Twilight y sus personajes pertenece a Stephenie Meyer

Gracias a Isa por corregir este capítulo

Música:

Watch out boy - The Black Angels

Here comes the night time II-Arcadefire

The Lonely Life-City and Colour

(link the playlist en spotify lo pueden encontrar en mi perfil)


CAPÍTULO 9

LOS HOMBRES APRENDEN MIENTRAS ENSEÑAN

—SÉNECA

Nada te prepara para ser padre, eso ha escuchado al menos. No hay manuales para decirte qué hacer cuando tu hijo llora sin sentido o cuando te hacen preguntas incómodas. En una situación convencional, él acudiría a alguien que lo ayudase con estas dudas que lo dejan exhausto y lo mortifican, pero esta no es una situación convencional. Tres horas limpiando el baño lo han dejado con un solo pensamiento "No creo capaz de hacer esto, ¿cómo hacen las personas que tienen que cuidar de otro ser humano por años a este nivel de dependencia?"

Afortunadamente Bela ha estado quieta y relativamente entretenida con el ratón de laboratorio, dejando que Edward se encargue de asuntos de… mantenimiento.

Cuando al fin sale del baño —y este ha quedado debidamente limpio otra vez—, nota al clon acostada en la cama con el ratón fuertemente sujetado en una mano; el ratón se ve resignado a su destino y no parece tratar de escapar. Edward abre la mano de Bela y quita al animal poniéndolo en su jaula. Ella despierta y aún somnolienta se avalancha a Edward, tratando de evitar que le quiten a su mascota.

—¡No! Y no insistas, no estoy muy contento contigo ahora —él dice autoritariamente.

Bela insiste hasta que él la sujeta de sus dos muñecas. Ella es fuerte, pero como un infante, no sabe controlar sus instintos y deseos; como consecuencia, avienta a Edward al piso de un fuerte empujón.

El doctor se queda absorto ante tal acción, sin saber exactamente qué hacer; esto seguro no está en el manual inexistente de cómo ser padres. Bela vuelve a sacar al animal y lo abraza. Hay cierta dulzura en su necesidad afectiva, supone, que como cualquier infante, ella necesita algún tipo de contacto físico. Él se levanta y pone su mejor cara de severidad. Tal vez ella es más fuerte que él, pero aún es manipulable.

—Bela, mírame —él exige.

La clon voltea y es atrapada por la mirada penetrante e impugne de su creador.

—No vuelvas a hacer eso, ¿entiendes? —él apunta al piso.

Ella no parece entender por completo y Edward necesita ser puntual si quiere tener la vara alta en esta situación. La toma de la cara suavemente y se acerca a ella hasta que están ojo a ojo.

—No. Lo. Vuelvas. A. Hacer. —Luego pone las manos de Bela en su pecho, las quita, y apunta con su dedo hacia el suelo.

Bela entiende, lo puede ver en la forma en que abre sus ojos ligeramente y frunce sus cejas en reconocimiento. Se siente compungida, al menos eso le gustaría creer a Edward.

Al fin Edward le da una mirada que dice "este es el lado que no quieres ver", y cuidando de ver las reacciones de Bela, vuelve a meter al ratón a la jaula. Esta vez ella se mantiene quieta, pero sus pequeños puños se aprietan en frustración.

—Podrás volver a sacarlo cuando hayamos terminado tus lecciones de hoy —él dice en un tono más suave—.

Tal vez ella no entienda la oración completa, pero al menos él desea transmitir una actitud conciliadora. Se le ocurre también que el ratón lo puede usar como refuerzo positivo como recompensa a acciones bien hechas que haga el clon.

Él se levanta, está notablemente cansado, pero sabe que esto apenas comienza. Va hacia el armario, saca una camiseta y unos pantaloncillos cortos que eran de Alice. Su sentido común le dice que es posible que ambas cosas no le queden a Bela, pero tendrá que improvisar por ahora, no tiene ganas ni tiempo de ser estilista de belleza.

Esta es la parte mortificante, una parte de él sabe que está mal, moralmente hablando, pero no está en esta situación por seguir leyes morales, precisamente. La situación, observada por otra persona, sería aberrante, mórbida y simplemente lo considerarían como un enfermo. "Es prácticamente una niña, esto esta mal y lo sabes" se dice a sí mismo. Se justifica con su posición de mentor, y con lo que la humanidad misma justifica sus peores atrocidades "esto es por un bien mayor".

Edward es brusco al tomarla de la mano y llevarla hacia el baño, no usa una fuerza particularmente grande, pero sus acciones hablan por sí mismo: no desea pensar en esto como más de lo que es. Ella es un clon, no es una personal realmente, desea quitarle su relevancia no tan sólo como ser humano, si no también como mujer.

Con clínico cuidado, él quita el traje de Bela, ese que la cubre por completo y es de un material suave de silicón que parece una segunda piel. No es revelador en las partes más púdicas, pero muestra las curvas. Aún así, Edward ha visto demasiados cuerpos, vivos o no, de estos clones; nada puede exaltar su vista y desviarlo de sus acciones.

Ella es dócil, como una muñeca de trapo, con extremidades flácidas y cara inerte mientras él la desnuda. Sus ojos, sin embargo, no dejan de anclarse en la cara de su progenitor.

Cuando el traje cae al piso, Edward lo recoge y lo pone hacia a un lado. Realmente no la mira o a su cuerpo, su atención está más en las acciones que tiene que hacer, una después de otra, técnico e incisivo, sin el menor rastro de vacilación.

—Entra —él dice alzando su brazo hasta la bañera. Bela se mira perpleja y voltea hacia la bañera—. Entra, te digo. —Su voz es enfática junto con la mirada que le da a Bela. Al ver que ésta no le obedece, Edward se mete a la bañera, esperando que ella lo imite, lo cual hace segundos después. Si algo ha aprendido de instruir a Bela, es que ella tiene mucha mejor respuesta al ver la acción y luego posteriormente imitarla; tiene que tener eso en cuenta si desea hacer esto más fácil.

Una vez los dos en la bañera, él sale, y ella lo sigue.

—No, quédate ahí —él dice adustamente. Bela no le entiende, y Edward se resigna a entrar otra vez a la bañera. Nuevamente ella lo sigue, él la toma de los hombros y le dice—: Quédate aquí, aquí. —Él apunta hacia el piso. Ella baja la mirada y luego la sube, perpleja sobre lo que él trata de decir.

—Mierda, okay —él dice frustrado—, estoy demasiado cansado para esto.

Talla su cara y empieza a quitarse su bata, su camisa, zapatos, calcetines y por último su pantalón, hasta que queda en calzoncillos.

—Esto está mal Edward y lo sabes —dice IAS, casi como una imitación perfecta de la entonación que usaría Alice; pero eso no lo detiene.

El genetista pasa su mano por el sensor de baño, la puerta de la bañera se cierra y de la pared salen tres esparcidores de agua, cada uno con un chorro de presión diferente. El acto asusta a Bela haciendo que empiece a golpear la pared y la puerta de la bañera. Sus actos desesperados a lo desconocido son producto de la negligencia de Edward, de su falta de tacto y consideración a un ser nuevo, se le olvida que ella ve todo por primera vez.

—¡No Bela!, mira —él toma del brazo para que voltee—, mira, es sólo agua.

El agua es tibia y agradable al contacto. Bela se calma un poco, pero su mirada aún se ve un poco desorbitada. Edward toma su mano y la pone debajo del chorro de agua; ella mueve sus dedos y juega con el chorro abstraída primero y luego asombrada. Una sonrisa se pinta en su cara y voltea con ojos maravillados a Edward.

—Agua —él dice.

—A …ga —ella responde.

—A. Gua —él repite.

—A gu…a.

—Sí, muy bien. ¿Ves? Es agradable —él dice con una sonrisa.

Edward pone su cabeza bajo el agua y cierra sus ojos por un instante, desea quedarse ahí por horas. Al abrir los ojos ella lo ha imitado, también cerrando sus ojos. Su cuerpo lo traiciona y también sus instintos, pues baja su mirada hacia el cuerpo de Bela; es difícil verla como otra cosa que no sea una mujer cuando ella está así. El momento dura unos instantes y se castiga volteando la mirada.

Los minutos posteriores, él le enseña las tecnicidades de un baño, al menos lo más que puede hacerlo sin cruzar una línea, esa línea de la cual no hay retorno. No la toca pues él hace las acciones y ella lo imita.

—Esto es tan mal en tantos niveles, Edward —dice IAS con su estúpida consciencia artificial. Alice sí que hizo un buen trabajo programando a un cabrón Pepe grillo de metal.

—Cállate la puta boca —él dice a regañadientes y vuelve a sus ministraciones.

Espera que este ejercicio sea lo suficientemente instructivo para que ella aprenda y lo haga por sí misma la siguiente vez.

Cuando ambos se han duchado, Edward toma una toalla y la pone sobre Bela. Él seca su cabello y luego su cuerpo. Mientras lo hace él huye en su mente a otro lugar. Se obliga a negar lo que está frente a él, a disuadir esa parte primitiva que le reclama por necesidades no cumplidas. Ese acto lo somete y somete a sus instintos por igual. No, él no cruzará esa línea, aunque sea lo último que haga.

Vestirla es otro reto mortificante por sí mismo. No es sólo la acción de poner unas bragas frente a ella y esperar que sepa qué hacer, si no el proceso, ¡oh el proceso! Ella es inquieta y detesta la ropa. Cuando al fin logra ponerle las bragas ella se las quita. Es un poco cómico las primeras dos veces, pero la tercera Edward está en su modo parental más agudo. Usa su mirada amenazadora y ella sucumbe con un berrinche, gritando ¡Doctor Cullen! Y ¡No! Una y otra vez. ¿Dónde aprendería la palabra no? Ah… claro, es lo único consistente que él le ha dicho desde su nacimiento. Es terrible que tus primeras palabras de vida sean el nombre de tu creador y verdugo, y también la palabra más negativa. Buen trabajo Cullen, buen trabajo, él se auto conmisera.

Finalmente, bragas, camisa y pantalón puesto, él admira su trabajo. Él sigue en calzoncillos lo cual hace la escena aún más ridícula.

—Bien, ahora no te los quites, Bela —él dice apuntando con su dedo acusador.

Bela lo mira severamente con labios enjutados y temblorosos, reamente está enojada. Edward lo nota y decide usar su mejor arma. Va hacia la jaula y libera al ratón poniéndolo en manos de Bela, que por sí misma, lo aprisiona en afecto sobre excesivo y una sonrisa adorable que hacen que todo esté perdonado.

Satisfecho, la deja en cama, entretenida con el ridículo ratón. Edward siente que necesita dormir hasta mañana, volver a ducharse y tomar un vaso entero de whisky.

No está acostumbrado a regresar al cuarto y sentirlo como espacio propio, hace mucho que este lugar era más utilitario que otra cosa; aquí venía a recoger ropa, accesorios personales de limpieza y por un libro ocasionalmente. El reloj marca las 10 de la noche y las estrellas sobre su cabeza, tan indemnes, lo acusan de mentiras y crueldad. Él presiona un botón y la cortina cubre el techo, desapareciendo a las estrellas y toda escena exterior. Es mejor así, es mejor vivir sin estrellas y sin luz de ningún tipo.

El whisky lo deja impávido, anestesiado de sueños desgarradores. Está en un plácido limbo de olvido yermo que lo abraza junto con la culpa. De pronto, el efecto del alcohol pasa y su cerebro elucubra nuevas formas de atormentarlo.

La mira sentada en su escritorio, con mirada perdida. Al fin ella voltea, sus ojos son grises y opacos, sin vida. Su cara es pálida, con rigor mortis. Su cuerpo encorvado deja ver la ataxia que la carcomió en vida. Por último su voz rigurosa lo termina de destruir.

¿Por qué no me dejas morir? —ella reclama—. Sólo déjame morir, Edward.

Se despierta con un grito silencioso en su garganta. Talla su cara y se queda despierto viendo el techo que ha decidido esterilizar de astros. Su reloj marcan las 2 am, al menos durmió cuatro horas. Pensaba que al estar tan cansado de duchar y vestir a Bela lo dejarían presa fácil del sueño, pero lo único que hizo fácil fue su recaída a esas pesadillas. Ha perdido el sueño, o al menos la motivación de continuar intentando descansar. De todas formas la realidad tiene la ventaja de no encapsularlo en recuerdos o imágenes terribles.

Es esa misma realidad la que lo deja vulnerable y expuesto, no a imágenes de recuerdos que desea sepultar, si no a imágenes mucho, mucho más peligrosas: las de la añoranza. Su plan tienen tantos hoyos de ejecución, muchas cosas podrían salir mal, después de todo ¿qué se supone que va a pasar en un año más? Es tarde para hacerse ese tipo de preguntas, es tarde para negar su situación. Lo mejor que puede hacer es seguir estrictamente los lineamientos. Debe controlarse, maldita sea, debe controlar sus impulsos y no dejar que su absurda añoranza por amor y afecto opaquen el resultado final. Sí, el resultado final será mil veces más gratificante que lo que pudiera resultar si sucumbe ahora.

Sale a caminar, desea despejar su mente y revisar su itinerario de mañana. Va a la sala principal, donde está la computadora y el acceso a la parte física que se considera como el cuerpo tangible de IAS. El cuarto es un repositorio de clusters*, pantallas y cables. Sus manos, casi por inercia, se van hacia la pantalla de acceso a cámaras. Presiona el botón del cuarto 07 del ala oeste, cuarto de Bela.

Al mirarla desde aquí, a lo lejos, puede pensar claramente, sin motivaciones mal sanas. Sus facultades como médico le dicen que todo terminará pronto, ella aprenderá, madurará y dejará de existir tal y como es, borrando todo rastro de personalidad que pudiera adquirir.

Sus pensamientos megalómanos pausan al escuchar la alarma que indica el ritmo cardiaco errático de Bela. Nota por la cámara que el clon empieza a moverse espásticamente aún dormida.

Edward corre hacia el cuarto de Bela, abriendo la puerta posicionando su mano en el lector. La encuentra como la vio por cámara, a excepción que ahora ella tiene los ojos abiertos, pero sus pupilas no son responsivas. ¿Crisis epiléptica? Se pregunta de inmediato.

—IAS, dame una lectura cerebral, ¡ahora!

IAS tarda unos segundos en mostrar los resultados sobre la pantalla en el cuarto de Bela. Edward ve que el comportamiento no es típico de una convulsión epiléptica. Su cuerpo efectivamente convulsiona con ojos abiertos, pero no indica ningún tipo de cambio cerebral anormal, es como si… sólo estuviera soñando.

—Bela, despierta. —Él toca su cara y golpea ligeramente sus mejillas.

Ella parpadea rápidamente hasta que sale del trance y con ello parando también las convulsiones.

—Oh Dios —él dice aliviado revisando sus pupilas que vuelven a la normalidad—. ¿Estás bien? —él pregunta retóricamente.

Ella se queda quieta, como si no hubiera pasado nada, luego se le abalanza como lo hizo esa tarde, la diferencia es que en vez de empujarlo, ella lo abraza. Un acto natural, instintivo que el humano necesita para sentirse protegido y no sentir que no está solo. Edward la deja que lo abrace y se permite hacerlo él también.

—¿Qué ha pasado? ¿IAS? —pregunta él mientras Bela sigue aferrado a él.

— Sus patrones cerebrales son irregulares, necesito hacer más pruebas.

—Nunca había visto algo así —dice Edward no convencido—. Mañana te haremos más pruebas y veremos qué es esto.

Cuando la separa de sí, nota que el clon está llorando.

—Mierda, mira, es mejor que duermas, o no sé ¿es seguro IAS? —pregunta Edward preocupado.

—Sin pruebas conclusivas es difícil decir —responde la inteligencia artificial—. Y Edward, el clon B3LA ha aumentado un 3% a nivel cognitivo.

—¿Dos porciento en un día? —pregunta Edward asombrado—. ¿Entonces esto es…. ¿Estas convulsiones son su manera de aprendizaje acelerado?

—Sin pruebas conclusivas…

—Sí, sí bla bla bla, ¡lo sé! ¡Mierda! —Su frustración y miedo sucumben a la superficie de su bien confeccionada máscara de superioridad.

Edward mira a Bela, que está acostada mirándolo sin entender qué pasa.

—Bien, creo que necesito vigilarte hoy —él dice rascando su barba de tres días—. Sólo… duerme y yo estaré en el laboratorio, monitoreando.

Al levantarse, Edward es otra vez acechado por el clon, que se ancla a él. Recelosamente él retira a Bela, no puede quedarse aquí, no quiere sucumbir.

Deja a la chica en un suspiro de llanto y desamparo, como un padre negligente y ruin que se va cuando su hija más lo necesita.

Él no lo sabría, pero su aprendiz hace momentos había sentido por primera vez añoranza justo como él; la había experimentado momentos antes, mientras soñaba que moría.