Sirius observó con mirada ausente a Peter y James hablar sobre quidditch. Estos eran sus amigos ahora. Todo lo que tenía, dada la situación en la que se encontraba.

Hace exactamente una semana, su melliza había levantado su varita contra él, y declarado que se avergonzaba de cualquier lazo que la uniera a él.

No es que la culpara.

La extrañaba. Extrañaba a Hermione.

La había lastimado tanto. La venia lastimando desde hace tantos años. Y ella siempre había sonreído y seguido adelante. Había seguido a su lado.

Pero ya no más, al parecer hasta alguien como ella tenía un límite en su capacidad de tolerancia.

Desde pequeños, el solo había querido divertirse, ¿Qué había de malo en eso? No quería sentarse en aburridas lecciones de etiqueta, ni educación que iba a recibir en Hogwarts de todos modos; en cambio ella… Merlín, ella posiblemente tampoco quería hacer todas esas cosas, pero las hacia porque era su deber, y eso a los ojos de sus padres la había hecho la niña perfecta.

Las comparaciones siempre lo habían encontrado defectuoso, y pronto había comenzado a resentir lo que sentía como un ataque personal.

Pero nunca lo había sido. Hermione nunca había sido cruel con él, por el contrario, siempre había estado ahí para abogar por el cuándo se metía en problemas. Siempre lo había cuidado, y él se lo había pagado muy mal.

Ella nunca se quejaba, por nada. Las únicas veces que se había rebelado contra sus padres habían sido en favor de otros, nunca para escapar de sus deberes.

Sirius sonrió, al recordar la primera vez que Hermione había discutido con su madre. No, no discutido, la primera vez que Hermione había regañado a Walburga Black. La mujer se había quedado estática ante la furia en el rostro de su usualmente apacible hija de cinco años. La niña había encontrado a Kreacher quemándose los dedos en la cocina, por haberle servido el té equivocado a su Lady.

Los castigos y autoflagelaciones habían quedado estrictamente prohibidos en Grimmauld Place desde ese día. Todos sospecharon que, más que el regaño acerca de la violencia innecesaria y los derechos de los elfos, lo que había ablandado a Walburga habían sido las lágrimas que se derramaban por las pequeñas mejillas de la niña, y la expresión de traición y decepción en sus orbes grises. El dolor allí le hubiese hecho pensar a cualquiera que ella había sido a la que se había sometido a tortura.

Kreacher había creído, desde ese día, que la pequeña Hermione Black era en realidad la encarnación de una divinidad, a la que deseaba servir hasta su último día.

Elfos, muggles y él. Todos tenían algo en común: una pequeña niña que siempre iba a alzar su voz para defenderlos hasta las últimas consecuencias, incluso de sus padres.

Pero ahora ella no podía siquiera sostenerle la mirada. Estaba avergonzada de él, por primera vez. Y con razones.

Y su madre le había enviado un vociferador esa misma noche en la cena, recordándole cuanto la avergonzaba que él fuese su hijo. Por primera vez, coincidía.

Su padre no se había dignado a decirle una palabra, ni siquiera cuando él le escribió para preguntar por Reggie (quien, por cierto, luego de enviarle una corta carta diciéndole que ya no eran hermanos, no había vuelto a abrir una carta suya, enviándolas cerradas de regreso).

Y luego estaba la nueva fascinación de James por Lily, quien se había vuelto una presencia constante en el grupo durante toda la semana.

Lily era toda sonrisas y amabilidad; también era la única amiga de Hermione, y la había traicionado, atacado por la espalda.

Había querido herirla, y aunque sabía que él ya no era quien para juzgar a nadie en ese ámbito, viejos instintos que se habían hallado sepultados bajo años de celos se alzaban cada vez que la pelirroja se acercaba a él, una especie de alerta impulsiva que deseaba proteger a su hermana y alejarse del enemigo.

Pero Hermione ya no lo necesitaba (nunca lo había necesitado, en realidad. Ella siempre era la que cuidaba de él, debía admitir), no ahora que tenía a Lupin y Snape. Eran sus leales caballeros de brillante armadura, dispuestos a proteger a su Lady por sobre todo. Solo había bastado con ver las expresiones en sus rostros, la forma en la que gravitaban alrededor de ella al caminar por el pasillo, como dispuestos a saltar frente a un Avada si la ocasión lo ameritaba.

Lupin había salvado a Hermione de lo que fuera que Evans tenía pensado para ella. Y ella ni siquiera había dedicado una mirada en dirección a su amigo. Hermione confiaba al cien por ciento en la capacidad (y la intención) del Gryffindor para mantenerla a salvo.

La joven pelirroja se unió a la charla en la sala común, y Sirius decidió irse a su habitación, ahora que nadie le estaba prestando atención.

Recostado en su cama, se preguntó si alguna vez Hermione y Regulus podrían volver a mirarlo como a un hermano. Tal vez era demasiado tarde, pensó, mientras su mente regresaba una y otra vez al momento previo al duelo, antes de que los ojos de su hermana se convirtieran en hielo.

Allí había ira, y decepción, y dolor, y traición y tristeza. Y el mismo se había encargado de poner todo eso ahí.

-Lo siento tanto, Mione-

El joven susurró un hechizo silenciador con la voz rota, y solo entonces dejó las lágrimas caer.

-Lo siento…-

¡Hola! El capítulo de hoy es cortito, pero quería escribir algo desde la perspectiva de Sirius, para que su personaje no quede como uno totalmente plano y unidimensional.

Quiero dejar más en claro la postura de este niño de 11 años que se siente menospreciado por sus padres, celoso de la atención positiva que recibe su hermana (algo muy común, sobre todo cuando los padres tienen ese feo hábito de comparar a sus hijos), y solo quiere ser apreciado por quien es realmente.

Está en un momento conflictivo, porque él se rebela para obtener la atención que realmente desea de su familia, pero obtiene atención negativa, lo que lo frustra más, y ahora tiene este grupo de amistades con los que puede obtener la atención positiva que deseaba pero a un precio alto, porque está distanciándose cada vez mas de su familia (con la que él siente no tiene nada en común pero, como todo niño, tiene un apego emocional de todos modos).

Sus padres tienen estas expectativas (tal vez demasiado pesadas para un niño de su edad) y al no poder cumplir con ellas, su mecanismo de defensa fue demonizar en su mente a sus padres y las enseñanzas que no podía aplicar a sí mismo, una forma de decir "hey, no encajo, no porque yo sea el problema, sino porque ellos están mal y es mi elección no ser como ellos". Los tres están en falta.

Ahora, aunque ama a su melliza (y tiene un vínculo muy especial con ella, como todos los mellizos) siente que renunciar a sus amigos lo dejaría solo con gente que no es capaz de comprenderlo, pero estar con sus amigos significa no solo distanciarse de sus hermanos, sino directamente convertirse en enemigos.

Ahora habrá que ver que decide al final, y si decide demasiado tarde.

Y que decide Hermione que, aunque tiene una gran capacidad para perdonar, ha perdonado demasiadas cosas durante años y el que él haya retado su protección oficial sobre Remus y Severus puede haber sido la gota que desbordó el vaso (aquí, de nuevo, no piensen en la analítica mente de Hermione Granger, sino en Hermione Black, de 11 años, que además está atada mágicamente a sus dos "protegidos" por un lazo mágico, sintiendo la compulsión de priorizar mantenerlos a salvo).

¡Santa madre de Merlín! Iba a hacer una aclaración cortita y me escribí un libro de psicología._.

Ya me voy, ya me voy. Perdón jaja

Hasta la próxima, ¡espero que hayan disfrutado el capítulo!

Lady Black Snape