Capítulo 2. Un adiós muy doloroso.
-¿Familiares de Suguroku Motou?
El doctor no tuvo que repetir la pregunta cuando Yugi y Atem estaban ya de pie y frente a él.
-Es mi abuelo – declaró Yugi adelantándose un paso al resto de sus amigos – ¿cómo está él?
-Siento mucho informarlo pero la bala impactó en un lugar muy delicado. Temo… por desgracia no hay manera de que el señor Motou pase de esta noche.
Yugi miró al hombre de bata blanca frente a él con una gravedad que correspondía perfectamente con la naturaleza de la noticia que acababa de recibir. No gritó, no se desmayó y tampoco dejó a sus ojos derramar una sola lágrima. Simplemente apretó sus puños y levantó la vista para mirar al otro a los ojos.
-¿Puedo verlo?
El doctor asintió; no tenía caso negar la visita dado que el paciente podía disponer de realmente muy poco tiempo de vida. De tal suerte, simplemente invitó al chico a seguirlo.
Mientras Yugi caminaba lentamente detrás del médico Atem de inmediato se colocó a su lado y tomó su mano entre las suyas en el mejor de los intentos de transmitir algo de apoyo y de comodidad; Anzu, Jounouchi y Honda por su parte intercambiaron entre sí una mirada de duda antes de seguir a sus viejos amigos, guardando la distancia suficiente para que Yugi consiguiera su propio espacio sin asfixiarse pero que supiera que a pesar de todo no estaba solo.
El camino por el pasillo interminable de puertas cerradas, de llantos acallados y de personas corriendo se hizo interminable. Yugi sentía a cada paso que se asfixiaba, que las luces lo cegaban y que el suelo se convertía en arena movediza y lo tragaba; sin embargo, cuando después de lo que parecieron horas por fin llegó a la habitación ocupada por su abuelo todo lo demás pasó a segundo término y la calma que exteriormente había logrado aparentar se destrozó por completo obligando a sus pies a correr directamente hacia la figura postrada en cama y a sus ojos a derramar las lágrimas que hasta el momento se habían negado a salir.
-¡Abuelo! – Llamó Yugi alineando su rostro sobre los ojos de su abuelo - ¡Abuelito! – Volvió a gemir inseguro de si este lo escuchaba o no.
-¿Y…Yu…gi? – un quejido lastimero dejó el cuerpo de Suguroku.
-¡Abuelito! Abuelito ¿estás aquí?
-Yu…gi… tie…nes que ser m…muy fuerte.
-¿Abuelito?
Pero Suguroku no dijo nada más. El monitor que marcaba sus signos vitales emitió un pitido sonoro y a pesar de que los médicos entraron como rayos a intentar revivirlo, Yugi supo que el alma de su abuelo había abandonado su cuerpo por última vez y de manera definitiva.
…..
-Esto… Seto ¿no crees que deberíamos llevar a Yugi a su casa? Es que él se ve como si se fuera a caer en cualquier momento.
Aún si en las dos horas que habían pasado desde que llegaron al hospital no había dicho nada antes, lo cierto es que Seto Kaiba estaba totalmente de acuerdo con su hermano pequeño, y si bien su carácter no le permitía acercarse al pequeño y abrazarlo, sí logró llegar hasta donde el llamado "Rey de los Juegos" estaba reclinado contra el hombro de su viejo otro yo.
Kaiba no intentó decir una palabra amable, tampoco le hizo a Yugi la pregunta estúpida de cómo se sentía. En lugar de eso llevó su mano directamente a la frente del tricolor y después de un breve contacto retrocedió haciendo una mueca.
-Yugi… eres un estúpido. Con una fiebre como esa deberías estar en casa descansando.
-No puedo irme aún – gimió Yugi en lo que parecía un balbuceo – no puedo irme hasta que entreguen el cuerpo de mi abuelito…
Agotado física y emocionalmente Yugi cayó inconsciente entre los brazos de Atem y, con tristeza y espanto, lo que sus amigos pensaron fue que era después de todo una buena cosa que el lugar en el que estaban atascados era un hospital.
…
No fue sino hasta una semana después de la muerte de Suguroku que Yugi fue capaz de visitar la tumba de su abuelo y la razón de eso era que en los primeros días fiebres y migrañas habían estado haciendo preocupantes e injustificadas apariciones. Durante ese tiempo por supuesto que Yugi no había estado solo pues sus amigos se habían turnado para montar una guardia permanente en las sillas junto a su cama, así, si Anzu no estaba ahí para intentar convencerlo de beber un poco de agua, lo más probable es que Jounouchi le estuviese proponiendo meter de contrabando al hospital una revista de contenido maduro o que Honda estuviese despotricando acerca de lo hermosa que se veía Shizuka en las últimas fotografías que había enviado a Jou. Gratamente (para Yugi) Ryou y Otigi parecían empeñarse en convertir la cama de hospital del joven Motou en un centro de juegos de mesa. Vaya, inclusive los hermanos Kaiba le habían visitado con el pretexto de necesitar "un oponente digno" para comprobar la funcionalidad del prototipo de un videojuego portátil.
Y por supuesto, siempre ahí al pie del cañon había estado también Atem.
¡Oh, Atem! Cada vez que pensaba en su viejo otro yo Yugi no podía evitar que un calor muy especial recorriera su cuerpo partiendo desde el corazón y llegando hasta las puntas de sus dedos y ahora, en la dolorosa hora de la partida de su abuelo Yugi sabía que probablemente lo único que lo había salvado de llorar hasta vaciar su alma era el hecho de que los brazos fuertes del ex Faraón lo habían sostenido en los momentos de mayor debilidad emocional y que el mismo egipcio había prácticamente establecido un campamento al pie de su cama cuando fue internado en el hospital.
En toda una semana Atem veló por la seguridad y comodidad de Yugi, limpió sus lágrimas y le brindó su apoyo incondicional, y aunque el chico no podía ser más agradecido por ello, después de que las fiebres dejaron de llegar y los médicos declararon que probablemente los síntomas eran producto del golpe emocional sufrido por el chico, la alta del hospital hizo que Yugi Motou se viera obligado a confrontar en un mismo día la terrible experiencia de salir del hospital para poder visitar finalmente el sitio de descanso eterno de su abuelo.
Yugi se había dicho una y mil vece en la última semana que todo estaba bien, que estaba listo para afrontar la realidad y que estaba dispuesto a reponerse, pero lo cierto es que, en cuanto vio grabado en la piedra el nombre de su querido abuelo lo único en lo que podía pensar era en la tristeza que llenaba su alma y en la soledad que amenazaba con absorberlo…
Sólo que no fue así, porque los amigos de Yugi estaban ahí, y, acurrucado en los brazos de Atem y rodeado de sus mejores amigos Yugi no podía evitar pensar que sin importar lo doloroso de los golpes que la vida le deparara, mientras sus amigos estuvieran ahí él tendría la fuerza para encararlo todo.
¿Era la suerte? ¿Era el destino? ¿Era todo una simple ironía de la vida? Es difícil decirlo, pero en fin. Todos los que en ciudad Domino tenían el orgullo de llamarse a sí mismo amigos de Yugi Motou sabían que a pesar de su corta estatura el "Rey de los Juegos" era una persona con un valor excepcional y un corazón de oro; en contraparte Yugi se veía a sí mismo como un muchacho común y corriente que de un modo u otro había tenido muchísima suerte y la ayuda de las personas correctas… en cambio, en otra parte del mundo una persona muy diferente a todos ellos se encontraba apoyada contra la pared de un edificio y, mera coincidencia o no, esta persona también estaba pesando en Yugi ¿por qué? Bueno, porque el cristal que colgaba de su cuello comenzaba a opacarse, sólo por eso.
