Capítulo 2
Anna Summer dejó de prestar atención al hombre medio calvo que hablaba desde el podio. Su pareja en aquella velada era tan aburrida como el orador y le costaba un esfuerzo prestar atención a cualquiera de los dos. Como era la única mujer del equipo ejecutivo de Bradley y Taylor, por no decir la única mujer ejecutiva, le habían asignado la tarea de acompañar al sobrino del jefe aquella noche. Le indignaba que se diera por supuesto que no sólo estaría encantada de dedicar su tiempo a la celebración, sino que además agradecería la oportunidad de pasar la noche con un hombre casadero y bien situado. Horas después, no se le había pasado el cabreo cuando el pomposo máster financiero, licenciado en Princeton, convenientemente acicalado para la ocasión, siguió tratándola como si fuera ella el florero que le habían endilgado, en vez de entender que era él quien necesitaba pareja para la ocasión.
«Esta mierda tendría que ser un delito.» Lo curioso era que Anna conocía la ley de arriba abajo, como principal asesora legal que era de una empresa catalogada en Fortune 500. Hacía dos años, le había sorprendido que un cazatalentos la propusiera como posible candidata a un puesto de asesor
que no tardaría en quedar vacante por jubilación. Nunca supo con certeza quién la había recomendado al cazatalentos, porque a la sazón no era más que una abogada de nivel medio con éxitos relativos, empleada en un bufete de abogados de la ciudad. Siete entrevistas y ocho meses después, tenía un trabajo que le encantaba, con un sueldo de seis cifras y un despacho con vistas y secretaria, pero aquel «soltero de oro» la consideraba un adorno.
Echó un vistazo general a la exquisita decoración de la sala de baile del Lincoln Grand. Hombres atractivos y hermosas mujeres se levantaron a aplaudir desde las mesas, cubiertas de manteles blancos y porcelana Wedgwood. Era una velada de etiqueta y, a juzgar por las mujeres y algunos hombres, parecía que todo San Diego hubiera vaciado de joyas la caja fuerte para lucirse en la ocasión.
Los ricos, famosos e influyentes de la ciudad se habían reunido en masa para dejarse ver y recaudar fondos para la institución educativa infantil del condado de San Diego. Anna había asistido a varias galas parecidas, el año anterior, y estaba convencida de que a toda esa gente le inArielba más deducirse impuestos y gozar del honor de figurar en las listas de benefactores que ayudar de verdad a los niños desfavorecidos de la ciudad.
El presidente de la Cámara de Comercio y su señora ocupaban la primera mesa ante el podio, y la compartían con el obispo de la archidiócesis. A su lado se encontraba el director general del mayor banco de la ciudad, que miraba a una rubia platino de pechos aumentados quirúrgicamente, mientras su mujer, de unos veintidós años, lo fulminaba a él con la mirada, sosteniendo una copa de Chardonnay vacía. Compartían mesa con el alcalde, su mujer y Steven Stark, un actor de cine entrado en años que se encontraba en la ciudad promocionando su última película. La espectacular mujer de Stark, sentada a su lado, tenía cara de preferir encontrarse en cualquier otra parte mejor que allí.
Anna se fijó en una mujer que se hallaba en una mesa situada en el lado opuesto de la animada sala. Era la más alta de su mesa y, a pesar de la distancia, cuando se puso en pie para aplaudir al ganador del premio, pudo apreciar su esbelto tipo enfundado en un traje formal. Le intrigó el hecho de que fuera la única mujer de la sala que llevaba esmoquin, y con absoluta naturalidad. Le sonaba remotamente, pero no consiguió acordarse de dónde la había visto. Seguro que se acordaría si las hubieran presentado.
Se dio cuenta de que estaba mirando de una forma indiscreta cuando su acompañante se le acercó y le murmuró al oído algo que no entendió. Anna asintió distraídamente e hizo un comentario intrascendente apropiado; por suerte, la farsa estaba a punto de terminar y podría irse a casa a ver viejos capítulos de Te quiero, Lucy. Durante la recaudación de fondos, no dejó de volver la mirada hacia la mujer del esmoquin, que es-taba cómodamente sentada en su sitio, dando vueltas a una copa de vino medio vacía. Le pareció que estaba preocupada, que no estaba a gusto allí, pero lo disimulaba muy bien.
Mientras los prolijos discursos le entraban por un oído y le salían por el otro, Elsa pensaba en las opciones que tenía y en cómo iba a planteárselo a su abogado. ¿Qué era lo peor que podía ocurrir si mandaban a Jessica a la mierda sin más? Su orientación sexual no era un secreto celosamente guardado, pero tampoco quería ser tema de conversación todos los días, y Jessica podía armar jaleo. Podía afrontar las consecuencias en su entorno personal — hacía mucho tiempo que la familia la aceptaba como lesbiana—, pero le preocupaba el escándalo que podría acarrear a la compañía.
Había trabajado sin tregua para devolver a la compañía su antiguo nivel de fiabilidad, respetabilidad y ética impecable, las bases sentadas por su padre años atrás. Sería desastroso que la clientela llegara a sospechar siquiera que ella había seducido a una mujer contra su voluntad. Gracias a algunas lecciones amargas, había aprendido que la mentalidad de la gente no se puede cambiar, y hacía muchos años que había dejado de intentarlo. Era consciente de que nadie se acordaría de su brillante capacidad empresarial ni de la cantidad de dinero que había ganado. Todo el mundo estaría pendiente de su entrepierna, reacción típicamente masculina, al parecer, cuando los hombres fantasean sobre las relaciones entre mujeres. Se acordó de unos cuantos clientes conservadores, que sin duda perdería si Jessica aireaba rumores, y de algunos asociados que empezarían a distanciarse de la compañía. Estaba en el último tramo de las negociaciones con el mayor promotor de software del país, intentando asegurar un fondo adicional de capital riesgo, y sabía con toda certeza que el trato no se cerraría si se daba publicidad a alguna clase de «atentado a la moral».
De pronto se imaginó a todos sus empleados. Serían quienes sufrirían las peores consecuencias ante un escándalo. Si los clientes y los gestores de inversión se llevaban su capital a otra parte, ella se vería obligada a despedir a las personas que trabajaban con las cuentas correspondientes. La plantilla de Winter McKenzie ya había sufrido bastante durante el desastroso reinado de su tío, pero ella pudo readmitir a la mayoría de los empleados cuando consiguió poner en pie la empresa otra vez. Tragó saliva al pensar en fallarles ahora.
Mientras pensaba en aquellas peliagudas perspectivas, se le pusieron de punta los pelos de la nuca y le distrajo la conocida sensación de que alguien la miraba. Estaba acostumbrada a ser objeto de miradas inquisitivas en las reuniones de empresa, cuando pronunciaba un discurso o en los bares. Sólo en esa última circunstancia les prestaba atención, por lo general, porque podían ser el preludio de una noche de placer y diversión en brazos de una bella mujer. Pero esa noche, lo que menos le apetecía era un encuentro fortuito. El roce con Jessica todavía estaba fresco y no tenía ganas de llevar a cabo el interrogatorio de rigor para asegurarse de que la mujer que quisiera ligar con ella compartía sus ideas sobre el sexo sin compromiso. En aquel momento, lo único que quería era cumplir con su obligación, escapar de allí y zambullirse en una bañera con agua caliente un buen rato.
Mientras el zumbido de los discursos proseguía, miró discretamente a la concurrencia. Caras igualmente aburridas salpicaban el paisaje de las mesas, incluso alguna que otra descabezaba un sueñecito. Finalmente, se fijó en un rostro que fingía diestramente una vidriosa concentración, como si mereciese la pena escuchar al hombre que hablaba por el micrófono. Reconoció la actitud. «Le emociona estar aquí tanto como a mí, y lo disimula mejor que la mayoría. ¿En qué mierda de lista estará?» Una fracción de segundo después, sus miradas se encontraron.
Anna se ruborizó. Sabía que la habían sorprendido mirando. La mujer del esmoquin le sostuvo la mirada firmemente durante un largo instante, y su expresión pasó de la aburrida indiferencia y el fastidio a un cierto interés; después dejó de mirar. Anna tuvo la sensación de haber sido valorada para algo importante y desechada a continuación, porque el esfuerzo no valdría la pena. «Bueno, pues a la mierda tú también.» Volvió a mirar al podio y, con valentía, retomó una falsa actitud de interés.
Veinte minutos después, ya finalizados los discursos, el baile estaba en pleno apogeo. Un grupo instrumental tocaba una mezcla de música clásica y jazz ligero, muy bien recibida a juzgar por la cantidad de parejas que salieron a la pista. En las mesas ya no quedaba rastro de la cena que los invitados habían consumido con entusiasmo, y habían cambiado los manteles blancos por otros de color rojo.
Anna dejó plantada a su «pareja» y se fue a buscar un cóctel recién preparado, porque suponía que se moriría de sed si esperaba a que él se percatara de que tenía la copa vacía. Cumplida la misión, localizó un rincón donde sabía que podría esconderse de la multitud sin perder de vista la fiesta por completo, en caso de que su presencia fuera necesaria. Se dirigió rápidamente hacia aquel remanso de paz procurando no cruzar la mirada con nadie que tuviese ganas de charlar. Al dar la vuelta a una esquina, estuvo a punto de precipitarse de cabeza contra la mujer del esmoquin. Se detuvo en seco y murmuró una disculpa, que la otra pasó por alto. La mujer estaba tan absorta que apenas se dio cuenta.
—Ya sé lo que me has dicho, Jack, pero te lo repito. No pienso darle un maldito céntimo. Sí, ya sé que lo que está en juego no es sólo mi reputación. —Elsa parpadeó. Casi había pisado a una invitada que se había interpuesto en su camino—. Disculpe, esto es una conversación privada —le dijo con exasperación a la desconocida, a modo de saludo.
Anna tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirar a los ojos, fríos y casi negros, de aquella mujer que le sacaba unos cuantos centímetros de altura a su metro sesenta y ocho. Fue entonces cuando vio que tenía el móvil pegado al oído y una expresión inequívoca de cólera. Antes, durante los discursos, le había parecido una cara muy atractiva, pero, en ese instante, la ferocidad con que la miraba empañó el encanto.
—Un momento, Jack. —Elsa se apartó el teléfono del oído y le clavó una mirada capaz de reducir a bufones contritos y gimientes hasta a los hombres más maduros—. ¡Oiga! ¿Es que no me ha oído? ¡Estoy hablando por teléfono y es una conversación privada! —Enfatizó la palabra «privada» para dejar bien claro el mensaje.
Anna, que se había llevado un susto al chocar contra ella, se recuperó enseguida y levantó la barbilla en respuesta al reto.
—La he oído. Pero esto no es su terraza particular y no hay necesidad de que se ponga tan estúpida. Si mirase por dónde va, seguro que no chocaría con desconocidos y no tendría que echar la culpa de su torpeza a los demás.
No fue necesario que Anna levantase la voz para hacerse oír perfectamente. Era experta en cortar a cualquiera de cuajo con el tono y las inflexiones de su voz. Fulminó a la mujer con la mirada y se alejó de allí. Todavía echaba humo por el incidente cuando vio que su acompañante se dirigía hacia ella. Miró a su alrededor rápidamente y comprobó que no tenía escapatoria. Reprimió un gesto de desagrado al tiempo que se preparaba para lo que tuviera que ser.
Con manos temblorosas, Elsa apagó el móvil y lo guardó en el bolsillo. No estaba disgustada por las reprimendas que había recibido, tanto del abogado como de la furiosa mujer que acababa de alejarse, sino por habérselas ganado a pulso con su proceder. «¡Dios, qué follón!» Llamó al primer camarero que vio, le pidió un whisky y se concentró en respirar. El camarero volvió más rápido de lo que esperaba y le dio una generosa propina para asegurarse un buen servicio el resto de la velada. Bebiendo a pequeños tragos, observó a la multitud, al tiempo que repasaba mentalmente la lista de personas a las que tenía que estrechar la mano antes de marcharse y buscaba a la atractiva mujer que le había propinado el bofetón verbal.
Como si repitiera imágenes de una mala película, recordó su propia grosería y la consternación y la sorpresa de la mujer. Se le encogió el estómago. En una situación normal, no se le habría ocurrido descargar su ira sobre una desconocida inocente, y menos aún tratándose de una mujer tan encantadora. Avergonzada y consciente de que tenía que enmendar el entuerto, divisó a la víctima a lo lejos y empezó a ensayar una disculpa aceptable.
A medida que se acercaba, se fijó en el sobrio y elegante vestido negro que realzaba sus curvas sin ostentación, al contrario de lo que ocurría con los atrevidos modelos que había escogido la mayoría de las mujeres de la concurrencia. Lucía un agradable pálido natural, no el tono artificial que solían tener las mujeres con las que ligaba. «¿Tendrá marcas de bañador?», se preguntó. El tono pálido de la piel y el pelo de un rubio rojizo le hacia juego de forma natural. Era abundante y ondulado, y con mechas un poco más claras, que le despertaron deseos de acariciárselo. Gimió para sí.
«Limítate a disculparte y lárgate de aquí, Winter.»
—Disculpe —dijo, y se encontró de pronto con unos ojos azul turqueza como no había visto en su vida. Tenían el color de una bahía caribeña y eran limpios, penetrantes e inquisitivos. La cara que se alzaba ligeramente hacía la suya carecía de arrugas e imperfecciones, y estaba exquisitamente proporcionada; sólo llevaba una levísima insinuación de maquillaje. Era una verdadera belleza—. ¿Puedo hablar con usted un momento? —Como no obtuvo respuesta inmediatamente, añadió—: Por favor.
Anna sintió una oleada de calor por todo el cuerpo al oír aquella simple palabra, además del rubor que le había producido la mirada directa de la mujer. Hacía un rato que se esforzaba por participar en la conversación de un reducido grupo de abogados que habían terminado reuniéndose, pero se distrajo al ver acercarse a aquella mujer. Murmurando una excusa de cortesía, se separó del grupo.
—Lamento alejarla de su pareja, pero…
—No es mi pareja —la interrumpió Anna sin dejarla terminar. Y, no bien lo hubo dicho, se preguntó por qué se molestaba en dar explicaciones a una desconocida… tan extremadamente grosera.
Elsa asintió y dedicó un instante a preguntarse por qué la tranquilizaba saberlo.
—Entonces, me he equivocado. Quisiera disculparme por mi impresentable conducta de antes. Estaba en medio de una conversación y usted me sorprendió. Las pagué con usted, cuando no tenía absolutamente nada que ver. Le ruego que acepte mis excusas. — Se moría de vergüenza al ver que la mujer no reaccionaba como esperaba.
—¿Y si no las acepto?
—¡Hágame el favor! —Elsa no estaba de humor para bromas—. Sólo le pido disculpas, no un tratado de paz mundial. —La encantadora interlocutora reaccionó como si le hubiera dado una bofetada. «¡Mierda, esta noche ni siquiera puedo enmendar esto!» Se pasó la mano por la frente—. Espere, por favor. En general, no soy tan ogro como parezco. Permítame empezar de nuevo. Soy Elsa Winter. Estaba pasando un mal momento, me descargué con usted y, por lo que veo, sigo metiendo la pata. Insisto, por favor, acepte mis disculpas. —Dejó la seriedad a un lado y se llevó la mano al corazón—. De lo contrario, me lanzaré contra el suelo y me arrastraré a sus pies. Luego publicaré un anuncio a toda plana en el Wall Street Journal o el USA Today, el que usted prefiera. Y si tampoco así me perdona, tendré que limitarme a invitarla a cenar. —La última frase se le escapó de la boca sin darse cuenta. No sabía si se habría propasado y se quedó en suspenso.
Anna frunció el entrecejo pensando en la lista de ofertas. No conocía de nada a aquella mujer y no sabía si era sincera. Lo que sí era cierto, sin duda, es que Elsa Winter estaba acostumbrada a salirse con la suya, y Anna creyó que no sería la primera vez que pedía perdón por algo, si así le convenía. Quería mostrarse ofendida, pero por algún motivo no pudo y prefirió entrar en el juego.
—Hummm. Cuántas ofertas. Tengo que pensarlo.
—Es justo. —Elsa disimuló la sorpresa. Por lo general, las mujeres reaccionaban enseguida, incapaces de resistirse cuando se humillaba. Aun sabiendo que era un error, no quiso que la conversación terminara ahí—. Puesto que ese tipo no es su pareja, ¿me permite invitarla a una copa en el patio?
A Anna se le aceleró el pulso ante la expectante mirada de aquella mujer tan atractiva.
—De acuerdo. Le concedo cinco minutos.
La conocida cadencia del deseo aceleró el pulso de Elsa inmediatamente. «Es evidente que la perspectiva general de la velada ha mejorado mucho.»
—No se imagina lo que soy capaz de hacer en cinco minutos.
No sabía por qué demonios estaba coqueteando con aquella mujer. El incidente con Jessica le había quitado las ganas de mujeres, al menos para unos días. Pero aquélla le parecía muy guapa y era perfectamente lógico que intentara distraerse un rato de sus preocupaciones. ¿Por qué no comprobar lo que darían de sí «cinco minutos»? Según su experiencia, solían preceder a una noche larga y placentera.
Anna captó la insinuación de Elsa, pero prefirió pasarla por alto.
—Tomaré un gimlet de vodka —dijo, mientras se dirigían a una de las múltiples barras estratégicamente distribuidas por la sala—. Por cierto, soy Anna Summer.
—Es un placer conocerla, señora Summer —dijo Elsa, y le tendió la mano.
Anna recibió una mano cálida en la suya, y los ojos azules de la otra mujer se oscurecieron aún más al envolverle la cara en su mirada. El calor que brotó en la palma de la mano se extendió rápidamente por todo el cuerpo y se le aposentó en la boca del estómago. Se mareó ligeramente al oír la voz de Elsa cuando pidió el vodka al camarero y un Chivas para sí.
Hasta ese instante no se dio cuenta de que todavía estrechaba la mano de Elsa y la soltó rápidamente, intrigada por la reacción física que le había provocado aquella mujer. Conocía gente a diario, de todas las formas y tamaños, más atractiva o menos, pero nunca se había sentido tan afectada. La respiración se le había acelerado como si compitiera con el pulso, las manos se le habían humedecido y deseaba perderse en aquellos ojos líquidos, de color azules, que la miraban sólo a ella. Sabía que era imposible, pero tenía la sensación de estar incubando algo de fiebre. Sacudió la cabeza para aclararse un poco y con gran esfuerzo consiguió darle las gracias a Elsa cuando le pasó la copa.
Anna aprovechó el momento de cruzar la sala para mirar con mayor detenimiento a la mujer que iba a su lado. El pelo rubio platinado lo llevaba en una trenza que se le balanceaba en la espalda, camisa blanca y almidonada, que se cerraba con una pajarita azul real, en armonioso contraste con la camisa. Tenía la piel blanca y no disimulaba con maquillaje las pequeñas arrugas de la risa de alrededor de los ojos. Entre las sedosas ondas que le tapaban las orejas destellaban por momentos unos pequeños diamantes. Se sorprendió al darse cuenta de que Elsa le parecía sumamente atractiva, de una forma inaprensiblemente sensual.
Siempre había sabido apreciar la belleza femenina, igual que la masculina, pero el cosquilleo que sentía en el estómago le indicaba que Elsa la intrigaba más de lo normal. Anna no era una mojigata en absoluto, pero tampoco se acostaba con cualquiera a la menor insinuación. No era propio de ella tener pensamientos sexuales sobre una persona a la que acababa de conocer y, sin embargo, ahí estaba aquel fuego inquietante llameando en sus pensamientos. «¡Dios! ¿Cuánto hace que no me enrollo con nadie?» Tuvo que concentrarse para responder aquella pregunta. Aceptar el puesto en Bradley Taylor había significado ochenta horas semanales de trabajo, ponerse al día con la nueva empresa y hacerse cargo de la cantidad de litigios que se apilaban encima de su mesa. El poco tiempo libre que le quedaba lo empleaba en la reforma de la casa centenaria que acababa de adquirir. Como consecuencia, había perdido el contacto con todo el mundo, exceptuando sus amistades más íntimas, y hacía siglos que no quedaba con nadie para salir.
Por fortuna, no creía que la falta de pareja o amante significara una vida incompleta. Valoraba mucho su libertad y su privacidad. Solía decir que, aunque estuviera sola, no se sentía sola. Sin embargo, al lado de aquella mujer, súbitamente se dio cuenta de la soledad en que vivía. Supuso que imaginar caricias y abrazos no era irracional, aunque tampoco era habitual en ella que esa clase de pensamientos se los inspirase una mujer. Sinceramente, rara vez se los inspiraba alguien, en realidad.
Elsa sujetó la puerta de cristal y le cedió el paso. Cuando pasó por su lado, captó el rastro del perfume de Elsa y lo reconoció: Charisma, la nueva fragancia que tanto revuelo había levantado en la oficina. «Muy apropiado.» Al salir al patio, el nivel de ruido descendió sustancialmente y las recibió la fragancia del jazmín disuelta en la fresca brisa.
—¿Qué la ha traído a esta gala, señora Summer? —preguntó Elsa, al tiempo que apoyaba la cadera en la barandilla que separaba los jardines debla zona en la que se encontraban.
—Obligaciones de trabajo. —Anna no sabía por qué le parecía tan importante insistir en que no estaba con el señor Suave por voluntad propia—. ¿Y a usted?
—Una buena amiga mía trabaja en la agencia de relaciones públicas que promociona esta juerga. Como Mérida no tenía pareja, me pidió que lo fuera yo.
Un nuevo cosquilleo en el estómago la sorprendió cuando Elsa utilizó de esa forma la palabra «pareja». Aunque la dijo inocentemente, captó con exactitud a qué se refería. Elsa, a su vez, captó la reacción de Anna y sonrió.
—Mérida es sólo una amiga. — Tomó un sorbo de whisky—. En la universidad, tuvimos un amago de idilio, pero las dos llegamos a la conclusión de que formábamos mejor pareja como amigas que como amantes.
«Ahí queda eso, alto y claro. ¿Lo tomas y echas a correr, o simplemente echas a correr? ¿Y, por otra parte, a mí qué me importa?» Pero Elsa sabía por qué le importaba. Anna era preciosa y encantadora al mismo tiempo, dos características que normalmente no reunían a la vez las mujeres con las que salía. Solían pertenecer a la categoría de preciosas, sin duda, y muchas se abrían paso hasta su cama de una forma encantadora, pero, comparadas con los pocos minutos que había pasado con Anna Summer, les faltaba algo. Lo pensó un poco más y llegó a la conclusión de que el atributo que les faltaba era la clase. «Y hay que ver adónde me ha llevado este gusto en cuestión de mujeres.» El súbito recuerdo de Jessica le hizo fruncir el entrecejo.
Anna contemplaba las emociones que reflejaba el rostro de Elsa, y que concluyeron en el cinismo. Aquella expresión le recordó que tendría que hacer lo políticamente correcto, es decir, volver enseguida con su acompañante. «¡Joder!» Por algún motivo que no lograba identificar, habría preferido mil veces pasar el resto de la velada hablando con Elsa. El hecho de que aquella mujer acabara de reconocer que era lesbiana no empañó su interés por ella ni un poquito. Al contrario: le pareció refrescante; al menos había una persona en la sala que no fingía.
—Me gusta su nombre —dijo, pasando por alto la llamada del deber—. Le va que ni pintado. —«¡Dios mío! ¿Por qué he dicho eso? Ni siquiera la conozco. Le importará un pimiento que su nombre me guste o me deje de gustar.»
A Elsa no pareció disgustarle su estúpido comentario y, con un matiz de exasperación jocosa, dijo:
—Gracias. Me tocó el deber de perpetuar la tradición familiar. Con el tiempo, he llegado a encariñarme con el nombre, pero hubo momentos en mi vida en que me parecía un coñazo.
—Nunca habría dicho —comentó Anna sonriente— que era usted tradicionalista. —Otra suposición precipitada. Se preguntó por qué demonios se le ocurrían comentarios tan personales. No era propio de ella.
La incendiaria mirada de Elsa le dejó un rastro ardiente por todo el cuerpo. A pesar del vestido negro de seda, que le caía en suaves pliegues por encima de las rodillas, tenía una intensa sensación de desprotección. Cuando lanmirada de Elsa se demoró un poquito más de la cuenta en el discreto escote, que sólo insinuaba el canal del pecho, Anna notó que se le endurecían los pezones, y sabía que el fino canesú de seda no podría ocultarlo. Llevaba los hombros desnudos, exceptuando el fino tirante del vestido, y se acaloró cuando Elsa los repasó con la mirada. Se le cortó la respiración al ver la reacción que provocaba su apariencia física. Tuvo la sensación de que acababa de acariciarla. «Sí, sí, esta mujer es lesbiana, definitivamente.»
—Así pues, señora Summer, ¿a qué se dedica cinco días a la semana, que le permite vestir un precioso modelo de Vera Wang? —preguntó Elsa, refiriéndose al vestido que Anna se había comprado hacía poco para la ocasión.
—Soy abogada —contestó, dominando una imperiosa necesidad de cubrirse los pechos o de acercarse a aquella mujer irresistible, no sabía bien cuál de las dos.
—¿Y trabaja por su cuenta o en alguna empresa? —«¡Eres espléndida!»
—Soy asesora principal de Bradley y Taylor.
«E inteligente, además.» Elsa entendió que aquella mujer le gustaba. Le gustaba mucho, en realidad, y la impresionaba. No debía de tener más de treinta y cinco años y, sin embargo, ocupaba el cargo más elevado del escalafón legal en una empresa del Fortune 500, con sede en el sur de California.
—Eso está muy bien —dijo, haciendo un gesto de reconocimiento con la cabeza.
—Para mí es una gran oportunidad — replicó Anna, y se alegró de volver a terreno conocido—. ¿Y usted? —se dispuso a devolverle un comentario sobre el diseñador del esmoquin que tan bien le sentaba—. Algo me dice que una mujer que se viste en Armani no está tan integrada en el mundo empresarial como pueda parecer.
—¿Le suena el nombre de Winter McKenzie? —preguntó Elsa con una sonrisa, y aguardó con expectación la reacción que esperaba.
Anna tardó unos segundos en relacionar el nombre con la cara. Por algo le sonaba Elsa Winter, claro. En ese mismo instante reprimió un gemido. «¡Santo Dios! Es indecentemente rica.» Se acordó de un artículo que había leído hacía meses en San Diego Business Journal, una reseña sobre la compañía familiar Winter McKenzie, que, en la tercera generación, había sido arrastrada al borde de la bancarrota. Sin embargo, en los últimos tres años había dado un giro vertiginoso y se había convertido en una de las compañías de fondos de capital riesgo más importantes del país, gracias a la dirección de la mujer con la que estaba compartiendo el patio en esos momentos.
—Muy impresionante, también — replicó.
—Bueno, ya sabe —dijo Elsa, e hizo una pausa—. Era una gran oportunidad a la que no podía renunciar. —Apenas pudo contener una sonrisa al hacerse eco del comentario anterior de Anna.
Le sorprendió la respuesta discreta y aparentemente sincera de Anna. No era la reacción típica que mostraba la gente cuando se daba cuenta de quién era ella. O Anna sabía ocultar muy bien sus emociones o, en realidad, no la había impresionado mucho. Fuera como fuere, el interés de Elsa aumentó y dio un paso más hacia aquella enigmática mujer. El reducido espacio que las separaba se llenó de energía, y ésta aumentó cuando la escrutadora mirada de Elsa se detuvo en la boca de Anna. Instintivamente, Elsa se pasó la lengua por los labios.
—La invitaría a bailar, pero me parece que esta gente todavía no está preparada para eso.
La formulación indirecta de aquella pregunta tenía un componente peligroso y emocionante, que tentó a Anna a aceptar, pese a las posibles consecuencias. Elsa irradiaba la seguridad de un aventurero desenfrenado y pensó que, si alguien era capaz de marcarse un baile lento con una pareja del mismo sexo en una gala de recaudación de fondos, era aquella mujer.
Elsa se maldijo a sí misma por la última frase que había pronunciado. No hacía ni una hora, no quería saber nada de seducir a una mujer y, de pronto, ahí estaba, intentándolo con ahínco. Interpretó la vacilación de Anna como una señal de desasosiego y echó una mirada al reloj.
—Aunque esta conversación me resulta sumamente agradable, creo que mis cinco minutos han expirado. ¿Me permite que la acompañe de vuelta a la sala?
Elsa se situó directamente enfrente de Anna. Se le oscurecieron los ojos al mirarla y, de repente, con la misma rapidez, el cambio desapareció. Tomó a Anna de la mano. Le acarició suavemente con el pulgar la sensible zona interior de la muñeca y dijo:
—Insisto una vez más. Acepte mis disculpas, por favor, y disfrute del resto de la velada.
A Anna se le hacían las piernas gelatina, al ensalmo de la voz y la mirada de Elsa. Cruzaron el pequeño patio, pero no se dio cuenta de lo solas que habían estado hasta que entraron de nuevo en la atestada y bulliciosa sala. Sólo era capaz de quedarse mirando, cada vez que Elsa se detenía a saludar a alguien; se movía entre el gentío con el garbo de una gacela y la seguridad de un tigre. No tardó en cautivar a todo un grupo de invitados, y Anna se fijó en que casi todos los hombres e incluso algunas mujeres miraban a Elsa con interés, unos con mayor interés que otros.
Inesperadamente sintió celos y se sintió embargada por una sensación de culpabilidad, cuando una voz interrumpió sus pensamientos:
—Hola, cielo. No esperaba verte aquí esta noche.
Clayton Stone ocupó el espacio que quedaba libre a su derecha. Clayton y ella se habían conocido hacía muchos años, en la universidad, y congeniaron inmediatamente. Iniciaron la vía romántica y la agotaron hasta que se dieron cuenta de que no saltaban chispas cuando estaban juntos. Desde entonces, eran grandes amigos y se acompañaban mutuamente en los encuentros sociales a los que era preciso acudir con pareja.
—Hola, Clayton. No supe que iba a venir hasta hace unos pocos días. El sobrino del jefe está en la ciudad y me mandaron un aviso de asistencia obligatoria. —Lo dijo en un tono que expresaba lo molesta que le resultaba aquella situación. Sabía que tenía que volver con el sobrino del jefe, pero seguía pendiente de Elsa—. ¿Qué sabes de esa mujer de ahí enfrente, la que está al lado de la señora del vestido azul? —dijo, mirando en dirección a Elsa, pero procurando disimular que señalaba.
—¿La del esmoquin? —Con algo más que un poco de admiración, Clayton dijo —: Esa mujer tan deliciosa es Elsa Winter.
A Anna le sorprendió el acertado calificativo que su amigo aplicó a Elsa.
—Sí, es ella. Pero en realidad no es tu tipo, ¿verdad, Clayton? —Su amigo prefería a los hombres de esmoquin.
—No hace falta que sea mi tipo para hacer un comentario sobre ella. Aprecio la belleza física en todas su formas.
—Clayton, eres imposible. —Anna le dio un golpe juguetón en el brazo. Solían bromear entre ellos a costa de las personas que les atraían. En una ocasión, hacía años, los dos se habían encaprichado del mismo hombre. Se produjo entonces una situación incómoda, cuando ambos descubrieron que el hombre de los sueños del uno y el objeto del fugaz interés de la otra estaba casado con Miss Colorado.
—¡Oye! Más vale que no me trates así, si quieres que renuncie a los atractivos de Miss Alucinante —le dijo, frotándose el brazo en broma.
—Lo lamento, es que sabes sacar lo mejor de mí misma —replicó Anna.
—No soportaría sacarte lo peor. —Clayton miró en dirección a Elsa—. ¿A qué viene el interés?
—Estuvimos hablando hace un momento.
Antes de que Anna pudiera añadir algo más, Elsa dejó de mirar al hombre con el que hablaba y echó una ojeada a la sala. Al ver a Anna, se le encendieron los ojos y la saludó con un leve gesto de la cabeza. Anna respondió con una sonrisa. Clayton se giró para ver qué había paralizado a su amiga.
—Baja de las nubes, Anna. —Le pasó la mano por la cara para llamarle la atención.
—Haces muchas preguntas —dijo Anna, apartando la mirada con esfuerzo—. Sólo sentía curiosidad.
—Oye, Anna, cariño, sabes que Elsa es lesbiana, ¿verdad?
«Dios, eso espero.» La cabeza le daba vueltas y tenía un cosquilleo en el estómago. Durante los años que había pasado en la facultad de Derecho, había desarrollado el olfato para detectar a la gente gay; su compañera de habitación era lesbiana y solían comparar a sus posibles ligues. En realidad, no le sorprendió que Clayton confirmara sus sospechas. Sabía que la admiración espontánea que desprendían las miradas de Elsa no era producto de su imaginación y que no había malinterpretado sus palabras.
Estaba claro que Clayton temía que se equivocara con aquella mujer, de modo que intentó traquilizarlo.
—Sí, Clayton, sé que es lesbiana. —Y, con más brusquedad de la que pretendía, añadió—: Vamos, escúpelo de una vez. ¿Qué más sabes de ella?
Clayton respiró hondo, como ordenando sus pensamientos. Era evidente que Anna no había conseguido tranquilizarlo del todo respondiéndole con naturalidad a la pregunta sobre la orientación sexual de Elsa. Sin embargo, siempre había dicho que no le correspondía a él decirle lo que tenía que hacer, y Anna supuso que en ese momento Clayton estaba midiendo sus propias palabras.
—Es directora general de Winter McKenzie —dijo—. Tomó las riendas de la compañía de manos de su tío cuando él casi la había hundido, hace un par de años o así. Es brillante, expresiva, gobierna el barco con firmeza y sabe meterse en el bolsillo a inversores y empleados. Algunos dicen que tiene poder; yo lo llamo carisma.
—Así lo llamaría yo también, sin duda —murmuró Anna.
—Ronda los treinta y cinco, creo — prosiguió Clayton—. Vive en Barrington Estates. El lado bueno de la ciudad, sin duda.
Anna conocía el barrio al que se refería Clayton. Eran inmuebles de primera categoría construidos frente a la costa del Pacífico, cada casa con su parcela particular de playa y un precio no inferior a los dos millones de dólares.
—Da dinero a espuertas a sus instituciones de caridad predilectas, pero no lo airea —dijo.
—¿Por qué?
—Supongo que no quiere esa clase de publicidad. En los últimos cinco años, ha donado casi un millón de dólares al centro de ayuda a la infancia.
—¡Quién lo diría! —exclamó Anna. Pero si alguien podía saber con certeza hasta dónde llegaba la generosidad de Elsa, era Clayton , por su cargo de presidente del comité de premios de la gala de esa noche—. No parece nada pretenciosa.
—También hace donaciones a la Barrett School, ¿sabes?, donde estudian los niños sin hogar del centro de la ciudad —añadió Clayton —. Financia los autobuses de la escuela, que recogen a los niños de los diversos hogares y casas de acogida. ¿Te acuerdas de John, el tipo con el que salí un tiempo? Es director de Blue House. —Hizo una pausa para ver si Anna identificaba el nombre de aquella tienda de ropa—. Elsa compró ropa y calzado nuevo para todos los niños de la escuela, y mochilas con todo lo que necesitaban para el curso. Para doscientos niños. — Bajó la voz y acercó la cabeza al oído de Anna—. Fue ella la elegida para el premio al benefactor de esta noche, pero lo rechazó. Provocó un cataclismo en el comité de selección.
Anna no salía de su asombro. Conocía a muy poca gente capaz de rechazar un galardón público por sus buenas obras. Era un detalle que revelaba un aspecto de su personalidad: seguramente le importaba más lo que hacía que la opinión que la gente pudiera tener de ella.
—Tuvimos que volver a reunirnos y escoger a otra persona para el premio —dijo Clayton como suspirando—. ¡Ya ves! Lo hace todo por los niños pero no quiere que nadie se entere. Me pregunto si pretende saltarse la ley o algo parecido.
—¿Y socialmente? —preguntó Anna sin la menor sutileza.
—¿A qué viene tanta curiosidad?
—Porque quiero saberlo —replicó con sequedad, impaciente por lo reservado que se mostraba Clayton— y además no es asunto tuyo.
—¡Ay! —exclamó Clayton, como si le hubiera picado un bicho.
—Perdona. He tenido una larga jornada. ¿Sabes algo más? Si no te importa contármelo, claro —añadió con una sonrisa conciliadora.
—Bueno —contestó Clayton, tirándose de cabeza—, vamos a ver, no son más que habladurías y no conozco sus andanzas de primera mano…
—Lo entiendo, Clayton —lo interrumpió Anna.
—Socialmente, es lo que se dice una mariposa. —Anna puso cara de no entender—. Es decir —le aclaró—, que va de flor en flor, siempre está cambiando de pareja. Cada vez que la he visto por ahí, iba con una distinta, y todas despampanantes. Es un buen partido, pero parece que no tiene intenciones de atarse a nadie.
—¿De veras? —Anna volvió la mirada a tiempo de ver cómo Elsa le estrechaba la mano a un hombre y se dirigía hacia la salida. En ese momento, Elsa, volvió la cabeza, como si quisiera regresar junto a Anna, pero cambió de opinión al verla conversando con Clayton. Entonces se limitó a decirle adiós con la mano y desapareció por la puerta.
—Tiene que ser molesto plantearse cada vez si a una mujer le interesas por ti misma o por tu dinero —comentó Clayton comprensivamente.
—Sí, supongo que sí. —A Anna no le interesaba Elsa por su fortuna, definitivamente. Había heredado una cantidad sustanciosa de su abuela, muerta hacía quince años, y había hecho buenas inversiones en ese tiempo. Tenía bien abonado el camino para disfrutar de una jubilación holgada, cuando cumpliera cincuenta años, si así lo deseaba.
—Hummm. A decir de las chicas, donde pone el ojo, pone la bala, y no deja insatisfecha a ninguna, a ver si me entiendes —dijo Clayton, y levantó las cejas al estilo de Groucho Marx.
«No me cabe la menor duda.» Anna mantuvo una expresión neutra para evitar que Clayton detectara un interés personal en sus preguntas.
—Eso es lo que se dice por ahí de la señora Winter. Tómalo en ese sentido — recalcó Clayton, de modo terminante.
Charlaron un poco más sobre temas generales, se despidieron y, mientras Clayton se marchaba, Anna se quedó pensando en lo que acababa de descubrir. La generosidad de Elsa para con los niños de San Diego indicaba una personalidad más profunda de lo que podía sospechar. La primera impresión que le había causado era de una persona tan narcisista que no pensaría nunca en los demás.
Con cierto sentimiento de culpa, miró hacia la puerta por donde Elsa había salido. Habría podido alargar la conversación si hubiera querido, y en ese momento se arrepintió de no haberlo hecho. Preguntándose si volvería a verla alguna vez, se fue a buscar a su pareja. Estaba lista para poner fin a la farsa, por esa noche.
Nos veremos el viernes para la actualización. Espero que reciban las 3 historias con el debido respeto que todos nos merecemos. Si hay algún error por favor acepten mis mas sinceras disculpas.
Cuidense mucho y espero verlos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
