Notas:

Buenas a todas y todos los lectores, espero que no estén tan enojados con la demora, pero era inevitable.

Algunas notas antes de continuar con la lectura:

Primero, quiero recordar detalles. Las cursivas, para quienes tengan dudas, significan que los personajes se encuentran hablando en otro idioma.

Segundo y más importante, continuando con las advertencias de esta historia, dejo en claro que el siguiente capítulo contiene un acercamiento de carácter sexual algo explícito al llegar al final y por ello, están bajo su propia responsabilidad, aun cuando es un "primer acercamiento, no una consumación del acto sexual, si forma parte de ello" (Por último, agradezco la ayuda al Daniel y al Gorge, quienes han cooperado con la información con prácticas "reales" con respecto a "hacer el amor en una relación hombre/hombre"). Sin más distracciones, pueden continuar con la lectura

Shape of my heart

Capítulo IX: concilio

Por alguna razón el cuarto de mi padre se siente frio a pesar de los cortinajes abiertos y los débiles rayos del ocaso que se atreven a entrar en la habitación, sin embargo, él se encuentra de pie andando de un lado a otro con dificultad, murmurando algo entre gruñidos poco entendibles. Se detiene de vez en cuando, para observarme con insistencia y de vez en cuando se acerca para tomarme del rostro con ambas manos, oliéndome de vez en cuando dejándome una sensación extraña en el cuerpo.

Puedo ver cómo han pasado los años por su rostro, sus ojos tristes y profundos se han vuelto más cristalinos de como los recuerdo en mi niñez, siempre fuerte e impenetrable, ahora frágil, a pesar de poseer aun su gran porte y parecer en extremo sumiso ante tres personas en las cuales no me encuentro incluido. Aun así le observo, su figura se asemeja más a la de un león viejo y cansado que está teniendo su último suspiro.

- Padre, debería calmarse un poco. – Le sugiero con voz firme para sacarlo de sus pensamientos, mientras su cuerpo un poco encorvado se dirige en mi dirección. Tal vez me escuche en esta ocasión. - Recogeré los libros que…

- ¡No! – Me ha contestado al instante, mientras arrastra sus pies con dificultad hacia el balcón, ignorándome por completo y dejándome detrás de sus pasos intrigado por su actuar, sin permitir que me acerque.

- Padre, yo…

- Ve por Gorlois…- Fue lo único que mencionó por largos minutos de espera en un susurro, en tanto se dedicaba a observar la rápida llegada de la noche y las estrellas en el cielo. - ¿Por qué tarda tanto? – Se preguntaba a si mismo varias veces en murmullos de aflicción, mientras puedo observar como los cortinajes caen tras su figura demacrada por una vejez repentina, para instaurar más que una barrera entre nosotros.

Por alguna razón he quedado de pie mirándole curioso, pensando en sus peticiones. Muchas lunas han pasado desde la última vez que le vi de pie por su propia voluntad y la primera en la que me le encuentro llorando como un niño pequeño. Pienso en esto y en muchas cosas que han llegado a mí como en un torbellino. Pienso en la magia que permitió que yo mismo pudiese existir y pienso en Merlín. En mí amado Merlín…

Sin embargo rio por dentro, pues, tanto pensar en él, al parecer le ha llamado. Por supuesto que no es así, mi querido tío fue a buscarle hace poco, pues mi padre está esperándole. Siento como pide permiso para entrar al cuarto, aun cuando los guardias se encuentran abriéndole las grandes puertas y el paso, para que entre en el dormitorio.

- Buenas noches, mi señor. – Saludó torpemente al verme, haciéndome una reverencia muy marcada, bajando más de lo normal su cabeza, aun cuando soy el único al que puede ver, pues mi padre no le ha sentido allá por el balcón.

- Buenas noches, mi Merlín. – Le devolví el saludo, pero frunzo el ceño al ver su reaccionar, pues se ha dado cuenta de que buscó instintivamente sus ojos al entrar en la habitación. He notado marcas rojas recientes bajo su electrizante mirada que me rehúye por el momento. La culpa cae sobre sus hombros por tener la piel tan blanca. Ha estado llorando, lo que no me hace gracia, menos cuando no puedo preguntarle directamente, pues el rey se encuentra cerca. – Mi padre le espera en el balcón. – Menciono con un suspiro, negando con la cabeza, haciéndole entender que cuando lo presente terminase, tendríamos una conversación, a lo que Merlín niega de inmediato, aproximando rápidamente sus pasos a mí encuentro. Al parecer, algo importante ocurrió.

- Acabo de oír…- Me habló muy bajo Merlín por miedo a ser oído por mi padre. -… que usted sabe que yo…

- ¡GORLOIS! – Le llamó el rey tan fuerte que se sintió como un desgarro en el alma de los presentes. Ambos voltearon el rostro hacia el balcón, notando como la figura del rey se removía de un lado al otro, por lo que el joven mago lo pensó rápidamente. Poso una de sus manos sobre el hombro se su señor, quien se acercó un poco más para oírle.

- Usted sabe de mi magia. – Fue la afirmación de Merlín en un susurro lo suficientemente alto para que el rubio pudiese escucharle. El corazón del príncipe dio un vuelco. – Sé que no soy bueno mintiendo… - Siguió hablando tan rápido y tan bajo como sus pensamientos le ordenaban a su boca. - …y no sabría decirle cómo es que tan pocas personas saben sobre esto…- El príncipe se quedó perplejo a las palabras del moreno, quien se notaba preocupantemente sumido en la elección de sus palabras, mientras su corazón era presionado por temor a que el rey se acercara a ellos, por lo que las lágrimas una vez más le traicionaron. -…pero acaba de ocurrir algo...y ahora Gwaine lo sabe…Tristán también…incluso los niños…

En un impulso de ímpetu demandante, Arthur cogió la muñeca más cercana del menor, para elevarla hacia sí, asustando a Merlín, quien insistió en ocultar su rostro y cerrar fuertemente los ojos, oponiéndose al contacto con su mano libre sobre el pecho del príncipe, quien aún traía la armadura puesta.

- ¡Merlín! – Le llamo con voz fuerte, paralizando el cuerpo del nombrado, haciendo que este le mirara directamente a los ojos. – No es el momento, mi padre se encuentra a unos pasos, no podemos…

- ¡Pero Arthur! – Se salió de si por unos momentos el más bajo, elevando también la voz al golpear frustrado con su puño cerrado en sí mismo el pecho de su señor, quien le observo sorprendido y por primera vez en mucho tiempo, sintió temor por las palabras que pudiesen salir de los labios de aquel hombre que tenía en frente. – La vez que se lo dije, ni su padre y ¡por todos los dioses! Ni usted quiso creerme. – Fueron las palabras que Arthur escucho una y otra vez dentro de su cabeza, a la vez que sentía a través de su armadura como Merlín seguía golpeándole con insistencia el mismo lugar del pecho, donde se supone que se encuentra el corazón. - ¡Y usted ya lo sabía! ¿Qué se supone que debo hacer? ¡Yo..!

- ¡Gorlois! – Exclamó, llamando a Merlín con una alegría inmensa el rey, mientras intentaba hacer a un lado los cortinajes con mucho esfuerzo. – ¿Es usted? – Se oyó ilusionada la cansada voz del rey, mientras se removía entre cortinajes.

Merlín detuvo sus golpes en seco al oír a su rey, y con ello, también se detuvo su respiración. El temor llenó su mirada al igual que al rubio quien le sostenía fuertemente contra sí mismo. Y un segundo pasó, dos y tres más, cuando Arthur soltó su agarre de la muñeca del moreno, quien le observo intensamente intentando que alguna palabra saliera de sus labios en respuesta de la pregunta de su rey, más que nervioso e intentando secar las lágrimas que pararon a causa del susto que recibió al oír su llamado.

- Mi Gorlois – Le llamó nuevamente, con el cariño inundando su timbre de voz, al instante de parecer en el salón.

- Mi señor... – Le saludo al verle con una torpe reverencia con el susto en el alma, mientras iba a su encuentro titubeante, porque al parecer, fuera de su reciente discusión, el rey no les había oído. - …muy buenas tardes.

El príncipe pudo ver como su padre observaba embelesado a su siervo, mientras este intentaba dejar de lado sus fuertes sentimientos e intentar sonreírle a su presencia, a pesar de los fuertes temblores del moreno producto de las emociones. Su padre al parecer no se había percatado de esto, pues además de avejentado, se encontraba bastante ciego, aunque por ello, no dejaba de reconocer a ciertas personas y Merlín era una de ellas. El rey le abrazo, notando el temblor en el cuerpo del menor, quien se encogió ante esto, sin embargo el mayor le abrazo con más fuerza.

- Le ocurre algo mi Gorlois…- Menciono serio el rey, ante el abrazo asustadizo del siervo. – Debe ser por culpa de ese joven que no quiere que le vea. – Suspiro agotado, mientras Merlín sacudía la cabeza negando los pensamientos de mi padre. – Ese joven, no me agrada…no ha querido traerle a mi lado, mi Gorlois.

El joven aprendiz optó por tomar de las manos al padre de su señor, para llevarle a paso lento a tomar asiento al gran sillón de la sala, frente a la chimenea cuyo fuego se estaba extinguiendo. Pero el rey iba despacio y Arthur no había reaccionado al ver el actuar de su Merlín, simplemente se había quedado pensando en las últimas palabras que salieron de su boca. Sacudió sus pensamientos y se apresuró a ir a un lado de su padre para ayudar al moreno, pero el anciano le detuvo con un leve gesto de su brazo y la fría mirada que poso sobre él, dejándole paralizado, mientras observaba como era trasladado lentamente hacia un lugar cómodo frente al fuego.

- Esperé su llegada, mi Gorlois. – Sonrió amablemente el hombre, ignorando completamente a su hijo, quien opto por acompañarles desde una esquina de la habitación, lo suficientemente cerca al menos para oír la conversación. El rey posó una de sus manos sobre las del menor que le sostenía por su brazo izquierdo, agradeciendo sus atenciones. – Pero a mi hijo le cuesta…- Mencionó apoyándose en el joven mientras se sentaba. - …cumplir mis deseos. Además, ya no viene a verme.

- No diga esas cosas mi rey, su hijo se encuentra aquí, con nosotros. – Mencionó acongojado Merlín, mientras cruzaba su mirar con el de su príncipe, a quien lo delataba abiertamente un fuerte sentimiento de dolor ante las palabras de su padre.

- No…- Suspiro con notorio cansancio el gran hombre. -…usted es el único que me ha hecho caso siempre. – El pelinegro suspiro algo frustrado. Con su rey no podía discutir…una vez lo intento durante tanto tiempo, que Gaius se lo tuvo que llevar a la fuerza, pues podía ser débil físicamente, pero su testarudez podía con cualquiera y aun así, para Merlín, la mente del hombre que tenía en frente se había ido lejos hace ya muchas lunas.

- Mi señor…- Le llamo dulcemente el siervo real, mientras permanecía dócil ante las grandes manos de su rey que jugueteaban con su rostro, observándole de todas las maneras posibles desde la posición en la que se encontraba, haciéndole voltear hacia los lados en varias ocasiones. - …ha estado viendo su reino durante mucho tiempo esta tarde.

- No he parado de llamarle desde que Lethol se fue…y mi preciosa Morgana también…aunque he estado esperando a mi amado hijo…pero él no sigue mis consejos.- Le informó al joven ante él, dejando su cabeza en paz, para posar su profunda mirada en los ojos del menor, quien se quedó largos momentos hipnotizado por el dolor en la mirada de su rey.

- Ha estado llorando mucho, mi señor. – Dijo a modo de observación el siervo, comentario al que el anciano negó con la cabeza.

- Usted ha estado derramando lagrimas por los pasillos…le he visto. Debe ser por ese joven que viene…a verme con frecuencia…él le hace daño… - Mencionó poniéndose de pie con las energías que había tenido para hacerlo aquella tarde, dejando a los dos jóvenes perplejos ante su actuar.

El rey miró con sus ojos cansados su alrededor, asintió y negó un par de veces pensativo. Detuvo su búsqueda ante la preocupada mirada de Arthur y la figura de quien el rey creía que era su amigo de la infancia y el primer marido de la dueña de sus sueños. El príncipe se acercó a su padre para servirle de apoyo, pues al parecer tenia deseos de caminar, pero al llegar frente a él nuevamente el hombre le rechazo extendiendo su gran brazo ante su hijo, manteniendo la distancia entre ellos.

- No. – Volvió a decir por quinta vez desde que Arthur se había encontrado con el aquella tarde. – Solo quisiera caminar…- Menciono profundamente dolido, dejando atrás el enojo con el cual se había negado recientemente. – No quisiera verle…ese joven es quien le hace llorar, mi Gorlois…se parece mucho a mi hijo…

Merlín, triste como estaba al ver una vez más como su señor era rechazado por su padre, se acercó a un lado del rey, disculpándose mudamente ante su príncipe por la situación en la que se encontraba, pero este solo negó con la cabeza derrotado ante la intención de su siervo por hacer entrar en razón a su padre, optando por hacerse a un lado.

- ¿Quisiera caminar conmigo, mi señor? – Le ofreció uno de sus brazos el moreno, notoriamente cansado.

- Si…solo quisiera andar un poco. – Le respondió alegremente a Merlín, aun con su cansada y ronca voz, mientras el más bajo le servía de apoyo al gran hombre que paso uno de sus brazos por los hombros del más bajo y comenzó a dar pasos calmos hacia fuera de su cuarto, acción que no había hecho desde tres lunas llenas exactamente, por lo que tenía a Merlín nervioso y a Arthur preocupado, optando por seguirles desde cerca.

Los guardias se sorprendieron al verles andar por los corredores y Arthur les pidió dejar la guardia, pues ya caía la noche y pronto llegaría la nueva a reemplazarles. Los hombres dieron su respectiva despedida y partieron con el permiso del rey, quien se maravilló con las luces que los cristales de los vitrales dejaban ver durante el poco tiempo que duro el atardecer y pareció triste al notar como los colores desaparecían con la llegada del manto oscuro. El príncipe prendió las velas de aquel pasaje, mientras su padre daba cortos pasos tarareando una canción que solía cantarle a su amada esposa, al menos eso le había contado a Merlín mientras paseaban despacio una y otra vez.

- ¿Puede cantar para mi… aquella canción que solía trinar… nuestra amada Igraine? – Le pidió el rey con los ojos llenos de una ilusión infantil, mientras el joven asentía quedamente, sabiendo que aquella melodía vino a él con las palabras de su rey.

Quédate conmigo, luna de mi vida.

Te amare hasta el final de los días

Bésame incontables veces,

Cientos y miles de veces...

Soy la estrella en lo alto del cielo.

La luz que guía tu vida.

OoOoOoOoOoOoO

León respiraba con dificultad desde hace un tiempo. Los siervos de ambos se habían ido hace un par de horas luego de tomar los alimentos con ellos y velar porque nada les faltase, pues mañana darían por oficial el traslado del caballero más temible de Camelot a los aposentos del rubio, sin embargo, lo único en que podía pensar Percival era en esperar que a su marido le bajara la fiebre con la ayuda de las telas que humedecía para pasárselas por el rostro. León estaba transpirando más de lo normal de una manera agitada y angustiante ¿Qué haría si la fiebre no bajaba? El señor Gaius le había advertido sobre la temperatura elevada, pero no podía dejar de preocuparle, pues su León se quejaba en delirios y se movía impaciente en el lecho.

- Per…cival...- Le llamó entre gemidos lastimeros el de bucles rubios, mientras intentaba abrir los ojos sin éxito.

- Mi León, aquí estoy. – Le respondió al instante, una vez que se recostó otra vez a su lado mientras recogía el sudor de su cuello con rapidez.

- No, Percival…no. – Habló con extrema tristeza envuelto en el delirio, uno de los caballeros más nobles que se han conocido alguna vez en las tierras de Albión. - …si usted se va…mí amada madre…y ese hombre…- Calientes lágrimas cayeron de los ojos cerrados del hombre, cegado por la temperatura. Percival le miro asombrado, pues sintió como su niñez había llegado ante el en un instante. - …ella me defendió…

OoOoOoOoOoOoO

El sonido de cadenas se escuchó por unos momentos, mientras el galeno revisaba el costado del gran hombre frente a él. Las mazmorras estaban húmedas pero la herida del prisionero había empezado a sanar hace un par de horas ante la tenue luz de la gran antorcha que les permitía a ambos subordinados del rey de aquellas tierras, poder ver ante tanta sinuosidad.

- Ha tenido suerte de ser encontrado por nuestro Tristán. – Comentó el médico de la corte, mientras blanquecinas telas se teñían con un rojo ya oscuro por el paso de las horas. - Aunque su mal estado se lo atribuyo a un combate anterior, no a esta herida reciente. – Siguió comentando el anciano, colocando ungüentos de aromas fuertes, al momento que masajeaba lentamente la inflamación del costado. - Solamente se le ha abierto y para mala suerte, está infectada; por ello se encuentra débil.

- Ha de tener fiebre. – Comentó con certeza el tío del príncipe, mientras dejaba de observar admirado la gran armadura del Adalid que había llegado aquella mañana a sus tierras. – Señor Dengisik, ¿dejaría que le tomara la temperatura?

- Mi alma ya ha sido encomendada a sus atenciones…- Dijo el gran hombre, frunciendo sus facciones en el momento en que el galeno insistía en raspar la herida de su costado a causa de evitar una futura infección. - …no me negaría a nada en estos momentos.

- Me alegra saber que ya se encuentra calmada su alma.- Sonrió el de largos cabellos, al acomodarse más cerca del fornido cuerpo que se posicionaba en frente, para poder extender una de sus largas y blanquecinas manos sobre la frente del prisionero y de este modo acercar sus labios a la frente del cuerpo que con tanto ahínco se había esmerado en limpiar horas antes.

- Cualquier cosa, mi señor Lethol, por el toque de sus manos y más, si así enfermo, puedo sentir el rose de los labios…por parte del subordinado del rey. – Habló totalmente relajado el bárbaro, tan solo al notar la inclinación hacia él, por parte del siervo del rey, en una situación de total entrega por parte del atendido, lo que hizo saltar en un respingo al cuñado del aun rey de estas tierras.

- ¿Cómo está su temperatura, mi señor? – Pregunto el galeno, aun inmerso en sus atenciones sobre la herida que limpiaba.

- Elevada, mí querido Gaius…

- Entonces le pediré a Merlín que traiga un jarabe para la infección; con eso bajara. – Aseguró el anciano, mientras tomaba entre sus manos un cuchillo diferente para seguir insistiendo en la herida. – Aunque, esta vez le pediré mi señor, que le explique al señor Dengisik, que debe recostarse…pues esto dolerá un momento. – Lethol asintió, comenzando a preparar un lecho improvisado.

OoOoOoOoOoOoO

- ¡Mer-Mer tiene magia! – Canturreo alegremente Ethan, el menor de los ahijados de Gwaine, quien hacia saltar sus grandes bucles castaños como un resorte, cada vez que mencionaba esta frase como un gran anuncio dentro de los aposentos del galeno, mientras era alentado por la subordinada del rey.

- ¿Mi señora, está bien que los pequeños sepan estas cosas? – Expreso su preocupación Gwen mientras se paseaba frenéticamente de un extremo al otro de la habitación.

- ¡Es como si ya lo hubiese soñado, mi amada Gwen! – Anunció alegremente la pelinegra, danzando por la habitación con una enorme sonrisa, mientras sostenía entre sus brazos a Gabrielle, quien daba pequeñas risitas producto de las vueltas interminables de la doncella al mismo tiempo en que intentaba seguirle el ritmo a pesar de la gran diferencia en estatura.

- Un mago…- Suspiro pensativo Tristán, mientras observaba sus amplias palmas, como si fuese lo más interesante en el mundo. - …debió ser difícil ocultar tal secreto de todos…de todos nosotros. – Gwaine, quien se encontraba sentado a un lado del gran hombre, poso uno de sus brazos en el hombro más cercano, como una manera de otorgar apoyo. – Puedo imaginar como el delgado cuerpo de mi amado Merlín tuvo que soportar por tanto tiempo la angustia, el temor, la tristeza y la miseria por no poder decir palabra alguna; el no poder comunicar sus angustias; la amenaza de muerte segura…¡por los benevolentes Dioses! Ellos les han dado grandes confidentes, ¡mi preciosa Morgana, mi bella Gwen y nuestro querido galeno! Gracias por resguardarle entre sus brazos…

OoOoOoOoOoOoO

La noche se hacía presente y con ella el frio del ébano. Sin embargo, una cálida luz irradiaba en el gran cuarto de una pareja que se miraba intensamente por primera vez luego de lo que se hacía parecer una eternidad. Amplias y fuertes manos acariciaban la espalda de un pelilargo que no podía apartar su mirar de los ojos brillantes de su reciente marido, mientras se aferraba de alguna manera del cuello de la ropa de cama de quien le otorgaba tan sugerentes caricias, provocando en él un fuerte palpitar y ciertas cosquillas al rozar el mismo sus blanquecinos pies con los de su amado caballero.

- ¿De verdad está mejor? – Preguntó Percival por quinta vez desde que su flamante esposo despertó de los delirios de los que era preso.

- La fiebre se fue. – Respondió la voz clara de León, mientras se aferraba con firmeza entre los brazos de su consorte y sentía el calor recorrer su cuerpo al acariciar con sus mejillas el cuello del más grande, sintiendo el suave roce de la incipiente barbilla. – Desapareció mi malestar…pero ahora me preocupan los deseos en mi interior, mi amado Percival.

- Entonces la temperatura de su cuerpo no es debido a la fiebre. – Disipó sus dudas el caballero de ojos pardos con una bella sonrisa y una ansiada afirmación. El rubio negó con un ademan que hiso sonreír aún más al caballero más temible de Camelot, mientras notaba como el cuerpo de su acompañante de años sentía la necesidad de rozarse por completo al suyo.

- Mi amado marido…- Suspiro el rubio con los ojos cerrados, disfrutando del agradable fervor del que era preso conscientemente. -…lo amo demasiado. - Menciono deseoso de observar la respuesta a sus palabras y a la sutil y necesaria acción que realizo al juntar sus caderas, notando que su cercanía era correspondida favorablemente.

- Mi León…- Suspiro Percival retorciéndose ante la esperada sensación que le regalaba su consorte, en tanto le acercaba más aun a su cuerpo, para comenzar a besarle sutilmente, pues su atención se encontraba reaccionando por completo más abajo.

El segundo al mando de los caballeros de Camelot, no podía sentirse más complacido por el reaccionar de su pareja y su sonrisa entre besos produjo un mayor entusiasmo en el hombre más grande, quien se aventuró a seguir más adelante con las caricias. Poco a poco Percival había llevado sus grandes manos al trasero del de ojos verdes que estaba completamente sumido en las nuevas sensaciones que por primera vez experimentaban juntos. Despacio siguieron las caricias por las largas piernas del pelilargo, quien reía entre cosquillas, suspiros por besos que le dejaban sin aliento y el saber que el mismo ya se encontraba ansioso por desatar los pantalones de su amado, mientras el de pardo mirar, recorría su propio camino, torturándole al levantarle lentamente el largo camisón que utilizaba para dormir.

Percival se deshacía en besos y las caricias que podían recorrer sin detenerse si quiera por el atractivo cuerpo de su consorte, mientras este se encrespaba por no saber qué hacer con el enorme placer que estaba sintiendo.

- ¡Percival! – Estalló León con la voz elevada por las caricias y el suave contorneo de sus caderas al rozarse. Su marido se detuvo al instante, reteniendo su respiración, lamentando al instante haber hecho algo mal. Sin embargo, el rubio pelilargo no pretendía salir del fuerte abrazo con el que se había aferrado al cuerpo de su amado. – Me encantaría hacer el amor con usted, mí amado Percival. – Suspiro, mientras un escalofrío involuntario recorrió su espalda.

El caballero más temible de Camelot sonrió ampliamente.

- No tiene idea, mí amado León, por cuanto espere para que dijera esas palabras. – Mencionó con la sonrisa más hermosa que el rubio hubiese visto antes, o al menos eso fue lo que le pareció en aquella ocasión, pues habrían cientos más con el pasar del tiempo.

Y como si la ansiedad hubiese dominado por completo el gran cuerpo del mayor, Percival se levantó del lecho, para dejar caer la poca ropa que llevaba. Decidido, se incorporó nuevamente en medio del tálamo para atraer hacia así a León, quien simplemente se dejó hacer, puesto que su marido le quitó en un abrir y cerrar de ojos el camisón que ya llevaba a mitad del pecho. Ambos enrojecieron ante esto, pero ya estaba todo decidido. Percival se acercó a su pareja a gatas, separando con cuidado las piernas del más bajo a un costado de sus caderas, mientras era recibido gustoso entre sus brazos, rozándose sus miembros completamente erectos por la presión nueva que sentían. Sin embargo, se quedaron unos segundos en donde ambos se sintieron cálidamente resguardados con tan solo abrazarse y sentir el entusiasta palpitar del otro.

- Sé que duele, amor mío…- Comento el rubio tranquilamente, mientras acariciaba la gran espalda de su marido. -…y también sé que es eso lo que le detuvo la vez pasada… pero a pesar de eso, quisiera intentarlo, mi amado Percival. Por usted, podría aguantar cualquier cosa…- Sonrió soñadoramente el de verdes ojos, mientras el mayor le acariciaba la nuca con ambas manos, recostado sobre su pecho levemente, mientras mantenía su peso sobre sus rodillas y seguía escuchando el impetuoso palpitar del corazón de su consorte. – Pero he preguntado…y solo duele las primeras veces, sin embargo, puede que no sea tan grave si se hace con cuidado.

- Sé que mi amado esposo confía en mí. – Comentó tranquilamente el más alto, tomando fuertemente pero con cuidado del cabello de su amado con una de sus largas manos, para exponer su cuello ante él. Una pequeña risilla se oyó en la habitación, producida por múltiples besuqueos en la yugular del más delgado, pero no por ello con un cuerpo menos trabajado. – También temo que me dejara hacer lo que me proponga y satisfaga mis deseos sin oponerse…que dejaría incluso que yo, su amado esposo, no consume el ritual en esta ocasión…porque su consorte fue consciente y también despejo sus dudas.

- ¿Lo sabe entonces mi Percival? – El caballero asintió firmemente. – Aceptare no consumar como los Dioses mandan, sin embargo, le demostrarte lo mucho que le amo por todos los días de mi vida y mucho más.

- Espero poder cumplir con sus deseos.

- Siempre lo hace, mi amado Percival…- Y el caballero más bajo, comenzó con suaves besos que fueron respondidos al instante, al mismo tiempo que los escalofríos que se perpetuaron con el roce de sus cuerpos de manera lenta, disfrutando de las caricias y los cariños, conociéndose en la desnudez por primera vez.

El despertar fue asombroso. Era increíble como la piel reaccionaba a las caricias y el calor en ambos aumentaba tanto como las respiraciones algo agitadas contribuían a que la sangre llegara rápidamente a sus miembros que eran estimulados gracias al movimiento continuo de sus caderas; entre besos profundos y respiraciones fuertes de parte de ambos, aumentaba la presión y con ello, el rápido ascenso al clímax.

La primera vez de ambos, ocurrió rápida y duro casi un instante. La excitación pudo más con ellos y solo basto con unos momentos masturbándose mutuamente para terminar el suplicio primero. Las respiraciones agitadas se calmaron y se sonrieron ambos divertidos por lo ocurrido. Se fundieron en un abrazo y el mayor acomodo al rubio sobre su cuerpo, repartiendo caricias, relajándole por completo.

Pero segundos más tardes, León sintió las manos de su amado sosteniendo su trasero con firmeza y comenzó a masajearlo. A pesar de la sorpresa de este acto, el de ojos verdes se abrazó más aun al cuello de su marido y abrió las piernas en una posición por lo demás cómoda, en donde podía mover sus caderas al compás en que las grandes manos de su amado le acariciaban. Notó sorprendido como su respiración se veía agitada nuevamente y como su ano se contraía una y otra vez debido a las manos de su amado consorte. El caballero más temible de Camelot suspiraba con los movimientos involuntarios de su amado esposo y se deleitaba como a la vez este disfrutaba sus carisias dejándose hacer. León temblaba de vez en cuando y levantaba sutilmente el trasero ante las manos inquietas de su amado, quien se dispuso a utilizar una herramienta que le facilitaría las cosas de ahora en adelante.

Percival rápidamente tomó un frasco lleno de aceite que le había dado el señor Gaius esa misma mañana, llenó una de sus manos para frotarlas y darle más calor a sus palmas antes de tocar nuevamente con expectación los glúteos de León, quien completamente sonrojado frotaba sus miembros duros nuevamente en un vaivén que le dificultaban las cosas al más alto.

- ¿Qué…qué es? – Pregunto el rubio al sentir la sustancia llenando su trasero por completo, mientras era arrastrado por las mantas de su lecho para que se colocara en medio del lugar, boca arriba y con las piernas abiertas en todo su esplendor, más rojo que una rosa roja y tan o más excitado que momentos antes.

- Aceite. – Respondió rápidamente Percival, mientras se posicionaba a un lado de su marido, apegado en lo más posible a su costado, rodeándole por los hombros, para que el pelilargo apoyase la cabeza en uno de sus grandes brazos, para colocar su mano derecha entre las piernas, continuando con sus cálidas caricias, haciendo que su pareja abriera por instinto aún más, mientras le besaba necesitadamente.

- Creo que funciona. – Afirmo, suspirando el rubio mientras se retorcía de placer al contacto de la mano de su esposo, quien sonrió ante este comentario.

- Tome mi mano. – Pidió y al instante su ansioso León se aferró al caballero entre suspiros. - ¿Duele? – Pregunto expectante a las reacciones de su consorte, quien negó en un ademan rápidamente.

- Siento… una presión allí abajo…

- La idea es que se acostumbre…- Menciono Percival, mientras se incorporaba un poco más, levantando consigo un poco el cuerpo del rubio, quien instintivamente comenzó a acariciar su propio miembro, pues con la intromisión del mayor, la erección había perdido su vigor y aquella era una muy buena idea. – Mi León, déjeme ayudarle. – Sugirió, aun que le parecía muy sensual ver como su marido intentaba darse placer el mismo.

El caballero más alto se levantó para cambiar su posición. Se introdujo entre las piernas del menor, acostándose entre ellas, mientras que con su único dedo en el interior de su marido continuaba dilatando su entrada, en tanto con su mano libre masturbaba al rubio. León suspiro desesperado ante las atenciones de su amado, quien disfrutaba ver como su pareja se retorcía entre las mantas; oportunidad que aprovecho para introducir un segundo dedo.

Por las expresiones del pelilargo, el caballero más temible de Camelot opto por aumentar el ritmo de sus caricias, para disipar pronto el leve dolor que sintió su pareja con su intromisión. Nuevamente en pocos minutos la excitación de León se hacía sentir en la habitación; los suspiros y quejidos que no podía disimular, los temblores en los músculos de los muslos y los pequeños espasmos que hacían que se marcaran sus abdominales en su blanca piel no se hicieron esperar, sin embargo, la desesperación de León fue peor cuando a su marido se le ocurrió besar y lamer su miembro. Pocos minutos después, el rubio se encontraba exhausto, intentando recuperar el aliento, mientras su marido se incorporaba abrazándole, mientras aún mantenía dos de sus dedos reposando en la cálida cavidad.

- ¿Se encuentra bien, mi León? – Preguntó entusiasmado al notar como el rubio sonreía ante lo recién vivido.

- Excelente. – Contestó más que sonriente, abrazándose por completo a su marido. - ¿Los dejara dentro? – Pregunto curioso, pues la intromisión no le molestaba para nada.

- Me temo que mi miembro es algo más grande que dos dedos. – Comentó en respuesta Percival, a lo que el rubio rio a carcajada limpia, abalanzándose en un gran beso hacia su marido.

- Temo que es cierto.

- Si los dejo…más pronto ya no dolerá.