IV.

"Tocarlo a él fue como darte cuenta de que lo que siempre quisiste estaba ahí, frente a ti. Memorizarlo a él fue tan fácil como conocer todas las palabras de tu vieja canción favorita."

Una de las cosas más difíciles de olvidar acerca de él, acerca de Victor Nikiforov, había sido el brillo de sus ojos azules, esos ojos azules que en aquel preciso momento estaban mirándolo de aquel modo intenso como si aquellas pupilas del color del cielo quisieran ver dentro de él y asomarse a su alma, algo que Yuri había pensado, siempre sucedía cuando Victor lo miraba a los ojos.

Y es que sin duda alguna era muy distinto sentir aquella mirada solamente desde lejos, en la distancia; era mil veces más sencillo pretender que esa mirada no lo alteraba cuando aquellos ojos lo seguían a muchos metros de distancia que hacerlo en ese momento, cuando los ojos de Victor estaban diciéndole que el ruso había deseado aquel reencuentro con toda el alma y desde hacía mucho tiempo.

Por un momento, Yuri volvió a ver en aquel hombre que parecía cansado y dolido, la sombra del hombre al que Yuri había amado. Yuri vio en los ojos de Victor el recuerdo del entrenador que le había devuelto la confianza. Yuri miró una vez más en los ojos de Victor el recuerdo del hombre que lo había ayudado a no rendirse. Y es que Victor Nikiforov parecía no cambiar con el paso de los años, Yuri podía incluso ver los restos de aquel ídolo que él había amado y adorado sin condición alguna desde los doce años.

Y es que al tenerlo así de cerca después de mucho, mucho tiempo, Yuri se dio cuenta de que todo aquello que había querido encontrar en una persona estaba de nuevo frente a él, sonriéndole de aquel modo triste que sin embargo no lo impactaba de forma profunda. Porque Yuri también conocía el otro lado, el lado oscuro de Victor, aquel rostro que pocas personas en el mundo habían tenido que conocer. Debajo de toda aquella belleza, bajo aquella mirada arrepentida se encontraba también el hombre que lo había odiado hasta destruirlo. Debajo de aquella perfección sin macula estaba también el recuerdo del hombre que no se había tentado el corazón para herirlo, del hombre que había decidido cambiarlo por cualquier otro.

Yuri suspiró con algo de cansancio, él sabía que aquella situación sería inevitable, él de hecho había estado esperando que aquello sucediera y si había aceptado hablar con Victor era porque él solo quería que aquel encuentro se acabara rápidamente. Porque estar frente a Victor seguía doliendo, quizá siempre dolería y Yuri agradecía aquel dolor porque era esa sensación la que lo protegía de hacer estupideces, aquel dolor era lo que lo mantendría a salvo.

Había sido la maestra Minako, su maestra de ballet de toda la vida, la que le había dicho a Yuri que ella creía que en la vida de los seres humanos había cosas que era imposible perdonar, que lo imperdonable sí existía y que no había nada de malo con no otorgar el perdón cuando alguien sentía que no podía otorgarlo de forma sincera.

-Si sientes que no puedes perdonarlo, está bien, Yuri- le había dicho la mujer en medio de un estallido de llanto que lo había atacado en pleno ensayo-. Nadie puede obligarte a hacerlo, el perdón no es la octava maravilla del mundo como todos dicen. Puedes vivir bien sin perdonar, a veces es eso lo que te aleja de volver a ser herido y está bien, no eres peor persona por hacer esto…

-Solo quiero que el dolor se acabe- había dicho Yuri con los ojos llenos de lágrimas-. Solo quiero que esto termine, ya no puedo soportarlo, quiero que el dolor no exista…

-Eso es imposible, mi pequeño- había dicho la profesora con una sonrisa compasiva mientras tomaba las manos del muchacho con fuerza-. A veces creo que el dolor es el que nos da forma, ser humano es sentir dolor la mayor parte del tiempo. Esta vida siempre te dará más dolor que dicha, somos una especie condenada al dolor pero ¿sabes qué es lo importante de eso? Que todo duele Yuri, todo duele y sin embargo seguimos adelante y tú seguirás adelante ¿entiendes? Si el amor de quien te hirió te hizo fuerte una vez y lo has perdido, entonces es tu responsabilidad amarte a ti mismo y hacerte fuerte a ti mismo. Puedes hacerlo, Yuri, el amor es amor venga de donde venga y el amor que sentimos por nosotros mismos es el que al final nos saca a flote o termina hundiéndonos. Eres dueño de tu dolor, Yuri, tienes que sentirlo, tienes que dejar que fluya pero ese dolor no debe ser tu dueño ¿entiendes? No perdones a Victor si no puedes hacerlo, pero intenta acallar sus recuerdos…

-¿Puedo condenarlo al silencio?- había preguntado Yuri con verdadera esperanza.

-Alguien dijo una vez que el silencio es el único olvido y el único perdón- dijo la maestra Minako con convicción-. Si así lo deseas, jamás mencionaré el nombre de Victor y tú puedes hacer lo mismo. Haz lo que tengas que hacer, Yuri, hazlo y si el mundo dice algo al respecto ¿qué más da? El mundo siempre tiene algo que decir pero lo que importa al final es lo que uno tenga para decirse a sí mismo…

Después de aquella conversación Yuri de verdad había abrazado a su dolor y definitivamente había empezado a acallar los recuerdos de Victor, los ahuyentaba de él con firmeza, se protegía de ellos como quien se protege de un virus mortal. Yuri dejó que los recuerdos de Victor se desvanecieran en su cabeza y el chico descubrió que era más fácil cuando no luchaba con ellos. Yuri dejaba que los recuerdos le aguijonearan el alma, los repetía una y otra vez como quien repite las palabras de su canción favorita hasta que esa canción deja de tener sentido, hasta que uno se siente harto de aquella canción que antes era tan fácil aprender y escuchar.

Fue así como su dolor se transformó en escudo y no en una carga, fue así como en aquel silencio Yuri empezó a recuperar su amor propio y aquel amor enorme por el hielo que quizá nada borraría de él aunque pasaran mil años.

Y aquel dolor-escudo seguía protegiéndolo en aquel instante cuando los ojos de Victor Nikiforov intentaban llegar a él y aunque ciertamente, estaban cerca, Yuri seguía sintiéndose lejos, muy lejos del sentimiento que se dibujaba en los ojos de Victor cuya voz había cobrado sonido una vez más pero Yuri se sentía tranquilo porque él sabía que no sería para siempre. Dijera lo que dijera Victor, su historia no volverá a empezar, Yuri sabía que su historia de amor había sido un error la primera vez y darle una segunda oportunidad sería como volver a lanzarse estúpidamente a aquella caída libre que había terminado con él tiempo atrás.

Y Yuri se sentía ya mayor como para cometer los mismo errores del pasado, él sabía dentro de su corazón que hay algunas cosas que no deben volver, algunas cosas de verdad terminan para bien, para no volver a empezar de nuevo porque ¿quién sería tan necio como para embarcarse en una aventura que terminaría de nuevo en un naufragio, para una aventura que de verdad no tenía destino?

Yuri sentía que en aquel momento su vida estaba en el lugar donde tenía que estar, había logrado coronarse como campeón olímpico y aquel sueño vuelto realidad era toda la felicidad que necesitaba. Porque a veces era hermoso y liberador tener sueños para uno mismo, sueños que no tengan que ser compartidos con nadie más y Yuri se había acostumbrado a la soledad, a Yuri jamás le había asustado algo como eso.

Yuri ahora sabía que la soledad era cálida a veces, que era más un refugio. Yuri quería ser egoísta y si el mundo iba a llamarlo un horrible hombre por no sentir piedad de aquel que lo había destruido, la gente podía decir lo que fuera. Yuri no quería ser recordado como un santo, Yuri no necesitaba que todo el mundo lo amara, lo cierto era que, aunque aquellos ojos azules seguían alterándolo, Yuri no necesitaba ya el amor de Victor Nikiforov, y él estaba seguro de que en el fondo de su corazón Victor tampoco necesitaba el suyo.

No, él y Victor no volverían a estar juntos y eso era así porque a pesar de que una vez en el tiempo aquel ruso que seguía siendo hermoso, había sido todo lo que Yuri había querido, lo cierto era que quizá ninguno de los dos había estado al lado del otro en realidad…