Shape of my heart

Capítulo V: Pesares.

Las tierras de la Gran Britania eran famosas por su difícil clima y abundante vegetación, además de los famosos nombres que se oían desde otras tierras, quienes cantaban canciones y escribían poemas repletos de seres mágicos, magos poderosos y bestias que eran dominadas por un prospero reino de nobles, todos ellos virtuosos, carentes de defectos y fuertes convicciones. Lo mas alejado de la verdad, se dijo para si mismo Merlín, pensamiento acompañado de su respectiva risa prudente, mientras se encontraba doblando algunas prendas en medio de la gran alfombra que cobijaba el salón de los aposentos de su señor, quien de vez en cuando se distraía en tanto firmaba algunos documentos importantes en su escritorio. Sin embargo, Arthur termino velozmente con sus deberes y solamente se dedicaba a mirar a su amigo mientras realizaba lo que estuviese haciendo en un completo silencio, asombrado por las expresiones de autosatisfacción del moreno al acabar con su trabajo.

Muchas veces el príncipe se había preguntado sobre los pensamientos de su Merlín, pues solía reírse solo por algún asunto y sin más tarareaba alguna tonada mientras realizaba sus tareas. ¿Locura? por ningún motivo, simplemente era completamente feliz y él también lo era. Mas feliz que en épocas anteriores y definitivamente mucho mas que en la niñez.

- ¿Ya acabo con sus asuntos? - Pregunto con una gran sonrisa el joven mago cuando noto como un par de ojos le veían a cierta distancia. Dio media vuelta en su puesto y elevo la vista, mientras el joven rubio se acercaba junto a él, para tomar asiento a un lado de las grandes pilas de ropa que ocupaban los grandes sillones alrededor de la chimenea que iluminaba cálidamente el lugar.

- Afortunadamente por hoy.- Dijo perezosamente recostándose en la alfombra con la vista al cielo.- Mi tío me hablo sobre lo que ocurrió esta mañana. ¿Cómo se encuentra Delmer?

- Por lo que pude ver, su padre solo le fracturo el brazo, así que supongo que su recuperación no tardara tanto tiempo. – El moreno observo pensativo a su señor por un momento, pero pronto continúo. -…Lo que si me preocupo cuando Gaius me hablo, fue que el pequeño tenia algunos cortes profundos, sangro bastante producto del golpe que recibió. Tendrá que tomar reposo por algunos días y aun que debe estar descansando, seria buena idea que usted le fuera a ver ¿No lo cree? - Dice con una mueca divertida que el príncipe no pudo descifrar del todo. - ...por ahí me contaron que el pequeño Delmer siente una gran admiración por usted. - Fue lo que le susurro divertido al notar la expresión de temor fingido de su príncipe, quien no le tomo mucha importancia.

- ¿Lo dices por que es al único pequeño al que no le he dado miedo? si lo piensas...es triste, además esos rumores deben ser infundados por Morgana. Le he dicho a usted que no le crea todo lo que dice, es muy buena manipulando a las personas. - Concluyo incorporándose y tomando asiento a un lado del brujo. -Por cierto, mi padre le confundió con el señor Gorlois. No tuve el gusto de conocerle, pero al parecer usted si lleva con sigo cierto aire a él.

- Eso puede explicar muchas cosas. - Pensó en voz alta por lo que se vio observado curiosamente por su señor, quien ya había vuelto a fruncir el ceño y el como de costumbre, poso una de sus manos en la frente del rubio para suavizar la expresión.

- Tal vez si se dejara crecer un poco el cabello, mi padre no le molestaría tanto. – Comento tomando algunos mechones del cabello ya crecido del más bajo, quien se lo pensó un poco.

- No se si seria muy bueno. Por lo menos al señor Gorlois le tiene aprecio, no sé que pensara si alguien que no fuese su cuñado le atendiese. – Se rio de sus propias palabras al imaginarse la situación. – Lo mas seguro es que me corra del cuarto y me mande al cepo.

- No lo dudo, pero es como si se hubiese olvidado de usted y en mi opinión, borrar de la memoria su rostro es muy difícil. – Dijo levantándose y tendiéndole una de sus manos al moreno para que se ponga de pie. – Hace pocos días me pregunto sobre usted y como sentí curiosidad le respondí sus dudas. Le prometí que le llevaría conmigo para que le viese…a sentido nostalgia por algunos siervos que ya no están o no le atienden, aquello le extraña y me vuelve a preguntar. Le conté como era usted y no me creyó.

- Tampoco ha de creerle cuando le comente que quien le atendió esta mañana era su siervo y no su cuñado. – Comento risueñamente, mientras guardaba una a una las prendas que había estado trabajando hace unos minutos.

- Le entristece saber que su cuñado anda deambulando por el castillo realizando tareas que no le competen, pero lo que mas dolor le causa es que sea tan austero con las visitas. – Comento acercándole la ultima pila de ropa. – Tendré que llevarle con mas frecuencia donde el viejo ogro.

- No se burle, pues los ogros existen. – Recrimino al instante el muchacho, mientras era visto de manera graciosa por el príncipe. – Por lo demás, no creo ser el único…su tío debe sufrir de igual forma al verle en aquel estado. No se como me sentiría si me confundiesen con la difunta esposa de alguien.

- Pero parece que lo lleva bastante bien, nunca se ha quejado, al menos no me ha comentado nada a cambio. – Aclaro, tomando los papeles que hace unos momentos había estado revisando. – Aprovechare de ir a ver a Gaius y a Delmer, de camino pasare por León, debo programar el entrenamiento de mañana.

- De acuerdo. – Dijo a las instrucciones de su itinerario para la tarde.

- Y usted debería ir a mostrarle el aviario al señor Geoffrey. – Comento divertido, mientras Merlín le abría la puerta de sus aposentos para dejarle al paso a su señor. – Por la mañana vi llegar a Merry…creo que es difícil ignorar a un halcón joven haciendo gala de sus habilidades de vuelo.

- ¿Qué? ¿Le hiso algo a Gwaine? – Pregunto preocupado, caminando ya por los pasillos de las grandes escaleras que daban al hall principal repletos de los colores cálidos de la tarde.

- Solo unos cuantos arañazos, nada que los cariños de sus ahijados no puedan sanar.

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El dios del tiempo fue cruel con el por ese día. Llevaba un largo período en la bañera con el agua hasta el mentón, cuando se dio cuenta de que aun estaba ahí sin siquiera moverse. Miro a su alrededor y noto como nunca, que sus prendas se encontraban desperdiciadas por el suelo a un lado de donde se encontraba, sin embargo no le importo mucho, porque recordaba haber dejado su armadura en lo alto. Noto como sin querer ya habían pasado unas cuantas horas, lo que noto gracias a la luz del sol que entraba desde sus ventanales completamente abiertos, los cuales le daban una sensación de que fuera muy temprano. Tal vez si era temprano y él no se habría dado cuenta, pero aquello no podía ser, pues le hubiesen venido a ver tarde o temprano ya sea por su querido siervo o sus queridos amigos.

Salió de sus pensamientos al oír un leve toque que escucho desde lejos. Por alguna razón todo desde aquella tarde lo sentía lento, tal vez era su cabeza la que no quería tener idea de lo que pasaba, siempre y cuando no molestase al resto. No debía preocuparles.

- Adelante. – Dijo con poca intensidad, mientras observaba los bordados de bellos pájaros cantores que tenia en el gran biombo que separaba el área del aseo con el resto del cuarto, pues no había querido correr las cortinas, se hacia falto de la luz que se podía colar por los grandes ventanales de su alcoba. Sin embargo, los sutiles golpes se volvieron a oír.

- Mi señor León, ¿se encuentra bien?- Pregunto una voz cargada con preocupación desde el otro lado del cuarto, por lo que se decidió por tomar asiento en su lugar para que este le pudiese oír.

- Si, aquí estoy. – Rápidamente opto por desperezarse y comenzar a tallarse el cuerpo, pues no recordaba si se había lavado ya o tenía la intención de hacerlo.

- Perdóneme por entrar, pero me preocupe al no verle salir por tanto tiempo. – Se disculpo el joven e hiso unas reverencias ya dentro del cuarto, aun cuando estaba seguro de que su señor no podía verle, mientras observaba de reojo los implementos del caballero cuidadosamente dejados sobre el gran lecho en un costado de la habitación.

- No se preocupe Fedric, no es nada.- Dijo con una completa calma en sus palabras.

- ¿Esta usted seguro? – Insistió el joven fornido, mientras tomaba entre sus manos la cota de mallas de su amo y aquellos implementos que podía ver, pues tendría que esperar a que su señor terminase con el baño para recoger las ropas que veía en el suelo desde el otro lado de la habitación. – Allen se encontraba muy preocupado por usted. Me pidió que le viniese a ver, pues ha visto a su señor Percival muy pensativo y triste desde que llego a su casa hace unas pocas horas…lo siento si le hice sentir mal de alguna forma. – Concluyo rápidamente, sintiéndose pésimo de él mismo por ser tan directo, más aun con su señor a quien apreciaba tanto.

- No… - Dijo pensativo, mientras salía de la gran bañera para cubrirse rápidamente con un gran lienzo. – No se disculpe… ¿Que es aquello que me decía? – Pregunto con tristeza en sus palabras, mientras se asomaba con pudor por los grandes biombos, al tiempo en que se decidía si era apropiado mostrarse de aquella manera ante un buen amigo. El siervo al verle asomarse por acto reflejo se volteo al instante.

- No logramos entender que ocurre… la razón de que el señor Percival haya dejado pasar tantos días. – Le confirma de lo más apenado el joven alto, mientras dirigía su mirada al suelo y en sentido contrario al señor a quien servía. - …perdóneme mi señor León, si no le miro al hablarle, pero es que no me perdonaría a mi mismo si le viese…usted me entiende. – Concluyo carraspeando en su lugar, para intentar mantener la compostura.

- Lo-lo entiendo…-Asintió el de rubia barba, al momento en que procuraba envolverse aun mas entre las telas, sin embargo a cada pequeño paso, pequeñas gotas de agua marcaban el lento camino hacia su lecho en donde tomo asiento de espaldas a su confidente, mientras observaba por el gran ventanal de su habitación como comenzaba a caer lentamente la tarde de ese día.

Un suspiro de cansancio y una sonrisa triste aparecieron con calma.

- Puedo imaginar como se siente, mi señor. – Levanto instintivamente la cabeza, encontrándose con un gran bulto de mantas en el lado opuesto del lecho. Su señor León había tomado asiento en uno de los bordes de la suave cama y unos ligeros temblores casi imperceptibles llamaron la atención del muchacho, quien suspiro con cariño mientras le daba la vuelta al lecho, casi hincándose, aun que el joven no llego a tocar el suelo para quedar a la altura de su señor, en donde se percato de los casi nulos intentos por disimular las lagrimas que a cada segundo amenazaban con caer. – puedo imaginar lo que ocurrió con el señor Percival. – Comento sutilmente, buscándole la mirada.

El de cabellos dorados se encontraba con el rostro elevado, reteniendo las lágrimas he intentando que su confidente no se diese cuenta de su estado, lo que al castaño le hiso gracia, pues le recordó una situación similar unos años atrás, ya que su señor León no solía llorar por nada del mundo y si lo hacia, procuraba fervientemente de que nadie lo supiese. Después de todo, el caballero también era orgulloso.

Fedric cogió su pañuelo mientras que con cariño atrajo el rostro de su señor hacia sus ojos, quienes compasivos le vieron en el momento en que se encontraron dejar caer una a una aquellas lágrimas que con tanto esfuerzo había aguantado en sus ojos mirando al cielo, que sin embargo logro domar y detener el curso tras unos segundos.

- Mi señor, si tiene deseos de llorar, puede hacerlo. De mis labios nada saldrá. – Le menciono con una gran sonrisa el joven, quien luego de unos segundos en los que no veía reacción aparente de su señor, sintió como de un momento a otro el de rubia barba, se le había lanzado a los brazos para comenzar con un fuerte y herido llanto que sintió en lo más profundo de su espíritu. Fedric al instante se acomodo cayendo suavemente sentado en el suelo, producto de unas cuantas ropas de cama que arranco del lecho en su ida al suelo con su señor, a quien envolvió entre sus brazos, cubriendo de nueva cuenta el cuerpo semidesnudo de su buen amigo.

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Le costó un tiempo convencer a Merry para que no le siguiera, aun cuando después de todo, el señor Geoffrey término por ofrecerse para atender al ave por aquella ocasión, pues se le estaba haciendo algo tarde y aun debía realizar un par de cosas más. Dirigió su vivaz andar hacia el ala opuesta del castillo, pasando por acto reflejo hacia los aposentos de Gaius, quien se encontraba algo serio, hablando con Arthur, lo que le preocupo. Por primera vez desde hace mucho tiempo dudo si quedarse un tiempo para preguntar sobre su presentimiento o simplemente seguir el curso de sus deberes, hasta que sintió como era abrasado por unos delgados brazos que le rodearon la cintura.

- ¡Merlín! – Le llamo alegremente el de castaños bucles, mientras le mostraba una larga lista de los pacientes a los que había atendido hoy. – El señor Gaius me ha dejado a cargo por esta tarde y aun cuando no han venido muchos pacientes, ¡pronto llegare a la treintena! – El de cabellos oscuros se sorprendió de buena forma, devolviéndole cariñosamente el abrazo al menor, mientras se dirigía en su compañía nuevamente al umbral de la puerta de entrada, pues al parecer su Gaius y su príncipe no se habían percatado de su presencia, por lo que decidió no interrumpirles.

- ¡Has sido un muy buen ayudante cariño! Te felicito, muchas gracias por ayudarnos tanto. – Le agradeció revolviéndole el cabello de manera juguetona, cuando su mirada se detuvo en el caminar pausado de Sir Percival, quien pasaba por fuera de los dominios del galeno hacia la salida, Merlín hiso un ademan por llamar la atención del gran hombre, pero al parecer este no le vio, pues se encontraba leyendo atentamente unos papeles y murmurando algunas cosas, lo que le pareció muy extraño al mago, quien observo extrañado a Joseph. El jovencito termino por cerrar sutilmente la puerta que los cubría y observo serio por donde el Sir había desaparecido momentos antes, llamando con la mano a su pálido amigo mayor, para que se acomodara a su altura en una esquina de la puerta.

- El señor Percival ha vuelto donde Gaius después de sus labores. – Comento con preocupación el niño, mientras se estrujaba con manos frenéticas el mandil que traía puesto. Al notar el acto, el joven mago le tomo de las manitas para intentar de a poco terminar con ciertas manías nerviosas del pequeño, pues sentía que lo estaba logrando. – Me dio las buenas tardes pero no como siempre lo hace. – Dijo con tristeza el menor, posando sus pequeñas manos en las mejillas de Merlín, quien le observaba atento, mientras le tenía estrechado por la pequeña cintura del pequeño, haciendo de apoyo mientras este depositaba su peso en el más alto, quien se encontraba hincado, quedando de la misma altura, mientras el pelinegro jugueteaba a soplar algunos bucles de la frente del menor, quien se removía de vez en cuando por las cosquillas que sentía.

- Esta triste. – Afirmaron ambos al unísono en una voz monótona.

- Estuvo hablando un largo rato con el señor Gaius. Lo único que pude ver fue que le anoto unas cuantas cosas en las hojas que andaba trayendo y ahora último, se había ido hacia allá – Continuo indicando la dirección contraria a la que se había ido para detener su mirada en el último lugar en donde desapareció, realizando el recorrido que Merlín había presenciado hace pocos minutos. -…y hace poco volvió para irse de nuevo.

- O sea que hace no mucho que estuvo por aquí. – Comento pensativo el moreno, suspirando al recordar la carta de su querido Tristán que traía en las manos, debía apurarse un poco. – Yo creí que hoy sería el día.

- ¿El día? – Pregunto curioso el jovencito, introduciendo sus manitas dentro del cabello del joven mago, quien asintió aun mas pensativo.

- El día en que se iría definitivamente a vivir con León para cumplir con el maridaje. – Comento sonriéndole ampliamente al menor, quien en acto reflejo también le sonrió.

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Para mi adorada Morgana y mi querido Merlín…

- Una vez más, ¿están seguros que quieren que también oiga lo que el señor Tristán tiene que decirles? – Pregunto algo dolida, por el hecho de que aquel caballero le dirija palabras a su señora y a su buen amigo, en vez de incluirla también a ella.

Por alguna razón que desconocían todos, este hombre, siempre les mandaba cartas con su águila, sea donde fuese que se encontrara, no pasaba más de una semana en donde Merry no llegara con algunas palabras para estas dos personas y como es de costumbre, en estos casos, Gwen se sentía más que una entrometida por oír a sabiendas, los pensamientos de un gran amigo, aun cuando fuese a enterarse todo el castillo luego, cuando volviese de lo que le había ocurrido en su camino, pero a partir de su propia boca ya que era transparente como el agua cristalina de un manantial, lo que le hacía gracia viniendo de un hombre con una reputación similar a la de Sir Percival.

- ¡Vamos Gwen! – Le animaba la protegida del rey, mientras danzaba por la habitación, acompañada por un gran pañuelo de seda transparente, quien le seguía el juego, mientras incentivaba a que el joven mago continuara con su lectura. – No será esta la primera, ni la última vez.

- Continuo entonces…- Menciono Merlín, al momento de oír un suspiro por parte de la doncella que prontamente fue envuelta por la larga pañoleta de su señora, quien tomo asiento alegremente al lado de su amiga, para poner atención a las palabras que traían aquellas hojas claras.

Últimamente no he tenido ánimos para levantar la pluma…habrán notado de que mi corazón no ha sido capaz de escribirles algunas palabras desde el momento en el que llegue a mi destino. He de hacerlo ahora pues los pasos de mi caballo han de llevarme a casa en unas cuantas horas…pues la escasa estadía aquí, me ha dejado destruido.

¡No deberían llamarme caballero! ¡No! Tan pronto como llegue a mis bellas tierras, mi Merlín, quisiera que viniese conmigo… he de pedir una cita con nuestro príncipe, pues quisiera devolverle el titulo que me ha dado. Quisiera que se lo den a algún joven que sea capaz de portarlo ya que mis hombros no se han visto capaces de emprender aquella maravillosa tarea ¡Que por gracia de los Dioses me han otorgado! ¿Qué será de mi desdicha?

¡Mis amores! ¿Cómo han de escribir mis manos estas líneas si las fuerzas casi se me han ido del cuerpo? ¡Qué desgracia tan grande ha caído sobre mi sombra y que tormentos sobre mi amada Isolda, la dueña de mis sueños!

Han pasado ya tres lunas, mi adorada Morgana y han sido dos ciclos lunares, en los que no le he visto ni siquiera la sombra al amor de mi vida. Sin embargo, ¡esta mañana a ocurrido! las doncellas de mi dama, las testigos de mi sufrimiento, me han invocado a una charla silenciosa. Me han dicho con sus ojos que los pardos de por quién suspiro, se han ensombrecido en la desgracia causada por su propio padre, quien desea desposarle con el rey Marco de Cornualles. Para desgracia de sus oídos, he de decirles que aquel hombre ha de ser mi tío…

Es por esta razón que su padre no le permite dirigirme alguna palabra, ¡ni siquiera los suspiros! Incluso el verme de lejos le está prohibido. Por ello he de llorar en desgracia, si quiera me han dejado unas palabras para despedirme, ni la oportunidad para dejarle un recuerdo mío…

¡Han pasado cinco lunas y mi ánimo se ha visto iluminado por un tenue resplandor! Aun que mis ojos no han dejado de llorar, las doncellas de la diosa de mis sueños, me han tendido tres cabellos rojizos. Les he pedido, mí adorada Morgana y mi querido Merlín, que me los borden al pañuelo de seda que siempre llevo conmigo, pues ha sido el primer regalo que sus delicadas manos me han otorgado. ¡Un cabello para su nombre y otro para el mío! El último cabello restante se los he mandado con mi pequeño Merry, ¡han de guardarlo como muestra de mis esfuerzos y mis recuerdos! Como muestra de la esperanza que aun tengo de que mi tío desista de la unión…han de entenderme ustedes mis queridos amigos, pues mis sentimientos no han cambiado ni un ápice desde el último momento en que mis ojos se encontraron con los de ella…

Este pañuelo ya bordado lo traigo entre el pecho y la armadura, al lado del palpitar de mi corazón, mientras le he pedido a las doncellas que le entreguen el collar símbolo de mi familia, para que haga de ilusión a nuestra unión futura…se trata de dos esferas envueltas en una enredadera que sube por el cuello en una delgada cadena que no puede quitarse o ser rota. Símbolo del milagro que es el amor que nos tenemos…

Si bien emprenderé el viaje de vuelta a sus brazos, mis queridos confidentes, mi mente se encuentra más tranquila y ha dejado de pensar locuras, por lo que me hace detener mis actos y pensar si mi alma no se ha ido a algún lugar y ha dejado mi cuerpo vagar por el sendero de la vida, por lo que anuncio mi llegada cuando deba ser, no antes, a mis bellas tierras…

Un beso para cada uno,

Mi adorada Morgana y mí querido Merlín…

Siempre suyo.

Tristán "el nacido de las tristezas"

Nota: al fin puedo entender a mi madre y el origen de mi nombre. Cariños.

- ¡No puede ser! – Menciono envuelta en un pandemonio la pupila del rey, mientras Gwen guardaba el rojizo cabello en un pequeño frasco de cristal y el moreno volvía a guardar la carta en opresión con su pecho, mientras notaba como en los tres, las lágrimas y los sentimientos encontrados se habían convertido en un mar tormentoso, que no pensaba calmarse.

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Un fuerte llamado se escucho dentro de la gran casa, por lo que el siervo de aquellos dominios no se hiso esperar. Dándose cuenta de quien se trataba, opto por saludar como correspondía y hacerse a un lado, para que su príncipe y futuro rey pudiera pasar a sus anchas en el recinto.

- Buenas tardes mi señor Arthur, es un placer tenerlo por aquí. – Saludo cortésmente, serrando de nueva cuenta las puertas del lugar.

- Fedric, no hace falta que sea tan cortes conmigo. – Reprocho por decimo quinta vez aquel día.

- No lo soy, mi señor…-Le contesto rápidamente con una gran sonrisa. - …en verdad esperaba su visita para que hablase un poco con mi señor León. Hoy más que nunca le hace falta un buen amigo.

- Eso me temía. – Comento mas para sí, invitando a tomar asiento al joven, para que le pusiera al día de los aconteceres.

- ¿Se ha enterado de algo, mi señor?

- Algo así…se trata de un problema parecido al que tuvo su persona años atrás. – Y la comprensión le dio de lleno al hombre, quien ya de mejor ánimo se levanto de su lugar.

- Fue lo primero que paso por mi mente cuando me entere. – Confirmo con su ya acostumbrado humor el joven fornido, mientras el príncipe más animado también, pasaba uno de sus brazos por el hombre y le daba unas palmaditas de ánimo.

- En ese caso, tendrá que aconsejar de buena forma a Percival.- Dijo risueño el príncipe, mientras el mismo abría las grandes puertas para darle el paso al joven, quien le asintió al instante.

- Le informare en cuanto pueda…- Comento mucha más energía en el cuerpo, pero un poco indeciso de dejar al príncipe solo en el lugar, por lo que opto primero por ponerle al día de los aconteceres. – Por cierto, mi señor Arthur, cuando llegue a ver a mi señor León, el se encontraba muy triste, tanto así, que mis sospechas nos llevaron a una conversación no muy agradable. – Volvió a ponerse serio, observando atentamente al de rubios cabellos.

- ¿A qué se refiere?

- No había llorado de ese modo desde aquella ocasión. Aun que fuese por causa de la misma persona, me sentí terriblemente mal. - Suspiro con pesar. – Ahora se encuentra dormido por el cansancio, por lo que le sugiero que aguarde a que despierte.

- Entendido. – Confirmo el príncipe, mientras se despedían con un apretón de manos. – Le deseo suerte. – Lo olvidaba, estas son las direcciones que Gaius le dio a Percival, podrías encontrarlo en estos sitios.

- Muchas gracias, será de gran ayuda. – Dijo haciendo una elegante reverencia, mientras se perdía en el horizonte por las orillas de las aguas del lago en el momento en que el atardecer se hacía presente una vez más.

El futuro rey de Camelot suspiro, un poco más animado. Por el momento debía preocuparse de averiguar el estado sentimental de su gran amigo, aun que ciertamente sentía una enorme tristeza y un gran pesar en el pecho debido a la situación. El mismo no era estúpido, ni nada parecido, ya le había tocado ver ciertas cosas durante las batallas o cuando intentaba con sus tropas socorrer a su pueblo y los cercanos, que de verdad le perturbaban en lo más profundo de su ser. Por esos pensamientos que vinieron a su mente, podía entender cómo se sentía Percival y por ende hacerse una idea de las palabras que pudo haberle dicho a León. Más aun, si no estaba del todo seguro debía preguntarle, pues el mismo podía ser muy básico como hombre, pero si se trataba de sus sospechas debía poner manos en el asunto, por lo que se decidió a esperar en el cuarto de su amigo y proseguir con sus deducciones una vez que este despierte.

Pensado en ello, se adentro en los aposentos del caballero, quien de vez en cuando lanzaba algunos suspiros, producto del tiempo que estuvo llorando. Si bien no podía verle del todo bien, fruto de la noche que se avecinaba, pudo notar como un par de surcos se habían formado por debajo de sus ojos y como las mejillas inusualmente coloradas le llamaron la atención, lo que le preocupo. Por esta razón, se enfoco en buscar rápidamente los cirios más cercanos y el chispero, intentando no meter ruido para no despertarle, pues en el lugar ya estaba comenzando a entrar la penumbra, aun cuando los cortinajes se encontraban cerrados.

Por fin había logrado encender un par de candelabros, los que repartió cerca suyo para poder observar con mayor detenimiento al durmiente, mientras apartaba algunos cabellos para poder tomarle la temperatura como se lo había enseñado anteriormente su Merlín. Al posar sutilmente sus labios en la frente de su amigo, pudo notar como la temperatura estaba lejos de ser normal, pues estaba un tanto elevada, fuera de que al tocar sus cabellos estos aun se encontraban húmedos, por lo que se alarmo.

Tanto fue el susto de que su primer general se enfermase por no haberse secado el cabello, que no midió sus acciones. Rápidamente al revisar el cuerpo de su amigo, se dio cuenta de que se encontraba solamente envuelto en ropa de cama húmeda, fuera del hecho de que estaba por completo desnudo, lo cual le choco por unos segundos, mientras se encontraba a si mismo observando meticulosamente la pálida piel de su amigo, a quien de un momento a otro y con brusquedad envolvió rápidamente entre la misma ropa de cama que le había quitado, en tanto el de ojos verdes se despertaba asustado producto de tanto movimiento a su alrededor, que no pudo evitar sorprenderse por la presencia de su señor en su cuarto, tomando con dificultad asiento sobre su lugar, pues el cuerpo le pesaba como el plomo.

- ¿Arthur? – Se pregunto el caballero mas así mismo que al príncipe, quien por vergüenza noto en pocos segundos los biombos que tenía su amigo en una esquina del cuarto para esconderse en aquel lugar, mientras intentaba contestarle de alguna manera.

- Si-i – Respondió un tanto nervioso, pues no se perdonaba el haber visto con pocas prendas a su amigo. – ¡Por los dioses! – Reclamo abiertamente su torpeza en sus acciones al notar como el de barba se acomodaba y se daba cuenta de su situación. – Lo siento León, no fue mi intención, no quise asustarte. – Se disculpo al instante.

- Solo me asuste un poco, no es para tanto. – Comento algo atontado, para luego reír bajito, mientras hacia el intento por acercarse a la orilla de su cama, intentando de que la ropa de cama le cubriese lo necesario. - Lo siento, aun no me cambio de ropa. – Comento divertido el de barba rubia en tanto se reía de su situación. La verdad poco le importaba que su señor hubiese visto algo de él, simplemente le causaba gracia que el príncipe actuara de ese modo. Pues, poco a de acordarse cuando de pequeños sus madres solían bañarles juntos.

- Ese no es el asunto. – Corroboro más tranquilo el príncipe, tomando asiento de espaldas al biombo, por lo que León podía verle la silueta, al menos gracias a la acción de la luz de los cirios y que ya había caído la noche, por lo que solo eran iluminados con aquella tenue luz cálida. - El tema es que se ha quedado dormido sin siquiera tomarse el tiempo para secarse el cuerpo o el cabello…- Menciono el príncipe de manera preocupada, mientras oía como el caballero de pie buscaba entre sus cosas, alguna vestimenta para vestirse. -… ¿León, necesita ayuda? Tiene algo de fiebre así que será mejor que no se mueva tanto. – Le sugiere haciendo el ademan de ponerse de pie en cualquier momento, solo necesitaba de la aprobación del hombre junto a él.

- No se moleste…- Dijo en un suspiro, en tanto se sentaba en la orilla de la cama para poder vestirse más tranquilo y con mayor apoyo, pues las cosas se le hacían un tanto borrosas conforme avanzaba el tiempo. - …tan solo un poco mas y estaré listo. – Comento bajito, mientras terminaba de acomodarse un camisón que le hacía competencia con en color de su piel. - …ya estoy listo. – Afirmo, ladeando la cabeza un poco hacia el lugar en donde se encontraba su señor, quien salió a su encuentro al instante.

- ¿Cómo fue que Fedric le dejo descansar así? ¿No se dio cuenta que haciendo estas cosas puede enfermar? – Le pregunto con un deje de molestia infringida al de ojitos verdes, los que aquella noche se veían mas oscuros de lo normal.

- No se moleste con el…fue culpa mía…- Defendió a su siervo Sir León, mientras intentaba ponerse de pie para ir al encuentro de su señor. Quien se asusto al verle tambalear.

- Esto no está bien. Traeré a Merlín para que…- Fue lo que alcanzo a decir, cuando los sentidos del caballero se vieron apocados, tropezándose con una alfombra frondosa y cayendo sentado al suelo a los pies de Arthur, mientras este se preocupaba de que no se hubiese dado con el suelo tan fuertemente.

Le levanto entre sus brazos con cuidado, acomodándole en un gran sillón cercano a la cama, le cubrió con algunas frazadas y le tendió un paño helado en la frente, mientras retiraba todas las cobijas húmedas de la cama de su León, para cambiarlas por nuevas. Una vez realizado el trabajo cogió de nueva cuenta al pelilargo, para arroparle cuidadosamente y cambiar el paño de su frente, el cual se había calentado en poco tiempo, lo que asusto al príncipe, exaltándose cuando sintió unos pasos aproximarse hacia la habitación de su amigo.