Shape of my heart
Capítulo XI: Preguntas.
Los rayos del sol de la mañana habían pedido permiso para asomarse por los grandes ventanales y cortinajes del gran cuarto que compartía una joven pareja, quienes revueltos y envueltos por los ropajes dormían profundamente, bueno, al menos uno de ellos.
Sus grandes ojos se sentían curiosos, por lo que se dedicó a examinar meticulosamente el largo cuello de su pareja, mientras también tocaba suavemente con las puntas de sus dedos el recorrido que hacía con la mirada. Serró los ojos y siguiendo el calor, el aroma y la suavidad de la piel expuesta, dio suaves besos con sus labios y roses con sus mejillas durante incontables segundos.
- Sigue teniendo fiebre, mi León…- Comentó algo adormilado el caballero más temible de aquellas tierras, mientras le devolvía los cariños con el rostro, deteniéndose de vez en cuando en las mejillas de su pareja. – Debe beber los medicamentos que le ha dejado el señor Gaius y tomar reposo…le traeré algo para comer y beber. - Fue lo que declaró el más alto, levantándose perezosamente del lecho a gatas y poniéndose de pie, para observar el gran cuarto. Levantó sus brazos llevándolos a lo alto del cielo, para estirarlos. Percival dio un gran bostezo y se declaró los ánimos a sí mismo en un segundo.
El rubio pelilargo le observo quedo recostado entre las mantas y su gran camisón. Al reconocer la suave tela se sentó en su puesto para colocárselo nuevamente, mientras le seguía la pista a su amado esposo, quien después de vestir algo más cómodo para las labores domésticas, se encontraba buscando sus menjunjes.
- Aquí tiene. – Le señaló el más alto, tomando asiento a un costado del lecho, para que el de ojos verdes le sonriera y bebiera un sorbo de las hierbas.
- Gracias… Percival, déjeme ayudarle, también puedo bajar a… - Tal vez deberíamos imaginar el tipo de expresión que este gran hombre le hizo a su pareja, el cual quiso dejar hasta ahí la conversación y volver a recostarse en el lecho, arroparse nuevamente y observarle con grandes ojos, hasta que sus pasos se alejaron por las escaleras.
Segundos después, se oyeron como unas cuantas ollas cayeron al suelo.
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Vagando en sueños, la pupila del Rey de aquellas tierras se había topado con un gran complejo de piedra. Se trataba de un pequeño castillo o lo que fue de él, pues las plantas y los arboles le tenían casi destruido completamente, y sin embargo, gracias a ello, la morena podía apreciar maravillada la belleza que los años de completo abandono le habían dado al lugar.
"Me encantaría conocer estos lugares en la vida real y así, poder traer a Gwen y a Merlín conmigo…ver estos paisajes sola, no es muy agradable... por más que les cuente como veo las cosas, no pueden darse cuenta de lo atemporal que me siento." La princesa siguió mirando como los pozos, los asientos de piedra, los grandes pilares y paredes, se perdían entre la maleza, las hojas que cayeron de los árboles y las ya crecidas ramas de arbustos colgantes que las envolvían.
Y podía ver a la luna en lo alto del cielo, teñida de un anaranjado especial, que hacía que el ambiente fuera dotado de más belleza aun. Pero todo eso fue dejado de lado en la mente de la dama, cuando ella apareció nuevamente, herida como la noche anterior, con su elegante vestido maltratado y cortado, con rastros de lodo seco que la cubrían por completo y opacaba el hecho de las múltiples heridas, rasguños y cortes que la recorrían por completo.
"Mi señora Thorey" Saludo al instante al verle su sobrina, corriendo con los pies descalzos entre las hojas secas y la tierra húmeda.
"Mi bella Morgana" Corrió a abrazar a la morena más joven. "No podía esperar para verle" y un sollozo se le oyó de inmediato. "Hoy tengo más tiempo…y por los Dioses, los pequeños siguen bien"
"Tengo tantas preguntas que hacerle" Le hizo saber la princesa, mientras tomaban asiento en la gran fuente del lugar, haciéndose espacio entre las ramas y hojas. "¿Dónde se encuentra ahora, mi señora?"
"Muy cerca de Camelot, en un par de horas continuare mi viaje"
"Puedo enviar algunos caballeros para que vayan en su encuentro…sigue herida…" La mujer mayor negó con la cabeza en un ademan y volvió a sonreírle.
"Son solo heridas superficiales, vida mía, que no le preocupen."
"¡Pero, mi señora, puedo ir a buscarle, protegerla, salvar a los pequeños y a usted también, por supuesto!"
"Con calma pequeña…las cosas son difíciles." La mujer tomo un largo suspiro. "A pesar de poder ver el futuro, no puedo cambiarlo por más que quiera, pequeña mía." La mujer de azul mirar, sonrió a pesar de sentir una enorme pena. "La misión que tengo es difícil…esperar es más complicado de lo que pudiera haber pensado en mi juventud. Desgasta física y psicológicamente, se te va el alma…pero aun debo explicarle algunas cosas, preciosa mía." Morgana se mordió la lengua una vez más. "Quisiera saber si usted conoce la historia de Nimué"
"¿Nimué?…mi Merlín conoció una dama con ese peculiar nombre, mi bella tía"
"¡Oh! Entonces haga el favor de consultar con Gaius sobre la historia que hay detrás de aquel nombre, seguramente al conocer a esa muchacha, Gaius recordó muchas cosas…" Thorey parecía más joven, pese al cansancio que teñía su estampa en aquellos momentos. "Pregunte por la ubicación del lago en la historia, si bien se encuentra cerca de su castillo, aparece y desaparece según las necesidades de quienes quieren visitarle"
"¿Un espejismo?"
"Más que eso, querida mía, es la salvación a donde me dirijo."
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- Esta lista el agua de la bañera, mi señor. – Anunció Merlín desde el interior del gran biombo que lo cubría por completo. – Ya puede entrar.
El príncipe suspiró.
- Merlín…- Dijo con cansancio, observando como el moreno se trasladaba hacia el otro extremo de la habitación para tomar un gran tazón, con el cual pretendía prepararse un poco de té.
- Si, mi señor. – Respondió automáticamente el de ojos claros, notoriamente más alegre que el día anterior.
- No quiero que arregle el cuarto, ya hable con los demás criados, ellos se harán cargo de esas cosas, usted tiene otras obligaciones. – Le hiso saber por décima vez aquella semana.
Pero el mago, luego de preparar la infusión, se había dirigido por inercia hacia el lecho de su futuro rey, donde ya se encontraba sacudiendo y quitando las mantas para volver a ordenarlas. El rubio, al oír el sonido de las sabanas y almohadones moverse, se hubiese dirigido inmediatamente a detener al moreno, pero se encontraba casi desnudo, pues estaba a punto de introducirse en la bañera. Lo pensó mejor y nuevamente asumió que eso sería inevitable.
- No es molestia para ellos que haga uno que otro quehacer, además, de esta forma espero a que se entibie mi té. – Dijo, de lo más divertido, mientras oía como el agua se movía unos pasos más allá. – ¿Esta bien la temperatura del agua, mi señor?
- Muy agradable, gracias Merlín.
- ¿Necesita algo más?
- Solo que vengas a beber tu agua caliente aquí. – Dijo completamente relajado por el caliente líquido que lo rodeaba. El mago rápidamente termino de acomodar las mantas y los almohadones en su lugar, para coger su tazón y acercarse con precaución, para no derramar el contenido del recipiente. El pelinegro se acomodó en el suelo, sobre una gruesa alfombra de piel y se apoyó suavemente en el gran biombo de roble que le separaba de su dueño, quien mantuvo lo más que pudo la nariz bajo el calor del agua.
- Anoche, usted dijo que haría preguntas, mi señor. Puede preguntar lo que sea. – Habló totalmente relajado el mago, después de darle un pequeño sorbo a su tisana.
- Me preguntaba… ¿Cómo fue su niñez?
- Fue…algo extraña. – Mencionó el moreno, luego de meditarlo un poco y de no estar seguro de lo convincente que se oiría su respuesta. – Desde que puedo recordar he vivido con mi madre, hasta que me envió con Gaius. – Merlín pareció recordar muchísimas cosas de aquellos tiempos, pero en su cabeza pareciera que no podría contarlos todos a la vez, necesitaría tiempo para explicarse, aun cuando quisiera contarlo todo en pocas palabras, para que su señor tuviese las respuestas y curiosidades que deseaba saber de él. – Vivía una vida tranquila en el campo, rodeado de ríos y de frondosos árboles, los cuales decorábamos para la llegada de las distintas estaciones, para algunas uniones y, para la llegada del nuevo año entre otras fiestas. Solía ser parte de las grandes festividades de los pueblos cercanos. Solían ir en mi búsqueda para Yule o Imbolc, incluso para celebrar el Ostara y Litha, aunque mi madre no dejaba que saliera de casa cuando llegaba Beltane, pero aun así, todo me parecía muy alegre. - La frente del príncipe se marcó al oír lo último que había mencionado el moreno, pues tendría algo de trabajo en aquella fecha. Sin embargo, el más bajo rió melodiosamente al recordar aquellos momentos. - ¿Cómo celebran Beltane en Camelot, mi señor?
- Se realiza una fiesta con muchos alimentos deliciosos y aunque está más orientado a los jóvenes, solo he sido participe visual del evento, como lo que ocurrió con nuestro León y Percival. No he sido muy reacio a participar fervientemente en él. En cambio muchos de los caballeros a mi cargo, se encuentran ansiosos de perseguir con cumplidos a las doncellas y a los siervos del castillo…para mi últimamente se ha hecho incomodo pasear por estas tierras rodeado de todo eso, no sé cómo explicarle. – Arthur quedó totalmente perturbado por sus propios pensamientos ante una celebración que veía tan lejana de él. – No me puedo hacer una idea de cómo lo celebran en su pueblo, mi Merlín. - El mago suspiro, pensando unos momentos en cómo explicarle a su príncipe lo siguiente…
- Como es uno de los días más especiales del año para mi pueblo, debido a las celebraciones del Sabbat, los hombres jóvenes se reúnen cuatro lunas antes, para seleccionar el roble más hermoso y "transportable". Suelen talarlo y llevarlo al centro de la localidad y erguirlo hacia lo alto. Las damas durante las noches de luna siguientes lo adornan con sus propias cintas, flores, velones e inciensos preparados para la "gran noche". – Contó el moreno, como si estuviera recordando un evento maravilloso.
- Los siervos suelen hacer algo similar por aquí. – Mencionó el rubio haciendo memoria de las pocas veces que bajó al pueblo para aquellas fechas. – Hay muchas flores y arreglos con cintas por todas partes, las damas bailan con largos vestidos en círculos, mientras los hombres las observan y esperan su turno desde los extremos.
- Así es, en mi pueblo, por lo general son los varones quienes desde lo lejos escogen a sus presas, como cuando usted va de caza. – El príncipe arrugo la frente.
- Ya me temía que por allí seguiría la historia y debo agradecerle asu madre por sus cuidados.
- Pues sí, mi futuro rey, si bien en esencia son las mismas y la temática no varía de su significado, en los campos todo es más duro. – Merlín hizo una pausa para beber de su bebida caliente. – La vida es más tranquila, no lo negare, se crece a la par con la naturaleza, pero con ello hay un cambio…las personas demuestran cuan salvajes pueden llegar a ser. Mama… - Fue lo que dijo Merlín para quedar pensativo unos momentos. – Mama se esforzaba mucho para que no nos pasara nada durante esas noches. Comprenderá que el ser viuda no es un título suficiente, para alejar a los hombres de sus necesidades básicas, más aun, siendo un niño, todas esas noches pude ser testigo desde el más profundo amor, hasta las atrocidades más injustas que una persona puede vivir.
- Me alegra saber que se encuentra hoy aquí conmigo y no en sus tierras. También lamento el deceso de su madre…Gaius me lo informo hace no mucho, más bien por curiosidad mía.
- Mi madre murió y por ello estoy aquí con usted. Ella y Gaius han sido amigos desde niños, me sorprende que hayan mantenido correspondencia por tantos años y que él me haya recibido como su protegido tan rápidamente, solo le bastó verme a los ojos. – El moreno rio al recordarlo.
- Fue como un flechazo, mi Merlín.
- Eso me ha dicho y lo agradezco tanto. – Una gruesa lágrima recorrió hasta el mentón del mago, pues su cosquilleo remeció el cuerpo de donde surgió, por lo que la manga de quien la sintió, la hizo desaparecer al instante.
- ¿Está llorando mi Merlín? – Se preguntó más así mismo, que a quien le hizo la pregunta, mientras el rubio se veía rodeado por el agua y desnudo, por lo que decidido, se puso de pie rápidamente y comenzó a secarse.
- No. –Contesto secamente el joven de piel blanca, mientras se removía de su puesto, al otro lado del biombo, para servirse otra taza de té.
-¡Está llorando! – Se sobresaltó el príncipe, quien se bestia tan rápido como podía.
- ¡Que no lo estoy! – Y Merlín gruño de un enojo que lo invadió por dentro, quemándole el pecho y la mente, en tanto dejaba su tazón en el mueble haciéndolo sonar contra la madera dura. – ¡Y no quiero hablar de la muerte de mi madre! Así que le agradecería no volver a tocar el tema, mi señor. – Le contesto molesto, tomando un gran canasto vacío, para salir ofuscado y con el corazón palpitando muy rápidamente de la habitación.
Otra vez el moreno había actuado sin pensar.
Pero se había dado cuenta solo.
Se había dado cuenta cuando había lanzado furioso el canasto por la lavandería del castillo, haciéndolo chocar contra las murallas de piedra.
- Que lindo seria ser joven de nuevo – Suspiro cantarinamente una de las siervas que atendían a la doncella del castillo.
- Siento haber hecho eso. – Dijo ya controlado el joven mago a los siervos que atendían a esa hora de la mañana sus obligaciones, ya repuesto de su furia.
Y sus pasos se devolvieron por el camino que había dejado atrás, aun que dudó un segundo si entrar o no al cuarto de su dueño, pero dejo de dudar cuando la gran puerta se abrió.
- No debí preguntar, lo siento Merlín. – Dijo la voz fuerte del príncipe mirándolo directamente a los ojos claros del mago.
- No estoy listo para hablar de ello. Puede que Gaius le haya dicho algo, pero…
- No lo hizo. – Le aseguró el rubio firmemente.
- Solo Morgana y Gwen lo saben. – Reconoció el moreno, mirándole con más fuerza que antes.
- ¿Otra vez? – Se afligió de nueva cuenta el príncipe durante esos días, viéndose en sus ojos la desilusión.
- No porque se lo haya contado. – Merlín detuvo al instante las suposiciones erróneas del heredero de aquellas tierras. – Ella lo soñó.
- ¿Hace cuánto?
- Cuando me conoció.
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Los ojos curiosos de Therol viajaban con tranquilidad por las facciones del gran hombre ante él y sus largas manos se habían quedado envueltas entre la frondosa cabellera azabache del bárbaro, mientras que con un pañuelo secaba las pequeñas gotas de sudor del rostro. Las pupilas del durmiente comenzaron a moverse de manera inquieta, lo que entusiasmo al cuñado del Rey de aquellas tierras.
- ¿Ha podido descansar, mi señor Dengisik? – Preguntó la silueta elegante del rubio pelilargo del castillo, observando detenidamente cada movimiento de su paciente, tomando sutilmente una botellita de vidrio transparente con el contenido de los medicamentos correspondientes. El cautivo, movió una de sus manos en busca de aquella que jugaba con sus cabellos en suaves caricias.
- Ahora que mi rayo de sol llegó, puedo hacerlo mucho mejor. – El gran hombre suspiro con cansancio.
- La temperatura durara un poco más, debe sentir el cuerpo muy pesado aun. - Therol tomo posición para servir de apoyo al mayor y poder sentarle en su lugar, lo que el bárbaro no permitió, pues le miro suplicante, como pidiéndole que no le deshonrara ayudándole. – Veamos que pasa de aquí a un par de horas más, pues, si la fiebre sigue, deberá venir Merlín para suministrarle algo más fuerte.
- Entonces, no me haría mal seguir con temperatura. – Comentó sonriendo de lado el convaleciente.
- Pues, tenga o no fiebre, le veremos por aquí pronto.
Con algo de dificultad, el gran hombre se apoyó con ambas manos en la superficie de donde se encontraba descansando y en un par de minutos el de cabello rizado y azabache pudo por fin sentarse cómodamente en el precario lecho. El de rubia y larga cabellera se acomodó a un lado de la orilla del tálamo para extenderle la botella y que con ello le bajara la fiebre durante la mañana.
- ¿Cómo se encuentran sus pupilos?
- Con los cuidados de nuestro galeno ya están mucho mejor, además son pequeños, la fractura sanará pronto. – Dijo sonriente el de ojos claros, preocupándose de que el hombre frente a él se bebiera por completo el líquido espeso del frasco.
- Siento su corazón inquieto.- Dio a conocer el mayor, mientras observaba intensamente con esos ojos grandes, negros y profundos que los dioses le habían dado al nacer.
- Tiembla de curiosidad. – Sonrió más para sí que por la sutileza que pudo percibir el atendido a su actuar. – Lo que casi siempre es bueno.
- Siempre lo es, mi cisne de manos que son como los rayos del sol.
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- ¡Gaius!
Escuchó lejano su nombre por parte de una doncella que aquel viejo conocía muy, muy bien en aquellas tierras.
- Siento venir de este modo. – Se disculpó la doncella de aquel castillo, mientras se acomodaba ante la inquieta mirada del galeno, quien se encontraba sentado entre los mesones, preparando medicamentos para la gente que seguía llegando, en menor cantidad, pero que aún recurrían a él por heridas y mal estado de salud por los viajes.
- Veo que tienes preguntas, mi querida niña. –Sonrió Gaius, ofreciéndole asiento a ella y a una recién llegada sierva.
- Algunas. – Sonrió alegre de curiosidad la pelinegra, mientras le ayudaba a llenar unos cuantos frascos mientras se disponía a preguntar sus dudas.
- Entonces dígame pequeña.
- Mi amada tía Thorey, me pidió que le preguntara sobre la leyenda de Nimué.
- ¡Oh! La dama del lago. – Sonrió el anciano. – Hace mucho que no oía aquel nombre queridas mías.
- ¿La conoce entonces? – Pregunto asombrada Gwenevere, pues le costaba creer aun, cuando su señora le contaba sobre la magia, pues bien, ella se crio rodeada de la realidad, no de cuentos o historias, pero aun así, ella quería aprender mucho más.
- Los más antiguos, conocemos muchas cosas, mi niña. – Le sonrió alegre el anciano, siguiendo con lo que estaba haciendo. – Se dice que la benevolente, eternamente enamorada, dama del lago, es una bellísima doncella, que habita en el bosque central de Albión, el cual no ha sido nombrado nunca. – Gaius mira suspicaz a las dos. – Aun que por aquí le llamamos, el bosque de las ruinas, pues en el habitan restos de castillos y piedras cuidadosamente apiladas en añoradas construcciones, habitadas ahora por animales y lo que ha dejado la naturaleza.
- El bosque de las ruinas, se donde es. – Aseguro Morgana así misma.
- En el centro de aquel bosque de hermosos árboles, se encuentra un gran lago de profundas aguas cristalinas, en donde vive Nimué.
-¿Vive en el lago? – Pregunto Gwen dudosa.
- Si, dentro de él. – Sonrió enigmático el galeno. – Si personas como nosotros vamos a visitar el lago, e incluso, nos bañamos en él, no es distinto a otros, pues pese a su bello paisaje, nada extraordinario ocurre. Pero si vamos con una petición verdaderamente fuerte, puede que podamos ver algo.
-No entiendo. – Aseguró la de ojos cristalinos como el cielo al anciano.
- La bella dama del lago surgirá de él, dando a conocer su castillo de aire, cuando sienta que la necesitan. Se dice que Nimué creció rodeada de seres mágicos y que por ello aprendió lo que sabe…se dice que su corazón le pertenece a un mago muy poderoso que existió hace muchos, muchos años, quien le revelo más secretos a ella que a sus propios hijos. Se dice que una vez que ella absorbió todo el conocimiento de este mundo y el próximo, algo ocurrió.
-¿Qué fue lo que paso? – Pregunto asustada Gwen.
- El mago, el gran amor de la vida de esta bella Ada se desvaneció…o la engaño. – Dijo más bien pensativo el hombre. La cara de Morgana se desfiguro. – No me mire así, mi bella ahijada, es así dice la leyenda.
- ¿Pero ella está viva aun después de tantos años? – Pregunto la bruja.
- Es una leyenda.
- O sea que sí.
- Pues, si mi niña. – Le respondió con total sinceridad el médico de la corte. – Una vez que desapareció aquel amor que tanto tormento le causo en su corazón, ella se encerró en aquel castillo de aire entre las aguas, mientras nadie la necesite entre aquellos seres queridos que aun la recuerdan.
- Como mi madre.
- Exactamente preciosa. – Le aseguro el anciano a la doncella morena. – Su madre se encontró con Nimué antes de darla a luz.
- Y luego fue el turno de mi amada tía Igraine.
- Así es. Son unas hermanas muy unidas.
-Pero, entonces, ¿Quién es ese mago que tanto amó la dama Nimué? – Pregunto Gwen, completamente curiosa.
- Emrys, ese era su nombre, el mago más grande que ha existido en estas tierras, aunque ella, la bella Nimué, no le suelen hacer justicia y la tratan como si fuese la sombra de aquel mago, como si fuera una bruja cualquiera e indolente. – Le respondió completamente seguro de sus palabras el galeno.
- O sea que Emrys ya había vivido en tiempos antiguos. –Aclaro la bruja morena y de ojos del color del cielo.
- Emrys no siente el tiempo, solo existe, al igual que nuestra Gwen o usted mi bella curiosa.
- Entonces, ¿qué ocurre con nuestro Merlín y con Arthur?
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La mañana había avanzado lenta, pues aun el sol no se encontraba en lo alto y faltaban varias horas aun para ello. Los caballeros encargados de los enfermos y heridos habían recién comenzado a tomar sus lugares en los aposentos del galeno y las doncellas se habían reunido para ayudarles en lo que más podían.
Y el rey de aquellas tierras aun dormía preso de sus sueños.
Y un nacido libre y un príncipe se encontraban juntos.
Juntos como dos pequeños niños sentados frente a frente en medio de la frondosa alfombra del cuarto del mayor, en donde se encontraban conversando de la vida; de las cosas mundanas, de su vidas. Vidas muy distintas y sueños parecidos, como si fueran parte de un mismo espejo compartido.
- No me alegra haber sido la causa de su muerte, mi Merlín. – Dijo el joven príncipe con el dolor palpable en sus palabras. – A veces, sueño con ella y de la vida que pude haber tenido a su lado, enseñándome cosas de pequeño, manteniendo vivo a mi padre, no como ahora.
Merlín no sabía cómo reaccionar. Se había dado cuenta de que su alma con la de su futuro rey tenían aún más sentimientos en común que los que imagino alguna vez. Por una parte se sentía desamparado y por la otra, lleno de una sincera y profunda alegría por poder comprenderle.
- Estoy seguro que sus sueños con ella son maravillosos. – Le aseguro con la esperanza que así fuera en realidad. – En cambio, yo prefiero no soñar. No creo tener las energías para pasar por eso de nuevo, aunque solía tener pesadillas constantes casi todas las noches.
- No es de mi parecer que recuerde mi amado Merlín, no quiero que vuelva a llorar por mi culpa. – El mago negó.
– Ya no me quedan lágrimas que derramar por lo que pasó. – Le aseguro el joven mientras le miraba fijamente a los ojos de su señor. - Su madre falleció al darle la vida a usted, mi señor; la mía lo hizo al protegerme. – Arthur sintió una gran opresión en el pecho y no dudo en tomar las manos de su siervo para expresarle de alguna manera, que no se encontraba solo, dándole las fuerzas necesarias para continuar con el relato. – Hace dos años, para la celebración de Beltane, nos preparábamos para escondernos como era de costumbre y nos habíamos ocultado realmente bien o al menos así lo creíamos. El sol se ocultó, estábamos a oscuras y las luces de las antorchas y la música aparecieron tan rápido como el sol se fue. Afuera se oía como algunos corrían, gritos se oían a lo lejos al igual que las rizas y algunos cantos de mujeres en el centro de las fiestas. Pero ese año cumplí mis catorce y había algunos interesados que rondaban nuestra casa, por ello nos habíamos ido lejos. Ya nos habíamos enterado que a un muchacho, con quien jugaba de pequeño lo habían tomado la noche anterior, pues no faltan los ojos que ven y oídos que escuchan. Lo lastimaron mucho…mi madre sintió pavor por mí y yo no entendía como las personas podían hacer algo así. A Matheo se le fue la luz de sus ojos…lo vi, y el no dijo nada a nadie, aunque todos sabían lo que había pasado; cuando estuvimos solos me dijo "por los Dioses Merlín, huye lejos. Que no te encuentren". Pero esa noche lo hicieron. Dos hombres me acorralaron en la cueva que precariamente habíamos arreglado para pasar aquella noche. A mi madre se le fue el alma defendiéndome y yo no pude hacer mucho, me quede de piedra al ver como el resto la sostenían para que no tuvieran problemas mientras uno a uno la violaban delante de mis ojos, como si fueran perros en celo. Luego de un tiempo que me pareció una eternidad, los dos que me sostenían también querían participar, así que comenzaron a tocarme y a quitarme la ropa. Con las últimas fuerzas de mi madre les recordó a esos hombres sobre su acuerdo, que no me tocarían si ella cedía, pero no hicieron caso. Yo no podía escuchar lo que pasaba, pero al parecer un estruendo muy grande remeció el ambiente. Me quede sin aire en el cuerpo y un destello me encegueció unos minutos. Sentí como una manta me cubría y como arreglaban un lugar para acostar a mi madre. Era un hombre que no conocía, yo temblaba al notar que quienes irrumpieron ya estaban muertos y que aquel hombre lloraba en silencio por lo que le había pasado a mi madre. Pasaron días… ella no mejoro, esos hombres la habían herido de muerte, tenía una pierna rota, muchos golpes, la quijada fracturada por lo que ya no podía hablar y casi todas las costillas rotas. Con sus últimas fuerzas ella le escribió una carta a Gaius y me envió hasta Camelot. El hombre que nos ayudó, guardo silencio durante los días que nos acompañó. Atendió a mi madre y me miraba insistentemente con dolor. Yo no podía llorar y menos hablar. Me recupere en un par de semanas y cuando pudimos enterrar a mi madre, me deshice en llanto. Nunca había llorado tanto en mi vida. Pronto supe su nombre, su relación con mi amada madre y por qué el destino llevo sus pasos a aquel bosque. Era hermano de mi padre, un señor de dragones, como le conocen de antaño, Tarbantu se llamaba y se parece inquietantemente al señor Dengisik. Él fue quien se hizo cargo de mí por un tiempo, hasta que decidí ser fiel a la última voluntad de mi amada madre.- Arthur se puso de pie lentamente y camino por un largo tiempo de un lado a otro por el cuarto, preguntándose cosas y recordando otras.
- ¿Cómo es posible, mi Merlín? – Dijo casi imperceptiblemente, como nunca antes le había oído el joven mago antes. - ¿Cómo es posible que le haya pasado eso hace tan pocos años, por los Dioses? – Volvió a susurrar, esta vez frente a frente con una impotencia contenida tan grande que no le hacía cabida en el cuerpo. – Si apenas y tienes 16 primaveras.
- Solo paso, mi querido Arthur, mi señor. – Le respondió secamente, como lo sentía. Duro en el pecho. – Era lo que debía pasarme en aquella edad, en aquel día. No podía escapar del destino que han escrito para mí los Dioses.
- Lo entiendo…pero no puedo aceptarlo. – Sentencio completamente ofuscado el rubio. Mientras se ponía de pie y se disponía a salir de su cuarto apuradamente, pero se devolvió hasta donde se encontraba su mago, para ayudarle a incorporarse. – Entiendo que quiera ver como se encuentra nuestro prisionero, mi Merlín. Así que tiene mi permiso para aprender todo lo que quiera, siempre y cuando vaya con mi amado tío, yo…yo necesito desahogarme un poco. Si aún no estoy de vuelta cuando usted se desocupe, puede buscarme donde están los caballeros entrenando ¿Entendido?
- Si…si, mi señor. – Asintió quedo el moreno, mientras veía como el rubio se alejaba hecho ascuas, hacia las caballerizas. – Sé que estás conmigo siempre, mi amada madre. – Mencionó Merlín dentro de la habitación con voz fuerte, pues así lo pensaba y así quería que fuese. – Me siento más tranquilo madre.
Y el joven mago se preparó para bajar a las catacumbas mientras tarareaba la canción que le había pedido su príncipe que cantara, hasta que los Dioses decidan llevárselo lejos.
Prométeme que seguirás conmigo,
Aun en las noches más frías.
Son míos tu pasado, tus sueños y suspiros.
Me entrego por entero: mi luz y mi alma.
Quédate conmigo, vida mía.
Te amare hasta el final de los días.
