Descargo de responsabilidad: No soy dueña de YuGiOh ni recibo cualquier dinero por esta historia. Por supuesto la trama es mía y sus comentarios son la mejor recompensa ;)

Capítulo 1. En menos de media hora.

Ese día en Domino la lluvia caía sobre calles y edificios con un ritmo suave pero consistente que en cuestión de minutos había empapado cada superficie expuesta. Por supuesto que al interior de la tienda de juegos Suguroku Motou y el ex faraón Atemu (conocido ahora como Yami Atemu por la ley y como Atem por sus amigos cercanos) observaban el paisaje a total resguardo, pero en un momento dado el ceño del anciano se frunció de una manera que a su acompañante de piel bronceada le causó cierta gracia.

-¿Pasa algo, abuelo?

-Mmm… en realidad no es nada, pero esta lluvia se soltó de manera repentina y no creo que Yugi o alguno de los chicos haya tenido la precaución de llevar un paraguas a clases. Tal vez sería lo mejor si vas a la escuela y les llevas un par de impermeables.

-Sí, supongo que eso estaría bien. Entonces ya que las clases están por terminar supongo que es mejor que me vaya ahora ¿verdad?

-Sí, yo mismo no lo habría podido decir mejor. Vete muchacho.

Atem salió a toda prisa y Suguroku no pudo contener entonces una sonrisa. Hacía apenas un mes que conoció personalmente a ese muchacho que era tan importante para su nieto pero lo cierto era que a pesar de su carácter fuerte y su formalidad casi siempre fuera de lugar Atem era un muchacho digno de afecto y bueno, después de todas las veces que había combatido con fuerzas obscuras para salvar su alma Suguroku no tenía el menor problema en llamar al antiguo Faraón un nieto suyo, independientemente de que el color bronceado de su piel contradecía la idea de parentesco entre ambos.

Como sea, Atem salió de la tienda cerrando la puerta con una suavidad sorprendente y llevando consigo dos paraguas en una mano y otro con el que él mismo se cubría. Después de eso el anciano Motou simplemente se relajó en su asiento detrás del mostrador. Siendo justos que la lluvia fuese o no un regalo de los dioses era siempre una auténtica maldición para los negocios y por lo visto el resto del día podría considerarse afortunado si es que caían una o dos ventas más.

Su ceño se frunció otra vez pero volvió a relajarse casi de inmediato. Es verdad que la lluvia no lo favorecería esa tarde pero a últimas fechas las ventas habían estado más que bien y siendo justos que Yugi nunca había sido caprichoso ni demandante en el sentido económico… además ser el "maestro" que enseñó sus primeras lecciones al "Rey de los juegos" había traído cierto prestigio a Suguroku que hacía que muchos acudieran a la tienda y compraran la mercancía con el mero pretexto de pedirle uno o dos consejos.

Sí, el últimos mes había sido más que sólo bonito pero…

El sonido de la campana y la puerta golpeada por la puerta lo distrajo de sus reflexiones.

-Muy buenas tardes ¿en qué puedo ayudar…? – la frase se cortó cuando al levantar la vista del mostrador, Suguroku reparó en la apariencia del hombre frente a él.

….

Yugi jamás se había considerado a sí mismo como un vidente o algo por el estilo. No y siendo honestos que si se trataba del futuro creía más en lo que pudiesen decir el collar del milenio o los lectores de cartas que en sus propias conjeturas. No obstante, había ocasiones en que el corazón de Yugi se oprimía en su pecho y, por desgracia o por mera casualidad en esas ocasiones siempre había sucedido una tragedia lo suficientemente fuerte como para hacerlo sentir que no podría reponerse de ella.

Este día Yugi había sentido esa opresión desde el momento mismo de levantarse de la cama y aunque no había sucedido nada ni en el camino a la escuela ni durante las clases, esa opresión misteriosa no daba señales de querer desaparecer.

Por supuesto el muchacho de pelo tricolor no dejaba a nadie más para saber de sus inquietudes, es decir ¿qué sentido tenía si todo era un simple destello de mal humor?, pero aún si trataba de fingir que la sensación deprimente no estaba ahí, muy dentro de él seguía molestándolo.

-¡Ay no! ¡Qué mala suerte! La lluvia no quiere parar y lo último que cruzó en mi mente al salir de casa fue que iba a necesitar un paraguas. ¿Será que alguno de ustedes trajo uno de casualidad?

-Lo sentimos mucho Jou – respondieron a coro sus amigos de una manera que para los recién llegados habría parecido ensayada pero que para ellos era algo normal.

-No es justo – continuó lamentándose el rubio con lágrimas falsas deslizándose por sus mejillas – voy a llegar a casa con el aspecto de una sopa de fideos.

-¿Te quejas tú? – Le recriminó de inmediato Anzu – yo tengo que llegar al trabajo y no quiero ni pensar en el espectáculo que voy a dar escurriendo agua entre las mesas.

-Por favor Anzu no seas ridícula. Por lo menos tres un cambio de ropa y puedo apostar mi almuerzo contra un chicle a que encontrarás algo con lo que secar tu cabello.

-Sí bueno, no es culpa mía que ustedes nunca tengan la precaución de cargar una toalla extra para resolver emergencias en la clase de gimnasia.

-Emergencias en gimnasia… no tengo la menor idea de lo que me hablas. Yo nunca…

Mientras sus amigos continuaban discutiendo Yugi levantó la vista y ahí en el portón de la escuela se topó directamente con la mirada de Atem.

Perdió el aliento a partir de ese momento.

El ex faraón estaba vestido con una chaqueta gruesa y su piel bronceada como la de todo buen egipcio destacaba a distancia casi tanto como sus intensos ojos carmesí. Por supuesto que no sólo era eso, sino que a pesar de su estatura totalmente promedio el porte seguro e imponente de Atem lograba que su presencia destacara de entre todos los demás a su alrededor.

Atem sonrió hacia él y se acercó entregando directamente en manos de Jounouchi uno de los paraguas, entregó otro a Anzu y después, con el mismo movimiento fluido que había utilizado para llegar hasta ellos, se situó a lado de Yugi cubriéndolo suavemente con su propio paraguas.

-Moi Hitori… ¿Atem?

-Atem, hola – saludaron el resto de los chicos mostrándose a la vez contentos y sorprendidos de ver a su amigo.

-Atem ¿qué estás haciendo aquí?

-El abuelo pensó que tal vez les sería útil un paraguas y bueno, aquí estoy.

-Eso es excelente – dijo Anzu - ¡gracias por eso!

Así los amigos comenzaron su lento trayecto hacia la tienda de juegos, Jounouchi debajo de un paraguas, Honda compartiendo otro con Anzu y Yugi cobijado debajo del que Atem se encargaba de sostener para él.

-¿Cómo has estado? – aprovechó a preguntar el ex faraón a su compañero cuando los demás se distrajeron conversando sobre la proximidad de los exámenes finales.

-He estado bien. Gracias por preguntar.

-¿Jaquecas? ¿No regresó la fiebre?

Yugi negó con la cabeza de manera casi imperceptible. Desde hace casi una semana atrás había sufrido de dolores de cabeza leves y fiebres nocturnas. El abuelo y Yami estaban preocupados por la forma en que los síntomas aparecían y desaparecían sin explicación aparente pero la consulta médica arrojó absolutamente nada de malo con el muchacho y ya que ni las fiebres ni los dolores habían sido tan importantes como para orillar al chico incluso a quejarse con sus amigos Atem no tenía más opción que ser discreto al respecto.

-Yugi – resopló Jounouchi de improviso - ¿por qué hay tantas patrullas enfrente de la tienda?

Ese mal presentimiento que antes había removido el estómago de Yugi regresó ahora con una fuerza que no había tenido antes y, sin que él mismo entendiera porqué, el muchacho corrió hacia la tienda ignorando la lluvia helada que caía sobre él y que empapaba su uniforme aumentando su peso.

Antes de que lograra traspasar la puerta abierta de la tienda uno de los policías más jóvenes del lugar lo sujetó con fuerza.

-¡Chico no puedes entrar! Esta es la escena de un crimen.

-¿Qué? – Gritó Yugi con horror – pero tengo que entrar. Mi abuelito…

-¿Esta es tu casa? – Los ojos del policía se abrieron en compresión – Chico escucha…

-¡Yugi! – en un abrir y cerrar de ojos los amigos de Yugi llegaron junto a él y los brazos de Atem reemplazaron a los del policía envolviendo a Yugi con fuerza en un abrazo protector.

-Oficial – intervino de inmediato Honda – díganos ¿dónde está el abuelo de Yugi?

-Lamento mucho tener que decirlo – susurró el policía bajando la mirada –. Hubo un intento de robo que salió mal. Tres asaltantes armados le pidieron al señor Motou el contenido de la caja fuerte pero al parecer un grupo de jóvenes llegó en ese momento; los asaltantes se pusieron nerviosos, apuntaron a la cabeza de una de las chicas y cuando sus compañeros reaccionaron el arma se disparó un par de veces y una de las balas hirió al señor Motou… él acaba de ser trasladado al hospital.

Los jóvenes reaccionaron todos muy mal: Anzu gritó con horror, Jounouchi y Honda se veían como si quisieran golpear a alguien, Atem susurró algo así como "no tardé ni treinta minutos" y Yugi por su parte estaba tan pálido e inmóvil que cualquiera se habría espantado sólo de verlo; pos supuesto esa inmovilidad duró sólo unos segundos, pues de la nada sus pies se despegaron del piso y, corriendo con una ligereza que incluso a sus amigos les costó trabajo igualar, corrió por las calles de Domino pronunciando una única palabra.

-¡Abuelo!