Sin más dilación, Serena tomó el mando de su televisor y puso el canal cuatro. Observo en silencio antes de proseguir con la conversación.

Ya veo…-susurró ella.

No se cómo han podido filtrar esta noticia – se lamentó la otra persona. Lo siento mucho.

No es momento para lamentarse. Sólo arréglalo – contestó secamente y colgó.

Este tipo de reacciones, comenzaban a ser normales en una Serena desquiciada por su cargo público después de muchos años. Pese a su juventud, había estado expuesta a prensa desde los 18 años, momento en el que, tras volver de sus viajes, regresó a Kalos para competir en la Clase Maestra de nuevo. Al principio, lo llevaba bien: la fama, el reconocimiento, la sensación de ser querida por todos… Pero con el pasar de los años, su carácter se fue agríando, motivo por el cual, había discutido varias veces con la señora Yashío y su gabinete de prensa. Cada vez toleraba menos los errores tan inoportunos que cometían sus asesores.

Y ahora, allí estaba. Su imagen en un programa sensacionalista que anunciaba su próxima boda. Se supone que este enlace sería algo íntimo, conocido solo por las personas más cercanas a la pareja. Pero ahora, había dejado de ser un secreto, para convertirse en la comidilla de toda la región.

Y para más INRI, tendría que acudir a ese evento organizado por Diantha. Y claro, tendría que fingir lo feliz y maravillada que estaba con la vida que ahora llevaba. Los fotógrafos le pedirían fotos, por lo que tendría que acceder gustosa. Posiblemente tendría que conceder alguna entrevista y posteriormente, recibir a todos los invitados al gran evento. A todos los invitados. ¿Incluido Satoshi? Conservaba la esperanza de no tener que encontrárselo, de no volver a fingir amabilidad hacia él, de no tener que tocar su piel ni escuchar su voz. Se estaba poniendo muy intensa, y río para sus adentros. Al fin y al cabo, habían pasado 10 años desde la última vez que lo vio. Ya había pasado página, y además, iba a contraer matrimonio con un hombre que la había cuidado y adorado desde el primer día que la vió.

No pudo evitar pensar que hubiese pasado si aquel día, que fue a visitarlo en Pueblo Paleta, él se hubiera encontrado en la casa. ¿Se habría alegrado de verla? ¿La hubiera invitado a su próximo viaje? ¿Habría cambiado algo verle en aquella primera ocasión? Hasta en tres ocasiones Serena fue a buscarle. Pero en ninguna de ellas le encontró. En todas las ocasiones, su mamá la había mirado con mirada tierna y se había disculpado por el cabeza hueca de su hijo. La última vez que decidió ir en su búsqueda, fue el momento en el que su madre, Vera, había fallecido repentinamente. Ni siquiera ahí pudo tener el apoyo del que fue su primer amor.

Tras muchas horas de viaje, por fin llegó al hostal donde debía hospedarse antes de regresar por fin a Luminalia. Al entrar en la habitación, tiró su mochila con energía sobre la cama de matrimonio que presidía una pared llena de adoquines de piedra. La decoración, algo rústica para el gusto del pelinegro, le daba un toque hogareño a la estancia.

-Por fin en Kalos – susurró Ash. Oh dioses, ¡estaba deseando hacer esto! –se quitó la chaqueta y se desabrochó sus zapatos de montaña con mucha energía. Suspiró al sentir el frescor en sus entumecidos dedos.

El pelinegro se tumbó sobre su cama y admiró la lámpara de araña del techo, mientras pensaba en su próximo reencuentro con sus amigos de Kalos. Una gran sonrisa se asomó en su rostro. ¿Qué dirían cuando lo vieran? De seguro se sorprenderían de lo mucho que había crecido, pues siempre había sido el bajito del grupo. Ahora, su casi metro noventa, era la envidia de muchos entrenadores que trataban de batirse en duelo contra él. Sabía que se había vuelto alguien atractivo para el sexo opuesto, pues en los últimos años, cada vez eran más las pretendientes que pretendían tener una relación con él. Y aunque al principio, era incapaz de percatarse de las intenciones del sexo femenino, cada cumpleaños le había aportado la serenidad y madurez de un hombre adulto. Mentiría si dijese que Satoshi no habría probado lo que era tener una mujer en sus brazos, y aun así, aun habiendo crecido emocionalmente, había sido incapaz de conectar al 100% con ninguna de las chicas.

Pero recordó que él no era el único que había crecido. Recordó la imagen de Citron. Se le veía muy adulto, pese a conservar aquel aire de chico inocente en su rostro. ¿Y Serena? Aquella cara seguía siendo la dueña de los ojos más bonitos que jamás había visto. No pudo evitar alterarse al pensar en la reacción de su amiga cuando le viera. De seguro, le reprocharía muchas cosas, pero ahora que se encontraba Kalos, tendría mucho tiempo para explicarle a solas el motivo de su desaparición durante casi una década.

Se levantó como un resorte, murmurando que no tenía tiempo que perder, y se adentró en el aseo para tomar una ducha de agua caliente.

En Luminalia, Yurika daba vueltas sobre sí misma, haciendo volar la falda de su vestido de fiesta.

-¿Te gusta hermano? – dijo con picardía. ¿Me veo como una verdadera dama? – dijo haciendo una reverencia.

Yurika tenía 17 años recién cumplidos y se veía hermosa con el vestido que su padre había encargado para tal evento. Pese a haber dado un buen estirón, conservaba todavía el aspecto de una niña, pues sus curvas no se habían desarrollado del todo. Su pelo, largo e intensamente rubio, caía como una cascada por su espalda. Ella reía encantada viéndose en su espejo favorito.

Citron la observó y soltó una gran carcajada, mientras negaba con la cabeza. Su hermanita seguía parloteando, pero él debía prestar máxima atención a su corbata, pues estaba teniendo verdaderos problemas para colocar el nudo correctamente.

¡Déjame a mí! – dijo Yurika dando un manotazo en la mano derecha de su hermano. Si tuvieses una novia, yo no tendría que estar pendiente de estos detalles – le dijo con sorna, buscando molestar a su hermano.

Déjalo ya, Yurika – pidió Citrón pacientemente.

Si algo caracterizaba al líder de la Ciudad Luminalia, era precisamente la paciencia, el aplomo y el talante de un hombre pausado, comprensivo y siempre atento a los pequeños detalles. Yurika río abiertamente, y después congeló su sonrisa, mientras terminaba los últimos retoques en la colocación de la corbata de su hermano.

-¿Crees que vendrá? – le miró con sus ojos azules, visiblemente emocionados. Me encantaría vernos reunidos de nuevo. Ha pasado tanto tiempo…- suspiró ella.

Citrón apretó sus labios con pesar. Por lo que sabía de Satoshi, este tipo de eventos no eran de su interés. Ni siquiera las últimas celebraciones de la Liga Pokémon, y las continuas invitaciones de Alain habían conseguido traer de vuelta al de Pueblo Paleta. Habían pasado diez largos daños, y la distancia, inexcusablemente había comenzado a deteriorar la amistad que habían forjado en su viaje. Pero, ¿y si había una posibilidad? Qué bonito sería disfrutar de una velada los cuatro juntos, como en los viejos tiempos. ¡Había tanto que contar!

Ash ajustó su corbata azul marino e hizo una mueca. No estaba acostumbrado a llevar corbata, y mucho menos un traje. Claro que tampoco estaba acostumbrado a acudir a eventos conmemorativos. Habitualmente, rechazaba el baño de masas por lo que ello suponía: horas de atención a periodistas que procuraban indagar en su vida de soltero de oro, fotografías interminables, y por supuesto, la presión de tener que fingir siempre ser el hombre perfecto. El yerno adorado por todas las suegras. El esposo dedicado que toda mujer querría como padre de sus hijos.

Se pasó la mano por su mentón y sonrío abiertamente. Ya no recordaba lo que era estar afeitado. Tampoco el tener un corte de pelo a la moda. La peluquera, se había tomado mucho esmero en dejarle como un modelo. Se había quitado unos buenos años de encima. Aunque todavía conservaba el bronceado del sol tras su ascenso a la cima de aquella montaña, su aspecto juvenil y desenfadado le hacía sentir de nuevo vivo.

Tras comprobar que no se olvidaba de nada, tomó su teléfono móvil y se dirigió al coche de alquiler que había pedido prestado. No le costó encontrar el lugar de la celebración, pues la ciudad estaba llena de indicaciones y de guardias que dirigían el tráfico. Tras media hora de trayecto, Satoshi se disponía a caminar por la alfombra roja. Nada más poner un pie sobre él, un fotógrafo gritó:

¡Ahí está! ¡Satoshi de Masara Town! ¡Foto! ¡Foto, por favor!

Todos los flashes se dirigieron a él, cegándolo momentáneamente. Los periodistas se agolparon en las vallas, y gritaban su nombre con el objetivo de llamar su atención. Sabía que, al menos, tendría que contestar un par de preguntas:

-¿Satoshi, a que debemos tu presencia en este acto? – preguntó un periodista que no disimulaba su sorpresa al verle allí.

Satoshi le miró procurando ocultar su desagrado ante tan impertinente pregunta. ¡No siempre había estado desaparecido! Pensó unos segundos y contestó escuetamente.

-Simplemente no podía perderme este gran evento.

-¿Te veremos acompañado esta noche? – preguntó otra periodista de corazón. Ultimamente se te ha vinculado con Misty, Lider del Gimnasio de Ciudad Celeste.

Satoshi frunció el ceño y la observó atentamente, haciendo que la periodista se sonrojara por el contacto visual. Él no alcanzaba a comprender como era posible que aquel idilio hubiese trascendido. Bueno, si se le podía llamar idilio. En una de las noches que el pelinegro había vuelto a Kanto, habían salido a celebrarlo alguno de sus míticos amigos: Brock, Misty, Gary, Tracey…Esa noche todos habían bebido más de la cuenta, y sin saber cómo, había terminado enrrollándose con ella. Pensaba que aquel desliz había quedado en la intimidad de su vida privada.

No quiso seguir contestando, por lo que se disculpó por la falta de tiempo para atenderlos, y apuró el paso hacia el interior del edificio donde tendría lugar el evento. Ya allí, encontró a muchísima gente vestida de gala, al igual que él, reunidos en pequeños corrillos, mientras algunos disfrutaban del mejor vino de la región en copa de cristal.

Talló sus ojos para intentar localizar a alguien conocido y se sorprendió al encontrar a Citrón tan rápidamente. Se encontraba en una de las barras, pidiendo una consumición. Avanzó rápidamente, y cuando por fin lo hubo encontrado, le espetó en su espalda:

-Un líder de gimnasio como tú no debería emborracharse tan temprano.

Citrón se giró sorprendido, y abrió muchos los ojos. Tardó unos segundos en reconocerle, pero ahí estaba, su sonrisa franca asomando en el rostro de Satoshi. Sus ojos, color café, continuaban igual de centellantes y perspicaces que siempre. Citrón abrió la boca, después la cerró, y cuando al fin pudo reaccionar, abrazó efusivamente a su amigo.

-¡Satoshi! – dijo apretándole fuerte.

-¡Me vas a ahogar! – se quejó el moreno, carcajeándose y dándole unas palmadas en la espalda.

Ambos se desprendieron del abrazo y se miraron. Citrón estaba sorprendido del cambio físico que había dado Satoshi. Había crecido mucho, sus facciones se habían vuelto más adultas, y su cuerpo, parecía el de un deportista de élite.

Igualmente Satoshi observaba al líder de gimnasio. Había dejado su pelo rubio un poco más largo, y llevaba un barba de un par de días que le daba un aspecto mucho más adulto.

Pensaba que no vendrías – comentó Citron ya recuperado por la sorpresa.

Sinceramente, yo también hubiese dudado. Pero lo decidí de improvisto – sonrío el amigable mientras se rascaba la nuca.

Citrón sonrío, su amigo todavía conservaba un poco de aquel Ash niño que había conocido con 14 años.

¡Hermano! Quiero que vayamos a….-Yurika frenó en seco y miró al acompañante de Citrón. ¿Quién es? – preguntó curiosa.

Satoshi la miró de arriba abajo. ¿Esa era Yurika? ¿La pequeña apodada cariñosamente como Bonnie? ¿Esa chica? Ella lo miraba expectante, sin comprender.

¿No me reconoces? – se quejó Satoshi, ligeramente disgustado.

¿Eres un amigo de mi hermano? – preguntó de forma ambigua.

Yurika, él es nuestro amigo Satoshi – informó el rubio dando una risotada.

¿Satoshi? – gritó ella como loca. La gente comenzó a observarla.

Shhhh – pidió el, llevando su dedo a la boca. No formes un escándalo. Quiero disfrutar de la velada. Yurika le miró enfadada.

¡Pero donde narices has estado! – se quejó golpéandole con fuerza en el pecho. No hemos sabido nada de ti.

Acto seguido se fundieron en un abrazo que duró unos segundos, antes de que los tres comenzaran a mirarse y a reír.

Pasaron mucho tiempo conversando de distintos temas. De cómo Yurika se estaba preparando para ascender a coordinadora Pokemon y de cómo Citrón, continuaba siendo líder de gimnasio a pesar de que algún adversario había conseguido vencerle. Satoshi se encontraba muy cómodo de nuevo, en compañía de sus amigos, pero le faltaba alguien. Necesitaba verla. Mientras los hermanos hablaban entre ellos, recordando la anécdota de Chespin y los Macarons, Satoshi alzó la vista y observó a los asistentes. Y entonces la vió. Se dio cuenta de que era ella porque la multitud se quedaba deslumbrada por la belleza de la Reina de Kalos. Llevaba el pelo recogido con un bonito pasador de diamantes, y un vestido aguamarina con espalda al descubierto, que caía sobre las curvas de su cuerpo con gracia. Ella sonreía abiertamente, iluminando cada espacio del amplio salón. Satoshi sintió su corazón paralizarse al verla. Sin saber cómo, sus pies ya habían comenzado a dirigir el camino hacia ella, pasando por en medio de los hermanos que lo miraron sorprendido.

-¿Satoshi? – preguntó Yurika confundida.

-¡Ahora vengo! – exclamó despreocupado mientras se dirigía hacia ella.

Citrón estiró su cuello y buscó con la mirada el motivo por el que Satoshi había decidido abandonarlo. Y lo encontró rápido. No era difícil, teniendo en cuenta que la presencia de la pelimiel eclipsaba la del resto. Entonces se dio cuenta de quien la acompañaba, y maldijo para sus adentros.

-¡Satoshi! Espera…-quiso frenar a su amigo intentándolo alcanzar con la mano, pero el moreno ya se había perdido entre la multitud. Mierda…-murmuro.

Ya estaba a tan solo medio metro de distancia de ella. Cada vez escuchaba más claramente su dulce voz y su sonrisa, y ya podía percatarse del ligero sonrojo de sus mejillas al conversar con aquel hombre. Estaba a punto de gritar su nombre. No quería esperar más. Quería que ella supiera que se encontraba allí, para ella. Y fundirse en un abrazo intenso. Pero entonces se detuvo en seco. El hombre que acompañaba a Serena, le pasó un brazo por la parte baja de la espalda, y después se inclinó hacia ella para besarla en la frente. Después ella se rió y apoyó su cabeza en el hombro de él, dándole la espalda a Satoshi.

La sonrisa del pelinegro se congeló, de la misma manera que sus pies se habían clavado en el suelo de mármol.