Capítulo 7
Yzma Merison, la hija del director financiero de Bradley y Taylor, de diecisiete años, había sido detenida por conducir borracha. Se suponía que estaba a salvo en su cama, en el dormitorio del colegio católico Mt. Holy, pero en realidad se encontraba a más de doce kilómetros cuando empotró el Mercedes contra un poste de teléfonos. Iban con ella tres compañeras del internado, que sufrieron heridas de diversa consideración, y fue preciso llamar a una ambulancia para llevarlas al hospital.
La policía registró el coche y halló cocaína, lo cual se sumó a la lista de cargos contra ella, por lo que le recitaron los derechos de Miranda. Fue entonces cuando Yzma, creyendo erróneamente que la belleza y la fortuna la sacarían del apuro, ofreció al agente de policía sexo, dinero o ambos. No era la primera vez que utilizaba esos recursos como fianza, por lo que Anna sabía, y debió de creer que el joven y apuesto policía sería pan comido. A pesar de que la esposaron inmediatamente, su sabiduría de adolescente le aconsejó que lo único que tenía que hacer era aumentar la apuesta inicial. Se puso agresiva y forcejeó con el agente que la llevaba hacia el coche patrulla. Estaba tan borracha que tropezó, cayó al suelo y se hizo una herida, lo que agravó su mal humor.
Cuando llegó al hospital, la lista de cargos había aumentado: se la acusaba además de resistencia a la autoridad, ataque a un agente pacífico e intento de soborno. Según el parte de urgencias, Yzma no dejó de vociferar durante el reconocimiento médico, en el que no se encontraron más heridas. En el lugar de los hechos, se había negado a someterse a la prueba de alcoholemia y montó en cólera cuando una enfermera descorrió las cortinas y le pasó un recipiente de plástico transparente. Por ser una menor de edad acusada de un delito grave, tenía que hacerse una prueba de drogas, como marca la ley. Su indignación llegó a su punto máximo cuando la ataron y le introdujeron un catéter. No dejó de protestar hasta que llegó el resultado del análisis de orina. Estaba embarazada.
Anna pasó la noche, que tenía que haber sido de pasión, en compañía de aquella arrogante y borracha niñata y de su padre, tan presuntuoso como ella. No consiguió convencer a Facilier Merison de que no estaba especializada en derecho penal. El hombre siguió insistiendo en que sacara a su «hijita» de aquella «situación», según sus propias palabras. Pero, lejos de estar dispuesto a enfrentarse al hecho de que su hija tenía un grave problema, quiso echar tierra al asunto a toda costa. No convenía que el escándalo saltara a la prensa, ni por él ni por la empresa. A Anna no le gustaba que la utilizasen y creía que Yzma debía afrontar las consecuencias de sus actos. Por fin se avino a negociar una reducción de los cargos con el fiscal del distrito, a cambio de que Yzma empezara un programa de rehabilitación y se mantuviera limpia y sobria dos años seguidos.
Anna tenía la sensación de estar tan sucia y descompuesta como la jovencita a la que acompañó muy de mañana a cerrar el trato. Yzma guardó silencio, bajo la amenaza de sanciones económicas por parte de su familia, pero seguía igual de arrogante. Se le concedió libertad bajo custodia de su padre y con un calendario para presentarse ante los tribunales.
—Todavía no puedo creer que me haya metido en ese asunto —le comentó a Elsa, enfurecida, cuando la llamó. La risa de Elsa se desbordó por el teléfono, inundándole la cabeza, y las piernas le temblaron.
—Al menos ha salido algo bueno de todo eso.
—Dime lo que es, por favor, porque yo no lo veo, te lo aseguro. —Lo único que sentía era vergüenza y rabia.
—Un aperitivo —dijo Elsa, en un tono sugerente.
—¿Un aperitivo?
—Sí, un aperitivo —repitió, con voz ronca—. Me has hecho catar lo que espero que llegue pronto. Esa pequeña muestra me hace desearte ahora más que antes.
Anna tardó un momento en comprender el sentido de sus palabras. No tenía mucha experiencia en flirteos telefónicos desde el trabajo y le resultaba inquietante..., en el mejor sentido de la palabra.
—¿De veras? —replicó, sorprendida de su capacidad de reacción ante un comentario tan provocativo.
—Sí, asesora, de veras —dijo Elsa con firmeza, dejando perfectamente claras sus intenciones.
El fuego del deseo prendió en las entrañas de Anna y se le extendió rápidamente por todo su cuerpo. Sintió cosquillas en el estómago y las imágenes que le pasaban volando por la cabeza le debilitaron las piernas.
—Elsa, desde luego, sabes hacer que una chica se sienta deseada.
—No me cabe la menor duda. — Elsa se lo estaba pasando en grande y sólo se preguntaba hasta dónde llegaría el juego preliminar por teléfono.
En el otro extremo del hilo, Anna se mareaba con la caricia de su melodiosa voz. Se sentó en la silla y la luz roja intermitente del teléfono la devolvió a la realidad. Se recompuso como pudo para contestar.
—No sé qué decirte, salvo darte las gracias. —La luz roja parpadeaba casi a gritos—. Aunque me encantaría seguir hablando de esto contigo, tengo que volver. —«¡Volver, maldita sea! ¡Necesito una ducha fría!»
—De acuerdo —dijo Elsa, decepcionada. Pero Anna estaba en plena reunión y tenía que respetarlo.
—¿Puedo llamarte esta noche? —le preguntó Anna con expectación.
Un filo ardiente partió a Elsa por la mitad y se aposentó entre sus piernas, revelando lo mucho que deseaba a aquella mujer y lo apremiante que era ese deseo.
—Tengo una reunión de junta. Creo que llegaré a casa bastante tarde. —«¡Maldita sea!»— ¿Estás libre mañana a la hora de comer?
—No, me voy a Chicago en el vuelo de las ocho de la mañana.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó Elsa, mirando el calendario que tenía sobre la mesa.
—El jueves por la tarde.
—Entonces, cenamos el jueves, ¿de acuerdo? —«¡Dios! ¿Por qué me parecerá que falta un siglo?» Elsa tomó nota mentalmente de decirle a Morgana que cancelase la reunión con el presidente de la Sociedad Rotaria. «Sólo quiere sacarme algo, de modo que puede esperar.»
—Cenamos el jueves, estupendo. Te llamo en cuanto vuelva.
—Pues, hasta entonces —dijo Elsa, pensando que el jueves no llegaría nunca —. Que tengas buen viaje.
—Gracias. —Anna vaciló un momento—. ¡Elsa!
—Dime. —Supo, por el tono, que Anna quería decirle algo más. Pasaron unos segundos—. ¿Anna? —insistió.
—Sí, estoy aquí. Perdona. —Anna carraspeó, como si tuviera algo muy importante que decir, pero, al parecer, se inhibió—. Nos vemos el jueves.
—Estoy deseándolo —dijo, decepcionada porque Anna callaba lo que iba a decir.
—Yo también.
Anna colgó y respiró hondo. Elsa Winter le había trastocado la vida, tan ordenada y tranquila hasta entonces. Sabía que, después de pasar tres días en Chicago, volvería exhausta. Le esperaba una sarta de declaraciones seguidas, que se alargarían hasta altas horas de la noche, y, a pesar de que viajaba con frecuencia, dormir en un hotel siempre le resultaba difícil. Con todo, la idea de estar con Elsa borraba aquellos pensamientos. Se quedó mirando la luz intermitente del teléfono, pensando que, desgraciadamente, no había encontrado palabras para expresar lo único que la preocupaba de aquel plan.
No se había parado a pensar en las grandes diferencias que existían en el historial de relaciones de cada una, pero pensaba que tenían que ser sinceras la una con la otra. Elsa se había mostrado sin tapujos, pero ella había evitado las confesiones personales. Le parecía que el pasado no tenía importancia, ante sus sentimientos actuales. Decidió que ya surgiría el momento de hacer su pequeña confesión, probablemente durante la cena. Deseaba volver a llamarla en ese mismo instante, sólo por oír su voz un poco más.
De pronto, aquella necesidad de adolescente le pareció ridícula y se obligó a volver al trabajo. Descolgó el teléfono.
—Ya estoy aquí. Lamento la interrupción. Bien, ¿por dónde íbamos? —dijo, de vuelta a su yo profesional de costumbre. «Sí, claro. Hace dos minutos prácticamente estaba haciendo el amor por teléfono, y ahora estoy hablando con un puñado de cincuentones canosos.»
El Boeing 757 se dirigió a paso de tortuga hacia la puerta de embarque. Anna había hecho aquel mismo viaje más veces de las que recordaba, pero hoy el trayecto de vuelta se le había hecho más largo que nunca. Iba en primera clase, y su compañero de asiento no había parado de roncar. Después de pasar tres días encerrada en la atmósfera cargada de una sala de juntas, bebiendo café recalentado, tomando declaraciones y soportando las gilipolleces de rigor del abogado de la defensa, tenía los nervios de punta y estaba agotada.
Pero sintió que se animaba al levantar la tapa del teléfono móvil y marcar el número de Elsa.
—Hola, Morgana. Soy Anna Summer. ¿Está Elsa?
—Lo siento, señora Summer, la señora Winter no está en la ciudad. Me dijo que le pasara sus llamadas al móvil. Espere un momento, por favor, que se la paso.
—Claro. —Sus ánimos cayeron en picado mientras esperaba a que Elsa contestara. Llevaba toda la semana pensando en esa noche.
—Bienvenida a casa —dijo la melodiosa voz de Elsa, y a Anna se le aceleró el pulso.
—Gracias. —El ruido de fondo le resultaba muy conocido—. ¿Dónde estás?
—En el aeropuerto Charles de Gaulle.
—¿Estás en París?
—Oui —contestó Elsa—. Estoy en la cola de la aduana, con unos mil amigos íntimos, que también hacen cola. —Según sus cuentas, más de la mitad de los accesos de la aduana estaban vacíos, y los que estaban atestados parecían tener problemas con el equipo de escaneo de pasaportes, lo cual incrementaba todavía más el tiempo de espera para entrar en la legendaria capital.
Anna hizo un cálculo rápido de días y usos horarios, y frunció el entrecejo.
—¿Vas o vuelves?
—Lamentablemente, voy. —A Elsa no le había hecho ninguna gracia marcharse el día en que Anna volvía—. Ha sido totalmente inesperado. Uno de nuestros mejores clientes se reúne aquí con un grupo de inversores y, en el último momento, decidió que me necesitaba. Que necesitaba mi presencia, concretamente. Y aquí estoy. Una gala a petición del rey, por así decir. Si este tipo no fuera tan valioso para mí, le habría dicho que se fuera a freír espárragos, pero no puedo. Espero que lo entiendas.
—Lo entiendo, naturalmente. — Anna pensó con tristeza en la cantidad de veces que había tenido que coger un avión a toda prisa, pocas horas después de que le comunicaran que tenía que presentarse en algún lugar. Había aprendido a hacer la maleta rápidamente y a viajar ligera de equipaje por necesidad. Procuró ocultar su decepción, pero el cansancio pudo con ella y no lo consiguió—. A mí me ha pasado lo mismo muchas veces.
—Anna, estoy tan disgustada como tú, créeme. Preferiría mil veces cenar con una mujer preciosa a tener que conformarme con el servicio de habitaciones.
—He estado en París, Elsa. Abundan las mujeres guapas con las que ir a cenar. «Y eso me preocupa.»
—Pero no son tú —replicó Elsa en voz baja, y entendió que el comentario era sincero, y no una tontería para que se tragara el anzuelo. De verdad quería volver a verla.
—Gracias, es una respuesta bonita. —Anna suspiró por la ocasión perdida—. Si ni siquiera tenemos tiempo para hablar, ¿cómo vamos a…? —Cortó la frase en seco, al darse cuenta de lo que iba a decir en voz alta.
—¿Vamos a qué? —preguntó Elsa.
—Pasar tiempo juntas —dijo, vacilante, llenando el hueco como pudo.
«Hacer el amor durante horas», pensó.
—¿Y quieres que «pasemos tiempo juntas», como dices tú? —preguntó Elsa, apretando el teléfono y pisando el suelo con ahínco.
—Sabes que sí.
A Elsa empezó a latirle la entrepierna. Muchas veces se excitaba en un instante al ver a una mujer, o al tocarla, pero no al oirla hablar. Una cálida sensación inundó su cuerpo
—. Anna, yo…
El resto de la frase se perdió y Elsa tardó unos segundos en volver a hablar. Entre tanto, Anna oyó una voz hablando en francés.
—Perdona, Anna, tengo que colgar. Me ha llegado el turno y el agente me dice que tengo que colgar, de lo contrario no me pondrá el sello en el pasaporte. Te llamo en cuanto llegue al hotel. Tengo que darme prisa. Adiós.
Y, de pronto, ya no estaba.
Elsa llamó a Anna aquella noche, y muchas más, mientras estaba en París. Puesto que había ido a Europa, decidió aprovechar el viaje para buscar proyectos viables. Dos semanas después, tenía ocho clientes nuevos y había asegurado la financiación de un importante proyecto de desarrollo a otro cliente. En suma, estaba satisfecha porque el viaje había sido muy productivo.
Aunque tenía un horario apretado, encontró tiempo para mezclar el trabajo y el placer, y salió a cenar con antiguas amistades y con algunas mujeres que demostraron claramente una buena disposición a ser sus nuevas amigas, al menos durante una o dos noches. Había estado en París muchas veces y las francesas le parecían unas compañeras de cama fabulosas. Eran desenfadadas y muy creativas, y se despedían a la mañana siguiente con un beso en la mejilla y un au revoir.
La última noche que pasó en la ciudad de la luz, Elsa decidió aceptar una oferta tentadora. Isabella le parecía una compañera divertida. Sonaba música lenta, las luces eran tenues e Isabella reaccionaba receptivamente entre sus brazos. Algunas veces, a Elsa le apetecía una noche lenta y seductora; otras, lo único que quería era un buen polvo. Aquella noche lo que quería era esto último, sin duda, y, por lo que veía, Isabella estaba más que dispuesta a complacerla.
Diez minutos después de aquel baile, lento y fogoso, Elsa caminaba una corta distancia hasta el apartamento de Isabella, situado cerca del Palacio de Justicia. Isabella se apoyaba en su brazo a plomo y no dejó de hablar en todo el camino. Había muchos turistas bulliciosos en la acera y Elsa recibió varios empujones, uno de ellos fue tan fuerte que perdió el control. El accidentado paseo le recordó, inevitablemente, la última vez que había paseado con una mujer del brazo. En aquella ocasión había sido un paseo tranquilo: Anna y ella eran prácticamente las únicas transeúntes. El silencio le resultó entonces tan agradable como molesto el bullicio de hoy. «¿Anna habrá estado alguna vez en París con una amante?», se preguntó.
Aquel pensamiento le provocó una reacción inesperada: desánimo instantáneo y algo semejante al resentimiento. No quería imaginarse a Anna en brazos de otra. Había que subir unas escaleras y tuvo que prestar atención a lo que la rodeaba. Isabella abrió la puerta del apartamento y apenas esperó a que se hubiera cerrado para abalanzarse sobre ella y ahogarla a besos. No era que no esperase que la besaran, pero todavía estaba pensando en Anna y reaccionaba con lentitud. Isabella le hizo una pregunta y tuvo que repetírsela, para que respondiera.
—No, no he cambiado de opinión. Es que me has cogido por sorpresa. Esto es exactamente lo que quiero.
Elsa se dejó llevar hasta una puerta abierta. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, recobró el control de la situación. Con mano segura, le desabrochó la blusa a Isabella y rápidamente toda la ropa quedó esparcida por el suelo. La cama crujió bajo el peso; Elsa puso mala cara al oír el molesto ruido. Isabella se puso boca arriba y la besó otra vez. Elsa apartó la boca y se preguntó en qué momento los besos de aquella mujer habían empezado a ser babosos, en lugar de sensuales. Pensó en los de Anna, tiernos y suaves como plumas, y en lo mucho que la excitaban.
—¡Ay! —Un mordisco en el cuello la sobresaltó. «¡Mierda! Espero que no deje marca. A ver cómo se lo explico a Anna.» Se quedó helada al darse cuenta de lo que había pensado. No tenía por qué darle explicaciones. No le debía nada.
—¿Estás conmigo, chérie?
Aquella voz, extraña para ella, le hizo volver de golpe a la mujer del pelo oscuro que se le había puesto encima. Dejó de pensar en Anna y rápidamente volvió las tornas para demostrarle a Isabella hasta qué punto estaba con ella. Isabella la envolvió con las piernas y de pronto la asaltó una imagen de muslos alargados y bien torneados, cubiertos de seda. «Maldita sea, Elsa, ¿en qué estás pensando? ¡Presta atención!»
Nunca se había distraído en brazos de una mujer hermosa y desnuda, pero ahora no podía dejar de pensar en Anna. Aunque había recurrido al sexo muchas veces para desconectar de sí misma o de las tensiones del trabajo, esta vez no lograba borrar la sensación de que estaba haciendo algo malo. La cabeza le decía que no, pero las entrañas le decían lo contrario a gritos. «¿A Anna le dolería saber lo que estoy haciendo? ¿Le importaría?»
—¿Vas a follar conmigo o con la mujer en la que estás pensando? — preguntó Isabella, cabreada de verdad.
Elsa lo entendió, y tampoco le hizo ninguna gracia. ¿Cómo es que Anna se atrevía a controlar a quién se tiraba ella? No necesitaba permiso de nadie para acostarse con una mujer, y menos de una con la que ni siquiera se había acostado. No era asunto de Anna con quién pasara ella el tiempo libre y, de la misma forma, tampoco era asunto suyo con quién se acostaba Anna.
Dejó que los actos hablaran por sí solos. Isabella se retorcía bajo sus caricias y sus besos, y Anna no iba a interferir en su placer. Desafortunadamente, se equivocó por completo. «¡Joder, joder, joder!»
Se apartó de Isabella y, tras musitar una disculpa sincera, recogió la ropa y se vistió. Ni siquiera se molestó en terminar de abotonarse la camisa antes de acercarse a la puerta. Se dirigió al hotel caminando por la orilla del Sena, con un fuerte dolor de cabeza y un puñado de nudos en el estómago. Estaba furiosa por la intrusión de Anna mientras estaba con Isabella, y más furiosa todavía por no haber sabido evitarlo, pero lo que más la alarmaba era lo que sentía por ella. Se sentía culpable por la noche con Isabella, e incluso se ponía celosa si se la imaginaba con otra.
El frío aire parisino le refrescó el cuerpo, pero sólo la alivió superficialmente. Por dentro seguía hirviendo. La luna llena iluminaba las calles vacías y se veía bien. Eran más de las dos de la madrugada y, rápidamente, calculó la hora que sería en California. Se preguntó qué estaría haciendo Anna. ¿Estaría aún en la oficina? ¿Estaría cenando con alguien? Se detuvo al pie de una farola en el Quai des Orfèvres y sacó el móvil.
El olor del desayuno la despertó en el avión, y no le extrañó haber soñado con Anna. Sintió una punzada de remordimientos por el episodio con Isabella, pero rápidamente desechó aquella sensación por considerarla ridícula. La noche anterior, después de intentar hablar con Anna sin conseguirlo, se había dedicado a callejear durante horas alrededor del hotel, hasta que por fin el cansancio la obligó a entrar. Metódicamente, se duchó, hizo el equipaje y esperó a un taxi para ir al aeropuerto.
En la sala de primera clase, mientras aguardaba el momento de embarcar, tomó una decisión. No solía tener remordimientos por su actividad sexual, y no pensaba empezar a tenerlos ahora. No se había comprometido con ninguna mujer y, por lo que a ella atañía, eso significaba que era libre para verse con quien quisiera.
Suspiró y bajó la mesilla abatible. «Pero resulta que la única mujer a la que quiero ver es ella.»
Dormitó a ratos durante el largo viaje de regreso, pasó la aduana enseguida y se fue directamente del aeropuerto a la oficina. Más tarde se las vería con el jet-lag. Aunque Moegama se había ocupado de los asuntos más urgentes, sabía que tendría la mesa atiborrada de trabajo y, aunque era viernes y podría dedicar el fin de semana a ponerse al día, no le gustaba que el trabajo se descontrolase. Cuanto antes se lo quitara de encima, mejor.
Se quedó corta al pensar que estaría «atiborrada» de trabajo. Echó una ojeada al calendario de los siguientes días y el café se le atragantó al ver la cena de la campaña pro derechos humanos marcada en rojo para la noche siguiente. «¡Mierda! ¡Cómo se me ha podido olvidar!» Era una seguidora fiel de aquella campaña y no había faltado a la cena anual desde hacía diez años. Rápidamente marcó de memoria el teléfono directo de Anna, rogando que no tuviera ya un compromiso para esa noche.
—No tengo excusa por no haberte invitado antes, Anna —dijo, cuando sonó la señal del contestador—. Siento avisarte en el último momento y lo entenderé perfectamente si ya tenías otro plan…
—¿Elsa? —dijo Anna—. Está bien. Lo entiendo, e iré contigo encantada. Se trata de la cena de la campaña pro derechos humanos, ¿no?
—Sí, es mañana.
—Me alegro de que hayas vuelto — dijo Anna, tras una pausa.
—Y yo me alegro de estar aquí — respondió Elsa con entusiasmo. Quería encontrar la forma justa de decir lo mucho que se alegraba de oír su voz y de saber que estaban en la misma ciudad, y que pronto volverían a verse otra vez.
—Ven a buscarme a las siete. Y no te retrases —añadió Anna en tono de broma, para aligerar el ambiente, quizá.
—Sí, señora, allí estaré. —Elsa nunca se había alegrado tanto de haber quedado con alguien.
.x.
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Que mala onda o no(?)
Deartod: me alegro que te guste enserio. y espero que puedas leer las siguientes que publicare.
newton: un piropo poco común y que funciono bastante bien. jajajaja todavía no superaba que le dijera que no por muy evidente que se viera el coqueteo.
Jakye Mnjz: ya lo creo y podría decir firmemente que acertaste.
miguel.puentedejesus: también yo al publicarlo.
Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso.
Que La Fuerza Los Acompañe...
