Notas de la autora:

Espero que no estén molestos o molestas por los atrasos, pero este semestre ha sido un calvario! Otra cosa aviso para quienes lean este capítulo: la letra en cursiva significa que están hablando en otro idiomaaa, eso, espero que les guste!

Shape of my heart

Capítulo VIII: Confidentes.

Fue la tenue luz de la mañana ya avanzada quien le indico el camino hacia el lecho en donde intentaba descansar el amor de su vida, aun cuando no se atrevía a entrar por completo en el cuarto, Percival podía notar como los sueños del durmiente se veían importunados por el sudor y la incomodidad.

La noche anterior le habían informado sobre su León y su delicado estado de salud, pero no pudo evitar tomar la culpa por ello. Su espíritu y su cuerpo le clamaron por horas llegar a su encuentro para atenderlo, pero el señor Gaius le había demandado cumplir con su castigo. No pensó que la espera fuese a consumirle el interior tan profundamente. Pero así fue.

"Quería verle" Fue lo que pensó, cuando con calma optó por entrar al cuarto. Dejo sin hacer ruido la canasta que llevaba consigo a un costado del tálamo, tomando asiento en la cabecera, dirigiendo toda su atención al dueño de su vida, quien suspiraba cansado de vez en cuando. El más alto se incorporó entre las mantas para estar más cerca de su marido, preocupado por la creciente incomodidad de quien se revolvía un poco en el lecho. A penas el caballero tocó el rostro del rubio, se sobresaltó al sentir su alta temperatura y un gran estruendo se escuchó.

Percival había salido a tropezones de la cama.

Llego apurado con un recipiente que había cogido de la cocina de la casa y un paño que podría utilizar. El agua escurrió por sus grandes manos y a gatas se encontró con el cuerpo de su marido, el cual tomo más cerca de él para posar de una vez el frio paño en su rostro, para terminar posando sus manos en la frente a quien recién se disponía a abrir los ojos. Como nunca le había visto antes, totalmente perdido y muy cansado.

El pelilargo se removió un poco al sentir el cambio de temperatura en su rostro, lo que lo termino de despertar, a pesar del alboroto que había hecho el caballero de ojos pardos ahora a su lado, sosteniéndole con cuidado.

- ¿Un…sueño?...- Se preguntó aturdido el rubio mientras dirigía con esfuerzo y casi sin fuerzas una de sus manos al rostro del mayor. Percival le ayudo, tomándole rápidamente la mano que quería tocarle, posándola el mismo sobre sus mejillas y sonriéndole cariñosamente, diciéndole mudamente que se encontraba con él. – Que alivio…pensé…

- ¿Que no era su marido? – Termino su frase mientras besaba dulcemente la palma que recibió entre la suya. León asintió a penas, algo avergonzado de que su consorte le viese en ese estado tan deplorable, pero decidió disfrutar de los cariños de la persona de sus sueños, al menos por esa ocasión, no podía notar su sonrojo por la fiebre que cubría su cuerpo desde unas horas atrás.

- Su calor… es distinto…

-¿Al de Gwaine? – Preguntó curioso el caballero más fuerte de Camelot, a lo que el de barba rubia asintió divertido, mientras era recostado nuevamente en su lecho y era arropado en el pecho de su marido con las mantas que el mismo había tirado al suelo por la preocupación. – Dígame entonces ¿Qué calor le gusta más?

- Si supiera… una cantidad lo suficientemente…grande…se la diría. – Menciono a duras penas el rubio mientras posaba castamente sus labios afiebrados en los del mayor, quien se sonrojo muy notoriamente, lo que le causo gracia al de ojos verdes, quien no se veía inmutado, al menos por el momento, debido al sonrojo que le otorgaba la fiebre. – Preferiría… contar las estrellas… en el firmamento… para dejarle… en claro que prefiero…el suyo.

OoOoOoOoOoOoO

- ¿He llegado tarde?, al parecer ya han terminado con la merienda…- Fueron las palabras que un grupo de amigos oyeron en los pastizales, cuando pudieron ver una figura extrañable, no muy lejos de sus puestos, quien se acercaba a ellos con un paso elegante. - ¿quedaran algunos alimentos para este caballero, que ha venido del reino vecino a sus amadas tierras?

-¡Tristán! – Le llamaron con alegría los caballeros presentes, al contrario de las doncellas y un siervo, quienes expectantes y confusos al notar una alegría genuina en el rostro del recién llegado, se le acercaron con cierto temor para rodearle en un abrazo entre los cuatro.

- ¿Nos hemos perdido de algo? – Se preguntó de lo más divertido Gwaine, debido en gran parte por la gran sonrisa del recién llegado, en comparación al fruncimiento de seño de su príncipe, quien ya se había cruzado de brazos en espera de una explicación convincente.

- ¿Cómo se siente mi señor Tristán? – Le preguntó la pupila del rey, con un enorme cariño notorio en la entonación de su voz, mientras sacaba de las suaves telas que cubrían su cuerpo, un largo colgante de cristal que deposito entre las manos del hombre alto. El hombre, al darse cuenta de que se trataba, le brillaron los ojos con más intensidad, mientras se abría la cota de malla, que ya traía suelta al entrar a Camelot, para sacar de su pecho un delicado pañuelo del color de las perlas.

- Aquí, les ostento la prenda de la que me enorgullezco. – Anuncio con la cabeza en alto y colgándose de inmediato al cuello el resiente regalo; observando a su audiencia, de la cual callo en cuenta rápidamente de tres figuras pequeñas, que curiosas se asomaban entre las piernas de su Merlín. – ¿Quiénes son estas diminutas gracias?

- ¡Soy Fenrir, mi señor! Y él es mi hermanito Ethan. – Informo rápidamente el mayor de los tres, saliendo de un salto a un costado del mago, sin soltar las ropas de este, que sostenía con ambas manos. - ¡ambos somos ahijados de Gwaine! – Anuncio con mucha alegría lo último, con orgullo en su voz. Al oír al menor, Lancelot se sentía nadando en un mar placentero, susurrando para sí mismo "Tan informal…esto me encanta, música para mis oídos", pero fue percibido tanto por el príncipe como por Gwaine, a quien se le hinchó el pecho por tanta modestia.

- Puedo notar el parecido entre alumno y maestro, eso es encantador. Un gusto en conocerlos Fenrir y Ethan. – Les saludó con un apretón muy suave de manos, reteniendo su mirada en el menor restante, quien le observaba ilusionado. – ¿Y usted es?

- ¡Él es Gabrielle! – Le contestó el alumno menor de Gwaine al instante, mientras dejaba su lugar éntrelas piernas del joven mago y corría al encuentro de los brazos del futuro rey de aquellas tierras, quien se olvidó de su molestia al ver al pequeño con tanta energía. Le tendió sus extremidades y lo posó sobre sus hombros, dejando que el pequeño pusiera sus pequeños brazos alrededor del rostro del príncipe para sostenerse desde la altura. Lancelot codeo uno de los costados de Gwaine, quien sonreía divertido por la situación.

- Nuestro señor ya se ganó al pequeño Ethan. – Le comento en un susurro el caballero, compartiendo la sonrisa de su amigo.

- Solo espero que pueda darse cuenta que también se ganó a alguien más… - Menciono el pelilargo, señalando a su amigo aprendiz de médico y siervo real, quien observaba realmente complacido los aconteceres.

Tristán contento como estaba, opto por hincarse para saludar al pequeño, quien se revolvía inquieto entre las piernas de Merlín, intentando que este no pudiera tomarle. El joven siervo opto por quedarse quieto por tanto movimiento y comenzó a aguantarse las cosquillas que sentía, por lo que se llevó ambas manos a la boca para no soltar una carcajada.

- Va a terminar tirando de Merlín. – Comentó en un suspiro Gwen.

- Es un pastizal, no le harán daño. –Acotó divertida Morgana, mientras saludaba a Joseph, quien se dirigía ante ellos, con una gran canasta en comparación a su tamaño. – ¿Le han dado los mandados, pequeño? – Le preguntó recibiendo las hierbas y dejándolas a un lado para acariciarle los grandes bucles castaños que le tapaban los ojos al pequeño ayudante de Gaius.

- Si mi señora. ¿El señor Tristán ya está aquí? Ha llegado antes de lo acostumbrado. – Comentó el muchacho, notando el gracioso juego que terminaría por acabar con el equilibrio de su superior. – Ya no está triste Gabrielle, eso es bueno.

- ¡Déjeme verle pequeño caballero! – Amenazó divertido el gran hombre, alcanzando de vez en cuando al pequeño para hacerle cosquillas, mientras este se retorcía a carcajadas, al momento que era defendido por el ahijado mayor de Gwaine, quien ya se había lanzado sobre uno de los costados del gran hombre e intentaba no caerse ante los vitoreos de su hermano y los caballeros, terminando por trepar a su espalda para alcanzar con sus pequeñas manos los ojos del caballero para que no pudiese ver. Pero a duras penas y con la dificultad que tenía Tristán, pronto consiguió tomar al menor, quien seguía riéndose. Lo elevo con el brazo en alto desde uno de sus tobillos, hasta posarlo cerca de su rostro, por lo que Fenrir liberó sus ojos al notarse derrotados. – ¿Usted es el primer pupilo de Percival? – El menor asintió, mientras era devuelto a los brazos de Merlín, quien feliz notaba que no había sido un mal primer día de practica para el pequeño.

- Es su primer…- Merlín abrió grande los ojos al notar una mancha de sangre en uno de los costados del caballero, se regañó internamente por no haberse dado cuenta antes del estado de su amigo. Por lo que le tendió a Gabrielle a Gwaine y se acercó directo a la pequeña mancha de sangre. – Está herido mi Tristán, ¿se había dado cuenta?

- ¿Pasó algo en el camino? – Preguntó preocupada Gwen, mirando de reojo a su señora, quien se puso seria de inmediato.

- Lo había olvidado, ¡es que mis preocupaciones se disiparon al ver tan bella reunión! – Dijo melancólicamente el caballero, mientras Fenrir jugaba con los largos bucles oscuros del caballero, estando sentado cómodamente en una de sus hombreras. – Les he avisado, mi señor Arthur, a los centinelas sobre algunos barbaros que han venido desde las tierras del norte. Al parecer se encuentran en la búsqueda de algo importante, pues he visto varios de ellos huir y recorrer estas tierras. Me he enfrentado a uno de estos grupos, pero no pude obtener mayor información debido a la lengua extranjera que ellos portan. Sin embargo si gustase interrogar al sobreviviente, se encuentra descansando en las mazmorras.

- Pues, me complace escucharle, mi buen amigo. – Le correspondió el príncipe, quien aun sostenía las pequeñas manos de Ethan, mientras este aun se hallaba entretenido observando a todos desde la altura en la que se encontraba. – Morgana nos comentaba sobre un fuerte presentimiento que la ha estado molestando varios días ya…Presentimientos, que para nuestra desgracia, debemos tener presentes. No recuerdo de algo que nos haya dicho y no se cumpliera, por lo que les pediré que nos ayuden con los preparativos, puesto que puede que presenciemos una batalla dentro de los próximos días.

OoOoOoOoOoOoO

- Siento profundamente que tenga que hacer esto, mi querido tío, pero es necesario.

- No tiene que disculparse, querido mío. – Suspiró Lethol, resignado el hombre de cabellos largos. – Estaré feliz siempre que cuente con mi ayuda para lo que desee. – Fue lo que le dijo, con un inmenso cariño, mientras le acariciaba sutilmente las mejillas al futuro rey. – Aunque no estoy muy orgulloso de tener estos saberes.

- Se lo agradezco. – Concluyo en un abrazo envolvente. – El prisionero se encuentra inmovilizado y hay guardias, pero prefiero entrar con usted.

- Muchas gracias mi Arthur. – El príncipe le tendió el brazo, para que su querido tío se apoyara en el para guiarle dentro de las mazmorras. Aquella mañana no había sido del todo agradable para él, puesto que se había caído desde unos estantes en busca de unos textos que le había insistido su rey en ver, por ello, se había lastimado uno de sus tobillos y ahora se encontraba cojeando gran parte del tiempo, por lo que procuraba no moverse mucho. Después de todo, debido a la enfermedad por la que está pasando el padre de Arthur, cualquier indicio de lectura o actividad, hacía que los siervos más cercanos y su propio tío, hicieran todo lo que estuviera a su alcance para que su rey estuviese satisfecho, incluso si ello significaba lastimarse.

Pronto, fueron recibidos por algunos guardias, quienes los guiaron en el camino y les abrieron las puertas ante la humedad de un cuarto. Se trataba de una recamara, en donde solían interrogar a los prisioneros, pero debido al tiempo sin uso, las puertas y rendijas eran más difíciles de mover, pues muchas de ellas estaban averiadas por el olvido, por lo que se necesitaban al menos, tres hombres para poder moverlas.

Tres guardias fueron los que entraron al cuarto con ellos. Uno de ellos se quedó en la entrada y los dos restantes les ofrecieron dos puestos frente a una pequeña mesa de madera que los separaba del bárbaro, quien sonrió al verles llegar. Sin duda, sabia ante quienes se encontraba. El prisionero emitió un bufido, al notar como los dos guardias se paraban en ambos costados de su cuerpo, a pesar de que se encontraba fuertemente atado y encadenado en una silla sin poder ejercer mucho movimiento con su cuerpo.

La apariencia descuidada dada por la cantidad de barro en sus vestimentas, a pesar de la cantidad de pieles de animales que le cubrían el gran cuerpo del hombre, hicieron que Lethol se sorprendiera de no muy buena forma ante el galeote, quien le miraba con ojos penetrantes y burlescos.

- Por las vestimentas que lleva puedo decirle que no entiende la lengua britana, viene fuera de los limites…de las tierras de hielo; por eso no les ha contestado, querido sobrino – Comento, después de inspeccionar a la captura de Tristán. Arthur se sorprendió ante lo oído, pues pensaba que de todas formas el hombre estaba actuando e interfiriendo con sus investigaciones al no responderles. Estaba equivocado.

- Entonces puede comenzar por preguntar, amado tío. – Asintió el príncipe, especulando un poco en que harían con la información que pudiesen obtener, pensando seriamente en que debía oír a Morgana mas seguido.

- Buenas tardes, señor adalid. Soy uno de los subalternos que sirven al rey de estas tierras. Mi nombre es Lethol. – Comenzó el cuñado del rey, para ver si el hombre ante él podía o quería contestarle de alguna forma.

- Buenas serán para usted, Lethol. Porque vasallo no has de ser…a los míos los cubre el barro y variadas cicatrices, como la poca ropa y pintura en el cuerpo durante la época de procreación. – Dijo con ironía el prisionero, mientras recorría con la vista la figura de quien le dirigía la palabra. – Sus tierras están en primavera, ¿no es así? Dice que es un siervo, ¿Por qué trae tantas prendas encima? ¿O es que me esta mintiendo?

- Así es mi señor ya estamos en primavera y si, le digo la verdad ¿Podría decirme su nombre? – Continuó con el interrogatorio el pelilargo, sin inmutarse ante las palabras roncas de su interlocutor y la mirada extraña en el rostro de su sobrino, quien había captado el tono extraño en la voz del bárbaro.

- Soy un adalid, como supuso. Cuarto hijo del, como llama usted…un subordinado de nuestro rey, llamado Dengisik. –Al decir esto, el bárbaro se irguió, con un brillo especial en los ojos que demostraba su orgullo. - Optó bien su caballero en dejarme con vida. – Rio un poco el hombre grande. – Me encuentro herido, por una batalla anterior y el viaje no ha sido de los mejores y, si he sobrevivido, ha sido por mis capacidades como guerrero. Mi gente vendrá por mí y tal vez decida llevarme al siervo del rey conmigo. - Lethol, cerró los ojos por unos segundos, sin duda aquel día no había sido bueno para él, pero debía aguantar por su amado sobrino, quien esperaba pacientemente por la información.

- Bien señor Dengisik, el caballero sentado a mi lado es el comandante del caballero que le trajo a estas tierras y le ha tomado prisionero. Me ha traído hasta aquí, para que usted conteste algunas cosas… sin embargo, atacar a uno de nuestros caballeros se considera desacato y aun que estas tierras son tranquilas, la llegada de barbaros como usted, ha traído temor a nuestra gente, más cuando se acercan en grupos, saqueando villas, matando, violando y tomando esclavos de nuestro pueblo. Espero que comprenda que el único consuelo que podemos darle, es la espera y curarle sus heridas hasta que su señor mande algún representante y venga en su búsqueda, para que llegue a algún acuerdo entre nuestros reyes, por temas limítrofes. Espero que lo entienda.

- No quiero su misericordia. Soy mi único dueño… - Dijo lo último con resentimiento, ante los ojos atentos del hijo del rey y los guardias, quienes trataban de ver si podían entender algo de la conversación. - Soy uno de los guerreros más temidos en mis tierras. Lo que me ofrecen sus labios no son más que habladurías, pues sé que me dejaran encerrado en estas mazmorras, quizás pudriéndome, debido a la poca colaboración de mi pueblo, más aun cuando el chico no puede entender ni una palabra de lo que digo. – Menciono exasperado, señalando a Arthur con un movimiento brusco de cabeza, quien estaba dedicado a observar las facciones y expresiones duras del gran hombre, que había llamado su atención. - Las respuestas a las que estoy interesado son a base de las siguientes preguntas… ¿Por qué usted puede entenderme? ¿Fue prisionero de alguna de las casas de mis tierras? ¿Porque alguien de Camelot hablaría tan bien el idioma olvidado por los dioses? Su rey no lo trata tan bien como dice que lo hacen con su pueblo, de otro modo, ¿Por qué un siervo de la realeza tendría herido el tobillo?... esa debe ser la razón de sus ropas largas ¿no me diga que no quiso acostarse con su señor y este le hiso daño? ¿Así son en Camelot?...

- Su nombre es Dengisik… - Interrumpió las palabras del prisionero volteando la mirada hacia su sobrino. El gran hombre se enfureció ante esto y rugió fuertemente, tanto que los guardias volvieron a sentarlo en la gran silla en la que estaba amarrado, por lo que le colocaron otra cadena al cuello para que no pudiese ponerse de pie. – Por cómo se expresa, asumo que no está mintiendo y que es uno de los comandantes de su tribu. - el bárbaro refunfuñaba, porque no entendía que estaban diciendo. - Le he dicho lo necesario sobre su situación, aunque al parecer esta empecinado por escapar pronto, ahora, ha de dejarme preguntarle un poco más sobre sus asuntos en estas tierras, que es lo que usted quiere saber.

- Muchas gracias tío. Siento exponerte a este tipo de cosas, pero no sabía a quién más recurrir – Se disculpó Arthur, mientras tomaba una de las manos del hombre entre las suyas y este le sonreía en agradecimiento a sus cuidados. -…aunque si usted me pregunta, este hombre me parece muy interesante…a pesar de la herida en su costado, no puedo imaginar cómo se llegaría a comportar en batalla. Estoy un poco celoso, Tristán pudo pelear con él.

- ¿Eso crees? El señor Dengisik obtuvo esa herida en una batalla anterior, por lo que ha sobrevivido gracias a sus habilidades. – Arthur abrió grandemente los ojos, por lo que su tío pudo notar como aumentaba cada vez más el interés de su sobrino en el prisionero. – Recuerda que ahora deberá estar en cautiverio, no es un practicante, ni un guerrero extranjero que haya viajado para enfrentarle a una justa o alguna de las peleas que le agradan a su padre.

- Lo sé, pero no puedo evitar el pensar en…

- ¿Qué le dijo al caballero?- Preguntó enfadado el gran hombre, llamando la atención del príncipe, quien le estaba observando intrigado desde el principio.

- Le pido que se tranquilice un poco…estos caballeros no planean hacerle daño, por el contrario….este muchacho está muy interesado en usted…si todo marcha bien, una vez que se recupere y se haya llegado a acuerdo con su pueblo, en otras circunstancias, podamos recibir…

La paciencia del bárbaro se acabó. Termino emitiendo un rugido con tanta fuerza que produjo que los acompañantes se llevaran al instante las manos a sus oídos para protegerlos del rugido. El gran hombre logro soltar una de sus manos de las amarras que lo aprisionaban, pero fue sujetado al instante por los carceleros a su lado. Actuar que causo gran impresión al cuñado del rey y un brillo de absoluta admiración en los ojos del príncipe.

Hagamos un trato. – Propuso decidido el pelilargo rubio. - Usted responde mis preguntas y yo las suyas, pero solo una a la vez…si realiza muchas, solo contestare a la primera que me haga, ¿tenemos un trato? - El gran hombre no le respondió. En vez de eso forcejeó con los guardias, a quienes le costó un poco de trabajo inmovilizar, por lo que Arthur quiso intervenir, pero fue detenido por su tío – Deja que me haga cargo, cariño mío. Solo un par de preguntas más.- El príncipe dudoso acepto a la petición del hermano de su madre.

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El día se había ido muy rápidamente, al menos para los caballeros con pupilos pequeños y para Gwaine, quien se había entretenido lo suficiente con sus ahijados en el entrenamiento, sobre todo cuando su pequeño Fenrir se había lanzado en contra del amor de la vida de su mejor amigo ¡para ayudarle! Para salvarlo de las llaves de lucha de su señor, sin duda ese día había sido uno de los mejores que había tenido desde hace mucho y sin duda vendrían más…aunque pronto tuviese que dormir solo en una casa tan grande.

- Ethan, vamos, su brazo debe estar un poco más elevado. – Le sugería el pelilargo completamente orgulloso de los sorprendentes avances que habían tenido durante el día sus pequeños amores, mientras Fenrir asestaba al blanco de un pequeño tamaño a unos metros en el área de tiro. Sin duda el señor Percival no era el único que se preocupaba por sus ahijados; él les había hecho unos cuantos arcos de su tamaño.

Gabrielle practicaba tácticas básicas de defensa en la lucha siendo guiado por Lancelot, quien aprovechaba la ocasión de enseñarle también a Merlín algunas cosas. No se lo perdonaría nunca que les pasara algo, a nadie en realidad, pero si en las salidas de caza o en los campamentos bélicos con otros pueblos…deben estar preparados para todo, más aun cuando Lady Morgana tiene sueños tan extraños.

- ¡Ya es horaaaa~! – Se oyó cantar al autoproclamado mejor caballero de Camelot, anunciando como conclusión al hecho de que ya se les habían acabado todas las flechas en la práctica y que por ello, no tenían ánimos de ir a buscar más o recoger aquellas que ya habían lanzado. – ¡A la armería! – Anuncio contentísimo, mientras recibía entre sus brazos al más grande, a quien se lo monto en sus hombros y al menor a quien cogió con uno de sus brazos.

- ¡Siii! Tenemos hambre maestroooo~ - Se quejaron los hermanos con tanta ternura, que el caballero pelilargo adelanto el paso para tomar con su brazo libre a Gabrielle, quien les sonrió divertido, despidiéndose con una de sus pequeñas manos de los dos mayores con quienes hace unos momentos se encontraba entrenando.

- De modo que tendremos que recoger los implementos…- Suspiro alegremente Lancelot, quien levanto un ramo de Girasoles que el mismo le había traído como presente a su Merlín, quien ya se dirigía a levantar algunas cosas. – Ten, mejor cuida de tus flores, yo llevo eso.

- No hace falta, pero gracias amigo mío. – Dijo un tanto agotado el joven mago, observando melancólicamente el cielo. – Ya está oscureciendo y mi señor no ha vuelto... tal vez tuvo problemas con el prisionero o tal vez tuvo problemas con los encargados de las tropas del castillo o tal vez su padre...

- Merlín. – Le llamo Lancelot con los ojos brillantes, mientras posaba una de sus manos desocupadas, sobre uno de los hombros del muchacho, quien ante el contacto se tensó por unos segundos. - No debe ser grabe. Vamos, a penas y el dios que trae la noche y el día decidió que era tiempo de oscurecer los cielos... – Le dijo con una gran sonrisa, mientras le encaminaba hacia la armería. – Si nos apuramos, podrá verle pronto.

- Lo siento Lancelot…- Dijo un poco triste el joven de cabello azabache, mientras apretaba los Girasoles entre sus brazos. – Últimamente me he notado un poco nervioso… - Su joven amigo de castaños cabellos le observo severamente al oírle hablar, por lo que emitió también un leve gruñido en desacuerdo. -…bueno, más de lo normal. – Merlín sonrió ante esto. – Deben ser mis sueños…

- Más tarde me contara que parte de sus sueños le preocupan. – Merlín asintió al darse cuenta de que el enamorado de Gwen ya le estaba abriendo la gran puerta de la armería, por lo que dejo espacio para que su amigo pasara adelante.

- ¡Cuidadoo!

Fue el grito de temor que ambos oyeron cuando se adentraron a la estancia, había sido la voz de Gwaine, quien había cogido bajo su cuerpo a los pequeños protegiéndolos de un enorme estante de roble que se había tambaleado, producto de que su ahijado mayor se había trepado a lo alto de este. Sin medir las consecuencias, el caballero alcanzó a proteger a sus pequeños del peligro, cubriéndolos con su cuerpo, pero no sintió nada caerle encima, ni siquiera algún escudo u espada, ni siquiera la gran cantidad de yelmos que contenía el enorme mueble no tan bien empotrado como pensaba que estaba. Asustado y con la adrenalina que sintió en ese instante, levanto la vista, para ver cómo era que su mejor amigo tendía sus manos ante ellos, ahí, paralizado en el umbral de las grandes puertas, con los ojos brillando en un dorado intenso…y todos los objetos que se suponía, debían haberle golpeado, se encontraban suspendidos en el aire.

Los Girasoles estaban regados ante los pies de Lancelot y de Merlín, los niños se habían quedado con la boca abierta al igual que la quijada del superior quien los resguardaba bajo su pecho. Gwaine intento articular alguna palabra, pero ninguna quiso hacerse presente. Lancelot del susto había soltado lo que llevaba en sus brazos, al igual que su amigo, quien de un momento a otro salió de su trance, para terminar por bajar con su magia los objetos que estaban en el aire, alejándolos de las personas a las que había protegido. Hecho esto, observó con temor, por última vez a su mejor amigo, quien aún intentaba decir algo, pero antes que dijera palabra alguna, retrocedió torpemente tras sus pies y salió corriendo del lugar.

- ¡Merlín! – Oyó el joven mago que lo llamaban desde lo lejos, tan lejos como sus piernas le habían llevado en pocos segundos. ¿Qué haría? ¡Gwaine le había visto! y por alguna razón la angustia lleno su corazón con la desesperación. ¿Qué pasaba con él? No se había sentido así cuando Lancelot se había dado cuenta, tampoco cuando su Gwen y su Morgana le habían preguntado discretamente sobre el tema… ¿Qué pretendían los Dioses?

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La clara noche había llegado sin esperar, la luz de la luna se colaba como el día de ayer por los ventanales del cuarto, la temperatura de la habitación se sentía tan cálida, que ya poco recordaba cómo se era aquel lugar sin la presencia de su amado consorte. Los grandes brazos de su amado le rodeaban con suavidad, pero con fuerza, mientras sentía el tranquilo palpitar del corazón y la casi imperceptible respiración de su compañero. No quería despertarle, pues desde hace varios minutos que había oído como removían muchas cosas dentro de su casa, seguramente solo faltaba que Fedric y Allen acomodaran lo que faltaba en su cuarto.

Le acaricio las mejillas con una de sus manos y suspiro el aroma de su marido una vez más. Pensó en la visita de aquella mañana, en los cuidados que había recibido tan cariñosamente, en las palabras de su Percival…en sus respuestas. Sus preocupaciones se disiparon al soñarle aquella noche, y durante su estadía con él durante la mañana, mientras su cuerpo se debatía entre la fiebre y la cordura.

Su marido había vuelto a casa, sano y salvo, aunque nunca se fue por completo; su marido se había ido para buscar respuestas a muchas preguntas y había regresado a su lado por mas réplicas; su marido le había preguntado sobre su pasado, y el, por primera vez le había hablado sobre los años que estuvo lejos de su lado durante la niñez…su marido le había confesado sus preocupaciones, su marido le había contado sus pesares. El solo pudo oír sus palabras, comentar algunas vivencias propias en las batallas...cosas no muy honrosas que le partían el alma. Sin embargo, se las dijo, con cuidado en escoger las palabras precisas y el tono adecuado, no quería que el amor de su vida sintiera pena por su persona, cuando él también había visto…

- Mis señores…- Se oyó el muy leve llamado desde el otro lado de la gran puerta del cuarto.

- Puedes pasar Fedric. – Le respondió al instante con el mismo tono de voz de su siervo, mientras intentaba no despertar a su marido, quien se removió un poco al no sentirle cerca, lo que le hiso sonreír. El siervo abrió con cuidado la puerta, dejando entrar con su paso la cálida luz de las velas. El joven alto, de cabello castaño cortó y liso, sonrió al notar como el consorte de su señor se quejaba en sueños por separarse de su esposo.

- Tenemos todo arreglado en los otros cuartos, solo falta su alcoba, pero me da pena que despertemos los dulces sueños de mi señor Percival. – Comenzó, con la diversión en sus palabras - ¿Ya se encuentra mejor? Al parecer la fiebre ya se fue. – Comento de lo más contento, dentro de lo posible, pues las palabras fueron dichas en un tono muy bajo.

- Muchas gracias cariño. – Le agradeció León, mientras pensaba en ayudarle a su siervo a encender las velas de su cuarto, por lo que Fedric sonrió a gusto, tendiéndole una de ellas a su amo.

- ¿Dónde va, mi León? – Fue la pregunta que se oyó clara, ante ambas personas, mientras ambos se devolvían las miradas, notando que el caballero se había despertado recientemente, al sentir como el rubio pelilargo planeaba separarse por completo de su lado.

- El señor Percival tiene los mismos reflejos de Allen. – Rio para sí, el siervo del de ojos verdes. León sonrió contentísimo, volviendo a su lugar en la cama, con Percival.

- Solo estaba por ayudarle a Fedric con las velas. – Le informo, mientras notaba con ternura como el hombre más grande bostezaba y volvía a envolverle entre sus brazos, para posar una de sus grandes manos sobre la frente del rubio.

- Ya no tiene fiebre, eso es bueno. – Sonrió dulcemente el caballero, mientras tomaba la vela que sostenía su marido y cambio de posiciones, arropando con las mantas y depositando un suave beso en la frente del de barba, para ir en ayuda del siervo del amor de su vida. – Debe tomar reposo, no debe levantarse… - Dijo pensativo, mientras el cuarto era iluminado cálidamente cuando se encontró con la compañía del joven alto y delgado, quien termino junto con el mismo de encender las velas de aquel candelabro. -…es un mal cuidador mi querido Fedric… - Le mencionó sin cuidado al marido de su siervo, al parecer ya había recibido comentarios al respecto. - …es mejor no dejarle a cargo de enfermos. Pobre de mí Allen.

- Eso es cierto… -Afirmo el nombrado, saludando con una marcada reverencia a los presentes en el cuarto, mientras brillaban dulcemente sus ojos oscuros, en contraste con sus claros cabellos largos. - mi Fedric no es muy hábil cuando se trata de cuidar a las personas. La verdad es que pienso que debieron llamarme a mí para cuidar de mi nuevo amo, mi señor. – Concluyo con una gran sonrisa, mientras mostraba el gran canasto que traía en las manos. -…seguramente, el hecho de que haya empeorado ayer fue culpa de mi marido, le pido disculpas a ustedes dos, mis señores.

- Eres tan dulce. – Susurro entre dientes el siervo de León, comentario al que rieron todos divertidos.

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Gwen y Morgana estaban contentísimas conversando de los nuevos ánimos de su señor Tristán, mientras observaban con detalle los bordados del pañuelo y el colgante de cristal que ellas mismas habían preparado para guardar el cabello de su amada Isolda. El gran hombre se encontraba en medio de la estancia de los aposentos del galeno, mientras era atendido hábilmente por el aprendiz más pequeño. Ciertamente, el caballero estaba asombrado de las habilidades del menor, pues en un santiamén le había terminado de quitar la armadura y luego de desinfectar la herida poco profunda, se encontraba vendando su hombro con mucho cuidado, por lo que el hombre de bucles grandes y oscuros, no podía dejar de sonreír.

- Muchas gracias pequeño Joseph, ha sido de mucha ayuda. – Le sonrió dulcemente el hombre de gran tamaño, mientras le ofrecía uno de sus brazos para ayudar al menor a bajar del mesón en el que se encontraba sentado. El menor sonrió ampliamente ante las palabras dichas, haciendo una linda reverencia a su señor, quien le acaricio los cabellos parecidos a los suyos pero más claros. Pero el sonido algo brusco de las grandes puertas de las estancias del médico de la corte llamaron la atención de estas dos personas, quienes vieron como Merlín había entrado, totalmente pálido, sin dejar de dar vueltas por el lugar hasta que se topó de frente con sus amigas y con Gaius, quienes se alarmaron inmediatamente al verle tan afectado.

- Amor mío, ¿Qué ocurrió? – Pregunto Gwenevere, tomándole de los brazos para que dejara de deambular sin sentido por entre los mesones y el pasillo. El joven mago se tensó al oírle hablar.

- Merlín…merlín ¿qué paso? – Pregunto acercándose la pupila del rey, mientras tomaba del brazo al galeno, para que se diera cuenta de que acababa de entrar su hijo muy perturbado.

- ¡Gaius! – Le llamo como un niño pequeño, mientras se lanzaba a los brazos del anciano, quien alarmado, intercambio miradas intranquilas con las muchachas.

- Merlín, ¿Qué paso? – Le pregunto el anciano, mientras intentaba que el muchacho le mirase a los ojos, por lo que le tomo del rostro con sus manos para que no volteara la mirada, la cual se llenó en un instante de lágrimas.

- ¡Moriré si me odia! – Soltó por fin el muchacho, mientras se deshacía en llanto entre las ropas del galeno y los brazos de las doncellas, quienes le acariciaban la espalda e intentaban calmarle. – Lo… lo siento Gaius…tuve que hacerlo.

Por un instante todo se paralizo y solo podían oír el lastimero llanto del siervo del príncipe, mientras la preocupación llenó el rostro de todos los presentes. Tristán sostuvo entre sus brazos a Joseph para calmarlo, mientras se mantenía el mismo a una distancia prudente, pues presentía que nada podía hacer para remediar el asunto.

Pronto hiso acto de presencia entre las grandes puertas abiertas Gwaine, quien agitado por la corrida, se detuvo ante la mirada escrutadora de todos los presente, mas intensificada por parte de las doncellas, quienes suspiraron aliviadas al darse cuenta de lo que ocurría. Segundos más tarde, tres pequeñas figuras se hicieron presentes detrás de las piernas del recién llegado, quienes observaban asustados a los adultos por los aconteceres.

- Merlín. – Le llamo compasivo el galeno, mientras notaba como de a poco el muchacho se estaba calmando. – Es Gwaine. – Mencionó lo último alegremente, mientras Morgana se puso de pie y llamó a los menores, incluyendo a Joseph para que la acompañaran a las recamaras para hablarles sobre el tema y lo que vieron hace pocos minutos. Gwen tomo del brazo al señor Tristán, quien compresivo la siguió también detrás de la pupila del rey, dejando solo al galeno, a Merlín y a Gwaine en medio de la sala.

- Merlín. – Le llamo suave el pelilargo, acercándose con cuidado donde su amigo. El nombrado se secó rápidamente las lágrimas en sentido contrario de su amigo, para que no notara lo mal que estaba, suspiro un par de veces, para luego decidir verle.

- Lo siento. – Se disculpó casi sin voz el joven mago, mientras más lágrimas se acumulaban en sus cristalinos ojos azules.

- ¡NO TE DISCULPES! – Le grito exasperado por la situación el pelilargo, haciendo que su voz retumbara dentro de la gran sala. Decidido salió con prisa del lugar, azotando con ello las grandes puertas de la estancia. Gaius, sonrió ante esto, observando como la pena en su muchacho se había disipado, siendo embargado por la duda en su rostro. Pocos segundos después las puertas se volvieron a abrir estruendosamente, dejando ver a Gwaine entrar decidido ante el joven mago, quien asustado cerró fuertemente los ojos ante la arremetida del pelilargo. – Pensé que eras más listo. – Fue lo que dijo su amigo, antes de abrazarle fuertemente.

- Buenos días a todos, señor Gaius, Merlín y Gwaine…-Saludo cortésmente el cuñado del rey, quien les sonrió amablemente, al notar que se asustaron al verle llegar tan repentinamente. – Veo que al fin el joven Merlín se propuso a contarle su secreto a sus amigos. – Menciono dejando estáticos a los más jóvenes. Gaius asintió ante las palabras del hombre de cabellos largos y rubios claros, quien sonrió dulcemente.

- Pero no fue por voluntad propia. – Acoto el anciano, observando el rostro de duda de los más jóvenes. ¿Qué era lo que pasaba? ¿Acaso el señor Lethol no apelaría en su contra? ¿No le diría al rey? ¿Por qué?

- Puedo verlo, mi señor Gaius. – Comento contentísimo el hombre, mientras observaba con cariño a Merlín. – Por cierto, él también lo sabe…hace mucho.

- ¿Qué…que sabe? – Pregunto sin querer darse cuenta el joven mago, sintiendo intensos escalofríos de nueva cuenta. El cuñado del rey sonrió algo preocupado, pero se acercó para tomarle de las manos al aprendiz de Gaius.

- Abre los ojos cariño…Arthur quería que se lo dijeras tú mismo, pero al parecer no planeabas hacerlo, yo simplemente deje que las cosas ocurrieran a su debido tiempo…como con nuestro rey. Él quiere verle, joven Merlín. Arthur le espera en los aposentos de su padre. – Suspiro pesadamente. – Espero que esta vez, si pueda contarle.

Notas de la autora:

Espero que les haya gustado el capítulo, buena suerte y nos estamos leyendo prontooo.