El sonido de la tímida risa de Serena había turbado a Satoshi. Se sentía como un estúpido. Allí, plantado, en medio de tanta gente, a medio camino entre sentirse olvidado por la persona que más le había querido, y por otra parte, enfadado consigo mismo por haber dejado pasar tanto tiempo sin que Serena supiera de él. No pudo evitar volver a mirarla, aunque doliese. Era inevitable. Estaba tan hermosa. Sus largas pestañas enmarcaban unos ojos azules como el cielo, y el ligero rubor de sus mejillas, le daba un aire casi de princesa. Ella tomó uno de los mechones que se habían soltado de su recogido, y lo colocó tras la oreja con sumo cuidado. Satoshi no pudo evitar sonreír. Nada había cambiado en ella. Pese a los años, seguía conservando la ternura, inocencia y belleza del rostro de una verdadera dama. Por un momento una imagen vino a su cabeza. Se imaginó siendo él, quien la tomaba por la cintura, mientras la besaba con cariño, en presencia de los muchos invitados que les admiraban. Pero rápidamente se sorprendió de este pensamiento. Ni siquiera sabía porque se había quedado completamente paralizado al verla acompañada de otro hombre. Al fin y al cabo, sólo les unía una gran amistad y la promesa de algo que pudo ser y nunca fue.
Sintió la mano calurosa de alguien que apretaba su hombro con confianza. Se volvió y descubrió a un Citrón con una mirada de terrible culpabilidad. ¿Por qué?
Satoshi, lo siento…Tenía que habértelo dicho – murmuró Citrón, ligeramente avergonzado. Satoshi le miraba sorprendido.
¡No! – exclamó más alto de lo que hubiera querido hacer – No, tranquilo. Está bien – sonrío, tratando de mostrarse tan alegre como siempre. Me alegro por ella.
Terminó prácticamente en un susurro. Ambos hermanos se miraron durante unos segundos, antes de volver la atención a Satoshi, que se encontraba todavía, con la mirada perdida, como ausente.
Ven, tómate una copa conmigo – sugirió su hermano, agarrándolo por el cuello. Una fiesta sin alcohol, no es lo mismo.
Como pudo, se llevó a un Satoshi que parecía que le costase despegar los pies de aquel lugar. Citrón miró por última vez en dirección a Serena. Había sido una metedura de pata no haber adelantado a su gran amigo que la pelimiel había rehecho su vida.
¿Cuándo le conoció? – preguntó Satoshi, apoyado sobre una gran barra de mármol, mientras admiraba su whisky con hielo. Movía el vaso con una lentitud espasmódica, como si quisiese concentrarse en el dibujo que el líquido producía en el cristal de bohemi.
Él ha sido vecino de Serena mucho antes de conocernos. El la apoyó mucho cuando su mamá murió – comentó Citrón con aire solemne.
Satoshi le miró duramente. ¿La madre de Serena había fallecido? Nadie se había tomado la molestia de decírselo. Sintió una punzada en el pecho al saber lo mal que tuvo que pasarlo su amiga. Sin pensarlo, tomó de un trago la bebida, y posó el vaso sobre la barra.
No sabía nada – dijo con un hilo de voz.
Todos nos enteramos tarde. Ella tampoco habla demasiado sobre aquel día. Aunque sé que intentó localizarte y contarte. Pero nunca te encontró.
Así que Serena había tratado de localizarle pero no lo había conseguido. Al menos sabía que no se había olvidado de él nada más embarcar en un avión hacia Hoenn. Se sintió culpable en cuanto razonó lo que acababa de pensar. Era injusto opinar así de la dulce e inocente Serena. Alzó la mano y pidió otro whisky al camarero. Citrón frunció el ceño. ¿Desde cuándo su amigo tenía tanta facilidad para las bebidas espirituosas?
El sonido de una orquesta captó la atención de todos los invitados, incluyendo al personal de servicio que se paralizó al escuchar los primeros acordes. Una elegante Diantha, aparecía sobre el escenario para deleitar a todos los invitados con su increíble y señorial belleza. Habían pasado 10 años desde la última vez que la vió, pero continuaba conservando esa chispa en su mirada. La directora de la Liga Pokemon de Kalos, pidió a todos los invitados que estuviesen pendientes, pues en cinco minutos comenzaría la recepción de las grandes personalidades invitadas, a las cuales, se les haría entrega de una medalla en favor del valor y coraje que habían demostrado.
Serena se encontraba preparada para salir al escenario. Miró a través de las cortinas la cantidad de gente que había en aquella sala. Ni siquiera había tenido tiempo de entablar conversación con Citrón y Yurika. Kalm le puso una mano en el hombro y trató de tranquilizarla.
Cielo, ya lo hemos hecho más veces – intentó quitar importancia a la gran multitud que atestaba el local. Miró por encima de Serena, que se encontraba agarrada a la cortina de terciopelo.
Aborrezco estos actos, ya lo sabes – dijo ella sin mesura.
Kalm sabía que llevarle la contraria a su querida Serena acabaría en discusión. Sonrío sin poder evitar esbozar una gran sonrisa.
Cuando quieras darte cuenta, todo habrá pasado – le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura – y quizás, si te porta bien, te de tu merecido premio – mencionó el, ronroneando, mientras acariciaba con su pulgar el jugoso labio inferior de Serena, que lo miraba con la piel encendida.
¡Kalm! – dijo ella avergonzada, retirando la mirada tan rápido como pudo.
Tranquila. Te prometo que no voy a secuestrarte – dijo el intentando aguantar la risa y la compostura. Al menos, no esta noche.
Pasaron unos minutos y se miraron. Había llegado su momento. Kalm le mostró su brazo en jarra, para que Serena lo tomase. Ambos salieron al escenario entre aplausos y silbidos. Los cañones de luz les cegaban. Los aplausos continuaban tras varios minutos sin pausa. Serena estaba a punto de desfallecer.
¡Que comience la ceremonia! – dijo Diantha, haciendo una reverencia hacia el público y acto seguido dando su lugar a la Reina y al Campeón de la liga de Kalos
Satoshi se había colocado en la zona de altas personalidades. No se podía creer que fuese a recibir una condecoración por su actuación aquel fatídico día. Diez años después. Pese a que Alan había intentado en multitud de ocasiones que acudiese a alguna de las fiestas que solía celebrar, Satoshi había huído de grandes celebraciones, pues no le gustaba que el público fijara demasiado su atención en él. Ese aspecto había cambiado mucho en su persona desde que era un niño. Cada vez más, apreciaba la tranquilidad que el anonimato le brindaba.
Veía avanzar la cola de gente que iba recibiendo las medallas de una sonriente Serena, y el saludo del Campeón de la Liga de Kalos. Gruñó sin darse cuenta. Ese título debería haber sido suyo. Claro que jamás había intentado regresar a la región para hacerse con la victoria. Del resto de lugares, había conseguido resarcirse, consiguiendo poco a poco, los títulos que lo validaban como Maestro Pokemon. Solo restaba Kalos por sumarse a la colección, pero por algún motivo, Satoshi había estado posponiendo su regreso.
Satoshi de Masara Town – dijo Diantha, tratando de ocultar su emoción.
Serena abrió mucho los ojos al escuchar aquel nombre. No podía ser. ¿Él había regresado? Sintió que se iba a desmayar la impresión, y pese a sus intentos por disimular su nerviosismo, Kalm se dio cuenta de lo que estaba pasando. Y no le gustó. Creía que después de diez años, ese asunto estaría más que zanjado. Hasta ahora, no se había puesto celoso por escuchar de los amigos de Serena que Satoshi era el chico más valeroso y optimista que conocían. Pero ahora, al ver el temblor de Serena y su respiración agitada, comenzaba a temer que tantos años trabajados para conseguir el amor de la pelimiel, se viesen truncados por la aparición de aquel joven.
Le buscó con la mirada, y para cuando le encontró, este ya se encontraba en frente de sus narices. Serena abrió mucho más los ojos. Apretó su boca tanto como pudo, haciendo que la circulación de sus labios se cortase y se viesen pálidos como la nieve.
Estaba allí. Casi no podía reconocerle. Había crecido. Mucho. Era alto, musculoso, y seguía conservando aquella mirada castaña que la observaba de forma viva y perspicaz. Su color aceitunado, había dado paso a un ligero bronceado, y su cabello, negro como el azabache, lucía corto, liso y espeso. El sonrío y ella creyó que moriría allí mismo, pero trató de controlarse.
Serena…-dijo sin poder ocultar aquella sonrisa enigmática.
Satoshi. Cuanto tiempo – dijo recuperando de nuevo la actitud seria y cortés.
Demasiado – susurró mientras tomaba una de las manos de la joven y la besaba, saltándose todos los protocolos para la sorpresa de los invitados.
Los labios de Satoshi, jugosos y calientes, se posaron encima de la piel blanca y suave de Serena, que luchaba por sobrevivir a aquel momento. Fue un ligero contacto, de apenas un segundo, pero aquel contacto le había vuelto a hacer latir el corazón de nuevo.
Kalm que observaba la situación, procurando no entrometerse, no pudo evitar carraspear para llamar la atención de la pelimiel, que enseguida hizo un movimiento brusco y se soltó del agarre del Maestro Pokemon. Satoshi le miró, sin mostrar ningún tipo de emoción.
Así que tú eres el famoso Satoshi, de Masara Town – dijo el con tono glacial, extendiéndole una mano para saludarlo.
Supongo que si – trató de continuar con la conversación, mientras observaba a Serena, que se mantenía con los ojos clavados en el suelo.
Un placer conocerte. Obtén este obsequio como muestra de nuestro agradecimiento – dijo Kalm, haciendo gala del significado de su nombre, mientras le colocaba la medalla en la solapa del traje. Le dio un ligero apretón que Satoshi supo interpretar muy bien y después se despidió fríamente, para continuar recibiendo al resto de personalidades.
El pelinegro sólo se giró una vez, para observar de nuevo a una Serena que colocaba su cabello nerviosa, para ocultar su sonrojo.
La celebración continuó sin sobresaltos y salvo por algún ligero desmayo, todos estaba disfrutando del baile, la música y la compañía. Todos menos Satoshi. Que seguía en la barra, sosteniendo su cabeza como buenamente podía, mientras continuaba observando el vaso de cristal de su quinto whisky. La sensación del tacto de la piel de Serena en sus labios no desaparecía. No sabía si era fruto de los celos, el alcohol, o ambas cosas, pero deseaba volver a encontrarse con ella. Algo dentro de él, palpitaba con fuerza. Necesitaba comprobar de nuevo si lo que había sentido era producto del reencuentro tras tantos años, o de verdad sentía algo por ella. Bebió de un sorbo y cuando estaba a punto de levantarse, su amigo le detuvo.
¿A dónde te crees que vas? – le dijo el inventor, mientras le tomaba de la solapa del traje. Satoshi le observó. Citrón se había quitado la chaqueta, y ahora lucía un look mucho más desenfadado, con la camisa de su traje ligeramente desabrochada y sin corbata.
Sintió envidia, pues el también quería sentirse libre, y se comenzó a quitar la chaqueta y la corbata, que dejó tiradas encima de la barra.
¡Por fin! – dijo para si mismo.
Que a dónde vas – insistió Citrón al ver que su amigo ya se encontraba ligeramente perjudicado.
¡A buscar a Serena! – dijo serenamente, como si se tratase de una obviedad.
¿Por qué? – preguntó el rubio extrañado.
Necesito comprobar algo – compartió con cierto secretismo. El rubio hizo una mueca.
De eso nada. Tú quédate aquí – insistió el inventor.
¡No! ¡Quiero ver a Serena! – alzó un poco la voz, haciendo que algunas personas de alrededor interrumpiesen sus conversaciones para observarle.
Yurika que miraba la escena desde cierta distancia se acercó y tomó la mano de Satoshi. Este la miró sorprendido. Yurika se había convertido en una mujercita.
Sato…-comenzó ella delicadamente. Ya tendrás tiempo de hablar con ella, ahora no es el momento.
Pero…-protestó él.
Déjala que se divierta. Hacía tiempo que no la veíamos sonreír – dijo Citrón duramente, mostrando por primera vez la molestia de que su amigo no hubiese dado señales de vida.
Todos hemos cambiado. Serena también – completó Yurika haciéndole entender.
Yo también he cambiado – terminó por decir Satoshi, aflojando y volviendo a sentarse en el taburete.
Como le dolía. Le dolía verse impotente ante la posibilidad de que Serena tuviese otro hombre que se preocupara por ella. Le dolía saber que ahora ella cocinaría, y sonreiría para otro, y que además, entregaría todo su ser a aquel hombre que la acompañaba en la tribuna. ¿O ya lo habría hecho? Nunca había contemplado la posibilidad de que otro chico que no fuera él la besase. Pero no era de extrañar. Serena tenía 24 años, y era la mujer más hermosa de aquella reunión. Cualquier hombre mataría por pasar una noche, y más de una con ella. Comenzó a sentirse extrañamente vacío, triste y somnoliento, así que pidió a los hermanos que lo acompañaran a un taxi de vuelta a su hotel.
Ya en su habitación, pensó en el bello rostro de Serena, antes de caer en un profundo sueño.
Estás muy callado – dijo ella quitándose los pendientes y colocándolos delicadamente en un joyero.
Kalm observaba un libro de espaldas a ellas. Ella mantenía su mirada fija en el espejo, como tratando de descifrarle.
Él es aquel chico del que me hablabas, ¿no? – dijo sin turbarse.
Si – admitió algo insegura.
Creía que estaba superado – comentó cerrando el libro con fuerza y dándose la vuelta para mirarla.
Se acercó a ella lentamente, como un cazador que se dirige a su presa. Serena le vió avanzar en el reflejo del espejo, y quiso darse la vuelta para enfrentarle directamente, pero él no le dejo. Puso sus manos sobre los hombros de ella y la obligó a mirarse al espejo.
Está superado…-susurró, sin tratar de ocultar la sorpresa por la declaración de Kalm.
No pareces muy convencida – dijo él continuando su agarre. Estaba furioso, lleno de celos, pero no quería demostrarlo. Más bien no podía permitírselo.
Sólo me sorprendió verle allí – reconoció abiertamente. En el fondo, quería convencerse de que era eso.
En todos los años que te conozco, jamás te había visto vibrar así por alguien. Se podía escuchar el jadeo de tu respiración en todo Kalos. No puedo evitar sentirme molesto.
Aflojó el agarre y deslizó sus manos por los brazos desnudos de una Serena que le miraba expectante.
Tan dulce Serena. Soy el hombre más afortunado y envidiado del planeta – dijo mientras posaba sus labios en el cuello de ella y le propinaba un beso intenso, que hizo que se estremeciera de pudor. Gimió ligeramente al notar la presión de los labios de él en ella.
Kalm…-susurró ella intentando conservar la cordura. Aquello no era buena idea.
Él reaccionó y se apartó de ella lentamente, como si en el fondo no quisiera abandonarla.
Supongo que tienes razón. No te tocaré hasta el día de nuestra boda.
Ella le miró y el sonrío antes de darse media vuelta y salir de la habitación. Recuperó el aliento tan rápido como pudo. ¿Qué había pasado? Kalm nunca la había tratado de esa manera, ni siquiera cuando se habían besado más de la cuenta. Por primera vez, había notado en él una sensación de querer poseerla, marcarla, hacerla suya a como diera lugar. Se mordió el labio y observó su mano derecha. No pudo extremecerse al darse cuenta que Satoshi, su amor de la infancia, había besado su piel de aquella manera tan dulce y erótica al mismo tiempo.
