Capítulo 9
—¿Qué narices te pasa?
Elsa levantó la vista de los documentos que estaba firmando y miro a Morgana.
—¿Cómo dices?
—Digo que qué narices te pasa. Llevas dos semanas que no hay quien te aguante, y no soy la única que está harta. —La expresión de sorpresa de Elsa no bastó para que dejara de decir lo que pensaba—. Tienes a todo el mundo andando de puntillas por aquí y más vale que arregles lo que tengas que arreglar, porque nos estás haciendo la vida imposible.
Elsa estaba acostumbrada a la franqueza de Morgana; hacía mucho tiempo que eran amigas y se lo permitía. Pero nunca la había reñido de esa forma.
—Lo siento. Creo que estoy un poco nerviosa.
—¿Un poco? —inquirió Morgana, enarcando las cejas.
—De acuerdo, tengo los nervios de punta —reconoció, avergonzada de su comportamiento—. Es que estoy preocupada. —Se quedó corta. Estaba obsesionada con Anna desde aquella noche. Diseccionaba cada minuto que habían pasado juntas buscando la prueba de que no era lesbiana. «No puedo creer que me haya equivocado tanto al juzgarla.»
—Elsa —dijo Morgana, y acercó la silla rápidamente—, te he visto hacer malabares con más pelotas de lo que sería humanamente posible, y jamás has estado como ahora. Ni por asomo. ¿Qué es lo que te pasa?
«¿Aparte de haber sufrido una de las peores decepciones de mi vida, sentirme como una idiota y no poder dejar de pensar en la mujer más guapa que conozco?»
—Nada, no me pasa nada. Hay algo que tengo que solucionar, solamente.
—¿Puedo ayudarte en algo?
Ojalá, pensó Elsa. Confiaba en Morgana en todos los sentidos, tanto profesional como personalmente, pero aquel problema tenía que resolverlo sola.
—Sigue haciendo lo que acabas de hacer, Morgana. —Sonrió por primera vez en muchos días—. No dejes que me pase de la raya, avísame cuando la haga y dame un bofetón si no me enmiendo.
—Necesitas unas vacaciones —dijo Morgana, poco convencida de la respuesta —, te lo digo en serio.
—No te preocupes —replicó Elsa, quitándole importancia al asunto—, se me pasará.
Salió de la oficina más tarde de lo normal, se fue a casa en el coche como si llevara el piloto automático y poco después estaba sentada en el sofá con dos dedos de whisky en un vaso. Mientras bebía, apretó el botón del contestador telefónico.
El único mensaje que había era de Jack, que insistía en verla. En realidad, no estaba de humor. Lo que menos le apetecía era pasarse otra hora pensando en cómo pararle los pies a Jessica y evitar que la saqueara; para eso no necesitaba ayuda de terceros. A lo mejor Morgana tenía razón. A lo mejor necesitaba unas vacaciones. Ella no solía vacilar ante situaciones que podían afectar a la empresa. Tenía que pensar en algo, y rápido.
Se sirvió otro whisky y echó un vistazo a la habitación. Su retiro particular, cómodo y perfectamente decorado, era un oasis de soledad que valoraba mucho. Nunca se había sentido sola allí, pero, de pronto, le pesó la soledad y lo único que se le ocurría era marcharse. Horrorizada y furiosa, dejó el vaso. ¿Cómo podía pasarle eso a ella? Se sentía desplazada de la vida que había construido, de la persona que era, de su propio entorno habitual y confortable. Y no tenía ni idea de cómo volver a la normalidad, ni de si lo deseaba, siquiera. «Qué desbarajuste. ¿Y ahora qué hago?»
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Llovía por la mañana, desde hacía cuatro días. Una corriente de aire frío y vigorizante entró por el conducto de ventilación y le puso la carne de gallina. Gruñó al ver los grandes números rojos de su despertador de viaje. Sólo habían pasado diez minutos desde la última vez que miró la hora. Irritada por el persistente insomnio, se quitó la manta de encima y puso la CNN. Se quedó unos minutos sentada en el borde de la cama, temblando, en pantalones cortos y camisa de seda, viendo las deprimentes noticias de costumbre, hasta que se arrastró hacia el cuarto de baño dispuesta a prepararse para otro día tedioso.
El viaje había surgido repentinamente, cuando Bradley y Taylor recibió una notificación del Securities and Exchange Board de la India, según la cual se estaba investigando a la compañía como parte de una investigación general de la bolsa de Bangalore. Los cargos que se le imputaban eran falsos, pero se requirió la presencia de Anna de todos modos. En dos días, tuvo que dejar el despacho en orden, hacer el equipaje y coger un avión hasta la otra punta del mundo.
Se lavó los dientes y, estaba a punto de abrir el grifo de la ducha, cuando una voz conocida la obligó a pararse en seco. Muy despacio, se acercó a la puerta del cuarto de baño y el corazón le dio un vuelco. La cara de Elsa ocupaba toda la pantalla del televisor: estaba respondiendo a unas preguntas de un periodista financiero. Estudió aquel rostro y se fijó en las ojeras, que el maquillaje de la televisión no lograba disimular del todo. Una chaqueta granate le acentuaba el tono de la piel y, al hablar, le brillaban unos pequeños pendientes de diamantes en las orejas. Parecía más delgada, y Anna percibió además un matiz nuevo en ella.
La esquina de la cama se hundió cuando se sentó, como hipnotizada. Se le encogió el estómago cuando la vio reírse por algo. El carisma que tanto la había atraído desde el principio era patente, incluso a través de las ondas. «¿Cómo pude hacerme ilusiones de que una persona así llegara a interesarse por mí? ¡Mírala!» No apartaba los ojos de la pantalla, atrapada por aquella melodiosa voz. ¡Salía en la televisión internacional, por Dios! «¡Por no hablar de lo impresionante que es!» Podía tener a la mujer que quisiese.
Apagó el televisor y volvió al cuarto de baño, riéndose. «Mierda, no me extraña que no me haya vuelto a llamar.» Se frotó el cuerpo vigorosamente, pero no podía quitarse la capa de incertidumbre que la siguió a la ducha. Unos días antes, durante las veintitrés horas que había durado el vuelo, estuvo repasando el ultimátum que había dejado en el contestador de Elsa el día en que se marchaba. Nunca había suplicado a un amante y, desde luego, no iba a empezar ahora. El mensaje que le dejó era claro y concreto. Le explicó lo que sentía y por qué le atraía tanto; el siguiente paso le correspondía darlo a ella.
Al igual que todas las vírgenes, se decía riéndose de sí misma, no quería que la primera vez fuera con cualquiera. Desde el momento en que Elsa prácticamente la arrolló, supo que nunca había conocido a una mujer igual, y que nunca la conocería. Después de su tormentosa despedida, había justificado con mil argumentos el hecho de que Elsa no la llamara, desde los más absurdos hasta los más morbosos, pero siempre volvía a una idea persistente.
¿Elsa pensaba que era tan tonta como para creerla capaz de lanzarse ciegamente en brazos de una mujer por puro capricho? ¿No se le había ocurrido pensar en las consecuencias que eso tendría en su carrera profesional? Elsa era lesbiana desde siempre y la aceptaban tal como era, sin más, mientras que ella se lo jugaba todo. No tenía la intención de quedarse en el armario para siempre; quería compartir su vida abiertamente con la persona a la que amaba, cuando llegara el momento. Podía perderlo todo. ¿Acaso Elsa creía que podía tomarse una decisión semejante a la ligera?
Después de secarse, se miró en el espejo. No le gustó lo que vio. Habían herido su amor propio, además del orgullo. Era como revivir los ligues de la adolescencia: estaba arriesgando la confianza en sí misma, una confianza que había cultivado durante toda la vida de adulta, por una nimiedad como estar pendiente de una llamada de teléfono.
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Un bocinazo lejano sobresaltó a Elsa. Un calambre en el cuello le indicó que el sueño la había vencido un instante. Parpadeó varias veces y miró a su alrededor.
El antiguo vecindario seguía como siempre. Los árboles habían crecido y los setos estaban más frondosos, pero, aparte de los coches que se hallaban aparcados a los lados, Claude Boulevard no había cambiado. Había pasado los primeros años de su infancia en la casa del sendero sinuoso y, aunque después había vivido en muchas otras casas, aquella siempre le parecería su hogar. Bajó el cristal de la ventanilla y apagó el motor. En el silencio, sólo se oía el ladrido de un perro y el gorjeo de los pájaros que saludaban a la mañana. El único movimiento que se había producido en la calle desde hacía una hora había sido el paso de un autobús escolar vacío.
Se arrellanó en el cómodo asiento de piel y tomó un sorbito de café tibio en un vaso de plástico, que había comprado en un pequeño súper, unas manzanas más atrás. Desde la acera de enfrente, vio cerradas las cortinas de la ventana en la que su madre solía esperarla al volver del colegio. Se acordó de la última vez que la vio allí.
Tenía seis años. Aquel día tenía prisa por llegar a casa con el primer «boletín de notas» apretado en la mano, todo lleno de letras y números que todavía no sabía interpretar, aunque estaba segura de que le dirían a su madre lo lista que era. Todavía se acordaba de lo que sintió entonces, al dar la vuelta a la esquina y ver a su madre esperándola: estaba orgullosa de sí misma y ansiosa por darle la noticia. Se sentía a salvo, segura de que su madre siempre estaría ahí. También esperaba ansiosamente la llegada de un hermanito o hermanita, porque su madre estaba embarazada de ocho meses. En aquella época, no sabía nada de embarazos complicados.
Pocos días después, cuando llegó a casa su hermanita Bella, era ella quien esperaba mirando por la ventana. El coche se detuvo en la entrada y su padre bajó con un bulto rosa entre los brazos. Era un hombre de complexión robusta y más de metro ochenta de estatura, pero le pareció pequeño y destrozado, mientras subía los peldaños de la entrada. Su madre no venía con él y Elsa no volvió a sentirse completamente a salvo nunca más.
Súbitamente agotada, echó la cabeza hacia atrás. No había dormido nada en toda la noche, y la anterior la había pasado despertándose cada dos por tres. Se había ido de la ciudad para tomarse, supuestamente, unas breves vacaciones y para aclararse la cabeza. Pero no lo había conseguido, y por ello se encontraba ahora sola en el coche, en la calle de su primera infancia. Nunca había sabido por qué aquel lugar siempre le devolvía una sensación de paz e integración. Iba allí con frecuencia en días distintos, en coches diferentes, a refrescar el recuerdo de su madre, a recordar lo feliz que había sido hasta que la perdió.
Oyó un coche que se acercaba y, al mirar por el retrovisor, se vio a sí misma por un instante. No le sorprendieron las ojeras, pero sí la mirada vacía. Se acercó al espejo: nunca se había visto con la mirada tan perdida. Faltaban la intensidad y el dinamismo que veía en el espejo del cuarto de baño todas las mañanas, y en su lugar no había nada. «¿A esto he llegado?»
Conmovida, lo achacó todo al cansancio. Casi todas las noches, sus sueños se poblaban de imágenes de Anna, y tampoco lograba olvidarla durante el día. Por lo general, se concentraba muchísimo en el trabajo, pero en los últimos días se le presentaban constantemente imágenes de Anna y ella, Anna vibrante de alegría, ardiendo de pasión. No sabía cuánto le costaría quitarse de la cabeza a aquella bella mujer. Quizá tuviera que bajar de las nubes y refugiarse en el trabajo todavía más. O hacer el amor con otra…, o con otras muchas. Eran los dos recursos habituales, cuando tenía algún problema, pero esta vez le habían fallado los dos.
Quedaba otra posibilidad en el aire: quizá lo mejor fuera agarrar los sentimientos por los cuernos y aceptar que, hasta el momento, negarlos no le había servido de nada. Quizá la única forma de arrancar a Anna de su vida fuera seguir adelante hasta que lograra acostarse con ella. «Entonces, ¿por qué me asusta tanto la idea?»
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El taconeo insistente de sus zapatos se oyó en todo el vestíbulo, a medida que se acercaba al mostrador principal. Consultó la hora e informó al encargado de que el taxi que había pedido todavía no había llegado. Le irritó la insolencia del hombre que estaba detrás del mostrador, de modo que le preguntó por el director del hotel, el cual, tras diez minutos más de espera, sólo fue capaz de proporcionarle una disculpa, pero no un taxi. Enfadada por la deficiencia del servicio en general y por la de los taxis en particular, concluyó que, si quería llegar a la reunión en el tiempo que le quedaba, tendría que ir a pie.
Cinco minutos después de tomar aquella decisión, lo lamentó. Había dejado de llover, pero hacía un bochorno que levantaba vapor de los charcos que tenía que sortear. Las calles estaban llenas de gente y todo el mundo tenía prisa por llegar a alguna parte. Una mujer corpulenta, ataviada con el sari indio tradicional, estuvo a punto de tirarle el maletín al suelo, en su prisa por cruzar la calle. Su rostro estaba sudoroso y maldijo al sacar el zapato de un montón de barro que no pudo evitar.
—Lo que faltaba. ¡Maldita sea! ¡Lo que faltaba!
Por lo general, Anna soportaba bien los viajes, pero aquél la había agotado física y emocionalmente y, a medida que el ardiente sol de la India subía hacia el cénit, su malhumor empeoraba. El ver a Elsa en televisión aquella mañana debía de haberla afectado más de lo que pensaba. Una limusina pasó lentamente y se detuvo una manzana más allá; una mujer de una belleza exquisita se apeó del interior, dotado de aire acondicionado, con un aspecto tan fresco como el que a ella le habría gustado tener. La mujer se parecía tanto a Elsa que Anna se detuvo en seco, y el hombre que iba detrás casi se le tira encima. Balbució una disculpa poco convincente en el momento en que la mujer entraba en un edificio.
Entrecerró los párpados, molesta por el sudor que le quemaba los ojos. Distinguió el edificio que buscaba, unas pocas manzanas más allá, suspiró de alivio y reanudó la marcha. «Si fuera a llamarme, ya me habría llamado. Todo es historia, ya. No le des más vueltas.»
El aire frío del vestíbulo le produjo un estremecimiento al acercarse a los ascensores. Todavía notaba el sudor que le corría desde debajo de los pechos y por la parte inferior de la espalda. Detrás de ella, un reloj dio la media y Anna apretó el botón de subida con impaciencia. No le gustaba llegar tarde a las reuniones, pero lo que menos le gustaba era perder la actitud que necesitaba si la reunión era con un adversario.
Recobró la presencia de ánimo al salir del ascensor y se tomó unos segundos más para normalizar la respiración antes de entrar en la sala de reuniones.
«Dios, qué viaje tan brutal.» Facilier Merison la había acompañado a la India, pero había detectado en él una hostilidad y un resentimiento mal disimulados. Lo había sorprendido varias veces mirándola de una forma extraña, casi como si estuviera intentando adivinar si estaba en el equipo de las chicas o en el de los chicos. Sin duda, su postura en el caso de John Ratcliffe, el empleado gay al que Merison quería despedir, había despertado sus sospechas. Pero Merison tenía un fuerte instinto de supervivencia y también necesitaba confiar en que ella fuera discreta con respecto al caso de su hija, de modo que no le había hecho ningún comentario abiertamente.
Sin embargo, durante las reuniones con los inspectores de Bangalore, había cuestionado el acierto de sus posturas en lo referente a determinados temas legales, y casi siempre ante un grupo de gente de ambos lados. Estaba claro que pretendía desautorizarla en público por lo que, después de la cena del primer día, le llamó la atención sobre este punto.
Se indignó cuando Merison, condescendientemente, lo negó e insinuó además que la veía más dispuesta a buscar un arreglo que a demostrar la falsedad de los cargos. Se quedó mirándolo sin decir palabra hasta que el hombre empezó a sentirse avergonzado, y entonces le dijo en términos bien claros que no volviera a poner su credibilidad en cuestión bajo ningún concepto. A partir de aquel momento, Merison se comportó impecablemente en todas las reuniones, pero ella se vio obligada a mantener la guardia con mucho más celo de lo habitual.
La puerta crujió al abrirse y todas las cabezas se volvieron a mirarla. Anna, a su vez, miró a los asistentes, sentados alrededor de la mesa, y no le sorprendió en absoluto que todos llevaran traje negro, camisa blanca y corbata de seda con un nudo Windsor perfectamente hecho. «Dios, estos abogados son todos iguales, y encima se visten igual.» No era la primera vez que era la única mujer en una sala de reuniones, y sabía que iba a ser una larga jornada más.
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Elsa dejó las llaves en el aparador y fue quitándose la ropa a medida que se adentraba en la casa. Necesitaba una ducha caliente y un trago fuerte. Optó por combinar aquellas dos necesidades, por lo que, se detuvo en el mueble bar y se sirvió un Chivas en un vaso ancho. Cuando pisó las frías baldosas del cuarto de baño ya estaba desnuda.
Se quedó inmóvil bajo un fuerte chorro de agua caliente, que le golpeaba el cuello y la espalda, deseando que la ducha se llevara la melancolía por el desagüe. Después se enjabonó todo el cuerpo y se aclaró. El habitual olor del jabón la reconfortó. Le entró champú en los ojos y el escozor le recordó que todavía estaba viva. Cerró el grifo mecánicamente y se envolvió en una toalla.
La luz intermitente del contestador automático se reflejaba en el espejo que había sobre el minibar. Volvió a llenarse el vaso, se acercó al escritorio sin hacer ruido y apretó el botón de los mensajes. Una voz conocida la atrapó por completo.
—Elsa, soy Anna. ¿Estás en casa? —Unos segundos de silencio—. Siento haberte engañado, pero no lo hice a propósito. Quería decírtelo, pero no encontré el momento oportuno. —Elsa agarró el vaso con las dos manos y miró fijamente el líquido dorado mientras oía hablar a Anna—. Elsa, no soy un ama de casa ingenua y aburrida que sólo quiere divertirse un poco. —De pronto parecía enfadada—. Soy una mujer con estudios, graduada en derecho por Harvard y licenciada por Princeton. He pensado mucho en esto, créeme: nunca hago nada sin pensarlo en profundidad. Nunca he hecho el amor con una mujer, pero eso no significa que no sea lesbiana. Por Dios, Elsa, alguna vez tiene que ser la primera. Para todo y para todos hay una primera vez.
«Sí, pero no voy a ser yo. Ya he pasado por eso; ya lo he hecho y aprendí una lección de mucho valor.»
—Me gustas, Elsa. Me atraes muchísimo. Bueno, eso es evidente. — Anna soltaba una risita ahí, como si comprendiera lo absurdo de la frase—. Y, lo que es más importante, te respeto, respeto tus convicciones y tus creencias. Me desafías, cosa que, francamente, muy poca gente puede hacer. Quiero estar más tiempo contigo. Y no me costaría trabajo decir muchas cosas más. Soy abogada… Podría defender mi caso horas y horas sin parar, pero no voy a suplicarte. —Hubo una larga pausa y Elsa creyó que Anna había colgado. Su tono terminante la sorprendió de pronto—. Ahora la pelota está en tu campo, Elsa. No daré un paso más hacia ti. Si me quieres, tendrás que venir a buscarme.
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PenguinVuelve: ohh si, me sentiría indignada después de eso. se tiene que resolver para bien o para mal.
miguel.puentedejesus: Si verdad!? nadie puede culparte por tu "primera vez" creo que lo enfoco del lado equivocado.
Friday: la escuche gracias por la sugerencia. es una pasada que no se pueda poner algo así como música de ambiente.
Deilys leon: yo creo que todo hubiera salido bien si elsa no pusiera su "moral" primero. Ella misma dijo que si dos personas quieren lo mismo, no hay razón para no hacerlo, jamás penso que anna era su primera vez y lo quería con ella.
Guest: si, verdad!? yo también pensé lo mismo, así será amigo mío, así será
Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso.
Que La Fuerza Los Acompañe...
