—¿Yo? - preguntó Remus sorprendido porque lo consideraran importante para leer.

—Si tú, ¿puedes? - volvió a preguntar Albus P. con una ganas de golpearlo porque se estaba desvalorizando.

—Si, Ok— dijo Remus más alegre y agregó luego de convocar el libro y abrirlo en donde empezaba el capítulo Capítulo 9: El callejón Diagon

Harry se despertó temprano mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados.

—¿No estabas ansioso? - preguntó Lily sorprendida.

—Siga leyendo profesor allí está el porqué de mi actitud— dijo Harry sonrojado y el profesor siguió.

«Ha sido un sueño —se dijo con firmeza—. Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirme que voy a ir a un colegio de magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena. »

—Que pesimismo— dijo Neville.

—Es como James y Lily— dijo Remus y continuó la lectura por si algunos de los aludidos decidía tirarle algo.

Se produjo un súbito golpeteo.

«Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta», pensó Harry con el corazón abrumado. Pero todavía no abrió los ojos. Había sido un sueño tan bonito ...

Toc. Toc. Toc.

—¿No te diste cuenta que no había gritado? - preguntó Lily a su hijo.

—No siempre gritaba— contestó Harry y agregó explicando— casi siempre solo abría la puerta y me despertaba con calma. Eso coincidía con que el tío iba a trabajar temprano.

—¡Te dije que lo trataras mal también en mi ausencia! - exclamó Vernon mientras se levantaba y le daba un cachetazo a su esposa.

—Y yo te dije que no trataras mal en nadie— dijo Harry furioso y luego lo inmovilizó.

Nadie en todo el comedor hablaba, las mujeres lloraban, Caro fue a consolar a su madre que lloraba por su hija y cuando se calmaron un poco Remus continuó luego de que pudo encerrar a su lobo interior.

- Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.

Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había pasado, Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechuza golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.

Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior.

El trío dorado río a carcajadas, cuando se calmaron le pidieron al profesor que siguiera ignorando las preguntas que surgieron y se estaban murmurando. Remus continuó.

Fue directamente a la ventana y la abrió. La lechuza bajó en picado y dejó el periódico sobre Hagrid, que no se despertó. Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.

- No hagas eso.

Harry trató de apartar a la lechuza, pero ésta cerró el pico amenazadoramente y avanzó atacando el abrigo.

- ¡Hagrid!- exclamó Harry en voz alta—. Aquí hay una lechuza ...

- Págala —gruñó Hagrid desde el sofá.

—Hagrid, él no lo sabía- dijo Dorea.

—Es que todavía estaba dormido— dijo Hagrid disculpándose con el muchacho.

Él aludido sonrió y Remus siguió.

- ¿Qué?

- Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.

El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos, con contenidos de todo tipo: manojos de llaves, proyectiles de metal, bombones de menta, saquitos de té ...

—Bombones de menta— dijo Albus D con ojos soñadores.

—¡Encontrar algo en los bolsillos de Hagrid es una odisea! - exclamó sonriendo Harry.

Los demás asintieron e incluso alguno se rió y Remus continuó.

finalmente Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.

- Dale cinco knuts ofrecido soñoliento Hagrid.

- ¿Knuts?

- Esas pequeñas de bronce.

—Así es chicos cómo Harry aprende algo nuevo— dijo Fred.

Remus miró a Fred sonriendo y continuó.

Harry contó las cinco monedas y la lechuza extendió la pata, para que Harry pudiera meter las monedas en una bolsita de cuero que llevaba atada. Y salió volando por la ventana abierta.

Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.

- Es mejor que nos demos prisa, Harry. Tenemos muchas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.

Harry estaba dando la vuelta a las monedas mágicas y observándolas. Acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de pincharse.

—Consigan un parche… - empezó Fred.

—Para que la felicidad de Harry no se vaya— terminó George.

—¿Qué pensabas? - preguntó curioso Charlus a su nieto.

—Ya te enterarás, abuelo— contestó Harry, Charlus sonrió porque le dijo abuelo y Remus siguió curioso.

- Mm ... ¿Hagrid?

- ¿Sí?- dijo Hagrid, que se estaba calzando sus colosales botas.

- Yo no tengo dinero y ya oíste a tío Vernon anoche, no va a pagar para que vaya a aprender magia.

- No te preocupes por eso- dijo0 Hagrid, poniéndose de pie y golpeándose la cabeza—. ¿No creerás que tus padres no te dejaron nada?

- Pero si su casa fue destruida ...

—¿Qué tiene que ver la casa? - preguntó confundido Draco.

—Algunos muggles guardan el dinero en la casa o en objetos llamados billeteras o monederos— descrito Hermione mostrando el suyo.

Arthur observaba eso como si hubiera ganado un premio, con los ojos muy abiertos y Remus siguió antes de que la joven se quedara sin su monedero.

- ¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada para nosotros es Gringotts. El banco de los magos.

Ante esa parte Bill saltó exaltado y antes de que se pusiera a hablar de las virtudes del banco, Remus siguió.

Come una salchicha, frías no están mal, y no me negaré a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.

- ¿Los magos tienen bancos?

- Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.

—¿Es el único en todo el mundo mágico? - preguntó curioso Hugo G.

—Es el único en todo el Reino Unido— contestó amablemente Harry P.

—Ah— dijo Hugo G y agregó— continúe señor.

Remus siguió.

Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.

—¡Harry! - exclamaron los Weasley frente a dejar caer comida.

—¡Weasley! - exclamó Harry en respuesta.

Luego de ese intercambio y sin más problemas se rieron y sólo 5 minutos después Remus pudo continuar.

- ¿Gnomos?

- Ajá ... Así uno debería que estar loco para intentar robarlos, puedo decírtelo. Nunca te metas con los gnomos, Harry. Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts.

—¡No! - exclamaron Ron, Hermione, Alice W, Remus, Sirius, Canuto, Lunático, Neville, Bill y Charlie.

—¿Eh? - preguntaron Hugo G y Hugo E. sorprendidos.

—Ahora no dejará el tema en paz— dijo Sirius.

—Sobre todo porque sacó la curiosidad de estos dos— siguió Alice señalando a Lily y James.

Ante la respuesta de Alice, los aludidos fulminaron a todos los que murmuraban algo parecido con la mirada mientras Harry solo se encogía de hombros. Los restantes del Gran Comedor asintieron y el profesor Lupin que era uno de ellos siguió.

- Hagrid se irguió con orgullo—. En general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti ... sacar cosas de Gringotts ... él sabe que puede confiar en mí. ¿Lo tienes todo? Pues vamos.

Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.

- ¿Cómo llegaste aquí? —Preguntó Harry; mirando alrededor, buscando otro bote.

- Volando- contestó Hagrid.

—¿Volando? - preguntó Lily.

—¿Cómo? - cuestionó a Caro.

Remus miró el libro y leyó un poco más para sí mismo y sonrió frente a lo que le decía allí.

- ¿Volando?

- Sí ... pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya te encontré.

—Me sentí como el paquete— comentó Harry.

—Uno muy bonito debería agregar— susurró Hermione al oído del chico que se puso rojo.

Remus se rió con el resto no solo por el comentario que Harry había dicho sino por el sonrojo de su alumno. Luego de calmarse el joven profesor, continuó.

Subieron al bote. Harry todavía miraba a Hagrid, tratando de imaginárselo volando.

- Sin embargo, me parece una lástima tener que remar- dijo Hagrid, dirigiendo a Harry una mirada de soslayo—. Si yo ... apresuro las cosas un poquito, ¿te importaría no mencionarlo en Hogwarts?

- Por supuesto que no —respondió Harry, deseoso de ver más magia.

—Y no lo mencioné— dijo Harry.

Luego de que el semigigante le agradeciera, Remus siguió leyendo.

Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.

- ¿Por qué debería estar uno loco para intentar robar en Gringotts? - preguntó Harry.

- Hechizos ... encantamientos- dijo Hagrid, desdoblando su periódico mientras hablaba —... Dicen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad. Y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por debajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras pudo robar algo. (Mientras Remus leía Bill asentía y los del futuro se miraban con complicidad) Harry permaneció sentado pensando en aquello, mientras Hagrid leía su periódico, El Profeta. Harry había aprendido de su tío Vernon que a las personas les gustaba que las dejaran tranquilas cuando hacían eso, pero eran muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas que hacer en su vida.

- El Ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre —murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.

—Yo no confundo nada — dijo Fudge ofendido y levantándose de su asiento.

—Usted es una mierda, así que se calla— dijeron furiosos Harry P y Hermione P fulminándolo con la mirada.

El ministro se sentó con un miedo terrible y Remus siguió antes de que hubiera un asesinato allí.

- ¿Hay un Ministerio de Magia? —Preguntó Harry, sin poder contenerse.

- Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían que Dumbledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hogwarts, así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el trabajo. Nunca ha existido nadie tan chapucero. Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos.

- Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?

—En si, el ministerio no hace nada es un edificio Harry— explicó Fred con una seriedad nada propia de él.

Harry sólo lo miró mal y para que no hubiera un Weasley menos en el mundo Remus decidió seguir.

- Bueno, su trabajo principal es impedir que los muggles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.

- ¿Por qué?

- ¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tranquilos.

—¿Cómo saben eso? - preguntó Jane G curiosa.

—Es cierto, ¿Lo han preguntado? - cuestionó Hugo G.

—No, no lo hicimos. Sigamos y más adelante lo hablamos profundamente— dijo Albus D. con semblante pensativo.

Remus continuó también con algunas ideas sobre el tema.

En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del muelle. Hagrid dobló su periódico y subieron los escalones de piedra hacia la calle.

Los transeúntes miraban mucho a Hagrid, mientras recorrían el pueblecito camino de la estación, y Harry no se lo podía reprochar: Hagrid no sólo era el doble de alto que cualquiera, sino que señalaba cosas totalmente corrientes, como los parquímetros, diciendo en voz alta :

- ¿Ves eso, Harry? Las cosas que esos muggles inventan, ¿verdad?

—¡Hagrid! - exclamó Albus D.

—Ten más cuidado— le aconsejó McGonagall.

Remus y el resto de los docentes asintieron de acuerdo con los "directores" y Remus siguió.

- Hagrid- dijo Harry, jadeando un poco mientras correteaba para seguirlo—, ¿no dijiste que había dragones en Gringotts?

- Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—. Me gustaría tener un dragón. (-Ya nos dimos cuenta- murmuró la versión joven del trío dorado.)

-¿Te gustaría tener uno?- preguntó Harry

- Quiero uno desde que era niño ... Ya estamos.- replicó Hagrid

Habían llegado a la estación. Salía un tren para Londres cinco minutos más tarde. Hagrid, que no entendía «el dinero muggle», como lo llamaba, dio las monedas a Harry para que comprara los billetes.

—Y eso que es fácil— dijeron los que sabían usarlos.

—Para nosotros no lo es— dijo Narcissa.

—Es cierto y por eso deben tomar Estudios muggle, se pierden en alguna ciudad totalmente muggle y ¿qué hacen? - preguntó Harry P.

—Es necesario por eso y por muchas cosas más que puedan desenvolverse adecuadamente en el mundo muggle, teniendo en cuenta que estamos en secreto— dijo Albus P.

—Es cierto— comentó Remus y luego continuó.

La gente los miraba más que nunca en el tren. Hagrid ocupó dos asientos y comenzó a tejer lo que parecía una carpa de circo color amarillo canario.

- ¿Todavía tienes la carta, Harry? —Preguntó, mientras contaba los puntos.

—¿Sabes tejer? - preguntó Hugo G a Hagrid.

—Sí— contestó el aludido.

—Eso es genial Hagrid— dijo Fabian

—Pero de todos modos, ¿Cómo iba a perder la carta con lo que le costó conseguirla? - cuestionó incrédulo Gideon.

—Es solo una pregunta, no es para tanto— comento Hagrid un poco enojado.

Antes de que Hagrid matara a los Gemelos P. Remus siguió leyendo.

Harry sacó del bolsillo el sobre de pergamino.

- Bien- dijo Hagrid—. Hay una lista con todo lo que necesitas.

Harry desdobló otra hoja, que no había visto la noche anterior, y leyó:

UNIFORME COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

Los alumnos de primer año necesitarán:

- Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).

- Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.

- Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).

- Una capa de invierno (negra, con broches plateados).

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)

LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:

- El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.

- Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.

- Teoría mágica, Adalbert Waffling.

- Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.

- Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.

- Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.

- Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.

- Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.

RESTO DEL EQUIPO

1 varita.

1 caldero (peltre, medida 2).

1 juego de redomas de vidrio o cristal.

1 telescopio.

1 balanza de latón.

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

—Odio esa regla— dijeron fastidiados James, Canuto, Los gemelo Charlus.

—Es necesario dado que así se evitan accidentes y mayor diferencia entre los que vinieron del mundo muggle y los que no— explicaron los dos Albus. (1)

—Ah— comentaron los que no lo sabían.

Remus continuó con la lectura.

- ¿Podemos comprar todo esto en Londres? —Se preguntó Harry en voz alta.

- Sí, si sabes dónde ir —respondió Hagrid.

Harry no había estado antes en Londres. Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostumbrado a hacerlo de la forma ordinaria. Se quedó atascado en el torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta porque los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.

- No sé cómo los muggles se las arreglan sin magia —comentó, mientras subían por una escalera mecánica estropeada que los condujo a una calle llena de tiendas.

Hagrid era tan corpulento que separaba fácilmente a la muchedumbre. Lo único que Harry tenía que hacer era mantenerse detrás de él. Pasaron ante librerías y tiendas de música, ante hamburgueserías y cines, pero en ningún lado parecía que vendieran varitas mágicas.

—¿Qué es un cine? - preguntó el curioso Theo.

—En el descanso lo preguntan— dijo Harry P.

Arthur lo anotó, Remus continuó.

Era una calle normal, llena de gente normal. ¿De verdad habría cantidades de oro de magos enterradas debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de hechizos y escobas?

—Qué preguntón- comentó James a su hijo.

—Es por la curiosidad. Así aparte extraigo parte de la información: se defendió Harry.

—Yo también lo hago así— comentaron Lily y Carolina.

Por ese dato, Harry les sonrió y pidió al profesor que continuara. Él lo hizo.

¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley? Si Harry no hubiera sabido que los Dursley carecían de sentido del humor, podría haberlo pensado. Sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.

- Es aquí- dijo Hagrid deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.

Era un bar diminuto y de aspecto mugriento. Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no habría visto. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no podían ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían. Antes de que pudiera decirlo, Hagrid lo hizo entrar.

—Que bien que describe— comentó Charlus.

—Y si Potter, sólo los magos y sus familiares pueden verlo— explicó Snape sorprendido por la rápida deducción del joven. Remus siguió.

Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro y destartalado. Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, tomando copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre pequeño que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda. El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid. Lo saludaban con la mano y le sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo:

- ¿Lo de siempre, Hagrid?

- No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts —respondió Hagrid, poniendo la mano en el hombro de Harry y obligándolo a doblar las rodillas.

—Lo siento Harry— se disculpó Hagrid.

—No hay porque disculparse— contestó Harry.

Remus continuó luego del breve intercambio.

- Buen Dios- dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry—. ¿Es éste ... puede ser ...?

El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio.

- Válgame Dios —susurró el cantinero—. Harry Potter ... todo un honor.

Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.

- Bienvenido, Harry, bienvenido.

Harry no sabía qué decir. Todos lo miraban.

—Definitivamente salió a Lily en ese aspecto— comentaron Remus y Lunático.

—Oye— se quejó James un poco enojado.

—Tú, hijo, no te quejes que es verdad, eres bastante vanidoso y orgulloso— lo regañó Charlus.

James no contestó nada. De hecho se quedó callado pensando, señal que Remus tomó para seguir.

La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba radiante.

Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.

- Doris Crockford, Harry. No puedo creer que por fin te haya conocido.

- Estoy orgullosa, Harry, muy orgullosa.

- Siempre quise estrechar tu mano ... estoy muy complacido.

- Encantado, Harry, no puedo decirte cuánto. Mi nombre es Diggle, Dedalus Diggle.

- ¡Yo lo he visto antes! - dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su sombrero a causa de la emoción—. Usted me saludó una vez en una tienda.

- ¡Me recuerda! - gritó Dedalus Diggle, mirando a todos—. ¿Habéis oído eso? ¡Se acuerda de mí!

Harry estrechó manos una y otra vez. Doris Crockford volvió a repetir el saludo.

Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo. (—¿Creen que ya lo tenía ahí? - preguntó Ron en susurros. —No— negó Hermione en voz baja. —Ya lo entenderás— le dijo Harry por lo bajo al ver la cara de confusión de su amigo.) —¡Profesor ¡Quirrell! Terminal Hagrid—. Harry, el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts. —PP-Potter —tartamudeó al profesor Quirrell, apretando la mano de Harry—. N-no pue-e-do decirte l-lo contento que-e estoy de co-conocerte. (-Claro, te puede tocar- murmuró Ron en voz baja. -Exacto- dijeron los otros dos y la chica agregó- pero ya trabajaba para él) -¿Qué clase de magia Enseña Usted, profesor Quirrell?

- D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras —murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello—. N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter? —Soltó una risa nerviosa—. Estás reuniendo el e-equipo, s-supongo. Yo tengo que b-buscar otro l-libro de va-vampiros. —Pareció aterrorizado ante la simple mención.

—¿Es idiota o se hace? - preguntó Lily.

—Lamentablemente es mucho peor hermana— dijo Caro.

—¿Cómo lo sabes? - preguntó Ron curioso.

—Ya lo diré— contestó Caro guiñándole el ojo al amigo de su sobrino que se sonrojo un poco.(2)

Remus curioso siguió.

Pero los demás, no permitieron que el profesor Quirrell acaparara a Harry. Este tardó más de diez minutos en despedirse de ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír.

- Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry.

Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.

Hagrid miró sonriente a Harry

Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba al conocerte, aunque te diré que habitualmente tiembla.

¿Está siempre tan nervioso?

Oh, sí. Pobre hombre. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero entonces cogió un año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo de su propia asignatura...

—Se encontró con algo pero no eran vampiros— dijo Ron misteriosamente.

Remus con curiosidad decidió seguir.

Ahora ¿adónde vamos, paraguas?

¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino. Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.

Tres arriba... dos horizontales... —murmuraba—. Correcto. Un paso atrás, Harry

Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas.

El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.

Bienvenido —dijo Hagrid— al callejón Diagon.

Sonrió ante el asombro de Harry Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.

El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.

—Me encanta pociones— dijeron Harry, Hermione, Theo, Lily y Carolina.

—Pero si no te va bien Harry…— empezó Fred confuso.

—¿Cómo te va a gustar?- terminó Fabian con tono de pregunta.

—En realidad no me va bien en clase del profesor Snape, pero, cómo sabes que no se hacer las pociones— contestó Harry.

—¿Son suyas Potter?- preguntó Snape (preguntando por las pociones entregadas desde el año pasado sin nombre).

—Sí— contestó el joven inseguro.

—Después hablo con usted señor Potter— dijo Snape sintiendo una vergüenza por lo mal que había tratado al chico. (3)

Harry asintió y Remus siguió.

Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid— pero mejor que vayamos primero a conseguir el dinero.

Harry deseó tener ocho ojos más. Movía la cabeza en todas direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban fuera y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando ellos pasaron, diciendo: «Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos...».

Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color pardo, castaño, gris y blanco». Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Mirad —oyó Harry que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.» ( —Quidditch— murmuraron los fanáticos del deporte) Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...

Gringotts —dijo Hagrid. (Frente a la nueva mención del nombre del banco Bill sonrió.) Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...

Sí, eso es un gnomo —dijo Hagrid en voz baja, mientras subían por los escalones de piedra blanca. El gnomo era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos.

—Extremadamente observador— comentó Moody mirando radiante al joven.

—Gracias señor— dijo Harry rojo al estilo Weasley.

Remus sonrió frente a este hecho y continuó la lectura.

Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

(Mientras Remus leía el poema, Bill lo recitaba con pasión)

Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí —dijo Hagrid. (Los del futuro se rieron por lo bajo frente a esto)

Dos gnomos los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de gnomos estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos guiaban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.

Buenos días —dijo Hagrid a un gnomo desocupado—. Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.

¿Tiene su llave, señor?

La tengo por aquí —dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de galletas de perro sobre el libro de cuentas del gnomo. Éste frunció la nariz. Harry observó al gnomo que tenía a la derecha, que pesaba unos rubíes tan grandes como carbones brillantes.

Aquí está —dijo finalmente Hagrid, enseñando una pequeña llave dorada.

El gnomo la examinó de cerca.

Parece estar todo en orden.

Y también tengo una carta del profesor Dumbledore —dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre lo-que-usted-sabe, en la cámara setecientos trece.

—Profesor, no diga eso delante de Harry— comentó amablemente Dean.

—Ahora me di cuenta— comentó Hagrid.

Remus continuó dado que no sabía de qué se trataba y quería enterarse.

El gnomo leyó la carta cuidadosamente.

Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!

Griphook era otro gnomo. Cuando Hagrid guardó todas las galletas de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.

¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara setecientos trece? —preguntó Harry.

—Ahí está tu curiosidad mi amor— comentó Hermione P besando a su marido.

El joven se sonrojo mientras el adulto devolvía el beso a su esposa. Remus continuó sonriente.

No te lo puedo decir —dijo misteriosamente Hagrid—. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.

—Piensas que lo va a dejar— comentó sin malicia Sirius.

—No lo conocía como ahora— replicó Hagrid.

Remus continuó leyendo.

Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo. Griphook silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron (Hagrid con cierta dificultad) y se pusieron en marcha.

Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era imposible. El veloz carro parecía conocer su camino, porque Griphook no lo dirigía.

A Harry le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón, pero era demasiado tarde. Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.

Nunca lo he sabido —gritó Harry a Hagrid, para hacerse oír sobre el estruendo del carro—. ¿Cuál es la diferencia entre una estalactita y una estalagmita?

—Las estalactitas crecen de arriba para abajo y las estalagmitas de abajo para arriba porque su formación es diferente pero muchas veces tienen la misma composición— explicó Harry a todos.

—¿Cómo lo sabe señor Potter?- preguntó la profesora McGonagall.

—Cómo Hagrid no me lo respondió, saqué la duda de un libro de química; que es una materia muggle, que había en casa— contestó el chico.

Remus contento por la audacia de su sobrino continuó.

Las estalagmitas tienen una eme —dijo Hagrid—. Y no me hagas preguntas ahora, creo que voy a marearme.

Su cara se había puesto verde y, cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared, para que dejaran de temblarle las rodillas.

—Te entiendo Hagrid— dijeron Frank y Neville a la vez.

Luego de esto se sonrieron y Remus continuó.

Griphook abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se aclaró, Harry estaba jadeando. Dentro había montículos de monedas de oro. Montones de monedas de plata. Montañas de pequeños knuts de bronce.

Todo tuyo —dijo Hagrid sonriendo.

Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían saberlo, o se abrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a Harry? Y durante todo aquel tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.

—Y esa es sólo la de uso cotidiano— explicó Harry P.

—Es verdad, cuando llegues a los 18 años podrás acceder a las otras— informó Albus P a su padre joven.

—En serio— comentó asombrado Harry.

—Si— afirmó Bill.

—Ok, más tarde puedo hablar con ustedes abuelos, papas y señor Weasley— pidió Harry dado que tenía una idea.

—Si— dijeron sus familiares y Arthur.

Remus siguió leyendo.

Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en una bolsa.

Las de oro son galeones —explicó—. Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a un sickle, es muy fácil. Bueno, esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti. —Se volvió hacia Griphook—. Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?

Una sola velocidad —contestó Griphook.

Fueron más abajo y a mayor velocidad.

—¿No era una sola velocidad?- preguntó Hugo E.

—Se refiere a que cada tramo tiene una sola velocidad— explicó Harry. (4)

Los profesores iban a preguntarle cómo lo sabía pero Remus siguió.

El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea, y Harry se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogiéndolo del cuello.

La cámara setecientos trece no tenía cerradura.

Un paso atrás —dijo Griphook, dándose importancia.

Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapareció.

Si alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado —añadió.

¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya quedado nadie dentro? —quiso saber Harry.

Más o menos cada diez años —dijo Griphook, con una sonrisa maligna.

Algo realmente extraordinario tenía que haber en aquella cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó anhelante, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía. Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo.

La cara de los que desconocían qué era el objeto fue de desconcierto y cierta decepción. Remus que lo sabía por el nombre del libro continuó.

Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le hubiera gustado conocer su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.

Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me hables durante el camino; será mejor que mantengas la boca cerrada —dijo Hagrid.

Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir primero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que tenía más dinero que nunca, más dinero incluso que el que Dudley tendría jamás.

Tendrías que comprarte el uniforme —dijo Hagrid, señalando hacia «Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones»—. Oye, Harry; ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts. —Todavía parecía mareado, así que Harry entró solo en la tienda de Madame Malkin, sintiéndose algo nervioso. (—Pobrecito— murmuró Lia)

Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.

¿Hogwarts, guapo? —dijo, cuando Harry empezó a hablar—. Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.

En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y puntiagudo estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra.

—Es Malfoy— afirmó Luna.

Harry asintió y Remus que también se había dado cuenta continuó.

Madame Malkin puso a Harry en un escabel al lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apropiado.

Hola —dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?

Sí —respondió Harry.

Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas —dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras—. Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carrera. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.

Harry recordaba a Dudley

—Yo no me comporto como ese muggle— dijo Draco enfadado.

—Sí, lo hacíamos— replicó Draco M y agregó en tono burlón— salgo antes que tú comadreja.

—Cállate querido hurón o quieres que te bese— replicó Ron W.

Decir que estaban sorprendidos era poco. No sabían a qué se debía ese cambio, pero les sorprendía y mucho. Remus luego de cerrar la boca volvió a abrirla para seguir leyendo.

¿Tú tienes escoba propia? —continuó el muchacho.

No —dijo Harry.

¿Juegas al menos al Quidditch?

No —dijo de nuevo Harry, preguntándose qué diablos sería el Quidditch.

Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?

No —dijo Harry, sintiéndose cada vez más tonto.

Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?

Mmm —contestó Harry, deseando poder decir algo más interesante.

¡Oye, mira a ese hombre! —dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera por qué no entraba.

Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.

Oh —dijo el muchacho—, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?

Es el guardabosque —dijo Harry. Cada vez le gustaba menos aquel chico.

Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termina prendiendo fuego a su cama.

—Draco, discúlpate con el profesor— le regañó Narcissa mirándolo mal.

—Disculpe profesor— dijo el muchacho cabizbajo.

—Disculpa aceptada— dijo Hagrid.

Remus siguió.

Yo creo que es estupendo —dijo Harry con frialdad.

¿Eso crees? —preguntó el chico en tono burlón—. ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?

Están muertos —respondió en pocas palabras. No tenía ganas de hablar de ese tema con él.

Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no pareció que le importara

—Discúlpate con Harry hijito— regañó nuevamente Narcissa

—Discúlpame Harry— dijo Draco realmente arrepentido.

—Ok, todo bien— dijo Harry.

Luego de este intercambio él que estaba leyendo el capítulo continuó.

. Pero eran de nuestra clase, ¿no?

Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres.

—Buena respuesta muchacho— dijo Snape.

Todos lo miraron, algunos con sorpresa y otros con una sonrisa. Remus que era del último grupo continuó.

Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos.

—Sabes joven yo, si eso hubiera pasado nos hubiéramos extinguido hace tiempo— comentó Draco M.

—Ese comentario va para todos los puristas— aclaró Scorp.

Remus asintió porque ya lo sabía y siguió.

Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?

Pero antes de que Harry pudiera contestar, Madame Malkin dijo:

Ya está listo lo tuyo, guapo.

Y Harry, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajó del escabel.

Bien, te veré en Hogwarts, supongo —dijo el muchacho.

Harry estaba muy silencioso, mientras comía el helado que Hagrid le había comprado (chocolate y frambuesa con trozos de nueces).

¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.

Nada —mintió Harry. Se detuvieron a comprar pergamino y plumas. Harry se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir. Cuando salieron de la tienda, preguntó: —Hagrid, ¿qué es el Quidditch? (Recordar que su buscador estrella no sabía que era el Quidditch puso un poco exasperado a Oliver pero no lo cambiaría por nada del mundo)

Vaya, Harry; sigo olvidando lo poco que sabes... ¡No saber qué es el Quidditch!

No me hagas sentir peor —dijo Harry. Le contó a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de Madame Malkin.

... y dijo que la gente de familia de muggles no deberían poder ir...

Tú no eres de una familia muggle. Si hubiera sabido quién eres... Él ha crecido conociendo tu nombre, si sus padres son magos. Ya lo has visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he conocido eran los únicos con magia en una larga línea de muggles. ¡Mira tu madre! ¡Y mira la hermana que tuvo!

—¿Y Yo?- se señaló Caro con los ojos llorosos de que nadie supiera de ella.

—No sé— dijo Harry

Caro se calmó un poco porque se debía seguir con la lectura pero tenía un nudo en la garganta que no se salía aunque sabía que estaba bien. Remus continuó.

Entonces ¿qué es el Quidditch?

Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen. Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicarte las reglas.

¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?

Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Hufflepuff son todos inútiles, pero...

Seguro que yo estaré en Hufflepuff —dijo Harry desanimado.

Es mejor Hufflepuff que Slytherin —dijo Hagrid con tono lúgubre—. Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin. Quien-tú-sabes fue uno.

—No todos los malos han estado en Slytherin— dijo Harry P.

Remus asintió de acuerdo con la versión adulta de su sobrino y siguió

¿Vol... perdón... Quien-tú-sabes estuvo en Hogwarts?

Hace muchos años —respondió Hagrid.

Compraron los libros de Harry en una tienda llamada Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca leía nada, habría deseado tener alguno de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arrastrar a Harry para que dejara Hechizos y contra hechizos (encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mantequilla, Lengua Atada y más, mucho más), del profesor Vindictus Viridian.

Estaba tratando de averiguar cómo hechizar a Dudley

No estoy diciendo que no sea una buena idea, pero no puedes utilizar la magia en el mundo muggle, excepto en circunstancias muy especiales —dijo Hagrid—. Y de todos modos, no podrías hacer ningún hechizo todavía, necesitarás mucho más estudio antes de llegar a ese nivel.

Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un sólido caldero de oro (en la lista decía de peltre)

—Vanidoso Potter— dijo Draco para señalar un defecto del muchacho.

—No, sólo que el de oro dura más— explicó Harry dejando a todos los que pensaban de él como Draco con la boca abierta.

Remus le sonrió y siguió leyendo.

pero consiguieron una bonita balanza para pesar los ingredientes de las pociones y un telescopio plegable de cobre. Luego visitaron la droguería, tan fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido. En el suelo había barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hierbas. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al hombre que estaba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos (cinco knuts la cucharada).

—Sí, que te gustan las pociones— murmuró en voz media Charlus.

—Sí, no sabía lo que era con exactitud pero siempre me había gustado la química y sonaban muy parecidas— comentó Harry.

Los que sabían que era esa materia se sorprendieron de la deducción del muchacho.

Remus decidió preguntar después lo que era con exactitud porque algo sabía y continuó.

Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez la lista de Harry

Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía no te he buscado un regalo de cumpleaños.

Harry sintió que se ruborizaba.

No tienes que...

Sé que no tengo que hacerlo. Te diré qué será, te compraré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarán... y no me gustan los gatos, me hacen estornudar. Te voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu correspondencia y todo lo demás.

Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala.

—En realidad la lechuza me eligió a mi— dijo Harry mientras su versión adulta se ponía un poco nostálgico.

En ese instante una lechuza blanca y hermosa entró por la ventana y se acercó a Harry picoteándolo cariñosamente. Harry se las presentó a sus familiares que la alabaron y le hicieron mimos. Remus cuando se fue Hedwig, continuó.

Y no dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el profesor Quirrell.

Ni lo menciones —dijo Hagrid con aspereza—. No creo que los Dursley te hagan muchos regalos. Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrás la mejor.

Una varita mágica... Eso era lo que Harry realmente había estado esperando.

La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.». En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita.

Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta. Se tragó una cantidad de preguntas que se le acababan de ocurrir, y en lugar de eso, miró las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silencio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.

—¿Qué es esa sensación?- preguntó curioso James.

—Indica el poder de las varitas— explicó Harry.

—¿Cómo sabes eso?- preguntó sorprendido Flitwick.

—Aparece en el libro "Encantamiento misterioso y amoldable"— dijo el muchacho.

—Pero eso ni siquiera es tema del colegio— dijo Snape sin poder dar crédito de la sabiduría de chico.

—Ya lo sé pero lo vi de pasada dado que encantamientos es una de las materias que más me gusta— explicó Harry. (5)

Remus estaba sorprendido y antes de continuar solo escuchó como Canuto le decía a James: "Un sabelotodo lo perdimos".

Buenas tardes —dijo una voz amable. Harry dio un salto. Hagrid también debió de sobresaltarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla.

Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.

Hola —dijo Harry con torpeza.

Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verte pronto. Harry Potter. —No era una pregunta—. Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos. (Los cinco Evans asintieron)

El señor Ollivander se acercó a Harry. El muchacho deseó que el hombre parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco lúgubres.

Tu padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones.

—¿Cómo se acuerda?- pregunta Jane G.

—Supongo que es su buena memoria y tenacidad— propuso Harry.

—Es justo eso, joven amigo— dijo Ron W.

Remus continuó.

Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.

—No entiendo eso— dijo James curioso y confuso.

—Mira James, si todas las varitas fueran iguales, entonces sentirías lo mismo con cualquiera. Es el conjunto de núcleo, tipo de madera y longitud lo que la hace especial para cada mago— explicó Carolina con una simpleza y una sonrisa.

Ahora todos estaban sorprendidos, pero habían aclarado de dónde había salido la inteligencia de Harry. Remus un poco aturdido, se sacudió la cabeza y siguió.

El señor Ollivander estaba tan cerca que él y Harry casi estaban nariz contra nariz. Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.

Y aquí es donde...

El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco.

Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —dijo amablemente—. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo...

Negó con la cabeza y entonces, para alivio de Harry, fijó su atención en Hagrid.

¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?

Así era, sí, señor —dijo Hagrid.

Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron —dijo el señor Ollivander, súbitamente severo.

Eh..., sí, eso hicieron, sí —respondió Hagrid, arrastrando los pies—. Sin embargo, todavía tengo los pedazos —añadió con vivacidad.

Pero no los utiliza, ¿verdad? —preguntó en tono severo.

Oh, no, señor —dijo Hagrid rápidamente. Harry se dio cuenta de que sujetaba con fuerza su paraguas rosado.

—Muy malo disimulando— dijo Ron sin malicia.

Antes de le preguntaran algo al semigigante, Remus retomó la lectura

Mmm —dijo el señor Ollivander, lanzando una mirada inquisidora a Hagrid—. Bueno, ahora, Harry.. Déjame ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas—. ¿Con qué brazo coges la varita?

Eh... bien, soy diestro —respondió Harry.

Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Harry. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.

—A menos que lo desarmes y te ganes la simpatía de la varita— dijo Harry.

Remus asintió y siguió leyendo.

De pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le medía entre las fosas nasales, lo hacía sola. (Incómodo pensaron muchos)El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.

Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, Harry Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexible. Cógela y agítala.

Harry cogió la varita y (sintiéndose tonto) la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.

Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba...

Harry probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó.

No, no... Ésta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtalo.

Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander. Las varitas ya probadas, que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.

Qué cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado.

—¿Cuántas probaste?- preguntó curioso Snape.

—Creo que 60— contestó Harry.

Remus se sorprendió por la cantidad de varitas que tuvo que probar su sobrino, él solo probó cinco (6) y siguió leyendo.

Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.

Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. (—Los colores de Gryffindor— murmuraron los de esa casa además de Hagrid, los Albus, McGonagall, James, Canuto, Lunático, Charlus, Lily, Caro, Luna, Sirius, Alice y Frank) Hagrid lo vitoreó y aplaudió y el señor Ollivander dijo:

¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...

Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».

Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan curioso?

El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.

Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz.

Harry tragó, sin poder hablar.

Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuérdalo... Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas.

—Estaba alabando a la varita, no a quien tu sabes— explicó Ollivander al ver que algunos lo miraban contrariados.

Remus continuó leyendo ya que nadie dijo nada.

Harry se estremeció. No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.

Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío. Harry no habló mientras salían a la calle y ni siquiera notó la cantidad de gente que se quedaba con la boca abierta al verlos en el metro, cargados con una serie de paquetes de formas raras y con la lechuza dormida en el regazo de Harry. Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington. Harry acababa de darse cuenta de dónde estaban cuando Hagrid le golpeó el hombro.

Tenemos tiempo para que comas algo antes de que salga el tren —dijo.

Le compró una hamburguesa a Harry y se sentaron a comer en unas sillas de plástico. Harry miró a su alrededor. De alguna manera, todo le parecía muy extraño.

¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso —dijo Hagrid. Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había tenido el mejor cumpleaños de su vida y, sin embargo, masticó su hamburguesa, intentando encontrar las palabras.

Todos creen que soy especial —dijo finalmente—. Toda esa gente del Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el señor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pueden esperar grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres murieron.

Frente a esta explicación todos se quedaron pensativos pues el chico tenía razón. Todos lo envidiaban porque era famoso y algunos lo acosaban como Ginny Weasley, sin pensar lo que eso significaba para él. En eso Albus P se acercó a la versión joven de su papá y lo abrazó y le dijo:

—Papá no importa lo que piensen los demás. Tú eres tú, no te rindes, intentas ayudar e incluso defiendes a veces a los que no lo merecen.

Lily P también se acercó a Harry y le dijo apachurrándolo:

—Tu familia y tus amigos están muy orgullosos de ti.

—Es por eso Ginny que quiero que lo dejes en paz o te hechizo— amenazó Hermione.

—Eso lo hace sentir incómodo y triste— agregó Ron W con cara de arrepentido.

—Le recuerda su infancia y lo que perdió— terminó Luna.

Mientras eso pasaba Draco se sentía pésimo por cómo le había hablado a Harry desde que lo conoció y volvió a pedirle perdón con lágrimas en los ojos. (7)

El resto le prometió dejar de instigarlo tanto y apoyarlo más.

Remus no dijo nada, él y Sirius sólo lloraban abrazados entre sí. Y los demás docentes sólo miraban con distintos gestos, incluso Snape le miraba con una mezcla entre tristeza y orgullo pasando por arrepentimiento.

Pasó como 20 minutos antes de que se pudiera seguir leyendo. Remus continuó.

Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de la barba enmarañada y las espesas cejas había una sonrisa muy bondadosa.

No te preocupes, Harry. Aprenderás muy rápido. Todos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Vas a estar muy bien. Sencillamente sé tú mismo. Sé que es difícil. Has estado lejos y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, en realidad, todavía lo paso.

Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría hasta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.

Tu billete para Hogwarts —dijo—. El uno de septiembre, en Kings Cross. Está todo en el billete. Cualquier problema con los Dursley y me envías una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Te veré pronto, Harry.

—No le dijiste cómo pasar la plataforma nueve y tres cuartos— aportó preocupado Sirius.

—No fue necesario— lo tranquilizó a Harry

Remus miró a su sobrino que decía con la mirada que todo había ido bien y siguió.

El tren arrancó de la estación. Harry deseaba ver a Hagrid hasta que se perdiera de vista. Se levantó del asiento y apretó la nariz contra la ventanilla, pero parpadeó y Hagrid ya no estaba.

—Terminó el capítulo— informó Remus

—Bueno ahora lo prometido. A comer— dijo Albus D.

En el instante que lo dijo aparecieron…


Hola lectores

Reeditando este capítulo.

Kira


Notas de autor

1)Me inventé los motivos de la regla. Por lo menos es lo que me parece más lógico.

2)Acuérdense que Ron y Caro tienen la misma edad y que ella es muy bella. Además ya sabemos que le pasa al pelirrojo frente a lo bonito.(Fleur)

3)Me lo inventé. Teniendo en cuenta que Harry pudo hacer buenas pociones con instrucciones adecuadas y con un profesor que no lo molestara. Otro punto es que sabe cocinar y que son cuestiones que se parecen, ya que necesitan cierto orden y algunos pasos, y en algunos casos proporciones específicas.

4)Me lo inventé.

5)Lo inventé. Si bien académicamente Harry no está a la altura de Hermione eso no quiere decir que sea un idiota. Después de todo el sombrero pensó ponerlo en Ravenclaw.

6)Me lo inventé.

7) Draco se disculpa porque se imaginó si fuera al revés y él hubiera perdido a sus padres. Además, se dió cuanta que debe empezar a pensar más.

Nos leemos

Kira