Disclaimer: Los personajes de Voltron: Legendary Defender pertenecen a Dreamworks y a aquellos que participaron y participan de su creación.
N/A: Pueden atribuirle la tardanza a mi irresponsabilidad y a mi bloqueo de inspiración, adelante. Para serles sincera, me han pasado muchísimas cosas que simplemente me habían dejado la mente seca.
¡Muchas gracias a esa persona que me envió un review a las 5 am! No sólo me despertó sino que, por alguna extraña razón, me hizo recordar que mi mejor terapia para los problemas es escribir, por más poco seria que sea la historia. Gracias a esa persona este capítulo fue terminado hoy!
Y gracias obviamente a todos los que me dejaron reviews y/o agregaron la historia a sus favoritos, me alegran la vida.
Espero que les guste, disfruten!
Fin de año y algo más.
Capítulo 4:
¿Eso es lo que quieres?
Hunk:
Hey Lance
Pidge y yo sabemos que has tenido unos días difíciles y lamentamos muchísimo no haber estado allí contigo. Mi familia y yo estamos llegando a casa y sé que Pidge llega en un par de horas. Si estás de acuerdo y lo necesitas (te aseguro que sí), en un rato paso por tu casa. Pidge se nos unirá cuando llegue.
Nos preocupas, lo sabes ¿verdad?
Pidge:
Hunk me ha bombardeado los últimos días con audios y mensajes de preocupación sobre ti. Está igual que mi mamá cuando Matt y yo nos escapamos a la feria tecnológica cuando éramos niños.
Apenas vuelva a casa, me instalaré en la tuya hasta que nos cuentes y soluciones de una maldita vez todo tu drama existencial ¿entendido?
No me subestimes McClain.
Lance se permitió una sonrisita nerviosa y orgullosa a la vez. Esos eran los últimos de varios mensajes que sus amigos le habían enviado. Cerró los diferentes avisos emergentes que habían aparecido en su pantalla apenas prendió el teléfono. Notificaciones y avisos de sus redes sociales, más los mensajes de sus amigos.
Tomó aire para intentar tranquilizar sus latidos pues había un detalle en particular que le había hecho acelerar el pulso de un segundo a otro. El teléfono de Lance guardaba una sorpresa que casi le hizo soltar el aparato al vacío de su habitación.
Tres llamadas perdidas. De Keith.
Incluso el buzón de los mensajes tenía varios provenientes del mismo chico. Era un poco extraño, todos estaban espaciados por varias horas y después simplemente se había detenido. Lógico, pensó, si él se daba cuenta de que alguien estaba evitando responder sus mensajes también se habría detenido.
Pero entonces estaban esas tres llamadas con apenas segundos de diferencia entre cada una. Y un último mensaje.
Keith:
Oye, ¿Podría saber qué hice mal?
Y después de eso, siendo que había sido enviado a horas de la madrugada, no había nada más. Lance por su lado, no sabía exactamente qué era lo que debía sentir.
Por una parte, sentía esa pequeña emoción al notar que la persona que te gusta está pendiente de ti. Que está preocupado por ti. Incluso, si releía el mensaje, hasta se sentía culpable por haber desaparecido de esa forma. Pero por el otro lado...
Lance se dejaba ganar por la inseguridad. ¿Por qué alguien como Keith estaría interesado en él? Además, era bastante obvia la cercanía que tenía con aquel chico del centro comercial. Probablemente estaba pasando tiempo con él en ese preciso momento.
En esa línea de pensamiento era cuando se detenía, agitaba la cabeza para alejar esas ideas y volvía a mirar al aparato frente a él. Pensando qué hacer, pensando qué era lo que quería que sucediera de ahora en adelante. Pensando en qué decirle a este chico que había dado vuelta su mundo en el corto plazo de una semana.
Lance:
Son los mejores amigos que alguien como yo podría desear ¿saben eso?
Cuando quieran venir, saben que son bienvenidos
De hecho, necesito que vengan. Han pasado varias cosas.
Los veo un rato.
Allura era una mujer que hacía no mucho había llegado a los veintiséis años pero qué, le gustaba considerar, tenía la vida bastante resuelta. Se había graduado de una de las universidades más prestigiosas del país a los veintidós años, había conseguido su trabajo ideal en la misma ciudad donde vivía su familia y, después de casi cinco años de dudas y de rondar uno alrededor del otro, había comenzado a salir con quién creía era el amor de su vida.
Y hacía tan solo seis meses se había casado con dicha persona. Allura amaba a Shiro. Su personalidad, su intelecto, su seriedad y ternura. Sus ocurrencias impulsivas y su sentido del humor. Amaba el esfuerzo que el chico había tenido que hacer en su vida una vez que sus padres fallecieron y tuvo que hacerse cargo de su pequeño hermano adoptivo. Amaba la persona en la que se había convertido tras todo ese sacrificio.
Incluso, pensaba con gracia, había aprendido a amar a las otras dos personas más importantes en la vida de Shiro; su hermano, Keith, y su mejor amigo, Matt. La mayor parte del tiempo Allura sentía que en el departamento que ambos compartían vivían cuatro personas, no dos. Y si debía ser sincera, eso no le molestaba en absoluto.
Keith había sido alguien sumamente difícil de acercarse al principio, cuando lo conoció con tan sólo trece años de edad. Los padres de Shiro habían fallecido tres años antes y las cosas para los hermanos sólo habían ido creciendo en dificultad desde entonces. En aquel momento, ambos vivían en un pequeño y modesto apartamento mientras Shiro asistía a Altea en su segundo año y Keith asistía a la escuela pública más cercana. Para entonces, Matt, quien era compañero de clases de Shiro, ya era una constante en sus vidas.
Allura había conocido a Shiro cuando ambos trabajaban en una concurrida cafetería del campus. Ella sólo tomaba turnos de medio tiempo pero Shiro trabajaba tantos turnos como fuese posible. Pronto ella creyó que el chico era alguna especie de genio que podía llevar el trabajo y los estudios al mismo tiempo (su beca impresionaba bastante). Luego, con una sensación extraña de orgullo en su pecho, notó que eso sólo era el resultado de enormes sacrificios que Shiro hacía para salir adelante con su hermano.
Probablemente el día que notó aquello, fue el mismo día en que se dio cuenta de que estaba enamorada de él.
Allura ya conocía a ese par de hermanos como la palma de su mano. Se consideraba la persona más cercana a ellos, junto con Matt. Sabía cómo era la dinámica entre ellos, conocía lo bien que podían entenderse e incluso podía contar con los dedos de una sola mano la cantidad de veces que aquellos dos habían discutido por algo seriamente.
Quizás fue exactamente por eso que el desconcierto la inundó cuando entró a su departamento.
— ¡No te pedí que te metieras en mi vida!
— ¿Entonces qué? ¿Vas a seguir encerrado en tu habitación y esperando que las cosas se solucionen solas?
Keith se vio sumamente molesto por las palabras de su hermano y le dirigió la mirada más furiosa que Allura había visto en él. Shiro estaba parado en medio de la sala, de brazos cruzados y una mirada severa en su rostro. En el suelo, a unos metros, estaba su teléfono móvil.
— Es asunto mío ¿de acuerdo?— Keith se movió de su lugar, una vez que divisó a Allura en la entrada, y se obligó a bajar su tono de voz un poco, pero no sin dejar su enojo de lado— Ni siquiera sé por qué te importa tanto una situación tan estúpida como esta.
Luego de murmurar eso, el chico se metió a su habitación con un sonoro portazo. Shiro, aún sin ver a su querida esposa, dejó salir un profundo suspiro y se apretó el puente de la nariz con su mano buena, en un claro signo de cansancio.
—Eso sí fue algo nuevo.
Shiro levantó la vista ante el comentario de Allura. En cuanto la vio, un leve sonrojo apareció en su rostro, avergonzado por la escena que habían montado con Keith.
— Lo siento, no te oí llegar.
Allura se acercó a él, negando con la cabeza y lo abrazó firmemente por el pecho, guardando silencio para darle espacio a que él hablara. Podía intuir que, si bien algo estaba afectando a Keith (era bastante difícil verle enojado con su adorado hermano mayor), aquella no había sido una discusión fácil de entender.
— ¿Keith está bien?— Preguntó sin terminar el abrazo. Shiro asintió.
— Sí, es sólo que… creí que era el momento para que mejorara ¿entiendes? Pero es tan terco que no puedo hacerle ver esa oportunidad.
Allura entendía. Claro que lo hacía. Shiro había tenido la misma preocupación hacia su hermano desde que ella los había conocido, a pesar de que al principio había sido un simple sentimiento de incomodidad.
Keith no tenía ambiciones para su vida. Keith no tomaba decisiones importantes y mucho menos se arriesgaba por aquello que quería; principalmente porque carecía de tal cosa.
Sí, el chico había conseguido una beca en la misma universidad que ellos y sus calificaciones eran excelentes, pero eso no era algo que le quitara el sueño. Keith había nacido con una mente casi tan buena como la de Shiro. Y, sabían, la única razón por la que había elegido a Altea era porque ellos, y Matt, se habían graduado de allí.
Fuera de eso, Keith siempre había hecho lo que los demás sugerían que hiciera. No en el sentido de que fuese alguien sumiso que no tenía decisión propia, no. Era más bien un aspecto de su personalidad que no le dejaba salir de su zona de confort. Si algo no venía a él, Keith no iría a buscarlo. Keith no pondría en peligro su vida normal y su paz mental para lograr alguna cosa. Y si mostraba la intención de hacerlo, desistía con rapidez.
Keith no era desganado ni haragán, ni mucho menos alguien aprovechado de su hermano. Allura sabía cuánto el chico valoraba a la persona que había dado todo porque él tuviese una buena vida. Su problema era que su mayor temor, aparentemente, era perder todo lo que esa vida implicaba. Keith no soportaba la idea de conseguir algo y luego perderlo; así como había encontrado los padres más amorosos del mundo y luego los había perdido en menos de un minuto.
Él prefería no encontrar cosas nuevas, no hacer lazos nuevos, no experimentar cosas buenas que podrían desaparecer de un momento a otro.
— ¿Por qué no terminamos el almuerzo y luego vas a hablar con él? Dale tiempo para que se calme— Sugirió Allura, señalando hacia la cocina donde el almuerzo de ese día estaba a medio terminar.
Shiro asintió y terminó el abrazo luego de besar la coronilla de la cabeza de la chica. Recogió su teléfono del suelo y sonrió con pena cuando vio la mirada interrogativa de su esposa ante tal acción.
— Larga historia.
— Bueno, parece que el almuerzo nos va a llevar un buen rato— Respondió ella guiñándole un ojo. Shiro sonrió con ternura; cómo amaba a esta chica.
Por otro lado, sentado junto a la ventana de su balcón y con audífonos en sus oídos, Keith contemplaba el soleado cielo de ese día. Podía decirse que le molestaba lo alegre y cálido que había amanecido cuando él tenía tal nube oscura sobre su cabeza. No había una sola nube en el cielo y probablemente continuaría así el resto del día. Sería una hermosa noche para festejar el año nuevo.
Keith se sentía como un tonto. No podía entender cómo podía afectarle tanto que Lance no estuviese respondiendo sus mensajes, que hubiese desaparecido de un momento a otro. Hacía una semana atrás ni siquiera se conocían y mucho menos pensaba en el chico de ojos azules. No podía explicarse; por momentos sentía que estaba exagerando una situación que no daba para tanto, y el resto del tiempo se sentía mal, se preocupaba y le molestaba haber sido dejado en la nada de esa forma.
Cuando ese día, momentos antes, Shiro había propuesto llamar al teléfono de Lance desde el suyo propio, la única reacción que tuvo fue darle un manotazo a la mano contraria. El aparato voló hacia el suelo. Y eso le hizo sentirse avergonzado de sí mismo, lo cual le hizo enojarse aún más y la discusión había terminado de aquella forma.
Debía disculparse con Shiro.
Y, Dios, quería ver a Lance una vez más.
El día pasó con rapidez, casi burlándose de la pereza y el sopor en el que Keith se había instalado. Luego de almorzar, en un muy incómodo silencio, simplemente había vuelto a su habitación y había leído teorías conspiratorias por el resto del día. Cuando el sol estaba a punto de caer por el horizonte al que daba su ventana, empezó a sentirse en el aire el típico ambiente festivo que aparecía en aquellas noches. Podía escuchar la música a través de su puerta, desde la cocina donde Shiro y Allura debían estar preparando la cena.
Aún no se había disculpado con su hermano y para ese momento, debía admitir, se debía más a la vergüenza por su comportamiento infantil que a un resentimiento verdadero.
Dejó su ordenador a un lado del escritorio y reuniendo toda su valentía decidió salir del cuarto y ayudar en las preparaciones para esa noche.
Allura estaba sobre la mesa de la sala, preparando una enorme ensalada. Shiro estaba cortando algunos vegetales en la cocina, y vigilaba el horno encendido cada tanto. La música alegre inundaba el lugar y ambos se sonreían y tarareaban a la par, como los idiotas recién casados que eran. Eso le hizo sonreír.
— Oh, Keith— Le sonrió Allura cuando notó su presencia— Me preguntaba si te nos unirías.
Las palabras de la chica eran dulces y amables, como siempre. Shiro lo miró un momento antes de volver a su tarea. Keith asintió hacia Allura y caminó hasta su hermano.
— Shiro…
El mayor hizo apenas un gesto de pregunta hacia él, sin siquiera mirarlo.
— Escucha… lamento lo que pasó hoy…
— ¿De qué estás hablando?— Le preguntó de repente, sin mirarlo aún. Keith rodó los ojos, era imposible que su hermano simplemente lo olvidara.
— Ya sabes, fui un idiota hoy. Tienes razón, soy muy terco y nunca me arriesgo por nada. Para peor, me desquité contigo…
Shiro lo miró por primera vez en todo ese rato y le sonrió; una sonrisa enorme y brillante. Allí fue entonces que Keith notó en sus ojos que el chico no había estado enfadado con él ni un solo segundo en todo ese día. Sintió sus mejillas coloreándose de repente, con calor incluido. La risita de Allura no era nada de ayuda.
— Me alegro de que lo hayas notado— Respondió Shiro, sin dejar de sonreír.
— ¡Estas disfrutando esto, verdad!— Lo acusó con un dedo y sintiéndose increíblemente avergonzado— Dios, Shiro, por qué eres así.
Su hermano y su cuñada rieron al mismo tiempo al verlo tan frustrado. Eso era bastante típico entre ellos.
— Lo siento, sólo quería asegurarme de que habías aprendido.
— Ya no soy un niño, sabes…— Murmuró Keith. La mano derecha de su hermano se posó sobre su cabello y lo despeinó con cariño.
— Créeme que lo sé. Y acepto tu disculpa, por cierto.
Keith asintió ante las palabras y se alejó de él, pues ya no podía soportar tanta pena. Allura les mostró pulgares arriba a ambos y pronto encontró una tarea en la que el chico pudiese ayudar. No iba a demostrarlo, pero Keith se sentía sumamente aliviado de que su escena de la mañana hubiese quedado en el olvido tan prontamente.
El resto de la tarde pasó igual de rápido. En algún momento, una vez ya oscurecido el cielo, Matt arribó con un champagne bajo su brazo y les dio a los tres un gran abrazo de oso, como siempre. Pronto los mayores se distrajeron hablando de alguna cosa sobre el trabajo mientras Keith solo escuchaba en silencio e, inevitablemente, ojeaba su teléfono. Supo, por la mirada de reojo que recibió, que Shiro no había pasado por alto tal acción.
Matt Holt había sido el primer amigo que Shiro había hecho en la universidad y, actualmente, era el único que realmente seguía allí, a su lado. Recordaba con cariño las veces que Matt se había quedado con él mientras su hermano trabajaba, o las comidas hechas por la señora Holt que siempre les dejaba en casa sin avisar. Incluso antes de que Allura llegara a la vida de Shiro, Matt había sido su soporte número uno, tanto en los estudios como en su caótica vida. Y Keith, aun siendo el preadolescente de aquel entonces, había estado sumamente agradecido por ello.
Una vez graduados, ambos chicos con honores, fueron los únicos de su clase en conseguir trabajo de forma inmediata. Matt trabajaba en el mismo laboratorio que Allura, cuya familia era dueña. Shiro pertenecía al mismo lugar pero estaba en otra división en la que, recién notaba Keith, no estaba muy seguro de lo que hacía.
La familia de Matt vivía en la misma ciudad de Lance. Sabía que habían viajado para pasar Navidad junto a su hijo pero habían vuelto ya a casa por cuestiones del trabajo del señor Holt. Por la misma razón Matt no podía ir para año nuevo, así que obviamente pasaría esa noche con sus mejores amigos.
Quizás se debía a esa conexión que sabía que existía entre Matt y Lance, es decir, Katie, pero desde que el chico llegó a casa no podía dejar de mover su teléfono entre sus manos, de encender y apagar la pantalla de forma distraída, anhelante de que alguna señal de Lance apareciera en él.
Porque tras todo ese tiempo de meditación en su habitación, había llegado a una terrible conclusión. Si él, estaba seguro, no había hecho nada para enojar al chico… ¿Quizás algo le había sucedido? Un accidente, por ejemplo.
Eso sólo lo había hecho poner más nervioso y ansioso si era posible. Decidió confiar en que nada de eso había sucedido, pues prefería pensar que estaba siendo ignorado a pensar en que algo malo le había sucedido a aquel chico de ojos azules.
— ¿Keith?— Llamó Shiro. Se permitió volver a la realidad, solo para encontrarse a tres pares de ojos sobre él. Un calorcito conocido invadió su rostro.
— ¿Sí?— Respondió, evidenciando que no los había estado escuchando para nada. Matt se rió en su lugar.
— Increíble, Keith. Es raro verte tan desconectado de la realidad. ¿Acaso hay algo bueno que estés recordando?— Comentó, haciendo un movimiento sugestivo con sus cejas. Allura golpeó el rostro de Matt con un cojín del sofá.
Por su lado, Keith miró con enfado hacia Shiro. ¿Acaso no podía mantener ningún secreto lejos de su condenado mejor amigo? El aludido levantó ambas manos en señal de defensa.
— No me mires a mí, no he dicho nada. Él acaba de sacar esa conclusión solo.
Keith bufó pero finalmente sonrió ante la discusión que Matt y Allura estaban teniendo por el desalmado ataque de hacía un segundo. Luego de que se calmaran, el chico le preguntó sobre su primer año de universidad, que era sobre lo que realmente le había querido preguntar en un principio. Contestó con respuestas triviales pues si bien se había visto bastante ahogado en cuanto a tiempo, principalmente durante exámenes, la vida académica no había sido realmente difícil para él. Sí se vio obligado a guardar silencio cuando la pregunta sobre sus compañeros y demás probables amigos había llegado; de hecho, no estaba seguro de haber logrado algún amigo en todo ese tiempo. Pero, gratamente, Matt interpretó bien la situación y fuera de hacer algún comentario o broma al respecto, se dirigió hacia Shiro para tener una de las tantas conversaciones repetidas entre ellos: la aburrida y tediosa clase del aun más aburrido y tedioso profesor Iverson que habían tenido en su primer año.
Matthew Holt podía ser el mejor amigo de Shiro pero a través de los años había llegado a conocer a Keith como si fuese otro hermano pequeño para él. Conocía la personalidad de Keith a la perfección, así como las cosas que podían molestarlo o en qué asignaturas era mejor o peor. Sin duda, no pasaba por alto su faltante capacidad de sociabilización.
Keith se abstuvo de preguntarle a Matt sobre su hermana y, si por esas casualidades de la vida, algo le había sucedido a alguno de sus amigos. Supuso que sería una pregunta demasiado extraña y no encontraría forma de hacerla pasar como algo casual, definitivamente.
Cuando todos se dispusieron a preparar la mesa de la sala para cenar, habiendo encendido todas las luces navideñas con las que Allura había decorado, el teléfono de Keith vibró en su bolsillo. Se vio obligado a respirar profundo y guardar la calma, pues en ese preciso momento llevaba los platos de porcelana fina que su cuñada había guardado con recelo desde que los había comprado, sólo para esa época. Una vez que se deshizo de ellos, se escabulló hasta su habitación.
Lance:
¡Keith, amigo! Estuve todo este tiempo fuera de casa y la batería de mi teléfono murió en algún momento después del último mensaje que te envié. Ya sabes, cosas familiares.
Disculpa si te hice preocupar, pero no ha sido nada.
¿Qué tal la noche?
Keith tuvo dos reacciones; una, mientras leía el mensaje, de completo y absoluto alivio. Allí estaba Lance, sano y salvo, aparentemente alegre. La otra, fue una vez que terminó de leer el mensaje y comenzó a releerlo. No sabía por qué pero su inicial alivio, en lugar de convertirse en alegría como supuso, se volvió un sentimiento extraño que no podía definir. Lo releyó varias veces hasta encontrar qué era lo que le hacía sentirse así. Y lo encontró.
Era la primera vez que Lance lo llamaba amigo. Era algo que pasaba casi desapercibido, un saludo normal. Pero desde el primer mensaje que habían compartido, había quedado bastante claro que ellos no se veían como simples amigos.
No había que malinterpretarlo, Keith amaba la idea de ser amigo de alguien como Lance tanto como le aterraba. Pero después de lo que había sucedido en el autobús y las cosas que se habían contado el uno al otro desde entonces, tal adjudicación le hacía sentir un poco… fuera de lugar.
Inspiró profundo, convenciéndose de que sólo eran ideas suyas y que esas palabras no tenían mayor significado de importancia. Respondió con rapidez, con una pequeña sonrisa, y volvió a la sala.
Keith:
Es bueno tenerte de vuelta.
¿Cómo han ido esas cosas familiares?
Seguramente ha sido divertido.
En casa ya estamos por cenar. Un amigo ha venido a pasarla con nosotros así que seguramente será bastante más entretenido.
Lance:
Ah, es bueno saberlo.
Solo hicimos cosas normales, visitar a otros familiares, maratones de películas, ese tipo de cosas
Keith:
Suena divertido.
¿Estás en tu ciudad o has salido a algún otro lugar?
Lance:
Sólo en casa esta vez
Keith:
Genial.
Lance:
Debo ayudar a mamá en la cocina
¡Ten una buena noche Keith! :D
¿Qué carajo?
Keith frunció el ceño mientras miraba el teléfono disimuladamente bajo la mesa. Los mensajes de Lance habían sido por demás escuetos, secos, casi sin interés. Es decir, comparado a como llenaba su buzón y no escatimaba en palabras antes, este intercambio de mensajes lo dejaba simplemente decepcionado.
Ya no creía que había sido sólo su impresión. Algo sucedía con Lance. Y si su familia no era la razón… debía ser él mismo.
Se dijo que no era el momento para estar preocupándose por tal cosa, pues aun estaba en medio de la cena de año nuevo con las personas más preciadas para él a su alrededor. Debía disfrutar ese momento con aquellos que estaban a su lado hacía tanto tiempo, no estar preocupándose por el humor de alguien que acababa de conocer y que estaba a horas de allí.
Eso se dijo y de eso quiso convencerse.
Cambió el modo de su teléfono a silencioso, por las dudas, y lo dejó en una mesita que había cerca, para luego participar en la conversación que se llevaba a cabo en la mesa. Los tres mayores habían decidido dejar el trabajo de lado hacía un buen rato y hablaban de trivialidades o compartían recuerdos vergonzosos de unos y otros. Fue una cena amena y divertida.
Cuando Shiro se levantó por el postre, Allura cambió la estación de radio a una donde los locutores hacían la mejor cuenta regresiva de todas las emisoras. Keith y Matt estaban enfrascados en una conversación sobre películas de los ochentas.
— No puedo creer que al fin hayas visto Star Wars cuando yo vengo hace ¿qué, casi diez años intentando convencerte de que lo hagas?— Matt hizo un ademán exagerado y Keith rodó los ojos— Me siento vilmente traicionado. ¿Quién fue la persona que tuvo más poder de convencimiento que yo?
Shiro intentó cubrir una risa con toz fingida. Keith lo ignoró con ganas.
— Alguien que conocí me hizo dar curiosidad, eso es todo. Sólo vi las dos primeras de todas formas y sigo creyendo que la saga está sobrevalorada— Comentó, encogiéndose de hombros.
Matt hizo un ruido de indignación ante sus palabras y comenzó a refutar tal pensamiento mientras Allura negaba con la cabeza, rendida al comportamiento poco maduro de esos chicos.
La medianoche, contrario a lo que había sucedido el resto del día, llegó sin apuro. Los cuatro habían estado sentados en los sofás de la sala, hablando y riendo cómodamente. El champagne y relucientes copas de cristal sobre la mesita de café. Minutos previos a las doce de la noche Shiro fue el encargado de llenarlas. Fue entonces cuando Keith recordó su teléfono.
Muy similar a lo que venía sucediendo hacía un par de días, cuando encendió la pantalla no había nada allí. Se decidió a que ello no iba a cambiar su humor.
El brindis fue ruidoso; en la lejanía se escuchaban los fuegos artificiales ya, los saludos y gritos de las personas junto a él fueron exagerados, como siempre. Fue divertido. Keith le dio un abrazo a cada quien, y especialmente uno más prolongado a Shiro. Era como si abrazar a su hermano fuese lo mismo que abrazar a sus padres adoptivos, pues estaba convencido de que ellos estaban presentes en él. Ese era un pensamiento que a nadie le había comentado, y tampoco planeaba hacerlo.
En su mente, y en silencio, dedicó un pensamiento a sus padres biológicos a pesar de que ya casi no los recordaba. Era lo menos que podía hacer.
Mientras los demás observaban las luces intermitentes que adornaban el cielo nocturno, desbloqueó su teléfono.
Keith:
¡Feliz año nuevo!
Espero que estés pasando una linda noche :)
Lance:
¡Gracias Keith! Lo mismo para ti
Lance:
Espero que este año podamos ser amigos :D
Keith leyó el último mensaje con la boca abierta. Vaya forma de matar la atmósfera, Lance.
Frunció el ceño y dejó su copa sobre la mesa. Ya estaba harto de no entender que estaba pasando por la mente del otro chico. ¿Sería acaso que de verdad se había arrepentido de corresponderle aquella vez? Si eso era cierto, lo mejor era aclararlo de una buena vez.
Keith:
¿Eso es lo que quieres?
¿Ser amigos?
Ignoró lo mejor que pudo la forma en que su corazón se aceleró mientras esperaba la respuesta.
Lance:
Eso es lo que se puede ¿no?
¿Qué carajo?, pensó por segunda vez en el día. Si Lance seguía dándole ese tipo de respuestas, no iba a hacer más que marearlo. ¿No podía ser contundente y decir simplemente sí o no?
Keith:
¿A qué te refieres?
Keith:
Vamos Lance, tienes que hablar claro si quieres que te entienda.
Keith:
Lance!
— Maldición…— Murmuró por lo bajo, dejando el teléfono sobre la mesa.
Luego de que Lance ignorara tan espléndidamente sus mensajes, como era costumbre ya, intentó llamarlo. Para su sorpresa el chico le había terminado la llamada después del primer pitido. Keith quería golpear a alguien. Si ese alguien era Lance, mucho mejor.
— Hey, hey— Dijo Shiro al verlo, entrando desde el balcón— ¿Qué pasa contigo?
Supo que Allura y Matt también lo estaban mirando, detrás de la espalda de su hermano, pero Keith no enfrentó los ojos de ninguno. Su cabeza estaba funcionando a mil por hora; estaba ofendido de que Lance lo ignorara tan fácilmente, estaba enojado por su actitud, pero también estaba preocupado. Porque no sabía qué estaba sucediendo, no sabía a qué se debía el cambio. Y ello le dolía.
Keith había podido soportar todo el año los comentarios por debajo de sus compañeros, las miradas aireadas y condescendientes. No le molestaba para nada no haber hecho amigos y ser el lobo solitario de arqueología. Por empezar, nadie había intentado acercarse a él en ningún momento.
Y ese era el problema. Lance sí lo había intentado. Lance había aparecido de la nada y había querido mantenerse dentro de su vida, aun cuando su primer intercambio de palabras había sido rudo y tosco de su parte. Era un chico divertido, alegre e incluso dulce a veces.
Keith no quería que la existencia de Lance en su vida se redujese a una corta semana. Apenas estaba empezando a conocerlo, quería saber más sobre él, sobre sus intereses, sobre su familia. Quería verlo. Quería ver sus sonrisas, quería escuchar su risa de nuevo, su tono confidente, quería ver su expresión avergonzado. Dios, incluso quería verlo llorar.
Keith quería ver todo de Lance.
Shiro levantó una ceja, intrigado y confundido, cuando la expresión de su hermanito cambió totalmente al levantar la vista sobre él. Él conocía esa mirada, y no la veía hacía muchísimos años.
— ¿Me prestas tu auto?
— ¿Disculpa?
Si la mirada lo había sorprendido, la preguntaba lo había dejado sin palabras. Era la medianoche de año nuevo. ¿A dónde podría ir Keith en un momento como ese?
— Prometo que tendré cuidado. Por favor, Shiro, tengo que ir.
Allura y Matt intercambiaron miradas; la primera teniendo una muy vaga idea de qué hablaba y el segundo no entendiendo para nada la situación.
En su lugar, Shiro entendió todo por completo. Keith quería ir a ver a aquel chico, algo habiendo sucedido seguramente, sino no se explicaba. Una sonrisa habría aflorado en su rostro si no fuese por el contexto en el que aparecía el carácter impulsivo de Keith después de tanto tiempo.
— Es medianoche, Keith. Sé razonable, estoy seguro de que puedes ir mañana y arreglar las cosas.
Keith pareció desinflarse un poco. Se cruzó de brazos y desvió la mirada al suelo. A Shiro le recordó a una de aquellas veces en que su madre se vio obligada a regañar a su hermano por alguna cosa peligrosa que había hecho. Curiosamente, después de tales regaños, Keith solía sonreír de forma genuina.
— No sé si mañana pueda hacerlo…
Shiro también entendió que Keith, en ese preciso instante, se estaba refiriendo a algo mucho más profundo que cualquier impedimento físico que pudiese tener al día siguiente. Era ahora o nunca.
Se giró hacia Allura, quién ya lo miraba con una muda pregunta en sus ojos. Ambos se sostuvieron la mirada; esa era su forma de comunicarse de la cual Keith y Matt siempre se reían, llamándolos raros. Finalmente, Allura sonrió.
Si se trataba de Keith, o de Matt, Allura siempre entendería cualquier situación. Shiro suspiró y se volvió hacia su hermano.
— Te llevaré ¿de acuerdo?— Keith quiso protestar algo sobre no necesitar un chaperón, pero Shiro no le dio tiempo— No voy a dejar que te arriesgues a manejar a esta hora por la carretera tu solo, ni siquiera lo pienses. No hay discusión, o te llevo o esperas a mañana.
Keith rodó los ojos pero aceptó, pues era eso mejor que nada.
La situación que no imaginó, ni de cerca, fue que Allura y Matt (a quién nadie le explicaba nada aún) decidieran también acompañarlos. Keith supo que sería la noche más vergonzosa de su vida al paso que iba, pero no importaba realmente en ese momento. Él sólo quería ver a Lance. Esto era algo que debió haber hecho días atrás.
Las dos horas de viaje fueron suficientes para poner al día a Matt, quien no se guardó comentario alguno sobre la divertida y especial personalidad que tenía el amigo de su hermana, a quién conocía desde niño. También dijo que no entendía su actual actitud, según lo que Keith les había comentado con pocas palabras, y que, de ser necesario, él podía darle un correctivo al chico. Parecía acostumbrado a hacer tal cosa. La risa que siguió al comentario fue algo en lo que ninguno de ellos quiso indagar.
Lance se rió ante un comentario de su hermano sobre una historia que Hunk acababa de contar. Si bien se había avergonzado un poco, pues la anécdota era sobre uno de los primeros días de universidad cuando ninguno de ellos entendía aún cómo era la vida universitaria, compartirla con el resto de su familia y ver sus reacciones era divertido.
Ver a su familia y a sus amigos reír a la par era, simplemente, una cura para el alma.
Eran casi las dos de la mañana. Todos estaban reunidos en la sala, compartiendo una deliciosa tarta que había traído consigo Hunk cuando él y Pidge pasaron a saludar hacía poco más de media hora. Después de todo, vivían en el mismo barrio y los vecinos siempre se cruzaban a una casa a otra después de medianoche. A diferencia de Navidad, sus tíos y primos no habían acudido a su casa así que sólo habían sido sus padres y sus hermanos. Una celebración bastante más íntima pero igual de divertida.
Sonrió de forma sincera cuando su padre posó una mano sobre su hombro, como si le estuviese mostrando su apoyo por la situación que había vivido casi un año atrás. A su lado, Mora le mostró una sonrisa divertida.
Lance se sentía casi en paz.
Después de la dramática escena que habían montado con sus hermanos por su revelación (había tenido que comprar chocolate para todas sus hermanas menores, en pago por hacerlas llorar), en comparación, la conversación con sus padres había sido sumamente tranquila.
Realmente, Lance se preguntaba cómo había podido ser tan inseguro de llegar a creer que su querida familia podría verlo de forma diferente por saber que, muy probablemente, no sólo le gustaban las chicas.
Los tres se habían encerrado en la habitación del matrimonio. Roger y Mora, preocupados en un principio, esperaron pacientemente a que las palabras salieran de la boca de Lance para formar una oración coherente. Cuando finalmente sucedió, no iban a negarlo, estuvieron visiblemente sorprendidos. No era su culpa, ellos sabían que Lance era el tipo de chico que flirteaba sanamente con cualquier chica bonita que se le cruzara. O, más exactamente, cualquier chica. A excepción de Pidge que era como una hermana, claro.
Lo siguiente que sucedió, fue que ambos observaron la expresión corporal de su hijo. Lance no les había mirado a la cara en ese momento, sino que había tenido la vista fija en el suelo, avergonzado, apenado. Sus manos, juntas en su regazo, temblaban y se sostenían la una a la otra. Sus ojos aún estaban rojos por lo que fuese que había sucedido antes con sus hermanos.
Lance, el chico confiado y jocoso pero de buen corazón que siempre habían visto, estaba completamente asustado de la reacción de sus propios padres. Podían imaginar la gran cantidad de dudas y miedos que había mantenido en su cabeza para sí mismo durante todo ese tiempo. Y, si debían ser sinceros, la idea de uno de sus hijos dudoso de sí mismo y de su propia familia era lo que realmente les dolía.
Ambos se habían mirado un momento, para saber si habían llegado a la misma conclusión. La mirada de ambos se dulcificó al encontrar que, de hecho, así había sido.
Lance podía enamorarse de quién él quisiera, chico o chica, si eso iba a hacerlo feliz. Quizás les costase acostumbrarse un poco la primera vez que trajera a alguien a casa, pero eso era lo de menos.
Para Roger y Mora McClain, aun habiendo sido criados a la vieja escuela, nada, absolutamente nada era más importante que ver a sus hijos felices (cabía aclarar, obvio, a menos que alguno anduviese en malos pasos).
— Lance — Había dicho Roger levantándose de su lugar y acercándose a su hijo— Mírame, hijo.
El aludido había dudado en un principio, pero cuando sintió la mano de su padre sobre su hombro, gesto típico de apoyo, lo miró con una expresión sorprendida y expectante. Roger sonrió.
— Más de veinte años en esta familia ¿y aún no nos conoces bien?
— ¿Qué…?— Balbuceó.
— ¡Mi niño!— Dijo Mora, ya no aguantándose y envolviendo en un gran abrazo a su hijo. Lance sintió el cabello de su madre contra su mejilla pero se vio incapaz de corresponder al abrazo, aún sin salir de su sorpresa— Eres nuestro preciado hijo ¿Crees que vamos a juzgar de quién te enamoras? Un McClain jamás le da la espalda a la familia, lo sabes.
Mora se separó un poco para mirarlo a los ojos, con expresión seria. Lance no supo cómo interpretarla, hasta que Roger llevó una mano hasta su cabello y le acarició con cariño.
— Quisiera que hubieses podido confiar en nosotros más fácilmente, Lance. Te veías como si estuvieses a punto de enfrentar una pena de muerte o algo así, niño tonto.
Su madre volvió a abrazarlo y su padre no quitó su mano.
Los ojos de Lance se llenaron de lágrimas que retuvo. No quería llorar, porque se sentía extremadamente feliz. Feliz de ser aceptado y comprendido por quienes más amaba, aún cuando ni él mismo terminaba de comprenderse. Rodeó con un brazo la espalda de su madre y el otro lo posó sobre la mano de Roger. Los acercó con fuerza, queriendo transmitirles todo su agradecimiento.
Era por eso que Lance se sentía tranquilo.
La única situación que trastocaba su mundo en ese momento, tenía nombre. Y ese era Keith.
Había decidido dejar de huir del chico esa misma tarde cuando volvió a escribirle. Y creyó hacerlo bien, pero pronto notó que no era tan fácil. Aún sin siquiera haberse confesado oficialmente, ya se sentía rechazado (Si le preguntaban, negaría que cuando Keith le comentó que un amigo había ido a cenar con ellos se imaginó la posibilidad de que fuese el chico del centro comercial. Alguien que fuese más que un amigo para Keith. Fue principalmente eso lo que le hizo perder la calma).
Y, hacía un rato, cuando le había preguntado sí él sólo quería que fuesen amigos… había entrado en pánico. Porque eran demasiadas emociones juntas. Emociones que jamás había tenido. Y, estaba convencido, Keith no podía responder a sus sentimientos. Por ahora.
Que el chico decidiera llamarlo, de nuevo, sólo empeoró la situación y finalmente había terminado por apagar su teléfono. Otra vez.
Hacía ya un par de horas desde todo eso. El momento en familia y la llegada de sus amigos le estaban distrayendo lo suficiente para volver a sentirse bien.
— ¿Estás bien?— Preguntó Pidge habiéndose acercado a él en un momento en que sus padres fueron hasta la cocina. Le sonrió con sinceridad y asintió — ¿Pensaste en lo que hablamos?
Cuando Pidge y Hunk había ido a su casa esa tarde, los tres habían tenido una larga y seria conversación. La conclusión era que Lance debía hablar de frente con Keith, aclarar lo que fuese que pasaba, o que podía pasar, entre ellos. Tenían que verse, los dos, a solas. Y hablar, no por mensajes, no por llamadas, cara a cara. (Luego, agregaron, debían tomárselo con calma y conocerse. La vida no era ninguna película de Disney como para enamorarse de verdad tan rápido. El comentario, aunque cierto, le había causado muchísima gracia).
— Lo hice, Pidge. Aún lo hago, no te preocupes— Le respondió, apretando una de sus mejillas como hacía con sus hermanas. La chica bufó en evidente falso fastidio y luego sonrió. Antes de poder hacer algún otro comentario, su teléfono comenzó a sonar.
— Ah, es Matt. Ya se me hacía extraño que no respondiera cuando lo saludé a medianoche. Espero que no esté ebrio de nuevo — Lance se rió ante el comentario mientras Pidge se alejaba en busca de un lugar más solitario para hablar con su hermano mayor.
Al final lo que hizo fue salir al patio de la casa de Lance, pues en el interior todos aún seguían bastante animados y sería difícil escuchar.
— Matt juro que si estás ebrio como el año pasado te acusaré con mamá y papá— Le dijo apenas contestó. Su hermano se rió con ganas del otro lado de la línea.
— Sé que eres incapaz de tal cosa, hermanita. ¡Feliz año nuevo! ¿Estás en casa?
Pidge entrecerró los ojos; se escuchaban varias voces hablando detrás de su hermano y un ruido que no podía descifrar.
— No, estoy en lo de Lance, ya iba a volver a casa… ¿Dónde estás tú? ¿Qué es ese ruido?
— Ah, eh… estoy con Shiro y Allura, en la carretera— Pidge levantó una ceja, extrañada— ¿Me recuerdas la dirección de Lance? Pasaré a buscarte.
— ¿Estás viniendo? ¿Estás loco? ¿No trabajabas mañana?— Su hermano no tenía ningún sentido, quizás sí estaba ebrio. Ebrio y viajando en auto. Rogaba que Shiro fuese tan responsable como siempre y él estuviese manejando.
— ¡Sí trabajo! Pero esto es por una fuerza mayor. Vamos, solo dime dónde era la casa de Lance. Sólo estaré un rato y después tendremos que volver.
Pidge rodó los ojos, rendida a encontrarle sentido a las acciones de Matt.
— Me sorprende que no lo recuerdes, ya que siempre te mandaban a buscarme.
— ¡Eso fue hace miles de años!
Pidge se rió y terminó por decirle la dirección. Con una rápida despedida, Matt terminó la llamada.
Su hermano podía ser tan raro.
Cuando regresó, los padres de Lance estaban preparando café mientras Emma y Dean abrían otra botella de vino para ellos. A Pidge de hecho le gustaba el vino, pero veía un poco fuera de lugar pedir por un poco. Sabía que esa familia siempre los verían a Hunk, Lance y a ella como niños.
— ¡Pidge!— Hunk la llamó para que se les acercara— Estamos hablando sobre el campamento que dijimos. Dean dice que conoce un lugar perfecto a poco más de media hora de aquí.
— Fui hace un unos años con mis compañeros de universidad, debe seguir siendo igual— Les comentó Dean sentándose cerca de Marian, quien sostenía a una profundamente dormida Lulú.
— Y yo sigo de vacaciones hasta febrero— Comentó Emma— Si prometen cuidarlo mejor que a sus propias vidas, pueden usar mi auto.
Los tres se sonrieron con expectación. Venían hablando de acampar desde que terminaron los exámenes del primer semestre, era una oportunidad que sencillamente no podían desperdiciar.
— Lance ¡tus hermanos son los mejores!— Dijo Hunk con alegría, los demás en la sala se rieron.
— ¡Oye! Matt se enterará de eso…— Comentó Pidge con gracia y Hunk de repente se vio como si se hubiese metido en problemas. Todos volvieron a reír.
Entonces, el teléfono de Pidge sonó.
Matt:
Sal, estoy afuera.
¡Trae a Lance contigo!
Pidge levantó ambas cejas sin entender. Si Matt quería saludar a sus amigos ¿por qué sólo pedir por Lance? Él sabe perfectamente que eso podría herir a Hunk de una forma graciosa.
— Es Matt— Dijo, llamando la atención de sus amigos— Quiere que salgas afuera conmigo, Lance.
El aludido puso una expresión aún más confundida que la suya propia.
Sin querer dilatar más la situación, ambos caminaron hacia la entrada, seguidos por Hunk y las hermanas menores de Lance (quienes podrían, o quizás no, tener un pequeño crush por el chico de anteojos). Pidge salió primero, y Hunk chocó con la espalda de Lance, quien se detuvo en la puerta.
— ¿Qué?— Preguntó, mirando sobre el hombro de su amigo hacia afuera.
En la calle había un auto perfectamente estacionado. No podía ver al conductor, pero Matt se había bajado y saludaba desde la calle, junto a una hermosa chica de cabello largo. De uno de los asientos de atrás, acababa de bajar un chico de cabello negro y chaqueta roja, que tenía expresión de querer estar en cualquier lugar menos allí. Hunk no reconocía a nadie más que a Matt.
— Keith — Susurró Lance para sí mismo pero audible igualmente. Hunk lo miró con confusión.
— ¿Keith?— Repitió María en voz alta, como si pensara de dónde le sonaba ese nombre. Entonces, sus ojos se abrieron enormemente al reconocerlo— ¿ESE Keith?
Probablemente ese comentario fue el que terminó de llamar la atención de toda la familia y que hizo que Lance se pusiera increíblemente rojo. Miró mal a su hermana, con ganas de desarmar la complicada trenza de cabello por la que había estado toda la noche pidiendo que nadie la tocara.
Pensando que era mejor esconderse bajo la cama de su habitación quiso retroceder pero las fuertes manos de Hunk lo detuvieron y, el muy traidor, lo empujó levemente hacia afuera. Lance ya no tuvo tiempo de esconderse pues todos, principalmente Keith, lo acababan de ver aparecer.
La noche acababa de dar un giro completamente inesperado.
N/A: La última parte de esta historia será subida esta tarde, o como mucho, mañana en la mañana.
