaremos luego.
—Está bien. Nos vemos.
—Nos vemos, Bella.
Corto la llamada con un suspiro. La desición sobre cambiarme de casa ya está decidida y estaba dispuesta a no dar mi brazo a torcer. Quiero comenzar mi vida de nuevo, desde cero, y para ello necesito hacerme independiente.
Alzo la vista y veo que todos en la mesa me miran intrigados. Sonrío y guardo mi móvil en mi mochila.
—Lo siento —me disculpo, apenada—. Era mi doctor, estaba preocupado por mí.
— ¿Tu doctor? —pregunta el señor MacCarthy, intrigado.
Me sonrojo un poco. Estoy tan acostumbrada a que me atienda siempre Carlisle por cualquier cosa que le digo mi doctor porque es el único al cuál veo siempre.
—Desde el accidente que tuve, siempre, para cualquier cosa me ha atendido mi doctor. Él, amablemente, se ofreció atenderme en caso de cualquier cosa y quedó como mi único doctor.
Todos asienten, comprendiendo.
—Y bueno —dice el señor Whitlock, sonriendo—. ¿Para cuándo sería la mudanza?
Lo pienso por unos segundos. Mi máximo deseo es poder irme hoy día mismo, pero ni puedo hacerles eso a mis padres. Sé muy bien que Renée sufrirá cuando le diga que me voy de casa, sé muy bien que Charlie tratará de hacerse el duro, el valiente cuando por dentro también le dolerá que su hija se vaya de casa. Por lo mismo no puedo irme de un día para otro, no puedo causarles a mis padres más sufrimiento del que ya les he causado.
Además necesito comprar las cosas para el apartamento, pues puede que venga equipado pero tal vez las cosas no serán de mi gusto. Así que, después de todo, necesito como mínimo una semana para cambiarme de casa.
—En una semana más o dos —contesto no muy convencida—. De cualquier forma les avisaré. Necesito comprar las cosas todavía así que no puedo cambiarme tan rápido.
Alice se voltea hacia mí y me extiende una mano. La quedo mirando sin comprender muy bien el motivo de su acción, provocando que ella ponga los ojos en blanco y resople.
—Necesito tu móvil —dice, exasperada.
Frunzo el ceño, pero no me atrevo a formar comentario alguno. Alice se ve muy delicada y de contextura débil, pero su carácter es bastante fuerte y llega a causar mucho miedo. Tomo mi mochila y abro el cierre de esta para sacar mi móvil, se lo extiendo a Alice quién me lo arrebata de las manos ansiosamente.
—Enana, la estás asustando —la reprende Edward Masen, fulminándola con la mirada.
Nuevamente, al percibir esa aterciopelada voz procedente de Edward Masen, mi corazón se agita nerviosamente y siento la sangre acumulada en mis mejillas, retenidas allí. Un irracional deseo sobrecoge mi corazón; el deseo de hacerle hablar hasta cansarme de escuchar su voz, aunque dudo fieramente que aquello pase, pero sucumbo a mis deseos porque sé que estoy siendo irracional. Una parte de mi mente me reprende por ser así, pero la mayoría de mi mente desea que me deje llevar por los anhelos que provoca ese chico en mí.
—Lo siento —se disculpa Alice, sonriendo.
Su actuar me causa gracia. No parece ni una pizca de apenada, pero de igual forma se disculpa conmigo. Me río por lo bajo.
—No importa —le aseguro.
Luego de unos minutos, veo como el señor Whitlock se levanta de su asiento y camina, sigilosamente, hacia una dirección. Lo sigo con la mirada y pego un leve respingo, sorprendida, al darme cuenta de que el casino se encuentra vacío. Nadie está en el casino a nuestra excepción. Mi profesor de Historia y los demás no parecen sorprendidos por este hecho, para ellos le es vulgar.
— ¿Dónde están los demás? —No puedo evitar preguntar.
Rosalie, a mi lado, suelta unas leves risitas y clava sus ojos en mí.
—Estoy segura que vives en un mundo paralelo al mío, pero no en el mío —murmura entre risas. Yo me uno a sus risas, asombrándome al escuchar que me estoy riendo verdaderamente, con diversión—. Bella, los demás están en clases hace varios minutos atrás, déjame decirte.
Vuelvo a fruncir el ceño.
— ¿Y yo que hago aquí, entonces?
Edward sacude la cabeza. «Edward», repite mi mente, sorprendida a la naturalidad con la cuál opto por llamarlo, como si me fuera muy común llamarlo por su nombre. Mi consciencia se encoge de hombros. Tal vez es el mismo acto reflejo que me hizo llamarlo por su nombre de pila al tratar a los demás de la misma forma. Sea cual sea la razón, debo admitir, avergonzada, que me agrada como suena su nombre en mi fuero interno.
—No íbamos a dejar que fuera a clase estando con su saludad deteriorada —murmura él, sacándome de mis pensamientos con su voz tan suave y aterciopelada.
—Oh, claro —exclamo, un poco ida—. Tutéeme, me siento de mayor edad cuando me tratan de usted.
Él ríe armoniosamente, provocando una electricidad recorriendo mi cuerpo y posándose en mi corazón. Me estremezco, presa de las sensaciones que causa su risa en mí y sacudo la cabeza, en un vano intento de desechar esas sensaciones de mi cuerpo.
—Sólo si repite la acción conmigo —me responde, guiñándome un ojo.
Asiento, divertida y fascinada. Ciertamente me fascina todo lo que el haga o deje de hacer. Me siento como un pájaro deslumbrado por la luz del sol, quién no deja de mirar y mirar el sol con una admiración y devoción incontable.
Sin embargo estoy asombrada. No es muy común en mí sentir todas esas cosas. Nunca me había sucedido algo como esto; el sentir tantas emociones abrumadoras a la vez por un hombre. Incluso son tan abrumadoras las sensaciones que me siento desorientada, muy limitada de mis cinco sentidos que están muy alertas en estos momentos.
—Claro —digo.
En ese momento llega el señor Whitlock con una bandeja en sus manos. Se inclina lo bastante para dejarme observar lo que lleva en la bandeja. Allí hay fruta, panecillos y jugo natural. Cuando alzo la vista para mirar a mi profesor de Historia, veo que este me mira sonriendo y deja la bandeja en frente de mí.
—Tu almuerzo —dice.
Tuerzo los labios, apenada. Mi estómago, bajo mi piel, se retuerce con ferocidad pero, gracias a Dios, no emite ningún sonido. En ese momento me doy cuenta de que tengo hambre; bastante apetito, a decir verdad.
—Gracias —murmuro, sonrojada—. Pero no se hubiera tomado las molestias.
El señor Whitlock ríe encantado y sacude la cabeza.
—Me lo han pedido —responde. Frunzo el ceño—, y yo lo he hecho gustoso. Además de que necesitas alimentarte, se te ve un poco desanimada.
— ¿Se lo han pedido? —Ladeo la cabeza ligeramente, en un gesto de reflexión.
—Yo se lo he pedido —dice una voz a mi lado. Me volteo para mirar a Edward, sorprendida pero complacida a la vez.
—De todas formas —dice Alice, impidiéndome musitar ni media palabra—, necesitas alimentarte. Te ves muy pálida y enfermiza.
Me sonrojo y desvío la mirada.
—Vaya, gracias.
Alice suelta unas risitas y se acerca un poco más a mí.
—No lo quise decir en ese contexto —informa. Se le nota un poco avergonzada—. Perdóname.
—No importa. —Le sonrío y clavo mi mirada en la bandeja que tengo en frente de mí—. Creo que esto me ayudará a mejorar un poco —murmuro y me volteo para mirar a Edward—. Gracias.
—De nada. —Edward me sonríe.
Mientras como los demás a mí alrededor comienzan a conversar sobre un tema que desconozco. Lo único que alcanzo a comprender es que necesitan ir a Port Ángeles hoy en la noche a una galería de mosaicos que se encuentra en esa cuidad. Según comprendo, hoy se hará una inauguración a un nuevo pintor y mostrarán sus obras de arte.
Todos a mí alrededor se muestran muy deseosos de ir, incluso Edward. A Alice se le ve muy entusiasmada, está ya planificando qué es lo que se pondrá para la noche en compañía de Rosalie. Edward, por su parte, sólo sonríe entusiasmado con la idea de ir y por alguna extraña razón puedo atisbar en sus ojos un brillo de orgullo que no llego a comprender del todo. El señor Whitlock y el señor MacCarthy están muy sonrientes y también se les ven felices por ir a la inauguración.
Mientras ellos están planificando su salida, yo me dejo llevar por mis pensamientos…
Han cambiado tanto las cosas desde que entré a este instituto. Sólo hace dos días estaba echa un lío, hecha trizas gracias al dolor que sufro todos los días con mi amnesia. Solo hace dos días estaba carcomida por el dolor y el sufrimiento que me atormenta todos los días.
Pero ahora las cosas son distintas. De cierto modo sufro más que antes, con las jaquecas y los ataques espontáneos que me han dado en estos dos últimos días por el nerviosismo, pero también ahora siento un poco menos de peso en mi pecho. Al verme siendo un poco normal, compartiendo con gente en vez de estar encerrada en las cuatro paredes de mi habitación, siendo como una chica de mi edad tiene que ser, de ese modo me siento un poco mejor. Ya no me siento tan apartada de la realidad, ya no me siento tan rara, más de lo normal.
En estos momentos es cuando comprendo que tal vez la única solución a mi tormento, a mi delirio, sería vivir una vida normal en lo máximo posible. Vivir una vida como los demás, con amigos que te apoyen siempre, con una vida cotidiana pero normal después de todo. Sin embargo, sé que si decido rehacer mi vida esta no será del todo normal, no si aún me asechan esas pesadillas y esos dolores por mi amnesia. Aunque deseo con toda mi alma que estas pesadillas y estos dolores desaparezcan, no puedo borrarlos con simpleza de mi mente porque son las consecuencias que dejó el accidente dentro de mí. Pero haré mi mayor esfuerzo y trataré de vivir una vida normal, porque de cierto modo lo merezco luego de vivir tanto sufrimiento y dolor.
Asiento con la cabeza ante mis propios pensamientos, convencida de que esa es la única solución a que mi vida se normalice. Sé que costara demasiado para llevar a cabo que mi vida sea normal, pero también sé que pondré todo mi esfuerzo por hacerlo. Aunque cueste años y años, lo haré, de ello estoy completamente segura y decidida.
Estoy tan ensimismada en mis pensamientos que me sorprendo cuando veo una mano en frente de mí, deslizándose de arriba abajo con violencia. Instintivamente mis ojos siguen el recorrido de esa mano, causando qué, por la velocidad con la que se mueve la mano, un mareo ataque repentinamente mi cabeza. Frunzo los labios con disgusto y me volteo para mirar a Alice, quien ha hecho el movimiento de mano, con los ojos entrecerrados.
—Lo siento —dice ella, haciendo una mueca apenada—, pero necesitaba sacarte de tu letargo. Parecías ida, no nos contestabas.
Sonrío un poco y sacudo la cabeza.
—Estaba pensando —contesto simplemente.
—Bueno, señorita pensadora —masculla Rosalie, sonriéndome—. Le tenemos una invitación.
—A la cuál no podrá negarse —añade el señor MacCarthy, riendo.
Me confunden sus intercambios de palabras. Frunzo el ceño. No comprendo a donde quieren llegar con todo esto.
— ¿De qué se trata? —pregunto un poco desconfiada.
Edward suspira y se voltea para mirarme. Una emoción indescifrable surca en sus ojos. Estos brillan tanto que mi corazón se alza en vuelo, contento al verlo con ese brillo en sus ojos que parece feliz. No puedo evitar sonreír al verlo contento y él, sorprendido, me devuelve la sonrisa ladinamente.
—Hoy iremos todos juntos a una inauguración de un nuevo pintor en un museo de Port Ángeles —informa, sonriendo—. Queremos que vayas con nosotros —sentencia.
Abro mis ojos como platos, bastante impresionada.
—Ven con nosotros, Bella —suplica el señor Whitlock, haciéndome un mohín que hace que suelte unas risitas—. Lo pasarás bien, te lo prometo.
Sacudo la cabeza, sonrío y clavo mis ojos en todos ellos.
—Es que no comprendo —admito sonrojándome—. Sólo me conocen hace dos días y ya me tratan como si fuera una gran amiga de toda la vida. No quiero ser grosera ni mala agradecida pero me es muy confuso todo esto.
Alice pone cara de pocos amigos. Unas arrugas imperceptibles se adquieren alrededor de sus ojos dándole un toque más mayor. Por alguna razón, un sentimiento de arrepentimiento se instala en mi pecho con un poco de culpa. No comprendo muy bien de adonde ha salido esas emociones tan abrumadoras, pero un deseo irracional de disculparme me alberga, aunque no estoy muy segura de qué debo disculparme.
—Bella… —intenta decir Alice pero la interrumpo.
—Lo siento, no debí decir eso. Fui una desconsiderada.
—No, no. —Rosalie niega con la cabeza—. Lo que sucede es qué, como te lo dije ayer, queremos darte nuestro apoyo y amistad.
—Sabemos muy bien que no es fácil por lo que estás pasando —continua Alice, quién se ve muy seria—. Por los mismo queremos hacértelo más llevadero. Queremos distraerte y demostrarte que podemos ser buenos amigos y acompañantes.
—Danos la oportunidad, Bella. —El señor MacCarthy me hace un mohín y yo suelto unas risitas.
—Como les dije ayer, claro que les doy la oportunidad —digo. Por alguna razón que desconozco mi voz suena más firme de lo normal—. Sólo me sorprende su amabilidad.
El señor Whitlock se encoge de hombros, despreocupadamente. Su sonrisa ladeada y el brillo de sus ojos me sobrecogen con la guardia baja; parece feliz y emocionado por algo que no sé de qué se trata. Todos a mí alrededor están igual de felices, irradiando su felicidad y alegría a mi cuerpo desolado de emociones. Toda esa felicidad se me traspasa por inercia y a los momentos después me veo sonriendo sin motivo alguno, aparentemente.
—Así somos nosotros —murmura el señor MacCarthy.
—Así que… Bella, ¿irás, cierto? —Rosalie se remueve ansiosamente en su asiento.
Miro a mí alrededor y me percato que todos me miran expectante, pero el que parece más deseoso de que vaya es Edward, que me mira ansiosamente. Alice, a mi lado, tamborilea los dedos en la mesa con expresión de impaciencia mientas los demás me miran con fijeza. Trago en seco y me rehúso a soportar sus miradas, así que desvío la mía y la clavo en la mesa.
—Sí, iré.
Al momento en que pronuncio esas palabras, Alice suelta un gritito emotivo, sin irse en lo precipitado, y se abalanza contra mí para abrazarme. Suelto unas carcajadas y la abrazo levemente, sintiéndome un poco incómoda a tales demostraciones de afecto.
El sonido del timbre nos avisa que las clases en las que estaban todos han acabado, así que todos, automáticamente, nos ponemos de pie. Comienzo a despedirme de todos ya que tengo que ir a mi última clase del día. Alice me informa que me irá a buscar unas cuantas horas antes de la inauguración, que era a las ocho de la noche, y me promete que se encargara de todo ella misma en compañía de Rosalie. No sé cuál es la razón, pero al escucharla decir que se encargará de todo, me estremezco de miedo.
Cuando llego a despedirme de Edward, este me sorprende besándome por corto plazo en la mejilla. Tal actuar provoca que mi corazón se enloquezca contra mis costillas y que diera un vuelco lleno de felicidad. No puedo evitar sonreír estúpidamente cuando me besa en la mejilla y allí, donde sus labios hacen contacto con mi mejilla, la piel me arde febrilmente y una sensación extraña se abarca en mi estómago, como unas cosquillas. Sonrojada solo atino a sonreírle tímidamente y él me corresponde la sonrisa.
Cuando ya me despido de todos, emprendo mi retirada del casino con una sonrisa bailando en mis labios. Recuerdo el motivo por el cuál me junté hoy con ellos y estallo en risas al darme cuenta de que jamás hablamos sobre lo que ocurrió ayer con el MBW3. Sacudo la cabeza, divertida, y entro en la clase de Aritmética. Me muerdo el labio inferior para acallar mis risas pero no puedo controlar las sacudidas de mi cuerpo por las carcajadas internas. El profesor Howe me mira extrañado pero no formula ningún comentario por mi actuar.
La clase pasa con tranquilidad mientras yo estoy ensimismada en mis pensamientos. Ciertamente no sé qué atuendo adecuado ponerme hoy en la tarde para ir a esa inauguración. Nunca he sido muy entusiasta por la moda y siempre me ha gustado lo sencillo pero bonito a la vez, así que todo lo que tengo en casa no me sirve de mucho. Tal vez puedo pedirle ayuda a Renée, aunque conociéndola bien, sé que preferirá ir de comprar a prestarme un vestido o un atuendo de ella.
No soy demasiado gastadora así que no voy muy a menudo de compras, pero eso no quiere decir que no me agrade. Encuentro una cierta satisfacción al salir un poco de mi casa y recorrer tiendas, observando prendas, joyas o cualquier cosa. Además de que me agrada la idea de salir con Renée, hace ya varios años que no salemos las dos a divertirnos un poco, no como madre e hija, si no como amigas porque mi madre es mi amiga incondicional.
Tal vez le pida a Renée que me acompañe a ir al centro comercial antes de que lleguen a la casa Rosalie y Alice. Creo que eso sería lo mejor, sin tomar en cuenta de que no puedo ir mal vestida a la inauguración.
Cuando el timbre suena, anunciando el término del día estudiantil, me envaro en mi asiento con velocidad y guardo mis pertenencias en mi mochila. Debo apresurarme para ir a casa, quiero llegar temprano. Un sentimiento de nostalgia se acumula en mi cuerpo al pensar en qué, tal vez, estos sean los últimos días que viviré en la casa de mi infancia. Luego ya no será más mi casa, mi hogar.
Salgo del aura de la clase, sorprendiéndome al ver a Edward recargado en el marco de la puerta y sonriéndome ladinamente. Mi corazón comienza a latir con fuerza y las mejillas se me sonrojan por acto reflejo. Camino con más precaución y preocupación de lo normal, deseando que mi habitual torpeza no salga a relucir mientras él me esté mirando. Me acerco a él con un andar vacilante, sin saber muy bien qué es lo que haré.
—Hola —murmura, cuando estoy lo bastante cerca de él para que lo escuche.
—Hola —contesto, un poco sonrojada.
Él suelta unas risas y sacude la cabeza.
—Alice me pidió que te diera un mensaje. —Un abrumador sentimiento de decepción me sobrecoge cuando comprendo que no ha venido a mi encuentro por su propio deseo de verme, si no porque lo enviaron a dejarme un mensaje. Sacudo la cabeza y trato de hacer caso omiso a esa brutal decepción que escuece mi alma—. Dijo que pasaría por ti como a las cinco, que estuvieras muy dispuesta a cualquier cosa cuando ella y Rosalie llegaran a tu casa.
Me echo a reír pero la risa no me sale con normalidad, como deseo. Mi risa suena un poco forzada y la garganta me quema cuando emito el sonido de mi risa. Por alguna extraña razón los ojos me pican, como si quisieran echarse a llorar desconsoladamente.
—Capto el mensaje —murmuro con voz ronca y hosca. Me sorprende este hecho y trato de irremediar mi voz suavizándola un poco—. Pero… ¿cómo sabrá dónde vivo si nunca ha ido a mi casa?
Edward se echa a reír. Su risa provoca esa sensación extraña en mi cuerpo y esas cosquillas en mi estómago que me hacen sonrojar, ni siquiera sé porqué me sonrojo.
Alzo la vista y levanto una ceja en dirección a Edward.
— ¿Qué es tan gracioso? —inquiero, curiosa y con la ceja aún alzada.
Edward habla aún riéndose entre dientes, por lo bajo. —Debes saber que no hay nada que se le escape a Alice de las manos —informa, divertido—. Tiene un sexto sentido muy desarrollado, extremadamente desarrollado diría yo. Así que ese duendecillo lo sabe todo, nada se le escapa.
—O sea que tiene un poder psíquico.
Ríe de nuevo, encantado y asiente con la cabeza suavemente.
—Sí, es una pequeña pero hiperactiva psíquica.
—Entonces debo irme luego a casa —digo, mirando distraída mi reloj de pulsera—. Se me va a ser tarde.
—Nos vemos hoy en la inauguración, supongo.
Asiento con la cabeza y le sonrío.
—Sí, nos vemos.
Con una valentía no muy propia de mí, me alzo sobre de puntillas y acerco mis labios a su mejilla. Justo cuando mis labios hacen contacto con su piel, siento una electricidad recorrer mi cuerpo de pies a cabeza, provocando un estremecimiento con fieras sacudidas. Él sonríe de lado y mis mejillas se inundan de sangre que se acumula allí. Me separo de él y le sonrío tímidamente para luego dar vueltas sobre mis talones y salir del edificio.
Camino tranquilamente en dirección a mi casa, un poco ida. Miles de pensamientos y emociones he sufrido hoy en día y todo eso me abruma. Cada pensamiento o emoción que sentí a lo largo del día fueron muy fuertes y de cierto modo me siento exhausta emocional y mentalmente. Aún puedo sentir esas cosquillas en mi estómago cuando rememoro el rostro lleno de belleza de Edward Masen, o ese nerviosismo que inunda mi cuerpo cada vez que lo veo sonreír y mirarme, o esos desbocados latidos de mi corazón con su sola presencia. Todas esas emociones son muy fuertes para mi débil cuerpo y me siento cansada.
Albergo la esperanza de qué, cuando llegue a casa, pueda ir a mi cómoda cama y echarme una siesta, ó poder acostarme en la cama, sin la necesidad de dormir, para descansar un poco. Pero sé que no va a poder ser posible, tengo muchas cosas que hacer y por las cuáles preocuparme en casa.
Justo en ese momento paso por en frente de la parada de autobús y recuerdo, inmediatamente, lo del apartamento. Con velocidad saco mi móvil de la mochila junto con la libreta donde tengo guardado el número. Marco los números vacilante y luego me acerco el móvil al oído mientras sigo caminando rumbo a mi casa.
Al tercer pitido me contestan:
— ¿Diga? —Es una voz masculina muy grave, con atisbos de rudeza y fortaleza.
—Emm, hola, llamo por el aviso de venta de un apartamento —murmuro, un poco nerviosa.
Mi respuesta parece alegrar al chico ya que inmediatamente escucho su tono más suave con un dejo de alivio y alegría.
—Oh, si, claro —exclama, ansioso—. Yo soy el dueño del apartamento, mi nombre es Benjamín.
—Bueno, Benjamín, yo me llamo Bella y estoy interesada en tu apartamento.
—Para mí esas son excelentes noticias —dice, riendo—. ¿Cuándo quieres venir a ver el apartamento para verificar si es de tu gusto o no?
Me lo pienso por unos breves minutos.
— ¿Te parece mañana mismo? —pregunto, mordiéndome las uñas de nerviosismo.
En ese momento me veo ya en frente de mi casa así que aguardo varios pasos antes del porche, sólo si por si acaso mis padres están en casa. No quiero que se enteren de esta forma mi decisión, quiero informárselos yo en su debido momento, tranquilamente. Sé que es una soberana tontería esperar, pero prefiero que las cosas sean así.
— ¡Claro! —La voz entusiasmada de Benjamín me trae de vuelta a la realidad—. Debo decirte que ese apartamento esta nuevo, nadie lo ha ocupado jamás en la vida.
Frunzo el ceño, contrariada. Yo había pensado que el apartamento era usado.
— ¿Nuevo?
Benjamín se echa a reír.
—Sí, lo compré hace años con mi novia en caso de cualquier cosa pero nunca lo utilizamos. Ahora queremos venderlo, no lo necesitamos.
Asiento con la cabeza, como si Benjamín pudiera verme. Ante esto me río internamente, burlándome de mi propia torpeza.
—Comprendo —admito—. Entonces nos vemos mañana en el apartamento. ¿Cómo a qué hora debo estar por allí?
— ¿Puedes a las seis? Más tarde o más temprano no puedo.
—No, ningún problema. A las seis nos vemos allí.
Benjamín suelta un suspiro que se escucha aliviado.
—Okay, adiós, entonces. Y nos vemos mañana, Bella.
—Nos vemos mañana, Benjamín. —Corto la llamada.
Un suspiro brota de mis labios, un suspiro teñido de alivio al percatarme de que no hubo ningún problema con el apartamento. Mañana mismo iría a verlo para ver si era de mi gusto y verificar que las cosas allí adentro estuvieran bien. Luego de eso, si Dios quiere y si todo marcha en orden, podría mudarme sin problema alguno.
Avanzo por medio del patio de la casa y subo las escaleras del porche, busco las llaves de la casa y entro. Todo está silencioso, muy callado. Estoy segura que la casa se encuentra sola y así es. Nadie más, aparte de mí, está en la casa. Eso me tranquiliza, así puedo ahorrarme explicaciones para más tarde.
Subo las escaleras de mi casa sintiendo los músculos de las piernas agarrotados, como si hubiera corrido una maratón o algo así. Entro, arrastrando los pies, en mi habitación y me dejo caer con desgana en la cama. Suspiro nuevamente y cierro un momento los ojos, dejándome llevar por ese hermoso silencio que me acoge en la casa y esa tranquilidad que irradia el silencio. Deseo permanecer ahí, acurrucada en mi cómoda cama, dormir por unas cuantas horas, pero sucumbo nuevamente a mis deseos cuando recuerdo que Alice y Rosalie vendrán a buscarme. Ladeo mi rostro y busco con la mirada el reloj que tengo en mi velador, este marca las cinco de la tarde.
Con otro suspiro resignado, me levanto de la cama y me meto de lleno en mi armario. Decido sacar todo lo bonito y decente que tenga en mis prendas para hacerles la tarea más fácil a Rosalie y Alice. Todo tipo de faldas, chándales, camisas, camisetas y pantalones bonitos los saco y los dejo ordenadamente doblados encima de mi cama. Luego me dedico a guardar el resto de mis prendas en el armario ya que las había dejado todas desordenadas. Lamentablemente no tengo muchos vestidos para sacar a lucir en esta noche, así que los vestidos los quito de inmediato de la lista de atuendos que puedo ponerme hoy.
También busco en el armario algunos zapatos o sandalias adecuadas para hoy. Me decido por varios pares que en su momento los compré encantada y que son muy bonitos, especiales para la ocasión. Pero justo en el momento en que voy a elegir uno de ellos, el timbre de la casa suena, dándome un buen susto.
Confundida, alzo la vista y miro mi reloj de mesa. Son las seis en punto, el tiempo se me fue volando. Me río entre dientes por la puntualidad de Alice y Rosalie y salgo de mi habitación para bajar las escaleras. Me paro en frente de la puerta y la abro de sopetón, revelando a unas sonrientes Rosalie y Alice. No puedo evitar sonreírles cuando las veo.
—Hola, chicas, pasen.
Las dos entran sonrientes a mi casa. Alzan la vista y recorren las paredes de la casa con una curiosidad inocente. Miran las fotografías de las paredes de la cocina y me sonrojo al darme cuenta que en la mayoría de ellas salgo yo. Charlie y Renée tendrían que haber sacado esas fotografías de allí, pero no me preocupo demasiado por ellas porque en poco tiempo ya no viviré aquí.
—Es una casa muy bonita y acogedora —murmura Rosalie y Alice asiente con la cabeza de acuerdo con su amiga.
Me sonrojo.
—Gracias.
Alice da media vuelta sobre sus delgados y pequeños talones y me sonríe. Rosalie también se da la media vuelta para mirarme. Las dos parecen emocionadas por lo que están a punto de hacer, sus expresiones son muy parecidas a las de un niño con juguete nuevo. Me río entre dientes, divertida al ver sus caras.
—Bueno… ¿comencemos? —Alice junta sus manos en frente de ella y comienza a sobarlas ansiosamente.
Rosalie me mira con una ceja alzada, dándome a mí la elección.
—Comencemos…—murmuro, derrotada.
Ellas pegan un gritito emocionado e inmediatamente siento sus brazos rodeándome. Como pueden, con la gran fuerza de las dos, me arrastran por la casa hasta la sala y me hacen sentar en uno de los sillones de la sala de estar. Ahí recién veo la gran maleta que trae Rosalie tras su espalda, de un chocante color gris metálico y de proporciones bien grandes. Trago al seco al ver esa maleta pero no sé porque reacciono así, debe ser instinto. Alice deja la maleta encima de la mesa de centro, sorprendiéndome al ver que tiene bastante fuerza ya que la maleta se ve muy pesada.
Abren entre las dos la maleta, mientras yo las miro estupefacta, y comienzan a sacar cosas de adentro de la maleta desesperadamente. Yo comienzo a ponerme nerviosa con su actuar, aunque aún no han hecho nada conmigo. Alice en ese momento se vuelve hacía mí y me mira con ojos entrecerrados.
— ¿Y tú que haces aquí?
La miro de hito en hito. Alzo una ceja en su dirección, incrédula.
— ¿Bromeas? Ustedes me arrastraron hasta aquí.
Rosalie se voltea y me toma del codo para hacerme levantar de mi asiento. Me palmea la espalda repetidamente como gesto de impaciencia.
—Anda a darte un baño mientras nosotras preparamos las cosas necesarias para ti —me dice, impaciente.
—Como usted mande, capitana —musito haciendo un pequeño saludo militar.
Las dos sueltan unas risitas mientras subo las escaleras para mi cuarto. Tomo mi neceser y me meto en la ducha de mi cuarto. Me doy cuenta de que es la ocasión perfecta para rasurarme así que lo hago mientras enjuago mi cuerpo. A los cinco minutos después estoy lista y tapo mi cuerpo con la toalla, enrollándola alrededor de mí. Me pongo otra toalla en mi cabello y luego salgo de la habitación, donde Alice y Rosalie me esperan sonrientes y sentadas en mi cama.
Al verlas doy un pequeño respingo, asustada. Mi corazón da un vuelco del susto y comienza a latir desbocado contra mis costillas. Me llevo una mano al corazón mientras se me suelta un jadeo de los labios.
—Lo siento —dice Alice, riendo suavemente—. No pretendíamos asustarte.
Las fulmino con la mirada a las dos mientras agarro con fuerza mi toalla enrollada en mi cuerpo. Mis mejillas se sonrojan automáticamente al verme casi desnuda en frente de ellas y sé que eso es irracional; todas tenemos el mismo cuerpo pero con distintas proporciones. Sin embargo no puedo evitar sentirme un poco cohibida antes sus miradas puestas en mí mientras estoy solo en toalla.
Rosalie resopla cuando me ve sonrojada y pone los ojos en blanco, en cambio, Alice, se ríe alegremente y me lanza una pequeña bolsa de terciopelo, Instintivamente alzo una mano para coger la bolsa y luego la bajo con rapidez cuando me aseguro de tener la bolsa en mis manos. Este acto de coordinación me sorprende, normalmente soy más torpe.
Bajo la mirada a la bolsa y la abro. Mis ojos se agrandan más de la cuenta al ver la delicada y fina ropa interior de encaje que se encuentra dentro de la bolsa.
—Anda, Bella, colócatela que tenemos prisa —me apremia Rosalie.
—Bella, ¿te importaría que nos cambiásemos aquí también? —Alice me hace un tierno mohín.
Río, sonroja aún, y niego con la cabeza.
—No —niego automáticamente—. Si quieren pueden usar mi baño para darse una ducha.
Las dos me sonríen agradecidas. Alice decide darse una ducha primero y Rosalie nos avisa que irá a buscar algo en su coche mientras Alice está en el baño. Sé que todo eso lo hacen para darme privacidad para colocarme la ropa interior y se lo agradezco mentalmente, no creo tener el coraje suficiente para mostrarme como Dios me trajo al mundo en frente de ellas.
Cuando ya Alice está duchándose en el baño y Rosalie está fuera de la habitación, me coloco rápidamente la ropa interior de encaje, de un hermoso color azul oscuro, y luego vuelvo a envolver mi cuerpo en la toalla ya que Alice me pidió estrictamente que esperase a las dos para vestirme.
A los cinco minutos después sale Alice del baño con una toalla alrededor de su cuerpo pero se puede notar su ropa interior de bajo de esta. A diferencia mía, Alice no se sonroja al darse cuenta de que la miro y ni se inmuta, solo se dedica a buscar algo dentro de la gran maleta metálica que han traído. Esta chica tiene poco pudor.
Rosalie entra con un pequeño bolso en sus manos y pide su turno para ducharse. Cuando ya la rubia está en la ducha Alice saca una gran bolsa plateada y de longitud larga de la maleta, con un cierre en medio y me la extiende. Tomo la bolsa entre mis manos sin saber muy bien que hacer con ella.
Alice coloca los ojos en blanco y saca otras dos bolsas más muy parecidas a la que tengo yo entre mis manos, las extiende encima de mi cama de modo que quedan con toda su longitud abarcando mi cama.
—Son nuestros trajes para hoy en la noche —me informa Alice, sonriendo.
Jadeo sin poder evitarlo y mis ojos se posan automáticamente en las bolsas que están extendidas en mi cama y en la que tengo entre mis manos. Dejo la mía extendida en la cama igual que las demás y abro, despacio, poco a poco el cierre. Mis manos se dirigen a la cabeza de la bolsa y toman el perchero con fuerza para luego sacar el atuendo fuera.
El vestido sale a flote provocando un viento en mi dirección. Mis ojos se ven llamados por el hermoso vestido que tengo en frente de mí; es un vestido de color azul, muy curvilíneo y apretado. La parte de arriba del vestido es estrapless y la parte de abajo es en forma de tubo. Me fijo también que al lado del vestido se haya un cinturón negro muy grueso, de esos que se usan debajo del busto como decorativo al vestido. En definitiva el vestido y su decorativo me encantan.
— ¿Te gusta? —pregunta Alice a mi lado, con su voz llena de incertidumbre.
Volteo el rostro y le sonrío encantada.
—Me fascina —admito alegre.
Alice sonríe de oreja a oreja, tanto que me pregunto cómo no le dolieron las mejillas de tanto estirar su piel. Pero antes de que Alice pueda musitar media palabra, sale Rosalie del baño solamente con su brillante y sexy ropa interior de encaje, de un llamativo color alguno. Si antes pensaba que Alice no tiene pudor alguno, Rosalie la deja corta.
Al ver a Rosalie jadeo y desvío la mirada, avergonzada y con las mejillas sonrojadas de vergüenza. Para mi sorpresa, a mi lado, Alice repite mi acción; se sonroja y acto seguido desvía la mirada de Rosalie. Escucho perfectamente el bufido que suelta Rosalie al vernos.
—Dejen de comportarse infantilmente —resopla la rubia, enfadada—. Alice, ¿me puedes pasar mi vestido, por favor?
Alice, cabizbaja y desviando la vista de Rosalie, toma una de las dos bolsas plateadas que están extendidas en mi cama y se las pasa a Rosalie. Esta la toma y puedo oír el sonido del cierre cuando lo baja y luego de unos minutos Rosalie musita en voz baja:
—Ya pueden mirar.
Un poco desconfiada volteo el rostro poco a poco para luego encontrarme, en frente de mí, a una despampanante Rosalie Hale. Esta está enfundada en un hermoso vestido negro que se adhiere a su curvilínea figura como segunda piel, le llega hasta un poco más arriba de las rodillas y la parte de arriba tiene tiras que lo sujetan al cuerpo de Rosalie. También, encima del vestido, Rosalie usa un pequeño bolero* de color blanco que le llega a la altura de la cintura.
—Te ves hermosa, como siempre, Rose —la halaga Alice y yo asiento de acuerdo con ella.
Me volteo para mirar a Alice y se me corta la respiración de la impresión que me llevo.
— ¿Pero cómo…? Yo… —tartamudeo incoherentemente.
Alice suelta unas risitas, se inclina hacia la maleta plateada y comienza a sacar pequeños artilugios de maquillaje de adentro.
—Me he puesto el vestido mientras tú mirabas a Rosalie —me dice, riendo.
Se me arruga el entrecejo pero no hago ningún comentario. Sólo me quedo callada y asiento con la cabeza.
El vestido de Alice es de un hermoso color violeta, la parte de abajo tiene pliegues muy bien doblados que le dan un aspecto juvenil, como el de una falda. La parte de arriba en parecida a un corsé, bien apretado y estrapless con tiras atrás que se amarran y la parte de abajo cae en cascada, como pequeño vuelitos. El vestido le llega a Alice un poco más arriba de la rodilla.
Luego una ceñuda Rosalie me manda a ponerme el vestido mientras ellas se maquillan así que obedezco y entro en el baño para colocarme el hermoso vestido que Alice me ha traído. Cuando termino salgo del baño y las chicas me miran sonrientes, enviándose entre ellas miradas cómplices y llenas de orgullo que no comprendo del todo.
No me dejan mirarme al espejo, no hasta que terminen conmigo completamente. Yo enfurruñada trato de convencerlas para que me dejen verme en el espejo, pero no llego ni de cerca para convencerlas. Me sientan en la cama y comienzan, entre las dos, a echarme un sin fin de variedad de cosas en el rostro. Mascarillas, polvo, rimen, labial, sombra, etcétera. Yo solo me dejo llevar por sus conocimientos de la belleza y espero, pacientemente a que terminen.
Es entonces cuando recuerdo algo de vital importancia para mí.
—Chicas… —las llamo, mientras siguen colocando cosas en mi rostro.
—Mmmm. —Es la respuesta coherente de Alice, quién está concentradísima en su tarea de delinearme los ojos.
Los labios de Alice están torcidos en una mueca de seriedad y concentración mientras sus ojos se mueven ansiosamente por mi rostro, siguiendo su mano que se mueve a través de mis ojos. Rosalie, por su parte, está peinando pacíficamente mi cabello caoba con mi cepillo. Lo intento de nuevo.
—Chicas, necesito que me escuchen —murmuro seriamente.
El tono de voz que uso alerta a Rosalie y Alice. Dejan de ocuparse en mí y me miran fijamente, con la preocupación surcada en sus ojos. Sacudo la cabeza un poco.
—No es nada grave —afirmo, sonriendo nerviosamente—. Es sólo qué…. ¿Cómo me iré a Port Ángeles?
Las dos me miran confundidas y luego se miran entre ellas con el ceño fruncido. Tomo una gran bocanada de aire, deseando que ese aire me dé el coraje suficiente para decir esto:
—Cómo ustedes se dieron cuenta el otro día, yo no puedo subirme a un auto. —Mi voz suena temblorosa y el mentón me tiembla ligeramente. Cierro los ojos al sentir como mi corazón comienza a latir nerviosamente contra mis costillas. La vergüenza y el miedo comienzan a apoderarse de mí—. Desde el accidente no puedo subirme a ningún carro, no puedo. Quedé totalmente traumatizada con los coches y no puedo subirme a uno, ya que cuando lo intento… un miedo tremendo me invade.
Siento unos brazos rodeándome y sé, con certeza, que Alice y Rosalie me están abrazando entre las dos. Me sorprendo al sentir un beso en mis cabellos proveniente de Rosalie y luego una caricia en mi brazo procedente de Alice.
—No te preocupes —dice Rosalie con voz temblorosa—. No te haremos ir en un auto, después de todo Edward te llevará con él.
No reacciono inmediatamente a sus palabras porque quedo sorprendida al sentir ese apoyo que ellas me dan en estos momentos. Me es completamente raro sentir que alguien más, aparte de mis padres, me apoya y me da ese consuelo y ese cariño que tanto necesito. No estoy acostumbrada a sentir el cariño de gente o amigos que no sean mis padres; para mí esto es muy abrumador y desconcertante.
Luego de casi media hora en completo silencio, mientras observo como ellas se maquillan y preparan para la inauguración, por fin Alice me pasa mis zapatos que eligió para mi que son de un hermoso color negro y con forma de botines. Luego de que ellas se colocaran también sus zapatos, las tres nos miramos en el enorme espejo de cuerpo entero que tengo detrás de la puerta del baño.
Cuando miro al espejo no puedo creer lo que estoy viendo. Rosalie y Alice a mi lado están divinas, hermosas hasta lo imposible con sus vestidos, sus peinados retocados y su maquillaje, obviamente que ellas se ven espectaculares, como siempre. Pero yo… no parezco ser la misma chica de antes. El vestido azul se tiñe en mí como segunda piel, mostrando las inexistentes curvas que tiene mi cuerpo… ¿desde cuándo mi cuerpo tiene curvas? ¿Cuándo cambió sin que yo me diera cuenta? Incluso, al mirarme en el espejo, no reconozco mi cuerpo, parece que tuviera más cadera, un poco más de busto del que he tenido siempre y creo que mi cintura está un poco más estrecha. El cinturón debajo de mi busto me da un toque más sofisticado con el vestido azul y los grandes botines de taco alto me hacen ver mucho más alta de lo que soy. El vestido me llega cuatro dedos arriba de la rodilla. Mi cabello caoba cae en rendidas ondas alrededor de mi rostro y por mis hombros. Mis ojos azules están delineados de un intenso color negro y encima, en los párpados, se halla una hermosa sombra azul. Mis mejillas tienen un poco más de rubor del que siempre tengo y mis labios están de un hermoso color rojo intenso.
—Wow, chicas, se pasaron —exclamo, asombrada y con los ojos dilatados de la impresión.
Rosalie se encoge de hombros despreocupadamente.
—Nosotras no hicimos nada, solo te dimos unos retoques. Ya eres hermosa de por sí, Bella.
Me sonrojo furiosamente.
—Gracias —murmuro, apenada.
El sonido del timbre nos sobresalta a las tres. Las dos chicas que están a mi lado sonríen y se miran cómplices para luego tomarme cada una por un brazo y arrastrarme escaleras abajo, fuera de mi habitación. Tengo mucho cuidado mientras bajo las escaleras, sí de por si mi torpeza era habitual, podía empeorar mucho más con tacos altos y puntiagudos. Las chicas paran en frente de la puerta, me arreglan un poco más el cabello con sus dedos y luego, de forma precipitada, me empujan a la puerta. Me giro para mirarlas con ojos entrecerrados, fulminándolas con la mirada.
—Abre —gesticula Alice con los labios, sin formular sonido alguno.
Frunzo el ceño y abro la puerta de la casa. Miro hacia delante y se me corta la respiración instantáneamente.
Edward Masen está en frente de mí; increíblemente guapo. Trae puesto un esmoquin negro que contrasta muy bien con su piel blanca, y debajo del esmoquin tiene una camisa blanca adornada con una corbata negra. Su cabello cobrizo tiene ese toque rebelde de siempre e incluso un poco más. Sin poder evitarlo miro sus rasgos; mandíbula cuadrada perfectamente, nariz recta y simétrica, labios delgados y finos de un hermoso color carmesí y por último… sus ojos. Ese par de esmeraldas que provocan que mi corazón se enloquezca de solo mirarlos, ese par de esmeraldas que ahora brillan únicamente. Al mirar sus ojos me siento desorientada, el aire comienza a faltarme en los pulmones y mi corazón late desbocado, enloquecido de solo tener esa hermosa vista de esas esmeraldas. Sus labios se curvan ladinamente y siento, de nuevo, esas cosquillas en mi estómago que me provocan estremecimientos de pies a cabeza.
—Bella —jadea Edward, impresionado. Su embriagador aliento golpea mi rostro y deshabilita todas mis facultades mentales, me siento como si estuviera a punto de desmayarme—. Te ves… increíblemente hermosa, radiante.
Siento ese habitual rubor en mis mejillas y bajo la vista, apenada. Pero un sentimiento de satisfacción se instala en mi pecho al ver que le gusta lo que ve de mí. Sonrío sin poder evitarlo, complacida. Alzo la vista nuevamente y le sonrío, radiante.
—Gracias —agradezco, sonrojada—. Tú también te ves muy bien.
El me sonríe agradecido, pero puedo atisbar un pequeño rubor que se instala en sus mejillas. Sonrío con dulzura y un irracional deseo de posar mi mano en su mejilla y acariciarla me invade el cuerpo. Mi mano se alza sin mi permiso y cuando me doy cuenta de ello ya es demasiado tarde, mi mano se posa en su mejilla y al tacto siento una electricidad que me corre el cuerpo entero. Mis dedos se mueven por su mejilla y la acarician levemente. Edward cierra los ojos, complacido y inclina su cabeza hacia mi mano.
—Ejem —se aclara la garganta Alice a mi lado, divertida.
Me pongo colorada inmediatamente y mi corazón se remueve, agitado. Saco mi mano de la mejilla de Edward lentamente, no deseando sacarla de allí nunca, y Edward abre los ojos lentamente. Me sonríe alegremente pero atisbo un destello de dolor en sus ojos que me descoloca por completo.
—Nosotras nos vamos, ¿verdad, Rose?
Rosalie asiente con la cabeza, sonriendo.
—Sí, nos vemos. ¡Adiós!
Las dos chicas se van, pero antes de eso, Alice deja un hermoso abrigo en mi brazo, colgado. Miro a Edward y este me sonríe y hace una pequeña reverencia hacía mí dirección.
— ¿Nos vamos, señorita? —pregunta caballerosamente, sonriendo.
Me sonrojo y asiento con la cabeza. Me doy la vuelta con la intención de cerrar la puerta de mi casa, pero me llevo un gran chasco al ver que las chicas ya se encargaron de todo y mi casa ya estaba cerrada. Sacudo la cabeza, riendo y me doy la vuelta para ir donde me espera Edward… al lado de un moto.
Me paro en seco en mi lugar y un estremecimiento me recorre el cuerpo cuando veo la motocicleta. Mi corazón parece congelarse en mi pecho y mi respiración se vuelve errática. Mis manos comienzan a sudar con rudeza y un miedo inmenso empieza a apoderarse de mí. Edward ve mi reacción y se apresura a llegar a mi lado.
—Bella, shhh, tranquila —murmura mientras me envuelve con sus brazos.
Solo en ese momento me doy cuenta que de mi pecho brotan pequeños sollozos ahogados y que mi cuerpo tiembla como una hoja al compás del viento. Mis manos se aferran a los brazos de Edward como si quisieran encontrar en ellos la solución a todo este miedo irracional que me invade.
—Bella, tranquila, todo estará bien. Te lo prometo.
Luego de unos minutos logro calmar ese miedo que siento en mis adentros, aunque no del todo. Mis manos sueltan el agarre casi estrangulador en los brazos de Edward pero él no quita sus brazos de mí alrededor. Nos acercamos vacilantes a la motocicleta y nos paramos en frente de ella.
—Bella, te prometo que manejaré con cuidado —me promete Edward al oído y sé que cumplirá su promesa, pero no puedo evitar sentir un miedo por todo tipo de transporte que tenga ruedas—. Pero si quieres podemos ir de otra forma.
Bufo por lo bajo y alzo mi mirada para mirarle. Aún seguimos abrazados, Edward me tiene abrazada desde atrás y se siente tan bien. Sus manos en mi cintura me envían descargas eléctricas por todo el cuerpo y su respiración choca contra nuca haciéndome estremecer.
Sé que es irracional el estar abrazada de este chico si apenas lo conozco, pero me siento tan bien y segura en sus brazos que no me apetece salir de ellos por harto tiempo.
— ¿Caminando? —me burlo, haciendo caso omiso a mis emociones.
Edward se ríe alegremente.
—Sí es lo mejor para ti y eso te tranquiliza, sí. —Se encoge de hombros.
Mi corazón da un salto al comprender que se preocupa por mí y no puedo evitar sonreír estúpidamente.
Niego con la cabeza.
—No, quiero hacerlo. Debo enfrentar mis temores.
Me palmea la cintura suavemente, en aprobación.
—Así se habla.
Se separa de mí y la pérdida de su presencia abrazándome me hace estremecer. Un extraño vacío se instala en mi pecho pero lo ignoro. Edward se suba a la motocicleta y me extiende una mano para que me suba.
—Pero estoy con un vestido —señalo, quejumbrosa.
Se encoge de hombros despreocupadamente.
—Fácil —dice, riendo—. Siéntate de lado, dejando tus piernas juntas pero cerca de la motocicleta. Aunque te recomiendo ponerte el abrigo, te dará frío el trayecto a Port Ángeles.
Me coloco el abrigo, siguiendo su consejo o recomendación. El hermoso abrigo de color negro me llegaba más debajo de la rodilla y me daba un aspecto más formal, aunque me gusta. Puedo ver perfectamente mi reflejo en la motocicleta y, aunque suene egoísta o adulador a mi persona, me gusta lo que veo. Tomo la mano que me da Edward y comienzo a subir a la motocicleta.
— ¿No tienes carro que tienes una motocicleta?
Edward se echa a reír mientras me ayuda a subirme colocando una mano en mi cintura. Su toque me distrae por unos breves minutos.
—Prefiero las motocicletas, me gustan más —responde, riendo.
Frunzo el ceño mientras me acomodo en el asiento de la moto. Mis piernas tiemblan como gelatina del miedo y mi corazón está enloquecido pero ignoro todo esto.
—Pero, en mi humilde opinión, creo que las motocicletas son más peligrosas.
—Todo depende del conductor —replica.
Se endereza en su asiento mirando hacia el frente y le quita el seguro a la moto. Instintivamente rodeo su cintura con mis brazos para no caer al suelo. Puedo ver como sonríe a mi acto reflejo y yo sonrío a la par de él. Mis pies, que están al lado de la motocicleta, danzan al aire y los pongo en un tubo de la moto para acomodarme mejor. Edward echa a andar la moto y el motor ruge con fiereza, mandando olas de nerviosismo en mi cuerpo. Me aferro más al cuerpo de Edward, con miedo.
— ¿Lista?
A pesar del rugido del motor le escucho con claridad, y también puedo escuchar su emoción ante todo esto. Por inercia su emoción se me contagia con velocidad dejándome un poco confusa. Me dejo llevar por esa emoción que Edward me contagia y la adrenalina comienza a correr por mis venas, mi corazón sigue acelerado y siento el pulso muy latente detrás de mis orejas. Sonrío sin motivo alguno y asiento febrilmente con la cabeza.
—Sí, estoy lista.
Entonces echa a andar la moto.
Bueno, aquí está el capítulo cuatro. Espero que les haya gustado. Si bien este fic no tiene muchos Reviews o lectores, a mi eso no me interesa. Estoy bastante contenta con mis pocos y adorables lectores que se dan el tiempo de dejarme un comentario. Gracias a ellos y a las demás personas que leen esto pero no comentan. Quiero darles las gracias a , Carlita 200, CaroZapXD, Pablo, isabellastephany, Kate. MHunter, Isa Kate y Isa-21 quienes me han dejado saber sus opiniones sobre el fic. También quiero agradecer a CaroZapXD (nuevamente), amnazareth e Isa-21 (nuevamente) por tener como favoritas a este fic. También agradezco a AdriiRomero 14, CaroZapXD (nuevamente), Guacha, Katie Lupin, SabrinaCullenBlack, amnazareth (nuevamente), Katyms13, mireca22 y nicole1980 por seguir este fic. Gracias a todas ellas y un enorme besote. Tambien gracias a las que leen esto silenciosamente.
Importante de leer:
Yo, Isabella Pattinson Masen, pido como autora de este fic, que le den una pequeña oportunidad a esta historia. Sé que en el comienzo la historia no avanza demasiado y se queda en el mismo lugar siempre, pero es necesario aquello para explicar bien lo que sucede. Verdaderamente, esta historia es muy realista, con sucesos que le pueden ocurrir a cualquiera y dejenme decirles que con el correr de los capítulos se irán entrometiendo poco a poco en la historia y comprendiendo todas las incognitas. Solo pido que le den una oportunidad, y si no les gusta es su opinión, no juzgo ni nada parecido, cada uno tenemos gustos diferentes. Gracias por leer esto del que lo leyó y saludos.
IsabellaPattinsonMasen.
