Capítulo 5
Anna estaba cansada. Cansada de mirar el reloj de la mesilla de noche, cansada de dar vueltas y más vueltas, cansada de pensar en Elsa y, teniendo en cuenta que eran las cinco de la madrugada y no había pegado ojo, cansada de puro cansancio. Se puso boca arriba, mirando el techo y buscando respuestas que llevaban cinco horas sin aparecer. En la silenciosa oscuridad de la noche, rememoró minuto a minuto la velada que había compartido con aquella mujer que ahora dominaba sus pensamientos y, sobre todo, el momento en que rechazó una noche de placeres. De eso no tenía duda; comprendió que, seguramente, aquélla era la única certidumbre que tenía, en lo que a Elsa se refería.
Sabía que Elsa se lo propondría, y tenía intención de aceptar…, hasta el momento en que abrió la boca para rechazar la propuesta. «¿Por qué demonios no acepté?» Aquélla era la pregunta que no la dejaba dormir. Anna no solía cuestionar sus propias decisiones. Prefería analizar la situación, sopesar las opciones, tomar una decisión firme y seguir adelante. Su mantra era decidir lo mejor posible según los hechos del momento, no jugar al tendría que haber hecho tal, podría haber hecho cual, ojalá hubiera hecho lo otro, porque eso sólo traía disgustos. Empezaba a estar preocupada, porque desde hacía unas semanas actuaba de una forma poco propia de ella. En los últimos años se había esforzado mucho por alcanzar la posición a la que había llegado gracias a su facilidad natural para pensar con lógica y no perder la cabeza. Le gustaba su profesión y estaba orgullosa de lo que había conseguido, pero empezaba a tener la sensación de que su vida bordeaba el vacío. Cada vez veía más claro que deseaba vivir como sus padres. Después de cuarenta y ocho años de matrimonio, su padre seguía pensando que se había casado con «la pelirroja más guapa de Estados Unidos». A la hora de la cena, todos hablaban sobre lo que habían hecho durante el día, y después discutían, como de costumbre, por ver a quién le tocaba fregar los cacharros. Su casa era el centro de reunión del vecindario y, en aquel tiempo, se llenaba de adolescentes, jovencitos e incluso de adultos.
Sus padres siempre la habían apoyado en todo y le habían procurado todas las actividades extracurriculares que podían permitirse. Anna los quería por igual, pero se identificaba más con su padre que con su madre, sobre todo porque la apoyaba incondicionalmente en todo, incluso cuando había querido participar en los llamados deportes de niños.
Había chutado el balón con ella, habían hecho cientos de lanzamientos y recogidas de béisbol juntos y la había animado desde los laterales del campo, cuando jugaba con el equipo de fútbol del vecindario. No creía que hubiera llegado a ser la mujer segura que era hoy sin él.
«¿Y qué? ¿Qué significa tener un buen trabajo, una casa grande, un coche de lujo, montones de dinero y la envidia de todos los que me rodean? ¡Menuda mierda! Todo eso no vale nada si no tengo con quien compartirlo.»
Tenía compromisos para cenar al menos cuatro o cinco días al mes, pero eran obligaciones profesionales. Quiso acordarse de la última vez que había salido por diversión. Un latido persistente en la entrepierna le recordó con poca sutileza que hacía ya demasiado tiempo que no sentía el roce de otro ser humano. La verdad era que ni siquiera se acordaba de la última vez que había practicado el sexo. «Con alguien que no sea Duracell.» Al menos hacía siete u ocho meses, y, por lo visto, no fue nada memorable. Se rió para sí. «¡Dios! Tengo que echar un polvo cuanto antes.»
Con gran esfuerzo, cambió el rumbo de sus pensamientos y se preguntó de qué querría hablar el jefe con ella el lunes. Le había llegado un aviso por correo electrónico el día anterior a última hora, pero el campo del asunto estaba en blanco. Una simple invitación anodina de las que siempre rechazaba, a menos que supiera el motivo. La formación que había recibido le prohibía acudir a una reunión sin habérsela preparado.
Desafortunadamente, no podía prepararse si el jefe la convocaba sin decirle para qué, de modo que repasó mentalmente los hechos de las últimas semanas para ver si encontraba una pista. Había algo que le rondaba por la cabeza: la postura que había tomado ante el intento de despido del empleado gay de contabilidad. Había reconsiderado aquella decisión varias veces desde aquel día y estaba segura de haber adoptado la postura correcta. Pero, en cierto modo, esperaba que le rebotase como un boomerang, y no pensaba consentirlo. Aparte de las consideraciones éticas, la empresa correría un gran riesgo si despedía a un empleado por ese motivo.
Confiando en su capacidad para enfrentarse a cualquier aspecto de aquella decisión que su jefe quisiera discutir, cerró los ojos con la esperanza de dormir al menos un poco.
Aunque Elsa odiaba que la hiciesen esperar, llevaba toda la mañana jugando al ratón y al gato con Jack por teléfono.
Mientras escuchaba la tonta sintonía de la llamada en espera, sus pensamientos derivaron hacia Anna por duodécima vez en el día, por lo menos. Había pasado el domingo intentando dilucidar si había malinterpretado las señales que había ido captando a lo largo de toda cena. Su sexto sentido con las mujeres, unido a la experiencia, pocas veces le fallaba, por lo que el no de Anna había sido un auténtico trauma. Tanto, por cierto, que ni siquiera había intentado convencerla. Y seguía confusa por su inesperado rechazo.
Sus amigas le habían dicho muchas veces que tarde o temprano lamentaría la fama que se había echado. Se le revolvió el estómago al recordar lo que había dicho sobre sus intereses, en el pasado. «Qué curioso, Elsa, prácticamente le dijiste que eras una putilla y ahora te sorprende que te rechazara. ¡Qué idiota!» Si el juicio a posteriori fuera el juicio a priori, habría enfocado las cosas de otra manera, eso seguro. Pero estaba tan acostumbrada a que cenar con una mujer guapa fuera el preludio de una sesión de sexo que ni siquiera había pensado en la posibilidad de que un comentario sincero pudiera provocar una reacción negativa. «¿Y a mí qué me importa su opinión?»
Por fin, el abogado interrumpió sus elucubraciones desde el otro extremo de la línea.
—Jack —se quejó—, tienes que cambiar esa música, en serio. Si no fuera por que has insistido tanto en que habláramos hoy, no la habría soportado. Así es que ten cuidado si se me pega la cancioncilla para el resto del día, porque iré a machacarte personalmente.
No mantenían la típica relación entre abogado y cliente. Hacía más de diez años que eran amigos y, naturalmente, lo había escogido como abogado. A pesar de los muchos conflictos de intereses que habían surgido entre ellos, sabía que no le fallaría. No le había fallado nunca. Comprendió que la llamada era importante al ver que él no respondía con otra pulla.
—¿Jack?
—El, esta mañana he recibido unos documentos del abogado de Jessica. — Elsa no dijo nada. Estaba segura de que iba a caer otra bomba—. Va a denunciarte.
—¿Por qué? —dijo, sorprendentemente tranquila. Sabía que su mejor amigo estaba conteniendo el aliento.
—Por trescientos mil dólares —dijo, todavía sin respirar.
—¿En concepto de qué?
Jack vaciló; Elsa supuso que no quería herirla. La amistad entre ellos iba más allá de una relación normal entre hombre y mujer. Aunque Elsa no solía pensar en él como hombre. Cuando lo miraba, el género no contaba: sólo veía a un amigo sincero y fiel, y sabía que él sentía lo mismo por ella. Habían capeado juntos los temporales de rigor, desde ligues de una noche hasta fracasos en relaciones más duraderas. Elsa había sido la primera persona a la que Jack presentó a Cristal, su futura esposa, y había sido su principal testigo el día en que se casó, trece meses más tarde.
Cuando se puso el birrete de abogado y se lanzó a hablar, Elsa comprendió que estaba haciendo un gran esfuerzo.
—Por alienación de afecto, fraude y difamación. Es ridículo, desde luego, puesto que tú no has hecho pública tu opinión. Supongo que no supo encajar que le dijeras que era un mal polvo.
Elsa suspiró. No le sorprendía que la situación hubiera llegado a ese extremo. Sabía que Jessica le iba a traer complicaciones; sólo faltaba por saber cuántas.
—Continúa.
Era astuta y sabía que en aquellos documentos legales había muchas cosas más que proyectaban una sombra sobre su vida. Por lo último que habían hablado, dedujo que Jack había dejado todo lo demás en cuanto recibió los documentos por correo a las ocho de la mañana. Había estudiado las diecisiete páginas haciendo anotaciones al margen, a medida que se le ocurrían ideas, y había encargado a su asistente que rastreara la web y recogiera toda la información que encontrase sobre Jessica Rabbit. Se moría de curiosidad por saber lo que había descubierto, pero Jack había insistido en estudiar el caso en profundidad y determinar con exactitud la forma de deshacerse de Jessica de una vez por todas.
—Tengo una noticia buena y otra mala —le dijo—. ¿Cuál te cuento primero?
Pasaron unos veinte minutos hablando de los diversos elementos del caso. Jack repitió varias veces que, a pesar de que las cosas podían ponerse feas, lo ganarían. A Elsa la animaba la seguridad de su amigo, pero el instinto le decía que no iba a ser fácil.
Toda su atención se centró de pronto en una frase de la jerigonza legal.
—Repítelo, por favor. ¿Qué testigos va a presentar?
—Toda persona que haya mantenido contacto sexual con la acusada anteriormente o que lo mantenga en la actualidad, así como toda persona que pueda llegar a mantenerlo en un futuro inmediato.
—A ver si lo entiendo —dijo Elsa, frotándose los ojos—. ¿Piensa mandar una citación a todas las personas con las que me he acostado y a todas con las que cree que pienso acostarme? ¿Es eso? —Aquello empezaba a parecer una locura. Se la podía acusar de muchas cosas, pero de ninguna de las que figuraban en el documento.
—Va a intentarlo. —El comentario de Jack implicaba que se comprometía a impedirlo.
—¿Y puede hacerlo? —Elsa rezó en silencio.
—No. Es el típico montaje. Por otra parte, si quiere mandar una citación a toda persona con la que quieras acostarte, nos moriremos todos de viejos antes de que llegue a la «eme».
—No estoy segura de lo que quiere decir eso —respondió, animada por la risa de Jack—, pero me lo tomo como un cumplido.
—No estoy seguro de habértelo dicho en ese sentido. —Jack se puso serio enseguida—. Esto puede ser un problema si no llegamos a un acuerdo con ella. Ya sabes quién será la primera a la que cite, y no es necesario que te diga cómo le sentaría al senador Jarvis que el nombre de su hija saliera a relucir. No es necesario molestar a este hombre. Tiene muchas influencias en el sector financiero.
—Ya te he dicho —replicó Elsa, seca y terminantemente— que no pienso darle nada a esa tía. Ni medio millón de dólares, ni cien mil, ni cien. ¡Ni un puñetero centavo! Te pago una cantidad indecente de pasta, Jack, y espero que lo arregles. Inmediatamente. —Colgó el auricular y maldijo en voz alta—. ¡Qué desgraciada hija de perra!
Morgana se asomó por la puerta, vacilante. Sabía que la jefa estaba hablando con el abogado, y no precisamente haciendo planes para el fin de semana.
—¿Todo bien por ahí? —Como no le cortaron la cabeza inmediatamente, entró en el espacioso despacho y se detuvo ante la atestada mesa.
—¡Esto es increíble! —exclamó Elsa, dejando caer la cabeza entre las manos—. Me estoy hundiendo. —Pocas veces perdía los estribos, y no solía emprenderla con cualquier inocente que pasara por allí. Se sentía pequeña como una pulga, después de haber descargado su cólera. Levantó una mano pidiendo silencio; no quería que Morgana le hiciera más preguntas mientras descolgaba el teléfono. Tras disculparse con Jack humildemente, se dirigió a su preocupada amiga.
Morgana contuvo la respiración al ver a su jefa tan angustiada. Nunca la había visto tan alterada, y lo peor de todo es que no sabía qué hacer.
—¿Te traigo algo?
«A Anna.» Le sorprendió que su primer pensamiento fuera para Anna. «Me estoy desmoronando de verdad.» Se tomó unos minutos para ordenar sus pensamientos y sus emociones, pero no consiguió ordenar nada y, vencida, se recostó en el respaldo y suspiró.
—Nada, gracias. Siento preocuparte con mis payasadas. ¿Por qué no recoges y te vas a casa? —Quería tranquilizar a Morgana, por lo que añadió—: No me pasa nada, de verdad. Sólo estaba descargando.
Pero sí le pasaba algo, y le llevó unas horas de dura reflexión y cuestionamiento ver las cosas con un poco de perspectiva. Más inquietante que el problema de Jessica era el hecho de que no lograba dejar de pensar constantemente en Anna, y le desesperaba no saber por qué. Aparte de la breve conversación que habían mantenido en la gala de los premios y de la cena del sábado anterior, en realidad no la conocía en absoluto. Era cordial, desde luego, ingeniosa e inteligente, y tenía un gran sentido del humor. Era un reto para ella en todos los sentidos. Era, sin lugar a dudas, la mujer más enigmática que había conocido en mucho tiempo. En toda la vida, quizá.
Por un momento pensó que, después del gran desencanto con Jessica, cualquier mujer normal, decente y sincera podía parecerle excepcional. Pero Anna no era simplemente normal. Era preciosa, independiente, y no creía que tuviera planes ocultos; Elsa era experta en detectar esas cosas. Con la edad, había aprendido que la gente de fiar era un bien escaso.
No recordaba con certeza el momento en que se dio cuenta de que casi todas sus amistades estaban supeditadas a la riqueza y a la clase social de su familia. Tanto ella como Bella, su hermana menor, habían estudiado en la Willingham School de Pensilvania. Willie, como llamaban las estudiantes al colegio, era uno de los mejores internados femeninos de enseñanza privada del país. La lista de espera para matricularse era de años. En broma, se decía que las madres tenían que solicitar plaza desde el momento en que ovulaban, con la esperanza de asegurar un lugar a su futuro retoño en tan preciada institución tan pronto como cumpliera la edad de ingreso.
Elsa se había adaptado sin el menor problema; era la típica niña rica y despampanante, dueña de muchísimos juguetes y con dinero para gastar. También era una camorrista con fama de traviesa, y todas las chicas iban detrás de ella. Pero siempre fue consciente de que, aunque a todas les atrajera el desenfreno, la mayoría querían algo más de ella, un algo que muy pocas veces era verdadera amistad.
Bella, en cambio, había heredado el gen de la confianza, factor que dominaba su personalidad desde el día en que nació. La madre murió cuando Elsa tenía seis años, y nunca hubo ninguna mujer en la vida de su padre que asumiera también el papel de madre. Por el contrario, tenía la impresión de que, cada vez que volvían del colegio, había una mujer diferente en casa.
Elsa, como hermana mayor, protegía a Bella. Durante los años del Willie, tuvo que rescatarla de muchas situaciones difíciles e incluso peligrosas. La ingenuidad y la fe de Bella en la bondad de la gente le destrozaban el corazón a cada paso, además del presupuesto semanal. Hacía cuanto podía por mantener a su hermana a salvo y evitar que las demás abusaran de ella, pero no podía estar a su lado a todas horas.
La falta de juicio de Bella se hacía extensiva a los hombres con los que salía, y había culminado en la boda con Gastón Nelson, un manipulador y un intrigante que tenía por costumbre salir con chicas ricas. Elsa había procurado hacerle comprender a su hermana por todos los medios la clase de hombre que era Gastón, en realidad; incluso se había encargado de que investigaran en su pasado y había descubierto a un par de prometidas que se habían desentendido de él hábilmente antes de condenarse. Pero no sirvió de nada. Bella estaba sumida en un amor ciego y sordo a las pruebas.
Para mayor disgusto, su padre invitó a Gastón a formar parte de Winter McKenzie poco después de la boda, cosa que lo convirtió en un gilipollas mayor de lo que ya era. Cuando Agnarr Winter falleció, Gastón dio por sentado que se haría cargo del despacho principal, puesto que se consideraba el cabeza de familia. A Bella no le interesaba el mundo de las finanzas y Elsa seguía disfrutando del sol, el vino y las mujeres, y no en ese orden necesariamente. Pero el testamento del padre entregaba las riendas de la empresa al tío Eric, y Gastón se enfureció; de todos modos, no tardó en aceptar, al menos en apariencia, que lo único que había cambiado era el culo que tenía que besar. Su estrategia siguió en la misma línea, con el tiempo, y Elsa percibía el resentimiento que le hervía por dentro, ahora que el culo en cuestión era el de ella. Lo único que le impedía despedir a aquel asno inútil era su hermana.
Gastón contaba con algunos aliados en Winter McKenzie; los oportunistas suelen ponerse de acuerdo entre sí, cuando intentan sacar tajada. Elsa quiso librarse de ellos al hacerse cargo de la empresa. Como era de esperar, algunos de los que habían tomado partido por su tío y contra ella, de repente, cambiaron de actitud y la trataban como si fueran sus mejores amigos, sus más fieles partidarios. Los despidió a todos sin pensarlo dos veces. Para ella, la fidelidad era muy importante, aunque solía acarrear cadenas. Sabía por experiencia propia que todo el mundo quería algo de ella y, por tanto, confiaba en poca gente, salvo algunos amigos de verdad y sus empleados directos.
Hizo un esfuerzo por pensar en cosas más agradables, descolgó el teléfono y marcó el número de una floristería local en la que la empresa tenía cuenta abierta. Concertó la clase de arreglo que quería enviar y dio la dirección de Anna en Bradley y Taylor. Le habría gustado ser una mosca y colarse en el despacho de Anna cuando le entregaran el ramo primaveral dispuesto en un paraguas que acababa de enviarle, acompañado de una tarjeta en la que decía: «Estoy deseando que el pronóstico del tiempo anuncie lluvia».
Sacudió la cabeza. «Vaya, y ni siquiera nos hemos acostado.» Iba a añadir «todavía» al final de la frase, pero por primera vez en muchos años se sintió insegura. La seguridad en sí misma era una de las muchas características que había heredado de su padre, y le resultaba muy inquietante que le fallara, las pocas veces que le sucedía. En sus relaciones con las mujeres no le había pasado casi nunca. Siempre sabía en qué orden tenía que actuar y lo que tenía que decir para llevarse a una mujer a la cama. De vez en cuando se presentaba algún reto, pero entonces entraba en juego el instinto y volvía contenta a casa.
Se volvió hacia el ordenador y sus dedos vacilaron sobre el teclado. Se acordó de las primeras semanas que pasó en aquella silla, muerta del susto. Era mucha la gente que dependía de ella. Pero lo más importante era que necesitaba demostrar su valía ante sí misma, demostrar que era hija de su padre.
Al día siguiente, Anna contestó al teléfono, cuando sonó después de comer.
—Anna Summer.
—Hola, soy Elsa.
—Hola, qué tal —dijo Anna, y el corazón se le desbocó al oír aquella voz al otro extremo de la línea. «¿Es que no se me ocurre nada mejor que decir?»
—Espero no interrumpirte.
Después de rechazar la invitación de Elsa para pasar juntas la noche del sábado, Anna creyó que no volvería a saber nada más de ella. Cuando recibió el ramo de flores, unas horas antes, se quedó pasmada. Sospechó inmediatamente que se las mandaba Elsa, y el paraguas le dio la pista definitiva, antes de leer la tarjeta.
—Sí, me interrumpes, gracias a Dios. —Se quitó las gafas de cerca y empujó la silla hacia atrás.
—¿Eso quiere decir que te alegras? —preguntó Elsa. No estaba segura de haber interpretado correctamente sus palabras.
—Me alegro mucho. —Anna situó la silla mirando a la ventana—. Estoy repasando una declaración y el interrogatorio es lo más árido que he leído en mi vida. Creo que he leído la misma página tres veces y todavía no sé cuál es la respuesta del demandante. De modo que ya ves cuánto me alegro. «Sin contar las ganas que tenía de saber algo de ti.»
—Me congratula saber que he servido de algo, asesora —respondió Elsa; había captado la alegría en la voz de Anna.
—Muchas gracias por las flores. Son preciosas, y la forma de mandarlas, muy imaginativa. —Todavía le duraba el cosquilleo en el estómago, que le había empezado al recibir las flores.
—Me alegro de que te hayan gustado. Procuro salirme un poco de la norma. — Elsa tenía mucho cuidado cuando enviaba flores a una mujer. No quería contradecir su propio principio de «sin compromiso». Aunque en esta ocasión deseaba tender un cable entre ellas—. Espero que no haya sido inoportuno recibirlas en el despacho.
—No, en absoluto. Ha sido una sorpresa maravillosa. —El envío había provocado bastante revuelo. Anna nunca recibía flores en el trabajo, pero la emoción se impuso a las inevitables especulaciones. Prudentemente, De Vil no había abierto el sobre con la tarjeta, aunque Anna sabía que su joven secretaria se moría de curiosidad.
—¿Estás libre el sábado por la noche? —preguntó Elsa.
—¿El sábado? —Anna pasó rápidamente las páginas del calendario y consultó las citas—. Sí, a partir de las seis. —Tuvo un momento de duda y expectación. Elsa iba a invitarla a salir otra vez. Le entraron ganas de reírse.
—Tengo entradas para el ballet, y a lo mejor te apetece ir. —«Parezco una adolescente solicitando una cita.» Estiró las piernas, apoyó los pies en una mesilla auxiliar de teca que tenía delante y procuró relajarse en el sofá italiano de piel que había en el despacho. Aquel sofá era su mueble predilecto, después de la cama, y preferiblemente acompañada.
—¡Me encanta el ballet! —exclamó Anna. El ballet de San Diego ponía en escena El lago de los cisnes, todo un éxito nacional, y tenía pensado comprar entradas. Era admiradora de las artes, pero su apretada agenda le impedía ir a los espectáculos con la frecuencia que habría deseado. El hecho de que Elsa fuera al ballet era otra pizca de información que le pareció fascinante. Tenía intención de descubrir más.
—Ya sé que te lo he dicho con poco tiempo, pero acabo de hacer un hueco en el horario y he pensado en ti. —Estaba divagando, algo impropio en ella—. Podríamos cenar en el centro antes de que se levante el telón, si te apetece.
—¿No podría ser después? —dijo Anna con cierta vacilación—. Tengo un compromiso del que no puedo librarme a tiempo para cenar antes de la función.
Echó una mirada a una foto de una niña adolescente que tenía encima de la mesa. Era mentora de Nala Quinn por tercer año consecutivo, una adolescente considerada «en situación de riesgo» por su consejero escolar. Tenían el acuerdo de pasar juntas el segundo sábado de cada mes. Aquella relación era importante para Anna: nunca se había saltado la cita si no era por una causa muy justificada. Pero quedar con una mujer sexy no era una causa justificada, por más deseos que tuviera de volver a ver a Elsa.
—Si el sábado no te va bien, podemos quedar otro día.
—¡No! —exclamó Anna con más energía de la que hubiera querido—. No, de verdad. El sábado es perfecto, pero no para cenar temprano. —«¿Pareceré desesperada?»
—Estupendo. —Elsa estaba conteniendo el aliento sin darse cuenta
—. ¿Te parece bien que pase a recogerte a las siete?
—¿No te importa que nos encontremos allí directamente? — Anna sabía que no le daría tiempo de llegar a casa desde el acuario y estar preparada para cuando Elsa fuera a buscarla. Se llevaría ropa limpia en el coche y se cambiaría en la habitación de Nala.
—Claro que no —dijo Elsa al percibir la vacilación de Anna en la última frase—. No te preocupes. Te dejo la entrada en la ventanilla de las reservas y nos vemos dentro.
—¿Por qué no nos encontramos en la estatua del águila, hacia las siete y cuarto?
—Allí estaré. —Elsa sabía dónde estaba esa estatua, a la derecha del teatro. No quería terminar la conversación y frunció el entrecejo al ver a Morgana en el umbral de la puerta, señalando el reloj—. Lo siento, Anna. Ahora tengo que irme corriendo. Morgana me está mirando, desesperada, desde la puerta. Nos vemos el sábado.
—Sí. Gracias. —Anna colgó y recordó las frecuentes discusiones que mantenía consigo misma últimamente a todas horas. Por fin llegó a la conclusión de que no quería que Elsa se la tomase como una más en la larga serie de mujeres de su vida. A ella no le interesaban el dinero, la fama ni el poder de Elsa. Reconocía que, al principio, la había atraído sexualmente, pero, después de la conversación que habían mantenido durante la cena, también le interesaba como persona. Mezclarlo ahora con el sexo sería enturbiar las aguas sin remedio. «Pero la verdad es que me encantan las aguas turbulentas.»
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Entonces, nos veremos otro día, ya sabes en cualquier momento puedo venir y Bam.!!!
miguel.puentedejesus: para nada, por favor tus opiniones o inquietudes son importantes para mi. claro que no voy a dar adelantos. pero puedes preguntar o comentar cualquier cosa por mi esta bien.
Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso.
Que La Fuerza Los Acompañe...
