Capítulo 8:

Los ojos negros de Leah, la chica morena que está en frente de mí, me perforan el alma. Son tan directos, tan expresivos, que me dejan sin aliento. Y al mirar esos ojos negros como el carbón, experimento una sensación de De-javú que nunca antes he sentido, no desde mi accidente, según yo misma recuerdo. Yo estoy en un caótico estado de shock, sin saber como reaccionar ante esto, verdaderamente.

Pero no soy la única que experimenta el estado de estupefacción, según veo, ya que la chica morena me mira con los ojos abiertos como platos y la respiración entrecortada, sin reaccionar o musitar media palabra. Parece sorprendida, muy sorprendida. Entonces, alza la vista y clava sus ojos en algo detrás de mí que no llego a ver, pero al fin parece reaccionar ya que sacude la cabeza fieramente y me mira, esbozando una leve sonrisa.

—Lo siento —dice, con una hermosa voz femenina—. No te vi. Mis disculpas, chica.

Yo solo la miro, atónita. No comprendo por qué de pronto me embarga un sentimiento de decepción al ver que la chica no me reconoce o habla conmigo si mi conociera. Después de todo, lo que soñé hace algunos días solo fue eso; un sueño, y aquello no quiere decir que verdaderamente conozca a esta chica. Tal vez es otra Leah la de mi sueño, tal vez eran otros ojos negros los que me fulminaban en mi sueño.

Pero ni siquiera a mi misma puedo engañarme, ya que con tal solo echar un vistazo a los ojos de la chica, algo dentro de mí me dice a gritos que es ella, que es quién yo estaba esperando. Algo dentro de mí me dice que aquella mujer es esa Leah, la novia de mi supuesto mejor amigo.

Un brazo se enrolla alrededor de mi cintura, sacándome abruptamente de mis pensamientos. Es ahí, cuando siento un leve pinchazo en mi cintura. Sorprendida, ahogo un gritito de impresión y pego un leve saltito, tratando de esquivar la mano que me ha peñiscado. Es Edward, que disimuladamente trata de sacarme de mi letargo, para que así pueda contestarle a Leah, que está esperando pacientemente mi respuesta. Sacudo la cabeza. Soy una verdadera idiota.

—No importa. Yo tampoco te vi. Me disculpo también.

Melanie se remueve en mis brazos, voltea lentamente el rostro y se queda mirando a Leah con su pequeño ceño fruncido. Se ve tan tierna…

—Oh —exclama alguien en frente de mí, llamando de inmediato mi atención.

Ladeo la cabeza y me encuentro con otro par de ojos negros, mirándome fijamente. Es el chico que ha venido a buscar a Leah hace unos segundos. El chico no debe tener más de doce o trece años de edad. Está con los ojos abiertos como platos y la boca totalmente abierta. Leah, a su lado, le propina un pequeño codazo en su costado, haciendo que reaccione inmediatamente y desvíe la mirada, avergonzado. Entrecierro los ojos, sospechando…

—Leah, Seth… —saluda Edward a mi lado, aún con su brazo enroscado en mi cintura. Da un paso hacia delante y le da un breve abrazo al chico. Este le devuelve el abrazo con entusiasmo, parece gratamente encantado con la presencia de Edward aquí.

Yo, mientras, abro los ojos como platos. ¿Edward conoce a estos chicos? ¿Cómo?

— ¡Edward! —exclama Leah, con amigable regocijo. Alza sus brazos y atrapa a Edward en un breve abrazo apretujado, provocando que él se ría entre dientes—. ¿Cómo has estado, campeón?

Edward se separa un poco de ella, para poder verla mejor, y se pasa su mano libre por sus alborotados cabellos bronce, riendo entre dientes nuevamente. A causa de esto, mi cuerpo se sacude por sus risas y arrastra en sus sacudidas al cuerpo de Melanie. La niña se ríe encantada ante esta conexión en cadena que hemos sufrido los tres. Yo le sonrío.

—Muy bien, Leah, gracias. ¿Y ustedes, cómo han estado?

—Perfectos —responde el chico, Seth, riendo—. Un poco chiflados, pero perfectos.

Leah resopla, con evidente exasperación, y coloca los ojos en blanco ante la respuesta del chico. Melanie, al oírla, suelta una musical risita.

— ¡Hey, Lannie! —Seth se acerca a Melanie alegremente y alza su mano derecha en frente de sus ojos—. Choca esos cinco, amiga.

Mel se ríe por lo bajo, pero a pesar de su risa, alza su manita y la choca contra la del chico. Este sonríe, complacido. Yo arrugo mi nariz. No me gusta como suena el apodo "Lannie", lo odio de hecho. Prefiero que le digan Mel.

A mi lado, Edward suelta un sonoro suspiro con cansancio. Lo miro y veo que coloca sus ojos en blanco.

—Nunca me ha gustado que la llamen… —alza sus manos y hace comillas en el aire—… "Lannie", Seth, y lo sabes. Entonces… ¿por qué ustedes se empeñan en llamar a mi pequeña así?

Seth se carcajea alegremente.

—Por que a Melanie le gusta —contesta Leah, encogiéndose de hombros y sonriendo—, ¿verdad, Lannie?

La pequeña asiente con la cabeza y Edward gruñe en derrota. Yo solo los miro a los dos, embobada ante su belleza y la hermosa relación que tienen. Si los ves bien a los dos, puedes apreciar el enorme parecido físico que los dos poseen. Tienen el mismo color de cabello, la misma forma de sus ojos, las misma cejas, la misma barbilla exceptuando que la de Edward es mucho más masculina, obviamente, y tienen la misma manera de hablar y desenvolverse con la gente. Sus gestos son los mismos, solo que Melanie tiene otros gestos femeninos que, deduzco, sacó de su madre. Pero en donde se acentúa su parecido físico es en las sonrisas. Esas sonrisas ladeadas tan idénticas que los dos poseen y que tienen los dos el mismo grado de efecto en mí; hacerme perder la poca cordura que tengo.

—Bella… ¡Bella! —me llama Edward, sacudiéndome suavemente de la cintura.

Volteo el rostro y le miro inmediatamente, avergonzada. Mis mejillas se ruborizan y él sonríe con diversión.

—Lo siento, me perdí por unos segundos. ¿Qué sucede? —pregunto.

Edward sacude la cabeza con diversión y me besa suavemente en la sien. Sonrío bobamente.

—Los chicos ya se van y quieren despedirse de ti —me dice.

—Oh, lo siento —digo, volteándome para mirar a las dos personas que tengo en frente de mí.

—No te preocupes —musita Leah, sonriendo—. Bueno… nosotros nos vamos. Espero verte pronto, Edward. No nos dejes tan votados, ¿he? Los chicos allá en casa están deseosos de verte y jugar un partidito contigo, no les hagas esperar demasiado. —Se voltea hacía mí ya que estaba hablando con Edward y me sonríe amablemente—. Adiós, chica.

—Bella —murmuro educadamente—. Mi nombre es Bella. Y adiós, Leah.

Leah me guiña un ojo. Edward se acerca a ella, sin querer soltarme todavía, y la abraza brevemente repitiendo el mismo gesto con Seth. Luego, se despide de ellos amablemente:

—Fue un gustazo verlos de nuevo, chicos. Y Leah, dile a esos chillones en casa que pronto iré a visitarlos junto con Mel, para juguemos un partido rápido y para que así, también, Mel pueda visitar a su padrino. ¿De acuerdo?

—Vale, vale —replica Leah, asintiendo con la cabeza.

— ¡Adiós, Bella! ¡Adiós Edward! —Seth se despide eufóricamente de nosotros, provocando nuestras risas inmediatas. Luego, se voltea a Melanie y le alza la mano, ella choca la suya inmediatamente—. ¡Adiós, Lannie!

Leah y Seth, luego de despedirse, echan a correr los dos juntos en dirección a la salida del supermercado. Melanie se despide de ellos, agitando su manita al aire, gesto que los dos chicos corresponden inmediatamente y luego desaparecen de nuestras vistas.

—Bueno… —comenta Edward a mi lado, sonriendo—… sigamos comprando lo que hace falta para el desayuno. Se nos hace tarde.

Con su mano libre atrae el carrito que se encuentra detrás de nosotros y luego echa a andar, arrastrándome con él ya que aún no ha soltado mi cintura. Caminamos tranquilamente por los pasillos del supermercado, sacando las cosas necesarias para nuestro desayuno y también sacando algunas golosinas que Melanie nos pide. Pero, a pesar de estar en un ambiente agradable y totalmente cómodo, aún no puedo sacar de mi mente varias incógnitas que se han creado en mi cabeza hace algunos minutos atrás.

¿Esa Leah que acabo de conocer, será la misma Leah de mi sueño? ¿Será posible que aquel sueño sea un recuerdo que ha sido guardado en mi memoria bajo llave por más de dos años? Entonces, viene a mí el recuerdo de mi sueño anterior, el de la noche pasada, cuando nuevamente soñé con el nombre de un tal Jared y nuevamente aparece James… Al recordar aquel nombre, mi cuerpo entero se estremece de miedo. ¿Es que acaso… estoy recordando? ¿Puede que al fin mi más grande deseo se esté haciendo realidad?

Pero cuando pienso en eso, cuando veo la posibilidad de recordar, es cuando me atacan las preguntas. Si verdaderamente estoy recordando… ¿quién es Jared? ¿Qué era mío? ¿Cuánta importancia tenía aquel muchacho en mi vida? Según el sueño o recuerdo de ayer, puedo vislumbrar que aquel chico era muy importante en mi vida, porqué aún puedo sentir esa alegría que me poseía en el suelo al pensar en él. Aún puedo sentir dentro de mí un enorme cariño dirigido hacia él, pero un cariño casi fraternal, como de hermanos. ¿Entonces quién es él en mi vida? ¿Cómo nos conocimos? ¿Cómo será él en persona? ¿Me querrá como se supone que yo lo quiero? Y lo más importante de todo… ¿me recordará? ¿Se acordará de mí? ¿Seguirá siendo mi amigo? ¿Por qué ahora no sé nada de él?

Tantas preguntas abarcando mi mente, tantas vueltas dadas alrededor del mismo tema, me comienzan a cansar y puedo sentir esa familiar punzada en la parte izquierda de mi cabeza que comienza a formarse poco a poco. No, no, por favor. Ruego en mi mente. No ahora que estoy tan tranquila en compañía de Mel y Edward. No ahora que puedo asegurar el estar bien, sin ningún daño o queja. Por Dios, si hace semanas que no me dan estos dolores de cabeza. Por favor, no.

Pero a pesar de mis ruegos internos, las punzadas en mi cabeza comienzan a fortalecerse y ser más fuertes, más dolorosas. Sin ser consciente de lo que hago, un siseo involuntario de dolor se escapa de mis labios, llamando de inmediato la atención de la hermosa niña que aún se encuentra en mis brazos. Es sorprendente lo ligera que es esta niña, no pesa para nada.

— ¿Se encuentra bien? —me pregunta Mel, al verme con los ojos fuertemente cerrados y los labios sellados, evitando así que otro quejido salga de mis labios.

Pero no soy capaz de responderle, porque otra punzada ataca mi cabeza, pero una mucho más fuerte que la anterior.

— ¡Dios! —me quejo, sin poder evitarlo.

— ¿Bella? —Puedo sentir la presencia de Edward acercándose a nosotras—. Bella, ¿qué sucede? ¿Te encuentras bien?

Solo soy capaz de negar suavemente con la cabeza. Este movimiento produce otra oleada de punzantes dolores en mi cabeza y tengo que apretar los labios con fuerza para evitar soltar el gritito de dolor que quiere salir de mis labios.

Siento como Edward saca a Mel de mis brazos y le susurra algo suavemente en el oído, algo que no llego a comprender. Luego, los inconfundibles brazos de Edward me rodean, haciéndome sentir unas cosquillas en la boca de mi estómago, y me recarga en su pecho. Yo escondo mi cabeza en su cuello, tratando de calmarme para poder así calmar los dolores en mi cabeza. Inhalo profundamente y el aroma de Edward comienza a llenar mis sentidos, relajándome poco a poco.

— ¿Te duele algo, nena? —me pregunta Edward en el oído.

Las cosquillas en mi estómago aumentan considerablemente al oírle llamarme "nena". Dios, casi me derrito ahí mismo en sus brazos. Esbozo una sonrisa pero trato de ocultarla de su vista. Pero aun así puedo oír su silenciosa risa ahogada. Mierda, me ha pillado toda sonrojada y sonriendo. Qué humillante.

Asiento con la cabeza suavemente ante su pregunta, en un intento de distraerlo.

— ¿Qué te duele? —me pregunta velozmente, sonando muy preocupado.

Alzo mi mano temblorosa y la coloco en mi cabeza. Él lo comprende con velocidad.

—Oh —murmura, anonadado—. ¿Y tus pastillas? ¿Dónde están?

—En casa —susurro débilmente.

Edward maldice por lo bajo, lo bastante bajo para que yo no le escuche ni tampoco le entienda. Entonces, aprieta su agarre alrededor de mi cintura con un solo brazo y el otro se lo extiende a la niña, que, comprendiendo con rapidez la situación, toma su mano.

—No te preocupes, angelito —le dice Edward a Mel, viendo como la niña me mira preocupada—. Bella está bien, solo necesita tomarse unos remedios.

—Si, Mel —digo yo, sonriéndole a la hermosa niña—. Estoy bien. No te preocupes.

— ¿Por qué no me ayudas a llevar el carro, cariño?

Comenzamos a caminar por los pasillos del supermercado, con Mel ayudándonos a trasladar el carrito de comprar y con Edward soportando todo mi peso con su brazo alrededor de mi cintura. Nos colocamos en una caja rápidamente, gracias a generosa gente que se hace a un lado, cediéndonos su puesto al verme tan delicada y pálida. Edward paga todas las cosas, las mete en una bolsa y se las echa al hombro, mientras que Mel me toma fuertemente de la mano, dándome su apoyo. Le sonrío con agradecimiento y emprendemos caminata hacia la salida del supermercado.

Pero al dar unos cinco pasos, más o menos, un repentino mareo ataca mi cuerpo con una fiereza que me deja sin aliento. Las cosas comienzan a dar vueltas a mí alrededor y puedo sentir el sudor juntándose en mi nuca. Mi estómago se retuerce bajo mi piel con violencia, mientras mi cuerpo se inclina hacia delante en una posición un tanto extraña. Siento como la mano de Mel se aprieta ansiosamente con la mía y puedo escuchar como grita desesperada, aunque no puedo comprender sus palabras.

Entonces, todo se vuelve de color negro a mí alrededor.

Cuando abro los ojos nuevamente, estoy recostada en una suave superficie y tapada con una mullida manta de color negro. Mi corazón comienza a acelerarse cuando pienso en la posibilidad de que tal vez esté nuevamente en un hospital. De inmediato comienzan a asaltarme los recuerdos de la última vez que estuve en un hospital, después de mi accidente. La respiración se me acelera, y de pronto empieza a embargarme un repentino ataque de pánico.

—Bella, Bella, tranquila —musita una voz gratamente conocida para mí.

Es Carlisle, mi querido y apreciado doctor. Lo miro y una increíble sensación de alivio me envuelve el cuerpo inmediatamente. Eso es lo que siempre Carlisle provoca en mí; un alivio inmediato y una sensación de protección que nadie me da, exceptuando mi familia, Edward y Melanie.

—Oh, Carlisle —exclamo sollozando.

Le echo los brazos al cuello y entierro mi rostro en su pecho, en el pecho de mi segundo padre. No me he dado cuenta antes, pero le he echado de menos y mucho. Lo he echado tanto de menos que me parece increíble, inaudito. Al sentir su aroma tan varonil y familiar para mí, me siento segura y protegida inmediatamente.

—Shh, cariño, shh. Estoy aquí, contigo. Siempre estaré aquí —me promete, dándome caricias en mi espalda.

Me pongo a llorar sin poder evitarlo. Son tantas las emociones que he mantenido en mi pecho, guardadas bajo llave en mi corazón, que es casi imposible guardarlas todas por tanto tiempo. He pasado por tanto desde la última vez que vi a Carlisle, que ahora, al verlo, siento una extraña sensación de que han pasado meses desde la última vez que nos vimos, en vez de que hayan pasado una semana, como en realidad pasó.

—Tranquila, tranquila —repite Carlisle.

Se sienta a mi lado en la cama y me rodea con sus brazos, mientras yo sollozo sin parar y me aferro a él como si mi vida dependiese de ello. Él se queda allí, dándome su mudo apoyo y otorgándome unas suaves caricias en mi espalda, tratando de calmarme. Yo lloro y lloro, desahogándome y botando todo aquello que me hace daño, todo aquel mal que me han dejado esos malditos sueños tan raros, tan dolorosos. Entonces, reparo en algo.

— ¿Dónde están Edward y Mel? —inquiero entre lágrimas.

Carlisle me mira extrañado.

— ¿Quiénes?

Sacudo la cabeza.

—Edward, un chico alto, delgado, con cabellos color bronce y ojos verde esmeralda —digo mientras seco mis lágrimas. Carlisle me alza una ceja, sonriendo con picardía y mis mejillas se ruborizan de inmediato—. Y Melanie es su hermana, una pequeña de cinco años, con cabello cobrizo y ojos azules pero con bordes verdosos.

Mi doctor querido lo piensa por unos minutos y luego sus ojos brillan en recordatorio. Se voltea y me regala aquella sonrisa suya que es capaz de calmar mi corazón.

—Oh, sí, los recuerdo. Ellos se han quedado contigo todo el tiempo desde que te desmayaste, pero la pequeña se quedó dormida en los brazos del muchacho y él tuvo que irse para no incomodarla en sus brazos. Me pidió que por favor te dijera que te vería en el instituto y que por favor te cuidarás.

Sonrío involuntariamente. Los recuerdos de la noche que pase en la casa de Edward me llenan la mente. Puedo recordar claramente cada uno de los detalles que pasamos esa tarde los tres juntos. Cuando conocí a Mel, o cuando fuimos a la heladería de Alice, o cuando nos fuimos a su casa y me pasó a Mel. Aún puedo sentir el calor en mi pecho que me embargó cuando sentí el peso de la niña en mis brazos, aún puedo sentir esa alegría que me invadió cuando la tomé en brazos. Y luego, el mejor recuerdo de todos, cuando me llevó a la sala de estar y me envolvió con sus brazos, protegiéndome del frío que, aquella noche, nos acechaba.

Pero tampoco se me pasan de largo los recuerdos de después de mi pasadilla, cuando Edward me tomó en brazos y me recostó en su cama. También cuando Melanie llegó a nuestro lado y me abrazó con fuerza, pensando que así mi dolor en mi pecho se iría. Pero lo mejor de todo fue cuando dormí con ellos a mí alrededor, abrazándome y entregándome ese calor que solo hechos me han podido dar en mi vida.

Carlisle me saca abruptamente de mis pensamientos.

—Oh —musita y se retuerce un poco, hurgando algo en sus bolsillos—. El chico me pidió que te pasara esto. Dijo que era de suma importancia.

Carlisle me extiende un pequeño papel alargado, donde se encuentra escrito mi nombre con una elegante y hermosa letra. Frunzo el ceño y tomo el papel que mi doctor querido me pasa. Lo guardo debajo de mi almohada, dispuesta a leerlo luego de mi charla con Carlisle, ya que estoy segura que hoy tendré una gran charla con Carlisle.

—Y bien —carraspea mi doctor, mirándome con ansias—. ¿Qué es lo que está sucediendo, Bella? ¿Por qué te has desmayado? Hace más de una semana que no has sufrido jaqueca alguna, incluso parecía que te habías curado. Pero ahora, al hacerte unos exámenes, me doy cuenta de que hoy has sufrido una fuerte jaqueca y además te has desmayado. ¿Qué es lo que te tiene tan nerviosa?

Como lo mencioné antes y como siempre lo mencionaré; es imposible que yo engañe a Carlisle. Él me conoce bastante, como la palma de su mano, y por ello es capaz de conocer mis emociones tan exactamente como las suyas.

—Bueno… —Suelto una risita nerviosa—. Yo…, pues…, eh…

Mi acompañante suspira y aprieta su agarre en mi cuerpo.

—Vamos, Bella. Sabes que puedes confiar en mí, siempre.

Inspiro profundamente en un vano intento de infundirme valor. Aunque verdaderamente no comprendo mi actuar. ¿A qué temo? ¿A que Carlisle me tache de loca luego que le diga que tengo la leve sospecha de que tal vez estoy recordando, al fin, algo de esos cinco años de mi vida olvidados? ¿O a que no me crea? Imposible, Carlisle no es así. Sé que si le digo lo que está sucediendo con mis sueños, él inmediatamente me ayudará y resolverá mis dudas. Entonces… ¿a qué temo?

—Bueno, pues…, verás…. H-He tenido sueños…raros —tartamudeo estúpidamente, mirándome las manos que están en mi regazo.

Esto le llama inmediatamente la atención. Se sienta rápidamente en la cama, recto.

— ¿Q-Qué tipo de sueños? —Se le ve esperanzado.

Lo pienso seriamente. La verdad es que no sé que tipo de sueños son estos que he tenido, si es que son sueños. No lo sé. Inhalo profundamente, de nuevo.

—Eh… bueno, no creo que sean sueños, verdaderamente.

Frunce el ceño y me mira sin comprender demasiado a lo que voy. Suspiro y me remuevo en mi lugar, ansiosa.

—C-Creo q-que son… r-recuerdos.

Carlisle jadea audiblemente y abre sus ojos más de la cuenta. Incluso parece que sus manos tiemblan cuando se alzan y se colocan en mis hombros, haciendo que lo mirase fijamente a los ojos. Sus ojos brillan llenos de esperanza y expectación. Mi corazón da un vuelco, agradecido ante el entusiasmo y la esperanza de Carlisle.

— ¡Cuéntamelos! —Carlisle está eufórico—. ¡Cuéntamelos todos!

Y efectivamente se lo cuento. Le cuento los dos sueños, o posibles recuerdos, que he tenido. Le cuento sobre Jared, sobre Leah, sobre mi supuesto mejor amigo, todo aquello se lo cuento. Aunque también le cuento sobre James y el daño que se supone me ha hecho en el pasado, y parece que Carlisle no le gusta demasiado el que me haya golpeado en los sueños.

También le cuento a Carlisle todo lo que sentí en los sueños, todos los sentimientos y emociones que me embargaron en los sueños. Luego de contarle todo aquello, Carlisle se queda callado y se para de la cama. Comienza a caminar por toda mi habitación, ya que recién me dado cuenta que estamos en ella, y a decir verdad, su actuar me pone nerviosa.

Entonces él me mira, con sus ojos brillando llenos de emoción. Deja salir una enorme sonrisa de pronto y a los segundos después, rompe en jubilosas carcajadas que resuenan por toda la casa. Yo lo miro anonadada, nunca antes lo he visto reír de esa forma; tan alegre… tan natural. Me mira nuevamente y se acerca a mí, corriendo para luego abrazarme fuertemente y levantarme del suelo, dando vueltas conmigo.

—Esto es… ¡maravilloso!

Suelto una enorme carcajada. La alegría que posee Carlisle en estos momentos es tan grande, tan inmensa, que me es imposible no contagiarme de ella. Además, su actuar y felicidad me traen nuevas esperanzas. Si él está eufórico, es porque tal vez hay una posibilidad para mí, y eso es suficiente para tenerme eufórica y esperanzada. Después de todo, él es el médico aquí.

—Todo esto es fantástico, Bella —me asegura Carlisle—. No te puedo asegurar que lo que has soñado son recuerdos, pero si te puedo asegurar que has hecho un gran avance en tu recuperación. Si sigues así de bien, puede que recuperes tu memoria.

Mis ojos se llenan de lágrimas. No puedo creerlo.

Luego de esto, Carlisle se dedica a hacerme un pequeño chequeo médico para asegurarse de que todo esté bien conmigo. Como me encuentra con la presión un poco baja y con poca energía en mi cuerpo, me coloca en reposo absoluto por una semana completa. Y aunque trato de replicar ante eso, mi lucha es en vano ya que Carlisle no da su brazo a torcer.

—Carlisle —le llamo, luego del chequeo.

—Dime.

— ¿Cómo llegué aquí?

Mi doctor me sonríe.

—El chico con el que estabas, Edward, llegó al hospital donde yo trabajo contigo en sus brazos, desmayada. El chico estaba realmente histérico, muy asustado. Lo vi cuando trataba de abrir la puerta del hospital contigo en brazos y con la pequeña niña detrás de él, mirando todo con sus ojitos azules muy asustados.

Yo pego un respingo, sin poder evitarlo. La imagen que comienza a crearse en mi cabeza es lo bastante mala y nerviosa para asustarme y hacerme sentir culpable de un modo incomprensible. Pobre Edward... ¿cómo pudo arreglárselas conmigo desmayada y la pobre Mel asustada todo el tiempo?

Carlisle sigue, ignorando un poco mi interrupción.

—Te reconozco que cuando lo vi contigo en sus brazos, inconsciente, pensé lo peor. Quise correr para sacarte de sus brazos, golpearlo y preguntarle porqué mierda te tenía inconsciente, pero cuando me acerqué a él y lo vi tan desesperado, tan preocupado por ti, supe inmediatamente que él no era alguien de malas intenciones. Entonces, le pregunté que te había sucedido y ahí me lo dijo todo.

— ¿Y luego? —pregunto con impaciencia. Carlisle se ríe.

—Luego le dije que me acompañara a tu casa, que yo tenía llaves de ahí y que estaba seguro que tú me lo agradecerías, ya que odias los hospitales. Él se echó a reír y luego me acompaño aquí, a tu casa, junto con la niña, quién por cierto es todo un amor. Los dos se quedaron varias horas aquí, esperando a que despertaras mientras yo te chequeaba. No se quedaron tranquilos hasta que les dije que estabas bien, que solo estabas cansada. Después, la niña comenzó a sentir sueño y Edward se la llevó a casa.

—Oh, está bien.

Carlisle se echa a reír entre dientes. Se levanta de mi cama y estira un poco sus extremidades, de seguro su cuerpo está completamente tenso y rígido luego de pasar varias horas sentado en mi cama, acompañándome. Se voltea y me sonríe.

—Bueno, hija, creo que es hora de que me vaya. —Mira la hora en su pequeño reloj de pulsera—. De seguro tus padres vienen en camino. No deben tardar más de cinco minutos…

— ¡¿Se los dijiste?! —chillo.

Mi querido doctor suspira con cansancio. Este es uno de los pocos problemas que tengo con Carlisle. Él se empeña en contarles a mis padres cada pequeño e insignificante detalle de lo que me sucede con mi amnesia, y yo… no. No es que deseo que mis padres sean completamente ignorantes con respecto a mi "enfermedad", no, solo no deseo preocuparlos siempre con mínimos detalles sin importancia. Mis padres ya han tenido suficientes sustos en su vida con mi accidente, no quiero asustarlos ni disgustarlos más. Solo eso.

—Solo les dije que había sufrido una pequeña recaída. Nada más.

— ¿Me lo juras, Carlisle? —No puedo evitar preguntarle.

—Te lo juro —me responde solemnemente.

Sonrío y me levanto de la cama para encerrarlo en un apretujado abrazo. Él me lo devuelve, encantado, y luego me da un beso en mis cabellos.

—Nos vemos pronto, cariño —musita suavemente. Durante un segundo, puedo sentir dentro de mí que sus palabras poseen un significado oculto, algo que no puedo comprender con facilidad pero que provoca un ligero estremecimiento de mi parte y que mi corazón lata con velocidad—. Y por favor, cuídate. Sabes que si te sucede cualquier cosa yo… me moriría. Te quiero, Bella, te quiero como a una hija y eres alguien muy especial para mí. Por favor, prométeme que cuando te sucede la más mínima cosa me avisarás. ¿De acuerdo?

Mis ojos se llenan de lágrimas. Dios, no quiero llorar nuevamente. Conmocionada, aprieto el agarre de mis brazos en la cintura de Carlisle y entierro mi rostro en su pecho. Mi doctor me envuelve con sus brazos de forma automática.

—Te lo prometo —murmuro y luego me alzo sobre la punta de los pies para darle un suave beso en la mejilla, provocando que sonríe—. Y yo también te quiero, Carlisle. Sabes que eres mi segundo padre.

Se echa a reír.

—Sí, lo sé… Y ahora me voy antes de que Esme me mate por llegar tan tarde a casa.

Suelto una risita, sacudiendo la cabeza.

Acompaño a mi querido doctor hasta la puerta de mi casa y me despido de él con un fuerte abrazo. Espero a que se suba a su reluciente Mercedes y luego cierro la puerta de mi casa. Me recargo contra la puerta de mi hogar, sonriendo y con unas ganas locas de ir corriendo en busca de la carta que me ha dejado Edward. Miro de forma impaciente hacia las escaleras, mordiéndome el labio inferior. Entonces, no resisto más y echo a correr escaleras arriba, riéndome como una tonta adolescente.

Ciertamente, Edward tiene el poder de sacar las cosas más inesperadas de mí. El comportarme como una adolescente encandilada y toda ilusionada es solo una de las tantas reacciones que él provoca en mí. Es algo… increíble.

Cuando llego a mi habitación, busco algo desesperada el sobre que se encuentra justo debajo de mi almohada. Abro con delicadeza el sobre, no queriendo romper algo que Edward ha hecho para mí. Es una reacción estúpida, lo sé, pero no puedo evitarlos… es como una reacción instintiva. Estiro el papel que sen encuentra en mis manos.

Querida Bella:

Primero que todo, quiero decirte que mi intención principal no era el que despertaras sin que yo no estuviera, pero sabes que Mel es mi responsabilidad y mi prioridad número uno, así que en cuanto la vi quedándose dormida en mis brazos, decidí irme a casa para recostarla en su cama, a pesar de que ella me rogaba que nos quedáramos hasta que despertaras. Si por alguna razón despertaste y esperabas encontrarme a tu lado, lo siento.

Cuando vi que te desvanecías en frente de mí, cayendo al suelo inconsciente, me sentí mal, muy mal. No sé que me pasó, pero me desesperé y entré en pánico; la única persona que logró calmarme, como siempre, fue Mel que estuvo a mi lado siempre. Te tomé entre mis brazos y te llevé lo más rápido que pude al hospital, allí me encontré con tu doctor. Ahí te llevamos a casa y él se encargó de ti. Tratamos con Mel de quedarnos hasta que despertaras, pero ya sabes que mi angelito no resistió.

Como no despertaste, decidí dejarte esta carta para avisarte de antemano que Alice tiene planes para todos nosotros este fin de semana. No sé como ni cuando, pero ese pequeño diablillo se enteró de que te vas a cambiar de casa este fin de semana y ella decidió que podíamos ayudarte, así que me pidió estrictamente que te avisara de sus planes y que te pidiera que el sábado estés lista bien temprano. Si hay algo que en la vida que Alice no soporta son los atrasos, así que te lo advierto.

Espero verdaderamente verte de nuevo en el instituto. Me lo he pasado muy bien contigo estos dos últimos días, espero que una salida así entre los tres se repita en un futuro no muy lejano. Mel te adora y espera verte de nuevo y… para serte sincero, yo también estoy deseoso de verte. Tenemos muchos temas que conversar aún y hay que conocernos un poco más, ¿no te parece?

Espero verte pronto. No te olvides de mí, ¿he? Espero que tu dolor de cabeza haya mejorado y que te recuperes pronto. Un abrazo. Nos vemos.

Edward.

Un suspiro ilusionado escapa de mis labios, no puedo evitarlo. ¿Olvidarme de él? ¿Está de broma? ¡Si con suerte no he podido sacarlo de mi cabeza en estas últimas semanas! ¿Cómo me puedo olvidar de alguien como él?

—Idiota —murmuro, sacudiendo la cabeza.

La puerta principal de la casa rechina, avisándome que mis padres han llegado. Sonrío y guardo la carta en el sobre, para luego esconderlo por debajo de mi almohada. Me paro de la cama y bajo las escaleras para recibir a mis padres.

El resto de la semana ha pasado de manera monótona, aburrida. Ciertamente no me divierte el hecho de tener que estar acostada en cama todos los días sin hacer nada constructivo en el día. A pesar de que casi le he rogado a Reneé para que me deje levantarme de la cama, mi madre no ha dado su brazo a torcer y me ha prohibido tajantemente el levantarme. Y, lamentablemente, Charlie se ha puesto de su lado. ¡Por ello siempre no quiero que se enteren de nada! ¡Siempre exageran todo!

También, el otro lado malo de esta semana, es que no he vuelto a soñar algo distinto. Bueno, sí he soñado, pero ha sido el mismo sueño todos estos días y el mismo que tuve en la casa de Edward. No sé por qué razón es esto, ciertamente, pero ese maldito sueño se ha repetido varias veces, sin darme tregua alguna. Y esto provoca que mis pensamientos se centralicen en ese sueño.

No he podido dejar de pensar en toda la semana, no he podido sacarme de la cabeza todas esas dudas que tengo respecto a mi pasado y respecto a esas personas que aparecen en mis sueños. Pero, por sobre todas las cosas, quién más a ocupado mi mente en estos días es Jared. No puedo sacar de mi mente todas las preguntas que tengo sobre él y nuestra posible amistad. No entiendo, si se supone que de verdad éramos amigos, porqué no ha llamado a casa, porqué no tengo noticias de él en estos instantes.

Incluso, he llegado a la estúpida conclusión de preguntarles a mis padres sobre Jared. He querido preguntarles a ellos sobre él, sobre quién era en mi vida, sobre cómo era nuestra amistad y porqué ahora no sé nada de él. Pero… me arrepentí. No sé que sucedió en ese momento, pero cuando intenté preguntarle a mi madre, ya que con Reneé se supone que hablaba sobre Jared en mi antiguo sueño, sobre Jared… algo dentro de mí me dijo a gritos que no lo hiciera, que guardara silencio. Verdaderamente, no estoy comprendiendo nada y cada vez estoy más confusa.

Pero la semana ha tenido sus cosas buenas, también. He hablado todos los días de la semana con Edward por teléfono, ya que descubrí misteriosamente, el mismo día que Carlisle me entregó su carta, que detrás del sobre se hallaba el número telefónico de Edward escrito con su hermosa y elegante letra. Aunque, ciertamente, no lo llamé yo la primera vez, porque me moría de vergüenza, así que en vez de que yo lo llamara, él me llamó a mí. No sé como lo hizo para conseguir mi número telefónico, tal vez Carlisle se lo dio.

También he hablado con Alice. Al primer llamado aproveché para disculparme de mi extraño, confuso y estrafalario comportamiento la última vez que nos vimos. Ella me tranquilizó diciendo que me comprendía y que no importaba, que todo quedaba en el pasado. Se lo agradecí inmensamente, ya que ni yo misma comprendía mi comportamiento de ese día. Fue una mañana muy… rara, según mi observación.

Alice me ha dejado en claro sus intenciones para este fin de semana, sobre ayudarme con la mudanza y no he podido reclamar ni replicar nada. Es imposible reclamarle algo a esa mujer tan directa y mandona.

Sobre la mudanza, he hablado al fin con mis padres. Les he dicho sobre mi intención de irme de casa, de experimentar el vivir sola y ser totalmente independiente y, para agradecimiento mío, han estado de acuerdo con todo esto. Me han dado su bendición, como yo lo digo, me han ayudado y apoyado en todo, como siempre lo hacen.

El plan de Alice concierne en que hoy, cuando al fin puedo salir de casa ya que mi repuso absoluto de una semana ha acabado, después del instituto, todos vayamos a comprar los muebles y cosas necesarias para el apartamento. Aunque el apartamento de Benjamín viene con unos pocos muebles y equipo, he decidido comprar todos los muebles de nuevo para que así todo lo que allí esté sea mío completamente. Le he pedido a Reneé que saque dinero de mi gran cuenta de ahorro (detalle que aún no se me ha olvidado) y ahora tengo el dinero suficiente para comprar todo lo necesario para mi apartamento. Todo el dinero está guardado en una tarjeta negra que Reneé me ha obsequiado.

Entonces, cuando voy caminando y llegando a la entrada del instituto, mi móvil resuena audiblemente. Me apresuro a contestarlo de inmediato.

— ¿Hola? —contesto.

¡Bella!

Alice.

—Hola, Alice. ¿Cómo estás?

Muy bien —canturrea ella felizmente. Sonrío—. ¿Y tú?

—Bien, gracias.

Qué bueno. Escucha, te llamo para darte una mala noticia.

Esto me pone alerta inmediatamente.

— ¿Qué? ¿Qué sucede?

Alice suelta una risita al otro lado de la línea y mi cuerpo entero se relaja, ya que estaba tenso. Si Alice se ríe es porque nada malo ha sucedido, gracias a Dios.

Tranquila, Bella. Todos estamos bien, por si te lo preguntas —musita, risueña. Yo bufo y coloco los ojos en blanco—. Lo que sucede es que los chicos y yo tenemos que ir a un lugar hoy y no podemos ir al instituto, así que el día de hoy, lamentablemente, no te acompañaremos en las clases. Pero no te preocupes, Edward te pasará a buscar a la salida para que vayamos a comprar las cosas necesarias para tu apartamento, ¿de acuerdo?

—Si, de acuerdo —digo, enfurruñada. La verdad es que no me gusta mucho la idea de estar sola en el instituto hoy. Genial—. Pero, ¿se puede saber a dónde van que me dejan sola, triste y abandonada?

Alice estalla en carcajadas ante mi broma.

Muy graciosa, Bella. Y no, no se puede saber a dónde vamos. Es una sorpresa para ti.

— ¿Para mí? —inquiero, sorprendida.

Así es y no te daré ninguna pista. Vas a tener que aguantarte la curiosidad, chica, lo siento.

—Está bien. Pero no me van a dejar votada, ¿he?

¡Claro que no! —Alice exclama, sonando falsamente indignada. Me echo a reír.

—Muy bien, entonces nos vemos hoy en la tarde. Y por favor, no gasten demasiado dinero en mí, ¿si?

Oh, calla, Bella. No nos arruines la diversión —dice entre risas—. ¡Nos vemos en la tarde! ¡Adiós!

—Adiós, Alice. Nos vemos luego.

La línea se corta y yo me quedo allí, para en frente del instituto y mirando fijamente el aparato que tengo entre mis manos. Entonces, no puedo sucumbir a mis deseos, y marco el número de Edward para llamar. Al tercer pitido, la línea se abre.

Bella —contesta él, con su voz sonando jubilosa. Mi corazón da un vuelco al oírlo.

—Hey, Edward. ¿Cómo estas?

Mientras hablo, comienzo a caminar para el interior del edificio. Hoy, a primera hora, me toca Historia pero no estoy muy entusiasmada por ello ya que sé que Jasper no va estar el día de hoy haciendo esa clase.

Muy bien. ¿Y tú?

Suspiro y sacudo la cabeza.

—En la mañana estaba muy bien, entusiasmada con la idea de por fin levantarme de la cama y salir al aire libre, pero ahora… mal.

¿Por qué? —pregunta, extrañado.

—La verdad es que no se me apetece estar el día de hoy sola en el instituto. Los voy a extrañar —murmuro, con un suave suspiro—. Cómo me gustaría que estuvieras aquí conmigo…

Me callo abruptamente, abriendo mis ojos como platos y parando mi caminar con violencia. ¡Mierda! Hablé de más. Hablé de más.

Edward suspira al otro lado de la línea. Se escucha como complacido ante mi comportamiento.

A mí también me gustaría estar allí, contigo—me dice y siento como las cosquillas en la boca de mi estómago comienzan a formarse. Mis mejillas se sonrojan de inmediato—. No sabes cuánto… pero conoces a Alice, y sabes que es imposible no obedecer sus órdenes.

—Sí, lo sé.

Pero no te preocupes, más pronto de lo que crees nos veremos. Iré a buscarte a la salida, para que nos vayamos a comprar las cosas para tu apartamento con los chicos. Prometo no llegar tarde.

Me echo a reír. Una pequeña parte de mi mente registra el hecho impresionante del avance de la relación que mantengo con Edward. Pareciera que nos conociéramos de toda la vida. A su lado y solo con él, siempre me siento cómoda y puedo ser yo misma. Es algo… encantador.

—Espero que cumplas tu promesa, Masen. O si no te descuartizo, ¿me entiendes?

Edward se queda callado por unos segundos y luego estalla en carcajadas de forma abrupta. Yo frunzo el ceño, sin comprender.

Quédate tranquila, Swan, que voy a cumplir mi promesa —responde Edward.

—Más te vale —musito, provocando una risa de su parte—. Y ahora voy a colgar. Tengo que entrar a clases o sino me van a reñir por tu culpa.

¿Por mi culpa? —bufa Edward y puedo oír su sonrisa—. Si, claro. Nos vemos en la tarde, Swan.

—No se te ocurra dejarme plantada, Masen. Nos vemos.

Corto la llamada y me apresuro hacia el salón. Pero justo en el momento en que voy a abrir la puerta, mi móvil suena, avisándome que tengo un mensaje en WhatsApp. Contrariada, reviso el mensaje de inmediato. Es del número de Edward.

Un consejo:

Hoy trata de ocupar toda tu paciencia y trata de no explotar súbitamente, ¿vale, cariño?

Frunzo el ceño, totalmente confusa. ¿Qué se supone que significa su consejo? Le envío un mensaje de vuelta, diciendo:

Unas preguntas:

¿Por qué me dices eso? ¿Qué es lo que va a pasar hoy? Y, ¿qué se supone que significa tu consejo? No lo entiendo, cariño. Sé más explícito, por favor.

Mientras espero su respuesta, entro a la sala. Gracias a Dios, la clase aún no ha comenzado así que tranquilamente camino hacía mi habitual asiento y me acomodo allí. También me aseguro de colocar mi móvil en silencio, solo por si acaso.

Justo entonces entra una mujer a la sala. Lleva una falda tubo de color café, junto con una camisa blanca y una chaqueta del mismo color que la falda. Tiene un largo cabello rizado de color castaño claro y sus ojos son grandes, redondos y de un llamativo color café oscuro. Camina tranquilamente hacia el banco del profesor, con un pequeño balanceo de caderas en el camino, y todos los que estamos en el aura nos quedamos callados, esperando su presentación. Entonces, mi móvil vibra en mi bolsillo. Lo saco a hurtadillas y me dedico a mirar el mensaje que me ha enviado Edward.

Siempre tan preguntona…. Ya verás por qué te doy este consejo, no te impacientes. Pero, por favor, hazme caso. No pierdas la paciencia tan fácilmente, sé que va a costar… pero por lo menos inténtalo, ¿si?

Una pregunta: ¿Estas en clase de historia?

Cuando yo estoy leyendo, la mujer que ha llegado a la sala comienza a presentarse. Se llama Jessica Stanley y es la profesora reemplazante del señor Whitlock, o sea Jasper, solo por el día de hoy. La señorita Stanley tiene una molesta voz nasal y es muy risueña.

Le contesto a Edward.

Si, estoy en clase de Historia. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando, Edward?

A los cinco minutos, me responde inmediatamente.

¡Bingo!

En esa clase, corazón, es donde tienes que tener un poco de paciencia, es todo lo que te diré. Pero después de aquella clase, vas a necesitar mucha paciencia. Por favor, en esos momentos, recuerda mi consejo.

Ya cansada de tanto secretito, le mando a Edward el último mensaje antes de concentrarme en la clase, la cuál ya ha comenzado.

Siempre tan críptico, cariño. Gracias a ti, me pasaré la mayor parte del día pensando en el posible significado de tu consejo, muchas gracias. Ahora, por favor, déjame colocar atención en la clase, ya que me he perdido ya la mitad gracias a ti que me distraes con tus mensajitos. Nos vemos a la salida, Masen.

Apago el móvil sin revisar siquiera el mensaje como respuesta de Edward, prefiero leerlo después de la clase. Guardo el aparato en mi mochila y me concentro al máximo en la clase, ya que la próxima semana, según las mismas palabras de Jasper por teléfono cuando hablé con él en la semana, tenemos un pequeño examen sobre la materia que hemos pasado.

La clase pasa y de verdad que me aburro. Como antes he mencionado, a mí me encanta todo lo que tenga que ver con historia y todo eso, pero en esta única ocasión, deseo salir corriendo para no escuchar más a la señorita Stanley. No es de ser mala, en serio, pero su chillona voz nasal y sus risitas tontas me tienen cansada, lo juro. Pero, por lo menos, tiene calladitos a todos los hombres del salón ya que estos están concentrados en sus movimientos exagerados de cadera y sus "sensuales" movimientos.

Juro que más de una vez, tengo que aguantar mi deseo de colocar los ojos en blanco y bufar ante su estúpido comportamiento, parecido al de una colegiala adolescente. Por Dios, es una profesora no una adolescente en busca de novios. Ahora comprendo el consejo de Edward…. Pero, ¿qué me espera para después? ¿Acaso algo peor que esto?

Cuando el timbre suena, dando por finalizada la clase, un suspiro colectivo de las mujeres se escucha en todo el salón. Me dan ganas de echarme a reír histéricamente al ver que todas las mujeres están iguales o peor que yo. Me muerdo el labio inferior para evitar estallar en carcajadas y me apresuro a salir del aura. Cuando estoy afuera, reviso el mensaje de Edward.

¡Ja! Lo último que vas a hacer en esa clase es poner atención, te lo juro. ¡Recuerda mi consejo! Te… te espero a la salida. Nos vemos.

Me río por lo bajo y sacudo la cabeza. Edward tiene razón, lo último que hice en esa clase fue poner atención.

El resto de la tarde se pasa de forma monótona y normal. No hay ningún hecho digno de mención, ya que todas las clases que me han tocado luego de Historia han sido normales y rápidas. A la hora de almuerzo, camino tranquilamente hacia el casino para luego colocarme en la fila para comprar la comida. Entonces, se me acerca una pequeña mujer delgada, con cabello negro y largo atado en una cola de caballo, con unos ojos de un extraño pero hermoso color violeta y una hermosa sonrisa plantada en la cara. Es una chica muy hermosa.

—Hola —me saluda amablemente, mientras se coloca detrás de mí en la fila—. Tú eres Bella Swan, ¿no?

Asiento con la cabeza y estiro mi mano para tomar la suya.

—Así es.

—Yo soy Ángela Weber, la segunda profesora de Biología luego del señor Banner. —Estrecha mi mano con suavidad.

Le sonrío. Se ve una chica muy simpática.

—Un gusto, señorita Weber —digo educadamente. Ella suelta una risita, pero en comparación a la risita de la señorita Stanley, esta risita es suave y agradable.

—Oh, llámame Ángela solamente.

Pero antes de que pueda formular comentario alguno, una molestosa voz nasal me interrumpe.

— ¡Ángela, señorita Swan! —Y hablando de la reina de Roma…

Ángela a mi lado se estremece de pies a cabeza al escuchar a la señorita Stanley gritar y se me queda mirando con los ojos abiertos como platos, aterrorizada. Yo la miro igual o peor de atemorizada que ella. Dios, que mala suerte tengo.

—Jessica… —murmura mi acompañante, estremeciéndose.

Miro por sobre el hombro de Ángela y la veo allí, sonriendo de oreja a oreja pero falsamente y sus brazos extendidos hacia el cielo de forma teatral, como si esperara que yo corriera a sus brazos para abrazarla. Me estremezco sin poder evitarlo.

—Oh, Ángela, que alegría verte de nuevo después de tanto tiempo, ¿no te parece? ¡Estamos las amigas juntas de nuevo!

Por alguna extraña razón, Ángela se enfada ante sus palabras y aprieta sus manos hasta convertirlas en puño. Se da la vuelta y fulmina a la señorita Stanley con ojos entrecerrados. Yo la miro boquiabierta. Nunca hubiera pensado que alguien tan delicada y simpática como se ve Ángela, fulminara con la mirada a alguien.

—Cállate, Jessica —sisea Ángela, con los dientes apretados—. Cállate sino quieres que le cuente, cuando lo vea luego, a que estas jugando con una de las personas más preciadas para él. Sabes que es capaz de encargarse de ti personalmente. No eres una de sus personas favoritas en el mundo, ¿a que no?

La señorita Stadley suelta unas risitas y se acerca a nosotros, inclinándose hacia delante como si nos fuera a contar un secreto. Sus ojos brillan llenos de malicia.

—Tu y yo, Ángela, sabemos que entre la estúpida de su mujer y yo, me va a elegir a mí —susurra y luego se envara en su lugar, sonriendo y nos guiña un ojo—. No tiene donde perderse, ¿a que no?

Ángela gruñe por lo bajo y pone sus brazos en garra.

—Sí, claro —comenta, con su voz llena de sarcasmo—. ¿Cuándo vas a entender, Jessica, que él ama a su esposa por sobre todas las cosas? Tú sabes que él se desvive por ella, por ella que es tan hermosa, elegante y fina. ¿Y tú crees que va a dejar a alguien tan refinada y hermosa como ella por alguien de tan bajo calibre como tú? ¡Ja! Sueña, querida, sueña.

Yo miro todo esto totalmente impresionada. No sé qué hacer; si parar la discusión desde ya o dejar que Ángela le diga todas sus verdades en la cara a la señorita Stanley. A decir verdad, todas las cosas que Ángela le dice a la señorita Stanley parecen verdad y se las merece y, para ser sincera, me lo estoy pasando en grande al ver la cara de horror de la profesora de Historia con las cosas que le dice Ángela. ¡Su cara no tiene precio!

—Vas a ver que te equivocarás, Ángela, vas a ver —canturrea la profesora de Historia, con sorna. Luego, se voltea hacía mí y me sonríe—. Señorita Swan, espero que después de clase usted y yo podamos juntarnos a conversar un poco y conocernos, ¿qué le parece? Tal vez luego seamos amigas.

Yo palidezco. ¡Diablos! No sé que responderle. Entonces, Ángela bufa fuertemente y enrolla su brazo con el mío.

—Como si yo fuera a dejar que te acerques a ella, Jessica —bufa Ángela, fulminándola con la mirada—. Eres tan hipócrita, que me das pena. Vamos a ver si sigues igual de hipócrita y descarada luego de que él te haga una visita en casa, pero no precisamente para lo que tu sucia y asquerosa mente desea, sino para decirte unas cuantas verdades en la cara y así entiendas que él no te pertenece.

Jessica Stanley ignora a propósito todas las palabras que mi compañera le ha dicho y se voltea hacía mí, aún sonriendo.

— ¿Qué dice, señorita Swan?

—Señorita Standley yo…

— ¿Señorita? —Ángela se echa a reír fuertemente—. Vamos, Bella, llámala por su nombre. Tú ni nadie le debe respeto a esta… mujerzuela, nadie. Pero, por sobre todo, menos tú, Bella. Tú eres la menos indicada para tratarla con respeto, ella no se lo merece. Y larguémonos de aquí antes de que esto se ponga más feo.

Antes de que pueda replicar, la profesora de Biología me arrastra fuera del casino luego de tomar unas cuantas cosas para el almuerzo. Salemos al patio trasero del instituto y nos sentamos en unas pequeñas mesas dobles que están al lado del casino. Ángela se sienta aún bufando de rabia y coraje. Yo me siento a su lado.

—Siento eso, Bella —me dice, luego de unos momentos en silencio. Se voltea y me mira apenada—. Siento el que hayas tenido que escuchar mi discusión con Jessica, pero es que es tan hipócrita que no la soporto, en serio.

Me echo a reír entre dientes y sacudo la cabeza, quitándole importancia al asunto. Después de todo, me lo pasé en grande.

—No importa, Ángela, me lo pasé en grande viendo su cara de fastidio ante tus palabras —digo, riéndome y haciendo que Ángela se ría también—. Además… —comento, dándole un mordisco a mi pizza—, no es que entendiera mucho de que iba la discusión.

Mi compañera de mesa se tensa visiblemente y por un momento, me arrepiento de haber sacado el tema a colación. Pero entonces, Ángela se voltea y me sonríe tristemente, con sus ojos brillando llenos de tristeza.

—Aunque te parezca increíble, Jessica y yo éramos amigas inseparables cuando éramos adolescente e íbamos a este mismo instituto —me informa, y yo ahogo un gritito de la impresión—. Nos juntábamos con otra amiga más, las tres éramos muy amigas y casi nunca nos separábamos. Pero con el tiempo, Jessica cambió de forma abrupta y nunca más volvió a ser la chica divertida, simpática y amorosa que antes era.

Yo alzo una ceja, incrédula. ¿Jessica siendo simpática, amorosa y divertida? No me lo creo.

—Desde la adolescencia, Jessica ha tenido una obsesión retorcida por lo hombres casados—prosigue Ángela—. Cuando tenía diecisiete años y aún era amiga mía, se involucró con un hombre casado pero joven y muy guapo. Ella fue su amante por más de seis meses, y de verdad creí verla enamorada, pero de un día para otro él la dejó y eso la destrozó completamente. Desde ese día ella cambió completamente, se separó de nosotras y comenzó a juntarse con las porritas del instituto, quienes tenían una asquerosa reputación de ser mitómanas y come hombres.

"Al mes de juntarse con aquellas chicas, Jessica ya tenía la misma reputación asquerosa que ellas, solo que ella se metía con cuanto hombre casado se le cruzaba por el camino. Todas las mujeres del pueblo, con el tiempo, comenzaron a odiar a Jessica por robarles sus maridos y eso a ella no le importaba. Hasta que un día llegó el segundo hombre que Jessica ha amado en su vida".

— ¿Quién era? —pregunto.

Ángela sonríe con pesar y sacude la cabeza.

—Él era nuevo en el pueblo, había llegado a Forks para vivir con su tío ya que su padre no lo quería en su casa, era un chico odiado por su familia y el único que siempre le entregó amor fraternal fue su tío. Llegó un día al instituto, cuando Jessica y yo estábamos en nuestro último año de escuela, y era bastante guapo, a decir verdad, así que tenía a todas las mujeres del instituto vueltas locas por él, aunque él no miraba a ninguna. Jessica lo vio y al momento se enamoró de él, y trató con el tiempo de conquistarlo. Para ello, tuvo que alejarse de las porritas y dejar su mala fama atrás, en el olvido, junto con todas sus malas juntas, todo esto para conquistar al chico que ella amaba. El chico ya estaba enamorado, pero, lamentablemente, no era Jessica quién él amaba.

— ¿Y quién era entonces?

—La chica quién él amaba era otra amiga mía, una de las mejores. Él desde que la vio, quedó completamente hechizado de ella, y no es que lo culpe, ella era tan bella, tan tierna y amorosa que lograba enamorar a cualquier chico. Él no tuvo ojos para otra chica que para mi amiga y eso a Jessica la hizo enfurecer.

Frunzo el ceño, contrariada.

—Y esto, ¿qué tiene que ver con la discusión que ustedes mantuvieran en el casino?

—Oh, tiene mucho que ver—responde Ángela, riendo sin ganas—. El corazón de Jessica quedó roto, despechado totalmente y por ello ahora ella quiere hacer sufrir a cualquier mujer que le recuerde a mi amiga, quien ya no está en este pueblo, gracias a Dios. Jessica ahora conquista a hombres casados con el fin de quitarles todo su dinero y justo en estos momentos, está tratando de conquistar a un gran amigo mío que está casado y que su esposa está enferma. Mi amigo ama con toda su alma a su esposa, pero no ha estado con ella hace mucho tiempo ya que ella está hospitalizada hace más de tres años por haber cogido una enfermedad Terminal. Puede que Jessica sea estúpida para algunas cosas, pero para otras es bastante inteligente y ahora que la mujer de mi amigo anda de paseo en Forks, para visitar a su esposo, Jessica quiere conocerla y hacerse su amiga para acabar con ella, y así poder quedarse con mi amigo y robarle su dinero. Aunque, claro, eso yo no lo voy a permitir.

—Pero… —murmuro, entrecerrando los ojos con concentración—, lo que no entiendo es porqué te molestó tanto el que ella dijera que estaban las amigas juntas de nuevo.

—Ella no es mi amiga, Bella —gruñe— y nunca lo ha sido. Una verdadera amiga jamás intentaría quitarle el marido a la otra, aunque se hubieran distanciado con el tiempo porque ahí hay respeto por la amistad que tuvieran hace años. ¿No crees?

Jadeo audiblemente y mis ojos se abren como platos.

— ¿E-Ella i-intentó quitarte tu marido? ¿Estás casada?

—Sí, estoy felizmente casada hace dos años. —Cierra los ojos y se pasa una mano por el cuello, suspirando—. Jessica intentó conquistar a Ben cuando él y yo llevábamos un año de casados.

—Lo siento.

—No importa, ya pasó.

Los minutos que nos quedan del almuerzo lo ocupamos para comernos nuestras comidas, las dos en un silencio sepulcral, pero no de esos silencios incómodos, al contrario.

Yo mientras como, no me puedo sacar de la cabeza la historia que Ángela me ha contado. No sé porqué, pero siento que esa historia ya la he escuchado antes, aunque tampoco sé cuando ni como. Algo me dice dentro de mí que esa historia tiene algo que ver conmigo.


Bueno, he aquí el octavo capítulo de esta historia. No olviden dejarme saber sus opiniones. Un beso a todas (os).

Isa Pattinson Masen.