Los personajes de Twilight no me pertenecen, son propiedad de Stephanie Meyer.
Capítulo 6:
Los días pasan con una velocidad vertiginosa, increíble. Ya casi no puedo distinguir cuando es de día y cuando es de noche. No soy consciente de nada, solo de que el tiempo pasa y pasa… y aún no tengo noticias de Edward. Todo es tan incierto, tan inverisímil, que me cuesta creerlo.
Han pasado ya casi dos semanas desde la última vez que vi a Edward, el día de la inauguración de la artista B. C., y cada día me consume más y más la angustia. Es como si necesitara el ver a Edward para asegurarme de que está bien, de que no le sucedió nada. Pero no puedo hacerlo, ya que no sé ni siquiera qué es lo que pasa con él.
Tampoco parece ayudarme el hecho de tener que soportar cada día el bajo ánimo de mis compañeros de mesa. Ya nada es como antes. Emmett MacCarthy ya no sonríe ni hace bromas por doquier. Alice ya no se caracteriza por sonreír, aplaudir entusiasmada y ser tan hiperactiva como antes, sino que se caracteriza por sus sollozos y llantos de todos los días a la hora de comer. Jasper Whitlock ya no me sonríe tan calmado y pacífico como antes, incluso ya casi no me acuerdo de la última vez que lo vi sonreír verdaderamente. Y Rosalie… bueno, ella parece derrumbarse siempre, llorando y aferrándose siempre a su novio.
Yo siempre, todos los días, me quedo ahí, mirándolos a todos sin saber qué hacer. No sé qué es lo que sucede, tampoco sé la razón de la tristeza de todos, de modo que no puedo ayudarlos sin saber qué es lo que realmente pasa con ellos. Además, cada día me convenzo más y más de que todo esto tiene algo que ver con Edward, ya que él hace demasiado tiempo no se ha presentado en el instituto.
¿Y si le ocurrió algo grave y no lo sé? ¿Y si está enfermo? ¿Y si…?
No, ni siquiera puedo pensar en la posibilidad de que él… ya… no… ¡No! No puedo siquiera pensar en algo tan trágico y doloroso como la muerte. No. Tiene que hacer otra solución, tiene que haber una explicación a todo esto. O eso quiero pensar yo. , incluso, a participar con ellos pero me negué rotundamente. No estoy de ánimos como para un gran fin de semana.
Hoy es sábado y estoy sentada en la mesa del comedor, sola. Mis padres se han tomado este fin de semana como un descanso y han decidido ir a pescar. Me invitaron paseo familiar.
Hoy me voy a juntar, por primera vez, con Benjamín, el dueño del apartamento que deseo comprarme. Todos estos días he estado retrasando nuestras citas para negociar sobre el apartamento, porque no estaba de ánimo como para salir o como para soportar una conversación con alguien. Pero ayer decidí que es tiempo de salir de mi casa, ya no puedo retrasar ni un minuto más todo esto. O se hace ahora, que puedo, o no se hace nunca.
Termino de tomar mi desayuno tranquilamente. Cuando termino, lavo los platos sucios y me pongo mi acolchada chaqueta de color azul marino y salgo al frío de Forks. Ya me estoy acostumbrando, poco a poco, al característico frío que envuelve la cuidad de Forks. Es algo inevitable. Camino con tranquilidad por las desoladas calles del pueblo, sintiendo las miradas de la poca gente que se encuentra en el pueblo a estas horas de la mañana. Ya no me molestan sus miradas, incluso estoy ya acostumbrada a ellas.
Paro abruptamente mi caminar cuando me veo ya en frente del pequeño banco de Forks, donde Benjamín y yo hemos quedado para juntarnos. Si bien nunca antes en mi vida he visto a Benjamín, lo puedo reconocer fácilmente ya que él mismo me facilitó una pequeña fotografía de él, vía mensaje de texto, para reconocerlo en el banco. Y asimismo lo veo, parado en frente de las puertas principales del banco. No está solo.
Benjamín es alto, más alto de lo que alguna vez imaginé. Tiene un sedoso cabello negro, bien corto, y una piel bronceada muy bonita, casi cobriza. Sus ojos, que miran ansiosamente a toda la gente de su alrededor, son de un color negro intenso y sus labios son gruesos y de un color carmesí suave. Al lado de Benjamín se encuentra una mujer hermosa. La estatura de esta es un poco baja, le llega a Benjamín a la altura del hombro. Tiene una piel bronceada, al igual que Benjamín, su cabello en negro y largo, atado sabia y hermosamente en una larga coleta de caballo y sus ojos son de un hermoso color café oscuro.
Siguiendo mi instinto, me acerco lentamente a ellos, subiendo uno a uno los pequeños escalones de la escalera principal que se encuentra en frente de la entrada al banco. Inmediatamente, al moverme, capto la atención de Benjamín y su acompañante.
— ¿Bella Swan? —Benjamín me pregunta, sonriendo.
Asiento suavemente con la cabeza.
—Así es.
Llego a su lado y él me regala una hermosa sonrisa amistosa. Le devuelvo la sonrisa educadamente y volteo levemente el rostro para mirar a la acompañante de Benjamín, quién me mira sonriendo también.
—Bella, es un gusto conocerte al fin —murmura Benjamín, regalándome un breve abrazo como saludo. Se lo devuelvo amistosamente—. Me tenía muy intrigado el enigma de cómo sería mi compradora del apartamento.
Me río entre dientes, sacudiendo la cabeza.
—Bueno, ya no soy un enigma —digo, abriendo los brazos en broma—. Aquí me tienes.
Benjamín se echa a reír tan fuertemente, que toda la gente que está a nuestro alrededor se le queda mirando estupefacta. Yo me sonrojo y aparto la mirada de la gente que nos observa.
—Eres un bruto —le reprende suavemente la chica a su lado, sonriéndole y dándole un suave golpe en su antebrazo—. La gente se nos queda mirando por tu culpa.
—Yo no tengo la culpa que la gente sea metiche —replica Benjamín.
La chica se ríe suavemente, con una risa armoniosa y suave, para luego voltearse y mirarme fijamente.
—Hola Bella —me saluda, estirando su mano en busca de la mía—. Mi nombre es Tía, la novia de este bruto que ves acá.
Le sonrío amistosamente y estrecho su mano. Es una chica amistosa, eso se puede definir inmediatamente al solo verla. La sonrisa de ella y su novio es contagiosa, y por lo mismo me veo sonriéndoles a los dos y sintiéndome cómoda con ellos. Cosa que no pasa muy a menudo y menos con gente desconocida, como ellos lo son en estos momentos.
—Entonces, ¿estás segura de esto? —Benjamín me mira fijamente. No sé por qué, pero algo me dice que su mirada no es normal. Tal vez está buscando en mis ojos inseguridad, o arrepentimiento por haber hecho el trato con él. Pero no va a encontrar nada, estoy segura.
—Segurísima.
— ¿Enserio? —inquiere Tía, ansiosa.
—Sí, enserio. ¿Vamos a entrar o qué?
Ellos dos sonríen tan inmensamente, que me siento levemente deslumbrada por sus hermosas sonrisas que muestran sus blancos y perfectos dientes. Como si estuvieran sincronizados, me toman cada uno de los brazos y se encaminan conmigo hacia el banco.
Gracias a Dios, y a que es día de fin de semana, las filas para sacar dinero no son muy largas. Mis acompañantes y yo nos colocamos en una de las filas para sacar dinero. Mientras tanto, me revuelvo un poco en mi lugar y saco del bolsillo de mi pantalón el pequeño papel que Renée me dio antes de irse de pesca con Charlie. Ese papel contiene mi cuenta bancaria, con mi clave y todo lo demás.
No pasan más de veinte minutos y ya estamos en frente de una cajera. La chica tiene un voluminoso cabello rubio, con unos ojos verdes y una sonrisa un tanto forzada en sus labios. Tía a mi lado, al ver su sonrisa forzada, chasquea la lengua graciosamente y la fulmina con la mirada. No puedo evitar sonreír ante esto.
—Buenos días —dice la cajera, sonriendo falsamente—. ¿En qué puedo ayudarles?
—Queremos sacar dinero de una cuenta bancaria —le responde Tía, recalcando lo obvio.
—Y ese dinero depositarlo en otra cuenta, por favor —agrego yo, sonriendo.
La cajera asiente suavemente con la cabeza y desvía su mirada hacia Benjamín. No puedo evitar la risa que sale de mis labios, al ver la mirada soñadora que le dedica la cajera a Benjamín y menos aún al ver la respuesta de mi acompañante ante esto; una mueca de molestia. Tía a mi lado gruñe por lo bajo y se desplaza suavemente al lado de su novio, para luego envolver su brazo con el de él, dejándole en claro a la cajera que Benjamín es suyo.
Al ver este tipo de acción de Tía y también al ver ese brillo, desconocido para mí, en los ojos de Benjamín ante la escena de su novia, me pregunto por unos segundos: ¿Cuándo podré yo actuar de esa manera posesiva con alguien? Un sentimiento desconcertante y desconocido se instala en mi pecho, al instante en que veo a Benjamín rodear con sus brazos la cintura de Tía y susurrarle un "Te amo" en el oído. Desvío la mirada, apenada y acongojada por lo que estoy sintiendo en estos momentos. Ese sentimiento que está incrustado en mi pecho es muy parecido al dolor.
Pero… ¿dolor por qué? No lo sé, ni siquiera sé que por qué estoy sintiendo dolor. En momentos como estos, cuando ni siquiera puedo definir bien mis sentimientos, es cuando me enfado conmigo misma. No comprendo, verdaderamente, mi comportamiento ni tampoco mis sentimientos y emociones. ¿Cómo puede suceder esto? ¿Cómo una persona desconoce sus sentimientos y no es capaz de ponerles un nombre? ¿Por qué me tiene que pasar justamente esto a mí?
Los ojos se me llenan de lágrimas y en un vano intento de controlarme, cierro los ojos e inspiro bruscamente, dejando que el aire llene mis pulmones y me libere de estas emociones tan desconcertantes y abrumadoras que ni yo misma comprendo. Es entonces cuando siento algo distinto a mi alrededor, algo que nunca imaginé poder sentir.
De pronto me veo transportada a otro lugar, un lugar que se encuentra en mi mente y el cual no veo porque tengo los ojos fuertemente cerrados, pero puedo sentirlo, puedo sentir el cambio en el aire. Siento una brisa llegarme al rostro, una brisa con aire salado. Frunzo el ceño, ¿aire salado? Entonces siento que unos brazos, tan ligeros como el aire, me rodean la cintura y una respiración suave y pausada me golpea la nuca, provocando que la piel se me erice y que cada parte de mi cuerpo cobre vida propia. Mi cuerpo se estremece de pies a cabeza y como instinto, como si siempre hiciera esto, toco mis costados en busca de los brazos que me rodean. Solo toco mi cuerpo, nada más.
Con la respiración agitada, el corazón latiéndome a mil por hora y con el cuerpo tembloroso, abro los ojos con brusquedad para volver a la realidad. Estoy en el banco nuevamente, con Benjamín y Tía mirándome preocupadamente mientras que la cajera me mira extrañada. Sacudo la cabeza fieramente, no comprendiendo lo que hace poco segundos me ha ocurrido. Me estoy volviendo loca, en el más literal sentido de la palabra.
—Bella, ¿estás bien?
—Sí, sí —murmuro, asintiendo con la cabeza frenéticamente—. ¿En qué estábamos?
—Deme su número de cuenta bancaria y escriba en esta cajita la clave, por favor —responde la cajera, dándome una pequeña caja electrónica para colocar mi clave.
Aun con las manos temblorosas, tomo la pequeña caja mientras le dicto mi número de cuenta a la cajera. Esta chica escribe rápidamente los datos en su computadora, luego me pide mi carnet de identidad, el cuál se lo paso sin ningún problema, y vuelve a inscribir mis datos en su computadora mientras yo escribo mi clave.
Luego de unos minutos, la cajera me dice:
—Bueno, señorita Swan, ¿desea que le entregue un comprobante de su dinero en la cuenta? Así podrá verificar si todo su dinero se encuentra dentro de la cuenta.
Me muerdo el labio inferior, nerviosa. No sé por qué, pero de pronto unos nervios enormes comienzan a apoderarse de mi cuerpo. Sé que es irracional, lo sé, pero el mero hecho de saber que por fin voy a obtener un dato de mi vida pasada, de esos cinco años que olvidé completamente, me pone nerviosa. Miro a Benjamín y a su novia por unos instantes, sin saber qué hacer. Benjamín al verme tan afligida, asiente suavemente con la cabeza en mi dirección y coloca una mano en mi hombro, tratando de calmarme.
—Si —murmuro en un hilo de voz—, quiero un comprobante de mi cuenta, por favor.
Luego de asentir con la cabeza, la chica toma un pequeño papel alargado que ha sacado de la impresora y lo mira por unos breves segundos. Es ahí cuando su respiración se acelera notablemente, alza la vista y se me queda mirando con los ojos abiertos como platos y jadeando.
— ¿Qué? ¿Qué sucede? —Me inquieto.
La chica no me responde, solo se me queda mirando estupefacta. Parece que no puede reaccionar.
Temerosa de lo que la chica allá visto, sin tomar control verdaderamente de mis actos, le arrebato bruscamente el papel de las manos a la cajera e impaciente comienzo a leer lo que el papel contiene. De principio no leo nada de suma importancia o fuera de lo común, pero cuando mis ojos se topan con el monto de dinero que se supone que tiene mi cuenta bancaria, no puedo evitar el jadeo que sale de mis labios. Mis ojos se abren más de la cuenta y mis manos comienzan a temblar levemente.
Tía a mi lado se impacienta y me arrebata el papel alargado de mis manos bruscamente, de la misma manera que yo se le he arrebatado a la cajera. La miro, sin poder creer verdaderamente lo que ese papel contiene y deseosa de que Tía me diga que no es cierto, que lo que acabo de leer fue un error mío. Pero lo que deseo no se cumple, ya que Tía jadea audiblemente y se tapa su boca con una de sus manos.
Benjamín suelta un bufido, totalmente impaciente y desconcertado. Tía en ese momento parece reaccionar, ya que parpadea rápidamente y le extiende el papel alargado a su novio. Este demora unos cuantos minutos en leer el papel, y cuando termina, solo se me queda mirando asombrado.
Le arrebato nuevamente el papel de las manos, al mismo tiempo que escucho como Tía parece al fin reaccionar y pega un gritito ahogado. Miro nuevamente el papel alargado que tengo entre mis manos. Esto es imposible, insólito.
— ¡Dios mío, Bella! ¡Eres millonaria! —exclama Tía.
Benjamín me sigue mirando asombrado, pero, gracias a Dios, no hace ningún comentario. Verdaderamente agradezco el silencio de Benjamín porque sé que si él me llegase a preguntar algo, yo no soy capaz de contestarle. Me encuentro en una especie de trance, en un shock en el cuál me cuesta salir. Bastante.
Yo solo me quedo allí, parada como una estúpida y mirando incrédulamente el papel alargado que tengo entre mis manos. Y es ahí cuando las dudas y los miedos comienzan a apoderarse de mí, poco a poco. Las manos las siento húmedas, sudadas. El corazón comienza a latirme rápidamente, alocado, desbocado y no puedo hacer nada para detenerlo. Mi cuerpo parece desvanecerse de un momento a otro y tengo que sostenerme precipitadamente del mostrador para poder mantenerme en pie.
¿Verdaderamente trabajaba en una tienda para montañeses? ¿Y si trabajaba en otra cosa? ¿Y si andaba en algo malo? ¿Y si estaba involucrada en algo turbio?
El mero pensamiento de que, tal vez, en esos cinco años de mi vida que olvidé, anduve en algo turbio hace que mi cuerpo entero se estremezca de pies a cabeza. No. No puede ser que yo anduviera en algo turbio, eso es imposible. Sacudo la cabeza con rudeza ante mis tontos e ilógicos pensamientos. Pero… ¿y si es verdad? ¿Qué voy hacer?
Me siento muy abrumada, desconcertada. No sé qué hacer, qué pensar. Mi cabeza da tantas vueltas sobre el mismo tema, que comienzo a sentirme repentinamente mareada. Como acto reflejo a mi mareo, me tomo la cabeza fuertemente entre mis manos en un vano intento de parar el mareo.
Entonces es ahí cuando siento una desagradablemente conocida punzada en mis sienes, como un estallido interior que se encuentra en mi cabeza. No, no, no. No de nuevo. No esas malditas jaquecas que solo empeoran mi condición física. ¡Por favor, no! Pero, a pesar de mis ruegos mentales, las sienes poco a poco me pitean dentro de la cabeza y un dolor inmenso comienza a apoderarse de mí. Gimo sin poder evitarlo, son tan fuertes las punzadas que me dan, que no puedo contener mis quejas de dolor. Estas jaquecas que estoy sintiendo ahora, es la peor que he tenido en años. La peor.
— ¿Bella? —En la lejanía escucho una suave voz llamarme, pero lo escucho desde muy lejos—. ¿Bella, estás bien?
No soy capaz de responder, ya que al momento de que entreabro mis labios para contestar, una molesta y dolorosa punzada ataca de cabeza… nuevamente. Suelto un débil quejido y me concentro en mantener mi cabeza quieta, estática, ya que al leve movimiento que realice con ella, me duele y demasiado.
—Creo que no está bien. Hay que llevarla a su casa —dice una lejana voz femenina.
Inmediatamente siento unas amables manos rodeándome y apartándome del recibidor de la caja. Como puedo, abro los ojos lentamente y volteo, en un movimiento muy calculado y leve, mi cabeza para mirar a Benjamín.
—No —digo, en un débil susurro que solo son capaces de escuchar los que están a mi alrededor—. No nos vayamos aún. Quiero terminar con esto de una buena vez.
—Pero… Bella, podemos hacerlo otro día. No hay ninguna necesidad de hacerlo hoy, podemos venir la próxima semana y…
—No —le interrumpo lo más firmemente que puedo.
Benjamín y Tía suspiran resignados y se voltean a la cajera, quién nos mira atentamente.
—Deposite algo de ese dinero a esta cuenta, por favor —le dice Benjamín, extendiéndole una pequeña nota. La cajera asiente suavemente con la cabeza, pero a pesar de ello, me mira fijamente, buscando mi aprobación. Asiento levemente con la cabeza en su dirección.
— ¿Cuánto dinero?
—Esto —responde Tía y le entrega un pequeño papel cuadrado.
Luego de unos cuantos minutos, la cajera nos avisa que la transacción ya está hecha y que todo está en orden. Nos hace firmar a mi y a Benjamín un pequeño papel fiscal de transacción y luego nos deja ir libremente. Ya todo está listo. Ya no hay vuelta atrás.
Tía se ofrece para dejarme en casa caminando ya que no está muy segura de dejarme ir en tan mal estado, y Benjamín está de acuerdo con aquello. Yo acepto a regañadientes, ya que aunque no quiero estorbar ni ser aprovechada, mi cuerpo parece estar en desacuerdo conmigo y no puedo moverse siquiera sin que una maldita punzada ataque mi cabeza. Es frustrante, de verdad. Así que haciendo uso de todo mi esfuerzo y fuerza mental, comienzo a caminar a mi casa, con Benjamín y Tía al lado mío, atentos a cada paso y movimiento que doy. Sonrío imperceptiblemente.
Mientras caminamos, vamos conversando temas triviales entre nosotros, conociéndonos poco a poco. Al ya conversar con ellos bastante tiempo, me puedo dar cuenta de cuán parecidas son sus personalidades. Los dos son personas extremadamente alegres, felices y dichosos de la vida, agradecidos de cada momento que Dios, o quién sea que este allá arriba, les da cada día. Los dos son de carácter demostrativo, de esas personas que son capaces de hacerte sentir bien con una sola sonrisa sincera en todo el día, de esas personas que, a pesar de no ser tan demostrativos verbalmente, te dan un abrazo y todo queda arreglado. Los dos son iguales en carácter, hechos el uno para el otro.
Benjamín es el tipo de hombre que lo da todo por sus seres queridos y amigos, hasta su vida. Él es una de esas personas que anteponen todo antes que é. Para él primero está su familia, su novia o sus amigos y luego viene él. Así es él y debo reconocer que me gusta su actitud. Pero Benjamín también es muy perceptivo, como yo, y puede ver claramente cuando una persona esta triste, feliz o disgustado, incomodado. Por ello, Benjamín es considerado uno de los mejores amigos del mundo, ya que con solo observarte a simple vista, él sabe lo que te sucede o sientes y te ayuda amablemente a controlarte.
Tía también es así, como Benjamín. Ella también cree que su familia, novio y amigos están antes que ella y sé que ella sería capaz de sacrificar su vida por un amigo si fuese necesario. Eso lo puedo ver en sus ojos, tan profundos como el mar, donde se puede claramente el brillo de la fidelidad y devoción.
Es por todo esto, que, a pesar de conocerlos hace solo unas cuantas horas, me siento segura con ellos dos a mi lado. Ellos dos poseen una especie de magnetismo que te llama, que tira de ti y es casi imposible el no quererlos, el no confiar en ellos. Es solo cosa de ver, de observar sus ojos y darte cuenta de que en ellos no hay más que sinceridad y pureza, algo que no todas las personas de este mundo lo tienen.
—Bella —me llama Tía, sacándome abruptamente de mis pensamientos.
— ¿Eh? —respondo bobamente, provocando las risas de mis acompañantes.
—Llegamos a tu casa —me informa un divertido Benjamín, sonriendo.
Me volteo suavemente para mirar por sombre mi hombro, y efectivamente estamos en frente de mi casa. Frunzo el ceño, ¿tan rápido llegamos? ¿Enserio? Sacudo la cabeza, estaba tan distraída mientras caminábamos que no medí el tiempo. Nunca lo hago.
—Espera un segundo… —murmuro distraída, luego frunzo más aún el ceño—. ¿Cómo sabes que es aquí mi casa?
Sorprendiéndome, Tía y Benjamín se echan a reír abruptamente. Yo los miro con la intriga en mis ojos. No sé qué es lo que encuentran gracioso en todo esto. De verdad.
—Pueblo chico, infierno grande, Bella —masculla Tía, riéndose entre dientes.
— ¿Cómo?
Benjamín suspira y se acerca a mí para pasar un brazo por sobre mis hombros, en ademán simpático y amigable.
—En este pueblo se sabe todo, Bella. Incluso donde vive el comisario del pueblo y su familia.
—Oh.
Luego de eso me despido amablemente de ellos, agradeciéndoles el maravilloso gesto que tuvieron conmigo en dejarme a casa al ver que me sentía mal. No toda la gente es tan amable como ellos, de ello estoy segura.
Tía, al despedirme de ella, me hace prometerle que nos veremos pronto y que no perdamos contacto. Encanta se lo prometo, ya que sería de gran ayuda para mí tener amigos como ellos, tan buenos y alegres de la vida, que te hacen olvidar cada detalle malo de tu propia vida para hacerte disfrutar de una tarde. Además, debo reconocer que me encanta la idea de ser amiga de ellos, sería todo un privilegio poder serlo. Benjamín también se despide de mí, y se compromete febrilmente a ayudarme con la mudanza para el día en que me cambie al departamento. Se lo agradezco verdaderamente.
Después de que Benjamín y su novia se fueran, me doy media vuelta sobre mis talones y entro en mi casa con un suspiro de cansancio. Subo las escaleras de dos en dos, agotada y deseando con fiereza una buena ducha tibia que quite todo el cansancio de mi cuerpo. Pero, antes que todo, voy en busca de mis pastillas para las jaquecas, que milagrosamente hace días no tomaba, y saco un par de pastillas para tomarlas con un vaso de agua.
Me doy una refrescante y necesaria ducha con agua tibia, que ayuda de inmediato a relajar los músculos de mi cuerpo y se lleva con ella todo el cansancio y la pesadez. Salgo del cuarto de baño, me cambio de ropa por una más cómoda y luego me dejo caer en la cama con un sonoro suspiro.
En mi cabeza comienzan a asomarse todas las cosas que he pasado hoy, todo lo que hoy descubrí en el banco. Pero desecho rápidamente la oportunidad de ponerme a pensar en ellos, ya que sé que si lo hago, me vendrá un dolor horrible de cabeza y no podré descansar. Además, como siempre he dicho en mi vida, las cosas suceden por algo, y si el destino quería mostrarme aquello del banco, es porque algo me quiere decir. Algo que aún no puedo descifrar.
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La campana resuena por todo el instituto, anunciando la hora de almuerzo. Suspiro y me levanto de mi asiento, tomando mi mochila en el camino. Tranquilamente, sin apuros, me deslizo por el pasillo hacia la cafetería, donde todos están conversando y disfrutando de su almuerzo. Ciertamente, no tengo deseos de sentarme en aquella mesa nuevamente y enfrentar aquellos rostros decaídos y tristes. Pero, a pesar de mis deseos, tengo que hacerlo.
Camino sin mucho ánimo hacia la mesa donde están ellos. Siguen de la misma forma que han estado desde hace días. Con sus expresiones carentes de emoción alguna, con sus ojos brillando llenos de tristeza, con sus labios torcidos en una mueca de dolor e ignorando a todo aquel que pase por su lado. Sacudo la cabeza con tristeza y resignación, deseando que está triste escena cambie alguna vez, Sin embargo, sé que ni cambiará hasta que se resuelva lo que sea por lo que ellos están sufriendo de esta manera.
Se me hace un nudo en la garganta al verlos así y trato, inútilmente, se deshacerlo tragando fuertemente. Como puedo, deslizo mi cuerpo hacia la silla que se encuentra al lado del señor Whitlock, o Jasper como me ha pedido que lo llame cuando estamos fuera del instituto. Por alguna extraña razón, a pesar de su actual estado de agonía y sufrimiento, me siento raramente segura a su lado y tranquila, en paz. Me dejo derrumbar en la silla con un sonoro suspiro de cansancio.
Los minutos pasan y nadie parece moverse en esta mesa. Estamos todos petrificados, mirando a la nada y consumiéndonos en nuestro dolor y desdicha. Todos a nuestro alrededor conversan animadamente unos con otros, comen, ríen, juegan y nosotros parecemos estatuas sin sentimientos a su lado. Nadie se mueve, nadie parpadea siquiera.
—Debes comer, Bella.
Parpadeo rápidamente, sorprendida y extasiada al escuchar esa voz luego de tantos días de silencio. Me volteo lentamente para mirarlo. El señor Whitlock me mira fijamente, reprendiéndome con la mirada y dedicándole una mueca de fastidio a mis manos vacías, sin alimento alguno.
—No tengo hambre —replico en un suave susurro.
Él forma una mueca con sus labios y yo reprimo las ganas de sonreír en dicha. ¡Está volviendo! ¡Está hablándome al fin! Entonces, por el rabillo del ojo puedo ver como Alice y Rosalie, que están sentadas juntas, parpadean rápidamente y dirigen su mirada hacia mí. Me embargan los deseos de saltar de alegría al ver que, luego de tantos días, están volviendo a la normalidad poco a poco.
Alice abre la boca para replicar ante mis palabra, pero entonces su móvil sonando la interrumpe. Ella frunce el ceño y baja la mirada a su móvil que está entre sus manos por encima de la mesa. Por mientras, el señor MacCarthy acerca su silla suavemente a la mía y pasa un brazo por mis hombros. Suspiro contenta. Están volviendo a la normalidad.
— ¿Aló? —responde Alice al teléfono—. ¡Oh, Dios, que alegría escucharte al fin! ¿Cómo estás? ¿Qué tal ella? ¿Está bien? ¿No era nada grave? ¿La tienes…?... Está bien… Sí, tienes razón, pero…—Entonces Alice pega un gritito ahogado y sus ojos se llenan de lágrimas. El brazo del señor MacCarthy alrededor de mis hombros se tensa y puedo ver claramente como todos en la mesa dirigen la mirada hacia Alice—. ¡Oh, por Dios! ¡Lo sabía! Sabía que ese malnacido estaba fuera… Edward, por favor cuídate y cuídala a ella, ¿sí? Está bien, nos vemos. Adiós.
Mi cuerpo entera se tensa de pies a cabeza cuando escucho en nombre de él salir de los labios de Alice. La miro con esperanza, añorando que ella me diga el porqué de su desaparición, qué es lo que sucede. Pero Alice solo se me queda mirando a los ojos sin ninguna expresión. Es entonces cuando parece no soportarlo más y estalla en llantos y sollozos, derrumbándose en frente de mí. Su novio va inmediatamente a su ayuda.
Mis ojos se me llenan de lágrimas y mis dientes rechinan. ¿Por qué si saben que estoy preocupada por él no me dicen lo que sucede? ¿Por qué si saben que he estado preocupada por él no me dejaron hablarle? ¿Qué es lo que esconden? ¿Por qué no me lo dicen?
Me paro bruscamente de mi asiento, provocando que el brazo del señor MacCarthy cayera a su costado. Aunque él no me mira a mí, está mirando fijamente la ventana con la mirada pérdida y el dolor surcando en su rostro. Sacudo la cabeza con fiereza y doy media vuelta sobre mis talones, dispuesta a salir de la cafetería.
—Bella, por favor —me ruega Alice entre sollozos.
Volteo el rostro y la veo tirada en el suelo, llorando desconsoladamente y rodeada de los brazos de su novio. Niego suavemente con la cabeza ante tal visión agonizante y un nudo se me forma en la garganta, mientras que mi corazón se contrae de dolor contra mi pecho. Jadeo ante el dolor que siento en mi pecho, es insoportable, devastador.
—No, Alice —murmuro con la voz rota—. Yo sobro aquí y lo sabes.
Y entonces huyo corriendo de la cafetería, sin importarme nada. El dolor, a medida que me alejo de ellos, se hace cada vez más grande y me es imposible callar los sollozos y lamentos que salen de mis labios mientras corro lo más rápido que puedo. Una vez que me veo fuera del instituto, y lo bastante lejos de ellos, me derrumbo contra un pequeño árbol que está situado a mi lado y lloro con desconsuelo, escociéndome el alma.
Ni siquiera yo comprendo mi actuar, ni siquiera yo comprendo el por qué me duele tanto esto. Me siento traicionada, defraudada y ni siquiera sé de qué. Repentinamente un sentimiento de vacío comienza a recorrerme el cuerpo con lentitud, todo el cuerpo, poro por poro, extremidad por extremidad. No se siente bien, me siento como si me estuvieran ahogando en un mar lleno de dolor y agonía. Me estremezco y sacudo mi cuerpo bruscamente, en un vano intento de sacar esa sensación de vacío de mi cuerpo. Aunque esta no sale.
¿Por qué de repente me siento vacía, como si algo de vital importancia me faltara? ¿Por qué mis manos pican y se alzan solas, buscando algo que ni siquiera yo sé? ¿Por qué me siento mal, como si estuviera defraudando o fallándole a alguien? ¡No lo sé! Solo lo siento, abriéndose paso en mí y quemándome por dentro, muy lentamente.
No sé cuantos minutos han pasado exactamente, pero sigo llorando al lado del árbol. Mi corazón late desbocado y cada latido me duele, en lo más hondo de mi pecho. Pero sé que no puedo seguir así, no después de haberme prometido a mí misma de no sufrir tanto, de cambiar mi vida. Me paro como puedo del suelo, seco mis lágrimas con el dorso de la mano y e inspiro violentamente por unos momentos, tratando de tranquilizarme y tranquilizar mi respiración. Aunque me cuesta bastante, lo logro.
Ahora no sé qué hacer. Ciertamente no quiero estar aquí, volver al instituto y tener que soportar las miradas de todos nuevamente, en especial las de Alice y los demás. Sin embargo, tampoco quiero volver a casa para encerrarme y dejarme embargar por mi desdicha y tristeza, eso no me ayuda en lo absoluto. Entonces, decido ir a dar un paseo, tal vez por la pequeña plaza de Forks o algún parque. Lo que sea. Solo necesito distraerme un poco luego de tanto sufrimiento.
Limpio un poco mis prendas sucias por el barro y camino lentamente a través de las calles, siendo poco consciente de lo que sucede a mí alrededor. Incluso me podrían atropellar y yo ni cuenta me daría, de eso seguro. Mi cabeza está tan aturdida, tan abrumada, que da vueltas y vueltas. Trato de sacar los miles de pensamientos que rondan en mi cabeza, trato de echarlos fuera de mi mente, pero no puedo. También trato de quitar de mi cuerpo esa sensación de vacío que me embarga, pero es en vano.
Con la mirada gacha, sumida en mis pensamientos y dolor, camino tranquilamente por un pequeño parque de Forks. Se puede ver con claridad las miles de familias que están aquí, disfrutando del día con sus hijos. Los niños revolotean de acá para allá, jugando, riendo, gritando y disfrutando de sus juegos, mientras que sus padres los miran y ríen de sus travesuras. Yo solo soy capaz de seguir mi camino, no me siento lo suficientemente feliz para observar a estas familias dichosas. Me siento extrañamente vacía, y más aún al ver esto.
Es entonces, cuando choco con un cuerpo. El impacto contra este cuerpo me quita el aliento, no puedo evitar soltar un jadeo cuando siento el impacto contra mi cuerpo. Unos fuertes brazos me rodean la cintura, evitando así que me caiga de bruces al suelo. Me afirmo como puedo de esos brazos y trato de enderezarme, cuando lo hago, alzo mi vista y jadeo al encontrar algo que he buscado en casi dos semanas.
Ahí, en frente de mí, están esos ojos verde esmeralda que quitan el aliento. Esos ojos que me miran expectantes, escaneando mi rostro con impaciencia. Yo sonrío, por primera vez en casi dos semanas, sonrío verdaderamente. Mi corazón se desboca y late apresurado contra mi pecho, mi respiración se vuelve errática y mis mejillas se tiñen al rojo vivo. Me siento viva, me siento bien, extremadamente bien, me siento casi completa nuevamente. Pero… ¿casi? ¿Qué es lo que me faltaba?
— ¿Bella? —Terciopelo, ese terciopelo de su voz envuelve mis sentidos y me los nubla —. ¿Estás bien?
Asiento como puedo con la cabeza, abrumada ante el sonido de su voz. ¡Dios, como había extrañado sentirme abrumada por él!
— ¿Segura? —Vuelve a preguntar, no muy convencido ante mi tonto asentimiento.
—Sí, estoy bien.
Poco a poco me suelta y me embarga un estremecimiento de desagrado al sentirme privada de sus brazos. Sacudo la cabeza ante mis propios, no comprendiéndolos.
Edward me mira tan intensamente que me pone nerviosa. Sus ojos parecen perforarme, adentrarse en mi alma y en mis más oscuros secretos. Yo solo soy capaz de quedarme allí, devolviéndole la mirada lo más intensamente que puedo, sin musitar ni media palabra. Entonces el rompe en una sonrisa de júbilo que me roba el aliento. Se le ve feliz, contento.
—Me alegra demasiado el verte —murmura para luego acercarse y darme un abrazo. Mi corazón se enloquece en ese momento y mis mejillas parecen un par de tomates de tan rojas que están.
Sus brazos se envuelven alrededor de mi cintura mientras acerca su cuerpo al mío. Se inclina lo bastante para esconder su bello rostro en mi cuello y espirar el aroma de mi cabello con una suave inhalación. No sé cómo reaccionar en estos momentos, pero al parecer mi cuerpo si sabe ya que mis brazos se alzan por si solos y envuelven con desenvoltura la cintura de Edward. Esto se siente tan bien, tan… natural.
—Ven —dice Edward, apartándose de mi abrazo con suavidad y tomándome de la mano—. Vamos a conversar en un lugar tranquilo. ¿Te parece?
Solo asiento con la cabeza. Edward me aprieta la mano suavemente y comienza a caminar conmigo detrás de él, los dos tomados de la mano.
Miro nuestras manos unidas mientras avanzamos, incrédula. Hace menos de dos horas estaba llorando en un árbol, preocupada por este hermoso hombre que me lleva de la mano en estos momentos, preocupada por su tan abrupta desaparición. Parecía que a este hombre tan hermoso se lo había tragado la tierra, nadie sabía de él ni donde estaba. Pero está aquí, a mi lado y tomando mi mano entre la suya. Sacudo la cabeza con incredulidad.
Edward y yo nos sentamos en una pequeña banca en el parque, donde justamente tenemos al frente los juegos de entretención para niños. Edward echa una mirada preocupada hacia los juegos y comienza a buscar algo, yo lo miro con el ceño fruncido. Entonces, cuando Edward encuentra lo que encuentra, sonríe tan inmensamente que mi corazón pega un salto de emoción bajo mi pecho.
—Ahora si podemos hablar —masculla Edward, volteándose para mirarme con esa sonrisa alegre en sus labios y con sus ojos brillando particularmente.
Asiento nuevamente. Por alguna extraña razón, la relación de confianza que tuvimos Edward y yo en la galería de las pinturas de B. C, ha desaparecido por completo. No estoy diciendo que me siento incómoda a su lado, no, pero si no siento esa relajación que sentí ese día. Tal vez deba relajarme un poco más.
Inspiro un poco y cierro mis ojos, preparándome mentalmente para preguntarle aquello que tanto le he querido preguntar en estos días.
— ¿Por qué? —pregunto con mi débil voz.
No es necesario aclararle a que me refiero, él lo sabe inmediatamente. Lo escucho suspirar con resignación y puedo imaginármelo pasándose las manos por sus cabellos, nervioso. Entonces se escucha un breve movimiento y alguien grita:
— ¡Buu!
Al escuchar la musical voz, parecida al sonido de una campana, mi corazón da un salto dentro de mi pecho. La voz de aquella persona es tan bonita, tan aterciopelada, que al escucharla me veo trasladada a una pequeña parte del paraíso mismo. Esa es la voz de un ángel que ha caído del cielo, de ello estoy segura.
Abro los ojos lentamente, temerosa de abrirlos y que aquel ángel se vaya. Pero lo que me encuentro no es lo que estoy esperando. Edward está en frente de mí, sonriendo como nunca antes lo había visto sonreír y con un brillo único en sus ojos. Entonces bajo la vista y me encuentro con un hermosísimo ángel caído del cielo, que está sentado en el regazo de Edward.
Es una hermosa niña, la niña más hermosa que he visto en mi vida. Tiene unos hermosos cabellos color bronce, iguales a los de Edward, formado por pequeños tiburoncitos que le caen por sobre los hombros. Su piel es blanca, muy blanca, aunque sus mejillas hay un poco de color rosa. Su cuerpecito de niña esta enfundado en un hermoso vestido azul, con pequeños vuelitos en la parte de la falda. Sus ojos son de una hermosa combinación entre azul y verde, con azul en el centro y verde en los bordes. Su nariz es pequeña u respingada, sus labios son un poco rellenos y de un hermoso color carmesí. Su cabello está amarrado hermosamente en un cola de caballo y de su cuello cuelga un hermoso collar con forma ovalada.
— ¡Hey, me asustaste! —La voz de Edward me saca de mi ensimismamiento con la niña.
Lo miro y está sonriendo a lo grande, mientras que sus brazos se cierran protectoramente alrededor de la cintura de la niña y la alza un poco, haciéndola reír. El sonido de su risa se parce al sonido de las campanas.
—Esa era la idea —murmura la niña, riendo.
Entonces ese hermoso ángel se voltea en mi dirección y me ve. Sus ojitos se abren como platos al verme y de sus pequeños labios sale un jadeo. Edward la mira preocupado y con el ceño fruncido, mientras yo solo soy capaz de absorber con mis ojos la belleza inigualable de la niña.
—Oh —exclama ella, jadeando—. ¿Quién es ella?
Sonrío en su dirección, tratando de tranquilizarla un poco. Tal vez está asustada con mi presencia. Tal vez no le agraden los desconocidos.
—Angelito —le dice Edward, sonriendo—, ella es una amiga mía. —Luego Edward se voltea hacía mí, con la duda en brillando en sus ojos—. Bella ella es mi…
—Hermana —se le adelanta ella, sonriendo. La niña estira su mano en busca de la mía, aún en el regazo de Edward—. Hola, mi nombre es Melanie Masen, pero me dicen Lannie. ¿Cómo se llama?
Le sonrío a la niña de cabellos cobrizos, tan iguales a los de Edward. Miro sus ojos azules, bordeados con un poco de verde, y sonrío aún más.
—Yo soy Bella Swan —murmuro y estrecho su pequeña manita.
Melanie me devuelve la sonrisa y me aprieta suavemente la mano. Edward nos observa a las dos sonriendo, parece que nadie le puede quitar esa boba sonrisa que tiene plantada en la cara. Melanie lo ve y se echa a reír, para luego darle un sonoro beso en la mejilla, provocando que yo sonriese a la par con Edward.
— ¿Cómo se conocieron? —le pregunta Melanie a Edward.
—Ella va al instituto donde yo trabajo, angelito —le responde Edward.
El entrecejo de la niña se frunce un poco. Se voltea, mordiéndose el labio inferior, y me inspecciona con la mirada. Aunque suene extraño, no me siento incómoda ante su inspeccionamiento, al contrario.
—No parece de la edad de las personas que van allí —dice ella finalmente.
Edward y yo nos miramos, sorprendidos ante la inteligencia de la niña. Los dos no podemos evitar reírnos luego de esto.
—Es porque no es de su edad —replica Edward, sonriéndome.
—Digamos que tuve un pequeño inconveniente y por ello tuve que realizar nuevamente el instituto —le informo a Melanie. Por primera vez, luego de dos largos años, no me siento incómoda hablando sobre mi accidente. Esto me sorprende demasiado.
Melanie asiente con la cabeza ante mis palabras. Me sonríe amablemente.
— ¿Cuántos años tiene?
—Veinticuatro, ¿y tú? —le contesto.
—Cinco, a punto de cumplir los seis.
—Eres una vieja —bromea Edward con ella, riendo.
La niña en respuesta le hace un tierno mohín y los ojos de Edward se llenan de ternura.
— ¿Quién es más viejo? ¿Yo que tengo cinco años o usted que tiene veintiséis? —le sigue el juego Melanie.
Edward chasquea la lengua graciosamente, haciéndonos reír a Melanie y a mí. Él le pone un tierno puchero a ella y ella se ríe alegremente, para luego tomar el rostro de él entre sus manitas y besarle ambas mejillas, haciendo que Edward sonriera como bobo.
—Está bien, yo soy la vieja —dice Melanie entre risitas.
Edward y yo nos reímos con ella. En genial ver que de nuevo empiezo a sentirme bien, ya no siento esas sensaciones tan abrumadoras y malas en mi organismo. Me siento bien.
Edward se voltea hacia mí y me sonríe. Mi corazón pega un salto.
—Bella, ¿nos acompañarías a tomar un helado a Mel y a mí?
—Yo…
Melanie al ver mi vacilación, forma con sus pequeños labios un tierno puchero que me derrite por completo. Juro que esa niña era un peligro para la sociedad. Ella y sus pucheros tiernos que te derriten sin poder evitarlo.
—Claro. Los acompaño —digo, resignada.
Bueno he aquí el sexto capítulo. Espero que les haya gustado. Quiero agradecer a Matias Cazador, Demetria Devonne, MartinaVulturi, Coni123, Roseliliam, Tiacullenblack, Lucywolfvamppor leer esta historia y por dejar un Review. Gracias de verdad. Y quiero agradecer especialmente a Yoli y Vaney quienes son mis fieles lectoras que me han seguido siempre, que siempre han estado con este fic, ellas son las fieles lectoras que siguen el fic en Facebook y que ahora lo siguen aquí. ¡Las adoro! También agradezco a las personas que leen este fic sin dejar comentarios y a quienes le han puesto favorito, alerta y todo lo demás. Un beso a todos y espero que me dejen un Review para saber que les parece el capi, ¿vale?
Isa Pattinson Masen.
