Capítulo 3
Los lunes inspiraban emociones contradictorias a Elsa, y aquel lunes también. Le gustaba mucho su trabajo; los retos a los que se enfrentaba la cargaban de energía. Su negocio consistía en invertir en ideas y solía tratar con gente tan extraordinaria como astuta. Las ofertas de negocios que se evaluaban en Winter McKenzie a diario le brindaban la ocasión de aquilatar sus habilidades negociadoras, por una parte, y de confiar en su instinto visceral, por otra. Las personas astutas siempre intentan conseguir algo a cambio de nada y la obligaban a no bajar la guardia. Millones de dólares dependían de ella, por lo que no podía permitirse que ningún artista del timo con mucha labia le diese gato por liebre.
Lo que odiaba de los lunes era el tráfico. Había más coches en la calle que cualquier otro día de la semana. Los dividía en tres categorías: la primera, los que conducía gente que se había dormido y maniobraba entre los coches para situarse lo mejor posible en el carril. La segunda, los que debían de odiar su trabajo y no tenían ninguna prisa por llegar a su destino. La última categoría comprendía cualquiera de los otros dos casos cuando iban hablando por el móvil.
La minifurgoneta azul que iba delante de ella tenía mucha prisa, evidentemente, y la mujer que la conducía hablaba acaloradamente por el móvil. Elsa se hundió en el asiento de piel de su BMW 745i azul y soltó un sonoro suspiro cuando aquella conductora desconsiderada le cortó el paso por segunda vez. Procuró mantener la calma y empezó a repasar las escenas del sábado por la noche.
Poco después de llegar al Lincoln Grand, Adelaida Whitney la había acorralado en el tocador de señoras. Adelaida era hija del jefe de policía y se habían conocido en otra gala benéfica hacía unas semanas. Le hizo saber sin lugar a dudas que le apetecía repetir las horas que habían pasado juntas en su casa aquella noche. La sesión de sexo había sido emocionante y satisfactoria, pero, al margen del recuerdo, Elsa intuyó que Adelaida andaba tras algo más que una relación pasajera, de modo que la rechazó.
No le importó volver sola a casa. Lo más interesante de la noche había sido, con gran diferencia, los minutos que había pasado con Anna Summer. Sólo de pensar en ella, con aquel modelo negro que le abrazaba la figura, Elsa perdió el control de la carretera. Era para darse de bofetadas. ¿Por qué no la había invitado a salir?
«Por Jessica, exactamente.»
El recuerdo le aceleró el corazón. La verdad es que notaba los latidos en los oídos. Tenía que quitarse de encima a aquella sanguijuela cuanto antes.
En el momento en que se disponía a cambiar de carril, la minifurgoneta azul y su distraída conductora viraron bruscamente y la golpearon en la parte derecha del guardabarros delantero. Elsa pisó el freno, la minifurgoneta giró sobre sí misma y se detuvo de cara a ella.
—¡Maldita sea! —Elsa se desabrochó el cinturón de seguridad y salió del coche hecha una furia. Abrió de un tirón la portezuela de la conductora que había colisionado y empezó a hablarle a gritos—. ¡Estúpida zorra! ¿Qué diablos estás haciendo? ¡Cuelga el puto teléfono y presta atención a la carretera! —Su cólera subió dos puntos más al ver que la mujer no colgaba el teléfono. Elsa le arrancó de las manos el aparato, responsable de la disputa, y lo cerró con furia—. He dicho que cuelgues el puto teléfono.
Fue entonces cuando oyó un llanto en el asiento trasero. Metió la cabeza en el coche y miró atrás. Un bebé de semanas lloraba a voz en grito.
La mujer agarró a Elsa por el brazo y le dijo, suplicante:
—Lo siento. Por favor, tengo que llevar a mi hijo al hospital. Está malito, se me está consumiendo de fiebre. Por favor, se lo ruego, tengo que llegar al hospital. Estaba hablando con el médico y me ha dicho que me dé prisa. Sígame, por favor. Pagaré lo que sea por la reparación del coche, pero ahora tengo que irme.
A Elsa se le encogió el estómago cuando miró a la cara a la suplicante mujer. «¡Dios! ¿Cuándo me he convertido en un monstruo?» Le devolvió el teléfono.
—Está bien —dijo, suavizando el tono—. Lleve a su hijo al hospital y no se preocupe más de este asunto.
La mujer salió disparada en dirección al hospital antes de que Elsa pudiera cambiar de opinión.
Elsa dio un manotazo al capó. Las manos le temblaban y respiraba ruidosamente. «Elsa, acabas de ponerte como una energúmena con una mujer que llevaba un bebé enfermo. Vas a ir de cabeza al infierno.» Estaba avergonzada por su conducta. Su paciencia y su típica serenidad habían desaparecido definitivamente en las últimas semanas. Cada dos por tres gritaba a la gente sin motivo y perdía la paciencia con los errores ajenos. Y la forma en que había explotado con aquella pobre mujer era imperdonable.
«Tengo que poner orden en mi vida.»
Unos minutos después de las nueve, entró en la oficina y casi choca contra un empleado de mantenimiento que salía en ese momento. Aparentó calma, pero por dentro le hervía la sangre.
—Buenos días —saludó a Morgana como si todo estuviera en orden.
La secretaria le devolvió el saludo, que no sonó falso.
—¿Qué tal la fiesta?
—Como siempre —contestó Elsa
—. La misma comida, las mismas caras, las mismas peticiones de fondos.
—Dios mío, Elsa, no son más que las nueve de la mañana y ya estás de un humor imposible. Más vale que des media vuelta, salgas por donde has venido y entres otra vez con otra actitud. — Morgana la miraba directa y firmemente a los ojos; no temía enfrentarse a su jefa.
Elsa le dedicó una sonrisa irónica y se dejó caer en la silla de las visitas, enfrente de Morgana. Hacía ya unos años que era su secretaria y, en ese tiempo, habían compartido sus experiencias con hombres y mujeres, sus deseos, desilusiones y tabarras de algún que otro amante obsesivo. Podían y solían hablar de todo. La consideraba una amiga, más que una empleada, y a cambio Morgana procuraba mantener en orden la vida de Elsa.
Elsa soltó el maletín y lo dejó resbalar hasta el suelo, se inclinó hacia delante apoyando los antebrazos en los muslos y se tapó la cara con las manos. Se sentía más pequeña que después de chillar a aquella madre desesperada, un rato antes. «¿A cuánta gente más voy a amargar la vida esta mañana?»
—¡Dios, Morgana! No sé qué me pasa últimamente. ¿Sabes lo que he hecho esta mañana? Me he puesto como un basilisco con una mujer que llevaba al hospital a un bebé enfermo. —No podía creer que se hubiera comportado así.
—¿Cómo dices? —preguntó Morgana frunciendo el entrecejo.
Elsa se recostó en la silla, agotada, cuando el día aún no había empezado. Contó el feo incidente con la mujer, que había sucedido hacía una hora.
—Estaba hablando por teléfono con el pediatra, que le decía que llevara al niño al hospital… ¡y yo gritándole que colgara! —Se habría hecho una bola y se habría fundido allí mismo, si hubiera podido.
—Deplorable —dijo Morgana con indignación—. Nunca te he visto hacer una cosa así, y has tenido muchas ocasiones.
Morgana tenía razón: desde que había tomado las riendas de Winter McKenzie, nunca había perdido la compostura ni había reaccionado de forma exagerada en ninguna situación, por tensa que hubiera sido. Por el contrario, en lo referente al trabajo, y sobre todo dentro de la oficina, se comportaba como una santa y tenía la paciencia de las tortugas en invierno. Nada la descomponía ni le hacía reaccionar como esa mañana. Al menos así había sido, hasta que el humor empezó a cambiarle unas semanas atrás. Recogió el maletín del suelo y se levantó lentamente de la silla.
—Necesito unas vacaciones. A lo mejor en un sitio cálido, tropical, con una reserva inacabable de bebidas con sombrillita de papel.
—Sí, servidas por rubias en bikini — añadió Morgana. La conocía muy bien.
—No —dijo Elsa tras pensarlo un segundo—, tengo que alejarme de las mujeres, sobre todo si van en bikini, al menos por un tiempo. —La expresión de Ariel le indicó que acababa de descubrirse.
—¿Qué más te pasa? —le preguntó, dubitativa—. ¿Jessica ha vuelto a ponerse en contacto contigo?
Elsa se lo había contado todo a Morgana, después de los diecisiete mensajes telefónicos que le había dejado en tres días. El último que recibió decía «Más vale que esa perra me llame». Se acordó de la conversación de hacía dos días y puso cara de asco.
—Vino a mi casa el sábado por la noche y no me lo monté muy bien. Ahora está cabreadísima conmigo, y Jack también. Y tú, y también yo estoy cabreada conmigo por no saber cerrar la boca a tiempo. —En realidad, la lista era más larga. Pero Elsa no quería pensar en las malas intenciones de su cuñado ni en sus últimos intentos de escorar el barco de Winter McKenzie.
—Yo no estoy cabreada contigo, Elsa —le dijo Morgana comprensivamente—. Siento que estés pasando tan mal trago con esa mujer. ¿Y qué quiere ahora?
—Trescientos mil dólares. —Elsa manejaba sumas mucho mayores a cada hora del día, pero, en esas transacciones, los principios personales no entraba en juego.
—¿En concepto de qué?
—En concepto de seis revolcones en la piltra. — Morgana puso una cara que obligó a Elsa a reformular la explicación con un poco menos de crudeza—. Lo que dijo, más o menos, fue: «Para hacerme desaparecer».
—No pensarás ceder, ¿verdad? — preguntó Morgana.
Morgana admiraba mucho la sinceridad y la integridad de Elsa. No creía que su jefa se dejara chantajear, pero en ese momento tuvo sus dudas. Tenía la sensación de que las amenazas de Jessica le habían afectado más de lo que aparentaba. Elsa siempre daba ejemplo de profesionalidad y no permitía que la vida personal interfiriese en su trabajo. En los negocios, era tan dura como fuera necesario, pero siempre se mostraba justa. Morgana admiraba a las personas capaces de gestionar la complicada organización de una conferencia telefónica al tiempo que respondían mensajes electrónicos y encargaban la comida, y todo sin perder el hilo en ningún momento. Con todo, Elsa le parecía única en su especie por motivos más importantes: concretamente, por los cheques que firmaba todos los meses en la carpeta titulada «Nuestro Futuro». Aquellas generosas donaciones iban destinadas a varias organizaciones infantiles, y jamás hacía publicidad de ello. A Morgana se le encogía el corazón al ver a una mujer tan desprendida y bondadosa liada con una persona tan despreciable como Jessica.
—Desde luego que no. A esa cazafortunas no pienso darle lo que quiere. —Hizo una pausa—. ¡Ah, sí! Espero que Jack me llame dentro de un rato para soltarme una buena reprimenda, así que pásamelo enseguida.
La gruesa alfombra apagó el sonido de los pasos de Morgana, cuando entró cinco minutos después, y Elsa se sobresaltó al ver aparecer una taza de café ante sí.
—Gracias —murmuró, sin levantar la vista del montón de papeles que estaba leyendo.
—No hay de qué. Por cierto, justo antes de que llegaras, te llamó una tal Anna Summer. —Elsa levantó la cabeza tan súbitamente que Morgana se asustó—. ¡Ajá! ¿Tiene algo que ver con Jessica?
—¿Has dicho Anna Summer? — Morgana asintió—. No, no tiene nada que ver con Jessica, al menos que yo sepa. Vaya, espero que no. ¿Dejó algún recado?
Elsa se sorprendió de su propia reacción al oír el nombre de la bella mujer del sábado por la noche. No solía recibir llamadas personales en el despacho y estaba segura de que no le había dado el número a Anna. La sangre le cosquilleó en las venas de una forma muy curiosa al entender que Anna se había tomado la molestia de localizarla.
Morgana dejó la nota de color rosa junto a la carpeta negra que había sobre la mesa.
—Dijo que la llamaras. Tiene una reunión hasta las once, pero después estará libre.
—¿Qué hacía aquí el empleado de mantenimiento? —preguntó Elsa, recogiendo la nota de color rosa—. ¿El aire acondicionado, otra vez?
—Yo no he llamado a nadie — respondió Morgana, que ya se iba—. Dijo que era una revisión de rutina.
Elsa miró hacia los conductos de ventilación. Al menos el operario había limpiado después, y no como el anterior. Curiosamente desmotivada para el trabajo, miró a la pared de enfrente. Tenía dos horas por delante, hasta que pudiera llamar a Anna, tiempo suficiente para reunirse con un par de altos cargos de la empresa y redondear la presentación prevista con unos clientes para el día siguiente. Pero estaba irremediablemente distraída. Molesta consigo misma, se imaginó a su abuelo sentado allí, en aquel mismo escritorio de color cereza. ¿Qué pensaría de ella, si la viera así?
No le hizo falta mucha imaginación para ver al patriarca diciéndole que ya era hora de sentar la cabeza y asumir la responsabilidad que le correspondía por nacimiento. No había llegado a conocer muy bien al viejo, pero se acordaba de cómo crecía el hombre cada vez que entraba en el despacho, y Elsa sabía que había heredado sus genes. Le gustaba mucho lo que hacía, lo hacía bien y casi todas las mañanas acudía a su puesto impaciente por ponerlo todo en marcha. Sin embargo, hoy lo único que quería era que las manecillas del reloj Waterford se movieran. Con un triste suspiro, volvió a concentrarse en un montón de archivos y se obligó a zambullirse en la tarea.
En otra parte de la ciudad, en el cuadragésimo segundo piso del edificio Bradley y Taylor, Anna también se encontraba en su despacho, pero no estaba sola. Se esforzaba por no perder el hilo de la discusión entablada entre las tres personas sentadas en torno a la mesa de reuniones. Siempre se concentraba en el trabajo, pero hoy se acordaba constantemente de la impactante mujer del esmoquin que había conocido la noche del sábado. Elsa Winter tenía algo que se había apoderado de sus pensamientos, y no había dormido bien por su causa. Pero más que el cansancio y la pérdida de concentración, lo que la preocupaba era el comportamiento tan atípico que había tenido hacía un rato, cuando levantó el auricular y la llamó.
Nunca hacía nada sin pensar previamente hasta en las últimas consecuencias y, desde luego, jamás perdería el tiempo con una persona tan voluble como Elsa. Había presenciado sus rápidos cambios de humor, desde la cólera y la grosería hasta la irritación y la humildad, sin perder nunca el encanto, e, inexplicablemente, cada etapa le había parecido más seductora que la anterior. Había pasado el domingo buscando información en internet sobre aquella mujer fascinante. Por suerte, había gran cantidad de material, y unos cuantos artículos en los que se referían a ella abiertamente como lesbiana. Estos últimos recogían lo que le había sonsacado a Clayton y añadían algunos jugosos detalles más.
Cuanto más leía sobre ella, más quería saber, hasta que por fin, con los ojos cansados, se fue a la cama pasada la medianoche. Se quedó muda de asombro al sorprenderse a sí misma hablando con la secretaria de Elsa, nada más empezar la mañana. ¿No había tenido bastante con buscar información sobre la directora general de Winter McKenzie como si se tratara de un caso legal?
—Disculpa, ¿qué es lo que has dicho? —Se avergonzó de perder el hilo de la conversación. «Céntrate, Anna.» Procuró borrar a Elsa de su mente mientras le repetían la misma pregunta por tercera vez.
—Tendría que irse.
—No creo que lo digas en serio. —No sabía si reírse o darle a Facilier Merison con un ladrillo en la cabeza. Acababa de preguntar si podía despedir a un empleado porque era «maricón», según sus palabras. Merison era el director financiero de Bradley y Taylor, con una antigüedad de veintitrés años en la empresa.
—¿Por qué no? No puedo consentir esa clase de alteraciones en mi organización.
Desde la primera reunión, Anna sabía que aquel tipo era un imbécil petulante que no reconocería una idea progresista aunque le mordiera el trasero. Se situaba tan a la derecha que, si se descuidaba, se caería por el borde de la Tierra. «Este tío tendría que desaparecer del mundo con todas sus actitudes.» Reprimió una sonrisa.
Anna conocía a John Ratcliffe, el empleado en cuestión, y reconocía que «cantaba» mucho, pero nunca habían tenido queja de él. Por el contrario, las relaciones con sus compañeros eran excelentes y Anna lo veía muchas veces en una mesa de la cafetería rodeado de compañeros. Ladeó la cabeza.
—¿Y qué clase de alteraciones son, exactamente?
—Es tan evidente… —dijo Facilier, como si eso lo explicara todo.
—¿Y?
—¿Qué quiere decir «y»? — Facilier no sabía ocultar sus emociones—. Se pasea por la oficina como una loca, con la mano tonta colgando y meneando las caderas. Está todo el día charlando y soltando risitas. ¡Y cómo se viste…!
Anna se imaginó a Facilier vestido como un osito de peluche de Victoria's Secret y tuvo que tomar un gran sorbo de café para borrar de su mente aquella grotesca imagen.
—¿Has tenido queja de su rendimiento en el trabajo?
—No, pero no por eso deja de ser un trastorno. Seguro que nadie dice nada por miedo.
—¿Miedo de qué, en tu opinión?
—Pues —respondió Facilier mirando a Anna como si fuera tonta— de que sea él quien los acuse de maricones.
«No puedo creer que esta conversación sea real. Este tío está tarado.»
—Tengo que responder ante el gobierno federal —siguió justificándose Facilier —. Esta empresa tiene una reputación impecable y quiero que siga siendo así. Gobierno este barco con firmeza y no consiento disensiones en mis filas.
Hasta el momento, la tercera persona que había en la mesa, Charles Muntz, el director general, no había dicho una palabra sobre el tema. Anna lo miró, como pidiéndole su opinión, pero él no dijo nada, de modo que tomó ella la palabra otra vez.
—Por lo que me cuentas, no podemos despedirlo, Facilier.
—¿Qué más necesitas?
«No te alteres. Recuerda que este tío es idiota.»
—En primer lugar, Facilier, el término más apropiado es «gay». En segundo lugar, va contra la ley despedirlo únicamente por tener sospechas sobre las personas con las que se relaciona en su tiempo libre. En tercer lugar, esta empresa, y tú personalmente, podríais ser denunciados sólo por pronunciar la palabra «maricón» en este contexto. —Anna procuró enfatizar las palabras «tú personalmente» del último comentario —. En cuarto lugar, nadie se ha quejado, ni oficial ni extraoficialmente. Y, para concluir, no tienes argumentos para despedirlo.
—¿Cómo que no tengo argumentos? —Merison tensó tanto la espalda que Anna vio cómo se le estiraba el nudo Windsor de la corbata.
—Quiero decir que no me has demostrado que haya hecho algo que justifique el despido. Su rendimiento es ejemplar. Lo has dicho tú mismo en las tres últimas evaluaciones de rendimiento. —Anna señaló la carpeta que tenía ante sí—. Nadie se ha quejado y no ha incumplido la política de la empresa en ningún aspecto. No ha hecho nada malo —concluyó taxativamente. Facilier se volvió hacia el director general con una mirada suplicante, y el director habló por fin.
—Bien, Anna, seguro que se puede hacer algo, ¿no es así?
Anna captó la inflexión de su voz. El jefe esperaba que apoyase la postura de Merison. Sabía que las palabras que pronunciara a continuación definirían su carrera en Bradley y Taylor.
—No, Charles, yo no puedo hacer nada. No podemos despedirlo sólo por ser gay. No apoyaré una actitud tan poco ética, por no decir moralmente equivocada. —Se quedó observando a los dos hombres, que endurecieron la mirada ante sus últimas palabras, como si la vieran por primera vez, y Anna supo que acababa de entrar en un campo de minas.
—Anna…
—Es evidente que no he dado la respuesta que se esperaba, pero es mi decisión.
—En su opinión, no había nada más que añadir.
Los dos hombres se levantaron de la mesa y Facilier habló con la boca pequeña.
—De acuerdo. De momento lo acepto, pero te garantizo que el señor mariposón traerá problemas. Oye bien lo que te digo.
Anna se levantó también antes de que Merison se separase de la mesa y lo inmovilizó con la mirada.
— Facilier, como asesora principal, te aconsejo que dejes de utilizar términos inapropiados y de hacer comentarios despectivos sobre un empleado de esta compañía.
A solas, Anna se dejó caer en el pequeño sofá del despacho.
—¡Dios bendito! Me parece que estoy de mierda hasta el cuello. —No había nadie allí que confirmase su observación.
Elsa habría jurado que las manecillas del reloj de cuarzo no se habían movido desde hacía media hora. Los papeles que tenía encima de la mesa habían pasado de un lado a otro, como si hubiera terminado la tarea, cuando en realidad no los había leído. Por fin, al cabo de una hora, dejó que fingir que trabajaba y se fue a comer algo. A su regreso, Morgana le pasó otra nota de color rosa. Anna Summer había llamado de nuevo: ya había terminado la reunión.
No esperó a ver si había más mensajes para ella. Entró rápidamente en el despacho y cerró la puerta. Nunca había sentido tanta aprensión antes de hacer una llamada telefónica. Todos los días hacía llamadas que podían cambiar la vida de muchas personas, pero aquella sensación le resultaba totalmente ajena. Mientras marcaba el número, le pasaron por la mente a toda velocidad los motivos que podía tener Anna para llamarla y qué le diría, pero se quedó completamente en blanco cuando el teléfono empezó a dar la señal al otro lado de la línea. Intentó ensayar unas palabras, pero se quedó atascada en el primer saludo.
Anna estaba abriendo un legajo de unos cinco centímetros de grosor cuando sonó el teléfono. «¡Dios! ¿Por qué los abogados no podemos decir las cosas en unas cincuenta páginas, o menos?» El teléfono sonó varias veces, hasta que se acordó de que De Vil, su secretaria, había ido a fotocopiar la documentación necesaria para la reunión del día siguiente.
—Anna Summer —contestó distraídamente.
—Soy Elsa Winter. —«¿Por qué estoy tan nerviosa?»
A Anna se le aceleró el corazón al oír aquella voz cálida e insinuante al otro extremo de la línea. Soltó el legajo encima de la mesa y se quitó la gafas de cerca—. Hola. Esto…, gracias por devolverme la llamada. —«¡Qué estupidez! ¿Por qué no iba a devolvérmela?»
—Siento no haber estado antes, cuando llamó. Es que sucumbí a un deseo insaciable de comer chocolate y bajé a la tienda del vestíbulo a comprar un Snickers.
Anna percibió una sonrisa en la voz de Elsa.
—Yo soy adicta a las galletas Reese —reconoció con culpabilidad.
—¡Hay que ver! Por muy mayores y triunfadoras que lleguemos a ser, todas tenemos algún vicio secreto —dijo Elsa, riéndose.
—No le diré el suyo a nadie si usted no pregona el mío por ahí —dijo Anna, como si fuera una cuestión de seguridad nacional.
—Hecho. —Elsa no sabía qué más decir.
Anna reprimió una risita nerviosa. Tenía una fuerte sensación de ridículo, de miedo y de emoción que hacía años que no sentía.
—Quería decirle que acepto sus disculpas. —El silencio que reinaba al otro extremo de la línea le atacaba los nervios.
Por fin, la aterciopelada voz respondió y Anna dejó de apretar el teléfono con todas sus fuerzas.
—Gracias. Estaba un poco preocupada. Ya me veía contándole a mi hermana lo impertinente que había llegado a ser y soportando la bronca semanas y semanas hasta que arreglara las cosas. Y le aseguro que me las hace pasar canutas.
—Me alegro de haberla librado de la ira de su hermana. ¿Tiene motivos para regañarla con tanta frecuencia? —A Anna le cautivó el comentario personal de Elsa.
Elsa echó una mirada a la foto de Bella, que ocupaba un lugar destacado en una esquina de la mesa.
—Más de lo que me gustaría, pero menos que antes. En estos últimos años, me he reformado un poquito, y ahora dedica toda su atención a emparejar a sus amigos. Aunque me parece que a ellos no les hace ilusión, precisamente.
A Anna se le aceleró el corazón de nuevo al oír la risa de Elsa. «¡Qué sonido tan maravilloso!»
—Ojalá pudiera yo decir lo mismo. Soy hija única. —Anna se estremeció al recordar que hacía unas semanas que no llamaba a su madre.
—¡Toma! Y creía que yo lo tenía fatal. —Las dos se rieron.
—¿Aceptaría cenar conmigo el sábado que viene? —dijo Anna, dejándose llevar por un impulso. «¡Dios, no puedo creer que lo haya dicho yo!» Contuvo el aliento.
Elsa no esperaba la invitación y sospechó que Anna ni siquiera lo había pensado hasta ese instante. Estaba acostumbrada a que las mujeres, e incluso algunos hombres desinformados, dieran el primer paso, pero en esta ocasión no estaba segura de que fuera un paso, en realidad.
Anna no entendía que le hubiera dado por decir eso y se sintió totalmente avergonzada. Buscó desesperadamente una forma de salir de aquella situación. Nunca le habían sorprendido tanto sus propias palabras.
—Hummm…, bueno…
—Me encantaría —respondió Elsa rápidamente.
«Bueno, y ahora ¿qué demonios digo? ¡Piensa! ¡Piensa!» Sus propias reacciones ante aquella mujer la dejaban atónita. Sacudió la cabeza para poner el cerebro en marcha. Tenía la mente en blanco; no recordaba ningún restaurante de la ciudad. La salvación llegó en forma de invitación a una comida de negocios que destacaba en la bandeja del correo.
—¿Conoce el Madison's, ese restaurante nuevo del Borgotta? —Se refería al elegante centro comercial que acababan de restaurar en el paseo marítimo.
—No, no lo conozco, pero dicen que es maravilloso. —Elsa se recostó en el sillón y puso los pies encima de la mesa.
Una vívida imagen de Elsa y ella, sentadas frente a frente en una pequeña mesa íntima, invadió sus pensamientos. Vio la luz trémula de las velas reflejada en aquellos ojos azules, que prometían misterio y aventura. Una mano de largos dedos sujetaba una copa de Dom Perignon y se la llevaba lentamente a los labios. Le pareció sentir cómo aquellos labios le acariciaban los pechos.
—¿Anna?
—Sí —respondió, abandonando de golpe sus lascivos pensamientos—, sigo aquí, lo siento. Déme su dirección. — No podía dejar de pensar en sus labios y tuvo que preguntarle la dirección dos veces—. ¿A las seis y media? Creo que nos daría tiempo a las dos.
—Que sean las seis, mejor, y así tomamos un cóctel primero, si le parece bien. —Elsa quería pasar unos minutos a solas, antes de unirse a las multitudes que saldrían a cenar. «A lo mejor no llegamos ni al restaurante.»
—De acuerdo. —Anna quería alargar la conversación, pero no sabía cómo hacerlo, de modo que se repitió—. Quedamos así, la recojo a las seis.
—Estaré preparada —dijo Elsa con un claro doble sentido. Por el largo silencio que siguió, dio por sentado que Anna había captado la indirecta.
—Bien, hasta entonces —contestó Anna sin fuerzas, y colgó el teléfono antes de que Elsa siguiera insinuándose. Se echó hacia atrás en la silla y se quedó mirando a la nada, esperando a que el corazón recobrase su ritmo normal. «¡Dios! ¿Qué me ocurre con esta mujer? ¡Estoy como si me hubiera pasado un camión por encima!»
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Como que Elsa no se anda con cuentos??? bien ahi esta su capítulo gracias a todos los que leen y los que se agregaron para recibir las notificaciones. Ya me estaba empezando a sentir mal por si no les gustaba la idea.
Pero bueno con uno a que le guste yo lo hago y ya.
Deilys Leon: me alegra mucho que te gustaran, si bueno debe tener un par de cosas por decir algo.
miguel.puentedejesus: me alegro que te encantara enserio, espero que continues sintonizando y bueno gracias por el visto bueno.
Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso.
Que La Fuerza Los Acompañe...
