Los personajes de Twilight no me pertenecen, son propiedad de Stephenie Meyer.


Capítulo 7:

Al terminar de hablar, Melanie pega un gritito emocionado y salta a mis brazos, riendo y pegando leves saltitos que sacuden su pequeño cuerpecito. No sé qué sucede en este momento, pero al sentir el pequeño cuerpo de Melanie entre mis brazos, siento como una chispa correr desde la punta de los dedos de mis pies, hasta la cabeza. Mis brazos, actuando por instinto propio que desconozco potencialmente, se alzan solos y rodean a Melanie con una naturalidad desconocida que me sorprende inevitablemente. Mi corazón sufre un pequeño apretón que me deja sin aliento y, sorprendentemente, los ojos me pican.

— ¡Gracias! —El gritito de Melanie me hace reaccionar inmediatamente.

Sacudo la cabeza en un intento de sacar de mi cuerpo todas esas emociones desconcertantes y abrumadoras que me embargan en estos momentos. Alzo la vista y le sonrío como puedo a la niña que se encuentra entre mis brazos, haciendo caso omiso a mi alocado corazón que palpita con fuerza contra mi pecho. Verdaderamente, no estoy comprendiendo las reacciones de mi cuerpo y menos aún mis propias emociones y sensaciones.

—No tienes nada que agradecer, linda —le contesto.

Las mejillas de Melanie se tiñen de un rojo vivo y agacha la mirada, avergonzada. Este gesto se me hace tan tierno y hermoso, que mi corazón da un vuelvo dentro de mi pecho. Edward, que está a nuestro lado, al ver el sonrojo de su hermana, suelta una enorme carcajada ganándose una mirada fulminante de la niña.

—No se ría —le dice ella enfurruñada.

Edward le sonríe y se inclina para dejarle un suave beso en la mejilla de ella, haciéndola sonreír.

—Y, ¿hacia dónde vamos ahora? —pregunto.

—A tomar un helado —responde Edward, riendo.

Coloco los ojos en blanco y finjo soltar un sonoro suspiro exasperante, provocando que Melanie se ría a mi lado. Su suave risita de niña me hace sonreír inevitablemente.

—Eso lo sé, bobo —musito exasperada—. Lo que quería decir es que a qué heladería iremos ahora.

— ¡A Happyland! —Grita Melanie entusiasmada, pegando saltitos a mi lado y aplaudiendo con sus manitas. Al verla así, tengo la leve impresión de que su actitud me recuerda a alguien, pero no puedo asegurar a ciencia cierta a quién me recuerda.

— ¿Happyland? —No puedo evitar preguntar, ya que el nombre no se me hace conocido.

Edward se voltea para mirarme fijamente y me sonríe.

—Una heladería que es propiedad de Alice.

— ¿Alice es dueña de una heladería?

—Sí —responde Edward, mirándome divertido ante mi estupefacción—. La compró cuando Mel cumplió tres años de edad y le pidió un helado de fresas. —Bufa por lo bajo y coloca los ojos en blanco—. Ya sabes, conoces a Alice. Es exagerada en todo y cuando Mel le pidió un helado, ella no queriendo comprarle un solo helado a su sobrina preferida y única, no encontró nada mejor comprar toda una heladería sin importarle el que yo la riñera por más de dos semanas por ser una exagerada y por mimar demasiado a Melanie.

Arqueo una ceja en dirección a Melanie, totalmente impresionada. Si antes tenía la leve impresión de que la niña que está a mi lado era bastante regalona de su familia, ahora estoy lo suficientemente segura de aquello. Y no puede haber mejor ejemplo del que me ha dado Edward en estos momentos.

¿Cómo alguien puede comprarle toda una heladería a su sobrina porque ella le ha pedido un solo helado? No lo sé, pero sí sé que Alice debe amar demasiado a Melanie como darle tan exagerado capricho.

—Yo solo le pedí un helado —musita Melanie mirándome inocentemente y levantando sus manos en inocencia pura, lo que me hace reír—. Además solo tenía tres añitos, ¿cómo iba a predecir que al pedir un helado entre balbuceos y estiramiento de brazos hacia los helados, mi gran tía iba a comprarme gracias a eso una heladería completa?

Me río y sacudo la cabeza con incredulidad. Todo esto es tan… Alice. Solo ella es capaz de comprarle una heladería completa a su sobrina.

—Entonces, vamos a Happyland, la heladería de la gran Alice Brandon —mascullo.

Melanie suelta una risitas y se levanta del asiento con una gracilidad que no debería sorprenderme verdaderamente, pero, sin embargo, lo hace. Su belleza y gracilidad en movimientos es tan natural como la de Edward, pareciera que los dos no con meramente conscientes de la belleza y gracilidad que tiene cada uno de ellos. Para ellos, esto en natural y poco importante.

Edward se levanta a la misma vez que su hermana, la toma en brazos con facilidad mientras que Melanie envuelve sus bracitos en torno al cuello de Edward y se aprieta a su pecho como si su vida dependiese de ello. Entonces, el cuerpo de Edward se voltea y sus ojos me perforan. El hipnotizamiento en instantáneo, en solo segundos me veo hechizada, embrujada por el poder de su mirada, por el poder de sus ojos verde esmeralda que me vuelven loca, en el sentido más literal de la palabra.

Su mano se eleva en el aire y queda justo en frente de mis ojos. Por instinto, nuevamente, alzo mi mano y la dejo junto con la suya, unida. Él sonríe y enreda sus dedos con los míos, mientras yo hago mi máximo esfuerzo por levantarme del asiento, ya que mis piernas parecen gelatinas de tanto que tiemblan.

— ¿Nos vamos? —Nos pregunta una impaciente Melanie, mirándonos con ruego en sus ojitos azules y verdosos.

Edward y yo soltamos unas risitas. Con suavidad, me coloco al lado de Edward, incluso tan al lado de él que estoy prácticamente colgada a su costado. Pero no me importa, ya que Edward no parece disgustado por aquello y yo no estoy dispuesta a desaprovechar esta oportunidad que tengo de estar a su lado. Han sido demasiados los días en los que he sobrevivido sin saber nada de él, sin siquiera verlo de lejos. No, señor, yo no me separo de él por el resto de la tarde hasta que me tenga que ir a casa, o por lo menos, hasta que él me aparte de su lado.

—Nos vamos —murmuramos a la vez Edward y yo.

Comenzamos a caminar por las calles de Forks, yo siguiendo a Edward a cada paso que da ya que desconozco la dirección a la cual nos dirigimos en estos momentos. Mi mano derecha va firmemente aferrada a la mano de Edward mientras él camina grácilmente con Melanie en sus brazos, sin indicios de cansancio en su cuerpo, lo que me sorprende.

Melanie, entre los brazos de Edward, se remueve un poco para quedar por el costado izquierdo de Edward, a mi lado, y estira su manita para colocarla en mis cabellos, enredando sus deditos en mi pelo. Al momento de que esto pasa, algo cambia y se retuerce dentro de mí. Mi corazón comienza a latir desbocado por unos minutos para luego calmar su ritmo de pulsaciones a uno más tranquilizador, mi cuerpo se calma instantáneamente y me siento… feliz. Al sentir la mano de Edward aferrada firmemente a la mía y los deditos de Melanie en mis cabellos, me siento extrañamente bien. Por un momento llego a sentir como si esto fuera lo correcto, como si este fuera el lugar donde yo pertenezco.

Con cada paso que doy, siento las miradas del pueblo en nosotros, pero no me importa. Ya nada me importa. Estoy en mi lugar feliz, donde nada ni nadie pueden dañarme o molestarme. Ya nada me importa, nada aparte de las dos personas que tengo a mi lado.

Luego de caminar varios minutos después, Melanie grita con entusiasmo:

— ¡Llegamos!

Entonces, por el rabillo del ojo veo como el cuerpecito de Melanie se inclina hacia adelante peligrosamente. Un escalofrío me recorre el cuerpo de pies a cabeza en este momento, con una extraña sensación, para nada agradable, en la boca del estómago que me deja con un gusto amargo en el paladar. Sin saber cómo ni cuándo, mis manos se alzan justo a tiempo para atrapar a Melanie e impedir que se caiga de los brazos de su hermano, quién ha apretado en agarre en su cintura a la misma vez que yo reacciono. Incluso, puedo asegurar el haber visto como el cuerpo de Edward se estremecía con violencia, al igual que el mío, cuando ve que Melanie casi cae al suelo.

—Jesús, Mel, no vuelvas a hacer eso en la vida —murmuro soltando un suspiro de alivio al verla sana y a salvo en los brazos de Edward, donde pertenece—. Casi me das un infarto de muerte.

Melanie me mira con sus ojos brillando en arrepentimiento. Se muerde el labio inferior y me mira a través de sus pestañas, provocando que me vea en un breve letargo de aturdimiento ante su belleza.

—Lo siento —dice en un hilo de voz.

Asiento con la cabeza y le sonrío, dándole a entender que el asunto queda en el olvido. Me volteo para mirar a Edward y me sorprendo al verlo más pálido que nunca, con la respiración totalmente agitada mientras sus brazos se envuelven protectoramente alrededor de la cintura de Melanie. Sus ojos están desenfocados y su expresión me deja sin aliento; parece un muerto viviente.

—Edward, ¿estás bien?

Entonces parece volver a la realidad, ya que pestañea repetidamente por unos cuantos minutos y luego enfoca su mirada en Melanie, tan rápido que el movimiento de su cabeza me marea un poco. Sus ojos recorren a Melanie de pies a cabeza, para cerciorarse de que esté bien. Entonces, cuando se da cuenta de que nada tiene su hermana, suelta un suspiro teñido de alivio y la abraza con fuerza, enterrando su rostro en los cabellos cobrizos de ella, inhalando su aroma.

—Dios mío, Mel, que susto me diste —susurra, cerrando los ojos con fuerza—. No vuelvas a hacerme eso nunca más, ¿me entendiste? Me muero si te sucede algo.

—Lo siento. —Melanie le acaricia el rostro suavemente, sonriendo.

Edward le sonríe y le da un beso en la mejilla. Es entonces, cuando siento un apretón en mi mano derecha y todo mi ser se relaja inmediatamente luego del susto que Melanie me ha dado. Edward de seguro a sentido como mi pulso se aceleró cuando me asusté y ha sentido lo nerviosa y asustada que estaba, por ello me ha apretado la mano con fuerza en un intento de calmarme. Y ha funcionado a la perfección.

Retomamos la caminata luego de esto y entramos en un pequeño local, donde funciona la heladería de Alice. Melanie se ve tan familiarizada con la heladería, que sabe exactamente en qué lugar queda cada cosa. Incluso nos arrastra a Edward y a mí, luego de que el primero la bajara a regañadientes de sus brazos, por toda la heladería para mostrarnos los tipos de sabores y texturas que tiene cada helado, llevándonos a donde cada empleado los trabaja con esmero.

Después de unos muy largos veinte minutos de caminata por toda la heladería, ya que Melanie me la quería enseñar toda, fin nos sentamos en una pequeña mesa rectangular en el segundo piso de la heladería, mientras Edward va por nuestros helados. Suelto un sonoro suspiro de cansancio y dejo caer mi cuerpo en la silla, agradecida de unos cuantos minutos de descanso.

—Parece cansada —se ríe Melanie a mi lado.

La miro inmediatamente. —Hoy ha sido un día muy largo para mí.

—Para mí también —murmura, pero lo hace tan bajo que no estoy segura de oírlo bien.

La miro nuevamente y ella aparta la mirada, pareciendo un poco incómoda. Entonces, cuando justo le voy a preguntar el porqué de su comentario, Edward aparece con nuestros helados.

—Aquí están los helados —canturrea felizmente, provocando la risa de su hermana—. Un helado de fresas y crema de tarta para mi hermoso angelito y… —le pasa el helado a Melanie y luego de voltea hacía a mí— otro del mismo sabor para ti. El de chocolate es mío.

Melanie se voltea a verme inmediatamente.

— ¿Le gusta el helado de fresas con crema de tarta? —inquiere, curiosa.

Asiento con la cabeza.

—Sí, es mi favorito.

— ¡El mío también! —La niña da saltitos en su asiento, sonriendo felizmente. Luego se voltea a Edward—. ¿Cómo lo sabía usted?

Él se encoge de hombros despreocupadamente. Yo lo miro interrogante, ya que también me he hecho esa misma pregunta en mi mente. ¿Cómo Edward sabía que ese es mi helado favorito? ¿Cómo se ha enterado?

—Solo lo adiviné. —Edward al ver mi expresión escéptica, resopla por lo bajo y pone los ojos en blanco—. Es enserio. Me he dado cuenta que tu champú huele a fresas y creí que esa sería tu fruta favorita, por lo mismo compré el helado de fresas para ti. Le agregué la crema porque sé que es más rico así.

Mis mejillas se colorean al escuchar esto y Melanie ríe a mi lado, divertida ante mi sonrojo. Edward sonríe en mi dirección, adivinando la razón de mi rubor. Lo fulmino con la mirada.

—Mmm, gracias, supongo —mascullo avergonzada.

—De nada —contesta él.

Y así comenzamos a devorarnos nuestros helados, conversando amenamente los tres. Poco a poco puedo ver la impresionante inteligencia que posee Melanie. Para ser una niña de cinco años de edad, es muy inteligente y vivaz. Solo su cuerpo representa sus años de edad, ya que su mente es igual a la de una persona adulta. Es tan inteligente que me sorprende.

A los pocos minutos de llegar a la heladería, me siento completamente tranquila y relajada al lado de las dos personas que me acompañan. Inclusive, para mi grata sorpresa, estoy sonriendo y me siento completamente cómoda con Edward y Melanie a mi lado. Por un unos minutos ya nada me importa, nada toma sentido en mi vida en estos momentos. Solo quiero disfrutar, darle el provecho máximo a esta tranquilidad y paz que siento por dentro; una paz que no he sentidos desde…, desde mi accidente, lamentablemente.

Aunque sé, verdaderamente, que es imposible sentirte en paz contigo misma cuando no puedes recordar tantos años de tu vida, siento en estos momentos que esa tranquilidad que me rodea me hace olvidar aquellos malos recuerdos que tengo, después de mi accidente, que están llenos de dolor y melancolía. Siento en estos momentos que todo encaja alrededor de mí, como si nunca hubiese perdido la memoria, como si nunca hubiese sucedido mi accidente. Por un momento llego a pensar y a preguntarme cómo sería mi vida sin que me hubiese sucedido mi accidente, pero al momento de hacerme una pregunta y al contemplar los rostros de Edward y Melanie, sé que no puedo arrepentirme de las decisiones que he tomado en mi vida y que no puedo ni quiero cambiar nada de mi pasado, porque si no hubiese sucedido todo lo que me ha pasado; jamás hubiera conocido a estas dos personas que tengo a mi lado.

Quiero y deseo sentirme así de tranquila y pacífica en mi mente todos los días. Necesito sentirme así de relajada siempre, olvidando los días dolorosos luego de mi accidente y borrando de mi mente los malos recuerdos, aquellos que aún me producen dolor en el pecho al solo mencionarlos o recordarlos. Es entonces cuando decido hacerlo, decido aprovechar y disfrutar al máximo este minuto de paz y tranquilidad pura que se me está otorgando por quién sea que este allá arriba en el cielo, observándome.

El tiempo parece detenerse a mi alrededor, lo que me alegra de buen gusto. Me permito, entonces, contemplar y admirar cada paso o movimiento que hace Melanie a mi lado. No sé por qué, ni tampoco lo comprendo, pero cada cosa pequeña que realice la niña me encandila inevitablemente, me llama la atención. Al más mínimo movimiento que la niña produce, mis ojos la siguen inmediatamente, de forma instantánea e instintiva, atesorando y guardando a fuego vivo todo lo que ella hace, en mi mente. Hay algo en Melanie que me atrae, alguna fuerza inexistente que tira de mí sin piedad alguna y que provoca que no pueda quitarle los ojos de encima a la hermosa hermana de Edward.

Y me sucede exactamente lo mismo con Edward, aunque aquello ya no es una sorpresa para mí. Cada movimiento que hace él, incluso el más mínimo pestañeo, me envuelve en un breve letargo de encandilamiento, de hipnotizamiento. Pero lo que más me embruja de él son sus ojos; esos ojos verde esmeralda que parecen brillar con un brillo único. Tal vez me equivoco, pero creo ya no ver ese dolor en los ojos de Edward, ese dolor que vi la primera vez que nos encontramos. Ese dolor en sus ojos ha desaparecido, y aquello me alegra verdaderamente; no me gusta verlo sufriendo.

Luego de unos minutos, cuando ya hemos terminado de devorarnos nuestros helados, Edward paga la cuenta mientras Melanie y yo lo esperamos en la mesa, dispuestas a irnos cuando él llegue. Cuando Edward llega, nos paramos de la mesa y nos encaminamos a la salida conversando animadamente.

— ¡Wow! —El gritito de Melanie, que está a mi lado, me hace pegar un leve saltito de la sorpresa. La miro inmediatamente y veo como mira al cielo, maravillada y sonriendo por una razón que desconozco.

—Mel, ¿qué sucede?

— ¡Mire! ¡Mire! —exclama alegremente, apuntando con su dedito algo que se encuentra en frente de nosotros.

Volteo el rostro para mirar al frente, al mismo tiempo que escucho como Edward jadea a mi lado. Entonces, es cuando veo lo que impresiona a Melanie y Edward. Está lloviendo, lloviendo torrencialmente en Forks. Esto no me debería impresionar, verdaderamente, pero es tal la potencia con la que llueve a nuestro alrededor, que parece increíble. Las calles están llenas de agua, la gente de la calle corre cubriendo sus cabezas, en vano, para llegar a sus casas y los autos no se ven en ninguna parte. Oh, Dios, está lloviendo ¡y debo irme a casa caminando!

—Creo que debería irme ahora —digo, mirando fijamente la lluvia que nos rodea—. O si no llegaré a casa muy empapada.

— ¿Te tienes que ir caminando? —me pregunta Edward, frunciendo el ceño.

Frunzo el ceño, contrariada ante su pregunta.

—Sí, ¿por qué?

Justo en este momento una brisa fuerte llega en nuestra dirección. Me estremezco de frío. Por Dios, solo estoy con una blusa sin mangas y con este frío que corre me estoy congelando. Edward a mi lado, chasquea la lengua con disgusto y se apresura a sacarse su chaqueta de mezclilla para luego colocarla por sobre mis hombros. Inmediatamente puedo sentir el calor de su cuerpo, impregnado en su chaqueta, que me envuelve y también puedo oler su exquisito perfume que se impregna en mí poco a poco. Inhalo profundamente, embargándome de su esencia que me marea por unos breves minutos.

— ¿Te espera alguien en casa?

Entrecierro los ojos, sospechando sus intenciones.

—No, mis padres fueron a pescar por todo un fin de semana.

Edward asiente con la cabeza y pasa por en frente de mí. Toma a Melanie entre sus brazos, rodeándola protectoramente y entregándole su calor. La niña inmediatamente rodea su cuello con sus bracitos, entierra su rostro en su pecho y cierra sus ojitos, complacida y con una sonrisa en sus labios. Entonces, Melanie abre sus ojitos de golpe y se me queda mirando, con una sonrisa bailando en sus labios.

— ¿Y si se queda con nosotros en casa por esta noche? —Melanie se vuelve para mirar a Edward—. La lluvia así es mala, ¿verdad?

Sonrío ante su inocencia de niña. Pero luego caigo en cuenta de lo que dijo. Oh, no, no.

—No es necesario puedo…

—Vamos, quédese con nosotros —me interrumpe Melanie, haciendo un tierno y hermoso mohín.

—No quiero molestar, Mel.

—Usted no molesta, ¿verdad que no? —pregunta la niña a su hermano.

Edward me mira fijamente. Mi corazón comienza a acelerarse inevitablemente y puedo sentir ese característico y familiar calor inundar mis mejillas. Mi respiración se acelera, al mismo tiempo que Edward me sonríe, adivinando su victoria.

—Quédate —me ruega.

Mi pecho comienza a subir y bajar de forma repetitiva y acelerada. Intento, con todas mis fuerzas internas, de calmar mi respiración y de tranquilizarme. Sinceramente, no quiero irme a casa, no si voy a estar sola toda la santa noche y escuchando como la lluvia cae por sobre la casa. Y la invitación que Melanie y Edward me están haciendo, se me hace terriblemente tentadora. No quiero estar sola en casa.

—Está bien —susurro, derrotada.

Melanie ríe encantada y aplaude suavemente con sus manos. Su risa nos contagia a Edward y a mí. Los dos terminamos riendo con ella inevitablemente.

—Perfecto —dice Edward, sonriendo.

— ¿Y cómo nos iremos? —pregunto, curiosa.

—Caminando —responde Edward y al ver mi ceja levantada, agrega—: Mi casa no queda tan lejos como queda la tuya. Si nos mojamos, será poco en comparación a lo que tu te mojarás yendo a tu casa.

Suspiro, resignada, y asiento con la cabeza, en acuerdo con él. Edward avanza un paso hacía mí y me toma de la mano firmemente. Contengo el aliento, impresionada. Luego, él empieza a avanzar por las calles, arrastrándome con él.

Caminamos por las calles vacías de Forks lo más rápido que la lluvia nos permite. Aunque Edward y yo tratamos de no mojarnos y de que Melanie no se moje, la niña parece muy contenta con el agua bañando su rostro, incluso ríe encantada. Edward bufa por lo bajo, al escucharla, y yo coloco los ojos en blanco mientras alzo las manos y trato de crear una pared con ella, por sobre de la cabeza de Melanie, para evitar que se moje.

— ¿Cuánto falta? —le pregunto entre jadeos a Edward.

—Poco —me responde, con la respiración entrecortada—. Ya llegamos.

Alzo la vista inmediatamente y me encuentro con una casa, una grande y hermosa casa. Siendo completamente sincera, el edificio que se alza en frente de mí, impotente, parece una mansión, no una casa. Su altura es de tres pisos, evidentemente, y está llena de ventanas por doquier, con una gran puerta doble en el centro. Es de ese tipo de casas que aparecen en las teleseries, de esas que son de gente rica y muy adinerada. Me encanta.

—Wow.

— ¿Te gusta? —me pregunta.

—Me fascina.

Sonríe, apresurando sus pasos y arrastrándome nuevamente. Llegamos a un portón de color negro y con una altura de casi tres metros. En un rincón de la reja negra, hay una pequeña cajita cuadrada con números del uno al nueve.

—Tenla por unos minutos —me pide Edward, entregándome a Melanie.

Abro los ojos como platos y mi respiración se acelera. Edward me sonríe amablemente, tranquilizándome y alza sus manos para pasarme a la niña, quién está dormida en sus brazos y no me he dado cuenta antes. Mis brazos se alzan y acunan a Melanie de una manera impresionante, como si estuvieran hechos para acunarla a ella. La niña se remueve un poco en mis brazos y gimotea adormilada, entonces sus bracitos se alzan y se enrollan alrededor de mi cuello. Mi corazón da un salto, emocionado.

Edward se voltea, dándome la espalda inconscientemente, y se inclina hacia delante. Se pone a la misma altura de la cajita cuadrada y comienza a apretar los números, colocando una clave secreta. Luego, se envara lentamente y se da la vuelta para sonreírme alegremente. Le devuelvo la sonrisa.

Pasan unos cuantos segundos y seguimos allí, mirándonos a los ojos y sonriendo. Entonces, Edward suelta una enorme carcajada.

— ¿Me la devuelves? —Alza sus manos hacia delante y apunta con su mano a Melanie que está dormida en mis brazos—. Es mía.

— ¿Qué es tuyo?

—La niña que tienes en tus brazos. Ella es mía —responde juguetonamente.

— ¿Por qué crees que es tuya?

Edward finge pensarlo por unos segundos, haciéndome reír. Luego se inclina hacía mí y me susurra suavemente en el oído:

—Por que yo he cuidado de ella desde que tengo uso de razón. Ella es la cosa más valiosa que tengo en mi vida… junto con otra cosa.

Por alguna extraña razón, sus palabras y su tono tan firme, tan seguro de sí mismo me hacen sentir agradecida…, agradecida por alguna razón que desconozco. Su tono de voz me deja entrever que lo que dice es verdad, que Melanie es su vida completa y lo más valioso que tiene y aquello me hace sentir aliviada, pero no comprendo por qué. Entonces, al fijarme en la mirada que le da él a la niña, puedo comprender, por el brillo de sus ojos, que Melanie es alguien muy importante para su vida.

— ¿Me la devuelves? —Edward vuelve a preguntar.

Sacudo la cabeza, tratando de salir del ensimismamiento en el que me encuentro. Alzo las manos y le entrego a Melanie, sintiendo un vacío inmenso en mi pecho cuando ya no siento el peso de la niña en mis brazos.

—Entremos antes de que Mel se enferme —dice.

Asiento con la cabeza y comenzamos a caminar para adentro. Lo que rodea la casa es como un pequeño bosque de pinos que están perfectamente ubicados y separados el uno del otro. Justo en medio del bosque, se encuentra un pequeño caminito que lleva directamente a la gran casa, ese camino que hemos seguido justo en este momento.

Al llegar a la puerta doble de la gran mansión, Edward se revisa los bolsillos de su pantalón y saca de allí unas llaves. Con precisión, coloca la llave en la cerradura y abre la puerta. Al mirar adentro, contengo el aliento.

— ¿Qué?

—Es una casa hermosa —contesto, impresionada—. Increíble.

—Gracias…, supongo—contesta, intimidado.

Le sonrío agradecida cuando él se hace a un lado y me hace una seña con su mano, invitándome a pasar. Una vez adentro, Edward se apresura en dejar a Melanie en su cama y con ropa limpia y seca, así que me pide, amablemente, que lo acompañe por unos segundos. Acepto, encantada.

Ascendemos por una hermosa escalera en forma de caracol que se encuentra justo al lado de la entrada, de un hermoso color marfil al igual que las paredes que nos rodean. Mientas subo las escaleras, con Edward en frente de mí, veo miles de pinturas y cuadros artísticos pegados en la pared de una forma ordenada y, sorprendentemente, van acorde con la hermosa decoración que tiene la casa. Entonces, cuando entrecierro los ojos para mirar la firma del autor de esas hermosa pinturas que están en la pared, me llevo una gran sorpresa.

— ¿B. C. ? —inquiero, asombrada—. ¿Estas pinturas son de la misma artista que debutó en la galería de Port Ángeles? ¿La que hemos ido a ver?

Edward me mira, con sus ojos verdes más abiertos de lo normal. Sacude un poco la cabeza, como con resignación, y se encoge levemente de hombros, despreocupado.

—Ella es mi artista favorita —me informa.

—Me doy cuenta —murmuro distraída, mirando cada una de las obras que se encuentran a mi alrededor. Caigo en un detalle, entonces—. Pero… estás obras no estaban en la galería esa noche. ¿Son nuevas?

Edward niega con la cabeza.

—No, son antiguas.

—Entonces, ¿por qué no estaban en la galería?

El recorrido de las escaleras termina y nos adentramos en un hermoso pasillo, maravillosamente decorado y pintado, lleno de puertas y cerrojos. Esta casa, al parecer, posee muchas habitaciones.

Edward suspira profundamente, y, con la mano libre, se revuelve un poco sus cabellos color bronce.

—Ella no deseaba que estas pinturas fueran vistas por otras personas —murmura, mirando fijamente una de las tantas pinturas que están en las paredes del pasillo—. Solo quería reservarlas para la gente que ella apreciaba, como nosotros.

— ¿La conoces? —No puedo evitar sorprenderme.

—Es mi mejor amiga, Bella.

Oh, claro, debí suponerlo.

— ¿Y dónde está ella ahora?

—De viaje —susurra Edward, con la voz quebrándosele por unos segundos.

No digo nada más ni tampoco formulo comentario alguno, ya que tengo la leve intuición de que el tema está incomodando a Edward, por una extraña razón, y sé que él no desea hablar más del tema. Eso lo deduzco por su expresión y su ceño fruncido fieramente.

Doblamos hacia la derecha al final del pasillo y entramos en otro pasillo más, con la diferencia que este no es tan largo como el anterior. Entramos en la segunda puerta, mano izquierda.

El cuarto de Melanie es una gran y espaciosa habitación. Las paredes están pintadas de un hermoso color azul cielo y están llenas de unos hermosos dibujos. Los dibujos son infantiles, obviamente, pero dentro de mí tengo la leve certeza que aquellos dibujos, muy bien hechos, no son de algún pintor o alguna mujer dedicada a la pintura. Creo saber quién ha dibujado aquellos bocetos tan perfectos en las paredes.

—Esto lo ha dibujado Mel, ¿verdad? —Miro a Edward.

Asiente con la cabeza. —A Mel le encanta dibujar. Creo que aquello lo heredó de la familia.

— ¿De quién? ¿De tu padre o de tu madre?

Edward no me responde inmediatamente, en su lugar se dedica a recostar suavemente a la niña en la cama. Yo frunzo el ceño, deseosa de escuchar su respuesta ante mi pregunta, pero como no me responde, me dedico a seguir observando mi alrededor.

En medio de la habitación se haya una enorme cama de dos plazas, con un hermoso cobertor de color rosa y una mosquetera vaporosa rodeándola. A los costados de la cama, se hayan dos veladores de madera con pequeños objetos infantiles en ellos. En frente de la cama, nuevamente, hay un pequeño pero hermoso tocador, con un gran espejo de mitad de cuerpo y un banquito pequeño para sentarse. En el tocador hay todo tipo de utensilios para niñas; peine, collares, pulseras, anillos, colgantes, lápices, hojas de cuaderno, perfume, y todo aquello que una niña de cinco años puede necesitar. Y por ultimo, en un rincón de la habitación hay dos puertas donde deduzco debe estar el armario de Mel.

Mientras hago mi observamiento, Edward deja a Melanie en su cama, totalmente dormida, y luego va directo a las puertas que están en el rincón de la habitación. Toma las perillas entre sus dos manos y abre las puertas de par en par, revelando así un gigantesco armario que parece ser más grande que la habitación misma. Camina hacia uno de los tantos cajones que allí hay y saca unas cuantas prendas del interior. Luego entra en otra puerta, que no he visto antes, para volver con una toalla en sus manos.

—De mi madre —musita mientras comienza a sacarle la ropa a la niña, con una delicadeza y calidez en sus movimientos, que mi corazón se remueve bajo mi pecho. Lo miro extrañada—. Mel ha sacado el talento de la pintura por mi madre. Ella era una excelente artista y tenía unas pinturas hermosas. Le encantaba pintar, al igual que Mel.

No se me pasan por alto las palabras era y le encantaba, pero prefiero quedarme callada ante eso. No quiero incomodar a Edward con mi curiosidad y tampoco quiero inmiscuirme en cosas que no son mías. Sé que si Edward desea hablar del tema, ya lo hubiera comenzado a hacer, pero como se ha mantenido callado y reflexivo, sé que no quiere hablar de aquello y lo comprendo.

En lugar de hacer algún comentario o algo, solo me dedico a observar como Edward seca el cuerpito de Melanie con demasiada delicadeza y finura, como si ella fuera a romperse con el más mínimo roce. Después de secarle el cuerpo, Edward se apresura en colocarle un hermoso pijama rosa con estampado de osos pardos. Muy tierno. Luego de esto, le toma el cabello suavemente y se lo comienza a secar con la toalla, frotándolo lo más suave y delicado que puede para no despertarla.

— ¿Te puedo pedir un favor? —Edward musita, alzando la vista. Asiento con la cabeza—. ¿Podrías, por favor, ir a la habitación de al lado y traerme el secador de cabello que está en el mueble del baño? Es que debo secarle el cabello a Mel.

—Claro —acepto, poniéndome de pie inmediatamente—. Pero… ¿dónde queda el baño en aquella habitación?

—Mira, vas a encontrar una cama de dos plazas en medio de la habitación. Justo al lado derecho de la cama hay una puerta, aquel es el baño.

Asiento con la cabeza y voy en busca del secador de cabello. A los cinco minutos después, ya estoy de vuelta con el aparato en mis manos. Se lo entrego a Edward y este me lo agradece en un suave susurro, evitando despertar a su hermana. Entonces, me doy cuenta que la temperatura que tiene la habitación de Mel no es la misma que tiene el resto de la casa, puedo asegurar que es más alta. Y justo en ese momento veo un pequeño y casi imperceptible aparato alargado que se encuentra al lado de la entrada, con una luz parpadeante que muestra que aquel aparato está encendido. Me acerco vacilante a él y compruebo que es un calefactor. Edward ha debido encenderlo al momento que llegamos a la habitación de Melanie, para que la niña no se enferme. Él piensa en todo y se preocupa demasiado por la salud y seguridad de su hermana pequeña, eso me conmueve verdaderamente.

Edward termina de secarle el cabello a la niña y la acuesta en su camita, arropándola muy bien y dándole un beso en la frente como despedida. Yo también le doy un beso en la frente a la pequeña y luego salgo de la habitación en compañía de Edward. Nos dirigimos, luego de esto, a la habitación de al lado ya que Edward asegura tener ropa limpia y seca para nosotros allí. Al entrar en la habitación, Edward se apresura a ir al armario en busca de ropa mientras yo observo la habitación.

Las paredes que envuelven la alcoba son de un hermoso color blanco suave. En medio del cuarto hay una enorme casa con cobertor de color gris y también con una mosquetera vaporosa del mismo color. En frente de la cama, hay un pequeño mueble y en él se haya un televisor de pantalla plana y un lector de DVD. Un poco más alejado del baño se encuentra el ropero y es ahí donde Edward se mete para sacar ropa limpia.

—Toma. —Me extiende un par de prendas—. Te van a quedar un poco grandes, pero es mejor que estar con es ropa toda mojada. Es mi ropa, por si te lo preguntas.

Le sonrío agradecida.

—Si, claro. Gracias.

—De nada. Puedes cambiarte en el baño, si quieres.

Apunta con su mano al baño que está justo detrás de mí. Le vuelvo a sonreír y doy media vuelta sobre mis talones para entrar en el espacioso baño de Edward. Pero justo cuando cierro la puerta y le pongo el seguro, Edward grita desde afuera.

— ¡Puedes darte una ducha, si quieres! ¡Las toallas se encuentran en la gaveta de abajo!

— ¡Gracias! —le contesto.

Trato de apresurar mis movimientos cuando me saco la ropa empapada, ya que puedo sentir como el frío y la humedad comienzan a calarse en mi cuerpo y, por lo mismo, comienzo a temblar fieramente a causa del frío. Mis dientes aún castañean cuando me apresuro a entrar en la tina, el frío es tremendo. Abro la llave del agua caliente y de inmediato mi cuerpo entero se relajada al contacto con el agua caliente. Entonces, me apresuro a bañarme.

Cinco minutos después salgo de la ducha, con el cuerpo completamente relajado y tibio, agradecida de la gran ducha de agua caliente que me he dado. Envuelvo la toalla alrededor de mi cuerpo y me dispongo a tomar la ropa que Edward me ha prestado. Mis mejillas se enrojecen inmediatamente cuando veo la ropa interior que él me ha prestado; unos bóxers suyos. Me muerdo el labio inferior al observarlos, avergonzada al máximo.

Con los ojos cerrados, y totalmente ruborizada, me coloco la ropa interior que Edward me ha prestado y mi sostén, que gracias a Dios no se ha mojado con la lluvia. Después, al tomar la playera que me han prestado y colocármela, me doy cuenta de que me queda bastante grande, incluso me llega a la atura de mis muslos. Y me pasa exactamente lo mismo con los pantalones de chándal que me han pasado. Me quedan tan grandes que se me caen y ni siquiera puedo dar un paso con ellos antes de que aterricen en el suelo.

Con un suspiro exasperado, me rindo ante la batalla contra el pantalón de chándal, y prefiero quitármelo y quedarme con la sola playera. Después de todo, la playera tapa bastante mi cuerpo como para no avergonzarme de andar con ella. Inhalo profundamente antes de salir del baño, tratando de infundarme el valor necesario para salir, pero es ahí cuando huelo el intoxicante aroma de Edward. Su aroma está impregnado en la playera que estoy usando. Sonrío inevitablemente.

Cuando salgo del baño, Edward está en frente de mí, dándome la espalda, con una nueva muda de ropa limpia y seca. Está vestido con una playera bastante parecida a la que estoy usando y del mismo color, también tiene puesto unos pantalones de chándal negros que le quedan excelentes y su cabello está mojado, lo que indica que recién se ha dado una ducha.

—Estoy lista —susurro en un hilo de voz.

Edward se da a vuelta de inmediato y se me queda mirando con los ojos abiertos como platos. Puedo oír desde mi posición como contiene el aliento, impresionado. Yo solo soy capaz de mirarlo a través de mis pestañas, avergonzada, y mordiéndome el labio inferior.

—Los pantalones me quedan demasiado grandes —digo, extendiéndole los pantalones de chándal que se encuentran en mi mano. Los toma lentamente.

Me mira nuevamente, de pies a cabeza, haciendo que me ruborice de vergüenza. Entonces sacude la cabeza fieramente e inhala profundo, para luego sonreírme.

—Espera un segundo —dice y se voltea hacia al armario —. Creo que tengo algo que te puede hacer sentir más cómoda.

Busca algo en sus cojones del armario por unos segundos, hasta que parece encontrar al fin lo que anda buscando con tanto esmero. Se voltea hacia mí, sonriendo victoriosamente, y me extiende unos pequeños shorts negros, ajustados, que obviamente son femeninos. Lo miro asombrada.

—Son de Rosalie —me explica, divertido ante mi mirada—. Ella y Emmett, junto con Alice y Jasper, siempre se han quedado a dormir en mi casa y siempre se les queda algo en las habitaciones. Mi nana, cuando encuentra las cosas que se le quedaron, me las pasa a mí y yo me aseguro de guardarlas para luego devolvérselas a ellos.

Y yo que ya estaba pensando cosas que no son. Qué estúpida.

—Oh, claro.

Edward se ríe alegremente y luego sale de la habitación, dándome privacidad para colocarme los shorts. Me coloco rápidamente los shorts y me río internamente al ver que la situación sigue igual. La playera de Edward es lo suficientemente larga como para tapar el shorts que me he puesto y pareciera que no he hecho ningún cambio en mi vestimenta desde que he salido del baño. Genial.

Sacudo la cabeza con resignación y salgo al pasillo, donde Edward me espera sonriente. Se acerca a mí y me toma suavemente de la mano.

—Vamos abajo. La chimenea nos ayudará a entrar en calor con este frío —dice.

Asiento con la cabeza.

Bajamos las escaleras de caracol y caminamos hacia una gran sala de estar. Los sillones que rodean la sala son espaciosos y grandes, pero no nos sentamos en ninguno de ellos. En lugar de eso, son sentamos en un gigantesco sofá alargado que se encuentra justo en frente de la chimenea, que esta encendida. Al sentarnos, puedo sentir de forma inmediata el calor del fuego y mi cuerpo comienza a entibiarse.

Me estremezco ante la sensación de calor en mi cuerpo, haciendo que Edward malinterprete esto y pase un brazo por mis hombros, acercándome a él y tratando de que yo entre en calor.

— ¿Tus padres no están? —inquiero al percatarme de lo solos que estamos en la casa.

Edward inhala profundamente y aparta su mirada de la mía. Frunzo el ceño.

—No, ellos no están. Hace mucho tiempo que no están —murmura y yo lo miro sin comprender—. Ellos están muertos, Bella.

Algo en mi interior se remueve ante tal confesión. Miro a Edward, totalmente impactada, y sin saber que decirle en estos momentos. Los padres de Edward están muertos, los padres de Melanie están muertos…, eso quiere decir que Edward ha tenido que cuidar de Mel completamente solo, sin ayuda de nadie.

— ¿H-Hace cuanto? —tartamudeo.

—Hace casi tres años.

Mis ojos se me llenan de lágrimas y siento como mi corazón se aprieta dolorosamente bajo mi pecho. El aire escapa de mis pulmones cuando comprendo que el chico que está a mi lado ha tenido que cuidar de su hermana pequeña solo, sin ayuda de nadie, y teniendo que hacer el papel de madre y padre para la niña. En estos momentos mi admiración hacia Edward crece considerablemente y me permito sentirme orgullosa de él, orgullosa del logro que ha tenido. Él solo ha criado a Mel y lo ha hecho estupendamente bien.

Me acurruco bien a su lado y abrazo su cintura con mis brazos, enterrando mi rostro en su pecho. Él, a su vez, me envuelve la cintura con sus brazos y me aprieta con fuerza contra su costado. Cierro los ojos, dejándome llevar por este precioso momento de paz y tranquilidad.

—Lo siento —digo, acongojada.

Me palmea la cintura suavemente.

—No importa. Ya ha pasado mucho tiempo. Lo superé.

Sonrío con melancolía al escucharlo. Como me gustaría a mí superar las cosas que me han pasado, como me gustaría a mí superar mi accidente y, por fin, poder dejarlo en el olvido. Pero no puedo, no si no recuerdo nada de cinco años de mi vida y tampoco puedo si el dolor ante esto no desaparece. El dolor es algo duradero en mí, que me va a perseguir durante toda mi vida hasta que consiga recordar algo, pero sé, de antemano, que jamás lograré recordar. El tiempo sin recordar me lo dice todo…

Edward y yo nos quedamos ahí, abrazados el uno del otro y en completo silencio. Los dos tenemos la mirada clavada en el fuego de la chimenea que baila en frente de nosotros. Los dos estamos ensimismados en nuestros pensamientos, embargados por nuestro dolor, aunque cada uno tiene un dolor diferente. Y el tiempo parece detenerse a nuestro alrededor nuevamente. Todo lo que nos rodea se congela y nosotros no nos damos cuenta.

El cansancio se apodera de mi cuerpo poco a poco y los párpados comienzan a pesarme. Con cada pestañeo que doy, tengo que hacer mi máximo esfuerzo por volver a abrir mis ojos nuevamente. Comienzo a sentir mi cuerpo liviano, tan liviano y ligero como una pluma. Mi acompañante parece darse cuenta de mi cansancio y sueño, ya que me rodea con sus electrizantes brazos y hace que mi cuerpo se recargue contra él. Entonces, besa mi cabello suavemente.

—Duerme —me susurra en el oído, enviando descargas eléctricas por todo mi cuerpo—. Estás cansada. Yo me quedaré aquí contigo, cuidándote.

Bostezo involuntariamente. Me acurruco lo más que puedo a Edward y comienzo a dejarme llevar a la deriva de los sueños…

Bella jadeaba audiblemente mientras corría por el bosque, con el corazón latiéndole a mil por hora. El sudor comenzaba a apoderarse de su cuerpo, sentía su nuca húmeda y su cabello se arremolinaba allí. Sus manos estaban aferradas lo más fuerte posible a la cinta de la cámara, no queriendo soltarla jamás. Si ella perdía esa cinta, su mejor amiga iba a perder la oportunidad de su vida.

Detrás de Bella, se podían escuchar los pasos veloces de su perseguidor, acechándola como un animal acecha a su presa. Ella se estremeció de miedo y apresuró sus pasos, tratando de llegar lo más rápido posible a su destino. Le faltaba tan poco…

En momentos como estos, es cuando Bella deseaba tener a Jared con ella, a su lado. Él era una de las pocas personas que lograban incentivarla, que lograban sacar lo mejor de ella en todos los sentidos. Se podía imaginar ver a Jared correr junto a ella en estos momentos, con esa sonrisa suya tan despreocupada y burlona, gritándole cosas como: "Vamos, Isa, ¿eso es lo máximo que puedes dar? Me das pena" ò " ¡Corre, Isa, no te hagas ver como una nenita de papá! ¡Vamos!". Aunque Jared era un hombre muy directo y un poco hiriente, sus palabras lograban hacer reaccionar a Bella y traerla de vuelta a la realidad del mundo que los rodea.

Los pasos detrás de ella se escucharon más fuerte, logrando sacarla de sus pensamientos y concentrarla en el camino que se habría paso en frente de ella. Le faltaba poco, de ello estaba segura, ya que podía ver a lo lejos la silueta de la casa de Jared. Sus músculos se tensaron y sus piernas comenzaron a moverse con más rapidez. Necesitaba llegar luego a donde estaba Jared, para pasarle la cinta de video y así él la guardase de las manos de su perseguidor, que lo único que deseaba era arrebatarle la cinta para arruinarle la vida a la mejor amiga de Bella y eso ella no lo iba a permitir. No, señor.

Entonces, algo golpeó las piernas de Bella justo detrás de las rodillas, provocando que sus piernas se doblaran inmediatamente y que cayera al piso de rodillas. Al momento del golpe, Bella jadeó de dolor y, como pudo, alzó las manos para así impedir el golpe de su cuerpo contra el suelo. La cinta crujió un poco al contacto con el asfalto.

Díos mío murmuró Bella, mientras sentía como sus piernas temblaban aún a causa del dolor por el golpe. Intentó, con todas sus fuerzas, levantarse del suelo para así seguir corriendo, pero sus piernas parecían no reaccionar.

Oh, Bella canturreó una voz masculina detrás de ella, con ironía.

El cuerpo de Bella se tensó inmediatamente, lleno de miedo. Cerró los ojos por un momento mientras sentía que el miedo comenzaba a carcomerla por dentro. ¡Por Dios, necesitaba levantarse! Pero no podía, por más que intentaba levantarse del suelo, sus piernas no obedecían a sus mandatos. Sus dientes rechinaron de puro coraje y sus ojos se llenaron de lágrimas, pero las esquivó rápidamente. No quería que su perseguidor la viera tan indefensa, tan vulnerable.

Entrégame la cinta, Bella, y todo esto se terminará ahora. Te lo prometo.

¡Nunca! Sacudió la cabeza con fiereza.

¡Hazlo!

¡Cállate! ¡No!

Una vez más, intentó ponerse de pie. Colocó las manos en la tierra del bosque la rodeaba y poco a poco comenzó a enderezar sus piernas. Pero justo en ese momento, una gran y ruda mano la tomó por el hombro y la volteó con violencia, provocando que las piernas de ella se doblaran en una posición dolorosa. Pegó un alarido de dolor mientras caía de espaldas a la tierra, con los ojos fuertemente cerrados.

¿Adonde crees que te me vas, dulzura? inquirió esa horripilante voz que ella tanto odiaba.

Intentó abrir los ojos, pero el sol que estaba ese día, sorprendentemente en su máximo punto, le cegó los ojos por unos minutos. A pesar de no poder ver a su perseguidor, ella sabía de quién se trataba. No era difícil de adivinar, ya que era el único enemigo que tenía en la vida, aparte de la novia de este, claro está. James…

¡Déjame en paz, maldito idiota! Bella gritó mientras se retorcía en la tierra, tratando de ponerse en pie.

El pie de James se alzó al aire y la golpeó con fuerza en el estómago, provocando que gimiese de dolor y cayera nuevamente al asfalto.

Oh, no, no, no canturreó James alegremente—. No hasta que me entregues lo que me has robado, ladronzuela.

Una vez más, Bella trató de enfocar su mirada en el rostro de James, ya que podía escuchar con claridad que este estaba en frente de ella. Pero no pudo, el maldito sol se lo impedía nuevamente. Gruñó de frustración y se dio vuelta en la tierra, colocándose con el estómago en el suelo y así poder arrastrarse por el suelo. Solo necesitaba arrastrarse unos cuantos metros más y llegaba a la casa de Jared. ¡No faltaba tanto!

Yo no tengo nada tuyo, imbécil gruñó ella.

Entonces escuchó la carcajada malvada de James. Esa carcajada que producía que los bellos se le pusieran de punta y que su cuerpo entero se estremeciera de miedo. En ese instante, ella maldijo el día en que conoció a James. Lo maldijo profundamente.

Oh, sí. Si que tienes algo mío. Tienes mi cinta de video. ¡Devuélvela!

¡No!

¡Sí!

Y es ahí cuando Bella comenzó a arrastrarse por el suelo, con la intención de llegar finalmente a la casa de Jared y solicitar su ayuda. No había nadie en la vida de Bella que la ayudara verdaderamente en todo, excepto dos personas y una de ellas era Jared. Él siempre buscaba la forma de complacerla en todo, aunque fueran en los mínimos detalles de su vida. Él verdaderamente la quería, la amaba, pero desgraciadamente no de la forma en que Bella deseaba que la amara; como a una hermana. Jared experimentaba sentimientos más fuertes que esos hacia ella y eso lo sabía perfectamente.

Entonces, una mano tomó el tobillo de Bella y la hizo arrastrarse de vuelta a donde estaba. Ella gimoteó de dolor y desdicha, sabiendo que su captor no la iba a dejar en paz hasta que consiguiese lo que quería; la cinta que ella tenía en sus manos. Lamentablemente, no estaba dispuesta a pasarle la cinta a James. Primero muerta.

Que lindo masculló James en su oído. Ella se asqueó de su cercanía inmediatamente y trató de zafarse de sus brazos, en vano—. Tratas de salvar la vida de tu mejor amiga y la de todos tus seres amados, incluyendo a tu noviecito, sin importarte tu vida realmente. Eres la buena chica de papá. Pero déjame decirte que ni tú, ni tu familia, ni tu noviecito lograrán zafarse de mí tan fácilmente. Todos pagarán por tus errores y los errores de tu querida mejor amiga; o sea, mi amada…

¡No te metas con ella ni con mi familia! lo interrumpió Bella, encolerizada.

A este punto, una furia descomunal comenzaba a apoderarse de su cuerpo. El mero pensamiento de que tal vez su familia se vea en peligro a causa de James, le hacía temblar de coraje. Nunca se llegó a imaginar que esto arrastraría a su familia también con ella, y por lo mismo se odió a sí misma. Se odió por poner en peligro a sus seres amados cuando ellos no tenían nada que ver con todo esto, a excepción de su mejor amiga, claro está.

Oh, sí. Me voy a atrever.

Y ahí lo supo, ahí Bella supo que lo que decía James era verdad. Ese hombre era capaz de todo con tal de conseguir lo que deseaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas, al mismo tiempo que tomaba una decisión internamente. Iba a luchar costara lo que costara.

Alzó las manos al cielo y preparó su garganta para gritar.

¡Jared! ¡Jared! ¡Jared! ¡Ayúdame!

James le jaló en cabello con furia, gruñendo como un animal.

¡Cállate, perra!

¡Jared! ¡Jared! ¡Jared!

¡Bella! Se escuchó una voz gratamente familiar para ella gritar a lo lejos, con preocupación.

Maldición escupió James.

Entonces, golpeó a Bella fuertemente en la mejilla, provocando que ella aullara de dolor tan fuerte que el eco de su grito se escuchó por todo el bosque, espantando a los animales que allí rondaban.

¡Bella, aguanta, ya voy! Gritó él nuevamente y Bella sintió un alivio tremendo inundarla de pies a cabeza.

¡Ayúdame!

— ¡Bella! ¡Bella! ¡Bella, reacciona, por favor! —Una voz aterciopelada me grita en la lejanía, desesperada. Puedo sentir como mi cuerpo es sacudido por algo.

Entonces, despierto de mi maldita pesadilla. Abro los ojos de golpe y me siento abruptamente en el sillón, soltando un inconsciente grito de dolor:

— ¡Ayúdame!

— ¡Bella! —Vuelve a gritar Edward, volteándome para que lo mire.

Es ahí cuando me desmorono, me rompo en mil pedazos. Es tanta la angustia y desolación que me invade en estos momentos, que ya no lo soporta más. Siento como que el dolor me ahoga, me sofoca. No sé que es lo que me sucede, verdaderamente, pero un enorme deseo de desahogarme me sobrecoge con la guardia baja. Entonces, comienzo a desahogarme de la única forma que sé. Estallo en llanto y me arrojo a los brazos de Edward.

Mis sollozos se escuchan por toda la casa, de ello estoy segura. Mis lágrimas mojan la camisa de Edward pero no me importa demasiado. Solo quiero desahogarme, botar toda esa angustia y todo ese dolor que contiene mi pecho. Es demasiado dolor para una persona, demasiado para que lo soporte un corazón tan débil como el mío. Ya no lo soporto más. Ya no puedo más.

—Tranquila, estoy aquí contigo —me dice Edward, acariciándome el cabello suavemente para tranquilizarme—. Cálmate, nena, estoy aquí. Yo te protejo. Tranquila.

Sus palabras son un suave murmullo que logran calar muy dentro de mi corazón. Sus palabras son como una medicina instantánea a mi dolor, tan así que cuando acaba de hablar, puedo sentir inmediatamente el efecto de sus palabras en mí. Mi cuerpo se relaja inmediatamente, mi respiración se normaliza y mi corazón vuelve a latir de una forma normal. Es increíble el poder que Edward ejerce en mí. Inaudito.

— ¿Mejor? —me pregunta, mirándome fijamente.

Solo soy capaz de asentir con la cabeza. Edward me sonríe amablemente.

Entonces, pasa un brazo por debajo de mis piernas mientras coloca su otra mano en mi espalda. Y antes de que pueda darme cuenta de su intención, me toma en brazos suavemente y se levanta del sillón, llevándome con él. Lo miro con los ojos muy abiertos.

—Edward esto no es necesario. Yo puedo…

—De eso ni hablar —me interrumpe con el ceño fruncido.

Cierro la boca inmediatamente, ya que su expresión me deja ver que no tengo posibilidades de replicar ante algo. Suspiro derrotada y me dejo acomodar contra su pecho, embargándome de su delicioso aroma que es un calmante instantáneo para mis dolores o angustias.

Edward sube las escaleras de caracol conmigo en sus brazos y entra nuevamente por el pasillo alargado. Dobla a la derecha para entrar en el otro pasillo y luego abre la puerta de su habitación con un pie. Al entrar en la habitación, oigo un pequeño grito que procede de la habitación de al lado. Frunzo el ceño.

—Espérame un segundo —murmura Edward y me deja en su suave cama de color gris.

Mientras me acomodo en la cama, él da media vuelta sobre sus talones y sale de la habitación. A los cinco minutos después, vuelve a entrar y detrás de él viene Melanie, con sus mejillas sonrojadas ante el calor y sus ojitos brillando por una razón que desconozco. Mierda, la he despertado.

—Mel, si te desperté lo siento. Yo no quise…

—No me despertó —me interrumpe la niña, sonriendo y negando con la cabeza.

Edward camina hacia mí con velocidad mientras Melanie desaparece de la habitación por unos segundos. Cuando miro a Edward con las preguntas brillando en mis ojos, él me guiña el ojo despreocupadamente y me sonríe.

—Cuando me siento mal por alguna razón o cuando estoy mal psicológica o físicamente, tengo mi remedio personal en casa —me dice, sonriendo—. Melanie es mi cura instantánea para todo y creo que también puede ayudarte a ti.

Mi corazón da un vuelvo bajo mi pecho, con ternura. Edward ama tanto a su hermana, que ella es su cura para todo. Y ahora quiere compartir su cura conmigo.

—Pero no debiste despertarla, Edward.

Sonríe y niega con la cabeza.

—No la desperté. Ella ya estaba despierta hace bastante tiempo. Incluso estuvo con nosotros abajo por unos minutos mientras tú dormías en mis brazos. Te observó dormir muy ensimismada por unos momentos y luego subió al baño. Es ahí cuando comenzaste a agitarte y gritar por tu pesadilla.

Abro la boca para comentar algo, pero justo en este instante entra Melanie a la habitación, cargando un hermoso osito de peluche entre sus brazos. Al verla así, con sus mejillas sonrosadas, con sus ojitos brillando y con sus osito entre sus bracitos, mi corazón se apretuja contra mi pecho lleno de ternura y fascinación. Es una niña tan hermosa…

Melanie se sube con destreza en la cama y se coloca a mi lado, a la misma vez que su hermano rodea la cama y se coloca a mi otro lado. Edward abre el cobertor de la cama y nos hace una señal para que nos metamos dentro. Lo hacemos inmediatamente.

— ¿Está bien? —me pregunta Melanie, mirándome con fijeza.

—Sí, o eso creo.

La niña ladea la cabeza con curiosidad y sus ojitos se entrecierran con concentración.

— ¿Le duele algo?

Sonrío inevitablemente. Es una niña tan tierna.

—Sí —le contesto, porque por un momento siento la extraña necesidad de ser sincera con ella, de contarle la verdad—. Me duele aquí. —Coloco mi mano derecha en mi pecho, justo por sobre donde se encuentra mi corazón—. Y mucho.

Al terminar de hablar, me recuesto lentamente en la cama, quedando en una posición de lado para poder mirar a Melanie. La niña repite mi acción y se recuesta sobre su costado, mirándome en todo momento. Entonces, alza una mano vacilantemente y me acaricia suavemente en la mejilla.

Cuando la piel de la niña hace contacto con la mía, algo se remueve dentro de mí como una bola demoledora que abarca mi pecho. Los ojos se me llenan de lágrimas por una razón que desconozco y me sobrecoge la necesidad de llorar desconsoladamente en los brazos de Melanie.

La niña, al ver que mis lágrimas mojan su manita, frunce el ceño con disgusto y se apresura en usar sus dos manos para secar mis lágrimas, aunque estas parecen no acabarse nunca.

—Y si la abrazo… ¿el dolor se irá? —inquiere, realmente curiosa.

Sonrío, enternecida por esta hermosa niña que está en frente de mí.

— Si, Mel —digo, con la voz quebrada en llanto—. Si me abrazas se me pasará.

Y por alguna extraña razón, siento que mis palabras son verdad. Presiento que con el leve roce de Melanie en mí, todo rastro de dolor y agonía se irá de mi cuerpo, de la misma forma que mi sistema funciona con el aroma de Edward o con el mismo Edward en persona. Sé muy dentro de mí que Melanie será mi cura por esta noche, como Edward me lo ha dicho.

—Entonces, la abrazaré por mucho tiempo para que no le duela. ¿Le parece? —dice ella, alargando cómicamente la u de la palabra "mucho".

Solo soy capaz de asentir con la cabeza.

Melanie se acerca lentamente a mí y envuelve mi cintura con sus brazos, enterrando su rostro en mi pecho. Yo inhalo profundamente, sintiendo el exquisito aroma floral que Melanie tiene en su cuerpo; un aroma que logra calmarme inmediatamente. Entierro mi rostro en los cabellos de Mel y cierro los ojos disfrutando de la paz que la niña me da. Entonces, siento como Edward se levanta de la cama, dispuesto a irse. Le tomo la mano inmediatamente.

—No te vayas. Quédate con nosotras —le ruego.

Sonríe y asiente con la cabeza, para luego acostarse a mi lado y rodearme con sus brazos. Entonces, me quedo dormida.

Despierto al sentir una suave caricia en mis mejillas, tan suaves que pareciera que una pluma me toca. Frunzo el ceño y trato de correr mi rostro de esas caricias, pero estas me persiguen a donde voy. Entonces, escucho una suave risita. Abro los ojos de golpe.

—Al fin despierta —me dice Mel, riendo—. He estado tratando de despertarla hace mucho tiempo.

Le sonrío avergonzada, aun un poco grogui a decir verdad. Entonces me siento extrañamente vacía. Volteo el rostro y me percato que Edward no está a mi lado.

— ¿Dónde está Edward?

—Abajo, preparando el desayuno.

Y justo en ese momento la puerta se abre despacio y aparece Edward en la habitación, completamente levantado y llevando mis prendas de anoche completamente limpias y secas entre sus brazos. Le sonrío agradecida.

Mientras Edward le ayuda a vestirse a Melanie en su habitación, yo me visto con mis ropas secas y limpias. Me peino un poco el cabello con un peine que me ha prestado Melanie y me lavo los dientes con un cepillo nuevo que Edward me ha obsequiado y que milagrosamente lo tenía guardado entre sus cosas. Luego de esto, me voy a la habitación de Mel donde los tres quedamos de acuerdo en ir a comprar las cosas necesarias para el desayuno, ya que Edward asegura que hay un supermercado cerca de la casa.

Cuando salemos de la casa, nos encaminamos los tres al supermercado que queda a unas cuantas cuadras de la casa. Ya dentro del supermercado comenzamos a comprar las cosas necesarias para el desayuno.

Entonces, cuando voy caminando muy tranquilamente por el supermercado, jugueteando con Melanie que está en mis brazos, choco contra otro cuerpo. El impacto me hace apretar el cuerpo de Melanie entre mis brazos para evitar que me caiga y también provoca que Edward chocase contra mi cuerpo ya que va detrás de nosotras.

—Lo siento —musita una voz femenina.

Alzo la mirada y me encuentro con una chica morena, de mas o menos mi altura y con unos ojos negros como el carbón, su cabello es de color negro y esta cortado a la altura de sus hombros. Pero no es eso lo que me llama la atención de forma estrepitosa. Al mirar sus ojos, siento como si antes hubiera visto esos ojos, tengo la sensación de haber visto sus ojos antes. Entonces, llega al lado de ella un chico bajo y moreno, muy parecido a ella.

— ¡Leah, apresúrate! —le apremia el chico, riendo y dándole leves empujoncitos. Pero la chica no parece reaccionar, ya que me mira con sus ojos abiertos como platos y con su respiración entrecortada.

Entonces, caigo en la cuenta de algo.

— ¿Leah? —inquiero en un jadeo.

Oh, mi Dios.


He aquí el capítulo siete, espero que les haya gustado. Agradecimientos a todos los que leen este fic y a los que dejan Reviews, los adoro a todos ellos. ¡Bienvenidos sean los nuevos lectores! Como Jessi, Jose4, Nu.B4stard y johaalovers.No olviden dejarme un Review para saber que les pareció el capítulo. Besos, los adoro.

Isa Pattinson Masen