Shape of my heart
Capítulo VII: Llegada
Una vez más los ojos de mi inconsciente se han despertado para decirme que camino en sueños una vez más, pues me encuentro ante el mismo bosque con el que he soñado más de un siclo lunar. Las vestimentas que traigo, esta vez son parte de un regalo antiguo, un vestido que me dio el rey hace años, cuando la menarquia llego a mi realidad y con ella, todos los deberes de alguien de la realeza…lo extraño en todo esto, es que en esta ocasión, fuera de todo lo que he crecido, me queda como anillo al dedo. Aquel día, el rey había mencionado a mi madre y sus preferencias en tonalidades…con el rostro sumido en los recuerdos, antes de caer en la brusca enfermedad que le afecta la mente.
Un azul profundo y aterciopelado…tan intenso como los ojitos de mi Merlín.
Pero más que a la figura de mi madre, me recordó un baile. Recuerdo que es vez, mi atención fue captada totalmente por Lancelot y Gwen, quienes incentivados por Merlín, comenzaban a bailar fundidos en la alegría de ser correspondidos... en aquella ocasión, también recordé sin querer, la amarga sensación que causó en mí verles tan felices. No les deseo mal alguno, pero mi pecho de pronto se sintió más pesado…. Lo que me hiso pensar en que, tal vez nunca podré gozar directamente de aquellos sentimientos, sin embargo, no significa que no me los pueda imaginar.
Es más bien… una incapacidad que poco a poco he comenzado a aceptar y a entender por mí misma.
Me vi sentada nuevamente en medio del claro al cual solía llegar producto de una larga caminata a pies descalzos, luego de haber pisado muchas ramas y hojas secas producidas por el otoño, además de la húmeda tierra (cosa extraña siendo que acabamos de entrar en primavera). Sin embargo, hoy se encontraba mas iluminado; una buena señal, supongo. Levante hacia lo alto unas de mis manos para sentir el viento suave y notar con mayor intensidad la magia que el bosque guarda en su interior. Podía entender porque a Merlín le gustaba tanto dar caminatas por los bosques de roble…ayuda a entrar en paz con la mente y el corazón.
Una vez más, abro los ojos y me sorprendo un poco al ver a una mujer sentada frente a mí observándome. Mi rey tenía razón, somos como dos gotas de agua…salvo por la edad que hacia mella en sus facciones denotando el cansancio y la resignación…de un futuro que se le va de las manos… fue como verse en el espejo dentro de unos años más. Le observe mejor, aun sin decir palabra alguna, pues tanto ella como yo parecíamos conmocionadas mirándonos.
Y lo noté.
Varias heridas la recorrían, el elegante vestido que llevaba se encontraba rasgado y a pies descalzos al igual que yo, sucia con lodo de pies a cabeza, al menos lo que mis ojos lograron ver…me sonrió nerviosa en una mueca y con un fuerte temblor que la recorrió por completo, dirigió sus manos llenas de cortes profundos y fuertes marcas hacia un bulto al lado de sus piernas en el suelo.
Mi corazón dolió.
Pude notar como dos pequeñas criaturas fueron envueltas en una capa, bajo lo que una vez fue un bello vestido… se cobijaban uno al lado del otro…sin marcas o rasguños. "¿…usted es la madre?" le pregunte con temor…pues aun que estuviera segura de que se trataba de un sueño, la voz me temblaba.
La mujer asintió con fuerza, abrió los labios y me cogió con urgencia de las manos. Pude sentir como se deshacía en llanto, no por ella…sino por ellos…aquel toque me hizo entender más de lo que sus pocas palabras me dijeron en tan poco tiempo. "Confío en que usted pueda llevarlos lejos…" me hablo con esfuerzo entre sollozos intentando no elevar la voz, pues cada pocos segundos se giraba para asegurarse de que nadie se acercase. "Mi Morgana…" Me llamo llena de alegría entre lágrimas.
"Usted tiene que ser Thorey, la amada hermana de mi madre." Me urgió hablar para estar segura, aun que ya sabía la respuesta desde que se apareció frente a mí. Le cogí con mayor urgencia de las manos que no paraban de sangrar. "¿Donde ha estado todo este tiempo?...nos ha hecho falta…sobre todo a mí."
"Han pasado años." Me afirmo con una sonrisa de profundo pesar. "Los dos llevan el legado…" Me dijo rápidamente posando una de sus manos en uno de ellos. "Asca es mas impetuoso, a diferencia de las aguas tranquilas que puedas observar en Skalla, recuérdalo…la diferencia es pequeña, pero confío en que les lleves a salvo con Emrys."
"¿Emrys?..." Repetí confundida a la sonrisa triste de mi tía, quien me abrazo con todas sus fuerzas, cuando pude comprender parte de sus palabras. "Merlín…se hace llamar Merlín..."
"El tutor quien los guiara a un brillante futuro…espero que estos sueños suyos…no le abrumen más de lo necesario…debe acostumbrarse a ellos, aun que pienso que lo está logrando." Me dijo con orgullo la mujer. "Dentro de dos lunas lo inevitable vendrá por nosotros." Thorey tomó del rostro a su sobrina, le beso las mejillas y la frente irrepetibles veces, temblando. "Mis poderes no son muchos, menos ahora que me he debilitado…he hecho lo posible para que este don que los Dioses me han dado, me sea útil para protegerles…"
"Usted esta herida a muerte…" Reconoció la muchacha la gran cantidad de sangre que corría por uno de los costados de la morena mayor, quien no le prestó mayor importancia.
"Pero les he librado…pronto, en el reino en el que vivirán, será sanado con la esperada muerte…ellos aún son pequeños…tienen mucho porque vivir…"
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- Gaius…- Le llamó Merlín sumamente entristecido, con la cabeza sobre uno de sus brazos, prácticamente acostado sobre el mesón en el que se encontraba, mientras apenas tocaba con la punta de sus dedos los pétalos de las flores que el día anterior Percival y su ahijado habían arreglado.
- ¿Pasa algo jovencito? – Se sonrió así mismo al notar aquel estado de ánimo en su protegido, pues tenía alguna idea del porque, solo que no diría nada innecesario…los problemas que los arreglen quienes tengan que intervenir, el ya estaba viejo para esas cosas.
- Anoche…- Comenzó pensativo sin mirarle directamente. - …cuando le lleve la cena a Arthur, note algo extraño en el ¿sabe usted por qué? – Le preguntó de lo más adorable el jovencito, sentándose como debía en aquel puesto al momento en que le miraba esperanzado.
- ¿El príncipe no le comentó nada al llegar? – Le pregunto el anciano incrédulo al no ver respuesta del muchacho, quien se encogió de hombros ante sus palabras. - …bueno, veamos. El día de ayer me visitó Percival. – El chico le miro atento, por lo que el galeno se aclaro la garganta algo cohibido por hablarle de este tipo de cosas a su "hijo". Sonrió al pensar en ello, aun así, se sentó a un lado de él para continuar su charla. – El tiene algunos problemas que debe resolver…
- ¡Ah! – Pareció recordar algo. – La tarde de ayer vi a Percival caminando muy desanimado… ¿Podría ayudarle en algo? – Le pregunto esperanzado, lo que derroto por completo al anciano, quien suspiro ante la petición.
- No, usted no debe.
- ¿Por qué no? – Pregunto mas desanimado que momentos anteriores, pues una de las cosas que no le gustaba que le dijesen a Merlín, era que fuese inútil en algo, aun que fuese verdad.
- Porque es un tema delicado y no pregunte mas, que no creo que alguien le conteste. – Le aseguro Gaius, notando un lindo puchero en su protegido ante sus aciertos. – Bien…a causa de aquel problema por el que atraviesa Percival, el joven León atrapo un resfriado…
- ¿Se encuentra enfermo? – Preguntó sorprendido el joven a lo que el viejo asintió tranquilamente.
- No es nada de gravedad. Aun así, Sir León tendrá al menos una semana para cuidarse y Sir Percival se encuentra indispuesto, por lo que usted tendrá al menos tres días para atender a Gabrielle. – Merlín asintió con una nueva felicidad en su mirar que relajo al galeno, sonriéndole también amablemente. - Por causa de aquel problema de familia, el príncipe se vio involucrado…y anoche se enteró de algunas cosas que le descolocaron un poco, así que por ello no siente las suficientes energías para hablar… al menos espero que usted las tenga para ayudarle a su príncipe el día de hoy. – Concluyo el anciano en un suspiro, secándose la transpiración de la frente por explicarle su parte de la verdad a su Merlín. Omitir información, definitivamente no es mentir, fue lo que se dijo así mismo, retomando sus labores.
- Pero entonces…- El sudor volvió a la frente del anciano, quien se tenso al oírle. - … ¿Por qué siento que Arthur se encuentra enfadado conmigo?...no enfadado…-Se lo medito unos momentos el moreno, acercándose a su mentor, quien seguía sudando copiosamente. - …esta sentido y algo triste. Huye de mi mirada por más que mis ojos busquen la suya…ésta mañana, por ejemplo, cuando le fui a despertar ya se había cambiado y alistado, además, no me dejo acompañarle a los campos…y eso que era muy temprano, Arthur no suele levantarse tan temprano.
- Sera mejor que no lo piense tanto…- Le sugirió Gaius posando una de sus manos en el cabello del joven, quien aun así le miró preocupado. - …si pone esa cara, los niños no querrán ir con usted. – Termino por decirle, cuando noto como dos figuras aparecían ante sus aposentos, uno más alegre que el otro. – Buenos días Joseph, Gabrielle. – Saludó el anciano acercándose a los pequeños quienes se inclinaron en un saludo.
- Buenos días. – Contesto alegremente el pupilo de Gaius, mientras le sonreía a su acompañante, quien simplemente le observo atentamente. El menor realizo otra reverencia en un saludo mudo.
- ¡Buenos días mis amores! – Saludo al verles el joven mago, decidido a dejar sus pensamientos atrás, pues ahora debía cumplir sus labores, además que estar con los pequeños le distraía en buena parte de sus pensares. - ¿Cómo están el día de hoy? – Les pregunto a ambos, mientras recibía entre sus brazos al más pequeño, quien se le había lanzado al verle y le revolvía los buques a Joseph, quien se le acerco para hablarle en la intimidad a su amigo.
- Gabrielle esta triste porque no verá a su mentor el día de hoy. – Le informo por lo bajo el jovencito, para volver a separarse un poco y seguir con la conversación. – Yo estoy muy bien y espero que tengamos bastante movimiento por estos lados, ¡así aprenderé más rápido! – Dijo entusiasmado mientras iba donde Gaius, quien le tendió unos cuantos papeles a su futuro galeno.
- ¿Qué hay de ti cariño mío? – Le hablo dulcemente y a su altura. El menor le observo con lágrimas en los ojitos claros llenos de pena, lo que le rompió el corazón a Merlín, quien le abrazo protectoramente depositando un beso en su frente. – No tienes que estar triste…- Le reconforto alzándole y rodeándole por completo con sus brazos, mientras el pequeño se abrazó con fuerza por el cuello y lo rodeo con sus piernas a su cintura, mientras ocultaba su carita entre los cabellos y el cuello del mayor.
Merlín se dio la media vuelta para encontrar algo de apoyo de su mentor, pues pronto debería partir a los campos. El anciano suspiro derrotado, al parecer la fuerza se le había acabado para tratar con niños pequeños y agradeció de todo corazón tener al joven mago en esos momentos, para que le ayudase con problemas caseros.
- Ten aquí…- Le hablo el anciano al pequeño en los brazos de Merlín, mientras le tendía un pequeño lirio que había encontrado entre sus estantes, a ver si de esa forma se alegraba un poco el pequeño, pero este no quiso mirarle, por lo que se aferro más aun al cuerpo del mago. Merlín recibió la flor del anciano y acaricio con delicadeza la pequeña espalda del menor, a quien pudo escuchar sollozar en su cuello.
- Gabrielle…- Le llamo en un susurro el de ojos brillantes, para ver si el niño le prestaba atención. -… ¿no te sientes bien? – Le pregunto, mientras se acomodaba al menor entre sus brazos para poder verle el rostro, pues este había aflojado un poco su agarre. El pequeño negó con la cabeza a su pregunta, volviendo a esconderse en el cuello del mago. -… ¿Quisieras quedarte aquí hoy o quieres ir a entrenar con tus compañeros? ¡Te los presentaré! ¿Te gustaría conocerlos? - Le sugirió dulcemente Merlín, nuevamente entusiasmado.
- ¿Conocer?… - Le preguntó con pena el menor a penas en un hilo de voz, mientras se limpiaba con sus manos las lágrimas que había dejado salir. El joven mago acomodo al pequeño en su regazo mientras tomaba asiento en el mismo lugar en el que momentos antes había usado como reposera. Prontamente le ayudo a limpiarse la cara con un pañuelo que le tendió Joseph, quien estaba pendiente de la situación. - …el no vendrá…- Y unas cuantas lagrimas volvieron a caer por sus mejillas cuando el moreno se disponía a recogerle las lágrimas.
- Eso es porque su maestro no se siente bien. – Le informó el moreno, notando la preocupación en el rostro del menor. – Gaius me dijo que en tres días se pondrá mejor. – Concluyo para notar un mejor ánimo en el chico de ojos pardos, pudiendo ver la esperanza en su mirar. - Por supuesto, si Gaius lo dijo, tendremos que confiar en él, ¿no lo crees? – El niño asintió algo más contento, sin embargo, se volvió a acomodar entre los brazos del mago, volviéndolo a rodear con fuerza, ocultándose entre el cuello y cabello del moreno. – Pronto vendrá y podrás aprender mucho de él.
El menor suspiro tristemente, resoplando en los ya largos cabellos azabaches del cuerpo que le sostenía. El joven arlequín volvió a acomodárselo para estar más a gusto y así, poder levantarse, dispuesto a partir prontamente.
- No estés triste…le pediremos ayuda a Gwaine y así cuando el señor Percival vuelva, se sorprenderá por sus avances – Le hablo de lo mas entusiasmado el de azul mirar, mientras notaba las sonrisas a su alrededor.
- Solo son tres días. – Rió al comentario el de bucles castaños, tomando unos frascos de la gran estantería.
- Oiga sus palabras mi querido Joseph. En tres días se puede cambiar el mundo. – Le comento entusiasmado Merlín con una gran sonrisa, palabras que dejaron algo confuso al pequeño.
- Escucha lo que Merlín dice. – Le sugirió el anciano a su pequeño aprendiz, mientras le recibía algunos frascos. – Incluso una sola persona puede cambiar el curso de las cosas.
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- Ha pasado tiempo, mi buen Percival…- Comentó a modo de saludo un gran hombre dotado de peculiares características físicas que le hacían ver temible, pero afectuoso al mismo tiempo. Con suma elegancia bajó de su caballo negro azabache, notando extrañado, como el nombrado caía recién en cuenta de su presencia por haber posado cariñosamente una de sus manos sobre uno de sus hombros. El joven caballero, disculpándose apenado con tan solo su mirada, intento hablarle profundamente acongojado, aun cuando sus expresiones no le delatasen.
- Buenos días, mi señor Tristán. – Saludo el de cabello corto apretando su mano para saludarle como corresponde, el mayor con entusiasmo al verle ante la casa de su reciente pedida de mano, sintió la necesidad impetuosa de estrecharle entre sus brazos para felicitarle, lo que hiso sin dudar.
- Me alegra, no sabe cuánto, que haya decidido visitar permanentemente la casa del dueño de sus sueños…- Le habló, con la ilusión en sus palabras, envolviéndole con más fuerza. - …me agrada saber que este lugar se ha convertido en un buen hogar para usted y el joven León. – Percival le miro algo preocupado, pero decidido al separarse por escasos centímetros del mayor, quien le devolvió su mirar con cierta preocupación. - ¿Ha ocurrido algo por lo que deba preocuparme?
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El joven siervo de su futuro rey se había dedicado con tanta devoción a enlistar al pequeño ahijado del guerrero más fuerte de Camelot, que muchos caballeros se habían reunido a observar las maniobras agiles de las pálidas manos. Muchos aprendices más que sorprendidos por ver en acción tales destrezas y los de más experiencia, sonriendo orgullosos por las habilidades conocidas del muchacho. Pronto, el pequeño aprendiz vio como la tristeza se había esfumado en un instante, las lágrimas desaparecieron para dar paso al entusiasmo más adorable que muchos de aquellos hombres de guerra hayan podido ver en su vida, pues, si su maestro no podía estar con él, al menos disfrutaría de vestir con las hermosas armaduras a su medida que su padrino le había hecho solo para él.
Acabado con los últimos arreglos, Merlín llevo a Gabrielle junto a Morgana y Gwen, quienes le limpiaron cariñosamente el rostro de las lágrimas que su linda carita aun portaba. Pero el espejo que la pupila del rey llevaba por azares del destino con ella, se reflejó ante el menor. Llevaba puesta una simple, pero bella armadura de cuero, muy ligera y que a su sorpresa, le calzaba perfectamente. Se encontraba con la boca abierta admirándose.
- Su querido padrino le ha mandado este regalo. - Le comentó Merlín con una hermosa sonrisa en su rostro. - Como ha visto que las armaduras de la armería son muy grandes para usted, le ha arreglado el mismo estas prendas para que pueda usarlas en el entrenamiento.
- El señor Percival tenía grandes ansias por verle con ellas, bueno, hasta que... - Gwen pidió ayuda a sus amigos, se había olvidado de aquel detalle. A Morgana le hiso gracia, así que se rio divertida por lo distraída que podía ser su amiga de alma.
- ¿Le gusta? - Le pregunto más que ansioso el joven mago, mientras la pupila del rey trataba de calmar a su doncella unos pasos más atrás. El pequeño al fin había sonreído para Merlín y le agradeció con un fuerte abrazo quedando colgando de la cintura del mayor, quien rio dulcemente, acariciándole la nuca al pequeño. A los pocos segundos el mago se había agachado a su altura y había pegado su frente a la del menor con una aún más brillante sonrisa. - Entonces le diré a nuestro señor Percival, que le ha encantado. - Gabrielle simplemente llevo sus pequeños brazos a envolver el cuello de su reciente amigo en agradecimiento. Sin dudarlo, su alma se había encontrado con otras similares a la suya, primero con su mentor y luego el mismo día con Merlín, quien cuidaría de el por unos días. Aquel día debía rezar a sus dioses por los regalos que le han dado en su corta existencia.
El mago sintió prontamente un par de pequeños brazos rodearle tanto a él como a Gabrielle, sospechaba de quienes se trataba, así que les dio los buenos días con caricias en sus cabellos. Los menores salieron a su encuentro abrazándolos a los dos con más ánimos, lo que asusto un poco al ahijado de Percival.
- ¡Buenos días a los dos! - Saludaron ambos hermanos al unísono con gran entusiasmo.
- ¡A Mer- Mer! - dijo el menor y le siguió el mayor.
- ¡Y al pequeño! Seamos amigos, ¿si? Me llamo Fenrir, él es mi hermano menor, Ethan ¿cuál es su nombre? – Fue el saludo que mencionó muy rápidamente arrastrando las palabras, lo que desconcertó a Gabrielle, quien solo pensó en ocultarse entre los brazos del mago.
- Mis amores...- Les llamó levemente la atención a los dos recién llegados, haciendo que estos se calmaran un poco y le prestaran atención, mientras se terminaba de sentar en el pasto junto con su ahijado postizo pegado a su pecho. -...les presento a Gabrielle, es el ahijado del señor Percival y es más pequeño que ustedes, así que les pido que sean amables con él.
- Pero el señor Percival está enfermo. - Dijo de lo más afligido el más pequeño de los hermanos, llevándose las manos a la boca, para luego acercarse a Gabrielle y acariciarle la cabeza. –Pobre, pobrecito de usted…le ha tocado un padrino defectuoso. -
- Además es una enfermedad incurable.- Completó el mayor a la afirmación de su hermano menor, sintiendo una profunda pena por el nuevo compañero a quien también acaricio en la cabeza. Gabrielle salió de su escondite al oír estas últimas palabras, totalmente paralizado, tratando de procesar la nueva información.
- ¿Aguarden un momento? ¿Me he perdido de algo importante? – Preguntó Merlín con la mirada a las doncellas, quienes habían tomado asiento junto a los pequeños con la duda pintada en el rostro, esperando pacientemente a los menores para que se expliquen. Mientras tanto, Gabrielle ya había comenzado a llorar de nuevo, con una pena que le partiría el corazón a cualquiera. Pero los dos pequeños recién llegados se abrazaron a él y le tomaron de las manos en un apoyo silencioso. - Esperen un segundo ¿Quién les ha dicho tal cosa?
- Gwaine. - Fue la respuesta de ambos al instante.
- No debes preocuparte Gabrielle, le entendemos…- Suspiro pesadamente el hermano mayor. - Nosotros también estaríamos llorando si nuestro maestro estuviera enfermo de tan terrible mal. - Dijo comprensivo, aun consolando al pequeño.
- Y ¿se puede saber, cual es el terrible mal que acongoja a nuestro señor Percival? – Preguntaron al unísono Morgana, Gwen y Merlín, con un completo poema en el rostro, intentando también de que el más pequeño dejara su llanto lastimero.
- Pero ¿qué preguntas son esas mis queridos amigos?…- Comento ofendido en lo más profundo de su ser el caballero recientemente nombrado, quien venía llegando con varios implementos entre sus brazos, pero al notar el humor extraño en el ambiente, decidió dejar sus cosas a un lado e inmiscuirse en la conversación, tomando asiento frente a sus amigos y permitiendo que sus ahijados le escalasen hasta sus hombros para sentarse y comenzaran a jugar con su cabello. Pero las doncellas y su mejor amigo, le observaron con desconfianza. – Solo deben preguntarse sobre la única enfermedad que nuestro señor Percival puede tener en esta vida. – Les desafió el pelilargo con una gran sonrisa, que acompañado de su excelente humor, había hecho que el ahijado de Percival, dejara de llorar para prestarle su total atención. Pero nadie le respondió. – ¡Vamos! ¿Qué no es obvio? ¡Pues claro que es el amor! ¿Qué más podría ser?
- ¿El amor es una enfermedad incurable? - Se preguntó a sí mismo el joven siervo, con una mueca divertida en el rostro.
- Pues claro que sí, joven Merlín. – Se escuchó en varias entonaciones desde distintos lugares del campo y de parte de varios caballeros completamente atentos a la conversación de los más jóvenes, lo que dejo perplejo al mago, aunque Gwaine intento llamar de nuevo la atención de su amigo.
- Piénselo un poco mi amado Merlín...es una enfermedad muy, muy cruel: llega en el momento menos esperado y lo peor de todo es que cualquiera puede enfermar; no discrimina en edad, puede comenzar incluso a causa de una simple mirada, por alguna palabra o alguna acción, además, deja a las personas bobas, como si el Raknarock hubiese llegado y no se tuviese el alma en el cuerpo; se dicen incoherencias, los demás no podrán entenderle, y lo peor de todo es que a todos nos pasara en algún momento o al menos eso espero. En definitiva, es lo más parecido a una epidemia. Conozco a varios de nuestros hombres con aquella terrible enfermedad...- Comento mientras saludaba con una elegante reverencia a la pupila del rey y a su doncella, ambas tan bellas y tan dispuestas a seguir con sus bromas como siempre, quienes risueñas ya por las tonterías de su gran amigo, se le acercaron inmediatamente para ayudar en la explicación del autoproclamado "mejor caballero de Camelot" - ...mis bellas amigas pueden entenderlo ¿verdad?
- Pues claro que sí. - Sonrió dulcemente Gwen, consolando al pobre de Gabrielle quien ya creía que su maestro se moriría prontamente. - Su padrino tiene esta enfermedad, pero no morirá...- Rio dulcemente la sierva, terminando por secar de nueva cuenta las lágrimas del menor, quien le miraba atento y notoriamente más calmado. - ...porque el responsable de que haya caído enfermo corresponde por entero a sus sentimientos.
- ¿Ves?...- Le tendió los brazos el joven mago. - ...no tienes por qué temer, cariño mío.
- Es una bella enfermedad...- Suspiro Morgana soñadoramente recibiendo en su regazo al menor de los pupilos de Gwaine, quien momentos antes, ya se encontraba colgando a penas del cuello de su maestro por una de sus piernas, para alcanzar a la doncella y así poder jugar con su largo cabello.
- No sabía que era tan romántica, mi querida hermana. - Dijo Arthur entrando en la conversación
- He aquí un ejemplo, otro enfermo terminal. - Anuncio Gwaine con una gran sonrisa.
- ¡Hey!, ¡hey! ¡Hey! – Fue lo que se oyó, cuando el príncipe se lanzó en contra de Gwaine para intentar cerrarle la boca, por lo que pronto comenzaron con una lucha en el suelo, aplicándose mutuamente distintas llaves para inmovilizar a su contrincante.
Los ahijados de Gwaine se lanzaron también en contra del futuro rey de Camelot para intentar defender a su mentor, quien estaba pasando por dificultades para deshacerse de una palanca muy bien hecha. Pero el mayor de los menores se había esmerado en posicionarse sobre el los hombros del príncipe, para meterle sus pequeños dedos dentro de la nariz, pero el futuro rey terminó por desconcentrarse totalmente cuando noto como el hermano menor del pequeño montado en su espalda, se abrazaba de el por un costado e intentaba plantarle un beso en la mejilla, lo que en un primer instante lo desconcertó, pues era la primera vez que un niño se le acercaba a hacerle cariño y por inercia se paralizo en la incertidumbre de lo que podría pasar, por lo que termino soltando su agarre al mejor amigo de su siervo, para concentrarse en el actuar del menor, quien le dio un suave beso y lo abrazo fuertemente.
- Me gustas. – Fue lo que dijo Ethan, el menor de los ahijados del autoproclamado, mejor caballero de Camelot. – Aunque Fenrir le meta sus dedos en su nariz.
- ¡Nooo! ¡Esto no puede ser! – Anuncio dramáticamente Gwaine, poniéndose de pie nuevamente y retomando energías. – Esto se merece un castigo. ¡Mi querido Fenrir! Debemos salvar a su querido hermano menor de las garras del príncipe.
- Entonces… - Le llamo la atención el pupilo de Percival al mago, mientras tiraba de una de las mangas de la vestimenta algo holgada de quien se preocuparía de él durante los siguientes días. - ¿Mi señor Percival no morirá?- Le pregunto bajito al joven mago, mientras se abrazaba al cuello del de ojos claros, dejando descansar su cabeza en el largo cuello del moreno, quien le negó suavemente. - ¿Usted tampoco? - Volvió a preguntar el menor preocupado. El mayor parpadeo un par de veces, procesando la pregunta, a lo que sonrió melancólicamente.
- Tratare de recuperarme pronto, pero como puede ver…- Le comento el joven mago, señalando la contienda de cosquillas unos notables metros más allá. - Mi querido Gabrielle…parece que tengo competencia.
- Entonces... ¿nadie va a morir? - Gabrielle pregunto en voz alta, esperando una última confirmación a quienes parecían ser las más cuerdas de aquel grupo, mirando intensamente a las doncellas.
- Por supuesto que no. - Le contestaron las bellas damas, lo más convincentes que podían oírse, por lo que Gabrielle suspiro aliviado.
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Aquella mañana se había despertado al alba, tal vez a causa de todo el tiempo que el Dios Cronos le dio la tarde pasada o por los cuidados que durante la noche su amado Gwaine le otorgo muy amablemente. Sin embargo, en estos momentos se sentía mareado. El castaño pelilargo se había ofrecido a darle la comida de aquella mañana, como si el no pudiese hacerlo por sí mismo. No puso resistencia, porque no se sentía muy bien y a ratos veía borrosamente. La verdad es que poco se parecía su malestar a los dolores corporales que sintió tan pronto como su siervo Fedric había llegado a su casa para corroborar su estado aquel nuevo día. Le punzaba todo el cuerpo y un dolor intenso sintió cuando se alejaron los protectores brazos y piernas de Gwaine que le envolvieron por completo al dormir, pues se había acomodado muy bien en su cama…pero su amigo debía irse en busca de sus ahijados ¡Que daría el por ver a su querido Percival entrenar con Gabrielle!
Tan solo debía esperar a que la medicina trabajara en su cuerpo para poder ver al amor de su vida con sus propios ojos y quizás sus amigos vendrían a verle aquella tarde, aun que dudaba que pudiesen cursar una palabra con él en su estado actual, pues, apenas podía oír los sonidos a su alrededor; parecía ciertamente como si las aves nuevas que se habían mudado la semana pasada en su ventana se hubiesen ido muy lejos. León se propuso cerrar sus ojos para olvidar sus dolores corporales, pues aquello significaba que el señor Gaius había hecho bien su trabajo, pues su cuerpo estaba combatiendo su recaída. Como le había dicho el anciano la noche anterior, tanto trabajo no era bueno para la salud y, sin más menos cuando se trataba de un recién casado… aunque su unión aún no se haya consumado del todo…aún tenía con él la reliquia más preciada de su Percival colgando del cuello, lo que le traía a su corazón nuevas esperanzas.
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El día había avanzado más rápido de lo previsto y la hora de la merienda había llegado tan rápido como la llegada del sol en aquella primavera. Fedric había incentivado alegremente a que su nuevo amo le ayudara a tomar los alimentos a su señor León, quien aún se encontraba dormitando y sus malestares se habían atenuado considerablemente. Al siervo, le había parecido una buena manera para comenzar a resolver el primer problema de conyugues que enfrentaban sus dos señores, así que sin esperar mucho tiempo, arreglo todo y dirigió a su gran señor escaleras arriba, le tendió la canasta con los alimentos, la cual fue recibida con un nerviosismo muy pocas veces vista en el gran hombre.
- Esta es su casa, mi señor Percival. Tenga más confianza en usted, porque mi señor León, tiene mucha en sus sentimientos. – Al más alto le brillaron los ojos claros y sonrió tontamente por lo escuchado. – El día de hoy iré a ayudar a mi marido con las pertenencias de su casa para traerlas definitivamente a este lugar. Espero que para la hora de la cena mis dos señores ya hayan dejado todo en claro. Sepa que todos sus amigos cuentan con que pronto este todo bien. Nos veremos después mi señor Percival. – Termino por despedirse Fedric, mientras se disponía a bajar por las escaleras, cuando la curiosidad pudo más con el siervo y se detuvo a observar como su nuevo señor se debatía internamente en abrir o no la gran puerta de los aposentos de su amo. Fedric carraspeo suavemente, llamando la atención del hombre más alto y haciendo una respetuosa reverencia, se retiró diciendo. - Solo debe empujar la puerta, no es necesario que llame, después de todo ese cuarto también es suyo.
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- Quisiera saber qué es lo que le ha hecho mi buen amigo Percival a León para que cada vez que sueñe el pobre piense siempre en el ¿sabían que a veces León habla dormido?- Fue la pregunta que dejó a todos pensativos a la hora de la merienda, cuando se disponían a descansar en los prados muy cerca del lugar en que momentos antes se encontraban entrenando.
- ¿Por qué esa pregunta mi buen amigo Gwaine? – Miro curioso Lancelot a su amigo, quien entre cuestionamientos existenciales, tenía a dos pequeñas criaturas montadas en su espalda, una de ellas se atragantaba con comida y la otra inspeccionaba cada bocado por igual, cada vez que se iba a poner alguno en la boca. Mientras el mismo pelinegro de cabello corto, ayudaba a su querido Merlín en arreglar unos girasoles que le había regalado el mismo aquel día.
- Quisiera saber el truco, para que Merlín diga mi nombre mientras duerme. – Tanto Morgana como Gwen no pudieron evitar romper en carcajadas debido a las ocurrencias del joven guerrero y Lancelot no pudo evitar observar de reojo como su príncipe perdía el color en el rostro y se le caía un trozo de carne que le había llevado a la boca momentos antes el menor de los ahijados de Gwaine, lo que le causó mucha gracia.
- ¿Quién le dijo a su persona que quería decir su nombre mientras duermo? – Le preguntó con molestia falsa el joven mago, mientras terminaba de arreglar las flores que Lancelot le había obsequiado aquella tarde, por lo que Gwaine hiso un puchero muy adorable.
- Creo que debemos esmerarnos en encontrar a alguien que quiera pasar el resto de su vida con usted, mi buen amigo, pero…aguarde un segundo ¿Qué es lo que dice León dormido? – Pregunto curioso y divertido Lancelot, mientras recibía en su regazo al ahijado de Percival, quien durante aquella mañana para asombro de todos, se había puesto muy sociable, aunque no acostumbraba a decir más de tres palabras juntas.
- Pues, he dormido otras veces con León y siempre sueña con su esposo…o sea – Se corrige de inmediato - …suele llamarle varias veces, independientemente que anoche le haya vuelto la fiebre y me haya costado trabajo bajarla…al contrario de mi Merlín, quien no suele hablar dormido pero cuando lo hace, habla en ese idioma antiguo de los libros que acostumbra leer. – El mago sonrió nervioso, buscando ayuda entre sus amigas y Lancelot, quienes se sobresaltaron un poco al oír lo que Gwain tenía que decir. – Por eso me pregunto qué fue lo que le hizo Percival a nuestro León, así lo descubro y lo pruebo en usted mi buen amigo. – Menciono Gwaine, mientras acomodaba su cabeza en el regazo del joven mago, quien se veía más pálido de lo normal.
- Bueno, creo que debería preguntarle a nuestro Percival… -Menciono con una risa nerviosa la sierva de la pupila del rey.
- ¿Usted lo cree mi Gwen? – Preguntó soñador el autoproclamado, mejor caballero de Camelot. A lo que la doncella rio algo nerviosa, siguiendo con el hilo de la conversación de su buen amigo.
Pero el futuro rey de Camelot, se había puesto más que pensativo producto de aquella conversación reciente, aunque llevaba más que algunos meses pensando en su actuar durante los días siguientes, solo debía encontrar el momento justo para poder poner sobre la mesa sus condiciones.
