Shape of my heart

Capítulo X: Pasado.

Lo único que iluminaba el cuarto aquella noche eran dos velas de un candelabro al lado del lecho del rey y la consoladora y dulce voz de Merlín, quien aún tarareaba la canción que tanto le gustaba al dueño de aquellas tierras. El joven príncipe simplemente observaba intranquilo la situación aparentemente "tranquilizadora", sentado entrelazando sus piernas a un costado ante la gran chimenea desde donde podía ver, entre los grandes cortinajes, la silueta de su padre recostado sobre los almohadones y al joven dueño de sus sueños, a un costado; quien comenzaba a bajar el tono de su voz cada vez más. Despacio… cada vez más bajo fue el tarareo del moreno, quien beso la frente del gran león enfermo y desató la amarra de los cortinajes que envolvían el dormir del dueño de aquel castillo.

El corazón de Arthur se puso ansioso al notar el movimiento del mago, pues su atención se dispararía hacia él. Su mente se puso en blanco y solo pudo ver lentamente los movimientos de Merlín hacia donde se encontraba. Tomó asiento de rodillas en frente de su intensa mirada.

- Merlín, yo…yo…- El rubio no sabía que decir. Y simplemente opto por guardar silencio y esperar a que el moreno le diese alguna señal de su enojo. Pero el pelinegro parecía confuso. La batalla campal de sus pensamientos no le dejaban hablar, pues al menos eso parecía, ya que los labios se abrían, pero ningún sonido se escuchaba y los brazos se alzaban y volvían a su primera posición, aunque tensa y algo temblorosa.

Sin embargo, su cuerpo reacciono a los pocos segundos y se alzó hasta abrazarse fuertemente del cuerpo del hombre frente a él por unos momentos.

- Mi señor, gracias por no hacer un alboroto de todo esto. – Mencionó algo más calmado, aunque el príncipe podía percibir que no todo estaba tan claro, no al menos para el mago, si para él. – Y…no sé qué más decirle. - Hablo rápido y totalmente convencido, mirándole directo a los ojos, esperando algún tipo de ayuda.

Pero el príncipe rio.

Bajo, para no despertar a su padre, pero lo hizo.

Se tapó la boca con una de sus manos, pero siguió riendo.

Y una lágrima de entusiasmo broto desde uno de sus ojos.

Pero la limpio en cuanto la sintió venir.

- Por todos los Dioses mi Merlín... – Comenzó calmándose de su ataque de nervios. – Soñé… tantas veces con este momento y en ninguno de aquellos sueños imagine que podía ser tan simple. – El moreno abrió sus ojos enormemente a las palabras de su señor, incluso con un deje de haberse sentido ofendido por ello, pero no dijo nada para contradecirle. Pocas veces este muchacho se había mordido la lengua para aceptar cualquier cosa que viniese. – Sé todo lo que debo saber y entender por ahora, más tarde hablaremos de lo que haga falta, solo prométeme una cosa…

El mago no tuvo más opción que asumir sus acciones, sintiendo como en un segundo todos los males del mundo le habían dejado atrás, dejando que respirara su cuerpo y mente de nuevo.

Y el mago asintió a las palabras que vendrían, tomándolas como una orden y más que eso, un deber.

- Canta para mí la última estrofa de aquella canción que te pidió mi padre. Piensa que va a ser una promesa entre los dos, hasta que los Dioses decidan llevarnos con ellos.

Y Merlín comprendió.

Y comprendiendo, Merlín cantó.

Prométeme que seguirás conmigo,

Aun en las noches más frías.

Son míos tu pasado, tus sueños y suspiros.

Me entrego por entero: mi luz y mi alma.

Quédate conmigo, vida mía.

Te amare hasta el final de los días.

- Soy su siervo, mi señor. Tendría que morir para no cumplir con esas palabras. - Razono el mago, creyendo fervientemente en su analogía. Pero Arthur suspiro y cerró sus ojos preocupado, omitiendo todo aquello que quería decir.

- Prométeme que cantaras esta estrofa y pensaras en lo que significan estas esas palabras, cada vez que sientas paz en tu alma o después de un día arduo de trabajo o cuando su mente se acuerde de mi existencia.

- Mi señor Arthur, si me pide eso, estaría cantando todo el día. – El príncipe sonrió.

- ¿Se da cuenta que nos hacía falta el trabajo y la ayuda del señor Geoffrey?

- No lo decía por eso o por el…creo que no se da cuenta que mi mayor preocupación es usted.

OoOoOoOoOoOoO

Había oído alguna vez o leído en un poema de viejas palabras casi olvidadas, que los espejismos existen. Y existiendo, atormentan cruelmente los corazones de aquellos que buscan olvidar y no pueden hacerlo. Así era la vida tranquila de Lethol, el cuñado del león cansado de aquellas prosperas tierras.

Si cantar le hacía olvidar lo que fue, leer le ayudaba a no pensar; meditar sobre lo que pudo haber sido y no fue. Enseñar a sus discípulos le incentivaba a seguir con su vida. Observar y respirar le socorría a vivir el vacío del presente que lo acechaba; a caer en cuenta de que el ya no estaba en los sentidos que antes ocupaba con gozo y estruendo. Y su ser, ya no estaría nunca más como años atrás.

Después de todo, él era como la primavera.

Y en el presente, su existencia se había vuelto otoñal. Llena de gamas infinitas de colores terrosos, rebosante de vida húmeda como la tierra misma, pero a la vez, falto de aquella chispa que le llenaba de vida.

Así pensaba que sería su vida: apagada y tranquila.

Al menos, hasta que su destino se cruzó con aquel gran hombre envuelto en pieles gruesas y toscas manos grandes que lastimaban al contacto con su piel. Una verdadera bestia, que ahora se encontraba enferma a causa del viaje, la crueldad del camino y una pelea con uno de los caballeros más temibles de aquellos lares. Lo más parecido a un animal salvaje que se había atravesado con un gran obstáculo impenetrable: la decadencia del cuerpo producto de la enfermedad. Lo único que puede derrotar a un hombre formidable, atlético, fuerte, capaz de sobrevivir ante la crueldad del clima y los desaires de la naturaleza.

Sin embargo, aquel hombre le había caído como una mala sombra de su pasado.

Por ello el interés.

Le había recordado su juventud y la gran razón por la que se sentía en deuda con Merlín.

Tan solo por el sorprendente parecido a él, el gran amor de su vida. Aquel que nunca olvidaría.

- Debo ser paciente…- Suspiro Lethol, el de largos cabellos claros, mientras saludaba a los guardias de noche que resguardaban los salones del rey. - …Porque él se fue a morir lejos de aquí. Y los muertos no regresan ¿Cierto, amada hermana mía? – Le pregunto melancólicamente al gran cuadro colgado en la pared, fuera de los aposentos del león dormido de aquel castillo. – Siempre fuiste tan sabia… - Continuó hablándole al cuadro con una melancolía muy profunda, rosando con sus largos dedos la tela pintada, sintiendo las crestas del rastro del óleo. - ¿Quisieras hablarme en sueños y aconsejarme nuevamente? Lo apreciaría mucho, lo sabes.

- Mi señor Lethol, ¿Ha venido a decir buenas noches al Rey? – Pregunto algo inquieto el moreno, mientras se asomaba por completo desde la gran puerta del dormitorio del dueño de aquellos dominios. Merlín se había asustado al sentir pasos, pues aun no habían terminado su conversación con Arthur.

- Buenas noches mi querido, estaba aquí para pedirle un favor, aunque viendo la falta de luz, no estaría del todo mal ocuparme de ambos asuntos. – Dijo sonriendo, al ver la cabeza asomada de su rubio sobrino. – Buenas noches también para usted Arthur.

- Buenas noches amado tío. ¿Cuál es el favor del que habla? Estábamos terminando un asunto con Merlín.

- Oh! Lo siento, pero esto es de urgencia. Hay un hombre en las catacumbas con una terrible fiebre a causa de un veneno contraído días atrás, ¿Recuerdan al señor bárbaro que trajo nuestro Tristán? Pues, los Dioses se lo pueden llevar al Balhalla si no recibe la adecuada atención.

- ¿Se encuentra tan mal? – Pregunto sorprendido Merlín.

- Si cariño…Gaius me pidió que viniera por usted y le llevemos un menjunje que había realizado esta mañana, si es posible.

- Por supuesto y me imagino que necesitaran otras cosas, yo… - Merlín se devolvió a observar preocupado al dueño de su vida.

- Te acompañare, después podemos continuar con lo que tenemos pendiente.

- Bien, pueden adelantarse muchachos. Debo darle las buenas noches a nuestro rey.

- Entonces vamos a buscar lo que haga falta, nos encontramos en las mazmorras, mi amado tío.

- Tómenlo con calma, Gaius le está controlando aun. – Lethol, quien se notaba cansado, se acercó a cada joven y deposito un suave beso en sus frentes. – Iré pronto con ustedes.

- Usted tampoco se apresure, mi señor Lethol, nuestro rey ya se ha dormido. – Informo el moreno, mientras ya sus pasos se alejaban lentamente, pues la información que le había dado lo había dejado preocupado.

Los tortolos desaparecieron rumbo a donde los frascos y especias les aguardaban a ser encontradas. El hombre de largos cabellos claros y piel blanquecina se había preguntado muchas veces antes, si tendría algún aroma el llanto. Se detuvo al haber atravesado la puerta del cuarto para aguardar algunos segundos y centrarse en su nariz.

- Al parecer no queda aroma, pero si una sensación en el cuerpo…- Pues los surcos debajo de los azules profundos del joven mago, no habían pasado desapercibidos por el cuñado del rey. – ¿Sabia mi rey, que el sufrimiento se siente en el alma? – Le susurro el de ojos como el cielo, una vez sentado junto a él y dentro de los enormes cortinajes que no le dejaban ver a su señor. – Aquí, en el pecho. – Dijo, tomando la gran mano del rey y posándola sobre su corazón. – Cada vez que lo veo, el corazón se me llena de una pena enorme, por muchas cosas…muchísimos sentimientos que me cuesta contener…

-Igraine… - Soltaron los labios cansados del Rey.

- Debería dar las gracias a los Dioses por dejar que recordara el pasado, ¿no lo cree, Uther? No debería ser tan ingrato con lo que ellos me han dado…- Lethol acaricio sutilmente una de las mejillas del rey. - Que tenga dulces sueños, mi señor. Iré a recordar un poco lo que fue de mi vida.

OoOoOoOoOoOoO

- Las damas se han ido a la cama al igual que mis pequeños amores. – Comunicó Gwaine, a la pregunta que el mago le había hecho al encontrarle solo en los dominios del galeno del reino, acompañado si, de bastante comida.

- Gracias por ir a dejar al pequeño Gabrielle también. – Le agradeció cariñosamente al pelilargo con un efusivo abrazo el joven mago. – ¿Y Tristán? – Preguntó de vuelta el joven pelinegro, mientras buscaba por los estantes unos frascos bastante pequeños.

- Se encuentra cansado, así que espero que este soñando con su dama. – Y dicho esto, el autoproclamado mejor caballero de Camelot, se metió un gran emparedado en la boca. - Y ustedes, mis amigos, ¿Qué maldades se encuentran tramando? – Comento con los ojos chispeantes, mirando efusivamente al futuro señor de aquellas tierras con los brazos cruzados sobre su pecho y sentado descuidadamente con los pies firmes en el suelo de madera.

- ¿Mal-maldades? – Reacciono ofendido el rubio ante aquella coloquial pregunta. – Creo estar lo suficientemente atareado, para comportarme como usted, mi buen Gwaine. – Le contestó el de ojos azul claro, devolviéndole el mirar divertido al notar como el pelilargo recibía su respuesta dramáticamente ofendido.

- ¡Pero mi señor! Que me divierta con mis pequeños amores, no es sinónimo de perder el tiempo, ¿usted qué cree Merlín?

- Creo que está haciendo un excelente trabajo. – Y Gwaine le mostro la lengua burlesco a su futuro rey en tanto su mejor amigo se dio la vuelta y volvía a sus labores. Una venita apareció palpitando en un costado de la frente de Arthur. – Y no le haga muecas a su futuro rey.

- Es más su rey que mío…- Refunfuñó bajito el pelilargo, ofuscado porque le había reprendido alguien que quería mucho. El rubio le observó interesado.

- Si lo dice porque soy su siervo, si, tiene toda la razón, pero no por eso debe burlarse de él, le debe respeto.

- No lo decía por eso…- Siguió sintiéndose menospreciado en sus intenciones. – Sabe usted que no controlo mis actos…además, no es culpa mía que no preste mucha atención a lo que digo.

- ¿Qué pasa Gwaine? Anda más sensible de lo habitual, ¿Le paso algo? - Le pregunto el mago, dejando la canasta que estaba arreglando a un lado, para sentarse a un lado de él, para tomarle de las manos en un cariño que le demostraba a su amigo que tenía toda su atención.

- Me sigo sintiendo pasado a llevar…su rey sabe quizás hace cuanto lo de su magia; intento no ponerme celoso, pero ¡por todos los Dioses! Me siento terriblemente mal, porque soy su amigo más cercano y no me había dado cuenta…bueno, había pensado que de vez en cuando ocurrían cosas extraordinarias a su alrededor, pero nunca pensé que fuese por eso.

- Me duele mucho verle así, mi Gwaine. – Le consoló Merlín con un abrazo muy fuerte y se quedó ahí, acariciándole el cabello. – Sé que debí hablar de esto antes, a todos ustedes. – El mago miro de reojo a su futuro rey. – No puedo hacer más que pedirles perdón. – Y Merlín beso dulcemente una de las mejillas del pelilargo para volver a abrazarlo. – Lo siento mucho.

El príncipe quedo boquiabierto. Pues el autoproclamado mejor caballero de Camelot, le había guiñado un ojo al volver a abrazar al mago.

- ¡Yo! ¡Yo también me siento mal por todo esto! – Dijo al instante el príncipe exasperado. – ¡Esto no es justo!

- ¡Mi Mer- Mer! Arthur también quiere una disculpa. – Salto Gwaine, con una sonrisa tan grande que no cabía en sí mismo.

- ¿Uhm? Ya le di una disculpa, cuando estábamos arriba con el rey.

- ¡No es lo mismo! – Salto más que molesto el rubio.

- ¡Wooo! Ustedes sí que viven al extremo, ¡son unos atrevidos! – Gwaine estallo en una gran carcajada, haciendo el ademan de taparse los ojos de vergüenza.

- ¿Qué pasa? No entiendo, ¿Qué fue lo que hice? – Reclamo alterado Merlín, por que la conversación cambio de un momento a otro y ya no comprendía nada de nada.

- Mi Merlín. – Dijo más calmado Gwaine, aun con una sonrisa más que grande en su rostro. – Su príncipe también quiere un beso. – Dos segundos pasaron sin que ningún sonido se escuchara. – Aquí. – El pelilargo se autoseñaló la mejilla y negó con la cabeza por su torpeza. – Digo, aquí. – Continuo, señalando la mejilla del príncipe, quien había quedado de piedra ante las palabras de su caballero. – O aquí. – Señalo la otra mejilla del rubio. – O por aquí… - Terminó señalando los labios del futuro rey. – Tendrás que elegir, hay más opciones, si quiere le ayudo. – Por…

El carraspeó de la garganta del galeno, hiso que Gwain volviera a su puesto, para continuar devorando su emparedado.

- Sabia que debía venir a buscarles, se han demorado demasiado mis muchachos. – Menciono grave Gaius, quien serio a mas no poder, había traspasado la estancia para tomar del gran mesón, la canasta que ya estaba casi lista por su ayudante, con la cual también, completo su viaje estrechándose pesadamente en la cabeza del pelilargo. – No les molestes, ellos sabrán que hacer y cuando.

- ¡Gaius! Eso dolió. – Se quejó sobándose la nuca mientras reclamaba con la boca llena.

- Si quieres también puedes venir. Estamos tratando al bárbaro que trajo nuestro Tristán y está un tanto delicado. Debemos actuar rápido, pues tiene temperatura y hay que tratar la infección.

- ¡Eso es terrible! – Se sobresaltó Merlín, quien salió rápidamente a subirse en uno de los bancos de los estantes, para coger un gran frasco allí en lo alto.

- Se me había olvidado donde lo había puesto, gracias hijo. – Le agradeció el galeno, dándole espacio para que el joven pelinegro se adelantara en el camino a las mazmorras, mientras miraba con una mirada reprobatoria a los dos jóvenes que se apresuraron por salir detrás del moreno.

OoOoOoOoOoOoO

Los Dioses ya lo habían dicho,

Y la Luna en el manto negro resplandece.

Eres más que mi alma y la vida,

Eres lo que me tiene preso de día y en sueños.

Eres lo que deseo, lo que amo, lo que tengo;

Hoy y siempre, hasta el final de mis días.

El cuñado del rey aún se encontraba limpiando con sumo cuidado una herida que el gran hombre llevaba al costado, era bastante profunda y se notaba que había perdido mucha sangre, por lo que el atendido se encontraba más que somnoliento.

- No debe quedarse dormido, señor Dengisik. – Le había advertido el de cabello largo y rubio, con voz firme, mientras desatendía unos segundos lo que se encontraba haciendo, para posar una de sus manos en las mejillas del bárbaro y asegurarse de que se encontrara despierto.

- Aun estoy con usted… mi señor Lethol, no se preocupe… quiero oírle cantar. – Reacciono por quinta vez, desde que el galeno los había dejado para ir en busca de los medicamentos que necesitaban para mantenerlo estable.

- Siento interrumpir, mi señor Lethol. – Se hizo notar el joven mago ante la gran puerta del cuarto, sintiéndose observado por ambos.

- Otro siervo…

- . – Le contesto el rubio sonriéndole amablemente, haciendo un ademan, para que el moreno entrase al área de trabajo. – Le presento al señor Dengisik, el guerrero que trajo consigo Tristán.

- Mucho gusto. – Le saludo dulcemente Merlín al convaleciente, mientras le tocaba la frente, apartándole parte de la larga cabellera del rostro. - Espero que no sienta mucho dolor. – Observo con mucha curiosidad a su superior, con muchas preguntas en su corazón, pero detuvo el mismo sus ansias. – Es un idioma muy lindo, aunque algo brusco y grabe. No creo que me haya entendido algo. – Sonrió ante sus palabras el más joven, mientras revisaba el trabajo realizado por el cuñado del rey.

- No lo entiende, pequeño. Pero puedo ser su traductor. – Le alentó a seguir con lo que quería decirle. – Aguarda un momento.

- ¡Y luego me enseña aquella canción! – Rio entusiasmado el moreno a la afirmación del mayor.

- Es lindo el muchacho…

- Lo es. – Le afirmo el rubio, poniendo toda su atención en el gran hombre de frondoso cabello negro rizado. – Él se llama Merlín aquí, en su lengua es algo distinto… ¿Cómo le llamarían ustedes en las tierras del norte? Algo así como Lailoken.

- Es poco común, aun allá. – Afirmo, observándole atentamente, ya más despierto.

- Al entrar, Merlín pregunto si sentía dolor, alabo su idioma natal y me pregunto si podía enseñarle la canción que estaba cantando. A todo ello, dije que sí.

- No se equivoca, mi bello cisne de ojos color cielo. – El bárbaro se quejó un momento, por la revisión de las heridas en su costado. – Debería…enseñarle al muchacho…las virtudes de mis tierras…no todo es cruel y duro…también tenemos riquezas.

- La fiebre se debe a un veneno muy fuerte, mi señor Dengisik. – Aseguró el joven mago, tomando entre sus manos el gran frasco que había traído con él.

- Merlín dice que la herida del costado tiene veneno. – Le informó el hombre blanquecino de cabellos largos y claros.

- Con esto lo contrarrestaremos, pero…duele. – La mirada de Merlín se mostraba dudosa por la preocupación.

- ¿Que le ocurre a la panterita? – Pregunto acomodándose en su puesto el gran hombre, teniendo dificultades para quitarse algunas pieles de su cuerpo, acto a lo que Lethol y Merlín reaccionaron al instante, ayudándole uno a cada lado a sentarlo en su lugar.

- Dice que puede contrarrestar el veneno con un ungüento que ha traído, pero que el procedimiento trae mucho dolor. – Le explico tranquilamente, mientras hacia lo posible con el moreno, para desamarrar las pesadas pieles que el gran hombre traía puestas.

- Ya se encuentra aquí, amado tío. – Dijo a modo de saludo el príncipe, aprontándose para ayudarle a su siervo a acomodar como es debido al prisionero, para poder quitarle las grandes y variadas capas de pieles al hombre.

- Se han tomado su tiempo, jovencitos. – Rio un poco el rubio pelilargo al verles entrar al galeno acompañado de los dos jóvenes. Gwaine le había pedido permiso para ayudarle al príncipe a acomodar al hombre.

- Servirá este ungüento. – Afirmó seriamente el galeno, revisando el frasco con el antídoto. - Solo necesitamos manos fuertes para sostenerle, Gwaine, Arthur, deben sujetarle para que nos deje hacer el trabajo. - Ambos muchachos asintieron tomando sus posiciones. El joven mago se quitó el pañuelo que traía en el cuello y lo doblo varias veces, para entregárselo al tío de su príncipe.

- Mi señor Lethol, pídale al señor Dengisik que se lo ponga en la boca, para que tenga algo que morder.

- Merlín le está pidiendo que muerda su pañuelo, para que no se haga daño. – Le sugirió el cuñado del rey.

- Me alegro que la pantera se preocupe por mi bien estar. – Sonrió cansado el bárbaro, dejando que lo sujeten de la mejor forma. – Pero mi alma se alegra mucho más que usted lo haga. – Lethol se ofendió ante eso. Y de manera rápida, tomó entre sus dedos la nariz del hombre y levanto su cabeza, haciendo que este instintivamente abriera la boca y con ello le puso el pañuelo, cubriendo sus dientes.

- Preocúpese de morder fuerte. – El bárbaro le respondió algo que no pudo deducir, por el pañuelo.

- Voy a proceder. – Dijo el joven mago, con los ojos muy abiertos ante el costado del gran hombre y Gwaine, observando con determinación al prisionero, quien asintió en total entrega.

Y los gruñidos retumbaron en la habitación por unos cuantos minutos.

- Seguirá transpirando por unas horas aun. – Comunico el joven mago preocupado por la salud del prisionero, mientras le secaba el sudor del rostro una vez terminada su tarea y le acercaba a los labios un gran cuenco con agua fresca.

- Merlín. – Le llamó algo cortante el príncipe. – No es necesario que tenga tantos cuidados con el prisionero.

- Pero se encuentra convaleciente, mi señor.

- No se preocupe, mi Merlín. – Le dijo el subordinado del rey, acariciándole la mejilla al moreno y tomando entre sus manos el cuenco de agua y la pañoleta que le había pasado Gaius para quitarle el sudor de la frente. - Pueden partir. Yo me quedare aquí un tiempo más.

- Debe tomar reposo. Bueno, siendo prisionero no creo que pueda hacer mucho. – Rio algo alegre el galeno, quien se puso a tomar de nueva cuenta sus cosas dentro de la canasta. Tomó dos frascos pequeños, para pasárselas a su ayudante.

- Mi señor Lethol, debe beber un sorbo tres veces al día por una semana. Espero que me llame si necesita alguna cosa o si la fiebre no cesa de aquí a mañana. – Le informó el joven mago, algo inquieto, pues ya sentía que no debía estar en ese lugar, debido al trato cortante de su señor Arthur.

- Al parecer los reyes de estas tierras no tratan como se merecen a sus siervos. – Comentó tranquilamente el gran hombre, que era devuelto al contacto con la almohada de aquella celda. – La panterita esta triste.

El rubio pelilargo le observo severamente.

- ¿Qué ha dicho el prisionero, amado tío? – Pregunto con un deje de molestia el príncipe de aquellas tierras. Se notaba en sobremanera que no le agradaba para nada no comprender que decía el recién llegado.

- Nada de importancia, cariño. – Sonrió melancólicamente el mayor. – Solo debería dejar de fruncir tanto el ceño por nimiedades.

- Dígale al príncipe, que si no cambia su actuar con la panterita, más de alguno de sus siervos desaparecerán cuando me vaya lejos de estas tierras. – Comentó el gran bárbaro, luego de beber los medicamentos, observando insistentemente al joven mago, quien había sido puesto atrás de los dos caballeros y de vuelta en camino a los aposentos del galeno. – Hay nieve y el clima es cruel, pero los mantendré calientes y bien alimentados siempre.

- No lo dudo…

OoOoOoOoOoOoO

- Gwen, estoy preocupada…- Se hiso entender la doncella a su mejor amiga, mientras se alistaba para dormir detrás del gran biombo de su cuarto. Su sierva, se encontraba sentada a los pies del lecho, mirando su silueta preocupada ante las palabras de su señora.

- Ellos no pueden hacerle daño dentro de sus sueños, ¿verdad Morgana? – Le preguntó, algo atormentada por sus propias dudas, pues ella no era quien soñaba tales atrocidades.

La morena pelilarga, se encontraba acomodándose el camisón que utilizaba para descansar. Se acercó junto a su amiga y le tendió el cepilló para el cabello, algo ida.

- No lo sé…solo espero que esos niños se encuentren con bien.

- Quedan dos días.

- Así es, mi Gwen. – Afirmo con grandes ojos, observando la luz de las velas del cuarto y las sombras que tintineaban en contraste con sus cuerpos en las murallas a lo lejos. – Quisiera preguntarle más cosas a ella, tengo muchas preguntas aun.

OoOoOoOoOoOoO

- Solo digo que es una lengua tosca y por todos los Dioses, es bárbara. – Dijo enojado el príncipe, mientras daba vueltas de un lado a otro dentro de los aposentos del galeno, mientras Gwaine seguía comiendo su emparedado a medio terminar y Merlín le servía el té a Gaius.

- Eso no tiene nada que ver. – Salto molesto el joven mago, apartando la tetera del tazón que atendía y mantenía a el galeno con el alma en un hilo, mientras veía que su hijo en cualquier momento le dejaba caer el agua caliente encima. – Es muy útil. Imagínese, ¿qué hubiese pasado si nuestro señor Lethol no supiera aquella lengua extranjera?

- Me hubiese conseguido a alguien en el pueblo que le pudiese entender. – Le contesto rápidamente el príncipe, aun furioso por alguna razón.

- ¿Y si no se consigue a nadie? Vamos, mi señor, ¡es un bárbaro! En mi vida había visto uno, incluso en el pueblo en el que nací, que está más apartado que Camelot de las tierras bajas, me sorprendería mucho si hubiese pasado ahí uno alguna vez. – Gwaine se atraganto con la comida y levantó los brazos para respirar más fácilmente.

- Yo creo que esta discusión no debería haberse hablado. – Comento entre algunos carraspeos y tosidos. – ¡Es ridículo! ¿Cómo íbamos a saber que caería en nuestras manos un bárbaro? Ahí nieva casi todo el año, además, ¿qué es lo que le preocupa de verdad a nuestro príncipe sobre ese prisionero o su lengua? De verdad no lo entiendo. – El mejor amigo del moreno se puso de pie, en favor de su amigo.

- Bueno. – Paso de Gwaine el león rubio. – Si hubiese pasado alguno por su pueblo anteriormente, mi Merlín, no creo que hubiese quedado algo en pie, pues ellos arrasan con todo y lo más importante, nunca andan solos.

- Pero este sí. – Comento el galeno, de lo más tranquilo, terminando de servirse el agua para su té que había quedado inconcluso.

- Eso es un hecho; pero se los digo, tendremos problemas con el aquí. – Concluyo el príncipe sumamente convencido de sus palabras. – en una semana o en un par de días, estaremos llenos de ellos rodeando el castillo y saqueando a mi pueblo. – Se sentó cansadísimo el rubio, cayendo pesadamente a un lado del galeno, sirviéndose un poco de pan y carne.

- Son peligrosos Arthur, eso lo reconozco…- Le comento el galeno, bebiendo su té despreocupadamente. - …pero aquel señor que se encuentra en las mazmorras es un líder innato. Tendremos que negociar de buena forma su libertad. No van a venir centenares a buscarlo, después de todo, su comunidad es pequeña.

- No es un hombre malo. – Comento con cariño el joven mago, mientras le servía un tazón de té a su señor y a sí mismo. – El señor Lethol se veía muy cómodo junto a él, incluso le canto una canción muy linda. – Comento entusiasmado el mago.

- Mi tío es otra historia…por los Dioses, deberé hacer que no le vea tanto. – Gruño el rubio cansadísimo, parecía que cada vez se enteraba de cosas más desagradables.

- Su tío se encuentra resguardado de guardias en las mazmorras, no podría estar más seguro…- Le resto la importancia melodramática que sentía el rubio. - …además, si tan seguro esta de que vendrán más hombres de tierras lejanas, lo más sensato sería que dejase que nuestro Merlín aprendiera lo básico. – Los ojos de Merlín no pudieron evitar sonreír e iluminarse por las palabras de Gaius.

-Solo si la conversación se queda hasta aquí y mañana vienes temprano a mis aposentos Merlín, necesitamos hablar un poco más. – Sentencio el fin del tema hasta mañana el de rubios cabellos.

- Como usted diga, mi señor. – Asintió el moreno, de lo más alegre.

- Siempre pierde las discusiones, mi futuro rey. – Dijo divertido Gwaine, tomándose un gran tazón de leche tibia. Arthur refunfuño completamente vencido por el cansancio.

- No pienso refutarle eso…solo quiero comer algo e irme a la cama. – Concluyo totalmente cansado. – Voy a hacer como que no oí nada.