VI.
"Y es por eso que él da vueltas en mi cabeza, regresa a mí como el rojo más brillante. Su amor fue como manejar un Maserati en un callejón sin salida."
Cuando el invierno llegaba cada año, Yuri no podía evitar sentir dolor al ver la nieve cayendo fuera de su ventana. Habían pasado cinco años desde que Victor Nikiforov le dijera que volvería a Barcelona cada invierno para esperar por él en aquel lugar, aquel sitio delante de la Catedral de Santa Eulalia donde una vez, cuando él no era más que un joven soñador que acaba de cumplir veinticuatro años, Yuri había puesto un anillo dorado en el dedo de la persona que él pensó, estaría a su lado toda la vida.
Los ojos marrones de Yuri, los cuales habían ido recuperando su brillo con el paso de los días, estaban fijos en el cielo gris mientras sus manos estaban concentradas en acariciar a un pequeño perro de pelaje rizado y café que se parecía mucho al primer cachorro que él había amado, Vicchan, el pequeño caniche que había muerto mientras él estudiaba en Estados Unidos.
El hombre, quien aquel verano había cumplido treinta y un años no podía evitar sentirse triste pues aquellas nevadas siempre hacían que su corazón se llenara de recuerdos. Era como si la primera nieve del invierno siempre trajera a él con especial nitidez aquella noche en Barcelona, la noche previa a la Final del Grand Prix en la que le había regalado a Victor un anillo dorado como muestra de agradecimiento y de un amor infinito, de ese amor que había muerto y que Yuri ya no había podido sentir por nadie.
Yuri sonrió al pensar en aquello, en el hecho de que sus padres solían reñirlo constantemente por su negativa a salir con alguien o buscarse un esposo con el cual pudiera dirigir Yutopia más adelante en su vida pero Yuri era especialista en evitar aquel tema.
Dentro de su corazón, el muchacho sabía que el amor que él pudiera ofrecerle a alguien siempre sería un amor frío, un amor incompleto, un amor que quizá siempre estaría comparando con aquel otro sentimiento que había perdido en el pasado.
Y era verdad que Yuri no quería ser cruel con nadie, él mejor que nadie sabía lo cruel que era amar a alguien a medias. Sí, podía sonar a una locura digna de un solterón cualquiera pero Yuri sentía que ya se había probado a si mismo que no sabía nada del amor y por eso mismo, prefería su soledad a la posible idea de terminar hiriendo a alguien con el solo motivo de granjearse compañía.
Algunas personas no habían nacido para conocer el amor de un compañero de vida y Yuri suponía que aquel era su cosa y la vida que había decidido vivir aquellos años estaba bien para él.
Y es que aquellos cinco años que habían pasado después de su último encuentro con Victor habían sido años felices, años de viajes, de giras y de triunfos como entrenador porque Kenjirou Minami le había dejado en claro a todo el mundo del patinaje artístico que Japón seguía siendo el hogar de una nueva generación de campeones imbatibles cuyo reino había instaurado Yuri Katsuki.
Y aunque la gente seguía mirándolo con lastima- porque así es la gente, hagas lo que hagas jamás estará satisfecha con tu vida por la sola razón de que jamás podrán estar satisfechos con la suya propia- a Yuri de verdad no le molestaba ser ese hombre solitario y de sonrisa franca que salía a pasear todas las tardes al lado de su pequeño caniche que poco a poco iba convirtiéndose en el perro enorme que llegaría a ser.
Además, Yuri estaba siempre cerca de su amada pista de hielo, aquel era el único amor del que no podía privarse y seguía entrenando campeones a diestra y siniestra porque aquel era su lugar en el mundo, el hielo era su lugar feliz en el universo y Victor Nikiforov ya no era parte de ese universo tampoco porque sorprendiendo a propios y extraños, Victor no había vuelto a acercarse a una pista de hielo después del campeonato olímpico y de algún modo, Yuri agradecía aquella ausencia aunque a veces se encontraba preguntándose por qué Victor había abandonado algo que parecía amar de verdad.
Yuri suponía que Victor simplemente había necesitado buscar otro lugar feliz y aquello estaba bien. Durante todos aquellos años, Yuri había elevado una pequeña plegaria al cielo pidiéndole a los dioses que Victor pudiera encontrar la felicidad porque a pesar de todo, Yuri seguía pensando que ningún ser humano merecía sentir dolor por siempre y él deseaba que Victor hubiera llegado a la misma conclusión, que Victor hubiera podido por fin perdonarse y seguir adelante del mismo modo en el que él lo había hecho.
Aunque era verdad que algunas veces Yuri se encontraba a sí mismo contemplando el cielo y recordando momentos agradables al lado de Victor o palabras hermosas que Victor le había dicho, lo cierto era que ni siquiera en aquellos instantes Yuri había sentido la necesidad de ir a buscarlo o de encontrarse con él en Barcelona como Victor le había pedido que hiciera antes de despedirse definitivamente de él.
Solo había existido una ocasión en la que el deseo de comprobar si era cierto que Victor estaba esperándolo le causó verdaderas ansias de tomar el primer vuelo a España, pero Yuri suponía que aquella había sido una de sus últimas locuras de juventud.
Todo había sucedido durante el primer invierno después de que Victor le pidiera que lo pensara todo antes de decirle adiós para siempre, Yuri había estado pensando seriamente en la opción de volver a aquel amor que había dejado. Y es que los recuerdos felices de Victor lo atacaban con insistencia, ardían dentro de él como pequeñas llamas que parecían querer decirle que aquella vez todo sería distinto, que Victor de verdad quería empezar de nuevo y que los dos eran ahora mayores, que ya no cometerían los mismos errores.
El deseo de cometer una locura había sido de verdad grande, y justo cuando casi había decidido acudir a la cita en Barcelona sin más razón que su propia locura, Yuri había escuchado los rumores de la vida de Victor Nikiforov que circulaban en la pista de hielo donde Yuri entrenaba ya a Kenjirou Minami.
-Está saliendo con un actor americano- decían los patinadores jóvenes con una sonrisa pícara y traviesa-. Victor de verdad no pierde el tiempo ahora que ha anunciado su retiro total de las pistas de hielo. Este mes su juguete es un actor, el mes pasado fue un bailarín del ballet Bolshói.
-Bueno, un hombre guapo y sexy como él debe ser insaciable- decía una chica alegremente-. Creo que esa es la razón por la que nuestro entrenador Yuri no fue suficiente para él aunque ¿saben algo? El entrenador Katsuki merece algo mejor, a veces odio verlo así de solo y triste…
-No está solo- decía Minami con una sonrisa llena de fe-. Nos tiene a nosotros, tiene al hielo, no sé si puedan creerme pero creo que todo esto lo hace feliz de verdad…
Yuri había escuchado aquellas palabras de sus estudiantes con una mezcla de tristeza por el baño de realidad que los rumores representaban y también, con una nota alegre de felicidad que le habían provocado las palabras de sus pupilos. Sí, ellos sentían cariño por él y él de verdad los quería con todo el corazón porque gracias a ellos su lugar feliz seguía siendo un lugar lleno de dicha, así que en lugar de castigarse por haber estado a punto de cometer una locura, decidió que aquella era la señal definitiva del universo que le gritaba que sería una estupidez querer volver a un pasado que antes le había hecho tanto daño.
Además los rumores de las nuevas conquistas de Victor habían sido confirmados después como hechos por varios de los conocidos de ambos con los que Yuri seguía teniendo contacto, por lo que aquella realidad fue como aquel cubo de agua fría que apagó las llamas dentro del pelinegro quien de pronto había comprendido que era mejor no aferrarse a la esperanza estúpida de una posibilidad que jamás existiría.
Además, si era verdad que Victor estaba saliendo con más personas aquello era una buena señal, aquello estaba bien porque eso quería decir que Victor estaba olvidándolo, eso quería decir que Victor continuaba con la búsqueda de ese amor perfecto que Yuri jamás había podido darle.
Así que el deseo de empezar de nuevo algo que sin duda estaba condenado a no ser desde el principio, se apagó dentro de Yuri con la misma rapidez con la que se había encendido y aquel día el chico agradeció de verdad que sus estudiantes estuvieran tan al pendiente de los rumores del circuito.
Por eso, desde aquel año, el primer día de nieve que anunciaba la llegada del invierno se había convertido para Yuri en un día nostálgico en el que la misma pregunta se repetía dentro de él: "¿Él estará allá? ¿De verdad Victor viajaba cada año a Barcelona en la misma fecha en la que él le había regalado aquel anillo dorado? ¿Victor seguía esperando por él?"
El hombre sonrió con tristeza al pensar que era muy presuntuoso imaginar que Victor seguiría haciendo eso por él cuando lo cierto es que no había perdido el tiempo para intentar olvidarlo, así que seguramente la respuesta a sus preguntas era un no rotundo, un no que no admite dudas ni suposiciones.
Y en realidad estaba bien que fuera así, algunas historias de amor no son más que un suspiro en el viento, no son más que un estallido de rojo que rápidamente se disipa en el cielo. Y aunque era verdad que Victor y sus recuerdos lo acompañarían por siempre, Yuri estaba tranquilo al saber que aquellos recuerdos también morirían con él.
Porque amar a Victor había sido como manejar un auto de carreras, un viaje excitante que había terminado en una tragedia que le había dejado el corazón yermo y vacío.
Y es que quizá las historias de amor con un final feliz más que la regla, eran la excepción en el mundo de los humanos cuya naturaleza siempre los invita a destruir, algunas historias de amor están condenadas a ser transitorias solamente.
Algunas historias de amor de verdad son transitorias como las flores de los árboles de cerezo que en Japón florecen una sola vez al año y mueren días después haciendo que las personas se pregunten por qué una belleza de aquella magnitud no puede durar para siempre.
Yuri sonrió con un poco más de luz en sus labios al pensar en aquello y una idea extraña llegó a su mente de repente y esto era que algunas cosas, como a las flores de cerezo o su historia de amor con Victor, eran bellas precisamente porque no habían tenido la oportunidad de convertirse en un por siempre…
