Capítulo 14

Le temblaba la mano al llamar al timbre. Mérida y ella habían estado hablando hasta altas horas de la madrugada y, finalmente, Elsa cayó rendida en la habitación de huéspedes de su amiga. Desayunó café y bollitos, y se fue a casa. Se dio un baño caliente y se quedó dormida entre las frescas sábanas. Se despertó renovada y segura del paso que iba a dar.

«Bueno, no tan segura.»

Anna miró por la mirilla porque no esperaba a nadie. «¿Elsa?» Abrió enseguida.

—Hola. —«¿Por qué no se me ocurre nunca otra cosa que decir?» Elsa cambió el peso del cuerpo de un pie a otro—. Ya sé que no he llamado. Espero no molestarte.

—No, no. Pasa, por favor. —Anna abrió la puerta del todo y le franqueó el paso.

—Gracias —dijo Elsa, cruzando el umbral. Se detuvo en medio del vestíbulo y se volvió hacia Anna—. Yo… —no pudo seguir hablando.

—¡Señora Winter! —Nala apareció en la puerta de la cocina, con su ondulado pelo castaño recogido en una cola de caballo.

—Hola, Nala. Me alegro de volver a verte. —Elsa comprendió que había sido una tontería no llamar antes. Se dirigió de nuevo a Anna—. Lo siento, no sabía que tuvieras compañía. No quiero inmiscuirme en el tiempo que pasan juntas.

—No te inmiscuyes en nada —dijo Anna, al tiempo que le impedía retroceder levantando una mano—. La verdad es que estábamos hablando de ti ahora mismo. Nala decía que tenía ganas de hablar contigo otra vez. ¿Te quedas a cenar con nosotras?

—¿A cenar? —Elsa intentaba por todos los medios centrarse en el nuevo curso de los acontecimientos, que la alejaban del objeto de su visita.

—Sí, ya sabes, la comida de la noche, con un postre poco recomendable al final. —La broma de Anna hizo reír a Nala—. Por favor. No nos molestas. Nos encantaría que te quedaras. — Anna llevó a Elsa hasta la sala—. Acabábamos de empezar en la cocina.

Tras dar unos pasos, Elsa empezó a recuperar su yo normal, aunque estaba como mareada.

—¿También sabes cocinar?

—Tengo muchas virtudes ocultas.

—Me muero por descubrirlas —dijo con voz ronca, mirándola de la cabeza a los pies, demorándose en el pecho.

Anna la miraba fijamente.

—Me has oído bien —insistió Elsa, con un brillo peligroso en los ojos—. Vamos. Estoy hambrienta.

La cena fue deliciosa. Nala y Elsa dominaron la conversación y Anna estaba encantada de que se entendieran tan bien. La situación habría sido difícil, si Elsa no hubiera respetado el compromiso con Nala, o si a la niña no le hubiera gustado Elsa. Afortunadamente, no tenía de qué preocuparse en ese aspecto.

Después de la cena, Anna y Elsa recogieron la cocina, mientras Nala terminaba unos deberes. Cuando la niña ya estaba en la cama, salieron a la terraza con una botella de vino. Se quedaron en silencio, contemplando el océano, con las manos apoyadas en la barandilla. El resplandor de la luna imprimía una suavidad al rostro de Anna que le arrebataba el sentido a Elsa.

—Anna. —Elsa acercó la cabeza lentamente a aquellos labios que la hipnotizaban desde hacía semanas. Se detuvo muy poco antes de rozarlos.

—Sí. —A Anna se le aceleró el flujo sanguíneo y el estómago le dio un vuelco. Tenía los labios de Elsa a un pelo de los suyos. Lo único que tenía que hacer era cerrar el hueco, pero esperó a que Elsa tomara la iniciativa.

—Ven. —Elsa la atrajo hacia sí y terminó de recorrer la distancia hasta sus labios. Esta vez, el beso tenía otro sabor, y a Anna también se lo pareció, por la forma en que respondió.

Unos segundos después, Anna se separó para mirarla a los ojos. Era lo único que podía hacer para arrancar la mirada de la boca que acababa de estremecer su mundo.

—¿Qué haces?

—Te beso. Algunas personas también lo llaman juegos preliminares.

—¿Estás segura?

—Completamente —respondió Elsa con firmeza. Siguió besándola unos minutos más, hasta que se separó a fuerza de voluntad. Las frentes se tocaban y las dos intentaban recuperar el aliento—. Sin embargo, por más que me apetezca seguir, tienes una invitada en casa. Más vale que me marche, ahora que todavía estoy a tiempo.

A Anna no le cabía el corazón en el pecho, al saber que Elsa no podría marcharse, si continuaban. Se había excitado tanto que se le habían humedecido las bragas al pensar en lo que vendría luego, y tuvo que buscar apoyo en Elsa. Tomó una gran bocanada de aire y dijo:

—¡Qué inoportuno! ¡Mierda!

Elsa sonrió y la besó de nuevo. Pero ahora brevemente, porque, si lo prolongaba, no podría parar, tendría que besar hasta el último centímetro de aquella anatomía que la obsesionaba.

—Eso quiere decir que te crees muy buena. —Anna había echado de menos aquel flirteo sensual y ahora lo disfrutaba de nuevo.

—Te prometo que me comportaré irreprochablemente. —Elsa la ciñó por la cintura.

—Lo que más me interesa de ti —dijo Anna, mirándole los labios vorazmente— no es que te comportes irreprochablemente. —Iniciaron otro beso, más largo y profundo. Las manos de Elsa bailaban sensualmente por la espalda de Anna.

Elsa le cubrió la cara de besos húmedos y calientes, y se detuvo a mordisquear el delicioso lóbulo de la oreja. Anna gimió de placer y hundió las manos en el pelo de Elsa, cuando le cubrió los pechos con las manos y la besó en el cuello. Anna pronunció su nombre con voz ahogada y se desató la pasión; se estremecía con sus caricias y se le habrían doblado las piernas si no hubiera estado apoyada contra la barandilla. Las desbordantes sensaciones que experimentaba en brazos de Elsa la dejaban sin respiración. Arqueó la espalda para que sus pechos se amoldaran mejor a las manos de Elsa y gimió nuevamente de placer. Se llevó las manos a la espalda con intención de quitarse la camiseta. «Necesito sentir tus labios en mí.»

Los pechos de Anna en sus manos eran una auténtica gloria y sus dedos pinzaban los ansiosos pezones. «¡Dios, qué maravilla de mujer!» Sin saber cómo, volvió a la realidad; sacó las manos de debajo de la camiseta de Anna y le tomó las suyas, impidiéndole el movimiento. Al mismo tiempo, dejó de besar la suave piel y levantó la cabeza.

La mirada voraz de Elsa le llegó hasta la entrepierna. El clítoris le latía, pidiendo caricias a gritos, y la respiración se le cortaba en la garganta. Se preguntó si Elsa habría cambiado de opinión.

—No. —Elsa interpretó la mirada de Anna y la besó dulcemente—. No me desdigo. Al contrario, te deseo tanto que no puedo pensar. Pero tienes una invitada y, cuando haga el amor contigo, te quiero toda para mí.

Anna no sabía que podía llegar a excitarse más de lo que estaba en aquel momento, pero las palabras de Elsa la transportaron a un lugar donde nunca había estado. No podía hablar. Elsa la tomó suavemente de la mano y juntas cruzaron la casa hasta la puerta de la calle. Abrió, dio media vuelta y la besó brevemente en la mejilla. Esta vez, cuando dijo buenas noches y cerró la puerta, Anna supo que volvería.

Un olor que conocía bien le llenó la nariz cuando Anna la adelantó.

—Estás estupenda. —«La verdad es que estás imponente.»

Anna llevaba unos pantalones de color azul marino y una camisa Oxford blanca, de manga larga, con botón en las solapas. Los mocasines marrones hacían juego con el cinturón y se había recogido el pelo en la nuca con un pasador.

—Gracias. —No había podido parar de nerviosismo, desde que Elsa la llamó para invitarla a cenar en su casa, pero de pronto se calmó y se quedó increíblemente tranquila.

Elsa estaba tan tensa que apenas pudo probar bocado y, mucho menos, disfrutar del arte culinario de uno de los restaurantes más refinados de la ciudad, donde había encargado la cena. Cuando Anna le sonrió, se le cayó el tenedor y masculló una disculpa. La incertidumbre sobre lo que le depararía aquella velada minaba su seguridad. La cena solía ser el preludio de una sesión de sexo y, algunas veces, un obstáculo irritante antes de conseguir su objetivo. Sin embargo, esa noche era diferente. Le parecía que no quería que la cena terminase, pero, al mismo tiempo, la impaciencia podía con ella.

Cuanto más nerviosa estaba Elsa, más serena se mostraba Anna. Casi resultaba cómico verla tan torpe, cuando siempre parecía tan correcta y sofisticada.

Al final del ágape, Anna se ofreció a retirar los platos.

—No, no es necesario. Mañana vendrá Ruth y lo limpiará todo.

—¿Ruth?

—La mujer de la limpieza —dijo Elsa—. Bueno, es como una más de la familia, la verdad, no una simple mujer de la limpieza. Hace veinticinco años que trabaja con nosotros. Cada vez que como zanahorias, me acuerdo de sus palabras. Siempre me decía que, si no las comía, tendría que llevar gafas.

Salieron a la terraza con una botella de vino, acercaron dos sillas de exterior y se dejaron caer entre los mullidos cojines. Hacía una noche fresca y despejada. Miles de estrellas titilaban en las alturas como pequeños diamantes. Las casas de los alrededores, relativamente alejadas, no eran más que puntos de luz a izquierda y derecha. Elsa le pasó una copa de merlot y dejó la botella sobre la mesa. El cálido vino la ayudó a relajarse y echó la cabeza hacia atrás para contemplar el cielo. Elsa, entre tanto, seguía inquieta, y Anna se preguntó si habría cambiado de opinión respecto al camino que debían seguir sus relaciones. Apenas la había mirado en toda la cena y no había dado ni un paso hacia ella. Verdaderamente, la noche no había empezado en el punto en que la dejaron la última vez.

—Elsa, ¿estás preocupada por algo?

Elsa guardó silencio unos instantes.

Tenía la sensación de estar al borde de un salto en caída libre; después, respiró hondo y se lanzó.

—Voy a estallar, si no te toco enseguida.

Anna dejó la copa sobre la mesa. El corazón le latía al doble de la velocidad normal y empezó a respirar superficialmente, pero mantenía la calma.

—Pues adelante.

Elsa le tocó la cara suavemente. Le acarició los labios, tan insinuantes, y la expresión de los ojos de Anna la dejó sin respiración. Le soltó el pasador que le sujetaba el pelo y los mechones le cayeron en las manos como suaves cintas de oro. La acercó a ella y la besó con ternura. Prolongó el beso dulcemente, resistiendo al impulso físico de devorar inmediatamente a la mujer que tenía entre sus brazos. Quería recrearse en el momento y descubrió que nunca se saciaría de aquellos labios que respondían a los suyos. Anna la rodeó por el cuello, al tiempo que la empujaba contra la barandilla. El agresivo movimiento encendió su pasión y le hizo saltar los límites de la contención.

Sin pronunciar una palabra, la tomó de la mano y se la llevó por el pasillo hasta el dormitorio. Se detuvo nada más entrar y volvió a besarla. Los labios de Anna respondían anhelantes, mordisqueándola. Antes de perder el control por completo, Elsa se separó de ella y encendió la luz en un interruptor que había al lado de la cama. Un suave resplandor inundó la estancia.

—¿Te parece bien?

—Sí —dijo Anna, tragándose el nudo que tenía en la garganta.

—¿Estás asustada?

—Sí y no. —«¡Dios, si no puedo ni respirar!»—. Pero estoy contigo, y te deseo.

—Eres preciosa. —Elsa le tomó la cara por la barbilla y la miró con deleite.

Cuando los labios se encontraron, Anna la envolvió entre sus brazos por el cuello y sus lenguas iniciaron la danza del deseo. No supo cuál de las dos gimió, porque estaba sumida en la voracidad del beso. Quería sentir los labios de Elsa en el cuerpo y, con esfuerzo, dio a entender su necesidad separándose.

Los labios de Elsa cubrieron la fina piel. Siguió besándola hasta el escote de la camisa, acariciándole la espalda lentamente, después los pechos. Anna gimió y Elsa siguió abriendo un camino de besos mientras le desabotonaba la camisa. Con cada botón que desabrochaba, depositaba un beso en la firme piel del estómago y notaba el temblor de los músculos entre los labios. Subió de nuevo hasta el cuello y le mordisqueó el hombro, libre ya de la camisa, que cayó al suelo. Los pechos de Anna seguían ocultos por el sujetador. Elsa repasó el sedoso perímetro con la lengua y volvió a besarla en los labios, justo en el momento en que le desabrochaba el cierre del sujetador. Anna se dejó caer sobre Elsa cuando sus pechos se liberaron y se derramaron en las manos de su compañera.

El placer la sobrepasaba y se le doblaron las piernas cuando la boca de Elsa le apresó un pezón. «¡Dios! La última vez que estuviste en esta situación, dijiste no sé qué, que fue como un jarro de agua fría sobre esta pasión. No digas una palabra.» Le sacó la camisa de los pantalones rápidamente y, cuando deslizó sus manos por debajo, Elsa se sobresaltó. Aquella respuesta hizo volar el corazón de Anna. Exploró la carne, firme y suave, con las dos manos y Elsa se separó de ella ligeramente, un instante antes de que el cierre de los pantalones se abriera.

Anna la animó de la única manera que sabía, con el cuerpo y con las manos, y la cremallera cedió enseguida. Elsa la acariciaba por dentro de los pantalones y le presionó la entrepierna levemente con los dedos. Con el tumulto de placer que la ensordecía, Anna paseó las manos lentamente por el estómago y los pechos de Elsa, hasta que le arrancó un gemido y la presión de los dedos en la ingle aumentó.

Anna separó la boca de la boca que seguía devorándola y dijo:

—Elsa.

—¿Hummm…? —El sonido de su nombre, pronunciado sin aire, enardeció su pasión. Le acarició el cuello con la nariz.

—Me parece que no puedo seguir de pie.

—Entonces —dijo Elsa, sonriendo contra el cuello de Anna— será mejor que nos tumbemos.

Sin dejar de mirarla a los ojos, Elsa retiró las sábanas de la cama extragrande. Depositó a Anna sobre las frescas sábanas y Anna la arrastró consigo, procurando que el contacto no

dejara de ser total. Elsa acudió rápidamente a los pechos, que suplicaban su atención, y lo que empezó como leves besos de mariposa rápidamente cobró intensidad, en la medida en que los labios y la lengua no lograban saciarse.

La sensación era tan intensa que Anna agarró la sábana con las dos manos. Se le cortó la respiración cuando Elsa la cubrió de besos hasta el comienzo de los pantalones. Elsa separó la boca lo imprescindible para desencajárselos de las caderas y tirarlos al suelo. Cuando volvió, emprendió un viaje de besos desde el comienzo de las piernas de Anna hasta la punta de los pies, donde le hizo unas leves cosquillas en los dedos. Las manos acompañaron a la boca en aquel viaje y se detuvieron en el húmedo triángulo que forma la ingle con los muslos, sobre el último obstáculo del placer. Lentamente, le quitó los bóxers de seda, se echó hacia atrás y se sentó en los talones para contemplarla con reverencia.

—Eres una preciosidad —dijo, y volvió a acercarse para besarla, pero sin unir los cuerpos esta vez.

«¡Me estás torturando!» Anna no lo soportaba más; soltó la sábana y le quitó la camiseta a Elsa por la cabeza. Elsa no llevaba sujetador y Anna entró en contacto con su piel inmediatamente. «¡Virgen santa!»

Empezó a reconocer la carne que apretaba con los dedos mientras Elsa reanudaba los besos. Topó con tela áspera.

—Quítate la ropa —dijo, ahogadamente—. Quiero sentirte toda.

Elsa se quedó petrificada, desbordada de deseo. Lentamente, se puso en pie y se quitó los pantalones sin apartar los ojos de Anna ni un segundo. Cuando se hubo desnudado del todo, vaciló, pero no dijo nada, para que fuera Anna quien decidiera si quería continuar.

Ya no había vuelta atrás y, sin pensarlo ni un instante, Anna la atrajo sobre sí y se cubrió con su cuerpo por completo.

Elsa suspiró de placer. «Despacio, no corras.» Quería recrearse en cada sensación tanto tiempo como fuera posible y quería que Anna lo gozara tanto como ella. Anna le hundía los dedos en el pelo.

—Eres maravillosa —dijo Anna, admirada.

Elsa sonrió y le acarició tiernamente las mejillas con el dorso de los dedos.

—Esto no es más que el principio. — La besó una vez más.

«¿Es que nunca tendré bastante de esta boca?» Bajó un poco, apresó un pecho con la boca y mordió el pezón con suavidad. Debajo de ella, Anna arqueó la espalda y gimió audiblemente. Elsa siguió saboreando aquel pecho, al tiempo que deslizaba las manos por el estómago y las caderas de Anna, acariciándola muy cerca de la calidez que sólo esperaba recibirla. Se detuvo en la parte interior de los muslos y se acercó insoportablemente al clítoris, esperando ser invitada. Anna levantó las caderas con expectación. Elsa dejó la mano quieta al lado del clítoris y la miró a los ojos.

El ardor que Anna vio era reflejo del suyo propio y no dejaba dudas respecto al deseo de su compañera. Apartó la mano de la espalda de Elsa y la bajó lentamente por su brazo, provocando espasmos en los músculos. Llegó a la mano de Elsa, puso la suya encima y la condujo hasta el clítoris. «¡Por favor, tócame!» Al primer roce, cerró los ojos y gimió de placer.

«¡Oh, Dios, Dios!» Elsa se quedó sin respiración al recibir el calor del centro húmedo de la mujer que tenía debajo. Empezó a explorarla poco a poco con los dedos, sin dejar de besarla tiernamente, mientras las lenguas se entrelazaban expresando un deseo mutuo. Anna empezó a moverse rítmicamente debajo de Elsa, empujando con las caderas. Elsa respondió a la cadencia con deseos renovados. «Despacio, despacio. Quiero que esto dure eternamente.»

Las caricias eran insoportables y clavó la cara en el cuello de Elsa, arqueando el cuerpo de tal modo que se salió de la cama al tiempo que se corría en la mano de su compañera. Vio chispas de luz y se olvidó de respirar mientras todo su cuerpo se estremecía con espasmos. Temblaba sin control, cabalgando en una sensación de euforia que nunca se había imaginado. Elsa siguió acariciándola hasta llevarla a la cumbre por segunda vez, abrazándola y susurrándole palabras tiernas.

—Chist, chist. Está bien. Disfrútalo. —Dejó de acariciarla y la estrechó entre sus brazos. Anna seguía con las manos enredadas en el pelo de Elsa y, al deshacer el abrazo, Elsa levantó la cabeza y miró a la mujer con la que acababa de hacer el amor. Tenía los ojos cerrados y una expresión de puro placer en el rostro; era la mujer más hermosa que había visto en su vida. Una fina película de sudor le cubría el cuello, y allí llevó los labios una vez más. Mientras le besaba y lamía la sensible piel, empezó a acariciarla de nuevo. Anna respondió inmediatamente levantando las caderas.

Elsa cambió de postura enseguida y resituó la mano, al tiempo que posaba los labios con indecisión. Anna no respiraba y empezó a mover la cabeza al tiempo que Elsa exploraba lentamente con la lengua hasta el último repliegue de su compañera.

—¡Oh, Elsa! ¡Dios!

Elsa tomó con las dos manos las nalgas de la mujer de la que estaba disfrutando plenamente. La alzó un poco para llegar más fácilmente y abrió los ojos; esta vez, quería verla llegar al clímax. El clítoris que envolvía con la lengua se endureció y Anna se agarró a las sábanas con las dos manos, retorciéndose en la cama. Se corrió con mayor intensidad que antes, y Elsa estuvo a punto de correrse también con los estremecimientos de deseo de aquella bella mujer.

A medida que la tensión del orgasmo descendía, Elsa pasaba la lengua más despacio y probaba los jugos que fluían libremente. Anna jadeaba y contenía el aliento cada vez que la lengua pasaba por el clítoris. Al cabo de unos instantes, Elsa dejó el fragante y cálido triángulo y se tumbó boca arriba, arrastrando a Anna consigo, acunándola mientras las descargas del orgasmo terminaban de desaparecer. Anna se acomodó como si fuera su sitio de siempre. Elsa alcanzó la sábana y tapó a las dos. Le prodigaba tiernas caricias en la espalda y le apartaba mechones de pelo de la húmeda cara.

—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja.

Anna tardó unos minutos en recuperar el aliento y volver a pensar con claridad. Nunca se había imaginado el intenso placer que acababa de experimentar. En realidad, nunca había tenido un orgasmo múltiple.

—No estoy segura —dijo, con una débil sonrisa—. Estoy como si me acabara de morir y hubiera llegado al cielo. —Abrazó a Elsa por la cintura y le pasó una pierna por los duros muslos.

—Puedo afirmar con toda sinceridad que estás muy viva —dijo Elsa con una risita, y la besó en la cabeza.—¡Y cómo, Dios! Ha sido increíble.

Se quedaron tumbadas en silencio unos minutos; Elsa se sentía satisfecha sólo por estar abrazada a Anna, por tener su cálido cuerpo sobre el suyo. Aunque ardía de deseo, dejaría que Anna imprimiera el ritmo en el siguiente acto de su unión.

Anna no se había dormido. La cabeza le daba vueltas en torno a la mujer que la abrazaba. «¡Ha sido tan dulce…!» De pronto sintió un deseo incontenible de tocar a la mujer que le había proporcionado tanto placer. Tímidamente, empezó a mover la mano sobre el estómago de Elsa, acariciándola con ternura. Notó el temblor de los músculos que acariciaba y Elsa apretó el abrazo. «De modo que así es como responde una mujer a las caricias. Es maravilloso.»

Con la sensación de poder que le dio la respuesta de Elsa a sus caricias, siguió moviendo la mano por el duro estómago en dirección al pecho en el que apoyaba la cabeza. Se dio cuenta de que Elsa respiraba superficialmente y su cuerpo se encendió de pasión.

—¿Elsa? —preguntó con incertidumbre.

—¿Hummm? —La mano errante de Anna empezaba a volverla loca. Como transcurrieron unos segundos y Anna no proseguía, se la puso encima. «¡Qué placer, tenerte aquí!»—. ¿Qué pasa, Anna? —preguntó, apartándole el pelo de la cara.

Anna vaciló; no era capaz de articular palabra. Elsa la miró dulcemente a los ojos y le dio fuerzas.

—No sé lo que tengo que hacer. —Bajó la mirada. Suponía que lo que acababa de pasar era una lección, pero ¿cómo podía estar segura de que a Elsa le gustarían las mismas cosas?—. Me siento inútil, como si hubiera vuelto a la virginidad de los dieciséis años.

Elsa le levantó la barbilla y le atrajo la mirada de nuevo.

—Haz caso a los sentidos. Escucha a todos tus sentidos —le dijo, sin dejar de acariciarle la espalda—. Escucha con los oídos y con los ojos. Escucha al tacto y al olfato, y oirás lo que te dice tu amante. —Le dio un tierno beso—. Anna, cualquier cosa que hagas será de mi gusto. —«¡Pero hazlo ya!»

El deseo la dominó de nuevo. Bajó la cabeza y besó los labios que hacía un momento le habían dado tanto placer. Cuando las lenguas se encontraron, sintió un deseo irreprimible de tocar y probar hasta el último centímetro de Elsa, y llevó la boca hasta el cuello de aquella mujer al tiempo que las manos iniciaban osadas incursiones. Elsa respondió con un gemido y empezó a moverse con ella.

«Lo he oído.»

Le atrapó un pezón con la boca y Elsa le hundió las manos en el pelo y se la acercó más. Fue consciente del calor y la humedad del deseo de Elsa al apretarse contra su muslo.

«Lo he sentido.»

Se recreó en el sabor y el tacto del otro pecho de Elsa y deslizó su mano por el estómago hasta alcanzar los muslos. Imprimió a los dedos el más leve de los movimientos y Elsa arqueó la espalda con un gemido.

—¡Oh, Dios santo!

«Lo he oído.»

—Qué caliente estás —dijo Anna, impresionada, sin dejar de mover los dedos libremente por todo el cuerpo de aquella mujer, hasta acariciarle delicadamente el contorno del clítoris —. ¿Te gusta? —le preguntó, envalentonada, mientras le cubría los pechos de besos.

—No lo dudes ni un instante —gruñó Elsa, tras recuperar el aliento. Segundos después, Anna volvió a tocarla y Elsa habló con una voz impregnada de deseo—. Si sigues haciendo eso, sabrás cuánto me gusta exactamente.

Anna sonrió y se alegró de corazón al saber que estaba proporcionándole placer: Elsa empezaba a jadear y se movía bajo el influjo de los dedos exploradores de Anna. Ella quería darle tanto placer como había recibido, de modo que, moviendo la mano más despacio, se acomodó entre las piernas de Elsa. La mujer que vio al completo ante sí la maravilló. Un olor delicioso la impulsó hacia delante y, con suavidad, pasó la lengua por la brillante superficie roja.

Elsa contuvo el aliento otra vez. Anna la exploró sin dejar ningún recoveco, sintiendo el clímax imparable de Elsa.

«Te he oído. No voy a parar.»

De pronto, Elsa se incorporó arqueando la espalda, montada en la cresta del deseo.

—¡Dios, Anna!

Anna volvió a correrse sólo de oír el placer de su compañera. Lentamente, regresó al mundo y reposó la cabeza en el muslo de Elsa, devorando a su amante con la vista, el oído y el olfato. «Mi amante.» La mera idea de aquella expresión le alborotaba la sangre otra vez.

—Ven —dijo Elsa con voz ronca.

—No quiero irme de este lugar maravilloso —replicó Anna, tocando la carne reluciente una vez más.

Elsa le detuvo la mano, ahogando un jadeo.

—No te preocupes. Podrás volver siempre que quieras. Ven. Quiero abrazarte. —Se dio unos golpecitos en el pecho, indicándole dónde quería tenerla.

Anna trepó por el cuerpo caliente y se acurrucó entre los brazos de Elsa una vez más.

—Ha sido fantástico.

—Me alegro de que te gustara. — Anna estaba asombrada de su propia capacidad para satisfacer a la mujer que la abrazaba.

—Sí, sí, me ha gustado. Me ha gustado mucho. —Elsa la estrechó más contra sí, recreándose en la unión de los dos cuerpos. Tardó varios minutos en recuperar el ritmo normal del corazón y en ordenar la cabeza—. ¿Estás bien? — preguntó. Instintivamente, sabía la respuesta, pero necesitaba oírla. Supo que Anna sonreía al notar su cálido aliento en el pecho.

—Sí. En realidad, estoy mejor que bien. Estoy tan bien que quiero repetir. —Anna oyó la respuesta inmediata del corazón de Elsa.

—Es lo mejor de ser mujer. —Elsa se puso encima de ella con un brillo pícaro en los ojos—. Se puede estar así toda la noche. —Bajó la cabeza y probó el sabor de su propia pasión en los labios que empezaba a besar de nuevo.

De pronto, Elsa estaba en todas partes. Sus manos alcanzaban lugares donde se escondía un intenso placer, desconocido hasta entonces. Elsa intentaba controlar el deseo, pero la respuesta de Anna, ahora sin inhibiciones de ningún tipo, le hacía perder el sentido. Elsa labró un camino ardiente con los labios, desde la cara a la suave y cremosa piel de la garganta de Anna.

—¡Oh, Elsa, es fabuloso! —gimió, cuando su compañera le atrapó el erecto pezón en la boca. Le aprisionó nuevamente un muslo con las piernas. El poco control que pudiera quedarle a Elsa desapareció al oírle decir con voz ronca—: Tócame.

Elsa llevó la mano al lugar deseado y Anna respondió con un gemido de placer que terminó de arrebatarle la razón. Dejó el pecho que estaba devorando y se fue a la boca de la que nunca se saciaba. En el momento en que le tocó los labios, introdujo un dedo en el cálido canal y Anna respondió al instante abriendo las piernas para darle más espacio. Elsa sacó el dedo lentamente y describió un delicado círculo alrededor del clítoris de su amor. Volvió al interior con dos dedos y Anna aplastó la boca contra la de ella.

Anna se mecía y Elsa empujaba, las dos al unísono. Anna nunca había experimentado tanta armonía entre la mente y el cuerpo, ni tanto descontrol al mismo tiempo. La mujer que la acariciaba parecía conocer sus necesidades físicas con precisión, incluso las que ella misma ignoraba. Elsa seguía empujando con los dedos, al tiempo que le acariciaba el clítoris en círculos con el pulgar. Bajo la nueva presión, Anna estalló en espasmos inmensos, que la obligaron a separar la boca de la de Elsa y a apretar la cara contra el cuello de la mujer que alcanzaba el éxtasis al mismo tiempo que ella.

Agotadas las fuerzas, yacieron recuperando la respiración poco a poco, a medida que los minutos pasaban. Elsa se separó de Anna arrancándole un gemido.

—Chist —le dijo con dulzura, y la atrajo hacia el corazón. Mientras se acomodaba, caliente y satisfecha, se dio cuenta de que la mujer que tenía entre sus brazos se había dormido. Moviendo un solo brazo, apagó la luz y echó las sábanas sobre los dos cuerpos.

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Al fin...

Deilys leon: jajajaja oye si. que buenas amigas. jajajjaa y eso que no has visto todo el potencial que puedo ofrecer.

Deartod: jajajjaa bueno eres adivino, me agrada y te mereces un premio.

miguel: ya lo creo y este también.

Cuídense mucho y nos veremos pronto.

Que La Fuerza Los Acompañe...