Capítulo 8
Formaban una pareja sorprendente en la pista de baile. Anna llevaba un esmoquin de seda azul nocturno y un chaleco blanco sin blusa debajo. La pajarita azul real de Elsa contrastaba muy bien con su esmoquin blanco. Bailaban juntas armoniosamente y evolucionaban con soltura por la pista. Elsa llevaba con firmeza y Anna se sentía ligera como una pluma entre sus brazos. Al son de una lenta melodía, la atrajo hacia sí un poco más y las dos movieron las caderas sensualmente, obedeciendo a la cadencia musical. Cuando Elsa fue a recogerla, seguía un poco cohibida por la debacle con Isabella en París, aunque estaba convencida de que era una reacción irracional. Al entrar en la sala en la que se celebraba la fiesta, todavía no podía mirarla directamente a los ojos, pero, después de cenar, la sacó a bailar a la pista y allí se disiparon sus vacilaciones.
Anna abrazó a Elsa por el cuello y se acercó más. Notó que tomaba aire de golpe, sorprendida, pero los cálidos brazos que esperaba no tardaron en rodearle la cintura.
—Así me gusta más —murmuró sobre el hombro de Elsa—. El baile tradicional está bien, pero, a veces, lo único que quiero es bailar agarrado, como ahora.
—A mí también me gusta. —Se estremeció de arriba abajo al sentir el cálido aliento de Anna en el cuello—. Sobre todo contigo.
Bajó las manos un poco, hasta rozar levemente el comienzo del trasero de Anna, y percibió, no por primera vez, que los dos cuerpos se ajustaban casi perfectamente. Hacía unos minutos que sonaba la canción cuando Anna la miró con los ojos brillantes de deseo y los labios pidiendo besos. Elsa, que no se hacía de rogar con las mujeres, acercó la cabeza lentamente. Anna besaba con ternura, tal como recordaba, un recuerdo que en aquel momento le supo dulce.
Anna le mordisqueó el labio inferior y Elsa tuvo que refrenarse para no ahondar en el beso. Logró mantenerse derecha y dirigir los pasos de las dos entre los demás bailarines de la pista instintivamente, aunque no se explicaba cómo lo había conseguido.
A Anna se le llenaron los sentidos del olor almizclado de la mujer a la que abrazaba. La espalda le ardía bajo sus suaves caricias, pero sólo prestaba atención al sabor de sus labios. Al principio, el beso fue dulce e indeciso, pero después Elsa le pidió participación activa. Entonces ella, más que dispuesta a complacerla y con una cálida sensación de protección, empezó a acariciarle el pelo y la atrajo hacia sí, al tiempo que tomaba la iniciativa del beso. No tuvo más que un breve instante para paladear el sabor de Elsa porque, súbitamente, las sobresaltó la voz atronadora del pinchadiscos que anunciaba la siguiente canción.
Si no deseara tanto a Elsa, la pasión que vio en sus ojos la habría asustado. Le temblaban las piernas, pero la mano que la guió hacia la mesa por el codo la reconfortó. Elsa reanudó la charla con sus amigos y colegas, intentando hacer partícipe a Anna por todos los medios. Sin embargo, Anna tenía la cabeza en otra parte. Hizo algunas observaciones oportunas, pero, en general, dejó que la conversación se desarrollara sin intervenir. Era inútil querer concentrarse en temas políticos o sociales, cuando lo único que deseaba era estar a solas con Elsa y reanudar lo que habían dejado en suspenso hacía dos semanas.
Los compañeros de mesa fueron desapareciendo uno a uno, hasta que por fin se quedaron solas. La noche era fresca, pero Anna tenía calor. Se quitó la chaqueta y la dejó resbalar sobre el respaldo de la silla; después se puso de pie y le tendió la mano a Elsa.
—Vamos a bailar.
Pero Elsa no se movió.
«¡Dios mío!» El chaleco de Anna no tenía nada por detrás, sólo la piel suave y blanquecina de los hombros y la espalda. Se le cortó la respiración; lo único que oía era la sangre que fluía como un torrente por los oídos. Los músculos danzaban bajo la piel. Descubrió un pequeño tatuaje sobre el omóplato derecho y quiso acercarse para saber qué era exactamente, pero no podía moverse, no podía pensar, no podía hacer nada más que mirarla con la boca abierta.
—¡Elsa! —La cara de Elsa, el anhelo que sus ojos expresaban, la hizo sentirse más deseada que en toda su vida. Por un momento se creyó la mujer más poderosa y femenina de la sala. Sonrió tímidamente a Elsa y la tironeó de la mano—. Vamos. Quiero estar entre tus brazos otra vez.
Elsa no pudo hacer otra cosa que seguirla hasta la pista, pero todavía tardó unos segundos en sobreponerse. Mientras bailaban, observó la reacción de otros invitados ante el provocativo modelo de Anna. Algunos parecían escandalizados, otros se morían de envidia.
—Me parece que has provocado cierta conmoción. —Elsa no recordaba la última vez que una mujer le había producido una reacción tan visceral.
—¿A qué te refieres?
—Al chaleco. —«No tiene la menor noción de lo guapísima que es.»— Te está mirando todo el mundo.
—La única persona de esta sala que me interesa que me mire —dijo Anna, sin molestarse en fingir que no entendía a qué se refería— eres tú.
Elsa dio un pequeño traspiés y, por el gesto que hizo Anna con la boca, supo que acababa de delatarse. Unas manos suaves se deslizaron por su cuello y empezaron a acariciarle los finos cabellos de la nuca.
—¿Y a ti te conmociono un poco, Elsa?
—Sí. —«Sí a todo lo que tú me digas.»
—Bien. —Anna se arrimó un poco más.
El contacto con la piel desnuda y el olor de la carne cálida le hacían perder la cabeza. Notó la tensión de los músculos que tocaba y la cadencia ardiente que transmitían le llegó directamente al punto más sensitivo de la entrepierna. El acostumbrado pulso de la excitación sexual se apoderó de todo su cuerpo y los boxers de seda poco pudieron hacer por contener los jugos que en cualquier momento empezarían a resbalarle por la pierna. No recordaba que ninguna mujer, vestida todavía, la hubiera excitado tanto nunca. Si no tenía cuidado, acabaría poniéndose en evidencia en plena pista de baile. Había estado en brazos de muchas mujeres, pero ninguna le había provocado semejante calentura.
Quería hacer el amor con Anna, de eso estaba segura. Pero había algo más, y quería saber qué era exactamente. Aspiró la fragancia de su pelo y renunció a interpretar lo que le estaba pasando. Sencillamente, cerró los ojos y se perdió en la mujer a la que abrazaba.
La música terminó mucho antes de lo que hubiera deseado y Anna se llevó a Elsa a la mesa lentamente. Elsa se había recuperado un poco del shock que le había producido ver la espalda desnuda de Anna, pero todavía no podía dejar de mirar la piel que acababa de acariciar. Le ofreció una silla y, una vez sentadas las dos, le rozó levemente los hombros desnudos. Levantó el vaso de agua y las manos le temblaban tanto que el hielo chocó contra los lados tintineando desordenadamente. «Necesito algo más que agua para apagar esta sed.» Su pareja de baile estaba sofocada y sin respiración, y la miraba fijamente.
—Salgamos a tomar el aire. —«A lo mejor me refresco un poco y no la devoro aquí mismo», pensó Elsa.
Le tendió la mano a Anna y, cuando sus miradas se encontraron, empezó a respirar entrecortadamente. Se acercó para besarla otra vez, pero una pareja que salía de la pista de baile chocó con ella y se disculparon con poco entusiasmo. Bastó aquella interrupción para romper el hechizo; Elsa simuló naturalidad lo mejor que pudo y continuaron avanzando hacia la puerta. Tan pronto como salieron al frío de la noche, Anna se levantó el pelo para refrescarse y Elsa vio la fina película de sudor que le cubría el cuello. Le habría gustado pasar la lengua y atrapar aquella humedad, pero la interrumpió un agudo grito de saludo y no pudo satisfacer el impulso.
—Anna, me parecía que eras tú.
—Uru… —dijo Anna, disimulando mal su consternación. Elsa la miraba con una expresión de deseo que casi la derrumbaba. Sacando fuerzas de flaqueza, sonrió a la colega de trabajo—. Me alegro de volver a verte. —«Qué fastido.»
—Anna, ¿dónde te metes? Tienes que venir conmigo. Quiero presentarte a Ahadi Parker. — Uru, según su costumbre, no le dio ocasión de contestar a la pregunta y siguió cotorreando con su típico acento sureño—. Estás guapísima con ese modelo. ¿De dónde lo has sacado? —Tendió la mano a Anna y, como si lo hubiera pensado tarde, se dirigió a Elsa—. Por cierto, soy Uru Webster. Nos disculpas un minuto, ¿verdad? No tardaremos.
Anna lanzó una mirada suplicante a Elsa, como diciendo: «¿Qué quieres que haga?». Uru siempre le había parecido poco discreta, y lo corroboró cuando la empujó hacia la sala de baile y le dijo en un fuerte susurro:
—¿Has pensado en lo que te conté hace unos meses?
Desconcertada, Anna miró a su alrededor con la esperanza de que no hubiera ningún conocido por allí que pudiera oírlas.
—Lo siento, Uru, no sé muy bien si…
—¡Eh, nada de falsa modestia! — bromeó Uru—. La comunidad necesita un abogado hábil y bien relacionado, como tú, y seguro que lo harás estupendamente. Pasarte al ejercicio en el ámbito privado es justo lo que necesitas, seguro.
«Maravilloso. Cuéntaselo a todo el mundo, anda.» Uru y Anna había sido adversarias en un caso, hacía ya casi dos años, y, poco después, le sorprendió que se le acercara en un seminario de derecho en Los Ángeles. Se pasó toda la tarde hablándole de una abogada famosa que estaba a punto de retirarse y que buscaba a alguien que la relevara. Era representante de las mujeres y los niños en el condado y se había granjeado el respeto de toda la comunidad. Anna se lo había planteado, pero todavía no se sentía preparada para cambiar. Le gustaba mucho trabajar en Bradley y Taylor.
—En realidad, no he vuelto a pensar más en ello, Uru —respondió.
—Pues le dije que la llamarías.
Anna suspiró. Ella no había quedado en dar ningún paso, pero Uru era una especie de apisonadora, cuando se le metía una idea en la cabeza.
—De acuerdo, lo pensaré.
Después de hablar con ella un poco más, se excusó y volvió al patio, donde Elsa la esperaba con una bebida fresca en la mano.
—Lo siento. Me pilló desprevenida. Es un auténtico huracán, ¿no?
Elsa le pasó la bebida y Anna se tranquilizó al comprobar en su mirada que la situación le hacía gracia, que no la había irritado, como esperaba.
—¿Quién es? ¿Una ex, quizá? —Elsa subrayó la pregunta enarcando las cejas.
—¡No! —replicó Anna enérgicamente. No quería que Elsa pensase que una persona tan indiscreta podía atraerla—. No, no, nada de eso. Representaba a un empleado que denunció a Bradley y Taylor por despido improcedente. Y perdió el caso —remató, levantando la barbilla con orgullo.
—Bien hecho. —Elsa paseó la mirada por los labios de Anna y el corazón se le paró cuando se los humedeció con la lengua. Se acercó para besarla otra vez—. Me gustaría…
Segunda interrupción de la noche.
Esta vez, una compañera de estudios; después de las presentaciones y tras unos minutos de conversación para ponerse al día, la mujer se marchó.
—¿Qué me decías? —dijo Anna, dispuesta a matar a la próxima persona que osara entrometerse. Interpretó la tensión sexual que dominaba el lenguaje no verbal de Elsa y le emocionó saber que se la provocaba ella.
Elsa la agarró del brazo y la condujo hacia la vegetación que rodeaba el patio, donde pudieron esconderse un poco.
—Esta noche todo el mundo te conoce, asesora.
—No es eso lo que me había propuesto —dijo Anna, y se detuvo a escasos centímetros de Elsa.
—¿Qué es lo que te habías propuesto, entonces?
—Seducirte.
—Pues lo estás consiguiendo.
Los ojos de Elsa se oscurecieron más que nunca y el aire que las rodeaba parecía cargado de electricidad. La respiración entrecortada formaba una leve bruma entre ellas. Anna dejó escapar un gruñido de placer cuando los labios de Elsa encontraron los suyos, en un beso que enseguida se hizo ardiente y exigente. Anna se adaptó al cuerpo de Elsa y se puso de puntillas para estar más cerca de su hipnótica boca. La habían besado muchas veces, pero nunca de esa forma. Elsa la devoraba, pero esperaba que ella también participase. El corazón le latía tan deprisa que a la mañana siguiente se encontraría moretones en el pecho. Se le quedó la mente en blanco, pero, en brazos de Elsa, millones de terminaciones nerviosas vibraban y la hacían temblar.
Unos minutos después, Elsa se separó para no tirarse a Anna allí mismo. No sería la primera vez en su vida que la lujuria le hacía olvidar la precaución, y la cosa terminaba con la ropa destrozada, la suya, la de la otra mujer o la de ambas. Pero no quería que fuera así con Anna. No quería un polvo rápido, quería toda la noche.
—Ha estado muy bien —dijo Anna, tímidamente—. «¿Bien? ¡Joder! ¡Me he quedado sin respiración!»
—Sí, ha estado bien.
—¿Lo repetimos? —Anna no sabía si sobreviviría a otro beso como aquel, pero, si no, moriría feliz. Quería que aquella mujer la besara una y otra vez, y que el deseo la hiciera volar, un deseo como no había sentido nunca. Y quería que fuese inmediatamente.
—Desde luego. —Elsa le besó la nariz, los ojos, la mandíbula y, rápidamente, volvió a los labios. Al mismo tiempo, levantó un muslo y lo insertó entre los de Anna. Tampoco sus manos estaban ociosas, y Anna contuvo el aliento cuando le tocó los pechos. Elsa entendió el mensaje claramente y emprendió un viaje de besos hasta el primer botón del atrevido chaleco.
Anna apretó el excitado clítoris contra la pierna de Elsa y soltó un largo suspiro de placer. «¡Dios, qué bueno!» Se apoyó en el hombro de Elsa y empujó un poco.
—Creo que sería mejor que nos fuéramos a un sitio más íntimo.
—¿Los abogados son siempre tan sensatos? —dijo Elsa, mirándola a los ojos.
—Pues sí. Te lo enseñan en la escuela, ¿sabes?
Elsa se rió y, sin ganas, soltó el pecho que tan perfectamente encajaba en la palma de su mano.
—Seguro que sí. El mío también es muy sensato.
—Espero que no lo beses como me acabas de besar a mí.
—No es mi tipo.
—¿Cuál es tu tipo?
—Una mujer… —Elsa vaciló un instante— segura de sí misma, valiente, cálida, encantadora, ingeniosa, inteligente, abrasadoramente sensual y con los ojos de color turqueasa.
—¿Y hay alguien parecido por aquí? —bromeó Anna. No estaba segura de si buscaba el halago o, sencillamente, se recreaba en oír los atractivos que Elsa le encontraba. Fuera lo que fuese, la emborrachaba igualmente.
—Sí, sobre todo por lo que respecta a la sensualidad abrasadora. —El cuerpo de Elsa cantaba la canción del deseo, como de costumbre, aunque esta vez oyó versos nuevos cuyas palabras no conocía. Sentía ternura por la mujer que tenía entre sus brazos, una ternura que escapaba a toda explicación. Quería que Anna fuera feliz. Quería que no le faltara nada que necesitase. Quería protegerla. Después de una eternidad, o algo semejante, preguntó—: ¿Estás preparada? —La pregunta tenía un doble sentido evidente.
—Sí.
Anna no podía creer hasta qué punto una simple palabra de dos letras cambiaría su vida para siempre. Había tenido algunos escarceos con mujeres y sentía que la atraían cada vez más, pero no sabía si estaba realmente preparada para comprometerse con el lesbianismo. Había descartado la bisexualidad. Los hombres no le interesaban, ni siquiera cuando intentaba comprometerse con uno con todas sus fuerzas. Cruzar la línea hacia otro estilo de vida, sobre todo tan controvertido como aquél, no era para tomárselo a la ligera. Era una decisión que podía tener repercusiones en su carrera, quizá sus amigos la abandonasen y su familia la repudiase.
En el fondo, sabía que su familia respetaría cualquier decisión que tomase, pero no sabía con certeza lo que podía pasar en los demás aspectos de su vida. De lo único que estaba completamente segura era de que quería hacer el amor con Elsa Winter.
Fueron hacia el coche de Elsa y, cada cual a su manera, consiguieron controlar la libido hasta llegar a casa de Anna. Mientras aparcaban, Anna respiró hondo para calmarse.
—¿Te apetece tomar la última? —«Dios, qué pregunta tan tonta.»
Elsa la miró directamente a los ojos con una expresión traviesa, que alivió un poco la tensión.
—Me apetece más el desayuno.
—¿Cómo te gustan los huevos?
Salieron del coche y, nada más entrar en el espacioso vestíbulo, se abrazaron. Elsa no perdió el tiempo. Estrechó a Anna entre sus brazos y la besó en la boca directamente, nuevamente presa de la excitación. No había podido conducir más deprisa, anhelando lo que iba a suceder. Pero ahí estaba ya, con la mujer a la que deseaba entre sus brazos y sabiéndose deseada también. Estimulada por aquella certeza, deslizó las manos por debajo de las solapas de la chaqueta del traje de Anna y rozó levemente los pezones, que la esperaban erectos. Anna se quitó la chaqueta y la tiró a una silla cercana, para que Elsa explorase sin trabas la piel que la había atormentado toda la noche. Esta vez, cuando le cubrió el cuello de besos hasta el primer botón del chaleco, nada le impidió continuar.
Iba y venía sembrando besos de los labios de Anna hasta la nueva piel que descubría con cada botón del chaleco de seda que desabrochaba. Cuando terminó con los botones, volvió a mordisquitos hasta la boca y se la robó con un beso. Movió las manos por debajo del chaleco y, dulcemente, le cubrió los cálidos senos, que se henchían entre sus manos. «¡Dios, qué mujer!» Los pechos subían y bajaban entre sus manos al compás de la rápida respiración de Anna. Espoleada por la silenciosa invitación, Elsa recorrió con los labios y la lengua el camino trazado por las manos.
—¡Oh, Dios! —gimió Anna cuando Elsa cerró la boca alrededor del pezón.
Retrocedió unos pasos tambaleándose, buscando la pared para apoyarse. No sabía si se agarraba de Elsa con tanta fuerza por necesidad o por deseo. Pero poco importaba. Era la primera vez que experimentaba un deseo tan intenso, y no se asustó. Su cuerpo era puro fuego y Elsa, con los labios y la lengua, avivaba las llamas. Las sensaciones eran desbordantes, y tembló pensando en lo que vendría a continuación. Nunca había pasado de ahí con una mujer, por lo que necesitaba la seguridad que le transmitían los besos de su compañera.
Elsa, como si percibiera aquella necesidad, depositó un último beso en la suave piel del exigente pezón y volvió a atender la boca. Anna encontró fuerzas para quitarle la chaqueta, la dejó caer al suelo y empezó a desabrocharle la camisa cuando Elsa le tomó las manos, temblorosas, suavemente.
—Te tiemblan las manos —comentó Elsa con cariño, mirándola a los ojos, donde asomaba la incertidumbre.
—Estoy nerviosa —dijo Anna, confusa.
—Yo también. —Los ojos azules le llegaron al alma.
Elsa no sabía por qué, pero lo que acababa de decir era sorprendentemente cierto. No recordaba la última vez que se había sentido así en brazos de una mujer. Conocía la pasión, el deseo, el anhelo, y también el aburrimiento, pero nunca se había puesto nerviosa. Era como si fuera la primera vez, y no quería decepcionar a su amante. Se acercó para besarla otra vez.
—Pero tú ya lo has hecho otras veces.
Elsa se detuvo a una fracción de centímetro de los labios que la esperaban, entreabiertos, con una promesa de mucho más.
—¿Qué has dicho?
Anna se quedó helada. Tardó un poco en comprender lo que acababa de decir. En cuanto lo comprendió, vaciló, porque sabía que era un momento decisivo. La cabeza le iba a toda velocidad, pero la excitación le impedía pensar correctamente.
—He dicho —repitió, bajando la mirada— que tú ya lo has hecho otras veces.
—¿Eso quiere decir que tú no? — Elsa no estaba segura de querer saber la respuesta. El fuego de la pasión empezó a apagarse.
—No exactamente. —Anna percibió la retirada de Elsa y procuró no alarmarse.
—¿Qué significa «no exactamente»? —Elsa contuvo el aliento. «Por favor, no me salgas con esto.»
—Exactamente… no —dijo Anna, en voz tan baja que no sabía si había hablado o no. Tremendamente decepcionada, supo que sí, y que ya era tarde para dar marcha atrás.
Elsa le soltó las manos y, con cuidado, cerró el chaleco sin abrochárselo. Apretó los puños. Sabía que, si tocaba los botones, terminaría deslizando las manos otra vez en la piel caliente y tentadora, y detrás irían los labios.
—Tengo que irme —dijo secamente, buscando la chaqueta.
Anna reaccionó al súbito frío del ambiente y al vacío donde antes estaban las manos de Elsa. Le tocó el brazo.
—Elsa, espera.
—¿Qué es lo que vas a decirme? — La frustración que sentía salió en forma de cólera. El roce de Anna en su brazo fue como un rayo ardiente por todo el cuerpo y, en una fracción de segundo, visualizó aquellas manos acariciándola por todas partes. Recogió la chaqueta a modo de excusa para alejarse del contacto.
—Te lo había dicho ya —suplicó Anna, pero le sonó a evasiva incluso a ella. La esperanza de hacer el amor con aquella mujer se evaporaba a toda prisa.
—Pero ¿ibas a decírmelo? —Elsa no estaba preparada para mantener aquella conversación.
—No lo sé —respondió Anna sinceramente. Se había planteado si sería necesario contárselo desde el momento en que comprendió que deseaba acostarse con ella, pero, siguiendo su costumbre, sopesó metódicamente los pros y los contras, como si fuera un argumento de defensa ante el Tribunal Superior. Desafortunadamente, no había llegado a una conclusión terminante. Esperaba, simplemente, que no fuera necesario llegar ahí, o que la noche perfecta se materializase como por arte de magia, sin tener que pasar por confesiones incómodas.
—¿No lo sabes? —La respuesta la impresionó—. ¿No crees que tendría que haberlo sabido? —Iba y venía por la habitación pasándose las manos por el pelo. La sorpresa se convirtió en cólera, después en confusión, y volvió a la cólera.
—¿Y eso habría cambiado algo? — preguntó Anna, aunque ya sabía la respuesta.
—¿Qué clase de pregunta es ésa? — dijo Elsa, parándose en seco—. ¡Pues claro que sí! —Puso los brazos en jarras, desafiante—. Me parece evidente que lo ha cambiado todo.
Anna no sabía qué decir, de modo que no dijo nada.
—No soy una rata de laboratorio con la que se puede experimentar, Anna —dijo Elsa tajantemente. No sabía si le preocupaba más que Anna nunca hubiera estado con una mujer o haberse equivocado tanto al juzgar su experiencia.
—No estoy haciendo ningún experimento contigo —dijo Anna, cohibida. Se desesperaba por hacerle entender su posición. «¿Pero, cuál es mi posición? ¿Que quería que tú fueras la primera en mi vida? Seguro que le gustaría oír eso ahora mismo.»
—Pues así es como me has tratado exactamente, Anna. ¿Tienes treinta y cuatro años y acabas de decidir que quieres ser lesbiana? Lo siento, pero tendrás que buscarte a otra.
—Elsa, deja que te lo explique. — Anna no habría sabido qué decir, aunque Elsa le hubiera dado ocasión de hablar.
—No, yo te lo explicaré. —Cruzó la estancia y se colocó delante de Anna. Ahora, en sus ojos sólo había furia, no pasión—. Es muy fácil, Anna. Yo soy lesbiana —Elsa se señaló en el pecho con un dedo, y después señaló a Anna —, y tú, no. Reconozco que has sabido ocultarlo muy bien. No tenía ni idea. No tenía ni puta idea.
—Elsa…
—Lo siento, Anna, pero no me acuesto con heterosexuales. Buenas noches. —Elsa se marchó muy digna, sin querer escuchar una palabra más.
La puerta se cerró pesadamente tras ella y Anna se quedó allí plantada, totalmente estupefacta.
.x.
.x.
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Ups!!! Que cosas verdad!? bueno... quisiera reconfortarlos pero no voy a poder.
Rens rain: pues si, vas a esperar que se viene el drama eso es seguro.
Deilys Leon: jajajajaja oye mira no fui yo, fue anna en este caso. Vea que no decirle a Elsa sobre eso!? como que te saca un poco de onda no!? las cosas que pasan verdad!? uhh buena pregunta. No lo hare, al menos no por ahora ya no tengo computadora así que no puedo trabajar ademas toda la información se quedo en la computadora y la otra en las memorias.
PenguinVuelve: Ambas tienen su mérito jajajaja mucha pena entonces este te facinara y lo odiaras también.
miguel.puentedejesus: jajajaja pues si, se creyo muy listo el cabron. Es un dolor de cabeza eso es seguro.
Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso, ya lo saben.
Que La Fuerza Los Acompañe...
