Dorea no comentó nada, sólo fue a buscar el libro y empezó a leer cuando se sentó en su lugar. Capítulo 19: El espejo del Oesed
-Oesed- murmuró Lily P confundida.
-En realidad es deseo al reves- dijo Harry con tristeza y resignación recordando que era lo que veía en el espejo él.
Dorea curiosa siguió.
Se acercaba la Navidad. Una mañana de mediados de diciem bre Hogwarts se descubrió cubierto por dos metros de nieve. El lago estaba sólidamente congelado y los gemelos Weasley fueron castigados por hechizar varias bolas de nieve para que siguieran a Quirrell y lo golpearan en la parte de atrás de su turbante.
-Buena esa, hermanos- dijo Ron a los Gemelos W sin que estos entendieran porque su hermanito los felicitaba.
Nadie entendía mucho enrealidad salvo unos pocos por lo que tampoco comentaron nada. Dorea siguió con la lectura.
Las pocas lechuzas que habían podido llegar a través del cielo tormentoso para dejar el correo tuvieron que quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, antes de volar otra vez.
Todos estaban impacientes de que empezaran las vacaciones. Mientras que la sala común de Gryffindor y el Gran Comedor tenían las chimeneas encendidas, los pasillos, llenos de corrientes de aire, se habían vuelto helados, y un viento cruel golpeaba las ventanas de las aulas.
-Deberían poner alguna calefacción porque no es recomendable dar clases con ese fría- dijo Hugo W recordando que en el futuro el colegio tenía aire acondicionado por un hechizo de electricidad inventado por su tío Harry.
Los profesores asintieron y Dorea siguió.
Lo peor de todo eran las clases del profesor Snape, abajo en las mazmorras, en donde la respiración subía como niebla y los hacía mantenerse lo más cerca posible de sus calderos calientes.
-Deberían cambiar el aula de pociones en invierno porque alguien por el frío se va a quemar- propuso Hugo E.
Los padres asintieron, el director acepto y Dorea siguió.
—Me da mucha lástima —dijo Draco Malfoy, en una de las clases de Pociones— toda esa gente que tendrá que que darse a pasar la Navidad en Hogwarts, porque no los quieren en sus casas.
-Ah, tenés que hablar siempre papá- se quejó Scorpius.
-Nadie quiere a alguien así, papá- siguió Astoria MG.
-Lo siento mucho- dijo Draco mirando a Harry.
-No pasa nada, Draco- contestó Harry dándose cuenta que en realidad el comportamiento del Slytherin era culpa de la crianza del padre.
Dorea sonriente por la forma de ser de su nieto siguió con la lectura.
Mientras hablaba, miraba en dirección a Harry. Crabbe y Goyle lanzaron risitas burlonas. Harry, que estaba pesan do polvo de espinas de pez león, no les hizo caso. (-Bien hecho, cachorro- murmuró Sirius.)
Después del partido de quidditch, Malfoy se había vuelto más desagrada ble que nunca. Disgustado por la derrota de Slytherin, había tratado de hacer que todos se rieran diciendo que un sapo conuna gran boca podía reemplazar a Harry como buscador. Pero entonces se dio cuenta de que nadie lo encontraba gra cioso, porque estaban muy impresionados por la forma en que Harry se había mantenido en su escoba.
-Es que fue impresionante- dijeron los Hufflepuff que habían presenciado el partido.
-Tal vez si encantamos tu escoba, dejarías de decir pavadas- dijo furioso Canuto.
Scorpius, la verdad es que se sentía fatal, se sentía avergonzado de la forma de actuar de su padre y eso que ya se lo había comentado. Dorea decidió continuar para evitar la vergüenza del rubio.
Así que Malfoy; celoso y enfadado, había vuelto a fastidiar a Harry por no tener una familia apropiada.
Era verdad que Harry no iría a Privet Drive para las fiestas. La profesora McGonagall había pasado la semana antes, haciendo una lista de los alumnos que iban a que darse allí para Navidad, y Harry puso su nombre de inmediato. Y no se sentía triste, ya que probablemente ésa sería la mejor Navidad de su vida. Ron y sus hermanos también se queda ban, porque el señor y la señora Weasley se marchaban a Rumania, a visitar a Charles. (Charlie bufó por como lo llamaban en el libro.)
Cuando abandonaron los calabozos, al finalizar la clase de Pociones, encontraron un gran abeto que ocupaba el ex tremo del pasillo. Dos enormes pies aparecían por debajo del árbol y un gran resoplido les indicó que Hagrid estaba detrás de él.
—Hola, Hagrid. ¿Necesitas ayuda? —preguntó Ron, me tiendo la cabeza entre las ramas.
-Muy bien, hijito lindo- felicitó Molly a su hijo más chico.
-Buenos modales, señor Weasley- alabó Helga.
Ron estaba rojo como su pelo y dijo en susurros:
-No es nada.
Dorea sonreía por la humildad del amigo de su nieto y continuó.
—No, va todo bien. Gracias, Ron.
—¿Te importaría quitarte de en medio? —La voz fría y gangosa de Malfoy llegó desde atrás—. ¿Estás tratando de ganar algún dinero extra, Weasley? Supongo que quieres ser guardabosques cuando salgas de Hogwarts... Esa choza de Hagrid debe de parecerte un palacio, comparada con la casa de tu familia.
-DRACO- gritó Narcissa enojada por cómo se comportaba su hijo.
-10 puntos menos para Slytherin por las burlas- dijo Salazar dejando a algunos desconcertados.
Dorea siguió leyendo luego de fulminar al rubio con la mirada.
Ron se lanzó contra Malfoy justo cuando aparecía Snape en lo alto de las escaleras.
—¡WEASLEY!
Ron soltó el cuello de la túnica de Malfoy.
—Lo han provocado, profesor Snape —dijo Hagrid, sa cando su gran cabeza peluda por encima del árbol—. Malfoy estaba insultando a su familia.
—Lo que sea, pero pelear está contra las reglas de Hog warts, Hagrid —dijo Snape con voz amable—. Cinco puntos menos para Gryffindor; Weasley, y agradece que no sean más. Y ahora marchaos todos.
-Después de leer los libros no quite ni de puntos hasta que se calme- dijo Rowena fulminando al profesor con la mirada.
Snape se sentía como niño chico siendo regañado pero se acordó que debía cambiar y dijo:
-5 puntos menos para Slytherin y 5 puntos más para Gryffindor.
Dorea sólo continuó luego de que la sabía fundadora le indicara.
Malfoy, Crabbe y Goyle pasaron bruscamente, sonriendo con presunción.
—Voy a atraparlo —dijo Ron, sacando los dientes ante la espalda de Malfoy—. Uno de estos días lo atraparé...
—Los detesto a los dos —añadió Harry—. A Malfoy y a Snape. (-Con razón- murmuraron muchos.)
—Vamos, arriba el ánimo, ya es casi Navidad —dijo Ha grid—. Os voy a decir qué haremos: venid conmigo al Gran Comedor; está precioso.
Así que los tres siguieron a Hagrid y su abeto hasta el Gran Comedor, donde la profesora McGonagall y el profesor Flitwick estaban ocupados en la decoración.
El salón estaba espectacular. Guirnaldas de muérdago y acebo colgaban de las paredes, y no menos de doce árboles de Navidad estaban distribuidos por el lugar, algunos brillando con pequeños carámbanos, otros con cientos de velas.
-Que hermoso suena- dijo Ginny con una sonrisa.
-Igual que los de casa- aportó Albus P. mientras palmeaba la espalda de Scorp que seguía alicaído.
Dorea con una sonrisa pícara miraba a su marido recordando lo del muérdago mientras el hombre se sonrojaba. Luego, ella siguió.
—¿Cuántos días os quedan para las vacaciones? —pre guntó Hagrid.
—Sólo uno —respondió Hermione—. Y eso me recuer da... Harry, Ron, nos queda media hora para el almuerzo, de beríamos ir a la biblioteca.
—Sí, claro, tienes razón —dijo Ron, obligándose a apar tar la vista del profesor Flitwick, que sacaba burbujas dora das de su varita, para ponerlas en las ramas del árbol nuevo.
—¿La biblioteca? —preguntó Hagrid, acompañándolos hasta la puerta—. ¿Justo antes de las fiestas? Un poco triste, ¿no creéis?
—Oh, no es un trabajo —explicó alegremente Harry—. Desde que mencionaste a Nicolás Flamel, estamos tratando de averiguar quién es.
—¿Qué? —Hagrid parecía impresionado—. Escuchadme... Ya os lo dije... No os metáis. No tiene nada que ver con vosotros lo que custodia ese perro.
—Nosotros queremos saber quién es Nicolás Flamel, eso es todo —dijo Hermione.
—Salvo que quieras ahorrarnos el trabajo —añadió Harry—. Ya hemos buscado en miles de libros y no hemos po dido encontrar nada... Si nos das una pista... Yo sé que leí su nombre en algún lado. (-En el cromo del director- murmuró Lily.)
—No voy a deciros nada —dijo Hagrid con firmeza.
—Entonces tendremos que descubrirlo nosotros —dijo Ron. Dejaron a Hagrid malhumorado y fueron rápidamente a la biblioteca.
Habían estado buscando el nombre de Flamel desde que a Hagrid se le escapó, porque ¿de qué otra manera podían averiguar lo que quería robar Snape? El problema era la difi cultad de buscar; sin saber qué podía haber hecho Flamel para figurar en un libro. No estaba en Grandes magos del si glo XX, ni en Notables nombres de la magia de nuestro tiem po; tampoco figuraba en Importantes descubrimientos en la magia moderna ni en Un estudio del reciente desarrollo de la hechicería. Y además, por supuesto, estaba el tamaño de la biblioteca, miles y miles de libros, miles de estantes, cientos de estrechas filas... (Pobrecitos leer tantos libros pensaron los merodeadores excepto Lunático y Remus.)
Hermione sacó una lista de títulos y temas que había de cidido investigar; mientras Ron se paseaba entre una fila de libros y los sacaba al azar. Harry se acercó a la Sección Prohi bida. Se había preguntado si Flamel no estaría allí. Pero por desgracia, hacía falta un permiso especial, firmado por un profesor, para mirar alguno de los libros de aquella sección, y sabía que no iba a conseguirlo. Allí estaban los libros con la poderosa Magia del Lado Oscuro, que nunca se enseñaba en Hogwarts y que sólo leían los alumnos mayores, que estudiaban cursos avanzados de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—¿Qué estás buscando, muchacho?
—Nada —respondió Harry.
La señora Pince, la bibliotecaria, empuñó un plumero ante su cara.
-No trate así a mi papá/hijo/sobrino/ ahijado/ nieto- dijeron malhumorados Albus P. (mientras Lily P sólo lo miraba mal), Lily, James, Carolina, Remus, Lunático, Sirius, Canuto, Peter, Dorea, Charlus, Elizabeth y Hugo E. a la bibliotecaria que se encogió.
Harry P los calmó mientras los fundadores decidieron hablar más delante de esto. Cuando Dorea se calmó continuó leyendo.
—Entonces, mejor que te vayas. ¡Vamos, fuera!
Harry salió de la biblioteca, deseando haber sido más rá pido en inventarse algo. Él, Ron y Hermione se habían pues to de acuerdo en que era mejor no consultar a la señora Pince sobre Flamel. Estaban seguros de que ella podría decírselo, pero no podían arriesgarse a que Snape se enterara de lo que estaban buscando.
Harry los esperó en el pasillo, para ver si los otros ha bían encontrado algo, pero no tenía muchas esperanzas. Des pués de todo, buscaban sólo desde hacía quince días y en los pocos momentos libres, así que no era raro que no encontra ran nada. Lo que realmente necesitaban era una buena in vestigación, sin la señora Pince pegada a sus nucas.
Cinco minutos más tarde, Ron y Hermione aparecieron negando con la cabeza. Se marcharon a almorzar.
—Vais a seguir buscando cuando yo no esté, ¿verdad? —dijo Hermione—. Si encontráis algo, enviadme una lechuza.
—Y tú podrás preguntarle a tus padres si saben quién es Flamel —dijo Ron—. Preguntarle a ellos no tendrá riesgos.
—Ningún riesgo, ya que ambos son dentistas —respondió Hermione.
Cuando comenzaron las vacaciones, Ron y Harry tuvieron mucho tiempo para pensar en Flamel. Tenían el dormitorio para ellos y la sala común estaba mucho más vacía que de costumbre, así que podían elegir los mejores sillones frente al fuego. Se quedaban comiendo todo lo que podían pinchar en un tenedor de tostar (pan, buñuelos, melcochas) y planea ban formas de hacer que expulsaran a Malfoy, muy diverti das, pero imposibles de llevar a cabo. (-No lo creas- murmuraron los merodeadores.)
Ron también comenzó a enseñar a Harry a jugar al aje drez mágico. Era igual que el de los muggles, salvo que las piezas estaban vivas, lo que lo hacía muy parecido a dirigir un ejército en una batalla. (-Lo que papá haría un buen trabajo- murmuró Rose.) El juego de Ron era muy antiguo y estaba gastado. Como todo lo que tenía, había pertenecido a alguien de su familia, en este caso a su abuelo. (-Papá- suspiró Arthur extrañándolo.) Sin embargo, las piezas de ajedrez viejas no eran una desventaja. Ron las conocía tan bien que nunca tenía problemas en hacerles ha cer lo que quería.
Harry jugó con el ajedrez que Seamus Finnigan le había prestado, y las piezas no confiaron en él. Él todavía no era muy buen jugador, y las piezas le daban distintos consejos y lo confundían, diciendo, por ejemplo: «No me envíes a mí. ¿No ves el caballo? Muévelo a él, podemos permitirnos per derlo». (-Pégales- murmuraron algunos.)
En la víspera de Navidad, Harry se fue a la cama, deseo so de que llegara el día siguiente, pensando en toda la diver sión y comida que lo aguardaban, pero sin esperar ningún re galo. Cuando al día siguiente se despertó temprano, lo primero que vio fue unos cuantos paquetes a los pies de su cama.
—¡Feliz Navidad! —lo saludó medio dormido Ron, mien tras Harry saltaba de la cama y se ponía la bata.
—Para ti también —contestó Harry—. ¡Mira esto! ¡Me han enviado regalos!
-Papá, está asombrado- dijo Albus. P con la mirada triste.
Lo que ocasionó ese comentario valió un buen cachetazo de Hermione a Vernon que ya ni se quejaba. Dorea siguió con un semblante furioso.
—¿Qué esperabas, nabos? —dijo Ron, volviéndose hacia sus propios paquetes, que eran más numerosos que los de Harry
-Papá tu tacto- dijo Rose resignada.
-Lo siento- dijo Ron W.
Ambos Harry hicieron un gesto quitándole importancia y Dorea continuó.
Harry cogió el paquete que estaba más arriba. Estaba envuelto en papel de embalar y tenía escrito: «Para Harry de Hagrid». Contenía una flauta de madera, toscamente trabajada. Era evidente que Hagrid la había hecho. Harry sopló y la flauta emitió un sonido parecido al canto de la le chuza.
El segundo, muy pequeño, contenía una nota.
«Recibimos tu mensaje y te mandamos tu regalo de Na vidad. De tío Vernon y tía Petunia.» Pegada a la nota estaba una moneda de cincuenta peniques.
—Qué detalle —comentó Harry.
Ron estaba fascinado con los cincuenta peniques.
—¡Qué raro! —dijo— ¡Qué forma! ¿Esto es dinero?
-Igual al padre- dijo Molly resignada.
-De todos modos el regalo de la tía no era ese- dijo Harry P. y agregó al ver la cara de confusión de su versión adolescente- Luego te lo cuento.
Dorea continuó curiosa.
—Puedes quedarte con ella —dijo Harry, riendo ante el placer de Ron—. Hagrid, mis tíos... ¿Quién me ha enviado éste?
—Creo que sé de quién es ése —dijo Ron, algo rojo y se ñalando un paquete deforme—. Mi madre. Le dije que creías que nadie te regalaría nada y.. oh, no —gruñó—, te ha hecho un jersey Weasley.
Harry abrió el paquete y encontró un jersey tejido a mano, grueso y color verde esmeralda, y una gran caja de pastel de chocolate casero.
—Cada año nos teje un jersey —dijo Ron, desenvolvien do su paquete— y el mío siempre es rojo oscuro.
-Ese es el mío- dijo Charlie.
-Lo siento hijos. Dijo Molly anotando Rojo oscuro para Charlie, rojo naranja para Ron en un pergamino que había hecho aparecer.
—Es muy amable de parte de tu madre —dijo Harry probando el pastel, que era delicioso.
El siguiente regalo también tenía golosinas, una gran caja de ranas de chocolate, de parte de Hermione.
Le quedaba el último. Harry lo cogió y notó que era muy ligero. Lo desenvolvió.
Algo fluido y de color gris plateado se deslizó hacia el suelo y se quedó brillando. Ron bufó.
—Había oído hablar de esto —dijo con voz ronca, dejan do caer la caja de grageas de todos los sabores, regalo de Her mione—. Si es lo que pienso, es algo verdaderamente raro y valioso.
—¿Qué es?
Harry cogió el género brillante y plateado. El tocarlo pro ducía una sensación extraña, como si fuera agua convertida en tejido.
—Es una capa invisible —dijo Ron, con una expresión de temor reverencial—. Estoy seguro... Pruébatela.
Harry se puso la capa sobre los hombros y Ron lanzó un grito.
—¡Lo es! ¡Mira abajo!
Harry se miró los pies, pero ya no estaban. Se dirigió al espejo. Efectivamente: su reflejo lo miraba, pero sólo su cabe za suspendida en el aire, porque su cuerpo era totalmente in visible. Se puso la capa sobre la cabeza y su imagen desapa reció por completo.
—¡Hay una nota! —dijo de pronto Ron—. ¡Ha caído una nota!
Harry se quitó la capa y cogió la nota. La caligrafía, fina y llena de curvas, era desconocida para él. Decía:
Tu padre dejó esto en mi poder antes de morir. Ya es tiempo de que te sea devuelto. Utilízalo bien.
Una muy Feliz Navidad para ti.
-La capa- festejaron los merodeadores, Charlus P, Albus P, Harry, Hermione y ambos Ron.
-¿Qué capa?- preguntó con ojos entrecerrados McGonagall.
-Una- dijo Harry y pidió a su abuela que continuara.
Ella lo hizo inmediatamente para evitar preguntas.
No tenía firma. Harry contempló la nota. Ron admiraba la capa.
—Yo daría cualquier cosa por tener una —dijo— Lo que sea. ¿Qué te sucede?
—Nada —dijo Harry Se sentía muy extraño. ¿Quién le había enviado la capa? ¿Realmente había pertenecido a su padre?
Antes de que pudiera decir o pensar algo, la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Fred y George Weasley entra ron. Harry escondió rápidamente la capa. No se sentía con ganas de compartirla con nadie más.
—¡Feliz Navidad!
—¡Eh, mira! ¡A Harry también le han regalado un jersey Weasley!
Fred y George llevaban jerséis azules, uno con una gran letra F y el otro con la G.
—El de Harry es mejor que el nuestro —dijo Fred co giendo el jersey de Harry—. Es evidente que se esmera más cuando no es para la familia.
—¿Por qué no te has puesto el tuyo, Ron? —quiso saber George—. Vamos, pruébatelo, son bonitos y abrigan.
-Eso no es cierto- dijo Molly pensando que Harry se iba a sentir mal y agregó- Harry es de la familia.
Los Gemelos W se sonrojaron y Dorea entre risas siguió.
—Detesto el rojo oscuro —se quejó Ron, mientras se lo pasaba por la cabeza.
—No tenéis la inicial en los vuestros —observó George—. Supongo que ella piensa que no os vais a olvidar de vuestros nombres. Pero nosotros no somos estúpidos... Sabemos muy bien que nos llamamos Gred y Feorge.
—¿Qué es todo ese ruido?
Percy Weasley asomó la cabeza a través de la puerta, con aire de desaprobación. Era evidente que había ido desenvol viendo sus regalos por el camino, porque también tenía un jersey bajo el brazo, que Fred vio.
—¡P de prefecto! Pruébatelo, Percy, vamos, todos nos lo hemos puesto, hasta Harry tiene uno.
—Yo... no... quiero —dijo Percy, con firmeza, mientras los gemelos le metían el jersey por la cabeza, tirándole las gafas al suelo.
—Y hoy no te sentarás con los prefectos —dijo George—. La Navidad es para pasarla en familia.
-Eso es verdad- dijeron la mayoría.
-Yo pienso que la navidad es para pasarla con las personas que uno piensa que son familia- dijo Harry.
Los que habían dicho lo primero se sintieron mal ddo que él en sí no tenía familia y le dieron la razón. Dorea se levantó, le dio un beso a su nieto y volvió a sentarse. Luego abrió el libro por la página que iba y siguió.
Cogieron a Percy y se lo llevaron de la habitación, con los brazos sujetos por el jersey.
Harry no había celebrado en su vida una comida de Navidad como aquélla. Un centenar de pavos asados, montañas de patatas cocidas y asadas, soperas llenas de guisantes con mantequilla, recipientes de plata con una grasa riquísima y salsa de moras, y muchos huevos sorpresa esparcidos por to das las mesas. Estos fantásticos huevos no tenían nada que ver con los flojos artículos de los muggles, que Dudley habi tualmente compraba, ni con juguetitos de plástico ni gorri tos de papel. Harry tiró uno al suelo y no sólo hizo ¡pum!, sino que estalló como un cañonazo y los envolvió en una nube azul, mientras del interior salían una gorra de con traalmirante y varios ratones blancos, vivos. En la Mesa Alta, Dumbledore había reemplazado su sombrero cónico de mago por un bonete floreado, y se reía de un chiste del profe sor Flitwick.
A los pavos les siguieron los pudines de Navidad, fla meantes. Percy casi se rompió un diente al morder un sickle de plata que estaba en el trozo que le tocó. Harry observaba a Hagrid, que cada vez se ponía más rojo y bebía más vino, hasta que finalmente besó a la profesora McGonagall en la mejilla y, para sorpresa de Harry, ella se ruborizó y rió, con el sombrero medio torcido. (-Injusto lo ve todo- murmuraron Sirius y Canuto pensando en sus intentos de emborrachar a la docente.)
Cuando Harry finalmente se levantó de la mesa, estaba cargado de cosas de las sorpresas navideñas, y que incluían globos luminosos que no estallaban, un juego de Haga Crecer Sus Propias Verrugas y piezas nuevas de ajedrez. Los rato nes blancos habían desaparecido, y Harry tuvo el horrible presentimiento de que iban a terminar siendo la cena de Na vidad de la Señora Norris.
Harry y los Weasley pasaron una velada muy divertida, con una batalla de bolas de nieve en el parque. Más tarde, helados, húmedos y jadeantes, regresaron a la sala común de Gryffindor para sentarse al lado del fuego. Allí Harry es trenó su nuevo ajedrez y perdió espectacularmente con Ron. Pero sospechaba que no habría perdido de aquella manera si Percy no hubiera tratado de ayudarlo tanto.
-Sabes Percy que eres malísimo en el Ajedrez- dijo Oliver.
Percy se quedó como rábano con sobreexposición al sol y Dorea para que dejaran de mirarlo continuó.
Después de un té con bocadillos de pavo, buñuelos, bizcocho borracho y pastel de Navidad, todos se sintieron tan hartos y soñolientos que no podían hacer otra cosa que irse a la cama; no obstante, permanecieron sentados y ob servaron a Percy, que perseguía a Fred y George por toda la torre Gryffindor porque le habían robado su insignia de prefecto.
Fue el mejor día de Navidad de Harry. Sin embargo, algo daba vueltas en un rincón de su mente. En cuanto se metió en la cama, pudo pensar libremente en ello: la capa invisible y quién se la había enviado.
Ron, ahíto de pavo y pastel y sin ningún misterio que lo preocupara, se quedó dormido en cuanto corrió las cortinas de su cama. Harry se inclinó a un lado de la cama y sacó la capa.
De su padre... Aquello había sido de su padre. Dejó que el género corriera por sus manos, más suave que la seda, ligero como el aire. «Utilízalo bien», decía la nota.
Tenía que probarla. Se deslizó fuera de la cama y se en volvió en la capa. Miró hacia abajo y vio sólo la luz de la luna y las sombras. Era una sensación muy curiosa.
«Utilízalo bien.»
De pronto, Harry se sintió muy despierto. Con aquella capa, todo Hogwarts estaba abierto para él. Mientras estaba allí, en la oscuridad y el silencio, la excitación se apoderó de él. Podía ir a cualquier lado con ella, a cualquier lado, y Filch nunca lo sabría.
Ron gruñó entre sueños. ¿Debía despertarlo? Algo lo de tuvo. La capa de su padre... Sintió que aquella vez (la prime ra vez) quería utilizarla solo. (-Es entendible amigo- susurró Ron a Harry.)
Salió cautelosamente del dormitorio, bajó la escalera, cruzó la sala común y pasó por el agujero del retrato.
—¿Quién está ahí? —chilló la Dama Gorda. Harry no dijo nada. Anduvo rápidamente por el pasillo.
¿Adónde iría? De pronto se detuvo, con el corazón palpi tante, y pensó. Y entonces lo supo. La Sección Prohibida de la biblioteca. Iba a poder leer todo lo que quisiera, para descu brir quién era Flamel. Se ajustó la capa y se dirigió hacia allí.
La biblioteca estaba oscura y fantasmal. Harry encendió una lámpara para ver la fila de libros. La lámpara parecía flotar sola en el aire y hasta el mismo Harry, que sentía su brazo llevándola, tenía miedo.
La Sección Prohibida estaba justo en el fondo de la bi blioteca. Pasando con cuidado sobre la soga que separaba aquellos libros de los demás, Harry levantó la lámpara para leer los títulos.
No le decían mucho. Las letras doradas formaban pala bras en lenguajes que Harry no conocía. Algunos no tenían títulos. Un libro tenía una mancha negra que parecía sangre. A Harry se le erizaron los pelos de la nuca. Tal vez se lo esta ba imaginando, tal vez no, pero le pareció que un murmullo salía de los libros, como si supieran que había alguien que no debía estar allí. (-Es eso lo que pasa- murmuró Snape por lo bajo sorprendido por las correctas deducciones del moreno.)
Tenía que empezar por algún lado. Dejó la lámpara con cuidado en el suelo y miró en una estantería buscando un li bro de aspecto interesante. Le llamó la atención un volumen grande, negro y plateado. Lo sacó con dificultad, porque era muy pesado y, balanceándolo sobre sus rodillas, lo abrió.
Un grito desgarrador; espantoso, cortó el silencio... ¡El li bro gritaba! Harry lo cerró de golpe, pero el aullido continua ba, en una nota aguda, ininterrumpida. Retrocedió y chocó con la lámpara, que se apagó de inmediato. Aterrado, oyó pa sos que se acercaban por el pasillo, metió el volumen en el es tante y salió corriendo. Pasó al lado de Filch casi en la puer ta, y los ojos del celador; muy abiertos, miraron a través de Harry. El chico se agachó, pasó por debajo del brazo de Filch y siguió por el pasillo, con los aullidos del libro resonando en sus oídos.
Se detuvo de pronto frente a unas armaduras. Había es tado tan ocupado en escapar de la biblioteca que no había prestado atención al camino. Tal vez era porque estaba oscu ro, pero no reconoció el lugar donde estaba. Había armadu ras cerca de la cocina, eso lo sabía, pero debía de estar cinco pisos más arriba.
—Usted me pidió que le avisara directamente, profesor, si alguien andaba dando vueltas durante la noche, y alguien estuvo en la biblioteca, en la Sección Prohibida.
Harry sintió que se le iba la sangre de la cara. Filch de bía de conocer un atajo para llegar a donde él estaba, porque el murmullo de su voz se acercaba cada vez más y, para su ho rror, el que le contestaba era Snape.
—¿La Sección Prohibida? Bueno, no pueden estar lejos, ya los atraparemos.
Harry se quedó petrificado, mientras Filch y Snape se acercaban. No podían verlo, por supuesto, pero el pasillo era estrecho y, si se acercaban mucho, iban a chocar contra él. La capa no ocultaba su materialidad. (Su único defecto pensaron James y Harry.)
Retrocedió lo más silenciosamente que pudo. A la iz quierda había una puerta entreabierta. Era su única espe ranza. Se deslizó, conteniendo la respiración y tratando de no hacer ruido. Para su alivio, entró en la habitación sin que lo notaran. Pasaron por delante de él y Harry se apoyó con tra la pared, respirando profundamente, mientras escucha ba los pasos que se alejaban. Habían estado cerca, muy cerca. Transcurrieron unos pocos segundos antes de que se fijara en la habitación que lo había ocultado.
Parecía un aula en desuso. Las sombras de sillas y pupi tres amontonados contra las paredes, una papelera inverti da y apoyada contra la pared de enfrente... Había algo que parecía no pertenecer allí, como si lo hubieran dejado para quitarlo de en medio.
Era un espejo magnífico, alto hasta el techo, con un mar co dorado muy trabajado, apoyado en unos soportes que eran como garras. Tenía una inscripción grabada en la parte supe rior: Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse.
-Esta con es tu cara sino de tu corazón el deseo- dijo Caro con los ojos en lágrimas.
-¿Cuál idioma es?- preguntó curioso Peter.
-Idioma espejo- dijo Harry y aclaró al ver la confusión en el rostro de la mayoría- está escrito al revés.
Dorea continuó con la voz un poco tomada como si tuviera un nudo.
Ya no oía ni a Filch ni a Snape, y Harry no tenía tanto miedo. Se acercó al espejo, deseando mirar para no encontrar su imagen reflejada. Se detuvo frente a él.
Tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar. Giró en redondo. El corazón le latía más furiosamente que cuando el libro había gritado... Porque no sólo se había visto en el espejo, sino que había mucha gente detrás de él.
Pero la habitación estaba vacía. Respirando agitadamente, volvió a mirar el espejo.
Allí estaba él, reflejado, blanco y con mirada de miedo y allí, reflejados detrás de él, había al menos otros diez. Harry miró por encima del hombro, pero no había nadie allí. ¿O también eran todos invisibles? ¿Estaba en una habitación llena de gente invisible y la trampa del espejo era que los re flejaba, invisibles o no?
Miró otra vez al espejo. Una mujer, justo detrás de su reflejo, le sonreía y agitaba la mano. Harry levantó una mano y sintió el aire que pasaba. Si ella estaba realmente allí, de bía de poder tocarla, sus reflejos estaban tan cerca... Pero sólo sintió aire: ella y los otros existían sólo en el espejo.
-¿Quiénes son, papi?- preguntó Lily P con lágrimas en los ojos.
-Ya verás, hijita- contestó él abrazándola y Dorea siguió.
Era una mujer muy guapa. Tenía el cabello rojo oscuro y sus ojos... «Sus ojos son como los míos», pensó Harry, acer cándose un poco más al espejo. Verde brillante, exactamente la misma forma, pero entonces notó que ella estaba llorando, sonriendo y llorando al mismo tiempo.
-Soy yo- dijo Lily llorando mientras su madre la calmaba.
Dorea siguió mientras las mujeres empezaban a llorar de tristeza.
El hombre alto, delga do y de pelo negro que estaba al lado de ella le pasó el brazo por los hombros. Llevaba gafas y el pelo muy desordenado. Y se le ponía tieso en la nuca, igual que a Harry. (- Y yo- dijo James bajito con una mirada triste.)
Harry estaba tan cerca del espejo que su nariz casi toca ba su reflejo.
—¿Mamá? —susurró—. ¿Papá?
Entonces lo miraron, sonriendo. Y lentamente, Harry fue observando los rostros de las otras personas, y vio otro par de ojos verdes como los suyos, (-Son los míos- murmuró Hugo E. con seguridad.) otras narices como la suya, incluso un hombre pequeño que parecía tener las mismas ro dillas nudosas de Harry. Estaba mirando a su familia por primera vez en su vida.
Los Potter sonrieron y agitaron las manos, y Harry per maneció mirándolos anhelante, con las manos apretadas contra el espejo, como si esperara poder pasar al otro lado y alcanzarlos. En su interior sentía un poderoso dolor, mitad alegría y mitad tristeza terrible.
No supo cuánto tiempo estuvo allí. Los reflejos no se des vanecían y Harry miraba y miraba, hasta que un ruido leja no lo hizo volver a la realidad. No podía quedarse allí, tenía que encontrar el camino hacia el dormitorio. Apartó los ojos de los de su madre y susurró: «Volveré». Salió apresurada mente de la habitación.
—Podías haberme despertado —dijo malhumorado Ron.
—Puedes venir esta noche. Yo voy a volver; quiero ense ñarte el espejo.
—Me gustaría ver a tu madre y a tu padre —dijo Ron con interés.
-Ahora lo hago- murmuró Ron tratando de calmar a los familiares de Harry. Estos se calmaron un poco y Dorea siguió.
—Y yo quiero ver a toda tu familia, todos los Weasley. Po drás enseñarme a tus otros hermanos y a todos.
—Puedes verlos cuando quieras —dijo Ron—. Ven a mi casa este verano. De todos modos, a lo mejor sólo muestra gente muerta. Pero qué lástima que no encontraste a Flamel. ¿No quieres tocino o alguna otra cosa? ¿Por qué no comes nada?
Harry no podía comer. Había visto a sus padres y los ve ría otra vez aquella noche. Casi se había olvidado de Flamel. Ya no le parecía tan importante. ¿A quién le importaba lo que custodiaba el perro de tres cabezas? ¿Y qué más daba si Sna pe lo robaba?
—¿Estás bien? —preguntó Ron—. Te veo raro.
Lo que Harry más temía era no poder encontrar la habita ción del espejo. Aquella noche, con Ron también cubierto por la capa, tuvieron que andar con más lentitud. Trataron de repetir el camino de Harry desde la biblioteca, vagando por oscuros pasillos durante casi una hora.
—Estoy congelado —se quejó Ron—. Olvidemos esto y volvamos.
—¡No! —susurró Harry—. Sé que está por aquí.
Pasaron al lado del fantasma de una bruja alta, que se deslizaba en dirección opuesta, pero no vieron a nadie más.
Justo cuando Ron se quejaba de que tenía los pies helados, Harry divisó la pareja de armaduras.
—Es allí... justo allí... ¡sí!
Abrieron la puerta. Harry dejó caer la capa de sus hom bros y corrió al espejo.
Allí estaban. Su madre y su padre sonrieron felices al verlo.
—¿Ves? —murmuró Harry.
—No puedo ver nada.
—¡Mira! Míralos a todos... Son muchos...
—Sólo puedo verte a ti.
-Funciona con un ángulo de 0 o de 55- informó Theo a los que no entendieron dado que había leído mucho sobre los objetos mágicos en la biblioteca de su casa.
-Exacto, 5 puntos para Slytherin- dijo Godric.
Dorea siguió un poco llorosa por la nobleza del corazón de su nieto.
—Pero mira bien, vamos, ponte donde estoy yo.
Harry dio un paso a un lado, pero con Ron frente al espe jo ya no podía ver a su familia, sólo a Ron con su pijama de colores.
Sin embargo, Ron parecía fascinado con su imagen.
—¡Mírame! —dijo.
—¿Puedes ver a toda tu familia contigo?
—No... estoy solo... pero soy diferente... mayor... ¡y soy delegado!
—¿Cómo?
—Tengo... tengo un distintivo como el de Bill y estoy le vantando la copa de la casa y la copa de quidditch... ¡Y también soy capitán de quidditch!
-No te parece papá, que tu deseo es superficial- dijo Hugo W.
-Bueno, era un niño- dijo Ron W sintiéndose estúpido.
Dorea continuó para ahorrarle la vergüenza al pelirrojo.
Ron apartó los ojos de aquella espléndida visión y miró excitado a Harry.
—¿Crees que este espejo muestra el futuro?
—¿Cómo puede ser? Si toda mi familia está muerta... déjame mirar de nuevo...
—Lo has tenido toda la noche, déjame un ratito más.
—Pero si estás sosteniendo la copa de quidditch, ¿qué tiene eso de interesante? Quiero ver a mis padres.
—No me empujes.
-No se peleen- dijo Charlie y Sirius.
-Bueno, eramos niños, cuando lo van a entender- dijo Harry.
Dorea siguió para evitar problemas.
Un súbito ruido en el pasillo puso fin a la discusión. No se habían dado cuenta de que hablaban en voz alta.
—¡Rápido!
Ron tiró la capa sobre ellos justo cuando los luminosos ojos de la Señora Norris aparecieron en la puerta. Ron y Harry permanecieron inmóviles, los dos pensando lo mismo: ¿la capa funcionaba con los gatos? Después de lo que pareció una eternidad, la gata dio la vuelta y se marchó.
—No estamos seguros... Puede haber ido a buscar a Filch, seguro que nos ha oído. Vamos.
Y Ron empujó a Harry para que salieran de la habita ción.
La nieve todavía no se había derretido a la mañana si guiente.
—¿Quieres jugar al ajedrez, Harry? —preguntó Ron.
—No.
—¿Por qué no vamos a visitar a Hagrid?
—No... ve tú...
—Sé en qué estás pensando, Harry, en ese espejo. No vuelvas esta noche.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Pero tengo un mal presentimiento y, de todos modos, ya has tenido muchos encuentros. Filch, Snape y la Señora Norris andan vigilando por ahí ¿Qué importa si no te ven? ¿Y si tropiezan contigo? ¿Y si chocas con algo?
—Pareces Hermione.
—Te lo digo en serio, Harry, no vayas
Pero Harry sólo tenía un pensamiento en su mente, vol ver a mirar en el espejo. Y Ron no lo detendría.
(-Que cabezota y terco es-murmuraron Hermione y Ron.)
La tercera noche encontró el camino más rápidamente que las veces anteriores. Andaba más rápido de lo que habría sido prudente, porque sabía que estaba haciendo ruido, pero no se encontró con nadie.
Y allí estaban su madre y su padre, sonriéndole otra vez, y uno de sus abuelos lo saludaba muy contento.
-¿Yo verdad?- preguntó Charlus sonriendo.
-Ahora no me acuerdo- dijo Harry.
Dorea suspiró para evitar el comportamiento infantil de su esposo.
Harry se dejó caer al suelo para sentarse frente al espejo. Nadie iba a im pedir que pasara la noche con su familia. Nadie.
Excepto...
—Entonces de vuelta otra vez, ¿no, Harry?
Harry sintió como si se le helaran las entrañas. Miró para atrás. Sentado en un pupitre, contra la pared, estaba nada menos que Albus Dumbledore. Harry debió de haber pasado justo por su lado, y estaba tan desesperado por llegar hasta el espejo que no había notado su presencia.
—No... no lo había visto, señor.
—Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invi sible —dijo Dumbledore, y Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía—. Entonces —continuó Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry—, tú, como cien tos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed.
—No sabía que se llamaba así, señor.
—Pero espero que te habrás dado cuenta de lo que hace, ¿no?
—Bueno... me mostró a mi familia y...
—Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán.
—¿Cómo lo sabe...? (-Dumby lo sabe todo- dijeron suavemente los merodeadores.)
—No necesito una capa para ser invisible —dijo amable mente Dumbledore—. Y ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros?
Harry negó con la cabeza.
—Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso te ayuda?
Harry pensó. Luego dijo lentamente:
—Nos muestra lo que queremos... lo que sea que que ramos...
—Sí y no —dijo con calma Dumbledore—. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. Ronald Weasley, que siempre ha sido so brepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos.
Los Weasley se sintieron fatal. Entonces Charlie se levantó y dijo al oído de Ron:
-Luego hablamos sobre ese complejo de inferioridad que tienes.
Dorea cuando Charlie se sentó continuó.
Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fasci nados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.
—El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Aho ra ¿por que no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?
Harry se puso de pie.
—Señor... profesor Dumbledore... ¿Puedo preguntarle algo?
—Es evidente que ya lo has hecho —sonrió Dumbledo re—. Sin embargo, puedes hacerme una pregunta más.
—¿Qué es lo que ve, cuando se mira en el espejo?
—¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines de lana. (-Le regalaré alguno hecho a mano- murmuró Molly.)
Harry lo miró asombrado.
—Uno nunca tiene suficientes calcetines —explicó Dumbledore—. Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros.
En cuanto Harry estuvo de nuevo en su cama, se le ocu rrió pensar que tal vez Dumbledore no había sido sincero. Pero es que, pensó mientras sacaba a Scabbers de su almohada, había sido una pregunta muy personal.
-En eso tienes razón- dijo Charlus y agregó para aclarar- fue una pregunta muy personal.
-Lo siento, director- dijo Harry apenado.
-No pasa nada señor Potter y si acertó un poco le mentí- dijo Albus con un semblante nostálgico.
-Ya terminó el capítulo- informó Dorea luego de unos minutos.
-Entonces ahora ¿qué hacemos?- preguntó Remus a los del futuro.
-Comemos les parece- dijo Harry P.
Todos asintieron y el director dijo:
-Ahora a comer se ha dicho.
