N/A: Por alguna razón esto se está extendiendo más y más cada vez que escribo. Así que ignoren cuando quiera especular sobre cuántos capítulos quedan, simplemente no lo sé.

Ahora, necesito que entiendan un poco lo que está sucediendo con Lance; nuestro querido paladín se ha considerado, hasta hace una semana, completamente heterosexual ¿de acuerdo? Notar que por primera vez la persona que te gusta es otro hombre, no es algo para tomar a la ligera. No creo que sea así (Me refiero a que él debe aceptar para sí mismo lo que le está pasando y no simplemente intentar negarlo o ignorarlo). De repente se ha encontrado con un montón de dudas sobre sí mismo. Sin dejar de lado que no puede evitar pensar que quizás Keith ya tiene a alguien y lo que pasó entre ellos fue algo del momento. No es una situación fácil para él.

Pero bueno, es Lance, él puede sobreponerse a cualquier cosa.

En este capítulo va un poco de mi experiencia personal, y como quisiera, desearía, que las personas importantes para uno reaccionaran realmente.

Keith sigue sin entender nada. Tranquilos, el próximo capítulo será prácticamente exclusivo para él.

Sin más que decir, espero que lo disfruten!


Fin de año y algo más.

Capítulo 3:

Bienvenido al buzón de voz

Emma McClain se consideraba a sí misma como una persona paciente, alguien tolerante y que siempre esperaba a saber todas las versiones sobre algún asunto determinado. En su trabajo aquello era necesario, pues los adolescentes le resultaban más complicados de lo que recordaba que habían sido en su momento. Llevaba poco tiempo enseñando pero se sentía orgullosa de ser el tipo de profesora que se ganaba la confianza de los alumnos pero sin perder el respeto que ellos debían tenerle.

Además, no era su estilo meterse en la vida de las demás personas. Su pensamiento es que cada uno tiene una historia, una vida y diferentes motivaciones que le hacen ser a cada quien, pues, quien era. Si la persona en cuestión no venía a ella específicamente, ella aguardaría a la distancia hasta que el momento llegara.

Excepto si se trataba de sus hermanos.

Cuando la cuestión era sobre ellos, con la mayor facilidad del mundo, Emma podía ignorar a la perfección todas las concepciones sobre sí misma y volverse una persona completamente diferente.

Ella había hablado de frente con Dean, ya hacía muchos años atrás, cuando rumores infundados sobre él se habían expandido por toda la escuela a la que ambos asistían y ninguno de sus "maravillosos" amigos había ni siquiera intentado sacar el tema a colación.

Fue ella quien intervino cuando las gemelas había tenido su crisis de identidad porque un grupo de chicas superficiales había empezado a hacer comentarios innecesarios (la situación había mutado a una crisis de cabellos teñidos de diferentes y chillones colores. Sus hermanas realmente le debían una grande).

Y había sido Emma quien se pegó a la pequeña Sara una vez que Lance partió a la universidad, dejándola sin confidente y guía.

Era cuestión de tiempo para que se viera obligada a intervenir en la vida de su hermano menor.

Lo que nunca imaginó, fue el desenlace de la situación.

Emma había esperado hasta el día siguiente (luego de que sus hermanos volvieran de la ciudad vecina), mordiéndose los labios cada vez que algún comentario sobre el humor de Lance, o su encierro, quería escapársele. Dean empezaba sus queridas vacaciones recién a partir de ese día y por alguna razón tenía el presentimiento de que necesitaría su apoyo.

Con lo último que le quedaba de paciencia, esperó hasta el atardecer cuando sus padres salieron juntos para tomar un café (costumbre que tenían hacía muchos años, pues era una forma de pasar un momento a solas como pareja que eran), las gemelas distraídas en el living jugando videojuegos y Sara en una esquina, perdida entre las páginas de algún nuevo libro. Lance no había salido de su habitación desde que había terminado el almuerzo.

Dean captó su mirada y su movimiento sugestivo de cejas. El hombre asintió en silencio. Compartió una mirada llena de entendimiento con su querida esposa y besó la coronilla de su pequeña hija, quien mantenía la mirada atenta al juego de sus tías en la pantalla grande. Ambos hermanos se levantaron en silencio de su lugar, intentando no llamar la atención.

Dios, se sentía como si estuviesen a punto de llevar a cabo algún plan sumamente difícil, cuando lo único que iban a hacer era tener una conversación con un miembro de la familia.

Claro que sólo recordar que ese miembro era justamente Lance, justificaba la sensación. No exageraban cuando decían que el chico siempre había mantenido sus asuntos para sí mismo; siempre una sonrisa en su rostro, siempre una broma saliendo de sus labios.


Lance estaba tendido de forma desprolija sobre su cama, con un peluche en forma de balón de fútbol entre sus manos, lanzándolo una y otra vez hacia el techo. Había sido un regalo de Sara en algún momento cuando aún era una niña.

Estaba aburrido. Muy aburrido. Pero no tenía ganas de salir de su habitación ni mucho menos de su casa. No tenía las energías suficientes para ser él mismo entre otras personas, ni siquiera entre Hunk y Pidge que eran quienes mejor lo conocían.

Su teléfono permanecía apagado en su mesita de noche.

Su cabeza era un lío sin fin de pensamientos enredados, opiniones opuestas y sentimientos encontrados que simplemente no podía comprender. No quería comprenderlos.

Lance admitía para sí mismo que el detonante de aquella situación había sido, efectivamente, el hecho de ver a Keith en el centro comercial el día anterior. Era el detonante, pero no la causa definitiva. Es decir, no era sólo por haber visto a alguien más, a otro chico, abrazándolo con semejante confianza. Podía tratarse de cualquier persona, de un familiar (para su desgracia, no podía recordar el rostro del hermano de Keith que había visto en la foto del autobús), y aún si ese no era el caso podía tratarse de un simple amigo. Él mismo y Hunk habían compartido a lo largo de su vida una incontable cantidad de abrazos, incluso más estrechos que el que había, supuestamente, presenciado.

Para ponerlo en pocas palabras, Lance estaba… asustado.

De sí mismo por sentir emociones que antes no había contemplado. El mayor ejemplo de ello eran los celos. No era tonto, definitivamente, y podía darse cuenta de que eso era lo que había sentido. Celos, decepción, inseguridad, frustración. Y sentir todo eso le había hecho entrar en una especie de crisis.

Porque si se sentía así, sólo podía deberse a una única razón. Y eso era que a él realmente le gustaba Keith. No era un simple juego de coqueteo entre dos chicos que habían tenido química desde el primer momento (segundo, más bien). Le gustaba.

Y ser consciente de que le gustaba de verdad otro chico, otro hombre, pues era algo bastante… fuerte. Esa conclusión, para empeorar las cosas, traía consigo un centenar de dudas más.

¿Era sólo Keith? ¿Había pasado por esto antes y no lo había notado? ¿Las chicas ya no le interesaban? ¿O ahora le gustaban ambos sexos? ¿O, quizás, había sido siempre de esa forma? ¿Podía imaginarse saliendo con un chico? ¿Era sólo algo superficial? ¿Sería transitorio?

De alguna u otra forma, hora tras hora meditando con la vista fija en el techo de su habitación, había podido medianamente encontrar una respuesta a cada una de esas preguntas.

Por ahora sí. Creía que no. No era ese el caso precisamente. Se sentía más cómodo pensando que sí. Probablemente. Definitivamente sí con Keith. No tenía la menor idea (para ambas últimas preguntas).

Pero las dudas más importantes, las cuáles reflejaban cuál era el miedo que más lo atormentaba desde la tarde anterior y quizás desde que había llegado a casa, eran aquellas que había intentado ignorar el mayor tiempo posible.

¿Estaba eso bien?

¿Qué pensaría su familia?

¿Qué pensaba Keith?

Eran preguntas que no se atrevía a formular en voz alta, al igual que las respuestas que había encontrado para las preguntas anteriores. Simplemente toda la situación era abrumadora y casi, casi, se arrepentía de haber tomado ese autobús (sabía que en el fondo esa era la mayor mentira).

— ¿Lance?

La voz de Dean llamó su atención. Sus dos hermanos mayores aparecieron en la puerta y Lance supo que estaba en problemas cuando notó esa mirada en ambos pares de ojos.

— ¿Qué sucede?— Respondió sin moverse de su lugar pero intentando usar una voz animada, algo que les dijera a sus visitantes que se encontraba perfectamente.

Le bastó ver el ceño fruncido de Emma para saber que no había funcionado. Dean cerró la puerta tras ellos y se acercaron a la cama. Lance no tuvo más opción que sentarse de forma correcta, sus hermanos tomando lugares a ambos costados.

— ¿Estás listo para hablar, hermanito?

Tragó saliva ante la pregunta de Emma, su cabeza funcionando a mil para encontrar una escapatoria a su situación.

— Claro ¿de qué?— Respondió intentando parecer despreocupado. Su hermana rodó los ojos.

— De lo que sea que te está sucediendo— Explicó Dean con calma— Lo que menos queremos, Emma y yo, es invadir tu vida. Pero realmente creo que necesitas hablarlo en algún momento.

— Nos habríamos mantenido al margen si, al menos, lo hubieses hecho con Pidge y Hunk pero sabemos que no es así. Y tu humor no ha sido más que mierda desde ayer.

Lance frunció el ceño. Empezaba a sentirse agitado y acorralado. No era una linda sensación.

— Pues lamento si estoy arruinando el ambiente de las fiestas. Mi humor de mierda y yo estamos bien, gracias.

Dean se quedó sin palabras ante el comentario ácido de su hermano. Eso era algo que nunca pasaba, pero en ese momento, tal y como estaban las cosas, era algo bueno. Necesitaban lamentablemente empujar a Lance un poco más al límite. Era la única forma de que sacara afuera lo que sea que le estaba molestando.

— ¿Y se puede saber qué causó o causa ese humor?— Tanteó Emma. Lance la miró molesto, intentando decirle que no era un niño.

— Nada.

— Pues debe ser la nada más importante del mundo para tenerte así.

Dean miró a su hermana con reproche. La idea era darle la confianza a Lance para que hablara, no empezar una discusión sarcástica con él. Se rascó la parte de atrás de la cabeza, pensando que decir ante el silencio repentino. Dios, esperaba que Lulú no pasara por facetas tan complicadas cuando fuese adolescente (o que Marian fuese mucho más hábil que él en ese campo).

— Escucha, Lance—

— ¡Vamos chicos!— Lance se levantó de su lugar y miró a la cara a sus hermanos. Su voz era de irritación— ¿Qué es esto? ¿Una intervención, en serio? Qué tengo ¿quince años? Porque nunca necesité algo así en ese entonces y definitivamente no necesito algo así ahora.

— ¡Pues ahí te equivocas!— Emma se levantó de su lugar también y Dean supo que las cosas iban a salirse de control de un momento a otro— Tu actitud está gritando que necesitas una. Lo hace desde que llegaste a casa. Vamos Lance ¿qué puede ser tan terrible como para que no nos puedas contar? Dean y yo tenemos más experiencia, seguramente podemos ayudar o mínimo darte algún consejo para—

— ¡No, no pueden! ¡Ninguno de los dos!

Lance había gritado. Con enojo, con frustración y con tristeza. Porque era cierto, porque estaba avergonzado, porque no tenía la menor idea de qué debía hacer. Por primera vez en la vida deseó que sus hermanos lo dejasen solo.

Dean y Emma compartieron una mirada de preocupación. ¿Debían seguir o era mejor hacerle caso a Lance y terminar con aquello?

— Si nos explicas, estoy seguro de que algo podremos hacer. Los tres— Dijo Dean, manteniendo la calma que siempre lo caracterizaba. Lance miraba el suelo de la habitación— Esto sólo hace evidente que necesitas sacarlo afuera. Confía en nosotros Lance.

— No es tan fácil, Dean— Murmuró sin mirarlos— Y no tienen porqué meterse en mis cosas ¡todo está bien!

— ¡No, no lo está!— Gritó Emma. Se acercó con una zancada a su hermano y puso una mano en su hombro, con el ceño fruncido. Lance se negó a mirarla— ¿No puedes entenderlo? Empezamos esto en primer lugar justamente por eso. Mamá y papá también están preocupados ¡Sara y las chicas llegaron asustadas ayer!

— ¡Nadie les pidió que se preocuparan!— Lance corrió la mano de su hermana con brusquedad. Sus ojos tenían una expresión entre avergonzada y furiosa a la vez.

Dean supo que si las cosas no se calmaban, su hermano iba a terminar diciendo cosas que no sentía ni de cerca.

— Basta, Emma, es suficiente.

Emma se giró hacia Dean, notando que su expresión de seriedad era la señal para terminar con esa situación. Definitivamente no habían logrado nada más que poner a Lance a la defensiva. Suspiró intentando tranquilizarse. Ella no quería pelear con el chico.

— Cuando eras apenas un niño…— Susurró— pasé toda una noche en vela en tu cuarto ¿recuerdas? Era la mitad de la noche y tú seguías con la luz encendida— Lance la miró sin entender a qué venían tales palabras— Cuando te pregunté, dijiste que no tenías sueño lo cual era una enorme mentira si mirabas tus enrojecidos ojos. Un minuto después me confesaste que tenías miedo de que algo saliera del armario, así que te convencí de ir a dormir prometiéndote que me quedaría despierta toda la noche para vigilarlo.

Lance podía vagamente recordarlo. Había sido cuando no tenía más de unos seis años y había intentado mirar su primera película de miedo. No había dormido tranquilo en toda la semana.

— Y cumplí, Lance. ¿Por qué no confías en mí de la misma forma que entonces?

Emma estaba dolida. Más allá de saber qué era lo que le ocurría a su hermano, el hecho de que no pudiera confiar en ellos era lo verdaderamente doloroso. Lance bajó la vista al suelo un momento y luego se giró para salir de la habitación, deteniéndose en el último segundo, antes de abrir la puerta.

— Ya no soy un niño, Emma.

— Pero sigues siendo mi hermanito.

Lance se mordió el labio inferior. Mierda. Emma sabía jugar sus cartas. Una palabra más y terminaría por confesarlo todo.

(Habría sido bueno que Lance dejara toda su inseguridad de lado por un momento. Que recordara con quiénes estaba hablando. Qué se diera cuenta de que había otras formas. Sus hermanos lo conocían a la perfección y él debió saberlo).

Cuando abrió la puerta, se congeló en su lugar.

María, Ally y Sara estaban apoyadas en la pared frente a su habitación. Sus expresiones eran una mezcla entre sorpresa, temor porque acababa de descubrirlas escuchando, y preocupación. Una enorme preocupación. Los ojos llorosos de Sara eran la prueba de ello.

Lance estaba haciendo llorar, por segunda vez, a una de las personas más preciadas para él.

Eso era todo.

Que la bomba explotara.

— ¡Bien! ¡¿Quieren saber?!— Gritó mirando a Emma y Dean que seguían dentro de su habitación, incapaz de mirar a las menores del otro lado.

Sus palabras salieron antes de que su cabeza pudiera pensar.

— ¡Soy un maldito idiota al que le gusta otro chico! ¡Un hombre!

El silencio inundó el lugar por un momento, nadie encontrando las palabras adecuadas para cortarlo. Todas las miradas sobre él; ni siquiera quiso indagar si eran de sorpresa, de indignación o de asco. No podría soportar ver esas expresiones. Miró una última vez a Emma a los ojos.

— Ahí tienes tu confesión, hermanita.

Se dio la vuelta para salir de allí. Necesitaba aire fresco.

Cuando llegó al living evitó mirar a su cuñada, pues sabía que su cara debía estar roja y sus ojos hacían todo lo posible por aguantar unas traicioneras lágrimas de frustración. Estaba enojado con sus hermanos por emboscarlo de esa forma, estaba avergonzado consigo mismo por no haber sido capaz de guardar sus sentimientos y haber hecho que todo terminara en un enorme drama.

Al llegar a la puerta de la calle, habiendo tomado sus llaves de la mesita de la entrada, sintió unos brazos rodearlo por la cintura y aferrarse a él como si no hubiera mañana.

— ¡Eres un idiota Lance!— Los brazos pertenecían a Sara, y su voz le llegaba amortiguada porque su hermanita estaba enterrando su rostro en su espalda, apresándolo con fuerza.

Después de eso, Lance simplemente no entendió más nada.

Las gemelas se unieron a Sara y lo abrazaron por ambos lados. Lo hicieron con tanta fuerza que terminó chocando sus rodillas con la madera frente a él. Miró a las tres completamente desconcertado.

— Eres un egoísta, un idiota y un dramático, Lance McClain— Dijo Emma, apareciendo de la nada frente a él cuando logró girarse. Ella también lo abrazó, por el cuello. Con cariño.

Algo muy alejado a lo que él esperaba.

No había que malinterpretar; no era como si su familia antes hubiese manifestado sentimientos de homofobia ni nada por el estilo. Era un tema que simplemente nunca se había tocado en profundidad, pero podía recordar a la perfección las miradas de incomodidad cada vez que algo de ello aparecía en los programas de televisión. Así que tampoco podían culparlo por haber esperado lo peor.

— Siempre fuiste una reina del drama— Comentó Dean, ahora parado junto a su esposa— Pero después de todos estos años viviendo juntos, creí que podrías darnos un poco más de crédito.

¿Qué?

— ¿Qué?— Balbuceó.

— ¡A nadie le importa de quién carajo te enamoras, estúpido Lance!— Todos sabían que debían reprender a Ally por insultar de esa forma, pero simplemente no venía al caso.

— Resumidamente, ese es el punto— Comentó Dean con gracia, rodeando la cintura de Marian con un brazo. Y por primera vez en todo ese rato, le dirigió una sonrisa.

Lance no terminaba de entender. O más bien, de creer.


Shiro se detuvo cuando cruzó la puerta principal del departamento y frunció el ceño. Keith estaba sentado en el sofá, con las rodillas flexionadas contra él y la vista fija en un punto sobre la mesita de café de la sala. Con una ceja alzada se acercó en silencio al chico y notó que lo que tanto estaba mirando, era a su teléfono. Más intrigado que antes, se apoyó en el respaldar del sofá para hablarle.

— ¿Todo bien, Keith?

El aludido, por decir poco, casi saltó de su lugar al escucharlo. Se giró hacia su hermano y lo fulminó con la mirada. Shiro le regaló una sonrisa de disculpa.

— Ni siquiera te escuché entrar— Suspiró con vergüenza disfrazada de molestia— Sí, Shiro, todo bien ¿Por qué preguntas?

— Porque estás todo emo en el sofá. En la misma posición en la que te vi cuando salí hace dos horas. No sé, me llamó la atención— Respondió el mayor con una sonrisita autosuficiente, haciendo obvio que sabía que algo pasaba.

Keith rodó los ojos pero no hizo otro comentario al respecto. Se hundió un poco más en el sofá.

— ¿Entonces?— Tanteó Shiro una vez más, mirando de la misma forma al aparato frente a ellos, como si esperara lo mismo que Keith.

El chico bufó.

— Al parecer me están ignorando.

— ¿Quién?

— Alguien— Respondió con un tono aburrido, pero era obvio que ese alguien era importante. Al menos para perturbar el humor de un chico como Keith, quien había aprendido a simplemente ignorar todo lo que le molestaba.

Shiro hizo un sonido con su boca, como si hubiese entendido todo el asunto.

— ¿Qué hiciste?

— ¿Disculpa?— Reclamó Keith volteándose por primera vez hacia el mayor, con una expresión de indignación. Shiro rió un poco.

— Fue una broma, vamos— Intentó calmarlo— Pero es raro que alguien haya hecho que te interesaras tanto en esa persona, a tal punto de apuñalar a tu teléfono con la mirada de esa forma sólo porque tarda en responderte.

Keith primero pareció dispuesto a refutar cada una de sus palabras, pero entonces se quedó callado y con una expresión indescifrable volvió a recargar su espalda en el sofá mientras se cruzaba de brazos.

— No está tardando en responderme. No lo está haciendo en absoluto, desde anoche.

— ¿No crees que algo pudo pasarle a su teléfono?

— Quizás pero… no creo que ese sea el caso. Ayer a la tarde respondió pero fue… raro.

Shiro meditó ante el silencio de Keith. Una sonrisa queriendo aflorar en sus labios; si algo le gustaba era ver al antisocial de su hermano preocupándose por una amistad con alguien de verdad.

— Probablemente se arrepintió de todo… Tiene sentido.

— ¿De qué hablas?— Preguntó Shiro confundido. Keith vaciló al responder.

— Quizás, yo lo haya ¿besado?

Silencio.

Bien, adiós preocupación por la amistad de Keith.

Esto era peor.

— ¿Se dejó?— Preguntó, aguantando una sonrisa. Keith solo asintió— ¿Te correspondió?

Tardó. Lo dudó un momento, pero finalmente el chico volvió a asentir.

Shiro asintió con entendimiento y se alejó del sofá para rodearlo e ir junto a su hermano. Sin mediar palabra tomó el teléfono y se lo extendió con un gesto demandante. Keith levantó una ceja sin entender lo que quería.

Niños, suspiró Shiro para su interior.

— Llámalo.

Los ojos de Keith se abrieron con sorpresa.

— ¿Qué? ¡No!— Lo miró con desesperación— No puedo hacer eso.

— ¿Por qué no?— Volvió a suspirar— Escucha Keith. Si a alguien algo no le hubiese gustado, en primer lugar no te habría correspondido, créeme. Debe haber algún malentendido o quizás algo le pasó. No puedes saberlo. A menos que le llames.

— Seguramente no va a contestar…— Murmuró Keith sin mirarlo a los ojos.

— Bueno, eso es algo que tendrás que averiguar— Animó, haciendo un gesto con el teléfono para que lo tomara. Keith suspiró por enésima vez en el día antes de tomarlo.

No pierdes nada por una llamada, se dijo, sin creérselo.


— Entonces… ¿cómo se llama?

Lance sintió sus mejillas calientes ante la pregunta de María. Después de la mini escena de drama que habían montado, todos los hermanos McClain se habían calmado y habían tomado asiento todos juntos en la sala, distribuidos en los diferentes sofás. Lance estaba entre Sara y María, quienes no habían querido alejarse de su hermano. Enfrente, Emma estaba en un sofá individual y Ally sobre el brazo del mismo.

— Keith— Respondió, todavía inhibido.

Nadie podía culparlo. Todos los ojos estaban sobre él, si bien no forzándolo a hablar como momentos atrás, era evidente que estaban esperando que les diera más información sobre la situación.

Lástima, se dijo, no hay más para contar. Y no creía que fuese a haber algo más, pronto. El recuerdo de su teléfono apagado, olvidado en su habitación, le dio una punzada de culpa. Keith no debía entender porqué estaba evitándolo de esa forma. De hecho, no planeaba hacerlo para siempre. Pero por ahora necesitaba un respiro.

— ¿Cuándo vamos a conocerlo?— Preguntó Sara esta vez, con una sonrisa. Expresión que pronto desapareció al ver el decaimiento que alcanzó a los ojos de Lance.

Con una débil sonrisa en el rostro, llevó una mano hasta su nuca. Miró a sus hermanos con un poco de vergüenza y tristeza a la vez.

— No sé si eso vaya a suceder… Creo que ya tiene a alguien ¿entiendes?— Le respondió a Sara lo más calmado que pudo. Realmente no quería hacerla sentir mal por tercera vez en la semana. El resto de sus hermanos guardaron silencio.

El momento fue cortado por la llegada de sus padres, quienes al verlos tan increíblemente tranquilos y la mayoría aún con ojos que denotaban las lágrimas que antes habían derramado, se quedaron parados en la entrada. Por un momento, ambos temieron que algo malo hubiese sucedido, que alguno de sus amados hijos estuviese herido o algo por el estilo.

Dean se levantó de su lugar junto a Marian y les sonrió a sus padres para calmarlos, mientras tomaba el abrigo de su madre.

— ¿Ocurre algo?— Preguntó George, con preocupación. Nadie dijo nada.

Lance encontró los ojos de Emma, quien hizo un gesto con sus cejas para hacerle una muda pregunta. ¿Debían guardar el secreto o iba a hablar con sus padres? Era decisión suya.

Se dio cuenta de que quizás ese era el mejor momento.

Suspiró, tomando valor de algún lado. Tal vez Keith estuviese con alguien más en ese momento, pero la realidad era que aún así le gustaba. Quien sabía, quizás una vez que volvieran a Altea las cosas podrían cambiar. Quizás de aquí a un año, o cualquier intervalo de tiempo, Keith estaría disponible para realmente mirarlo a él como creyó que había estado haciendo. Si eso pasaba, no le parecía bien que sus padres fuesen los únicos tomados por sorpresa.

Se levantó de su lugar y se acercó a los patriarcas de la casa. Con la misma sonrisa que le había mostrado tan solo un momento atrás a sus hermanos, se paró frente a ellos, con evidente nerviosismo. Se aclaró la voz.

— Creo que… tengo que hablar con ustedes.

George y Mora compartieron una mirada de preocupación. Entonces, Mora se acercó más a su hijo y tomó su mano.

— Estamos aquí para ti, lo sabes.

Lance se preguntó qué clase de salvador había sido en su vida pasada como para tener una familia tan comprensiva. Sí, primero resolvería esto (se lo debía a sí mismo), luego pensaría sobre el asunto de Keith. Podría, quizás, por lo menos intentar ser su amigo.

Era una perspectiva que, al menos, levantaba un poco su ánimo.


Keith se levantó del sofá sin decir ni una sola palabra y se dirigió a su habitación, cerrando la puerta con un sonoro ruido.

Shiro debía admitir que ese no era el resultado que había esperado, pero tampoco había algo que él pudiera hacer. Miró con reproche al teléfono que su hermano acababa de lanzar con molestia sobre la mesita nuevamente, como si el aparato tuviese la culpa de todo.

El alguien del que Keith hablaba nunca respondió. El buzón de voz lo había hecho en su lugar las tres veces que había intentado.

Oh, pero él no iba a dejar que su hermano simplemente se rindiera de esa forma. Claro que no. Nadie rechazaba a su hermanito sin siquiera darle una explicación al respecto.