Capítulo 4

Elsa se recostó en la silla y se frotó la sienes. Estaba cansada y malhumorada, después de cuatro días de reuniones continuas, y le dolía la cabeza. Echó una ojeada a las notas que había tomado en la reunión de la mañana y se dio cuenta de que había llenado las páginas de garabatos abstractos. Frunció el entrecejo al comprender que aquellos garabatos delataban la frecuencia con que se había distraído pensando en Anna en los últimos días. Había salido con muchas mujeres, y se había acostado con la mayoría de ellas, pero ninguna había invadido sus pensamientos como ella.

La evocó con el modelo negro de diseño y volvió a sorprenderse de que destacara tanto entre las demás mujeres de la fiesta, y no por su belleza, sino por su mera presencia. Irradiaba una energía que relegaba a todas las personas de su alrededor a un anodino segundo plano.

Estaba segura de no haber malinterpretado el interés que vio en sus ojos, incluso desde lejos, en aquella sala, pero su mal humor por lo de Jessica le impidió reaccionar a tiempo.

Con los pies en la mesa, volvió a mirar el reloj. Faltaba media hora para la siguiente reunión, un momento tan apto como cualquier otro para pensar en lo que había visto exactamente en sus ojos antes de desviar la mirada. ¿Curiosidad? ¿Sería hetero o una bisexual aficionada? Se quedó pensando en las diferentes posibilidades mientras mordisqueaba la ensalada que Morgana le había dejado en una esquina de la mesa. Pero en el fondo de sus pensamientos había otra cosa que pugnaba por salir a flote. Pocas veces se equivocaba al juzgar a las mujeres o en los negocios, pero la situación con Jessica apuntaba a un fallo en sus dotes de valoración. Pocas cosas la hacían dudar de sí misma, pero la posibilidad de perder su capacidad de juicio era una de ellas.

Unas horas antes, había hablado largo y tendido con Jack para definir la estrategia a la que recurrirían si Jessica seguía adelante con sus amenazas. Terminó la conversación asqueada y con cierto temor. Podrían controlarla, pero la cosa se pondría irremediablemente fea. No le gustaba ser objeto de chantaje, y el hecho de habérselo buscado ella sola le resultaba intolerable. Se frotó el cuello para aliviarse la tensión y hojeó el calendario; sonrió al ver señalada la cita para cenar con Anna al día siguiente. Casi esperaba que la hubiera llamado para anularla con cualquier excusa. Sin embargo, la había confirmado, lo cual aumentó el grado general de distracción de Elsa.

La idea de pasar la noche con una mujer hermosa siempre la animaba, pero esta vez, el cosquilleo que sentía habitualmente parecía más intenso. No era sólo una cena con una belleza cualquiera; iba a pasar la velada con una mujer que la hipnotizaba como pocas. Necesitaba volver a verla, aunque sólo fuera para averiguar si la reciprocidad que percibía por parte de Anna Summer eran imaginaciones suyas o no.

«Necesitaba.» Elsa cambió de sitio unos papeles. La idea de necesitar cualquier cosa la intranquilizaba. La necesidad hacía vulnerables a las personas, y no recordaba la última vez que había sentido necesidad de una mujer determinada. Las «necesidades» físicas eran otra cosa. Sin embargo, últimamente la satisfacción de sus deseos le había acarreado complicaciones intolerables, a ella y a una tercera persona inocente, que la dejaban a merced de las implacables manipulaciones de Jessica. Pensó que al menos podía agradecer que el asunto no le afectase emocionalmente; en el plano personal, lo único que estaba en juego era su orgullo. En adelante tendría que ser más precavida, lo cual significaba que, pasara lo que pasase el sábado por la noche con Anna, no tomaría ninguna decisión precipitada que después pudiera lamentar.

«¡Ya está bien, Anna! ¡Ponte cualquier cosa!» Anna repasaba el vestuario de su armario ropero, ordenadamente colgado en la barra. Miró la cantidad de prendas que había desechado ya, después de probárselas, amontonadas encima de la cama. Estaba nerviosa y quería ponerse lo que más la favoreciese. No sabía cómo llamar a la velada con Elsa. En realidad, no era una cita con un ligue, pero se lo parecía.

La sensación de inquietas mariposas en el estómago era una señal inconfundible de que el compromiso para cenar le despertaba más deseos y expectación que nunca. Descolgó una percha y reconoció finalmente que Elsa le parecía más que atractiva, pero no sabía cómo encajarlo. Anna era muy culta, había viajado mucho y no tenía nada de ingenua en lo que a la vida se refería, pero con aquella mujer no estaba ni mucho menos en igualdad de condiciones.

Miró las perchas vacías y frunció el entrecejo; no recordaba cuándo había sido la última vez que se había puesto tan nerviosa. Se movía en círculos selectos y, gracias a su buena educación, no se dejaba impresionar por la pompa de las circunstancias ni por la gente. Su padre vivía satisfecho con su oficio de cartero y le había enseñado la importancia del compromiso con la familia, el trabajo y el país. Su madre, maestra de profesión, la había familiarizado desde la infancia con la literatura y con otras culturas, y Anna conservaba los valores del amor por aprender y la aceptación de lo diferente en que la habían educado.

En casa de los Summer no sobraba el dinero. Anna se había esforzado por ganar lo suficiente para matricularse en la universidad local, donde se graduó summa cum laude y ganó una beca para entrar en la facultad de Derecho de Harvard. En la época de Harvard, conoció, casi por primera vez en su vida, a personas que creían que la sangre que corría por sus venas o la cuenta bancaria las hacía superiores a los demás. Tuvo que aprender a adaptarse al entorno por necesidad, y se enorgullecía de no haber comprometido nunca sus valores ni su integridad en el proceso. Harvard la preparó adecuadamente para lo que la esperaba en el ámbito profesional.

En la actualidad, estaba rodeada de hombres y mujeres triunfadores, y también de hombres y mujeres capaces de hacer cualquier cosa por entrar en ese círculo tan selecto. Sabía que tenía enemigos, colegas que le guardaban rencor por haber llegado tan alto. Generalmente, subestimaban su fortaleza y su sentido común, y, si la obligaban a actuar para proteger sus intereses, nadie se daba cuenta de nada hasta que ya era tarde para impedírselo. El trabajo duro y la dedicación le habían granjeado fama de letrada brillante y política extremadamente astuta. En general, los que la conocían preferían tenerla como amiga, incluso los pretendientes a quienes había rechazado.

Durante la carrera, había conocido algunos hombres acostumbrados a salirse con la suya, que creían que le hacían una especie de favor fijándose en ella. Como les ocurría a muchas otras mujeres triunfadoras con las que había hablado del tema, por lo visto, atraía a hombres que querían dominarla o que querían ser dominados por ella. Había salido con algunos cuando tenía tiempo y había llegado a mantener relaciones largas, casi formales, en dos casos. Pero en ambos, cuando le propusieron matrimonio, se encontró sorprendentemente indecisa. Habían pasado cuatro años desde que rompió con el último aspirante a marido y, desde entonces, había salido con poco entusiasmo con algunos hombres más, pero ninguno la satisfacía. Había empezado a preguntarse si alguna vez conocería a alguien que le encendiera su pasión.

En los últimos tiempos, también algunas mujeres habían expresado interés por ella —no es que no conociera a ninguna lesbiana—, pero nunca había salido en serio con ninguna.

Respiró hondo y dejó de revolver el armario frenéticamente. No era más que una cena. Había tenido encuentros más íntimos con otras mujeres. ¿Qué demonios pasaba hoy?

—Ni en la primera cita de mi vida estaba tan nerviosa —dijo en voz alta, con la esperanza de que el sonido de su propia voz la calmara un poco.

Sonrió al acordarse de Jasmín Bailey, la primera mujer con quien accedió a salir. Varias citas después, también fue la primera a la que besó, pero la relación no prosperó. Después de Jasmín, salió con algunas mujeres más, pero no se enrolló con ninguna. Se dio cuenta de que todas eran parecidas, en cierto sentido: triunfadoras, seguras y sofisticadas. Pero aburridas.

Elsa era muy, muy distinta. «Es la primera mujer que me pone la carne de gallina. En el buen sentido. En el mejor sentido.» Su cuerpo confirmó aquella sensación y tuvo que sacudir las manos como para librarse del cosquilleo que notaba en las puntas de los dedos. Elsa podía tener a cualquier mujer que desease. «¿Puede desearme a mí?» Lo dudaba. No daba el tipo de las que le gustaban a Elsa, según la descripción de Clayton.

—Si al menos me callara la boca y reconociera que quiero algo más que una cena, seguro que no estaría tan nerviosa. —Se le apagó la voz al pensar en lo que quería en realidad. «¿Nervios?» Maldición, estaba muerta de miedo.

Por fin se decidió por unos pantalones de color verde oscuro, de seda, y una camiseta sin mangas de color crema, en contraste con una chaqueta verde. Aquel color le sentaba bien a su pelo rojizo y al suave tono pálido de su piel, que parecía una aberración genética. Ante el espejo del armario, se puso unos pendientes y observó su rostro críticamente. «No está mal.» Se había maquillado con mucho cuidado, lo que le había costado un esfuerzo, porque las manos le temblaban de nervios. Pero consiguió realzar las facciones de un modo sencillo, con un resultado limpio y natural que apenas acusaba los afeites. Satisfecha, volvió a colocar la ropa en el armario, alisó las arrugas del edredón de plumas que cubría la cama de medida extra grande y mulló las almohadas.

Se disponía a retirarse cuando tuvo una imagen mental de Elsa tumbada en la gran cama, desnuda. Un haz de calor ardiente se le disparó desde el estómago hasta la ingle. Retrocedió y, súbitamente sorprendida, se dio cuenta de que Elsa era la primera mujer a la que se había imaginado en su cama. Recogió rápidamente el bolso y las llaves, y salió de la habitación con el corazón alborotado.

«Supongo que esto significa que puedo ser lesbiana. Mierda, a ver si sé lo que tengo que hacer.»

A diecinueve kilómetros de allí, en McComb Drive, Elsa se tomaba un Chivas lentamente en un grueso vaso de cristal, sentada en un sillón de piel supermullido. No se movía, pero su mente iba a toda velocidad. No recordaba tanta expectación por su parte en ninguna cita para cenar con una mujer. Anna Summer era atractiva, sin duda, y la chispa del deseo había saltado al instante, pero había algo más, algo que intensificaba la expectación de Elsa. Parecía muy distinta a las mujeres con las que solía salir.

Nunca le habían faltado mujeres atractivas ansiosas de compartir su cama. Creía que, si surgía una atracción entre dos mujeres y las dos deseaban lo mismo, no había motivos para no pasar la noche juntas… o la tarde, en algunos casos. No era más que sexo, una cosa que podía disfrutarse voluntariamente entre dos adultos. Lógicamente, había tenido muchas compañeras sexuales, relaciones que, en la mayoría de los casos, duraban días o semanas, rara vez más. Los ligues casuales satisfacían sus necesidades sexuales y se adaptaban bien a su estilo de vida, sobre todo porque dirigir Winter McKenzie día a día la acaparaba por completo, desde que decidió dedicarse a la empresa. No le interesaba establecer relaciones más comprometidas.

No se engañaba: sabía que sus ligues eran conscientes de quién era cuando se le acercaban o cuando se acercaba ella. Frecuentaban los mismos círculos y, aunque no se conocieran específicamente por el nombre, las caras eran conocidas. Con todo, sospechaba que, al principio, Anna no sabía quién era y, desde luego, tampoco le importó cuando le echó aquella reprimenda por su grosero comportamiento. La invitación a cenar esa noche había sido una gran sorpresa; recibía pocas sorpresas, y muy de tarde en tarde.

A pesar de que la invitación había sido por teléfono, sospechaba que Anna había actuado impulsivamente, cosa poco normal en un abogado. Conocía a suficientes profesionales de la ley como para saber que siempre pensaban hasta en el último detalle, y generalmente sabían con exactitud la respuesta que obtendrían a cualquier pregunta que pensaran hacer. Sonrió ante la idea de hacerle perder los papeles a aquella mujer.

Cuando el timbre anunció su llegada, unos minutos después, se levantó inmediatamente y cruzó la habitación con más prisa que de costumbre. Por lo general, las mujeres no venían a buscarla a casa. Al contrario: prefería pasar ella a recogerlas o quedar en cualquier sitio. Así era más fácil escapar, en caso de necesidad, según decía siempre a sus amigas, y la necesidad se había impuesto en varias ocasiones. Otro indicio de que Anna no era como las demás.

Los zapatos taconearon sobre el suelo de mármol del vestíbulo y la mano le tembló al agarrar el picaporte. Lo agarró con fuerza al ver a Anna en el umbral. «Es preciosa.» Se fijó en el corte perfecto del traje de color verde que llevaba y en el discreto escote que asomaba por la parte superior de la camiseta. El maquillaje le acentuaba los pómulos y daba relieve a sus indecisos ojos turquesa.

A Anna se le cerró la garganta y su respiración se hizo superficial al darse cuenta de que volvía a encontrarse ante aquella mujer impresionante una vez más. «¿Qué demonios hago aquí?»

—Hola —dijo Elsa, y su voz casi reveló la loca carrera de la sangre por sus venas.

—Hola —respondió Anna tímidamente, perpleja ante su propia reacción al ver de nuevo a Elsa. Reconoció la línea del modelo de pantalones de vestir de Hugo Boss, de color carbón, y se fijó en la blusa de seda, más oscura, que había escogido. «Alucinante.»

—¡Ay, disculpa! Adelante. —Elsa abrió más la puerta y se hizo a un lado para que Anna entrase. «Hummm, qué bien hueles.»— ¿Ha sido difícil encontrar la casa?

—No, no. —Anna casi estalla en una carcajada al recordar cómo había reaccionado al acercarse a la laberíntica casa de Elsa, unos minutos antes. Había aparcado en el centro de un largo sendero circular y tuvo que respirar hondo varias veces para contener los nervios y apaciguar el pulso desbocado. Después, recorrió a paso lento el camino de adoquines flanqueado por flores de brillantes colores y un césped inmaculadamente cuidado. Una suave brisa marítima le agitó el pelo y llenó el aire de olor a salitre. En otras circunstancias, aquel paseo habría sido delicioso, pero ahora sólo estaba pensando en cómo saludar a Elsa. «¡Por favor! ¡Si no es más que una cena! Sí, claro.»

Elsa la condujo por un espacioso pasillo hasta el salón, decorado en tonos marrones y tostados, con notas de color en la tapicería de los sillones y en los cojines del sofá. Había un cuadro de Georgia O'Keeffe sobre la chimenea y otro en la pared de la izquierda. La estancia resultaba cómoda y acogedora.

—Qué casa tan bonita —dijo Anna, mientras se disponía a sentarse en una butaca, enfrente del sofá.

—Gracias. No estoy mucho en casa, pero prefiero sentirme a gusto cuando estoy —replicó Elsa, casi con un tono de culpabilidad. No pasaba mucho tiempo allí, y a veces tenía la sensación de que sacaba poco partido a un mobiliario y un espacio tan agradables—. ¿Quieres tomar algo, si me permites el tuteo? —Se acercó al minibar que había al otro lado de la habitación.

—Por supuesto —dijo Anna—. Un whisky, si tienes. —Anna no solía tomar bebidas fuertes, pero en aquel momento necesitaba algo fortificante.

—Sí, claro. ¿Qué tal la semana en el mundo de la legalidad financiera? — Elsa se encogió al oírse preguntar semejante tontería, pero, sorprendentemente, no se le ocurría nada más que decir. Por lo general, la charla intrascendente se le daba muy bien, y sabía salpimentarla con insinuaciones sexuales.

—Seguro que parecida a la tuya, más o menos. —Anna tomó el vaso y le dio las gracias—. Reuniones, llamadas telefónicas, vuelos aburridos a otra ciudad y más reuniones. Por no mencionar el correo electrónico, siempre presente. —Soltó una risita—. Me parece que los mensajes procrean mientras están en la bandeja de correo.

Notó la calidez del whisky en la mano, pero aquello no fue nada, comparado con el calor que se expandió por su cuerpo al oír la risa de Elsa, que celebraba el acertado comentario. Apretó el vaso, tomó un sorbo y tuvo que parpadear rápidamente para no soltar las lágrimas que quería arrancarle la fuerte bebida.

—Eso mismo pienso yo de los mensajes rosas que me pasa Morgana. No soy especialista en genética, pero juro que se reproducen como conejos en la esquina de la mesa. —Elsa no conseguía relajarse.

Anna se atragantó con el whisky que le bajaba por la garganta al imaginarse, de repente, a Elsa y a ella follando como conejos sobre la mesa del despacho. (que dice el público??? Anna si sabe)

—¿Estás bien? —le preguntó Elsa, que se puso a su lado en un instante con cara de preocupación.

«No, la verdad es que esto me mortifica.» Anna consiguió normalizar la respiración sin ponerse más en evidencia.

—Sí; creo que me ha entrado el líquido por mal sitio. No es nada, de verdad. —Parpadeó unas cuantas veces más hasta que se le aclaró la cabeza.

Elsa volvió a su sitio sin quitarle los ojos de encima a su invitada.

—Entonces, ¿cuánto hace que trabajas en B y T?

—¿B y T? —preguntó Anna, ladeando la cabeza.

—Lo siento —dijo Elsa, avergonzada—, no pretendía molestarte. ¿No sabías que todo el mundo os llama B y T?

—¿Todo el mundo?

—Bueno —dijo Elsa después de tomar un sorbo—, todo el mundo que trata con vosotros. Es que Bradley y Taylor suena tan… —vaciló—, tan acartonado…

—¿Y Winter McKenzie no? —replicó Anna sin poder evitar un tono burlón.

—Hum. En eso tengo que darte la razón.

—¿Por qué no Winter Mac, simplemente? Tiene más gancho. — Anna tomó otro sorbo, pero esta vez no se atragantó.

—Me da la impresión de que los clientes no tendrían mucha fe en una empresa con un nombre «con gancho». La gente suele ponerse nerviosa con todo lo que hace referencia al dinero.

—Hummm, supongo, sí.

El tic-tac del reloj del vestíbulo se hizo oír en el silencio que siguió. Anna usaba el silencio con frecuencia como táctica para darle tiempo a la gente a abrirse, y pocas veces le fallaba. El silencio solía incomodar y la gente decía cualquier cosa para llenar el vacío; sin embargo, con la mujer que estaba sentada enfrente aquello no funcionaba. Elsa parecía perfectamente relajada, cosa que Anna no podía decir de sí misma.

Pero Elsa no estaba relajada en absoluto. «¿Qué nos deparará la velada? ¡Mierda! Ni siquiera sé de qué va esta cita.»

—Bien, Anna, háblame de ti. «¿Aparte de que no tengo la menor idea de por qué estoy aquí?»

—¿En general o algo en concreto?

«Por ejemplo, dime que eres lesbiana, ¿vale?» Elsa reprimió una sonrisa y se recostó en el respaldo de la butaca.

—Sorpréndeme —dijo, con una mirada de ojos frios que le aceleró el pulso a Anna.

—No sé por qué, pero me da sensación de que hay pocas cosas que puedan sorprenderte, Elsa —replicó, con más seguridad de la que sentía.

Elsa sintió una especie de calambre por todo el cuerpo al oír cómo pronunciaba su nombre; un deseo de tocarla le cosquilleó en los dedos.

—Me has sorprendido.

—¿En serio? ¿Por qué? —Anna no acababa de creerse que pudiera aparentar tanta tranquilidad, cuando tenía el estómago hecho un puro nudo.

«Tiene agallas, hay que reconocerlo.» Elsa tomó otro sorbo y cruzó las piernas con naturalidad, mientras se concedía unos instantes para pensar cuál sería el próximo paso. Le pareció que lo mejor era mostrarse precavida.

—Por la invitación a cenar.

—Sí, bueno —contestó Anna sin pensar—, yo también me sorprendí a mí misma, más o menos.

—¿En serio? —dijo Elsa, imitando la pregunta anterior de Anna—. ¿Por qué? —Tenía la sensación de estar al borde del asiento, esperando la respuesta.

—No estoy muy segura. Por una parte, me parecía una cosa totalmente normal, para conocer mejor a alguien… — Anna dudó; no sabía cómo terminar la frase.

—Pero por otra —la ayudó Elsa, ilustrando las palabras con un gesto de las manos. Contuvo el aliento. Temía que su fama la hubiera precedido negativamente. No sería la primera vez que una mujer prefería no ser vista en público con ella. De vez en cuando, salía fotografiada en la sección social de los diarios junto a su «amiga del momento», como solían llamar a sus ligues. Si tenía suerte, sólo se publicaba la foto ahí. Pero a la sórdida prensa sensacionalista le gustaba cebarse cuando tenía ocasión, y eso molestaba de verdad a algunas mujeres que valoraban su vida íntima.

—Por otra, no tengo la costumbre de invitar a cenar a la gente de buenas a primeras. Creo que lo que me sorprendió fue eso.

—A riesgo de hacerte otra pregunta tonta, ¿por qué vamos a cenar juntas esta noche?

Anna iba a responder, pero las campanadas del reloj la interrumpieron. Miró la hora en el suyo.

—¡Caray, he perdido la noción del tiempo! Tenemos que irnos ya.

—Yo suelo decir que el tiempo vuela, cuando me lo paso bien —dijo Elsa con ojos risueños, y se levantó.

Cerró con llave la puerta de la casa y siguió a Anna por el sendero iluminado hasta el coche. Oyó el clic de la alarma y las luces del interior se encendieron derramando una cálida y tentadora claridad sobre los asientos.

—Bonito coche —dijo Elsa, alabando el último modelo de Mercedes descapotable. «Bien, quizás esta mujer tenga una vena de locura, a pesar de todo.»

—Gracias. Reconozco que me he pasado un poco, pero es divertido.

Elsa abrió la portezuela del copiloto y se sentó. Después de abrocharse el cinturón de seguridad, vio que Anna daba la vuelta por delante del coche. Hasta el momento, la noche iba como esperaba. Anna era encantadora, ingeniosa e inteligente. Le había impresionado la forma directa de responder a sus preguntas, sin la coqueta timidez que tanto utilizaban otras mujeres. Aquella sinceridad le resultaba refrescante, pero tuvo que recordarse a sí misma que Jessica le había dado aquella misma impresión, y nunca se había equivocado tanto.

Paseó la mirada por el suave perfil de los muslos de Anna, cubiertos por la tela de color verde oscuro de los pantalones. La idea de acariciarla entre la leve abertura de los muslos borró el feo recuerdo de Jessica como un mal sueño. Anna sonrió y movió la llave de contacto. Elsa le devolvió la sonrisa, sorprendida por una cosa: una sensación de felicidad. El simple intercambio de miradas con aquella mujer la hacía feliz de verdad.

El trayecto hasta el restaurante duró unos quince minutos y, mientras el mozo aparcaba el coche, Anna, sujetando a Elsa por la espalda, a la altura de la cintura, la condujo hacia el interior. El maître las acompañó hasta una mesa situada junto a una ventana, desde donde se veía la puesta de sol en el puerto de San Diego.

—Este sitio es fabuloso —dijo Elsa, después de sentarse y pedir el vino. Echó una ojeada a su alrededor y vio que todas las mesas estaban ocupadas, muchas por gays y lesbianas—. Me sorprende que hayas podido hacer una reserva aquí. Veo que este sitio tiene mucho éxito.

—Podría hacer una gracia y decirte que sólo tuve que pronunciar mi nombre para que, milagrosamente, apareciese una mesa vacía, pero, en realidad, cuando llamé, acababan de anular una reserva.

—Me gusta más la gracia que la verdad —dijo Elsa, que empezaba a apreciar el sentido del humor de Anna—. Quedémonos con la versión graciosa.

—De acuerdo, pero no esperes que el tráfico se detenga con sólo pronunciar mi nombre. —Anna miró el menú y la boca se le hizo agua ante aquellas deliciosas sugerencias.

—Con el vestido que llevabas la otra noche, seguro que lo detienes —dijo Elsa.

A Anna se le paró el corazón al oír tan inesperado cumplido. Levantó la mirada lentamente del menú y la fijó en los penetrantes ojos que tenía ante ella. «¡Menuda labia gastas!»

—Gracias. Me gusta ponerme elegante de vez en cuando.

—¿Y siempre te pones tan guapa? «No da puntada sin hilo.» No era la primera vez que una mujer se le insinuaba, pero, sin duda, era la primera vez que sentía reciprocidad. Con intención de aligerar el ambiente, dijo:

—No esperarás que responda a esa pregunta, ¿verdad? Si dijera que no, mentiría. Si dijera que sí, pecaría de narcisista.

—Bien, en tal caso, la responderé yo. Sí, estoy segura de que te sienta muy bien cualquier cosa que te pongas. — Inmediatamente, se la imaginó sin nada y empezaron a sudarle las manos.

—Me estás poniendo en una situación embarazosa.

—Perdona, pero es que se me escapa la verdad de los labios.

A Anna se le paró el corazón de nuevo al imaginarse aquellos labios ocupados en otros menesteres. No solía tener fantasías sexuales y, sin embargo, no le parecía raro que su pensamiento derivase constantemente hacia aquel terreno desconocido.

Elsa advirtió que Anna se fijaba en sus labios y lo interpretó como algo más que una mirada de paso de aquellos chispeantes ojos turquesa. Sonrió al pensar que las sábanas limpias servirían de algo. Pisaba terreno conocido, un terreno por el que había pasado muchas, muchas veces, y se relajó.

—La vista es fantástica.

—Sí, ¿verdad? —contestó Anna después de que les sirvieran la bebida —. Me encanta la puesta de sol en el agua. Cuando era pequeña, mi padre me llevaba a la playa al final de la tarde, nos sentábamos juntos y nos quedábamos esperando el sonido del sol cuando toca el agua.

—¿Cómo era ese sonido? —preguntó Elsa, atraída por la expresión nostálgica de Anna.

—Un chisporroteo largo y lento, que se hacía más fuerte al tocar el agua, y luego iba disminuyendo hasta desaparecer, al mismo tiempo que el sol desaparecía en el horizonte. Ahora, de mayor, sé que el sol no toca el agua, pero, de pequeña, te juro que lo oía.

—¿Dónde está tu padre ahora? — preguntó Elsa, con la esperanza de que Anna no le dijera que había fallecido. Sería un golpe mortal para la conversación.

—Vive con mi madre no lejos de aquí. Ni las bombas los harían moverse de San Diego —añadió, riéndose—. ¿Y tu familia?

La sinceridad de su pregunta la desconcertó. Todas las personas que conocía sabían quién era su padre o lo conocían, y muchas recordaban también a su madre.

—Anna, ¿sabes quién soy? —«¡Dios, que prepontente suena eso!»—. Es decir… —No pudo terminar la frase.

—Sí, Elsa, sé quién eres —replicó con calma, después de que el camarero acudiese a la mesa y ellas pidiesen la cena—. Sé quién eres, pero no te conozco. Es decir —añadió, al ver una expresión de confusión en el rostro de Elsa—, lo que sé lo he leído en los periódicos y en las revistas, o me lo han contado. —Vaciló un momento—. Prefiero que me lo cuentes tú.

Elsa se quedó sin habla. Hacía mucho tiempo que nadie le demostraba verdadero interés por su persona. Todo el mundo creía que ya la conocía, sólo por la fama o porque sabía quiénes eran su padre o su abuelo. Todos la trataban según unas ideas e impresiones preconcebidas, y ella se había acostumbrado a aquella situación. En ese momento, gracias a aquella sencilla pregunta de Anna, descubrió hasta qué punto su vida se regía por esa premisa.

—¿Qué quieres que te cuente? — preguntó con incertidumbre, sin saber muy bien si quería seguir por ese camino. Le resultaba mucho más fácil actuar según lo que esperaban de ella los asociados, los conocidos e incluso las amantes. En ese terreno se movía con seguridad; pero esto era otra cosa.

—Háblame de tu familia. —Anna se apoyó en el respaldo cómodamente, con la bebida en la mano, dispuesta a escuchar.

Elsa la complació. En realidad, no dejó de hablar durante toda la cena. Le contó que sus bisabuelos habían inmigrado de Europa en tiempos de la Primera Guerra Mundial sólo con lo puesto, y habían montado una pequeña y próspera empresa en el sur de Manhattan. Le habló de la expansión subsiguiente, con la siguiente generación, al terreno de la banca, de la emancipación de su abuelo, que levantó con gran éxito una compañía de inversiones bancarias al margen de la familia.

A lo largo de la cena, Anna se fijó en la luz que iluminaba los ojos de Elsa cuando hablaba de su familia. Vio que se le empañaban un poco al recordar la muerte de su padre y la evolución de la compañía cuando su tío asumió la dirección.

—Tenía entonces veintiocho años — dijo, en un tono de resignación— y ningún interés por hacerme cargo de Winter McKenzie.

—¿Qué era lo que te interesaba? — preguntó Anna.

—Las mujeres. Muchas mujeres. —Elsa miró cautamente a la que tenía enfrente. Por su expresión, supo que Anna no la juzgaba ni la condenaba, simplemente, la animaba a seguir hablando—. Supongo que, en aquella época, era muy egocéntrica.

—¿Supones? —bromeó Anna.

—De acuerdo, era joven, rica y egocéntrica.

—Y endemoniadamente atractiva, no lo olvidemos —apostilló Anna jocosamente.

«¿De veras?» El buen carácter de aquella mujer no dejaba de asombrarla.

—Bien, sí, eso también. —Le hizo un guiño y siguió, medio en serio—. Nunca supe a ciencia cierta si lo que más les atraía era yo o mi dinero. Pero tengo que reconocer, muy a mi pesar, que en realidad no me importaba.

—¿Y ahora sí? —inquirió Anna.

—A veces.

—¿A veces? —Anna se mostró sorprendida por su sinceridad.

Elsa, consciente de que su respuesta le haría ganar o perder posibilidades de llevarse a la cama a aquella mujer tan sexy, se lanzó de cabeza, sin pensarlo más.

—A veces, lo único que busco es desahogarme un poco. No quiero establecer vínculos duraderos, ni me planteo ningún compromiso, por eso no me importa, en realidad.

Anna le sostuvo la mirada. No pudo evitar hacer una alusión a los rumores de conquistadora que Clayton le había comentado.

—Tengo entendido que te desahogas con frecuencia, y que lo haces muy bien.

—Bueno… —dijo Elsa, estupefacta —, ya sabes cuánto habla la gente — replicó, quitándole importancia al comentario.

—No —dijo Anna, dispuesta a no zanjar el tema tan fácilmente—, ¿cuánto habla la gente?

—No hay que creerse la mitad de lo que cuentan —dijo Elsa después de tomar un sorbo de vino—. Y la otra mitad no son más que imaginaciones de quien lanza el rumor.

—Entonces, ¿qué mitad puedo creer? —Anna no cejaba en su interrogatorio—. ¿La de la frecuencia o la del buen hacer?

Elsa sonrió con satisfacción y optó por darle a Anna exactamente lo que quería.

—De acuerdo, asesora. Te lo contaré todo. Soy de las que creen que el deseo sexual es una función fisiológica natural. —Las imágenes que aquella frase le inspiraron le hicieron perder el hilo del argumento. Jugueteó con la copa mientras volvía a concentrarse—. Y…, en fin, si tenemos dos personas adultas, que están de acuerdo y son de la misma opinión, pues… —dejó morir la frase sin saber cómo terminarla.

—Lo que tienes son dos mujeres satisfechas.

A Elsa se le contagió la risa que bailaba en los ojos de Anna.

—Pues sí, si sabes hacerlo bien. «Y no dudes de que yo lo haré muy bien contigo.»

Concluida la cena y una vez retirados los platos del postre, Anna preguntó:

—Entonces, ¿por qué has asumido la dirección de Winter McKenzie?

Elsa no estaba preparada para un cambio de tema tan radical. Siempre le incomodaba hablar del forcejeo que había tenido con su tío para quitarle la empresa de las manos. Había sido una batalla legal larga y dificultosa, que enseguida dio un feo giro, porque su tío empezó a airear trapos sucios, a insultarla y a señalar con un dedo acusador en todas direcciones, excepto hacia sí mismo. Ella no quiso rebajarse a su nivel y se negó a reconocer o refutar todas sus acusaciones e insinuaciones. Al final, el juez dictaminó a su favor y su tío Eric tuvo que marcharse.

—Supongo que en esta etapa de nuestra relación toca revolver la mierda —repuso Elsa, intentando suavizar la humillación que sentía con una nota de humor—. Mi tío tenía más experiencia en las apuestas hípicas que en dirigir una empresa de capital riesgo. Consideraba que las dos cosas se regían por el mismo principio. Apostar por un caballo para ganar, apostar por una empresa o por una idea para ganar. Pero, en este caso, las apuestas son un poco más fuertes. En poco tiempo, hundió la empresa, o casi. —Así contado, no parecía gran cosa, pero todavía le resultaba doloroso—. Uno de nuestros clientes más antiguos me localizó en París y me lo contó todo con pelos y señales. Supongo que en aquel momento maduré por fin y comprendí que me correspondía asumir la dirección de la empresa, por derecho y por sentido de la responsabilidad. Y aquí estoy.

—¿Y eres feliz? —Era una pregunta simple, pero Elsa se echó a reír—.¿Qué es lo que te hace tanta gracia?

—Hace años que no me hacen esa pregunta. Creo que a nadie le importa de verdad, siempre y cuando les haga ganar mucho —dijo, plenamente consciente de que era verdad.

—Pero, ¿eres feliz? —insistió Anna.

Elsa tuvo que pensarlo un momento. La felicidad era un concepto que no relacionaba con el hecho de haberse puesto al frente de Winter McKenzie. Era una niñita rica y caprichosa que había entrado en un mundo de hombres, un mundo de egos inflados, dinero y creencias firmes en la falta de cerebro de la mujer para llevar asuntos tan complicados. Había tenido que enfrentarse tanto a los clientes como a los empleados, y les había demostrado no sólo que tenía cerebro suficiente, sino que además había heredado la intuición de su padre para los negocios. Tardó mucho tiempo en sentirse cómoda: quién iba a pensar en la felicidad.

—Sí, en realidad sí. Me gusta lo que hago y parece que tengo madera para ello. —En tono de broma, añadió—: Reconozco que, en algunos momentos, preferiría seguir libre por el mundo, sin responsabilidades… Bueno, ya sabes. —Miró a Anna a los ojos, tratando de adivinar su reacción—. Pero, en definitiva, estoy haciendo lo correcto. ¿Y tú?

—¿Te refieres a si me gusta lo que hago, o a si preferiría andar libre por el mundo y… bueno, ya sabes? —Anna sabía a qué se refería Elsa exactamente, pero le pasó la pelota.

—Me refiero a ambas cosas — respondió Elsa enarcando las cejas y ladeando la cabeza.

—Sí, me gusta lo que hago y lo hago bien —contestó Anna—. No he conocido a fondo la parte de andar libre por el mundo, de modo que tendré que fiarme de ti, si dices que lo echaría mucho de menos —dijo, con la esperanza de que Elsa no se tomase a mal la última observación.

—¿Y en cuanto a, bueno, ya sabes? —Elsa estaba segura de que la conversación se estaba encaminando hacia donde ella quería.

—¿Qué quieres decir? —Anna contuvo el aliento. No se sentía segura en ese terreno—. ¿Me estás preguntando si soy virgen? —Su propia pregunta la asombró tanto como el tono coqueto en que la había hecho.

—Eres una mujer preciosa, Anna. —Aquella frase tan sencilla fue respuesta suficiente.

—Gracias —contestó en voz baja, con un matiz ronco que antes no tenía. Sostuvo la mirada de los ojos azules que tenía enfrente y se le secó la garganta al percibir la promesa de pasión que reflejaban. «¿Cómo ha derivado la conversación de la broma al deseo abrasador? Esta mujer es peligrosa, y yo no tengo la menor idea de lo que estoy haciendo ni de por qué lo hago, siquiera.»

—Gracias por la cena, Anna. Ha sido maravillosa —dijo Elsa, cuando, finamente, se levantaron.

—Ha estado muy bien, ¿verdad? Elsa notó el leve roce de la mano de Anna en la espalda, a la altura de la cintura, mientras se dirigían a la puerta. «¿Tiene la mano más caliente que cuando entramos?» Cuando se sentaron en el coche, también le pareció que hacía más calor que antes, como si ambas irradiasen fuego. Pocas veces había sido tan consciente de la proximidad de una mujer. La oía respirar y sabía que la estaba mirando.

Hablaron muy poco en el viaje de vuelta a casa, y el plan de ataque de Elsa iba saliendo tan redondo que ni siquiera tenía que pensar en él. Cuando Anna la acompañó hasta la puerta, le preguntó:

—¿Tomamos la última?

Anna sabía exactamente a qué clase de «última» se refería Elsa, y también sabía lo que pasaría si respondía afirmativamente.

—He pasado una velada maravillosa, Elsa, y eres una compañera de mesa encantadora, pero, para no arriesgarme a no volver a verte nunca más, ¿lo aplazamos, como los partidos cuando se echa a llover?

«¡Dios! ¿Qué es lo que acabo de decir?» Anna parpadeó. Habría querido retirar aquellas palabras, pero sabía que no podía. Ya veía cómo le había sentado a Elsa su respuesta.

Elsa se esforzaba cuanto podía por disimular su sorpresa. «¿Me ha dicho que no? ¿Después de tanto coqueteo y tantas insinuaciones, me dice que no?»

—Claro, por supuesto —dijo, procurando que sonase natural—. Otro día, quizá.

—Sí, otro día. —Anna sonrió forzadamente—. Gracias.

Elsa no insistió. Se limitó a darle las buenas noches.

Anna se alejó de casa de Elsa, preguntándose por qué habría reaccionado así a una propuesta que llevaba esperando toda la noche. «¿No era eso lo que quería? ¿No quiero sentir sus manos y sus labios por todo el cuerpo? Quiero hacer el amor con ella, ¿no es eso? Desde luego que sí, maldita sea. Entonces, ¿por qué demonios le he dicho que no?»

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Yo no se ustedes pero, en tu cara Elsa, dijo que no. ahhh un clásico si me permiten decirlo.

Rens rain: ohh Sii, es por buenas razones, a nadie le gusta ser "una mas" de la lista.

Night: Si me dices que parte la busco por ti.

Rens rain: la continuare te lo aseguro, así que esperalo. La verdad si, es bueno, porque no se buscaran de esa manera. Serán puros sentimientos.

miguel.puentedejesus: creo que no podría aplicarse mucho ya que Elsa es la mujeriega. Ahí esta la pauta.

Lo siento, van a tener que esperarse un poco para lo inevitable.

Entonces cuídense mucho y nos veremos luego.

Que La Fuerza Los Acompañe...