¡Hola de nuevo!

Por fin salí de mi bloqueo que me dejó cierto fandom para el que escribía... y luego de un año exacto vuelvo con ésto :B

Saint seiya ni la base de la trama me pertenecen, solamente los tomo prestados para desquitar mi trauma. Agradecimiento especial a Misao por permitirme usar su universo(?), espero que te inspire un poquito *codazo codazo, guiño guiño*.


Capítulo 5.

- Es un gran honor, Piscis- dijo Shaina sonriendo pero de pronto tuvo un ataque de estornudos y se abrazó más a la prenda que la rodeaba. Sintió que la garganta comenzaba a arderle y que la cabeza le dolía.

- ¿Dónde estuviste?- preguntó Afro preocupado porque la notó un poco ronca además de que hizo una fugaz expresión de dolor.

- En una cueva y ese desgraciado me arrojó al agua- respondió ella percatándose de que no traía nada puesto encima más que la ropa interior superior por lo que se cubrió pero al moverse, las mordidas le dolieron; rápidamente se arremangó el abrigo y vio que la mordida del brazo estaba amoratada y con algo de sangre.

- Eso se ve mal, vayamos a que te revisen- dijo el dorado mirando de cerca la herida.

- No, no es nada grave, de hecho no me molesta- insistió Ofiuco.

- En todo caso, el señor con el que van debe de tener algo que te ayude- dijo Thrud y ambos santos asintieron. Afro y Shaina tomaron sus cosas y continuaron su camino, ya eran para entonces alrededor de las seis de la tarde por lo que la noche se avecinaba fría.

Los tres caminaron por el sendero mientras comenzaban las presentaciones correspondientes.

- Gracias por ayudarnos- dijo Afro mirando a la valquiria.

- Para mí es un gran honor contribuir a esta causa- respondió la rubia y miró a la otra presente- No sé tu nombre, guerrera.

- Soy Shaina de Ofiuco, encantada- respondió ella con simpleza.

- Mucho gusto, yo soy Thrud, señora del coraje, hija del dios del trueno- se presentó con aplomo y no sonaba como si estuviera presumiendo.

- Mil disculpas señora por ser tan familiar- dijo Shaina bajando la cabeza con algo de pena.

- Descuida, no tienes por qué ser tan formal, ambas somos guerreras y si somos del mismo bando, podemos ser cercanas- respondió la valquiria sonriendo. Afro seguía mirando a Shaina con atención pues esas mordidas le preocuparon.

- ¿Esa bestia es venenosa?- preguntó él pensativo.

- No que yo sepa pero aun así puede que se infecten las mordeduras si no las tratan.

- He tenido peores heridas, no es nada- aseguró Ofiuco restándole importancia al asunto.

- Sí pero todas duelen y dejan marcas, no te hagas la fuerte- recordó Piscis y la mujer bufó levemente fastidiada.

- Esa es la gracia de las cicatrices, a veces las más feas tienen una gran historia- respondió ella sobando las áreas afectadas para después abrazar su abdomen. Entonces el Dorado recordó todo lo que se contaba de Shaina, del cómo se interpuso en el ataque de Poseidón para salvar a Seiya y seguramente ella recordaba eso. Mejor ya no le insistía, con el dolor de las mordidas y la evidente gripe que comenzaba a tener, no debía de hacerla sentir todavía más mal.

Los tres seguían caminando y hablaban de lo distintas que eran sus culturas pero pronto la conversación se desvió hacia las historias que la Valquiria tenía pues el ser una ya casi podía contar como sinónimo de ser una guerrera milenaria. Al ir conversando, el camino pareció acortarse así que llegaron a su destino en el momento en el que ya estaba casi oscuro.

Vieron una cabaña pequeña frente a un invernadero que parecía grande pero no se alcanzaba a ver a la distancia pues los árboles impedían apreciarlo.

- "Il giardino di Giacomo"- leyó Shaina en un cartel ya cuando estuvieron cerca.

- Bueno, hasta aquí puedo acompañarlos- anunció Thrud sonriendo.

- ¿En serio?, creí que querría ver el muérdago- dijo la peliverde sorprendida.

- Quiero pero no me corresponde, ya lo veré cuando Baldr lo reciba pues es su regalo. Si lo veo, los demás no me dejarán en paz y querrán que les diga, pueden sacarme la verdad, la abuela puede hacerlo- dijo ella encogiéndose de hombros porque se estaba imaginando a todos las deidades rodeándola e inundándola de preguntas.

- Gracias por todo, en verdad no sé que habría pasado si no hubiera venido a ayudarnos- dijo Shaina poniendo una rodilla en el suelo para luego inclinar la cabeza.

- No es nada, al contrario, gracias a ustedes por hacer todo ésto. Todos en Asgard estamos muy contentos con esta ofrenda de la grandiosa Athena- dijo ella haciendo un asentimiento con la cabeza

- Le haremos llegar a la diosa su agradecimiento- dijo Afro haciendo una reverencia.

- Entonces aquí nos despedimos, guerreros- indicó la Valquiria dando unos pasos pero recordó que traía la espada desenvainada, se extendió al dorado para dársela.- Es tuya, tú la bautizaste con la sangre de esa bestia.

En ese momento ambos caballeros cayeron en cuenta de que habían roto una norma impuesta por Athena.

- No debo quedármela, nosotros los protectores de la Diosa no debemos usar armas- argumentó el santo un poco conflictuado.

- Tal vez no haya inconveniente, es una espada recién forjada y que se usó para proteger mas no para matar por placer- dijo Thrud pensativa.

- De igual forma, no hay cómo te la puedas llevar así nada más porque no creo que te permitan subirla al avión- señaló Shaina.

- La enviaré por correo pero de que es tuya, es tuya Piscis. La debo mandar al Santuario ¿no?

- Así es, gracias y no se apure.

La mujer ahora sí partió no sin antes despedirlos de nuevo y se fue alejando despacio mientras tarareaba una canción en su lengua. Se perdió de la vista de ambos y en cuanto ya no se veía, salió a su encuentro un señor ya muy entrado en años, de esas personas que se podría jurar que todavía conservaban su credencial de la biblioteca de Alejandría. Estaba casi doblado como un boomerang y se ayudaba de un bastón para avanzar despacio.

- Buenas noches.- les saludó aquel hombre en italiano.

- Buenas noches- respondió la peliverde.

- ¿Son ustedes los enviados de Athena?

- Sí.

- ¿Cómo me lo comprueban?

- Incluido el Patriarca, la diosa y las deidades nórdicas, solamente nosotros dos sabemos por qué vinimos.

- ¿Y a qué vienen?

- Por lo que mataría a un Dios pero que usted prometió de quitarle lo letal.

- De acuerdo, síganme- indicó el anciano y dio media vuelta para regresar su camino.

- ¿Qué dijo?- preguntó Afro vacilante porque aunque le sonara algo, no sabía qué significaba exactamente.

- Que vayamos con él, me preguntó a qué habíamos venido y el cómo comprobarlo.

- Ah.

- ¿En serio? ¿tantos años de amigo con Máscara y ni un poco de italiano?- preguntó Shaina riendo, en ese momento el dorado le notó la voz un poco rara.

- Si te dijera todo lo que sé de italiano gracias a él, serían puras groserías y frases muy despectivas así que mejor no digo nada, pero me sirve para saber que me están insultando- explicó Piscis encogiéndose de hombros.

- No sé si eso es bueno o es mal... ¡Achís!- iba a decir ella pero un gran estornudo la interrumpió y pronto le siguieron un par más.

- Salud.

- Gracias... uhhh, mi cabeza- murmuró ella un poco mormada mientras se pasaba una mano por la frente.

- Tal vez el señor te pueda dar algo para la gripe.

- Los antigripales me caen mal, siempre me dan sueño.

- ¿No serás de esas personas que creen que las medicinas son más malas que buenas?

- Es gripe, no tuberculosis y no es eso sino que no me gusta automedicarme, prefiero ir al médico antes que tomar alguna pastilla o algo así.

- ¿Un té si te tomas?- preguntó de nuevo el peliazul sonriendo de medio lado.

- Claro que sí- respondió ella imitando el gesto y nuevamente estornudó.

De pronto notaron que el anciano ya se había adelantado bastante en el camino pese a que iba con bastón. Caminaron rápido para alcanzarlo.

Salió a su encuentro la vista de un gran invernadero y a su lado una modesta casita de campo, no muy rudimentaria pero tampoco de estilo moderno. De esas cuya foto se usaría para formar parte de un calendario.

- Oí que fueron atacados- comentó el anciano.

- Así es.

- Era de esperarse en una misión como esta. Sin la paz los malvados se quedarían sin empleo. Mucho gusto, mi nombre es Giacomo Rospigliosi.- se presentó el señor ahora sonriendo amablemente.

- Encantados, nosotros somos los santos de Athena, mi compañero y superior Afrodita de Piscis- respondió la peliverde señalando al mencionado, quien al oír su nombre asintió pues más o menos entendió que se estaban presentando- Yo soy Shaina de Ofiuco- dijo inclinando la cabeza. Giacomo la miró detenidamente y avanzó hacia ella, le hizo una seña para que la muchacha se agachara a su altura y así lo hizo. La tomó de las mejillas y le examinó la cara palpándola en todos lados. Afro se sorprendió y avanzó unos pasos pero no pudo intervenir porque ella le hizo una seña con la mano.

- Caíste al lago de la cueva del Bergkonge- le dijo el anciano mientras le presionaba la nariz.

- Sí ¿cómo sabe?

- Te va a dar una gripa de esas que te tiran y va a durar cinco días. Ese lago tiene esa peculiaridad, enfermar a quien se moje solo un poco con su agua porque un gigante de hielo murió allí. Se te va a quitar solo y aunque tomes un antigripal no te disminuirá.

- Entiendo.

- Bien, pasen por aquí para que descansen y que prepare todo- invitó Giacomo entrando a la casa. Ambos lo siguieron, entraron y encontraron a una muchacha de al menos quince años cocinando la cena en una estufa de carbón y a unos pequeños niños gemelos de al menos diez, gemelos y muy ruidosos. La mayor les daba indicaciones en italiano. El lugar era un poco espacioso o al menos se veía así pues solamente había una mesa de madera para seis personas, una pequeña salita y una consola tocadiscos dando vueltas a un vinil de opera. Al fondo algunas puertas y una pequeña terraza.

- Buenas noches- saludaron los guerreros de Athena.

- Ah, bienvenidos. Pasen, siéntense- invitó la muchacha sonriendo pero al ver al santo de Piscis se puso un poco nerviosa.

- Gracias- dijeron ambos en el idioma de ellos pues el peliazul sabía esas frases básicas.

- Coman algo, debió ser un viaje bastante agotador. Llamaré al santuario para avisar de su llegada, Fiorella, sírveles por favor- dijo Giacomo y se fue a otra habitación donde se encontraba el teléfono.

- Sí, abuelo.

La chica les sirvió una sopa de verduras con un olor delicioso, uno de los niños puso rebanadas de queso y pan mientras que el otro les sirvió vino.

Sólo hasta ese momento Shaina y Afro se dieron cuenta que estaban verdaderamente hambrientos así que comieron de buena gana. Los gemelos se fueron a jugar y la mayor se sentó a comer tímidamente con los provenientes del santuario.

Piscis terminó su sopa antes que la de cabello verde, de inmediato la nieta del señor Giacomo se ofreció darle más y él aceptó. Ante ello Ofiuco rió un poco.

- ¿Qué pasa?- preguntó él desconcertado por la reacción de la mujer.

- Veo las ventajas de ser popular- respondió Shaina y por mero impulso le quitó unas migas de pan de la mejilla con sumo cuidado. Acostumbraba a hacerlo con su aprendiza y ya era normal para ella.

- ¿Eh?- murmuró el guardián todavía más atónito por el contacto. Se tocó donde ella le sacudió y sintió un hormigueo en la zona.

- Nada Piscis, nada, sigue comiendo- le dijo la de cabello verde- Está muy bueno, gracias. ¿Dónde pongo la loza?- preguntó ahora dirigiéndose a la muchacha.

- Yo la recogeré en cuanto terminen, descuiden- respondió Fiorella sonrojándose.

- Oh, te aseguro que no es nada.

- Insisto. El abuelo dijo que ustedes deben descansar.

- Pero... auch, mi cabeza- dijo Shaina poniéndose una mano en la frente, se tambaleó un poco. Sentía la garganta ardorosa y los ojos llorosos; con las anteriores gripes que tuvo dedujo que dentro de poco su nariz parecería un grifo goteante.

- ¿Quiere ir a dormir?- cuestionó la muchacha algo preocupada.

- No aunque sí me gustaría cambiarme.

- De acuerdo, puede hacerlo en esa habitación- respondió la menor señalando una puerta no muy lejos de allí, había otras cuatro iguales así que se aseguró de indicarle la correcta.

- Muchas gracias- dijo Ofiuco en italiano y luego se dirigió a su compañero- Iré a cambiarme, no me siento muy bien. Provecho, Afro- dijo para después estornudar.

- Gracias, igualmente- murmuró él desconcertado pues aunque captara unas palabras lo cierto era que no seguía la conversación del todo. Terminó su cena y la chica le retiró el plato torpemente, lo dejó en el fregadero y se fue corriendo a una de las habitaciones cubriéndose el sonrojado rostro.

Piscis suspiró con cansancio porque no sabía qué hacer luego de ello, se sentía extraño, como vacío pues le impactaron bastante las palabras de Thrud, el "Tú no eres un héroe" se le grabó en lo profundo de su ser. Sentía que solamente debía cumplir el deber para el que se consagró y no preocuparse por otras cosas pero ese tipo de cuestiones nunca antes se las había preguntado. ¿Qué era ser un héroe?, el sonido de una puerta interrumpió sus pensamientos.

El señor Giacomo salió de hacer su llamada y se acercó a Afro.

- Ya le informé al Santuario de su llegada- le dijo en inglés porque sabía que el santo no entendía bien el italiano. El de cabello azul supuso que a su edad era natural ser un políglota.

- Gracias.

- ¿Le gustó la cena?

- Oh, sí. Todo estuvo muy bueno, su nieta cocina delicioso.

- Le diré.

- ¿Hubo algo más que le dijeran del Santuario?

- No, su diosa estaba preocupada por noticias pero ya se tranquilizó y espera su llegada lo más pronto posible.

- Hicimos el itinerario para tres días pero supongo que ya podremos estar en Atenas mañana en la noche.

- Perfecto, yo me ocuparé de lo mío en un tato. Por cierto, tome, atienda las heridas de su compañera- dijo el anciano mostrándole al santo de la última casa un botiquín de primeros auxilios.

- Lo había olvidado- exclamó Afro apenado y tomó la caja- De nuevo gracias- dijo y se levantó. Fue hacia donde había ido Shaina.


Ofiuco ya se había cambiado en una camiseta de tirantes y en otros pantalones, se recostó en una de las dos camas que habían en aquella habitación para sentir a gusto su gripe. Escuchó que llamaban a la puerta y se incorporó.

- Shaina, ¿puedo pasar?- preguntó Afro desde el otro lado.

- Adelante- concedió ella, Piscis entró con el botiquín en manos.

- ¿Cierro?- preguntó refiriéndose a que en la sala la consola tocaba todavía el disco.

- No, deja abierto, me gusta la opera- pidió ella.

- ¿Me dejas atender tus heridas?- preguntó sentándose a su lado mientras abría la cajita con la cruz.

- ¿Eh?- se sorprendió la peliverde porque él parecía bastante preocupado por sus lastimadas pues ella normalmente esperaría hasta dentro de un rato para lavarse y preguntar por algo para ponerse. Le gustaba lo amable que podía ser él.

- Bueno, puede que no quieras que yo lo haga- dijo el de cabellera azul encogiéndose de hombros ante la reacción de la mujer.

- No, no es eso.

- ¿Entonces?

- Ya lo iba a hacer más tarde.

- Por eso te digo que si no quieres...- iba a decir pero ella le extendió el brazo. Afro vio la mordida y evitó hacer una mueca de dolor pues las heridas se veían dolorosas y la piel se estaba poniendo más oscura. Dejaría una cicatriz pero si se ponía un buen cicatrizante se vería menos. Comenzó a limpiarle pues quería evitar una infección. Limpió despacio mientras ella intentaba no mirar para disminuir la sensación del ardor aunque eso era lo de menos, se sentía nerviosa de tenerlo allí con ella curándola con mucha dedicación. Terminó pronto de limpiar, colocó un ungüento y sacó una venda.

Mientras él le vendaba el brazo, de fondo se escuchaba una melodía de opera que ella parecía conocer.

- Quando la luce splenderá- tarareó la cobra mientras intentaba distraerse un poco porque el dolor junto con el bochorno de tenerlo tan cerca la harían actuar torpemente.

- ¿Qué pieza es?- preguntó Afro poniendo los seguros a la venda para que no se soltara. - Ahora voy al hombro- pidió, luego se cambió de lado para ver cómo estaba allí. El dorado tomó un algodón con alcohol para quitar la sangre seca pues de esa zona la herida era peor. Le sorprendía que ella estuviera tan tranquila, lo que él no sabía era que ella estaba dominándose para no gritar de dolor.

- "Nessun dorma"- respondió Shaina volteando hacia el otro lado porque ahora tenía el rostro de Piscis más cerca.

- La había escuchado pero nunca supe cómo se llamaba- comentó él tomando otro algodón para seguir limpiando pues esa mordida era todavía más profunda.- ¿Opera?

- Turandot- respondió ella mientras se encogía un poco pues le estaba ardiendo donde el alcohol pasaba.- Mi papá me la cantaba cuando era muy pequeña y siempre me contaba toda la historia. Ahora que lo pienso, no es una historia para niños: una princesa vengativa, mendigos, torturas, ejecuciones... pero finalmente, hay algo de romance.

- Se oye interesante. Ya está limpia, ahora la cubriré- indicó él ahora aplicando un poco de ungüento con suavidad sobre la mordida. Sus dedos temblaron un poco al hacerlo pues sentía la piel suave de su compañera.

- Lo es, deberías de ir a verla si la representan en Atenas algún día- aconsejó ella sintiendo que él la estaba ignorando.

- Algún día- respondió Afro tomando una gasa- Oye, ¿qué tanto te due- iba a decir pero fue interrumpido.

- Shhh, escucha- indicó Shaina y le tomó la mano para detenerlo. El tenor estaba interpretando la última estrofa y los santos se miraron a los ojos, él maravillado por lo que oía y veía: a ella con mirada brillante y gesto de embeleso mientras movía un poco la boca al símil de la letra. Terminando, la mujer soltó un suspiro.

- En su tiempo, mi papá iba a ser un gran tenor pero perdió la voz por dejar de practicar ya que tenía que trabajar porque quería casarse con mi madre, ahora simplemente se dedica al negocio de exportar aceite.

Al dorado le sonó familiar algo de ello.

- Máscara me dijo que eran de Sicilia ¿no?

- Sí. ¿Por qué preguntas?

- Se me vino a la mente- respondió él para no verse obvio.

- Sí, eso hace y no, no tengo ningún hermano Michael, Freddo o Sonny- le aseguró Shaina riendo.

- No, no estaba pensando en eso- dijo él pasando una mano por el cabello distraidamente porque claramente sí estaba pensando en preguntar por sus hermanos.

- Yo sé que sí pero lo pasaré por alto ya que me atendiste las heridas.

- Gracias.

- A ti.

Se miraron por un momento, en todo ese tiempo no se habían dedicado una mirada tan cargada de un "algo" que ninguno sabía decir qué era. Tal vez era que descubrieron que se caían muy bien pero ninguno quiso hacer una introspección de ello. Apartaron los ojos del otro con algo de timidez.

A Shaina le dio un ataque de estornudos y corrió a ponerse un suéter delgado.

- Van a ser unos cinco días muy largos, tenía que enfermarme ahora que pensaba avanzar un poco con el entrenamiento de Rin- dijo buscando un paquete de pañuelos en su bolso. Todas sus pertenencias habían sido recogidas por Afro antes de llegar allí, tomó nota mental de agradecerle por ello porque en ese momento estaba sintiendo que la gripe elevaba su nível.

- ¿Qué pensabas hacer?- preguntó él con curiosidad.

- Comenzar con el cosmo, a desarrollar sus técnicas pero tendrá que esperar un poco- respondió ella sentándose en la cama de al lado.- Estaba emocionada por empezar; demonios, no me gusta incumplir mis promesas pero así no podré enseñarle nada.

- Quizá sea una lección de paciencia, sé que comprenderá que no lo harás porque estás enferma y no porque no quieras.

- Puede que sí. ¿Sabes? Todavía no me perdono el ser derrotada por ese monstruo.

- Estaba fuera de tu alcance, no es tu culpa- dijo él suspirando porque de nuevo las palabras de Thrud le vinieron a la mente. Se levantó y fue hacia la ventana para distraerse pero no había más que oscuridad y árboles por lo que en el vidrio solamente se reflejaba la amazona.

- Prueba de que necesito mejorar.

- No seas tan dura contigo.

- Si no soy yo ¿quién?

- Eso es cierto pero... olvídalo, no soy el indicado para decirte estas cosas- se lamentó Afro y suspiró cansadamente.- Esfuérzate lo que puedas Shaina. Saldré a tomar aire- anunció y salió de la habitación antes de que la mujer dijera algo más.


Piscis se sentó en una banca rústica que estaba cerca de la puerta de la casa del señor Giacomo y miró hacia el cielo. Suspiró y se dedicó a nombrar en voz baja las constelaciones que veía.

- ¿A usted no lo atacó el bergkonge?- preguntó el anciano sentándose a su lado.

- No, yo estoy sin un rasguño. Por el contrario, Shaina fue atacada.

- Pero usted la salvó ¿no?

- Algo así, realmente sólo reaccioné porque esa cosa intentaba hacerle algo horrible.

- Dicen que a esas criaturas solamente las puede derrotar un héroe, usted es uno por salvar a su compañera.

- No me siento como uno.

- Entonces eso es porque usted ve muchas películas y lee muchas historias- aseveró Giacomo.

- ¿Cómo dice?- preguntó Afro desconcertado por completo.

- Es lo que haces para alguien, no lo que sientes. Es el significado que alguien pone sobre ti lo que te hace uno, no el cómo evalúes tus acciones.

Era tan simple de decir pero tan complicado de entender, sobre todo para alguien que enfrentó un suceso como el que pasaron los santos de Atenea. Se sintió un poco mejor ante las palabras del anciano.

- Tal vez tenga razón, señor.

- No es "tal vez", es que de verdad la tengo.

El Santo prefirió no discutirle pues ya había aprendido que a los mayores no se les discute aunque digan lo más falso del mundo.

Ambos se quedaron callados por un momento hasta que Giacomo miró su reloj de bolsillo.

- Ya es media noche. Si no tiene mucho cansancio, ¿le gustaría acompañarme a traer el muérdago?- pidió el mayor levantándose.

Afro se sentía cansado pero no con sueño además, no creía apropiado compartir la habitación con Shaina, aunque fuese ejncamas separadas así que no pensaba dormir allí. Por otra parte, él estaba acostumbrado a trasnochar gracias a su trabajo pues a veces entregaba cosas a última hora.

- Me encantaría- respondió Piscis también levantándose.

- Ricardo, Rinaldo, ya es hora- llamó el anciano a sus nietos quienes salieron con mucha energía de la casa, uno traía en sus manos una maceta pequeña dorada y el otro una palita de jardín y una cubeta con poca agua. Los pequeños salieron corriendo pues ya sabían en donde recogerían la planta.

- Vamos.

- Lo sigo.

Afro caminó a la par de Giacomo mientras miraba los árboles, en el terreno alrededor de esa casa y del invernadero había árboles de distintas especies. Se apartaron más de lo que Piscis pensaba hasta llegar a un punto en donde había algunos almendros no muy altos, en ellos estaban los muérdagos que apenas y se distinguían pues eran de hojas pequeñitas y frutos diminutos. Los niños se pusieron a jugar alrededor.

- ¿Sabe, señor Piscis, que todo lo que a veces nos dicen las historias y las leyendas es real mientras uno lo vea?

- ¿A qué se refiere?

- Quiero decir, en algún punto todo es cierto pero preferimos ignorar los hechos ya sea por voluntad propia o, como ocurre en la mayoría de las veces, le hacemos caso a alguien que nos dice que no creamos y terminamos dejando de creer. Deberíamos de aprender a dejar en paz las ilusiones de los demás ¿no piensas? Aunque claro, creo que ésto debe limitarse a las ilusiones y no al conocimiento. Mi punto es, que tanto usted, la señorita Ofiuco, mis nietos y yo todavía podemos vivir en este mundo, donde podemos conocer a los dioses, ver a las criaturas mitológicas porque nunca nos detuvimos a dudar.

- Entiendo, es algo como que de no ser por mi creencia a mi diosa, no habría visto ni vivido todo hasta este momento.

- En efecto. Y ahora, seremos testigos de otra maravilla de estas- anunció Giacomo y se acercó al almendro más bajo, los niños se calmaron de inmediato admirados.

El anciano comenzó a hablar en una lengua que a Afro no se le hizo conocida. El viento sopló ligeramente como respondiéndole y de pronto un resplandor anaranjado salió del almendro, éste hizo una silueta femenina aunque no se materializó por completo pues se movía como si estuviera hecha de diamantina en agua. Estuvo escuchando atentamente a Giacomo y parecía asentir ante cada oración. Luego extendió una mano hacia el muérdago y pareció hablarle como a un niño. Lo quitó del árbol y lo tomó en las manos, el niño que traía la maceta la acercó mientras que el otro hacía un hoyo en la tierra de ésta para meter el muérdago con cuidado. Giacomó siguió hablando con el resplandor y éste se despidió levantando una mano hacia todos, desapareció metiéndose de nuevo en el almendro.

- Y listo, la dríada de éste árbol hizo prometer al muérdago que vivía en ella que nunca lastimaría al dios Baldr. Dame el agua, por favor- indicó el señor al niño, éste le pasó la cubeta de donde le vació solamente un chorrito a la planta.- Llévensela con cuidado ¿entendido?- les dijo a los niños.

- ¡Sí, abuelo!- respondieron los gemelos a coro para luego salir corriendo.

- Eso fue impresionante- admitió el santo con una sonrisa.

- Sí, por eso le digo que toda historia hasta cierto punto es verdad, solo queda o desmentirlo o ignorarlo.

- Me habría gustado que Shaina lo viera- soltó Afro sin pensarlo.- Pero lástima que enfermó- agregó suspirando.

- El primer suspiro de amor es el último de la razón- le dijo Giacomo en italiano, luego solamente sonrió para sí y avanzó seguido de Piscis quien decidió no preguntarle algo sobre lo recién dicho, presentía que le respondería con una lección de vida y ahora sí ya estaba muy cansado como para reflexionar adecuadamente.


Espero que les haya gustado :D

¡Cuídense mucho!

Que la fuerza los/las acompañe.