Capítulo 6

—Lo único bueno de estos espectáculos es que se ve mucha carne.

Elsa fulminó con la mirada al hombre que estaba a su lado. Jamás comprendería por qué su hermana se había casado con un canalla como Gastón Nelson, pero lo más inexplicable era que siguiera casada con él.

—¡Vamos, El! —exclamó Gastón, tras dar un buen trago a su cerveza. Seguía escrutando al público con la mirada—. Sabes perfectamente que te gusta mirar tanto como a mí.

Elsa nunca habría dicho que Gastón miraba en ninguna de las acepciones de la palabra. Gastón desnudaba lascivamente a las mujeres con los ojos.

—¡Qué cerdo eres, Gastón! —le dijo, sin disimular el asco que le daba—. Conozco a tu madre y sé que te ha enseñado mejores modales. —El padre de Gastón había fallecido unos años después de la boda de Bella y Lá señora Nelson solía asistir a las reuniones familiares de los Winter.

—Sí, es verdad. Pero también dice que tengo a quién parecerme —dijo, y le guiñó un ojo.

El padre de Gastón había sido un mujeriego, según se decía, y, por lo visto, Gastón estaba orgulloso de la herencia. Elsa siempre tenía la sensación de que necesitaba una ducha, después de estar un rato con él. Con aquella actitud tan grosera, podía estropearle toda la velada. «¡Dios! ¿Dónde estará Bella?» Miraba entre la gente, buscando a su hermana. Empezó a alejarse, pero Gastón la agarró del brazo.

—¡La virgen! Mira lo que acaba de entrar por la puerta. —Elsa miró sin poder evitarlo y, al momento, se le paró el corazón—. Yo quiero una como ésa —dijo Gastón, casi babeando.

Por una vez, Elsa tenía que darle la razón a su cuñado, pero desde luego no se lo dijo. Aquel hombre la despreciaba y recurría a lo que hiciera falta con tal de ponerse por encima de ella. Le había molestado sobremanera que le hubieran pasado por delante dos veces en la dirección de Winter McKenzie, y había demostrado sin la menor sutileza que no la consideraba apta para el cargo. Elsa sospechaba que su cuñado tramaba algo, últimamente, pero no sabía qué, y en ese momento tenía cosas mejores en que pensar.

Anna todavía no la había visto, de modo que Elsa tuvo ocasión de observarla sin que ella lo supiera. Llevaba un vestido negro de tirantes finos, que dejaba al descubierto sus suaves hombros. El cuerpo del vestido tenía unos botones de perlas y, al andar, los suaves pliegues de la falda, que le llegaba justo a las rodillas, se movían con ella. Llevaba el cabello recogido en la nuca y, en las orejas, unos pendientes de diamantes que hacían juego con el collar. Un reloj de oro en la muñeca completaba el conjunto de accesorios. «No tenía ni idea de que una abogada pudiera ser tan guapa.»

Un codazo en el costado, cortesía de Gastón, la sacó bruscamente de su ensoñación.

—Está para comérsela —dijo, y se relamió los labios—. Qué no daría yo por ser el tipo al que está buscando.

En el mismo instante en que Gastón terminó de hablar, la mirada de Anna se encontró con la de Elsa, y a Elsa se le aceleró el corazón al ver la sonrisa

de reconocimiento que iluminaba su rostro. No pudo resistir responderle a Gastón:

—¿Por qué crees que está buscando a un hombre?

Gastón dejó de mirar a la mujer que se acercaba a ellos y miró a Elsa fijamente. Un instante después, llegó a la conclusión correcta y su expresión cambió de la confusión a la sorpresa mayúscula.

—¿Ha quedado contigo?

—No sé de qué te sorprendes. Tú mismo lo has dicho. Me gusta mirar tanto como a ti. Sólo que, en este caso, yo toco y tú no. —Con una ridícula sensación de haber ganado a Gastón en su propio terreno, fue al encuentro de Anna.

Cuando se detuvo ante ella, se permitió pasear la mirada por toda su anatomía una vez más. Los pequeños detalles que no había visto de lejos aparecieron ahora en todo su esplendor. A Anna le brillaba el pelo y le olía ligeramente a jazmín. Tenía los ojos limpios como el cristal y se le hacían pequeñas arrugas a los lados al sonreír. Aquel vestido se adaptaba a su cuerpo como un guante y el escote sólo insinuaba levemente el comienzo de sus pechos.

—Estás preciosa. —En opinión de Elsa, aquel sencillo cumplido no expresaba todo lo que quería decir. Pero fue sincero, y se maravilló de lo que sentía en aquellos momentos, tan distinto de otras veces, cuando piropeaba automáticamente a sus ligues.

Anna nunca se había sentido tan guapa como en el momento en que Elsa la vio. La expresión de aquella mujer le encogió el estómago y le envió el corazón a la entrepierna, porque era ahí donde notaba los latidos de una forma casi insoportable. Se puso a la altura de su amiga y la repasó de arriba abajo con la misma intensidad, desde los impecables y lustrosos zapatos y la perfecta raya de los pantalones negros y brillantes, hasta la pajarita verde que complementaba la almidonada camisa de color crema. Su pálido cuello parecía decir «bésame». Conmovida y con la mente en blanco, terminó el recorrido hasta encontrarse con los ojos de Elsa.

—Gracias. Tú estás impresionante — contestó, con un nudo en la garganta.

La mirada ardiente de Elsa era casi insoportable. Por más que la deseara, tenía que pararlo todo en aquel instante, o corría el riesgo de ponerse en un aprieto ante toda aquella gente. Se le acercó y le dijo, en voz baja:

—Tienes que dejar de mirarme así, Elsa.

—¿Cómo te estoy mirando? —sus peligrosos ojos se oscurecieron.

—Como si te estuvieras muriendo por ponerme las manos encima. —Que era exactamente lo que Anna deseaba también. Esperó su respuesta conteniendo el aliento.

Elsa se acercó más y bajó la cabeza hasta casi rozarle la oreja.

—Te equivocas, asesora. —Esperó hasta que supo que Anna la escuchaba con los cinco sentidos—. Quiero ponerte encima algo más que las manos.

Anna se estremeció, aunque no sabía si era por el cálido aliento de Elsa o por la imagen que estalló en su cabeza. Pero daba igual. Estaba tan excitada que podía explotar en cualquier momento. Sonrió y puso la mano de Elsa en el centro de su pecho, sin dejar de mirar aquellos ojos rebosantes de deseo.

Mientras le deslizaba la mano lentamente pecho abajo, dijo:

—Tengo muchas ganas —y, retirando la mano, se alejó de aquella fuente de fuego.

El contacto de la mano de Anna conmocionó a Elsa de la cabeza a los pies. Respiró entrecortadamente.

—Es mejor que vayamos a buscar nuestros asientos.

—Sí —dijo Anna, con la expresión más serena que pudo asumir—, necesito sentarme, desde luego.

Elsa no supo cómo consiguió cruzar el teatro sin echarse encima de Anna. Una vez comenzada la función, no conseguía concentrarse en la melodiosa música que la orquesta interpretaba a cien metros de ellas. Los ojos se le iban constantemente hacia la piel nívea que Anna dejaba al descubierto cada vez que cruzaba las piernas. Al cabo de un rato, dejó de seguir el espectáculo que se desarrollaba en el escenario, o como mínimo dejó de intentarlo, y sencillamente se dedicó a disfrutar del espectáculo que se le ofrecía al lado.

El largo y suave muslo de Anna reposaba a escasos centímetros de su mano derecha, como retándola a que lo acariciara. A pesar de la atenuada luz de la sala, pudo contemplar una musculatura bien torneada, que no esperaba. «Con esta mujer, nada es como esperaba.» Sonrió y enarcó las cejas al imaginarse la parte del muslo oculta bajo la sedosa tela. Pensó que era menos arriesgado seguir las piernas hacia abajo que hacia arriba, y, recorriendo el trazo del músculo hasta la rodilla, llegó a la espinilla, donde la pierna dejaba de verse.

Veinte minutos después de alzarse el telón, Anna cambió de postura. La nueva posición le ofreció a Elsa un panorama completo de la pierna derecha de su compañera, tan atractivo como el anterior. Recreó la vista en los músculos perfectamente torneados, olvidándose de la muchedumbre que las rodeaba. Sospechaba que tanta insistencia en mirar era una indiscreción, pero no le importó. Un golpe de platillos la obligó a mirar al escenario. Acababa de entender qué parte de la obra interpretaba el ballet cuando notó una presión en la parte exterior de la pantorrilla derecha.

Pensando que era un movimiento involuntario de Anna, apartó un poco la pierna para dejar más espacio entre ellas. Cuando la presión la siguió, el corazón le dio un vuelco.

Sin apartar los ojos del escenario ni mover un músculo, sintonizó al instante con lo que ocurría por debajo de las rodillas. Anna le acariciaba el tobillo con el pie, enfundado en una media, y se colaba por dentro de la pernera de los pantalones. Se le aceleró la respiración cuando el sensual pie de Anna le acarició la pantorrilla.

Se arriesgó a mirar aquel pie que la atormentaba y se le encogió el estómago al ver cómo aparecía y desaparecía por debajo de los pantalones. Dejó volar la imaginación y pensó en otras partes del cuerpo de Anna desapareciendo bajo sus pantalones, pero desde el extremo de arriba. El vaivén del pie la estaba excitando muchísimo y, sin poder evitarlo, volvió a acariciarle lentamente las largas piernas con la mirada. El tempo de la música la acompañaba en su osada aventura, espinilla arriba, por la rodilla y el muslo, hasta que la orquesta llegó a un crescendo cuando su mirada se posó en las manos, dignamente unidas sobre el regazo. El programa que sostenía Anna temblaba y Elsa supo que aquel encuentro no la afectaba sólo a ella.

Lo que no supo fue si el súbito aplauso y las luces de la sala que anunciaron el intermedio supusieron un alivio o un fastidio. Le temblaban las piernas cuando se puso en pie y siguió a Anna por el pasillo.

—¿Te apetece tomar algo? —le preguntó, tocándole el codo, a medida que se acercaban al vestíbulo.

—Sí, gracias. —Anna percibía la presencia de Elsa a su espalda, aunque no la hubiera rozado—. Así vestidas, tan elegantes —comentó, mientras se dirigían al bar—, supongo que tendría que tomar algo adecuado, algo propio de señoras refinadas, pero lo que me apetece de verdad es un whisky con hielo.

Elsa no pudo contenerse y soltó una gran carcajada, aunque sabía que la gente de alrededor se volvería a mirarla.

—Si mal no recuerdo, la última vez que te vi tan arreglada y tan guapa como hoy estabas bebiendo un trago bien fuerte.

«¡Qué dominio, Dios! Es capaz de convertir cualquier cosa en un piropo.»

—¡Ni que fuera una borracha empedernida, Elsa! —exclamó, como si se hubiera ofendido—. No bebí tanto, de ninguna manera.

—Me refería a la clase de alcohol, no a la cantidad —replicó Elsa con una sonrisa. Llegaron al primer lugar de la cola y pidió dos copas—. ¿Qué te parece la función? —preguntó, apoyada en la barra.

La postura de Elsa le recordó a Humphrey Bogart en Casablanca.

—No hay duda: El lago de los cisnes es el ballet que más me gusta. —Al coger su copa, rozó los dedos de Elsa a propósito y vio cómo se le oscurecían los ojos inmediatamente. Sin intentar siquiera ocultar el placer que le causaba aquella señal delatora, preguntó—: ¿Y tú? ¿Te lo estás pasando bien?

Elsa sonrió, consciente de que la había sorprendido mirándole las piernas. Ofreció el brazo a Anna y se alejaron de la cola. Llegaron a un rincón apartado del vestíbulo y, rápidamente, maniobró de tal forma que Anna se quedó con la espalda contra la pared.

—Ya sabes que sí —le dijo, mirándole las piernas descaradamente, aquellas piernas que tanto la habían tentado durante el primer acto. Ahora las cubría la delicada seda del vestido y Elsa dejó escapar un pequeño suspiro de desencanto.

—Deberías prestar más atención a la función, Elsa —bromeó Anna, envalentonada, con ganas de arriesgarse—. Es muy bonita. —No pensaba reconocer que ella también se había distraído mucho.

—La belleza, Anna —dijo Elsa acercándose más—, está en quien la aprecia, y no dudes de que he prestado toda mi atención a una cosa magnífica.

—Eres encantadora —respondió Anna, riéndose—. Se nota la práctica que tienes en quitarles los pantalones a las mujeres a fuerza de encanto. — Sentía curiosidad por ver cómo respondía Elsa a aquel comentario. No pretendía juzgarla en absoluto.

—He dicho toda la verdad y nada más que la verdad, con la ayuda de Dios. — Elsa se puso la mano en el corazón, pero no consiguió borrar su sonrisa—. Y tú no llevas pantalones —añadió, con un guiño.

—Qué observadora —Anna se rió, y le tocó el brazo—. Bien, dispénsame un minuto. Tengo que ir al lavabo. Y no permitas que nadie te acapare —añadió, por encima del hombro—. Vuelvo enseguida.

Elsa dio un sorbo a su copa y se quedó mirando a su excitante acompañante hasta que dejó de verla. Le asombraba lo mucho que estaba disfrutando de cada instante con Anna, incluso al margen del coqueteo por ambas partes. No recordaba desde cuándo no disfrutaba tanto en compañía de una mujer inteligente. Winter McKenzie tenía un abono para la temporada de ballet y Elsa solía poner las entradas a disposición de sus empleados, pero había tenido la corazonada de que a Anna le gustaría aquella producción. Una vez más, empezó a imaginarse aquel cuerpo escondido bajo el vestido negro.

—¡Qué lástima!

Una voz conocida, a su espalda, la sobresaltó, pero mantuvo la compostura.

—Es la segunda vez que aciertas esta noche, Gastón. Es una lástima que te empeñes en perder el tiempo.

—Tendría que ser un delito que las tías más buenas sean de la otra acera — gruñó su cuñado.

A Elsa se le revolvió el estómago. La velada estaba transcurriendo maravillosamente y no estaba de humor para los comentarios del cretino de Gastón.

—Gastón —le dijo, mirándolo directamente a los ojos—, anda y que te folle un pez.

—La verdad es que prefiero follármela a ella, Elsa. —Señaló a Anna, que ya volvía, con la copa que tenía en la mano.

Elsa contuvo un deseo desbordante de tumbarlo allí mismo. Quería a su hermana y haría lo que fuera por ella, pero tener que aguantar las groserías de su cuñado siempre la ponía a prueba. Sospechaba que engañaba a Bella y que no se lo pensaría dos veces si tuviera ocasión de hacer exactamente lo que acababa de decir. Bella nunca la hacía caso en ese aspecto y seguía dedicándose en exclusiva a él, pero era evidente que Gastón sólo creía en la parte de los votos matrimoniales que dice «en la riqueza».

Elsa apuró la copa rápidamente y salió al encuentro de Anna, dejando plantado al sinvergüenza de Gastón. La copa vacía era la excusa perfecta para eludir juntas la compañía de su cuñado.

—¿Te apetece otra copa? —le preguntó a Anna.

Anna captó cierta tensión en su amiga un instante antes de que pudiera disimularla. Sospechó que el hombre que la miraba fijamente era la causa de su incomodidad y enseguida descubrió por qué. Todavía no le había dado tiempo de aceptar la invitación cuando él invadió su espacio mirándola de arriba abajo como si eso pudiera halagarla.

—Cuánto bueno por aquí —dijo, en un tono repugnante—. Soy Gastón, el cuñado predilecto de Elsa.

Elsa, que se moría de vergüenza, se dió cuenta de que no iba a ser tan fácil deshacerse de él. «¿Qué habré hecho yo para merecer esto?»

—Gastón, eres el único cuñado que tengo —puntualizó. Contuvo el aliento. Temía su réplica, y no la decepcionó.

—También soy el cuñado más guapo que tiene. —No apartaba los ojos del discreto escote del vestido de Anna.

—Mucho gusto —dijo Anna amablemente; pero, en vez de estrecharle la mano tendida, se agarró del brazo de Elsa. Era experta en cortar las atenciones no deseadas de hombres como Gastón—. Entiendo perfectamente que su mujer se enamorase de usted a primera vista. — Tuvo un momento de incertidumbre, y luego preguntó—: Dígame, Gastón, ¿su mujer es tan guapa como la hermana?

Elsa reprimió una risotada al ver la expresión de Gastón. Anna le había dado un buen corte, sin estridencias y sin la menor vacilación. «¡Tocado!» Muy pocas veces lo había visto quedarse mudo, y aquel instante fue genial.

Anna se agarró del brazo de Elsa con las dos manos y se acercó a ella, hasta que sus cuerpos entraron en contacto.

—Si es tan guapa como ella, considérese afortunado. —El hecho de estar pegada a Elsa, indicaba claramente que estaban juntas. La intimidad que denotaba sutilmente aquella actitud no dejaba lugar a dudas.

Elsa aprovechó la coyuntura para escapar de su lascivo cuñado y se dirigió rápidamente al bar. Cuando Gastón ya no podía oírlas, apretó la cálida mano de Anna, que reposaba en su brazo.

—Eres implacable.

Anna estaba como si no hubiera hecho más que espantar a un moscardón pesado.

—Cuestión de práctica. Son todos iguales. —Instintivamente, sabía que a Elsa no le ofendería su reacción a las majaderías de su cuñado—. ¿Volvemos a disfrutar del resto de la función?

—Volvamos —dijo Elsa, mirando los chispeantes ojos turquesa de la mujer que tenía al lado, y el tema quedó zanjado.

Elsa había reservado mesa en el exclusivo restaurante Barrett's, que estaba a un paseo del teatro. Al salir del edificio, Anna vio a un hombre que se dirigía a ella presurosamente, llamándole la atención con gestos de la mano.

—Es un vecino —le dijo, y se detuvieron a esperarlo.

—Siento molestarte —se excusó el hombre, después de las presentaciones—. Me harías un gran favor si me llevaras a casa. Mi mujer ha tenido que ir al hospital a atender una urgencia a media función. Ya sabes cómo son estas cosas.

—Te has quedado solo y sin transporte —dijo Anna, que le habría dado dos besos en aquel instante—. Elsa puede llevarme a casa. Ahora íbamos a cenar —dijo, y le pasó las llaves del coche a su vecino—. Si te parece bien, claro —añadió, volviéndose hacia Elsa.

—Será un placer. —Elsa la miró de una forma inconfundible.

Anna le dedicó a su vecino una sonrisa radiante y, tras un breve intercambio de unas educadas palabras de despedida, las dos mujeres reanudaron el paseo.

El ruido de la ciudad las iba envolviendo a medida que avanzaban a paso tranquilo. Las farolas proyectaban una luz suave en la acera de ladrillo y cemento, poco transitada. Los escaparates exhibían con orgullo prendas de moda, diamantes y los últimos éxitos editoriales. Cuando salía gente de los bares y restaurantes, la música se quedaba flotando en el aire unos segundos. Se oyó un claxon en la calle, a unos metros de distancia, y una sirena que ululaba a unas cuantas manzanas. Los vendedores callejeros voceaban mercancía variada, desde rosas rojas hasta perfume barato.

Una brisa templada agitó unos mechones rojizos ante la cara de Anna, y ella se los recogió de nuevo en el prendedor que llevaba en la nuca, sin dejar de caminar. La mujer que iba a su lado no decía nada; Anna pensó que disfrutaba de un amigable silencio, detalle que le gustó. También agradeció que Elsa hiciera caso omiso de las miradas de admiración que le dedicaban otras mujeres. Con la fama que tenía, esperaba que, de vez en cuando, devolviera alguna de aquellas cálidas miradas, pero no fue así, y aquello le produjo una sensación…, como si Elsa le comunicara que toda su atención era para ella exclusivamente, pasara lo que pasase.

La sensación no se diluyó durante la cena. La charla se desarrollaba con fluidez, entre bocado y bocado, y Anna era consciente de que Elsa le miraba el discreto escote del vestido con frecuencia, sin querer, hasta que dejó de intentar no mirar y, simplemente, disfrutó de la vista sin tapujos, con una cálida sonrisa de intimidad.

Cuando salieron del restaurante, Anna la cogió del brazo casi a la misma altura que antes. Estaba a gusto. Dejó la mano resguardada en la articulación y así pasearon envueltas por el aire templado de la noche.

Para Elsa, era habitual llevar a una mujer del brazo, y aquella noche no era una excepción. Iba cómodamente en silencio, sincronizando el paso con el de su pareja. Era raro encontrar una mujer que no insistiera en hablar sin parar tan pronto como se producía un silencio en la conversación, de modo que lo aprovechó al máximo y no rompió el silencio hasta que se acercaron al mozo del aparcamiento.

—¿Estás cansada o prefieres pasear un poco más?

—No y sí, pero los pies me están matando —dijo Anna, con un poco de pena. Iba muy a gusto del brazo de Elsa. Se sentía protegida y deseable, y hubiera querido alargar aquel momento eternamente. Pero el dolor en el pie derecho era insoportable y sabía que no resistiría mucho más.

Anna no usaba zapatos que no le resultaran cómodos por principio. No estaba de acuerdo con la idea de que la moda es más importante que la comodidad. Sin embargo, aquellos zapatos de Prada combinaban tan bien con el vestido que se había saltado el principio práctico y se los había comprado. Y no la decepcionaron, le quedaban fenomenal, pero había llegado el momento de liberar sus pies.

—¡Au! —exclamó Elsa, mirándole los pies exageradamente—. Entiendo. A mí me dejarían tullida. —Entregó el resguardo del aparcamiento al empleado—. Seguiremos con esto en otro momento. Conozco un sitio fantástico, donde la arena es tan fina que no hace falta calzarse. Es como un masaje shiatsu para los pies.

Llegó el coche y Elsa sujetó la portezuela para que Anna se sentara en el asiento del copiloto. Al ver las largas piernas que asomaron por la raja del vestido, notó un pinchazo en la entrepierna y se le secó la boca de golpe. No fue la única que se fijó: el mozo se había quedado con la boca abierta, de modo que le guiñó un ojo, como diciéndole «es mía», y le dio una propina más generosa de lo habitual.

Anna se pasó el trayecto hasta su casa con un temblor de manos incontrolable. Cuando Elsa llegó a la entrada, era plenamente consciente de que no quería que la noche terminase ahí.

—Me gustaría recuperar ahora el aplazamiento del otro día. —Levantó la mirada de las manos, que apretaba con fuerza sobre el regazo, y la clavó en un par de ojos azulea abrasadores—. ¿Te apetece entrar?

—Sí —dijo Elsa en voz baja.

Sin cruzar una palabra, Anna abrió la puerta, sintiendo en todo momento la proximidad de aquella mujer que le había prendido fuego en el cuerpo. Al entrar, dejó las llaves en el aparador y se volvió hacia ella. El deseo abrasador que vio en sus ojos la dejó sin fuerza en las piernas.

—¿Te apetece tomar algo?

—Sólo me apeteces tú. —Se acercó y la besó.

Anna tenía los labios más tiernos de lo que imaginaba, y saboreó todas las sensaciones. La mordisqueó dulcemente y sonrió cuando Anna le hundió los dedos en el pelo y se la acercó más. Elsa quería mucho más y, como a la fuerza, separó los labios y la besó en los delicados pómulos y a lo largo de la mandíbula, antes de volver a aquella boca tan tentadora. Anna la animó a continuar. Con la soltura que da la práctica, recorrió la espalda de Anna, deslizando las manos por todas partes, y después se fue acercando lentamente a los pechos, hasta que se los cubrió con las manos. Trazó un camino de besos hasta el cuello y se detuvo a mordisquear el pulso que se desbocaba justo por encima de la clavícula, para continuar después su viaje hasta aquellos hombros desnudos que la habían atormentado toda la velada. Por fin pudo saborearlos. No supo cuál de las dos gimió, pero aquel sonido le resultó estimulante.

Anna perdió la noción del tiempo mientras Elsa le cubría los labios y la piel de besos que había deseado toda la noche. En un instante notaba aire fresco en el pecho y al instante siguiente una boca caliente se lo cubría. La sensación le hizo tragar saliva y estrechó a Elsa contra su cuerpo. En el momento en que Elsa se disponía a lamerle sus erectos pezones, sonó el teléfono.

—No contestes.

—No pensaba hacerlo.

La boca de Elsa se apoderó de un pezón entero y, en recompensa, Anna se sujetó con fuerza a sus hombros para no caerse. Había besado muchos pechos, pero ninguno tan dulce como el que estaba explorando en aquellos momentos.

—Anna, ¿estás ahí? Soy Charles Muntz. —Anna se tensó al oír la voz de su jefe en el contestador automático—. Me temo que necesitamos tu ayuda. Han detenido a la hija de Merison. Por favor, llámame lo antes posible.

—¡Mierda! —Lentamente, se deshizo del abrazo de Elsa. «¡Mierda, mierda y mierda!» Se apoyó en el respaldo del sofá, tratando de recobrar el aliento—. ¡Dios, cuánto lo siento!

—No pasa nada. —Elsa intentaba poner orden en el descontrol hormonal de su organismo. Se quedó unos segundos mirando a Anna, mientras ésta se abrochaba el vestido torpemente, y dijo—: Espera, déjame ayudarte con los botones. —Cubrió la distancia que, hasta hacía unos instantes, no mediaba entre ellas. Le abotonó el vestido con unas manos tan inseguras como las piernas que la sostenían.

—Lo siento muchísimo. —Sentirlo no servía ni para empezar a describir la vergüenza de Anna por la interrupción —. Era mi director general.

Elsa sonreía dulcemente; se imaginaba hasta qué punto una llamada del director general podía echar por tierra cualquier plan amoroso.

—Soy la abogada de la empresa — dijo Anna, con un gesto de fastidio—, no criminalista. ¿Qué se cree que puedo hacer? Nunca me llaman a casa y, para una vez que llaman, ¡tiene que ser ahora!

—Anna, no pasa nada, de verdad. —Elsa le abrochó el último botón del vestido. Le levantó la barbilla con un dedo y se miraron a los ojos—. Mejor que haya sido ahora y no dentro de quince minutos, porque no habrías sido capaz de contestar, siquiera —dijo, en un tono de diablillo que ayudó a Anna a tranquilizarse.

—¡Qué segura estás de ti misma!

Atraída por el brillo de aquellos ojos que la contemplaban, y aun sabiendo que era un error, volvió a besar a Anna. Fue un beso tan húmedo como el anterior, y Anna respondió instantáneamente, pero, antes de pasar a mayores, Elsa separó los labios una fracción de milímetro.

—Sólo voy donde la dama me conduce —dijo, con voz ronca.

—Creo que el camino estaba bien señalizado, ¿no? —respondió Anna, ruborizada. «¿Cómo soy capaz de bromear con esta mujer, cuando lo único que quiero es que me devore ahora mismo?»

—Aunque se sepa el destino, lo mejor es el viaje, sin duda. Y tenía muchas ganas de conocer los hitos de tu ruta. —«Vaya, qué cursilada.» Elsa se avergonzó un poco de su último comentario.

—¿Eso es una promesa? —preguntó Anna, con deseo. En toda la noche no había pensado en otra cosa que en las caricias de Elsa y la llamada de su jefe había tirado por la borda la esperanza de un encuentro satisfactorio.

Tenían los labios a pocos milímetros, la una de la otra, y el aliento de ambas se mezclaba. Elsa quería probarlos otra vez —estaba perfectamente preparada, lista para lanzarse a la menor invitación—, pero Anna tenía cosas que hacer. Besó los rojos labios rápidamente, casi castamente.

—Sí, es una promesa. —La soltó con un largo suspiro—. Me voy, así podrás concentrarte en la crisis que sea.

Anna percibía la excitación sexual de Elsa, pero, por fortuna, había encajado la inoportuna interrupción con calma. Agradecida porque le facilitara las cosas, la acompañó hasta la puerta.

—¿Me llamas dentro de unos días?

—Cuenta con ello. —Elsa apretó la mandíbula para resistir el deseo de besarla otra vez y salió a la calle.

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Hola!!! gracias por los que leen y comentan enserio lo aprecio.

Deilys len: jajajajja vamos a ver quien juega con quien porque como lo veo yo, esto se esta poniendo bueno. Es bien graciosa esa parte donde le dice que no, justo en el orgullo. Es todo un placer hacer este tipo de trabajos y que las personas lo aprueben.

Gravity: bueno cuando Anna rechazo a Elsa le dijo que pospusieran la cita como cuando en un partido llueve y se pospone. entonces Elsa le dice que quiere que llueva, en otras palabras quiere que se vean otra vez para continuar donde dejaron la cita.

PenguinVuelve: bueno no te hago esperar mas hasta el siguiente viernes.

Rens rain: ambas quedaron prendadas pero mas Elsa porque normalmente ninguna mujer la rechaza y eso le atrae aún más.

miguel.puentedejesus: de nada, eso lo entiendo. también me han salido sugerencias y ese tipo de cosas. ya sabes lo normal. No te preocupes por nada eso le infla el ego a cualquiera jajajajaja

Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso.

Que La Fuerza Los Acompañe...