Los personajes de Twilight no me pertenecen, son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 5:
La moto sale con volando por la calle y el estómago se me aprieta contra la columna vertebral. Siento como si algo invisible, inexistente, tira de mi cuerpo hacía atrás con una fuerza brutal. Los músculos de todo mi cuerpo se me tensan de miedo y se preparan para recibir el primer golpe cuando caiga al suelo. Pero, sorprendentemente, no caigo al suelo porque estoy aferrada a la cintura de Edward como si mi vida dependiese de ello, y así es. Cierro los ojos con fuerza cuando el mareo me ataca y aprieto los labios con firmeza, formando una línea para evitar que algo salga de mi boca, aunque el grito se me queda atorado en la garganta.
En un acto reflejo aprieto mi cuerpo contra el de Edward, con miedo, y entierro mi rostro en su espalda. Miles de jadeos salen de mi boca, el estómago se me aprieta contra la columna vertebral con fuerza y se retuerce bajo mi piel. Inspiro violentamente en un intento de calmarme y sorprendentemente así lo hago. Cuando inspiro, todo el perfume y aroma de Edward inunda mis sentidos y eso reacciona como un calmante instantáneo para todos mis nervios.
Los músculos del cuerpo se me relajan inmediatamente, los jadeos cesan poco a poco aunque el miedo sigue en mi pecho, intacto. Comienzo a respirar pausadamente, permitiéndole a mis pulmones ese aire que se les ha sido negado desde que la moto echó a andar. Mis brazos sueltan un poco el agarre en la cintura de Edward y me siento más calmada, relajada en lo posible.
Entonces me sobrecoge el estúpido deseo de abrir los ojos, es como una necesidad que tira de mis párpados para que abra mis ojos. Lo hago poco a poco, vacilante, y luego miro a mí alrededor. Lo primero que veo es la ancha espalda de Edward que está en frente de mí, luego, volteando el rostro, me percato que los edificios, casas y árboles pasan por nuestro lado con una velocidad vertiginosa. Todo se vuelve borroso a causa de la velocidad, lo único que puedo identificar es un montón de manchas verdosas que pasan por nuestro lado. Aprieto mi cuerpo aún más a Edward, temerosa.
Y es ahí cuando comienzo a sentir algo diferente al miedo. Cuando el motor de la moto ruge con ferocidad y siento el viento azotando mi rostro con fuerza, algo empieza a correr por mis venas con una brutalidad que me hace jadear de la sorpresa. Mi corazón late desbocado bajo mi pecho y una sensación inigualable recorre mi cuerpo. Aunque suene estúpido e ilógico, siento que esa sensación es increíble, espectacular e, inconscientemente, mis labios se curvan en una sonrisa.
Esa fuerza que tira con brutalidad de mí hacía atrás se convierte en algo que yo disfruto, y lucho contra ella para que no me venza. La sensación que siento corre en mis venas, como un fuego que abarca a mi cuerpo desde la punta de los pies hasta la cabeza; poro por poro, extremidad por extremidad. Comienzo a disfrutar de la velocidad y el estómago ya no se me retuerce de miedo, si no que ahora se me retuerce de ánimo.
Mi mente busca el significado de todo lo que siento inmediatamente y a los segundos después me da el resultado del acertijo. Mi mente denomina lo que siento como «Adrenalina», ese es el nombre a ese fuego que corre por mis venas y a ese regocijo que siento con cada rugido del motor.
La adrenalina es estupenda. El avance de la motocicleta me otorga con cada embestida una dulce ola de adrenalina que golpea mi cuerpo. Es como si con la adrenalina pudiera descargar todo lo que siento; todos mis sentimientos y emociones. Es como si el viento que pasa por nuestro lado se llevara consigo todo mis problemas, mis temores, inseguridades, preocupaciones, etcétera y me dejara con el cuerpo liviano, sin emociones chocantes que me abrumaran. Disfruto de la sensación cerrando los ojos por unos minutos.
También todo esto lo mejora el aroma que desprende Edward, ese aroma que el viento empuja hacia mi rostro y me deja aturdida por unos minutos. Ese aroma que altera todas mis terminaciones nerviosas y que produce unas cosquillas en el estómago que me abruman y desconciertan. Disfrutando de la sensación coloco mi rostro contra la espalda de Edward, inspiro profundamente y no puedo evitar la sonrisita que se forma en mis labios al sentir su embriagador aroma.
—Esto es asombroso —murmuro, enterrando aún más mi rostro en la espalda de Edward y disfrutando al máximo de su cercanía.
A pesar del ensordecedor ruido del rugido del motor, y el siseo constante del viento que golpea nuestros rostros, refrescándonos, Edward escucha mi murmullo.
— ¿A qué si? —inquiere, entusiasmado y puedo escuchar la sonrisa en su voz. Me sonrojo, consciente de que él habla sobre la velocidad y el paseo, más yo no hablo de ello, yo hablo de su cercanía y su presencia. Gracias a Dios que Edward no puede ver mi sonrojo—. La velocidad es estimulante, al igual que la adrenalina. Siempre me han gustado las dos cosas.
Su voz resuena en mis oídos, alta para que pueda escucharle a la perfección.
—Estimulante de verdad —grito en acuerdo con él, sonriendo.
La moto sigue su camino y no puedo ver nada más que borrones verdosos en todas partes; no puedo reconocer donde nos hallamos o cuanto nos falta para llegar a Port Ángeles. Pero Edward si puede ver con claridad al estar acostumbrado a la velocidad, y eso lo puedo verificar al mirar por sobre su hombro y ver como sus ojos recorren las calles con seriedad y concentración, sin perder la vista de la carretera en ningún momento.
Yo sólo me dejo llevar por la moto y su conductor, dejando que la adrenalina se cierna sobre mí como segunda piel y disfrutando del paseo. Una risita escapa de mis labios al imaginarme la cara de Charlie si llega a ver en estos momentos; mi pobre padre se moriría del susto al verme montada en una moto, odia las motos por sus inseguridades y más me prohibió usarlas después de mi accidente.
Luego de unos varios minutos siguiendo su camino, la moto comienza a bajar su velocidad y a los cinco minutos después para completamente. Abro mis ojos, sorprendida al darme cuenta de que ya hemos llegado. Estamos en frente de un edificio con paredes blancas y con una arquitectura antigua; llena de arcos y relieves indefinidos. Miles de carros están estacionados en frente del edificio y gente, vestida elegantemente como yo, baja de los carros y conversa animadamente, entrando en el edificio.
Edward le pone el seguro a la motocicleta causando que está se incline un poco hacia al lado. Pego un gritito ahogado y me aferro a la cintura de Edward inmediatamente. Este se echa a reír y sacude la cabeza. Apaga el motor de la moto y voltea el rostro para mirarme, sonriendo.
—Vale, llegamos. Te puedes bajar y disfrutar de una superficie plana e inmovilizada —me dice de broma, riendo.
Reprimo el impulso de sacarle la lengua como niña chiquita y estiro mis piernas, sacándolas de la moto, para luego bajar de un salto al asfalto. Al hacer contacto mis pies con el asfalto intacto e inmovilizado, mis piernas tiemblan como gelatina y el peso de mi cuerpo no lo soporto por unos breves instantes al estar mareada. A causa de ello mis piernas flaquean y tengo que sostenerme de la moto para no caer al piso de rodillas.
Edward se baja de la moto con esa gracilidad suya inigualable e inmediatamente viene a mi encuentro, sosteniéndome con sus brazos enrollados en mi cintura.
— ¿Estás bien? —pregunta, con el semblante preocupado y frunciendo el ceño.
Asiento con la cabeza.
—Sí —respondo en un susurro, sujetándome de sus brazos—. Sólo necesito despejar mi mente del mareo.
Se echa a reír entre dientes y yo alzo mi rostro para fulminarlo con la mirada, provocando más risas de él. De cierto modo su actuar me confunde, es tan volátil. Solo hace unos segundos estaba con semblante preocupado por mí y ahora se estás burlando de mí. Muy bipolar.
Edward me ayuda a estirar bien mis piernas, aún con sus manos enrolladas en mi cintura y luego los dos nos volteamos inmediatamente el escuchar ese gritito que me llama.
— ¡Bella! —Alice se acerca a nosotros danzando y sonriendo alegremente.
Edward coloca los ojos en blanco y resopla.
—A veces me pregunto como un cuerpo tan chiquito contiene tanta energía —murmura en mi oído, provocando que me estremezca.
Me rió por lo bajo y alzo la mirada para sonreírle.
—Somos ya dos —le confieso entre risas.
Él me sonríe y me guiña un ojo. El rubor en mis mejillas no se hace esperar, desde luego.
— ¿Qué tanto secretito ustedes dos? —Alice nos entrecierra los ojos con sospecha, detrás de ella vienen el señor Whitlock, el señor MacCarthy y Rosalie, quienes vienen igual de elegantes que los demás—. ¿Acaso me están cotilleando?
Yo me sonrojo y niego con la cabeza, a la misma vez que Edward también niega con la cabeza. Alice nos fulmina con ojos entrecerrados y se cruza de brazos, como gesto acusatorio. En ese momento el señor Whitlock llega a ella y la abraza de la cintura suavemente, sorprendiéndome. Ciertamente no debería sorprenderme ese acto de cariño, ellos son una pareja y las parejas hacen eso.
—Hola, Bella —saluda el señor Whitlock, sonriéndome—. Estás muy guapa.
Me sonrojo automáticamente y escucho las risas ahogadas de Edward a mi lado. Me volteo y le fulmino con la mirada… cuando caigo en cuenta de algo. ¿Desde cuándo me comportaba tan natural con Edward? ¿Desde cuándo nuestra relación de desconocidos cambió a una de amigos? No lo sé, pero lo que sí sé es que la relación ha cambiado drásticamente. Sacudo la cabeza, sonriendo.
—Hola, señor Whitlock —saludo educadamente—. Y gracias por el cumplido.
—Bella, fuera del instituto soy Jasper solamente.
Asiento con la cabeza, comprendiendo.
—Y yo soy solo Emmett. —Emmett MacCarthy aparece detrás de… Jasper y Alice, sonriendo y agarrando a Rosalie de la cintura. La última me sonríe alegremente cuando me ve, y me guiña un ojo con complicidad.
—Está bien… Emmett —le sonrío a los dos.
Alice baja la mirada y su vista se posa en la mano de Edward que envuelve mi cintura firmemente. Sonríe y me lanza una mirada llena de incógnitos significados, haciéndome sonrojar y desviar la mirada, avergonzada. La pelinegra se ríe pícaramente.
—Bueno, ¿qué esperamos para entrar? —Edward se impacienta.
A Edward se le ve ansioso, nervioso por algo que desconozco. Lo único que soy capaz de reconocer es que está impaciente por entrar, deseoso de ir a ver las pinturas del nuevo pintor. Frunzo el ceño pero no me atrevo a interrogarle el porqué de su actuar, no es de mi incumbencia aunque me muera de curiosidad por saberlo.
—Ya, ya —dice Rosalie, palmeándole la espalda suavemente—. No te impacientes. Vamos a entrar.
—Por fin —suspira Edward.
Yo miro el imponente edificio que tengo en frente de mí. Muchas personas entran en el edificio, conversan entre ellos y se les ve a todos ansiosos y deseosos de ver las pinturas que contienen las paredes de la galería. Todos los que están allí secundan la emoción de Edward y eso me inspira curiosidad, deseo saber y ver cómo son las pinturas de ese pintor.
Doy el primer paso hacia las escaleras que se encuentran en frente de la galería, arrastrando a Edward conmigo. Los demás nos siguen de cerca. En la entrada del edificio se encuentra una mujer y un hombre, quienes son los recibidores de la gran exhibición. Cuando pasamos por su lado, el hombre nos sonríe amablemente y nos hace señas para que nos acerquemos a él. Lo hacemos inmediatamente.
—Buenas noches —saluda sonriendo cortésmente—. Mi nombre es Leo y soy su recibidor esta noche. ¿Tienen sus entradas?
—Oh, sí, claro. —Alice se voltea y comienza a buscar algo en su bolso pequeño. Cuando lo encuentra, saca unos pequeños papeles alargados y se los extiende al señor Leo, sonriéndole alegremente—. Aquí tiene.
El señor Leo inspecciona las entradas, luego las timbra con su pequeño timbre de mano y se las devuelve a Alice.
—Bueno, pueden pasar.
Le sonrío educadamente.
—Gracias —murmuro en su dirección.
—De nada, señora —me dice sonriendo y yo palidezco.
No puedo formular comentario alguno luego de esto ya que Edward aprieta su agarre en mi cintura y me empuja hacia delante, para que avance por medio de la multitud. Lo hago automáticamente aunque mi mente no está captando nada de mí alrededor, aún da vueltas por la forma en que me llamó Leo en la entrada.
¿Señora? ¿Señora? ¡Me dijo señora! Mi mente es un alboroto de siseos enfadados, no puede comprender lo que sucede al igual que yo.
— ¿Señora? —Me acerco lo suficiente al cuerpo de Edward, sintiendo su calor abrasador y abusando de la nueva confianza que él me ha dado—. ¿Es que acaso me veo tan vieja como para que me llame señora?
Edward se ríe entre dientes y sacude la cabeza. Parece que le divierte mi enfado por que me llamaron señora. Coloca una mano en mi espalda, me empuja suavemente para que avance ya que he parado mi andar. Sus dedos en mi espalda envían descargas eléctricas a mi columbra vertebral y me estremezco ante la sensación.
—Tal vez solo fue por cortesía —comenta risueño.
—Ajá —me enfurruño, cruzándome de brazos.
Comenzamos a recorrer la galería, viendo diversas pinturas colgadas en las paredes con su precio correspondiente debajo de la pintura. Todas ellas son hermosas, con un estilo único y llenos de vida. Todas tienen un diseño único e inigualable, no hay otros como ellos en todo el mundo, de eso estoy segura.
Empiezo a disfrutar viendo todas las pinturas. Encuentro cierta satisfacción observando los trabajos de un excelente pintor. Me embarga en estos instantes una sensación de alegría y curiosa familiaridad, que me dejo llevar por lo que siento y arrastro a los demás conmigo, disfrutando de todas las pinturas que me rodean en este hermoso lugar. No puedo quitar los ojos de las pinturas que me rodean, no puedo dejar de ver esas hermosas obras de artes que se encuentran en este edificio.
Edward me asegura que estas pinturas no son nada en comparación con las del pintor que venimos a ver, me dice que aún nos falta una sección más para llegar a lo mejor de la galería, donde se encuentran las pinturas del nuevo pintor.
Cuando terminamos de ver todas las secciones, entramos a una con decoración de multicolores y globos colgados en las paredes. Alice me informa que esta es la nueva sección, donde exhiben las obras de artes del nuevo pintor. Pero antes de ir a ver las pinturas, nos acercamos a una mesa donde ofrecen unos alimentos de aperitivos ya que Emmett se está muriendo de hambre.
—En serio, hombre. Tengo hambre —informa Emmett.
Toma un pequeño canapé entre sus manos y se lo echa a la boca, ansioso. Me río con disimulo; mi profesor de deportes es como un niño chiquito.
El brazo que me rodea me suelta en estos momentos y una extraña sensación de vacío me recorre el cuerpo. Me estremezco violentamente y alzo la mirada a Edward, quién me mira y me sonríe amablemente.
—Iré a buscar algo para beber —me informa en susurros.
Yo asiento con la cabeza, sintiéndome tonta por la estúpida reacción que tengo ante su lejanía. No puedo comportarme de esa forma, no sabiendo que Edward es solo un conocido que recién hoy en la mañana conocí y no sé nada de su vida. Sacudo la cabeza y él se desaparece entre la multitud que está apreciando las pinturas a su alrededor.
Recorro con la mirada la sección en que nos hallamos. Siento curiosidad por ir a ver al fin esas pinturas de las que tanto me han hablado los demás, quiero conocerlas. Así que no puedo sucumbir a mis deseos nuevamente.
—Iré a ver las pinturas, chicos —les informo a los demás que están conversando animadamente a mi alrededor.
Alice asiente con la cabeza, mientras que toma un pequeño canapé entre sus manos y se lo come con delicadeza y finura.
—Anda, ve. Nosotros te esperamos aquí.
Le sonrío agradecida y doy media vuelta sobre mis talones para desaparecer por entre medio de la multitud. Camino por el largo pasillo que nos encontramos, siguiendo a la gente, y luego doblamos a la derecha donde nos metemos en una nueva sala llena de pinturas.
Doy un leve respingo al observar detenidamente las pinturas que me rodean. Son todas hermosas y brillantes, llenas de vida y emociones del pintor que las hizo. Son todas de tamaño grande y alargado, ocupando casi todas las paredes de la sala.
Me acerco a una pintura donde se ve un pequeño paisaje verde. En la pintura se puede apreciar un verdoso bosque, con árboles grandes, largos y llenos de musgo, con un cielo encapotado que los cubre y se cierne sobre ellos. En el asfalto de la pintura se pueden apreciar diversos animalitos pequeños, escondidos detrás de los árboles, buscando su propio alimento o solamente estando allí, parados. Los colores de la pintura son oscuros y sombríos, pero le dan un toque de realidad que sorprende y puedo comprender rápidamente que ese bosque se trata del bosque de Forks.
Luego, al lado de esta pintura, hay otra de tamaño un poco más pequeño, donde se puede apreciar una hermosa cabaña de campo en medio de un bosque. Las paredes de la cabaña son tan naturales que se pueden confundir con el asfalto del bosque, las pequeñas ventanas están decoradas con flores y plantas a su alrededor, dándoles un toque floral muy bonito. También, arriba en el techo, se ve una pequeña chimenea con el humo saliendo de ella y rodeada de hojas de los árboles o pequeñas ramas. Alrededor de la cabaña se hallan varios árboles hermosos y grandes, que la rodean formando un pequeño círculo ovalado y el jardín de la cabaña está lleno de flores silvestres y plantas hermosas que decoran la pintura.
Después de esta se halla una pintura que llama mi atención totalmente. Es tanta la impresión que causa la pintura en mí, que no puedo sacar mis ojos de la pintura y no puedo dejar de observarla, sintiendo dentro de mí una sensación abrumadora y desconcertante. Con pasos cautelosos me acerco a la pintura y me coloco al lado de una joven pareja que está apreciando y observando la pintura, pero no de la misma forma que yo, de ello estoy segura.
En la pintura se halla un bebé, un hermoso bebé que sonríe alegremente y que capta mi atención con una fuerza descomunal. El bebé, o más bien la bebé, está vestida con un hermoso conjunto rosado y lleno de dibujitos, con un pequeño gorro que cubre su cabecita del mismo color que el conjunto. Su piel pálida brilla de una forma impresionante, sus labios color carmesí se curvan en una sonrisa mostrando unos pequeños dientes de leche recién salidos y sus ojos son de un alucinante color azul. Su cabello no logro distinguirlo bien por el gorro que tiene en cu cabecita, pero puedo atibar unos pequeños tiburoncitos rubios que caen por atrás, bien escondidos.
Al mirar a la bebé sentada y sonriendo alegremente, una sensación abrumadora sobrecoge mi pecho. Es como una ola o maquina demoledora, llena de emociones y sensaciones, que choca contra mi pecho con una fuerza descomunal, quitándome el aliento y dejándome en un pequeño letargo. Mis ojos se llenan de lágrimas por una razón que desconozco y mis manos se aferran a mi pecho, como queriendo sacar ese pequeño dolor que me produce el ver esa pintura. Mi corazón comienza a latir desbocado contra mis costillas y esa sensación combinada con alegría y dolor al ver la pintura me abruma.
Alzo la vista y quedo prendida a esa mirada azul de la bebé, quedo prendida e hipnotizada a esos ojos azules que se me hacen familiares y que me hacen perder la poca consciencia que tengo en estos momentos. Es como si me perdiera en esos ojos azules que brillan llenos de emociones, como un libro abierto de emociones que se te traspasan con una rapidez y habilidad increíble. En este instante ansío tener a ese bebé en mis brazos, ansío acariciarle esas mejillas sonrojadas que tiene, ansío sentir su peso en mis brazos, ansío acariciar y peinar con mis dedos ese hermoso cabello rubio que tiene.
En mis dedos comienza a correr una electricidad vertiginosa y una picazón, mis manos y brazos desean alzarse en dirección a ese bebé y sentir su peso en ellos. Miles de lágrimas se desbordan de mis ojos y me las seco, avergonzada ante el estar con gente rodeándome, mirándome raro. Vuelvo a mirar esa pintura y a ese bebé hermoso que tengo en frente de mí.
¿Cómo es posible que una pintura contenga tantas emociones? ¿Cómo es posible que todas esas emociones y sensaciones se te traspasen al solo verla? ¿Cómo una pintura provoca tantas sensaciones en uno? ¿Soy sólo yo la que se siente así o esto le pasa a todos los que observan esta pintura? Mi cabeza en un remolino de preguntas ante las sensaciones que me embargan con solo ver al bebé.
Alzo una mano, vacilante, y acaricio el lienzo del cuadro, donde está hecha la pintura y que es suave como el terciopelo. Acaricio el lienzo suave como el terciopelo y bajo la mirada para observar el marco dorado de oro que rodea la pintura. Es entonces cuando me percato que debajo del lienzo se encuentra una inscripción que de seguro la hizo el artista de esta obra de arte.
He aquí, dibujado y pintado, el mejor regalo que me pudieron dar en mi vida.
El mejor regalo que mi esposo, el amor de mi vida, mi compañero, mi mejor amigo, mi amante, mi consejero, mi Dios griego y mi todo me pudo dar en la vida.
Mi hija, la razón de mi existir, mi vida completa, mi sol que ilumina mis días y el aire sin el cuál no puedo vivir.
De verdad le agradezco a mi esposo este hermoso regalo que me obsequió, este hermosa criaturita que es de los dos y que los dos amamos con el alma. Mi hija que cuidaré y amaré por el resto de mi vida, siempre.
B. C.
Así que el pintor desconocido es una pintora, una artista de tomo y lomo que adora a su hija y que decidió hacerle un hermoso retrato para demostrar su amor hacia su hija y su agradecimiento hacia su esposo por la criatura que le dio. Toda esa pintura que la artista hizo fue como agradecimiento y demostración de amor hacia su familia.
¿B. C.? ¿Esas eran las iniciales del nombre de la autora del lienzo? No recuerdo ninguna artista con ese nombre, tal vez es nueva en esto de la pintura y el arte, aun no se hace tan conocida. Sólo espero que le vaya bien, porque tiene hermosas pinturas que te llegan al corazón.
Alzo la vista al bebé nuevamente, sintiendo esas sensaciones y emociones en mi cuerpo, cerniéndose sobre mí. ¿Es así, como lo describe la artista, el amor de madre? ¿Una mujer así se siente al tener un hijo? ¿Tan grande es ese lazo de madre e hija? ¿Podré yo alguna vez sentir eso?
Un roce en mi codo me saca abruptamente de mi ensoñación e impide que mis pensamientos lleguen a esa conclusión confusa a la cuál estaban llegando. Volteo el rostro y me encuentro con Edward, quién mira el lienzo con ojos brillantes y llenos de emociones, al igual que yo, y con sus manos ocupadas con dos copas de vino tinto. Me extiende una copa sin dejar de mirar el lienzo y ahí comprendo que no soy la única a la cuál abruma esa pintura.
—Hermoso, ¿verdad? —Tomo la copa entre mis manos mientras hablo.
Edward asiente con la cabeza.
—Sí, muy hermoso —dice y suelta un suspiro—. ¿Cómo es que una pintura puede albergar tantas… sensaciones?
No me sorprendo al hecho de que él sintió casi lo mismo que yo al mirar el lienzo. Esa pintura es tan especial y mágica que hace sentir cosas a cualquiera que la mire, sin excepciones algunas.
—No lo sé —admito, mirando de nuevo la obra de arte—. Pero si sé que esta madre debe amar mucho a su hija como para hacerle algo como esto.
Siento la mirada de Edward sobre mí, penetrante. Me estremezco suavemente, pero no me doy la vuelta. Sigo mirando la pintura.
—Eso es seguro.
Asiento con la cabeza. Por alguna extraña razón Edward me está mirando fijamente, puedo sentir su mirada en mi nuca y eso hace que me ponga nerviosa. Así que doy media vuelta y le miro fijamente. Pero eso no lo altera ni nada, sólo se me queda mirando con fijeza, con esa mirada penetrante que conocí hace unos días atrás cuando nos vimos por primera vez.
Nuestras miradas quedan prendidas una de la otra, de la misma forma que la primera vez que nos vimos. Y yo me pierdo en ese verde esmeralda de sus ojos, de la misma forma en que me perdí en el azul familiar de los ojos de la bebé, pero esta vez con más fuerza y con más emoción. Mi corazón late descontrolado, enloquecido ante la mirada penetrante de esas esmeraldas y mis piernas comienzan a tiritar como gelatina. Mis mejillas se prenden con ese sonrojo familiar y todas mis terminaciones nerviosas cobran vida propia, aturdiéndome.
Decido romper el contacto visual o si no moriré de nervios y de un colapso emocional, así que desvío la mirada y la bajo a la copa de vino que tengo entre mis manos. Tomo un pequeño sorbo de mi copa y ese sabor peculiar del vino envuelve mi paladar.
—Te estaba buscando hace varios minutos —me informa Edward, con la voz un poco entrecortada pero yo no alzo la mirada, sigo mirando mi copa—. Pero cuando te vi muy conmocionada con el lienzo, decidí darte un poco de espacio. Después, cuando te vi mas calmada, me acerqué a ti.
Asiento con la cabeza sin saber muy bien que más hacer. Estoy avergonzada al saber de que él me ha visto llorando por una pintura, qué estúpida.
— ¿Cuánto tiempo he estado aquí? —inquiero en un hilo de voz.
Puedo oír como Edward se encoge de hombros.
—Cómo una hora, más o menos.
Abro mis ojos como platos y, por fin, alzo la mirada para mirarlo, impresionada. Sus labios se curvan en una sonrisa ladeada y me veo momentáneamente deslumbrada, pero sacudo la cabeza para poder salir de mi estupor.
— ¿Una hora? ¿Tanto estuve aquí?
Asiente con la cabeza y sonríe divertido.
—Sí, ¿acaso no te das cuenta de que la galería está casi vacía?
Miro a mí alrededor, percatándome de que tiene razón. La gente que antes estaba a mí alrededor ya no está, solo quedan algunos pocos que siguen mirando las pinturas, pero más de la mitad ya se fue para sus casas. Miro donde estaba la multitud en la entrada y ya no queda casi nadie. Alzo una ceja ante esto, incrédula. ¿De verdad he pasado tanto tiempo mirando esta hermosa obra?
—Es hora de irnos a casa —me dice Edward, riendo ante mi expresión incrédula.
Suspiro y asiento con la cabeza. Miro por última vez aquella pintura que me abrumó por completo e inconscientemente mis manos se posan en el lienzo, justo en el rostro de la bebé. Acaricio el lienzo de terciopelo por unos minutos y los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas. Una sensación extraña en el pecho me abarca, como un vacío que no tiene remedio.
Sacudo la cabeza. No comprendo qué es lo que me pasa con esta pintura. Aparto mis manos del lienzo, sintiendo de nuevo esa sensación de vacío pero hago caso omiso a ella y doy media vuelta sobre mis talones para encontrarme de lleno con el rostro distorsionado de Edward. Su expresión es de dolor total, pero cuando me ve sacude la cabeza y me hace un amago de sonrisa, aunque sus ojos delatan su mudo dolor. Alzo una ceja pero no le pregunto nada, solo me dedico a sonreírle de vuelta.
—Vamos —dice y pasa un brazo por mis hombros despreocupadamente.
Esa familiar electricidad ante el toque de Edward me recorre el cuerpo y tengo que luchar contra el estremecimiento que quiere golpear mi cuerpo. Un deseo irracional de extender los brazos y abrazarlo me toma con la guardia baja y por lo mismo, para no cometer ningún error, me cruzo de brazos sobre mi pecho y aprieto mis brazos contra mis costillas, de tal forma que me llega a doler los costados. No pienso cometer un error del cuál luego me arrepentiré.
—Vamos —repito nerviosa.
Edward frunce el ceño al escucharme tan nerviosa pero no formula comentario alguno y se lo agradezco de corazón en mi fuero interno. ¿Cómo explicarle lo que me sucede cada vez que me toca? ¿O que mis terminaciones nerviosas cobran vida con su sola presencia? No, eso no se lo puedo explicar porque ni yo misma sé cómo hacerlo.
Caminamos tranquilamente por el edificio hasta llegar a la entrada y salida de este, donde Leo nos espera con una sonrisa y los demás están a su lado, conversando con él.
— ¿Le gustaron las obras, señora? —pregunta Leo, sonriendo.
El cuerpo de Edward se tensa a mi lado y esconde su rostro en mi cabello. Su muda risa ahogada provoca que mis cabellos se alboroten y su cuerpo, sacudido por las risas, arrastra el mío en sus sacudidas. Su aliento choca contra mi nuca, haciéndome estremecer y que los bellos se me pongan de punta.
Aprieto los dientes de pura frustración y cierro los ojos por unos minutos. Mi brazo se alza y rodea la cintura de Edward para luego otorgarle un pequeño piñizco en los costados. Este se sobresalta ante mi repentino ataque, pero su risa no cesa y su mano izquierda aprieta la mía para evitar que lo vuelva a piñizcar.
—Sí y mucho. Gracias, Leo —contesto a regañadientes.
Leo asiente con la cabeza. Parece complacido por mi respuesta.
—Me alegro de escuchar eso —dice—. Muchas por venir y que les vaya excelente en su viaje de regreso a casa. Muy buenas noches.
—Buenas noches —respondemos todos a coro.
Salemos del edificio y pasamos por al lado de Jasper y Alice, quienes nos observan divertidos al ver que Edward sigue conteniendo sus risas en mi cabello. Yo solo pongo los ojos en blanco y arrastro a Edward conmigo escaleras abajo. Justo cuando llegamos en frente de la motocicleta de Edward, me volteo hacía él y lo fulmino con la mirada.
—Vamos, Edward —le apremio secamente al ver sus labios apretados para contener su risa—, ríete. Vamos, suéltalo.
Al terminar de hablar, ya no lo resiste más. Edward estalla en carcajadas tan altas y brutales que me sorprenden. Emmett y los demás pasan por nuestro lado y miran a Edward con los ojos abiertos como platos, con expresión incrédula y sorprendida a la vez. Se vuelven hacía mí, como buscando alguna explicación al extraño comportamiento de su amigo y yo solo atino a encogerme de hombros, sin saber muy bien qué contestar.
—Ya… ya… —murmura Edward entre risas, secándose las lágrimas que habían caído por sus mejillas a causa de la risa—. Me calmo… me calmo. —Se vuelve hacia mí, sonriendo divertido—. Lo siento, Bella.
Sacudo la cabeza y sonrío. De cierto modo me gusta el que se vea más relajado, más tranquilo y feliz, así que me gustó el que se riera a carcajadas… aunque se estuviese riendo de mí.
—No importa —aseguro y luego llevo mi mano a mi boca para bostezar.
Edward frunce el ceño al verme y todo deje de risueño desaparece de su bello rostro.
—Okay… creo que es hora de irnos a casa. Estás cansada.
Asiento con la cabeza, comenzando a sentir el cansancio en mi cuerpo. El sueño empieza a apoderarse de mi cuerpo y me sorprendo. No me he dado cuenta de cuanto cansancio y sueño tengo. Necesito descansar para mañana.
—Nos vamos —dice Edward decidido al verme bostezando por segunda vez.
Alice sonríe y se acerca a mí. Rosalie viene detrás de ella y entre las dos toman mis manos entre las suyas para luego sonreírme abiertamente. Les correspondo la sonrisa un poco adormilada.
—Espero que lo hayas pasado bien, Bella —comenta Alice.
Abro mis ojos como platos y clavo mi mirada, apenada, en las dos chicas que tengo en frente de mí. Qué estúpida soy, me olvidé de ellas.
—Chicas… yo… lo siento. Me olvidé de….
Rosalie me interrumpe inmediatamente.
—Hey, hey, tranquila. —Me acaricia las manos suavemente y me sonríe—. No importa el que te hayas olvidado de nosotras. Lo importante es que lo pasaste bien y que no estuviste sola todo el tiempo —aclara y le envía una mirada de soslayo a Edward.
Me sonrojo furiosamente haciendo reír a Alice y a Rosalie.
—Nos vemos mañana en el instituto, Bella —se despide Alice a lo que yo gimo con frustración. Ella suelta unas risitas—. Buenas noches.
Las dos me dan un beso en la mejilla y luego se separan de mí. En ese instante Emmett y Jasper se acercan para luego mirarse entre ellos, con miradas y sonrisas cómplices, y me sorprenden abrazándome entre los dos. Suelto una carcajada al sentirme en medio de Emmett y Jasper.
—Adiós, nena —dice Emmett y me da un suave beso en la mejilla. Me sonrojo.
—Nos vemos mañana, Bella. —Jasper me da un beso en la mejilla también.
Me vuelvo a sonrojar y Emmett se ríe divertido. Por alguna extraña razón mis sonrojos divierten a los demás y no sé el porqué de aquello.
Edward chasquea la lengua con disgusto y se acerca a mí para rodearme con sus brazos. Obviamente no se me pasan desapercibidas las sonrisas pícaras que me envían Rosalie y Alice cuando ven esto. Yo solo aparto la mirada, sonrojada.
—Ya, ya, dejen de molestarla que la pobre ya de por sí parece una jaiba —dice Edward de broma.
Entrecierro los ojos con enfado y lo fulmino con la mirada para luego golpearlo suavemente en el brazo.
—Idiota, no me defiendas tanto —digo sarcásticamente.
Edward se ríe y aprieta su agarre en mí.
—Ya llevas dos, Isabella. Me las voy a cobrar —me susurra en el oído y yo me estremezco. Luego dice más alto para que los demás le escuchen—: Te llevo a casa antes de que te desmayes de cansancio.
Bostezo nuevamente, cubriendo mi boca con mis manos, y asiento con la cabeza. La verdad es que ya no resisto más del cansancio. Mis piernas están tensas, mis brazos flácidos y me duele todo el cuerpo de solo cansancio, además de que mis parpados pesan y cada vez que pestañeo necesito recurrir a toda mi fuerza de voluntad para abrir mis ojos nuevamente y no mantenerlos cerrados.
Luego de que Edward se despidiera de sus amigos, se sube a la motocicleta y me ayuda a subir también. Me aferro de nuevo a la cintura de Edward y dejo mis piernas a mi costado. Edward echa a andar la motocicleta nuevamente e inmediatamente partimos rumbo a casa.
Esta vez no puedo disfrutar al máximo de la adrenalina en mi cuerpo ya que el cansancio y el sueño no me lo permiten. Incluso tengo que hacer un gran esfuerzo para mantener mis ojos abiertos y no quedarme dormida mientras la motocicleta avanza por medio de las calles desoladas de Port Ángeles. Sé muy bien que no me conviene para nada quedarme dormida en la motocicleta porque sufriré graves consecuencias con eso y verdaderamente no deseo tener otro accidente automovilístico. Me estremezco de pies a cabeza con solo pensar en otro accidente como el que tuve.
Luego de casi media hora de estar luchando contra mis párpados para que no se cierren de forma permanente, por fin llegamos a casa. Mi mente está en blanco en estos momentos y sé muy bien que estoy adormilada. Trato de sacar mis piernas fuera de la moto para salir a la calle pero mi cuerpo no me responde, parece no querer cooperar conmigo. Siento muy bien como la moto se inclina hacia al lado cuando mi acompañante le pone el seguro y luego de unos minutos siento unas manos rodeándome y alzándome en vilo.
Quiero luchar para que Edward me baje pero mi cuerpo no me responde nuevamente así que me dejo llevar, abatida, por los brazos de Edward. La última cosa que siento antes de caer en los brazos del Morfeo es como los electrizantes dedos de Edward separan los míos que están aferrados a su camiseta y luego como me deposita en una suave superficie. Unos labios se posan en mi frente y luego alguien, que reconocería en cualquier parte, me susurra al oído:
—Duerme bien, preciosa Bella.
Con una sonrisa estúpida adornando mis labios me dejo llevar por los brazos del Morfeo y comienzo a irme a la deriva de los sueños… aunque este sueño cambiará toda mi dramática vida para siempre…
Inicio del sueño…
Bella se sentó en el sofá de cuero negro, cansada y soltando un suspiro. Se sobó las sienes en un vano intento de quitarse de encima los dolores de cabeza que tenía; parecía que la cabeza le iba a explotar de tanto dolor. Se acurrucó contra el sofá nuevamente y se dejó llevar por ese exquisito aroma que este contenía, su aroma favorito que parecía tener un calmante instantáneo para sus dolores. Cerró los ojos y los brazos del Morfeo se la llevaron a su reino.
El sonido del teléfono la despertó sobresaltada. Abrió sus ojos de golpe ante el sonido constante del teléfono y se enderezó en el sofá para luego acercarse al teléfono y cogerlo.
— ¿Hola? —inquirió adormilada.
— ¡Bella!
Suspiró al escuchar el grito ensordecedor de su madre al otro lado de la línea. Sabía muy bien que Renée estaba entusiasmada con todo lo que estaba sucediendo, por ello comprendía el que su madre la llamara todos los días para preguntar por ella. Sonrió inconscientemente al escuchar a su madre.
—Hola, Renée, ¿cómo estás?
—No me distraigas, Isabella —gruñó Renée y Bella se echó a reír—. ¿Cómo estás tú? ¿Cómo lo llevas con el… cambio?
—Mamá, no es un gran cambio y lo sabes —murmuró Bella, poniendo los ojos en blanco. Su madre solía exagerar las cosas muchísimo y eso la divertía la mayor del tiempo… menos en ese momento—. Además sabes que no estoy sola en todo esto.
Renée suspiró. Ella sabía que se estaba comportando exageradamente con su hija, Bella, pero también sabía que era natural para una madre el sentirse ansiosa con todo lo que le estaba pasando a su hija. La decisión que Bella había tomado no la tomaba cualquier chica a sus dieciocho años, menos aún una que es tan impredecible como Bella. ¿Quién se podía imaginar que Bella haría eso a sus dieciocho años? Nadie, ni siquiera la misma Renée que la conocía como la palma de su mano. Sacudió la cabeza y se concentró en la conversación telefónica que estaba teniendo con su hija.
—Leah es una muy buena compañía —concordó Renée, sonriendo maliciosamente al imaginarse el enfado de Bella ante esto. Y no se equivocó.
Bella bufó por lo bajo y puso los ojos en blanco. Su madre había nombrado a Leah a propósito con el fin de molestarla ya que Bella no se llevaba muy bien con la novia de su mejor amigo. Se estremeció al recordar los ojos negros como el carbón de Leah y su mirada fulminante.
—Sabes muy bien que no hablo de Leah, Renée —se quejó Bella, gimiendo de frustración.
Renée se echó a reír alegremente. Le encantaba hacer enfadar a su hija, la cual tenía muy poca paciencia para los juegos de su madre.
—Si, lo sé —suspiró Renée. Sabía muy bien que estaba dejando a su hija en unas excelentes manos que serían capaces de dar la vida por Bella. De ello estaba segura. Sonrió sabiendo que jamás se arrepentiría de dejar a Bella en esas manos tan protectoras.
—Estoy bien, mamá —dijo Bella, sonriendo ante la preocupación de su madre. De cierto modo la comprendía, no todos los días tu única hija se va de casa… para siempre—. Sabes que cualquier cosa que pasara les avisaría a ti y a Charlie.
—Está bien —murmuró Renée, comprensiva.
Madre e hija se quedaron en silencio, sin saber muy bien de qué hablar en ese momento. Las dos se comprendían mutuamente y las dos estaban nerviosas por cómo estaban pasando las cosas, pero sabían que nada podían hacer. La decisión estaba tomada, Bella no daría su brazo a torcer y Renée estaba al tanto de esto, aunque la última deseaba que su marido lo entendiera también ya que aún no lo hacía.
Charlie no estaba muy contento con la decisión de Bella y tampoco le agradaba demasiado el que su única hija se fue se casa para siempre. Él sabía que Bella tarde o temprano se iría de casa, pero nunca se le pasó por su mente que se iría a los dieciocho años y menos aún que tomara esa decisión tan drástica. Para él, Bella seguía siendo una bebé a la cuál debía cuidar con su vida y a la cuál amaba con locura.
— ¿Cómo está? —Renée rompió el silencio con un suave susurro.
Bella sonrió abiertamente y se removió en el sofá, contenta.
—Bien, muy bien a decir verdad —respondió Bella, sonriendo bobamente—. Le gusta el gran paso que estamos dando. Anda muy feliz.
Renée soltó unas risitas, complacida al escuchar la respuesta de su hija.
—Me lo imagino.
— ¿Y Charlie? —preguntó Bella, desviando el tema a propósito. No deseaba seguir conversando del tema ya que sabía que su madre intentaría sonsacarle información sobre lo que le sucedió hace pocos días… y sinceramente Bella no quería recordar aquello porque le dolía demasiado.
—Fue a la reserva Quileute, viendo a Billy —contestó Renée—. Le disgusta el no ver a su amigo por tantos días y como lo vio por última vez el día… ese… pues…
Bella se sintió frustrada. Había cambiado la dirección del tema en cuestión, pero parecía que el destino no deseaba cooperar con ella y se empeñaba a que toda cosa a que todo tema que conversaran las dos terminen yendo a ese tema en específico. Sus dientes rechinaron de frustración y contenido enfado, provocando que Renée se alterara al otro lado de la línea.
—L-Lo siento —murmuró Renée, apenada —. No debí sacar ese tema tan delicado.
Bella sacudió la cabeza e intentó convencerse a sí misma que su madre no tenía culpa de nada, y así eran las cosas.
—No importa, yo saqué el tema a colación—murmuró con los ojos abnegados en lágrimas. Se secó las lágrimas con el torso de su mano, sintiéndose estúpida. ¿Qué más importaba que su felicidad y la de su familia? Ahora ella era feliz con su familia y no debería preocuparse por nada más, pero no podía evitar sentirse culpable al escuchar noticias de él—. ¿Lo… has…, has visto?
Renée ahogó un gemido de dolor y sacudió la cabeza. El sufrimiento de Bella era como el suyo propio y sólo serían las dos felices cuando tuvieran noticias buenas de él. Aún no comprendían como era posible que alguien desapareciera así como así.
—No, nadie lo ha visto. He preguntado por él en la reserva pero nadie sabe su paradero.
Bella gimió sin poder contenerse y cerró los ojos con fuerza. La culpa la estaba carcomiendo por dentro. No lo iba a resistir por mucho más tiempo.
—No sé qué hacer, mamá —confesó—. Lo intenté, hice todo mi esfuerzo por que no se vaya y de igual forma no me escuchó. ¿Es que acaso no piensa en su familia y el dolor que les está causando?
—Jared es un hombre fuerte y sé que superará todo esto, no te preocupes.
—Cómo quisiera creer en tus palabras, Renée. —Bella se acostó de nuevo en el sofá y cerró sus ojos—. Tu no le viste… estaba tan destrozado.
Lo que no sabía Bella es que Renée si había visto al chico, lo había visto con sus propios ojos. Esa mirada dolida y esa expresión de dolor puro surcando en su rostro hizo, en su momento, que Renée sintiera lástima y pena por Jared. Pero nada podía hacer Renée si Bella ya había tomado su desición y siendo sincera, Renée estaba muy de acuerdo con Bella.
—Sólo dale tiempo, Bella —pidió Renée.
Bella asintió con la cabeza.
—Sí, creo que eso es lo que haré.
El sonido del timbre las sacó a las dos, madre e hija, del letargo lleno de dolor por el cuál estaban pasando. Bella frunció el ceño, no recordaba que si él le dijo o no de que iban a llegar visitas a la casa.
—Renée, tengo que irme. Han tocado el timbre —informó Bella, confusa.
—Oh, está bien. Conversamos mañana. Adiós, hija.
—Adiós Renée. Dale un beso a Charlie de mi parte y dile que pasaremos hoy a verlos, ¿vale?
Renée sonrió a lo grande. Charlie, su marido, iba a estar muy contento con la visita de sus chicos, de ello estaba segura.
— ¡Excelente! Nos vemos en casa, Bella.
—Nos vemos, mamá.
Bella cortó la llamada con un suspiro y se envaró en el sofá. Los músculos de su cuerpo estaban agarrotados y tensos de estar tanto tiempo ahí; tumbados en ese diminuto sofá. A Bella no le importó demasiado este hecho, ese sofá era su favorito por muchas razones desde que llegó a Forks. Sacudió la cabeza y se fue a abrir la puerta de su casa. Es ahí cuando escuchó esa horripilante voz:
—Así que aquí estabas, mi querida Bella.
—James… —murmuró Bella, alzando la vista y su cuerpo se estremeció de miedo.
Fin del sueño…
Mi cuerpo se envara en la cama con brusquedad y abro los ojos como platos. Mis jadeos se escuchan por toda la habitación y mis manos se aferran a mi pecho. Bajo mis dedos puedo sentir claramente los alocados latidos de mi corazón mientras miles de sollozos comienzan apoderarse de mí.
No comprendo qué es lo que me sucede. Un miedo irracional y desconocido me invade el cuerpo de pies a cabeza y me estremezco ante la sensación de asecho. ¿Pero asecho de quién o de qué? No lo sé, pero una extraña sensación de estar vigilada me sobrecoge con la guardia baja. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que estoy en mi habitación, sola y sumida en la oscuridad de la noche.
Me vuelvo a acostar en mi cómoda cama y cierro los ojos con fuerza. Siento como si todo a mí alrededor diera vueltas vertiginosas y el estómago se me retuerce de incomodidad. Mi cuerpo entero tiembla de pies a cabeza e intento calmarme pero no puedo.
¿Qué es mierda es ese sueño que acabo de tener? ¿Qué es lo que significa?
Entonces es cuando una estúpida idea se mete en mi cabeza…. ¿Y si todo eso que acabo de soñar es un… recuerdo? La sola idea de recordar hace que mi corazón lata desbocado contra mi pecho y una esperanza vana me invada el cuerpo. Mi mente funciona automáticamente y rechaza la idea de recordar del mismo modo que lo ha hecho por tanto tiempo; un año exactamente.
Es tanto el tiempo que he rechazado el recordar, es tanto el tiempo en el cuál me he resignado a no recordar que mi mente cree que todo esto es una jugarreta, un vil juego de imágenes que no tiene ningún sentido. Mi mente no cree que todo esto sea un recuerdo y yo también lo creo así. ¿Por qué puedo recordar de un día para otro tan fácilmente si he esperado por tanto tiempo para que esto suceda? ¿Qué es lo que cambió como para que mi mente se abra de esa forma tan… inesperada?
Nada, absolutamente nada ha cambiado como para recordar. Entonces… ¿por qué lo haría?
El recuerdo de Edward entre en mi mente como una automática respuesta a mi pregunta y luego abarcan mi mente los rostros de Jasper, Alice, Emmett y Rosalie. La posibilidad de que ellos sean la causa de todo esto se intercala en mi mente y sé que puede ser posible, pero aún no puedo hacerme a la idea de que sea así. Sacudo la cabeza con incredulidad, ¿de verdad esto es un recuerdo?
El rechazo es instantáneo ante esta idea de la misma forma que es instantánea la esperanza. Mi corazón me pide a gritos en que confíe que esto es un recuerdo, pero mi mente me dice que no, que no puede serlo. ¿A quién creerle entonces? ¿A lo que dicta mi corazón o a lo que me dicta mi mente?
La esperanza comienza a luchar contra las paredes que interpuse en su camino para impedir que me invada el cuerpo. Mis resoluciones se debilitan poco a poco y ese muro que lucha contra la esperanza también se está debilitando. Trato de encontrar una fuerza en mi interior que me ayude a luchar contra la esperanza y que me ayude a reforzar ese muro pero no encuentro nada de mi ayuda. Entonces suelto todo, todas mis riendas llenas de temor y dejo que la esperanza venza en mi lucha interna, abatida.
Suponiendo que lo que tuve fue un recuerdo de esos cinco años de mi vida que olvidé por completo, entonces… ¿Cuándo fue eso? ¿Por qué recordé justamente eso? ¿Qué es lo que significa todo esto para mí?
La cabeza me da vueltas de tanta confusión y tantas preguntas sin respuestas. Ruedo en mi cama y me acurruco contra mi almohada, deseando que de ese modo mi mente se aclare en lo máximo posible para poder pensar bien. Trato de recordar cualquier hecho que pasó en el sueño pero toda imagen se vuelve nebulosa. No puedo ver muy bien a través de ellas, aunque si recuerdo los nombres.
¿Leah? ¿Quién es Leah? Sólo puedo recordar del sueño un par de ojos negros como el carbón y llenos de rencor que me fulminan con la mirada y que provocan que me estremezca. ¿Quién es esa chica y qué es de mí? ¿La novia de mi mejor amigo? Yo no tengo mejor amigo o tal vez lo tuve antes de mi accidente, ¿pero quién puede ser?
¿Billy? ¿El mejor amigo de mi padre? Bueno, de él solo tengo vagos recuerdos que están grabados en mi mente desde que era pequeña, pero no puedo tener a cierta ciencia su rostro completamente en mi mente. No le recuerdo con mucha certeza.
¿Jared? Al pensar en ese nombre mi corazón se sobresalta de dolor y se retuerce en agonía. ¿Quién es Jared? ¿Qué es él para mí? No lo sé, pero una incómoda y dolorosa sensación me sobrecoge cuando pienso su nombre, todo combinado a la perfección con un deje de culpa que me carcome por dentro. Tal vez algo le hice a ese hombre como para sentirme así de culpable.
Y luego, el nombre que me hace estremecer de miedo y que provoca que mis bellos se pongan de punta de solo terror. James…. Ese nombre es como un pozo oscuro que desea arrastrarme con él a su oscuridad, una oscuridad a la cuál mi mente y mi cuerpo rechazan de tal forma que me sorprende. ¿Quién puede ser ese hombre que causa tanto miedo en mí? ¿Qué es lo que me hizo como para que yo reaccione de esa forma con solo su nombre?
El sonido del despertador me sobresalta de forma inesperada y abro mis ojos, sorprendida. Miro el despertador que se encuentra a mi lado y este me avisa que es hora de levantarse para ir al instituto. Una energía renovada acude a mi cuerpo y me levanto con una sonrisa en mi boca, adornando mi rostro. El solo hecho de pensar que tal vez recordé me pone extremadamente feliz.
Tomo mi neceser del suelo y voy al baño para darme una refrescante ducha. Es ahí cuando recuerdo algo…
Duerme bien, preciosa Bella.
Esas palabras susurradas por una aterciopelada voz provocan unas conocidas cosquillas en mi estómago y me estremezco, presa de las sensaciones. Sé muy bien que hoy veré a Edward nuevamente y esa idea me hace sonreír estúpidamente.
Me baño con rapidez y luego me visto con una blusa azul con un poco de escote, unos pantalones negros y mis botas preferidas. Peino mi cabello caoba y veo mi reflejo en el espejo; mis ojos azules brillan llenos de alegría y esperanza. Ya no hay nada que hacer, he vuelto a tener esperanza en recordar aunque no lo hubiera permitido tiempo atrás.
Tomo desayuno normalmente con mis padres y sé que a estos no se le pasan desapercibido mi bien humor el día de hoy, aunque no formulan comentario alguno por ello y eso lo agradezco enormemente. El hecho de que ya me he teñido yo de esperanza por recordar no significa que arrastraré a mis padres en esto; no deseo ilusionarlos sin tener verdaderas pruebas o certezas de que verdad estoy recordando. Solo cuando esté totalmente segura de que puedo recordar les diré a mis padres todo eso, antes no.
Justo cuando mis padres se están yendo a sus trabajos, Renée se acerca a mí y me dice sin ninguna consideración, en voz alta sin importarle el que Charlie nos escuche:
—Por cierto, Bella, muy guapo el chico que vino a dejarte ayer por la noche.
Me atoro con mi taza de café y toso varias veces en un intento de sacar el nudo que tengo en mi garganta. Mi madre se echa a reír y Charlie me sorprende, muchísimo, al sonreírme pícaramente, sin pudor alguno. Me sonrojo y aparto la mirada de sus sonrisas pícaras.
—Y muy educado —sigue Charlie, sonriendo—. Me agradó bastante. Un buen pretendiente, hija.
Gruño entre dientes y lo fulmino con la mirada.
—No es ningún pretendiente —aclaro, sorprendiéndome a mí misma cuando escucho la desilusión en mi voz—. Es solo un amigo que amablemente me trajo a casa y me dejo en mi cama porque me quedé dormida en su… mmm… pues... —Mierda, se me ha olvidado lo de la moto—… transporte.
Gracias a Dios que Charlie no comenta nada sobre el transporte de Edward. Los dos, luego de hacer unos cuantos comentarios pícaros hacia mi persona, se van a trabajar y me desean un buen día en el instituto.
Después de que termino de tomar desayuno, tomo mi chaqueta con mis llaves y salgo de la casa, sonriendo sin motivo alguno. Al parecer mi buen humor no desea desaparecer así como así. Camino con tranquilidad al instituto e ignoro esas miradas tan… pesadas, nada va a arruinar mi buen humor el día de hoy.
El día en el instituto pasa tranquilamente sin ningún hecho digno de mención. Tampoco veo a Jasper o a Emmett ya que ninguna de esas dos materias me toca el día de hoy. Pero es cuando voy al almuerzo, en dirección a la mesa donde están todos, cuando me doy cuenta de algo.
Edward no se encuentra en la mesa con sus amigos, no se le ve por ninguna parte. Alice, quien siempre se ve feliz y sonriente, tiene los ojos llenos de lágrimas y rojos, su expresión rebela dolor y sufrimiento. Jasper está a su lado, con la misma expresión y su rostro lleno de cansancio y dolor. Rosalie y Emmett no se quedan atrás, la rubia esconde su rostro en el pecho de su novio y llora desconsoladamente mientras Emmett se ve por primera vez serio y… herido.
Mi corazón se me remueve incomodo en mi pecho y la preocupación invade mi cuerpo. Miro por todo el casino y espero pacientemente que Edward aparezca por las puertas de doble… pero no nunca aparece.
Bueno, he aquí el capítulo cinco. Espero que les haya gustado.
Bueno, quiero responder algo sobre un Review de CaroZapXD, ella amablemente se ha ofrecido para ayudarme a hacer un EdwardPOV de esta historia ya que necesita saber qué es lo que piensa de él de todo lo que está pasando. Lamentablemente no puedo hacer un EdwardPOV por una sola razón. Lo que sucede es que si hago un EdwardPOV les adelentaría demasiadas cosas de lo que va a suceder en este fic, sería como contarle en qué termina todo esto y eso no puedo hacerlo. Pero prometo que a las que quieran leer un EdwardPOV de esta historia, lo van a leer si o si pero un poco más adelante, lo juro.
Sin más, me despido de todas las amables lectoras que leen este fic. Un beso enorme a todas.
Isabella Pattinson Masen*
