Capítulo 11
—¿Dónde dices que estás? —Anna se incorporó sobre un codo y buscó a tientas el interruptor de la lamparilla, al tiempo que se pasaba el teléfono de una mano a la otra.
—Acabo de aparcar en la entrada de tu casa —dijo.
Anna se apartó el pelo de la cara y bajó las piernas al suelo, por un lado de la cama. Sin hacer ruido, se acercó a mirar por la ventana. Pues sí, ahí estaba Elsa, apoyada en el coche y mirando hacia la casa.
—Te veo.
—Y yo a ti —contestó Elsa, saludando con la mano.
—¿Qué haces aquí? Son las dos y media de la madrugada.
—¿Me dejas entrar? Hace frío —dijo, con un matiz irónico.
—¿Lo dices con doble sentido? — preguntó Anna.
—¿Te gustaría? —respondió Elsa en voz baja.
Anna tenía el corazón acelerado, pero la respuesta se lo aceleró más aún.
—Bajo a abrirte.
Lanzó el teléfono sobre la cama, se puso una bata encima y salió rápidamente del dormitorio. Elsa estaba en su casa en plena noche y le hablaba como si hubiera algo entre ellas, o a lo mejor eran sólo imaginaciones suyas. Elsa coqueteaba con las mujeres automáticamente. Ahora que lo pensaba con cierta perspectiva, casi le parecía una forma agradable de eludir conversaciones más serias.
Mientras bajaba las escaleras y llegaba a la puerta, comprobó si la bata le tapaba el pijama de seda, de pantalones cortos; por fin accionó el pomo y abrió.
—Gracias.
Nunca la había visto tan desarreglada. Llevaba unos vaqueros y una camisa arrugada, e iba despeinada. De todas formas, seguía siendo la mujer más sexy del mundo.
—Pasa, por favor.
—Lo siento —dijo Elsa, al tiempo que entraban en la salita—. Tengo que hablar contigo.
—Te escucho. —Anna se sentó en un sillón y la invitó a sentarse también. No dijo nada más. Si quería hablar, que llevase ella el peso de la conversación.
El silencio era ensordecedor, hasta que Elsa entendió por fin que Anna estaba esperando una explicación de aquella visita intempestiva. «No me lo pone fácil.» Se sentó en el borde del gran sofá, lo más cerca posible de Anna. No se le había escapado el detalle de que había preferido sentarse sola.
—No sé por dónde empezar —dijo.
—Perdona, no te he ofrecido nada. — Anna miró hacia el mueble bar—. ¿Quieres tomar algo… o preparo un cacao caliente, o café?
—No, pero gracias. No quiero alargar esto. —No bien lo hubo dicho, se dio cuenta de que a Anna le había dolido. Sus tiernos ojos turqueza apartaron la mirada y sus hombros se tensaron lo justo para que la bata se moviera. Elsa no podía pasar por alto la línea del cuerpo tapado por el grueso satén. Era tan bella que le torturaba no poder tocarla—. Es decir —añadió de pronto, desesperada por no crear malentendidos —, sé que es tarde y que tendrías que estar durmiendo. No estaría aquí a estas horas si no fuera importante.
—Sí. —Anna esperaba con inquietud; no sabía dónde iría a parar todo aquello.
—Lo que pasó en la gala de beneficencia… Hay una cosa que tengo que explicarte.
—No tienes por qué darme explicaciones de nada —dijo Anna.
Elsa le habría dado la razón hasta hacía muy poco. Acababa de pasar dos semanas intentando convencerse de que no tenía nada que justificar ante aquella mujer. Sin embargo, ahí estaba, a punto de darle una explicación y de pedirle comprensión.
—La mujer que me abofeteó es Jessica Rabbit. Tuve un breve lío con ella hace un tiempo. —La expresión de Anna no cambió, pero Elsa percibió que se emocionaba y se preguntó por qué. ¿Estaría cohibida? ¿Le desagradaría la situación? ¿Serían celos? «La esperanza es lo último que se pierde»—. Hace dos meses que quiere chantajearme, quiere sacarme dinero.
Entonces Anna dejó traslucir una emoción perfectamente identificable. Abrió los ojos y la boca de asombro.
—¿Chantaje?
—Sí. Como me negué a pagar, me amenazó con denunciarme. Puedo enseñarte los documentos —añadió, sin saber muy bien por qué. Nada más lejos de su intención que Anna leyera la lista de sórdidas mentiras, pensadas únicamente para asesinar a su personaje.
—No es necesario —dijo Anna, perpleja, como si el ofrecimiento estuviera fuera de lugar—. Te creo.
—Abreviando, esa mujer fue a la gala benéfica porque estaba enfadada. El FBI acababa de decirle que diera marcha atrás.
—¿Llamaste al FBI? —preguntó Anna, aliviada. Muchas veces, las víctimas de un chantaje preferían no avisar a las autoridades porque estaban en una situación delicada. Por lo general, el chantajista tenía algún chisme feo en su poder y contaba con el deseo de la víctima de mantenerlo oculto. Si ya estaba el FBI de por medio, ellos resolverían el asunto, y era lógico que Jessica se hubiera enfadado tanto como para montar un escándalo público. Había puesto a Elsa en entredicho por puro odio.
Elsa se distrajo con la calidez de la mirada de Anna y dejó de hablar durante unos segundos. Se recreó mirándole los labios y el recuerdo le borró el orden mental.
—No —prosiguió con voz ronca, haciendo un esfuerzo—, yo no los llamé, aunque es posible que hubiera tenido que avisarlos antes. —Miró a Anna, que la miraba sin comprender—. No sé cómo decírtelo, pero el caso es que me parece que me están investigando. Le dijeron a Jessica que tenían grabados sus intentos de chantaje. Dijeron que era un asunto de seguridad nacional.
Anna creyó que se quedaba sin sangre en las venas. ¿En qué demonios estaba metida, que había llamado la atención de los federales?
—¿Sabes de qué va todo el asunto?
—Te prometo que no tengo ni la menor idea. Esto ha salido de la nada. No he hecho nada malo. ¿Por qué me están investigando? Es absurdo, y me voy a volver loca. —Le agarró la mano a Anna como si le fuera la vida en ello.
—No sé. Y es muy curioso que se arriesgaran a ponerse en contacto con Jessica. Porque, si ella te lo decía, les echaría a perder la operación, su tapadera quedaría al descubierto. Seguro que Jessica les causaba algún problema. No querrán que la prensa te acose, ni a ti ni a tu empresa, y a lo mejor Jessica tenía intención de dar publicidad al asunto si no le pagabas. Es posible que el FBI quisiera evitarlo.
Elsa seguía desconcertada, pero la teoría de Anna tenía más sentido que todo lo que se le había ocurrido a ella, incluida la posibilidad de que el senador Jarvis se hubiera enterado de la situación de alguna manera. Evidentemente, el FBI no querría que los periodistas anduvieran husmeando por ahí.
—¿Y ahora qué hago?
—Averigua todo lo que puedas sobre lo que buscan y abre bien los ojos, a ver si detectas algo insólito entre las personas más cercanas: alguien que se comporte de una forma rara contigo, incidentes singulares en el trabajo... Tiene que haber algo que les haya llamado la atención.
—Pero no pueden intervenirme el teléfono sin una orden, ¿no es cierto? — No, que ella supiera. Intervenir teléfonos no era como registrar un domicilio.
—Legalmente no, pero eso no significa que no lo hagan. Se sabe que, últimamente, el FBI justifica todo lo que hace en nombre de la seguridad nacional.
—Mierda.
Anna miró la mano que sujetaba la suya. Al ser consciente del contacto, se le puso la carne de gallina y recordó que deseaba mucho más. Se imaginó que se ponía de pie y se llevaba a Elsa, apoyándose en aquel cuerpo inolvidable, dejando caer la bata al suelo… Elsa debió de interpretar el silencio como una pausa expectante, porque empezó a hablar atropelladamente.
—He pensado en lo que dijiste —se zambulló en el otro tema que le ocupaba el pensamiento—. En el mensaje del teléfono. Dijiste algunas verdades. —No le resultaba fácil reconocerlo ante sí misma, y mucho menos ante Anna.
—Bueno, ya sabes que soy abogada. —Su corazón volvió a latir con normalidad.
—Sí —dijo Elsa con una carcajada, que alivió en parte su tensión física—, y, no sé por qué, pero me parece que no podría ganarte la discusión.
La risa de Elsa expandió una onda cálida en el cuerpo de Anna. Entonces se dio cuenta de lo mucho que la echaba de menos.
—Seguro que sí. No creo que a una mujer tan triunfadora como tú le falten dotes de persuasión y no pueda ganar una o dos discusiones.
—Sí, bueno. He tenido suerte un par de veces.
—¿Un par? Pecas de modestia, Elsa.
La voz de Anna le provocaba estremecimientos en la columna vertebral. «¡Qué idiota he sido!» Dejándose llevar por un impulso raro en ella, dijo:
—Te he echado de menos.
—Aquí estaba —replicó Anna, dejando clara su postura, con tacto, pero firmemente. Elsa podía haberla llamado en cualquier momento, pero no había querido.
El sutil reproche dio en la diana y Elsa procuró aligerar la conversación.
—He estado una temporada en París.
—Y yo, en Bangalore.
—¿En Maine?
—No, Bangor no, Bangalore.
—¿En la India? ¿Cuánto tiempo estuviste? —Elsa se arrepintió de haber hecho una pregunta tan tonta, pero se alegró de que la conversación fuera ahora sobre cosas mundanales. Necesitaba un poco de tiempo para planear la conversación que sabía que tenían que mantener.
—Casi dos semanas —respondió Anna—. Ahora valoro mucho más los taxis y el aire acondicionado de aquí. — Se reprimió un bostezo.
—Mira —dijo Elsa, para no abusar del buen recibimiento—, ahora me voy ya. Sólo quería que supieras lo del FBI porque, seguramente, en la grabación también apareces tú. Tengo que contar con que me han intervenido el teléfono y que hay escuchas en casa.
No quería soltar la mano de Anna, pero notó un pequeño tirón y relajó los dedos, cediendo a aquel único punto de contacto cosquilleante que las unía.
A Anna le pesó que la conversación tocara a su fin, pero no iba a hacer nada por alargarla. Si Elsa tenía algo más que decir, sabía construir frases como cualquiera. Se miraron y tuvo la clara impresión de que Elsa esperaba una señal por su parte.
—Gracias por contármelo —dijo, en tono cordial—. Es lo más correcto que podías hacer.
—En realidad, hay algo más — reconoció Elsa con vacilación—. Quería verte.
—Está bien. —Anna hizo un gran esfuerzo por no añadir nada más.
«Me obliga a dar el paso.» Elsa reconoció con admiración la fuerza de voluntad de Anna. Había lanzado un ultimátum y no vacilaba. La pelota seguía en su campo.
—Lo siento —dijo, vacilante.
Anna estaba pendiente de ella, pero no dijo nada.
—Siento haberme echado atrás. No puedo explicar por qué, exactamente, pero lo estoy pasando fatal. —Suspiró —. Anna, tengo mucha experiencia en romances de dos días, pero soy una novata total en todo lo demás, y eso, si lo piensas un momento, nos convierte en inexpertas a las dos, cada una a su manera.
Contuvo el aliento hasta que se vio gratificada por una sonrisa que transformó la expresión plácida y distante de Anna en una incitación tan auténtica que sólo pudo responder sonriéndole exactamente de la misma forma.
—Me alegro de que lo hayas dicho — respondió Anna, simplemente.
—Yo también.
—¿Qué vamos a hacer con la investigación?
—¿Vamos, las dos?
—No pensarás que me voy a quedar al margen, esperando a que te pase una desgracia —dijo Anna—. Es evidente que ha habido algún error, y tenemos que llegar hasta el fondo.
—Pues —dijo Elsa, consultando el reloj de pulsera— he quedado con mi abogado por la mañana, dentro de un rato.
—¿Te parece bien que yo también vaya?
¿Desde cuándo una mujer se había puesto de su parte, sin contar a la familia ni a Ariel? Era lo último que esperaba de aquella visita.
—Por supuesto. —Una sonrisa bobalicona bailoteó en sus labios.
—Bien. —Anna se levantó del sillón. La bata se le abrió un poco y dejó ver una imagen que a Elsa se le grabaría para el resto del día—. ¿Dónde habéis quedado?
Elsa se levantó y sacó una tarjeta de visita de la cartera. Anna le pasó un bolígrafo del secreter que había en un rincón de la salita y Elsa escribió los datos de Jack en el reverso.
—Te lo agradezco, Anna —le dijo, mientras se dirigían a la puerta.
—Lo haría por cualquiera a quien aprecie.
Ahí lo tenía, alto y claro: le daba otra oportunidad. Pero no la tomó inmediatamente; no estaba totalemente preparada para saltar al abismo.
—Significa mucho para mí —le dijo cálidamente—. Duerme un poco.
—Tú también. —Anna no hizo el menor movimiento en favor del beso que se palpaba entre ellas. Dejó que Elsa se alejara y esperó a que mirase atrás.
Y Elsa miró atrás.
x.x.x.x
Anna tomaba el segundo café disfrutando del agradable sol del final de la mañana, en la terraza de atrás de su casa, mientras esperaba a que Elsa pasara a recogerla. Sorprendentemente, la había invitado a un partido de béisbol que se celebraba el fin de semana. Elsa la había llamado después de la reunión del lunes con Jack, le había dado las gracias una vez más y le había preguntado si le apetecía ir con ella al partido. En los días siguientes, le envió una cesta de fruta y la llamó un par de veces para ponerla al corriente de los progresos que se estaban produciendo en el conflicto que la abrumaba. Todavía no habían averiguado gran cosa y Jack insistía en que Elsa se pusiera en contacto con un agente especial que conocía. Elsa le había dicho que lo pensaría.
Una de las muchas personas que corrían por la playa le llamó la atención. Reconoció a una mujer delgada, con un chándal de color naranja, que pasó ante ella y la saludó. Era Anne, la vecina de al lado, con la que había trabado amistad en los cinco años de vecindad que llevaban. Anna supo enseguida que Anne era lesbiana, y de vez en cuando hablaban del tema.
Se acordó de la primera vez que la invitó a una fiesta. Estaba un poco nerviosa, porque era una de las pocas mujeres heterosexuales del grupo, compuesto mayoritariamente por lesbianas, pero Anne le aseguró que nadie se la iba a comer y que conocería a algunas mujeres interesantes. Y realmente se lo pasó muy bien, observando, intrigada, la forma que tenían las invitadas de relacionarse entre sí. De las parejas, algunas estaban profundamente enamoradas y otras llevaban veinte o treinta años de vida en común. Sólo unas pocas mujeres no tenían pareja, pero la buscaban decididamente.
Lo que más le llamó la atención fue descubrir el vínculo que la unía a ellas, un vínculo que se reforzó a medida que se relacionaba con Anne y sus amigas, hasta que, poco a poco, empezó a comprender que se perdía muchas cosas relacionándose con hombres. En sus años de estudiante y de profesión, había salido con algunos hombres e incluso había estado a punto de casarse con uno, pero rompió el compromiso en el último momento. No sabía por qué, pero en el fondo estaba convencida de que no quería pasar toda la vida con él.
En los últimos años, había confiado a Anne las sospechas crecientes que albergaba sobre su posible lesbianismo, y Anne la había ayudado eficazmente a ordenar sus pensamientos y emociones, sin dirigirla hacia ninguna tendencia determinada. Entre litros de café, copas de vino y kilómetros de paseos por la costa californiana, Anna había puesto en palabras lo que sentía y pensaba, lo habían discutido y, finalmente, había sacado sus propias conclusiones.
A lo largo de aquel proceso, había salido con algunas mujeres e incluso estuvo a punto de acostarse con una, pero no se sentía lo suficientemente cómoda como para hacer el amor con ella. Achacó sus dudas a la hora de perder la virginidad por segunda vez a una falta de madurez, comparable a la época, veinte años antes, en que tonteaba con Steve en el patio de atrás de su casa. Sabía que hacer el amor por primera vez con una mujer sería determinante en su vida y no tenía intención de tirarse de cabeza sin estar completamente segura. No era tan ingenua como para creer que tenía que estar enamorada de la mujer en cuestión, pero sabía que reconocería el momento oportuno cuando la ocasión se presentase.
—¡Anna! —Elsa estaba al otro lado de la terraza, mirándola con curiosidad.
«El momento oportuno es contigo, sin duda, Elsa Winter.»
—¡Hola!
—Pensé que estarías aquí. He llamado varias veces pero no contestabas. —Sin que Anna lo advirtiera, Elsa había aprovechado la ocasión para observarla en silencio, antes de anunciar su presencia. Se quedaba sin respiración contemplándola. Estaba increíblemente guapa allí sentada, relajada, con la brisa del océano removiéndole el pelo.
—Perdona —dijo Anna, incorporándose un poco—, me has pillado soñando.
—Si ésta fuera mi casa, no podría hacer otra cosa. Entiendo que te guste estar aquí.
—Podría pasarme el día aquí sentada. La verdad es que algunos días no hago otra cosa —dijo Anna, con una sonrisa nostálgica—, pero hoy no. Hoy voy a un partido de béisbol, ¡y me encanta el béisbol!
Una hora después, cuando ya estaban en el estadio, volvió a pensar que hacía una tarde preciosa.
—¡Qué buenas localidades! — exclamó, mirando al campo de juego. Estaban en el segundo nivel, justo detrás de la base meta.
—Gracias. Nos llegan muchas pelotas de falta, así es que tenemos que estar atentas al juego. «Y, además, la gorra y las Ray-Ban te sientan de miedo.»
A Elsa le sorprendió descubrir que Anna era una gran aficionada al béisbol. A ella, particularmente, lo que le gustaba era ir a animar a su equipo y comerse, entre tanto, un perrito caliente con un par de cervezas; sin embargo, Anna no dejaba de comentar la incidencias del juego y la actuación de los jugadores. A lo largo del partido, agarró a Elsa del brazo varias veces, presa de un entusiasmo incontrolable en las jugadas más emocionantes. Cada vez que lo hacía, a Elsa le bajaba el calor del contacto hasta la ingle. «¡Dios santo, qué calor hace hoy!»
Fue uno de los partidos más entretenidos de los que había presenciado últimamente, y la emoción se mantuvo hasta el final, porque hubo entradas extra y, finalmente, los Padres ganaron a los Astros. Elsa propuso cenar temprano en el Dugout, un bar con asador muy animado y ruidoso que había cerca del estadio, y comentaron el partido entre bocados de pizza y tragos de cerveza, fieles al acuerdo de no hablar de trabajo ni de «la situación», que era como se referían al problema de Elsa con el FBI. Mucho más tarde, cuando el sol empezaba a ponerse, llegaron a casa de Anna.
—Me lo he pasado fenomenal, Elsa. Gracias por invitarme. —«¡Dios, cuánto me gusta pronunciar su nombre!»
—Si hubiera sabido que eras mi comentarista deportiva personal, te habría invitado desde el principio de la temporada —dijo Elsa en son de broma, mientras se acercaban a la puerta de la casa.
—¿He hablado más de la cuenta? — preguntó Anna, alarmada de pronto—. Mis amigos siempre me mandan callar cuando vemos un partido. —Miró a Elsa disimuladamente, pero vio la risa en sus ojos.
—Claro que no. Por cierto, cuando fuiste al servicio, el hombre que se sentaba a mi lado me preguntó si eras una cazatalentos del béisbol, por lo mucho que sabías de todos los jugadores.
—¡Ah, vaya! —exclamó, un poco cohibida, al tiempo que abría la puerta de la casa.
—Hasta me preguntó si irías el próximo fin de semana a ver a los Diamondbacks. Creo que estaba encantado contigo. —«Como yo.»
—Bueno, es que a veces me dejo llevar por la emoción del juego. — Apartó con el pie un poco de basura depositada en el umbral.
—¿A veces? —Elsa ladeó la cabeza pícaramente.
Anna comprendió que le estaba tomando el pelo y se relajó. No quería que el día terminase y deseaba invitarla a entrar. Pero, como no dio la menor señal de que le apeteciera, se limitó a decir:
—Gracias, Elsa —y entró en casa. Elsa, sola en el porche, pensó en llamar a la puerta, pero, por algún motivo desconocido, no quería cambiar el ambiente que se había creado entre ellas a lo largo del día alargándolo hasta la noche.
Aquello sólo había sido una salida, se dijo, una salida normal, cuyo objetivo no era llevarse a aquella mujer a la cama cuanto antes. Y lo más asombroso de todo era que había disfrutado de la salida en sí y que se moría de ganas de volver a estar con ella, fueran cuales fuesen las circunstancias.
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Ya publique las historias espero que les guste.
Como les prometí:
https/m./s/
12863523/1/Las-Estrategias-Del-Amor
https/m./s/
12863528/1/Café-Sonata
miguel.puentedejesus: si verdad!? lo que sucede algunas veces. Bueno no te hago esperar. gracias por el voto, espero no decepcionar.
Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso.
Que La Fuerza Los Acompañe...
