Capítulo 13
—¡Dios! —Se le encogió el estómago. Aquello no iba a ser agradable.
—¿Quieres que te ponga a Jack al teléfono? —le dijo Morgana.
—No, está en Cancún con su familia. Adelante, hazla pasar. Si dentro de diez minutos no sale nadie de aquí, llama al 911, ¿de acuerdo?
—Allá tú —dijo Morgana, con una sonrisa desalentadora.
Elsa se armó de valor. Se había hecho ilusiones, creía que el susto del FBI y el escándalo en la prensa la librarían de Jessica para siempre. Pero aquella pelirroja explosiva entró como si fuera la dueña y señora del lugar y se sentó en uno de los sillones orejeros que había frente a la mesa. Llevaba un traje caro y, cuando cruzaba las piernas, la falda se le subía por encima del muslo. A Elsa no se le ocurrió dirigirle ni una mirada furtiva.
—Jessica —dijo, a modo de saludo. Todavía no sabía de qué humor estaba, de modo que se puso en guardia.
—Voy directa al grano —dijo Jessica—. He estado pensando en nuestra última conversación.
—¿A qué te refieres? —Elsa no lo habría llamado «conversación».
—Terminamos de mala manera. Creo que no entiendes mi postura, Elsa —repuso, en un tono suave y dulce.
—Refréscame la memoria.
—Odio hablar de dinero, es una ordinariez. —Jessica se creía muy refinada, cuando en realidad había salido de un cámping de caravanas utilizando sus encantos—. Pero, gracias a ti, mi marido ha pedido el divorcio, y ahora estoy en un apuro.
—Cosas que pasan. —Elsa se recostó en el respaldo, más relajada, y sonrió.
Una extraña sensación de serenidad la invadió. Podía enfrentarse a Jessica. No sentía ni el menor rastro de deseo. Se permitió dedicar una mirada indiferente a aquel cuerpo que tanto la había cegado en otro momento. La encontró un poco cambiada. Quizás hubiera adelgazado o se hubiera hecho un «arreglo». Tenía la mirada más dura, la nariz parecía más porosa y los labios, antes sensuales, estaban como hinchados. Ya no le resultaba atractiva y, menos aún, irresistible. Sabiendo que por fin veía con la claridad suficiente para enfrentarse a ella como se merecía, escuchó su última petición.
—Por eso me debes una especie de compensación. Ahora lo estoy pasando mal por tu culpa. Si no fueras quien eres, los periodistas de televisión no estarían acosándome.
—Tampoco te habrías fijado en mí si no fuera quien soy —dijo Elsa, encogiéndose de hombros—. Ni habrías querido chantajearme.
—He retirado la denuncia y no voy a contarle nada a la prensa, tal como me dijo el FBI. Además, me han requisado el ordenador, de modo que no puedo hacer nada con los mensajes comprometedores. ¿Qué más quieres?
—Quiero que desaparezcas — respondió Elsa—, que salgas de mi vida.
—En ese caso —dijo con ojos brillantes, estirándose la ceñida blusa sobre el generoso pecho—, podemos hacernos un favor la una a la otra. Estoy dispuesta a marcharme de San Diego si tengo dinero suficiente para instalarme en otro sitio.
—Eso me suena a chantaje otra vez —observó Elsa.
—Llámalo como quieras. A mí me parece un modo de comprar paz y silencio.
Elsa apoyó los codos sobre la mesa y hundió los dedos en el mentón.
—Tendré una vida tranquila si te pago por callar. ¿Es eso?
—Sabía que opinarías lo mismo que yo —dijo Jessica, con una petulante expresión de satisfacción.
—No, no opino como tú. —Elsa descolgó el teléfono—. Morgana, por favor, acompaña a la señora Rabbit a la salida.
—¿No? —dijo Jessica, con la misma dureza en la voz que en la mirada—. No creo que te convenga echarme.
—¿Por qué? ¿Porque irás a insultarme ante la junta directiva? —se rió—. Adelante. Ya te he dicho que saben que soy lesbiana y, por si a alguien se le había olvidado, a estas alturas lo habrán leído en los periódicos. Mis clientes también lo saben y, mientras siga haciéndoles ganar mucho dinero, tampoco les importa.
—Les importará cuando publique un vídeo nuestro en internet. —Jessica jugó el as que escondía en la manga con evidente regocijo.
Elsa no sabía si Jessica había guardado la prueba más comprometedora hasta el último momento o si se la acababa de inventar, después de que el FBI le prohibiera publicar los dañinos mensajes de correo. Pero ya no importaba. Con serenidad, sacó una grabadora de debajo de un montón de papeles, una máquina que utilizaba para grabar ideas sobre los proyectos. Después, Morgana convertía las divagaciones en notas coherentes.
—No me has puesto contra las cuerdas, Jessica. Eres tú la que se ha puesto ahí, y puedo acabar contigo. Quedarás en evidencia porque voy a entregar esta cinta al FBI y desaparecerás de mi vida para siempre. ¿Sabes, Jessica? No creo que les haga ninguna gracia que te hayas saltado sus instrucciones en materia de seguridad nacional. Pero tranquilízate, seguro que en la cárcel haces nuevas amistades. Es posible que incluso aprendas a follar bien.
—No serás capaz de hacerme eso. — Jessica parpadeó incrédulamente.
—Señora Rabbit —dijo Morgana desde la puerta—, ¿le pido un taxi?
—¡Elsa! —Parecía que Jessica había entendido por fin que no tenía nada con que presionarla. Se puso en pie, respirando agitadamente—. ¿Qué voy a hacer ahora? No puedo ponerme a trabajar.
Morgana resopló.
—Voy a hacerte un favor, Jessica —dijo Elsa con benevolencia—. Me pides dinero porque nos acostamos, ¿no es eso?
—Si lo quieres llamar así… —asintió Jessica, con inquietud.
—Las prostitutas tienen derecho a cobrar por sus servicios. Estoy dispuesta a reconocer que yo no sabía que nuestra relación era profesional, pero soy consecuente con mis responsabilidades. —Abrió un cajón de la mesa y sacó un fajo de billetes; se levantó de la silla, rodeó la mesa y se detuvo frente a Jessica. Entonces le arrojó los billetes al regazo—. Eso es lo que vales. Ahora, vete.
Jessica no dijo nada más. Guardó el dinero en su bolso Gucci y salió.
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—Me parece una jovencita estupenda —comentó Elsa mientras esperaba con Anna fuera del probador, donde Nala estaba probándose unos vaqueros. El encuentro de la mañana se había alargado hasta la hora de la comida, y después habían ido de compras.
—Lo es —dijo Anna, sonriente—. Ha avanzado mucho.
—Estoy segura de que ha sido gracias a ti. Está claro que eres su modelo.
—Gracias —dijo Anna por el cumplido—. La responsabilidad es grande, pero el esfuerzo es todo suyo. Yo sólo disfruto ayudándola a crecer. Desde que estamos juntas, no nos hemos saltado la cita ni una sola vez. Es importante para las dos.
—No dejas de sorprenderme continuamente —dijo Elsa, pensando en voz alta.
—Supongo que tengo que tomármelo como un cumplido —bromeó Anna.
La charla se vio interrumpida por la aparición de Nala, que salió del probador dispuesta a buscar una camisa que quedara bien con los pantalones que tenía en la mano.
—Y Anna necesita un traje de baño —dijo con entusiasmo.
—Puedo ayudarte a escoger —se ofreció Elsa—. Tengo experiencia en trajes de baño. —Le clavó la mirada en las partes del cuerpo que cubriría un bañador. —Cuanto más pequeño, mejor.
—No lo dudo. —Anna esperó a que Nala se distrajera con los trajes de baño, y entonces le propinó un fuerte codazo a Elsa—. Ya basta. Me estás poniendo… —casi dijo «cachonda», pero lo sustituyó por «nerviosa».
La mirada atrevida de Elsa, con las cejas enarcadas, puso las cosas peor y Anna tuvo que refugiarse en los percheros de brevísimas prendas de baño. Tanto insistieron sus dos acompañantes que, finalmente, tuvo que probarse un bikini que escogió Nala. A la niña le costó varios minutos de zalamerías y ruegos hacerla salir del probador para pasar el modelo.
«¡No puedo salir ahí vestida de esta forma! Es decir, desnuda de esta forma.» Se miró una vez más al espejo y dijo para sí: «Bien pensado, no es mala idea».
Elsa y Nala estaban sentadas, riéndose entre ellas, cuando Anna salió, pero las risas cesaron y el reducido público se quedó mirándola en silencio, con los ojos como platos.
A Elsa se le cortó la respiración. «¡Virgen santa del amor hermoso!» Contempló la gran cantidad de piel que el bikini dejaba al descubierto. La sangre se le aceleró en las venas y le retumbaron los oídos. Dio gracias por estar sentada, porque había empezado a marearse al mirar aquel cuerpo blanquecino, tan cercano que podía tocarlo. Se agarró a los bordes de la silla para no lanzarse a acariciarla inmediatamente. Anna dio una vuelta sobre sí misma lentamente y Elsa se excitó tanto que se le humedecieron las bragas.
«¡Bingo!» Anna no dudó de lo que veía en los ojos de Elsa, y se sintió orgullosa de provocarle aquella reacción. Sabía que Elsa la había deseado una vez, y siempre había cierto coqueteo entre ellas, pero hasta ese momento no estaba segura de sus verdaderos sentimientos. El deseo puro que se veía en sus ojos era como un grito alto y claro desde la cima de una montaña. La mirada de Elsa le dejaba un rastro caliente allí por donde pasaba y supo que se le habían puesto los pezones duros cuando Elsa abrió más los ojos al posar allí la mirada.
Por suerte o por desgracia, antes de que una de ellas pasara a la acción, Nala se plantó delante de Anna para enseñarle otro modelo; Anna no supo si se lo agradecía o no. Le temblaban las piernas cuando volvió al probador. Nunca se había sentido tan desnuda como al ver la ardiente y apasionada mirada de Elsa. Tardó en vestirse: quería y no quería volver a presentarse ante la mujer que la acababa de comer con los ojos. Ruborizada, volvió con sus compañeras y, cuando cruzó la mirada con Elsa, volvió a sentirse tan desnuda como antes, aunque ya estaba completamente vestida.
Elsa estuvo muy apagada el resto de la sesión de compras y procuró aliviar la tentación de tocar a Anna manteniendo las distancias con ella. Sabía que, si se dejaba llevar por los impulsos, no podría parar, y eso la asustaba. Mientras iban de tienda en tienda, se distrajo hablando con Nala y cargando con los paquetes, cada vez más numerosos.
—¿Qué tal si invito a cenar a estas dos mujeres tan guapas? —preguntó, dirigiéndose a Anna, cuando ya todas habían dicho que los pies las estaban matando y que tenían que descansar.
Nala aceptó, emocionada, y, después de una cena de hamburguesas y helados, la llevaron a casa. Anna acompañó a Elsa a buscar el coche al aparcamiento de la oficina.
—Me lo he pasado muy bien hoy — dijo Elsa, cuando aparcaron—. No sé cuándo fue la última vez que me lo pasé tan bien, sobre todo de compras. La verdad es que no me gusta nada ir de compras. —Puso los ojos en blanco, de un modo expresivo.
—¿No te gusta ir de compras? ¡Elsa, eso es muy antipatriótico! — Elsa se rió y Anna siguió hablando—. Si no te gusta ir de compras, ¿por qué nos has acompañado?
Elsa vaciló un instante, pensando en la respuesta, hasta que decidió que lo mejor era mostrarse sincera.
—Porque me ha parecido que sería divertido. —Bueno, sincera a medias.
—Sé que Nala estaba encantada de que vinieras con nosotras. Gracias por haber querido conocerla.
—Ha sido un placer.
Elsa parecía tensa y Anna se volvió a mirarla. Se había dado cuenta de que su amiga había mantenido las distancias, después del pase de trajes de baño, pero prefería no pensar en los motivos. Mejor así, en cierto modo, porque no podría irse sola a casa si volvía a percibir otro atisbo de aquel crudo deseo. Sabía que tenía que alegrarse de que la versión manejable de Elsa hubiera vuelto a su lugar, pero le pareció un poco decepcionante y amargo.
—Yo también me lo he pasado muy bien —dijo, disimulando lo que sentía.
Hubo unos minutos incómodos, en el interior del coche, hasta que Elsa salió y cerró la portezuela. Se asomó de nuevo por la ventanilla.
—Una cosa más. —Sus ojos eran azules y sensuales—. Estabas impresionante con el bikini. —Dijo adiós a Anna, que estaba roja como la grana.
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«¡No puedo hacerlo! ¡No puedo hacerlo!» El rostro de Anna bailaba ante sus ojos y Elsa se apartó de la morena desnuda que estaba debajo de ella.
—No puedo, lo siento. —Recogió la ropa inmediatamente y cerró la puerta antes de que la mujer saliera de la cama.
No dejó de dar vueltas en el coche hasta que aparcó en un estacionamiento vacío, a dieciocho manzanas. Apagó el motor, pero tenía el corazón desbocado y se quedó sentada en silencio, con la cabeza apoyada en el reposacabezas. «¡Dios! ¿Qué iba a hacer?» Abrió los ojos y miró la negra noche a través del parabrisas. Ya se le había pasado el pánico que le había sobrevenido cuando estaba a punto de hacer el amor con aquella mujer. Respiraba con normalidad y su cabeza empezaba a aclararse. Entre tanto, intentaba ordenar sus pensamientos. «¿Qué demonios me pasa?»
Pero sabía exactamente cuál era el problema. Había dejado marchar a Anna. Tenían que haber pasado la noche juntas. Sólo hacía falta decirle la verdad, que la deseaba, que le importaba. No parecía tan complicado y, sin embargo, había optado por lo de siempre: pasar la noche en un bar con desconocidas.
Después de unas cuantas copas, se había sentado al lado de una morena con un cuerpo digno de perderse en él, que la hizo volver a su yo de siempre, al menos durante diez minutos. La mujer estaba más que dispuesta a complacerla y empezó a acariciarla por todas partes tan pronto como entraron en el apartamento. Desafortunadamente, a partir de aquel momento, todo se echó a perder.
Puso el coche en marcha y volvió a las calles. No estaba de humor para irse a casa, a una cama vacía, de modo que se dirigió al refugio de comodidad y apoyo más cercano. Veinte minutos después, estaba sentada en un sofá rojo de piel, con una gran taza de café en las manos, confesándose con Mérida.
—Bueno, no sé si entiendo… Y no lo digo con segundas. Has conocido a una mujer maravillosa, una mujer como no habías conocido en la vida, que te cuestiona, que se interesa por ti y que, además, es guapísima. ¿Por eso… has salido esta noche a emborracharte y a acostarte con otra cualquiera? ¿Lo he entendido bien?
—No me he acostado con otra — aclaró Elsa.
—Elsa, estabas desnuda en la cama, encima de ella. No nos pongamos quisquillosas con la semántica.
—Tenía la sensación de que la estaba engañando. —Elsa no podía creer que hubiera dicho aquellas palabras—. Nunca me había pasado esto con nadie. Quiero saberlo todo de ella, lo que hace, lo que piensa, lo que desayuna, dónde quiere ir de vacaciones, si llora viendo una película triste, de qué sabor prefiere los helados… —Dejó morir la frase y se rascó la nuca—. Quiero ser mejor persona, por ella.
—Estás desconocida —dijo Mérida, frunciendo el entrecejo—. No has sufrido un accidente ni nada de eso, ¿verdad? A lo mejor un golpe en la cabeza…
—¿Crees que estoy loca?
—No, me parece que por fin has sentado la cabeza, pero no sé qué es lo que te ha pasado.
—Ya sabía yo que no me comprenderías —dijo Elsa, y se quedó callada, perdida en sus pensamientos, intentando analizar el problema—. No sé qué hacer, Mérida. Es decir, mierda, no hemos salido más que tres o cuatro veces, y apenas nos hemos besado, más que al principio de todo. Si no me llevo a una mujer a la cama al segundo intento, paso y me busco otra.
—Entonces, ¿por qué sigues insistiendo? —preguntó Mérida, simplemente.
—Porque me gusta, me gusta de verdad. Y me parece que nunca me había gustado nadie de verdad.
—Elsa, a ti lo que te ha interesado siempre de las mujeres es meterte en sus pantalones, no en su cabeza. Pero, dime, ¿quién es esa diosa?
—Se llama Anna Summer.
—¿La que conociste en los premios del ayuntamiento?
—Sí.
—Pues no acabo de ver dónde está el problema —dijo Mérida.
—Es hetero. —Elsa lanzó un suspiro.
—¿Qué? ¿En serio?
—En serio.
—Joder. No se me habría ocurrido en la vida. Empieza desde el principio —le pidió Mérida—, y no te dejes nada en el bote.
Elsa empezó desde el principio y terminó el relato con el ultimátum telefónico de Anna.
—Me ha dejado muy claro que el siguiente paso tengo que darlo yo. Mierda, yo tengo que dar todos los pasos. Ni siquiera me llama. —Se pasó la mano por el pelo—. Es diferente a todas las mujeres que he conocido, Mérida. Es cálida e ingeniosa, y muy inteligente. Me lo cuestiona todo y me hace pensar en cosas que no se me habían ocurrido nunca. No es el dinero lo que le interesa de mí. Es honrada, tiene un trabajo respetable y es mentora de una adolescente. No es egoísta y creo que no tiene ni la menor idea de lo guapísima que es. Es la primera mujer de verdad que he conocido en no sé cuánto tiempo.
—Me da la impresión de que la conoces por quien es, no por lo que es. Párate a pensarlo un momento, Elsa. No te equivoques sólo porque ella es diferente. Puede ser algo maravilloso.
—Lo sé.
—Entonces, ¿dónde está el problema? Por lo que me has contado, no me parece tan hetero, de modo que no puede ser por eso.
—No sé lo que pasa, de verdad — dijo Elsa, mirándola como si le hubiera hecho la pregunta del millón. Después se levantó del sofá y se dirigió a la ventana—. Quiero dar el paso, pero, cada vez que voy a darlo, no me atrevo.
—¿Qué es lo que te asusta? — preguntó Mérida.
—No estoy segura. —Elsa suspiró, contrariada. Aquello era más difícil que cualquier problema de trabajo—. Supongo que no me siento con derecho a empezar algo…, a hacer promesas. Ya me conoces. No me comprometo. Si empezara algo con Anna, ella querría un compromiso, y yo no quiero decepcionarla…
—Es decir, no confías en ti misma, más allá de una relación de una noche.
—Qué crudo lo pones. —Se le ocurrió una idea—. A lo mejor tengo miedo de que se repita lo de Jessica.
—Elsa —dijo Mérida, mirándola socarronamente—, lo de Jessica no fue una relación, fue un ligue. ¿Me estás diciendo que Anna es como ella?
—¡No, no, por Dios! —La idea le pareció, de pronto, totalmente incongruente. Volvió a la postura anterior—. Mérida, creo que soy realista conmigo misma, nada más. Hay tantas mujeres interesantes en el mundo que no quiero atarme a una sola. —Sin embargo, pensó inmediatamente en Anna. «¿Puede haber alguna más intereasnte que ella?»
—Vamos, Elsa. ¿Tan superficial te consideras?
—¿Cómo dices?
—Tienes treinta y seis o treinta y siete años, ¿no? ¡Son casi cuarenta! Las nenas envejecen al mismo tiempo que tú.
—¡Dios! Lo dices como si estuviera a punto de arrugarme como una uva pasa. —No se ofendió; siempre había confiado en la sinceridad de Mérida. «No hace falta que seas tan sincera.»
—Elsa —prosiguió Mérida—, ¿qué ves en el espejo, cuando te miras por la mañana?
—¿Adónde quieres ir a parar? — Sabía que Mérida la apreciaba y que lo que decía tenía sentido, pero estaba harta de defenderse.
—¿Quién eres, Elsa? No me refiero a la directora general, ni a la chica rica que dona millones a obras de caridad, ni a la más ligona del mundo. Me refiero a la mujer. ¿Quién es la mujer llamada Elsa? —Elsa no dijo nada—. Yo te diré quién es. Es una persona que está asustada. Tiene miedo de acercarse demasiado a otra persona, sobre todo si es una mujer, porque le asusta empezar a sentir algo por alguien y tener que confiar en ese alguien. Se esconde en el trabajo y recurre al dinero para hacer felices a los demás, cuando tendría que recurrir al ingenio, la inteligencia y la personalidad propias. Pero no, eso es terreno estrictamente personal, y ella nunca entra en cuestiones personales.
—¿Qué coño está pasando? — preguntó Elsa, al límite de la paciencia—. Soy la misma de ayer, de antes de ayer y del día anterior. ¿Y de pronto no soy más que una fulana superficial? Sin olvidar la cobardía, claro. —Hizo una pausa y se obligó a hablar de una manera más serena—. Bien, pues permíteme decirte que he salido en la televisión nacional, me he levantado ante miles de personas para hablar durante horas sin apuntes ni notas, he negociado millones de dólares en contratos y he invertido miles de millones en nombre de otras personas. No tengo miedo, Mérida, créeme.
—¿Pero alguna vez le has dicho a una mujer «te quiero»? —replicó Mérida con calma, en voz baja.
Se le cayó el alma al suelo. Mérida la había descrito mejor de lo que ella misma podía describirse, y fue necesario oírselo decir a su mejor amiga para comprenderlo, porque ella sola no podía. Una mano cálida y amable le tomó la suya.
—El, sabes que te quiero más que nadie en el mundo. Sí, eres la misma de ayer y de antes de ayer. Y por eso es tan triste. No eres capaz de dejarte llevar y crecer un poco más como ser humano, como mujer. Eso tiene que cambiar, Elsa, o te quedarás sola para el resto de los días. Has conocido a una persona excepcional. No es un juguete más que puedes usar y tirar, y lo sabes. Por favor, El, hazte un favor. No lo eches a perder.
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Es que algunos son torpes por naturaleza o qué? que le hace falta para que abrá los ojos.
miguel: como que Elsa necesita unas cuantas cachetadas.
Cuídense mucho y nos veremos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
