Satoshi llevaba dos horas y media hora caminando, cuando se dio cuenta de que estaba en medio del bosque. Había pasado un buen rato sin prestar atención al camino, simplemente ensimismado con sus pensamientos. ¡Ese bastardo de Kalm! Pese a que por fuera, el campeón de la liga de Kalos daba una imagen de una persona tranquila, Satoshi estaba seguro que en su interior, se encontraba un verdadero bastardo sin escrúpulos. Apretó sus puños con fuerza y soltó un gran bufido, seguido de un improperio. No contaba con la presencia de aquel joven en la casa de Serena y no iba preparado para el enfrentamiento. Lo había dejado noqueado, sin opción a respuesta. De seguro, Kalm debía estar en casa de Serena, regocijándose por el gran ridículo que el mismo había hecho en la casa de la rubia. Comenzó a andar en círculos, porque ya no sabía qué camino tomar. Antes de volver a la ciudad, debía procurar calmar su fuero interno, si no quería causar verdaderos estragos.
Aunque él había sido el primero en probar los labios de Serena, y recordaba que aquella sensación no le había dejado indiferente, no fue hasta años más tarde, cuando se dio cuenta de que aquella punzada en el pecho era el reflejo de un sentimiento difícil de explicar. ¿Qué hubiese pasado si él no hubiese sido tan denso? Quizás, ¿habrían empezado una relación? Era difícil saberlo, pues ambos eran demasiado niños como para plantearse un noviazgo. Con el paso de los años, se había dado cuenta que ninguna mujer era capaz de llenarle. Ni Misty, su gran amiga de Kanto, había conseguido sacarle de ese estado de indiferencia. Sí, es cierto que había tenido sentimientos confusos por su primera acompañante en su camino por convertirse Maestro Pokémon, y le había dolido la partida de ésta. Pero comparándolas, Serena ganaba por goleada, por ser lo que él esperaba y quería de una mujer con la que compartir el resto de su vida. Serena, hasta donde la había conocido era una persona luchadora, amigable, dispuesta a ayudar, y sobretodo, cortés y amable con todos. Pero algo había cambiado, se dijo así mismo. Aquella mirada en el acto conmemorativo de la pasada noche, le había dejado claro que Serena se había distanciado de él. Pese a estar a menos de un metro de distancia de ella, la sentía más lejana que nunca.
¡Diablos! – gritó sabiendo que no había nadie alrededor. Ese estúpido de Kalm. Le haré pagar por sus palabras.
Citrón se encontraba arreglando uno de los inventos que presentaría en la próxima convención del mes de octubre, cuando alguien llamó insistentemente a la puerta de su casa. Pensó que, con esa forma tan escandalosa de timbrar, su hermana Yurika se habría olvidado las llaves.
Ya voy – alzó la voz, y se levantó dejando una de las piezas en el suelo.
Al abrir la puerta, una mirada de desconcierto se dirigió hacia la persona que tenía enfrente. Se encontraba desaliñado, su cabello estaba desordenado, como si hubiera metido las manos por él varias veces, y tenía unos ojos brillantes, llenos de furia.
¿Satoshi? – preguntó extrañado, pero contento al mismo tiempo. ¡No te esperaba! ¿Qué tal con…?
¿Por qué no me lo dijiste? – increpó el pelinegro pasando al interior de la vivienda de Citrón, empujándolo a un lado cuando pasó por delante de él con una apisonadora.
¿decirte el que, Satoshi? – Citrón fijo su atención en él. ¿Qué ha sucedido? – preguntó impaciente.
No me dijiste nada. ¡Tu eres mi amigo! ¡Se supone que tenías que habérmelo dicho! - gritaba Satoshi sin control, acercándose amenazante a Citrón.
Citrón frunció el ceño y apretó sus labios en una línea muy fina. Si no conociera a su amigo, diría que estaba a punto de propinarle un puñetazo. Claro que habían pasado diez años, quizás Satoshi no fuese el mismo chico optimista y amigable de hace años.
¿Decirte el que? – insistió de nuevo. Estaba muy confundido, pues Citrón no comprendía que era aquello de tanta importancia que tendría que haberle dicho.
Que se casaba con él – dijo con veneno en sus palabras. ¡Se va a casar con ese cretino!
Ah.
Citrón estaba sorprendido. Hasta donde él sabía, Serena no deseaba bajo ningún concepto que el resto de personas se enteraran de su matrimonio con Kalm. Prefería guardarlo en la intimidad de su vida. Pero podía ser que Satoshi la hubiese presionado, sabe dios con que, y ella se hubiese visto en la obligación de decírselo.
Él estaba ahí, con esa sonrisa estúpida, burlándose porque Serena se casará con él. A punto he estado de darle su merecido, Citrón.
¿Él? – preguntó todavía más confundido. ¿Kalm había hablado con Satoshi directamente?
Ni siquiera pude verla. Y yo como un ingenuo, comprándole galletas. Como si pudiese comprar con eso su perdón. Pensé que al volver todo sería como antes, pero ya veo que no. Me ha olvidado – dijo con un deje de desprecio.
Satoshi – le refrenó su amigo. Me parece muy injustas tus palabras.
¿Injustas? – bramó furioso, y se acercó a Citrón para tomarle por el cuello de la camisa que vestía y empujarlo contra la pared. ¿Qué es lo que te parece injusto, Citrón?
Su amigo. Quien tendría que darle la razón le estaba a punto de echar un sarmón por su comportamiento. ¡Debería de darle la razón y ayudarle a tramar un plan para recuperar el aprecio de la pelimiel!
¿Qué vas hacer? – preguntó con tono gélido, procurando que el pelinegro entrase en razón. ¿Vas a golpearme a mí, por no haber tenido el valor de hacerlo con Kalm?
Satoshi le soltó inmediatamente, y aunque Citrón todavía podía ver un brillo de furia en los ojos castaños de él, entendió que se había arrepentido instantáneamente de la agresión.
Me siento ajeno a vuestras vidas – terminó por decir, dirigiéndose a la sala de estar, para tirarse en uno de los sillones de piel que decoraban la estancia. Ni siquiera pude verla y hablar con ella.
Ya habrá tiempo – calmó Citrón. Siempre has sido demasiado impulsivo. Deja que Serena se tome su tiempo para asimilar que has vuelto.
El timbre sonó de nuevo y Citrón maldijo. Estaba seguro de que esta vez sería su hermana. Maldita Yurika. Le pidió a Satoshi que no saliese de la sala, porque por nada del mundo quería que Yurika le viese en aquel estado. El asintió apoyando su rostro en la mano y haciendo un aspaviento. Citrón le miró unos segundos antes de volver hacia la puerta de la entrada. Se le veía como un hombre abatido. ¿Podía ser posible que Satoshi hubiese madurado y fuera consciente por fin, de los sentimientos de él hacia Serena?
Yurika, sabía que….-dijo Citrón altanero cuando volvió a sorprenderse. ¡Se-serena!
La pelimiel le miraba con culpabilidad. Odiaba visitar a sus amigos sin avisarles previamente, sobre todo para evitar que la prensa se agolpase en los edificios esperando una foto de la Reina de Kalos. Pero, se sentía tan atrapada en su propia casa que había intentado huír sin dar más explicaciones. Lo que sentía, lo que estaba viviendo desde anoche, la tenía ansiosa.
Necesito hablar contigo – pidió ella suplicante.
Satoshi, que había desobedecido la orden de Citrón de quedarse sentado en el sillón, escuchaba tras una pared, sorprendido al saber que tenía a Serena a sólo unos metros de distancia.
Es que ahora estoy un poco ocupado – mintió Citrón, sintiéndose muy culpable. No quería decirle a Serena que Satoshi se encontraba allí y ponerla en un aprieto.
Por favor. Seré rápida – suplicó de nuevo, apretando sus manos contra el borde de su vestido.
Satoshi sintió una punzada en el pecho al escuchar su voz. Aquella dulce voz que le hablaba para hacerle más felices sus días. Aquella voz que había llamado su atención ante comportamientos poco adecuados. Aquella voz que le había hecho recapacitar en su peor momento en aquel combate de gimnasio por la última medalla de Kalos.
Me estoy volviendo loca, Citrón – dijo con un hilo de voz. ¡No sé que me pasa!
Serena, tranquila – dijo Citrón tocando sus hombros, intentando trasmitirle fortaleza. Cuéntame que pasa.
Es él. Desde que volvió, no puedo…-titubeo, a punto de echarse a llorar. ¡Oh, por dios! ¡Me odio a mi misma!
Tranquilízate, por favor – pidió Citrón abrazándola.
Serena soltó fuelle y dejó que unas lágrimas asomasen por su rostro. No había vuelto a llorar desde que cumplió 18 años y su madre la abandonó para siempre. Y ahí estaba, sintiéndose débil y vulnerable, en los brazos de su amigo. Aferrándose a la camisa de este. Satoshi se asomó y observó la escena. No pudo evitar sentir una punzada de celos, al pensar que podría ser él quien la tomase y abrazase de esa forma.
No puedo decirle nada a Kalm, Citrón. ¿Qué va a pensar? – dijo ella autoreflexionando. Yo me quiero casar con él, pero…-aspiró y sorbió los mocos- al verle…
¿Me quiero casar con él? Satoshi soltó una risa cínica. Y un cuerno. Pero a que se refería con la frase "Al verle". Frunció el ceño. ¿Podía ser que se refiriese a él? Intentó avanzar y pegarse más a la pared para poder escuchar con detenimiento la conversación que ambos amigos mantenían en el hall de la casa, cuando sin querer, su abdomen rozó un pequeño jarrón decorativo, y este impactó en el suelo, partiéndose en mil pesados. Al escuchar el estruendo, Citrón, que se mantenía de espaldas, se giró rápidamente, dejando en el campo de visión de Serena a un Satoshi que miraba también expectante la reacción de sus amigos.
¿Satoshi? – dijo ella, primero confuso y después avergonzada por el tremendo espectáculo bochornoso que había dado. Se mordió el labio al comprender que, de seguro, él habría escuchado toda la conversación.
Hola Serena…-dijo él tranquilo, procurando mantener la calma. Trató de acercarse a ella, pero Serena respondió dando un par de pasos hacia atrás.
¿Desde cuando llevas escuchando?
Ahí estaba de nuevo. La Serena fría e invulnerable que había visto en la fiesta la noche pasada. Por un momento, al verla sufrir en los brazos de Citrón, había visto a la niña que en su momento había conocido. Pero ahora, ella se limpiaba con rabia las lágrimas de su rostro, mientras sus ojos le miraban impacientes, esperando una respuesta.
Un rato…-reconoció casi sin pensar. ¡Quiero decir, no estaba escuchando! - trató de excusarse, pero ya era demasiado tarde. Serena había cerrado sus ojos y acto seguido se daba media vuelta para volver por donde había venido.
Hablaremos otro día, Citrón – dijo seca, provocando que el rubio tragase duro. Serena daba mucho miedo cuando se enfadaba.
La joven emprendió el paso hacia el ascensor, y Satoshi sintió el impulso de seguirla. No podía dejar pasar la ocasión de poder hablar con su amiga a solas. Había muchas cosas que aclarar. Y lo que más le interesaba, era saber el motivo por el cual, ella le miraba con ese desprecio. Aunque suponía que se debía a todos esos años desaparecido, para el de Masara Town, no había motivo para tratar así a un amigo
-¡Serena, espera! – gritó él saliendo del apartamento de Citrón, tratando de alcanzarla.
-¡No me sigas, Satoshi! – gritó ella dándole la espalda. Sólo quedaba un piso para que el ascensor llegase al 27º piso de la torre de Luminalia.
-Solo quiero hablar contigo – dijo él en un susurro suave, tomándole la mano para llamar su atención.
Ella sintió la mano del joven posarse sobre la suya, con delicadeza y fuerza al mismo tiempo, y sintió que el tacto le quemaba. Pero no sólo le quemaba tocar su piel, si no todos los recuerdos que ella creía haber dejado enterrados hacía mucho tiempo.
¿Qué haces? – le dijo clavándole una mirada llena de desprecio. No me toques – susurró, con agresividad contenida, soltándose del agarre.
¿Pero qué te pasa, Serena? – dijo él perdiendo los nervios.
Ella le miró unos segundos, y cuándo el ascensor abrió sus grandes puertas de acero, se adentró para perderle de vista. Él no lo dudo un segundo y se metió con ella.
Quiero hablar contigo – insistió él, poniéndose en frente de la pelimiel.
Este no es momento para hablar, Ash – pidió ella, tratando de controlar su genio.
¿Y cuándo será el momento? – preguntó impaciente. Estaba seguro de que Serena no tenía la más mínima intención de hablar con él.
Bueno, has tardado diez años en salir de tu escondite. Podrás esperar un poco más – soltó impulsivamente, lamentándose al momento por lo dicho.
Satoshi hizo una mueca y apretó sus labios. Ahí estaba la respuesta. Y en parte no podía extrañarse. Sabía que reencontrarse con Serena sería dudo, sobretodo, por lo que supondría explicarle el motivo de su desaparición durante diez años.
Quiero hacerlo ahora – replicó, aun sabiendo que estaba pidiendo demasiado a su amiga.
Habla – dijo ella condescendiente – te escucharé lo que tarde el ascensor en llevarnos a la planta baja.
Serena sonrío cínicamente. Creyó haber ganado el combate. No sabía cuánto podría tardar ese ascensor en llevarlos hasta abajo del todo, pero no sería más de 3 minutos. Ese tiempo no le llegaba a Satoshi ni para empezar. Y más vale que así fuera. Estaba demasiado confundida, por no saber manejar los sentimientos que tenía al ver al pelinegro. Lo último que necesitaba meses antes de su boda con Kalm, es sentirse insegura respecto al enlace.
Bien – dijo él seguro de sí mismo, girándose para darle la espalda.
Si ella quería hacer las cosas por las malas, así lo harían. Pulsó el botón de parada de emergencia y el ascensor frenó en seco, haciendo que la pelimiel pegase un respingo y perdiera el equilibrio, para terminar apoyando su espalda contra una de las paredes del elevador. Las luces se apagaron, y una tenue luz de emergencia se encendió para iluminar sus rostros. Él se giró, y le sonrío abiertamente. En la oscuridad del habitáculo, Satoshi parecía más inmenso que nunca. Serena frunció el ceño, y alzó la vista por encima del hombro del pelinegro. ¡Estaban parados en el piso número 20!.
¿Estás loco? – gritó ella, intentando llegar al panel y pulsar de nuevo el botón de parada.
"No te acerques tanto Serena, podrías llevarte una sorpresa", pensó Satoshi. Pero al segundo, se sorprendió de ese pensamiento. Pestañeo con fuerza, y al ver que la pelimiel trataba de esquivarle para activar de nuevo el ascensor, la tomó por las muñecas en un rápido movimiento que la dejó sorprendida.
Vas a escucharme. Y lo harás ahora.– dijo él sin miramientos. Te guste o no te guste.
No quería comportarse con ella de esa manera, pero no le estaba dejando otra opción. En cuanto Serena llegase a la planta baja, sabía que desaparecería y jamás volvería a verla.
Está bien. Pero suéltame – pidió ella con un hilo de voz, avergonzada por haber sentido un escalofrío al sentir la presión de las manos de él en sus muñecas. Me haces daño.
Perdona – se disculpó y la soltó de su agarre.
Ella le miró cruzándose de brazos. Satoshi sintió una punzada al sentir esos ojos azules aguamarina posados en él, escrutándolo con su vivaz mirada, esperando una respuesta de sus labios. Se rascó la nuca instintivamente y comenzó con su discurso.
Serena, sé que estás enfadada conmigo. Me fui y dije que volveríamos a vernos, que era una promesa. Y no la cumplí. Estuve mucho tiempo vagando de región en región, y ni siquiera me digné a telefonearos a todos para ver como estabais…
A ella le dolió que se refiriera a todos. En el fondo de su corazón, esperaba una disculpa más personal. ¿Pero que estaba diciendo? Ella no podía tener esa clase de pensamientos. Se iba a casar con otro hombre. ¿Para qué diablos quería que Satoshi se disculpase sólo con ella?
Al volver a Luminalia me he enterado de todo. De lo que le pasó a tu mamá – ella se tensó al escuchar esa palabra, y Satoshi no pudo evitar arrepentirse de haberla nombrado. Y bueno, me he enterado de que te casas con…-hizo una pausa y trató de sonar indiferente – con Kalm.
Ella abrió mucho los ojos. ¡Cómo había podido enterarse de esa noticia! Tragó duro, y sintió que se sofocaba y el corazón le iba a mil por hora. Mataría a los asistentes de la señora Yoshio si se enteraba de que ellos habían vuelto a meter la pata.
Sólo quiero que sepas, que pese a no haber estado cerca de ti, te he tenido muy presente durante mi viaje…-dijo acercándose a ella y acortando las distancias.
Instintivamente Serena se pegó lo máximo que pudo a la pared del ascensor. Se sentía acorrolada. Él se acercaba cada vez más, y mirándola fijamente, pareciera que la iba a besar. Serena entreabrió los labios ante la sorpresa de encontrar, de nuevo, el rostro de Satoshi tan cerca. Habían pasado 10 años desde aquel primer beso. Beso que le había servido a ella como motor de impulso para conseguir todos sus logros.
Déjame recuperar el tiempo perdido – dijo en un susurro, acariciando con su voz, el oído de la joven. Seamos amigos de nuevo.
Un jarro de agua fría calló sobre ella. Una parte oscura y profunda de ella deseaba que él la hubiese besado. ¿Ser amigos? Así que seguía siendo eso. Él no esperaba nada más de ella, salvo recuperar la amistad. No pudo evitar sonreír al comprender que nada había cambiado para el joven Maestro Pokemon. Aun así, pese a la declaración fraternal, él no se separó ni un centímetro del rostro de ella, estudiándola, esperando una respuesta.
Era verdaderamente hermosa. Serena tenía unas pequeñas pecas que bañaban su rostro y le daban un aspecto juvenil y lozano. De cerca, se dio cuenta de la multitud de matices de azul y verde en los ojos de la pelimiel. Y las largas pestañas oscuras que adornaban su bello rostro, que se encontraba sin maquillaje. Bajó la vista a sus labios, y los observó, hinchados y húmedos. Hubiera jurado que parecían esperar un beso de él. Y si por el fuera, se abalanzaría para besarlos. Este pensamiento le sorprendió a Satoshi, que se separó de ella bruscamente, sobresaltado por esas ideas que le surgían en la cabeza.
Está bien, Satoshi. Me lo pensaré – dijo ella retirando la vista de su rostro rápidamente. Ahora, tengo que irme.
Él la miró unos segundos, y tras asentir, volvió a poner en marcha el ascensor. Se colocó al lado de ella, y se centró en la suave melodía del hilo musical del elevador. Recordó la mañana en su casa y se preguntó si ese Kalm le habría dado las galletas de su parte.
Oye Serena, ¿te dio Kalm las galletas que compré para ti? – preguntó distraído.
¿Qué?
Ella se giró hacia él y lo observo. ¡Lo sabía! No estaba loca. Quien si no podía hacerle un regalo de tan poco valor, y al mismo tiempo, significar tanto. Tartamudeo y él la miró de nuevo, con un gesto vivaz que la sorprendió.
Sí. Si me las dio – dijo atropelladamente. ¿Por qué Kalm no le había dicho nada sobre Satoshi?
Me alegro. No estaba muy seguro de que fuese a hacerlo, ¿sabes?, creo que no le caigo bien – contestó Satoshi tratando de evaluar la reacción de Serena. Ella permaneció inmóvil.
Llegaron a la planta baja, y en cuanto las puertas se abrieron, Serena salió disparada como un resorte hacia el exterior.
Te acompaño – dijo él, tratando de ser amigable.
¡No! – le frenó ella. Miró hacia el exterior. Había muchos paparazzis en la puerta, agolpados, esperando que la Reina de Kalos hiciese acto de presencia. No puedo dejar que te vean conmigo.
Satoshi frunció el ceño en un gesto de desagrado.
¿No puedes o no quieres? – preguntó él.
Ella le miró, pero no respondió. Se despidió de él de manera informal, y por primera vez desde que la había vuelto a ver, le regalo una hermosa sonrisa. Satoshi sintió ganas de abrazarla, pero sabía que ella no aceptaría un gesto tan cercano.
Ya nos veremos – dijo ella enigmática, y antes de darle tiempo a él para contestar, desapareció entre la gran nube de periodistas.
