Capítulo 15
Todavía era de noche cuando Anna se despertó con una sensación de calor en la espalda y una respiración en el oído. Sorprendida, se tensó un momento, pero enseguida volvió a acurrucarse en el cálido abrazo de Elsa. Elsa se la acercó un poco más, le acarició el cuello con la nariz y le cubrió el pecho con las manos, y Anna se quedó despierta, pensando que la vida nunca volvería a ser igual. Y sintió agradecimiento: un ser completamente nuevo había surgido de entre los brazos de aquella mujer fuerte y generosa. Se inquietó cuando una necesidad personal inaplazable pudo con su deseo de seguir en brazos de Elsa.
—Enseguida vuelvo —musitó. Terminó en el cuarto de baño, pasó rápidamente por la cocina y, sin hacer ruido, volvió a la cama, se acurrucó al lado de Elsa y se durmió al instante en el acogedor nido.
Unas suaves y cariñosas caricias y unos labios que le mordisqueaban el cuello la despertaron más tarde. Medio dormida todavía, creyó que se caía cuando Elsa le dio media vuelta y se puso encima de ella. Se despertó por completo al notar la lengua de Elsa y rápidamente llegó al orgasmo en el momento en que el sol despuntaba por el horizonte.
—Buenos días. —Elsa le dio un beso en los labios justo cuando empezaba a recuperar el aliento.
—Hummm, sí, muy buenos —dijo Anna, e invitó a su amante a acercarse más. Antes de que los besos se volvieran ardientes, se separó y dijo—: No suelo hacerlo por la mañana.
—Pues has sabido engañarme. — Elsa la miró a los ojos, brillantes todavía después del acto amoroso.
—Serán las compañías que frecuento últimamente —repuso Anna, haciéndole cosquillas en el estómago.
—¿Café? —le preguntó Elsa. Un perro ladraba en el vecindario, señalando el comienzo de un nuevo día.
—Más tarde —dijo. Tumbó a Elsa en la cama y se puso a horcajadas sobre ella.
Más atrevida y segura que la noche anterior, exploró el cuerpo de Elsa, recreándose en su belleza bajo la primera luz de la mañana. Observó la reacción de su carne a las caricias y el subir y bajar del pecho con cada jadeo. Contempló, hipnotizada, cómo se le ponían los ojos vidriosos al introducirle los dedos y acariciarle el clítoris. Elsa tenía razón: los sentidos le contaban la historia de la pasión de su amante. Los sonidos y las imágenes de Elsa llegando al orgasmo gracias a sus caricias eran sobrecogedores.
Cuando Anna se levantó de la cama, después de otro orgasmo más, estaba más alegre que en toda su vida. Le habían hablado músculos cuya existencia ignoraba. Fue al cuarto de baño, se lavó la cara y se miró al espejo. Vio a la misma mujer de ojos claros de siempre —la cual, por cierto, necesitaba ir a la peluquería cuanto antes—, pero no vio el cambio que sentía por dentro. Vio que Elsa se acercaba por detrás y la rodeaba con los brazos, asomándose por encima de su hombro.
—¿Qué ves?
—A una mujer que ha cambiado — dijo Anna con calma.
—A mí me gustaba como era antes. —Elsa frunció el entrecejo.
—Creo —replicó Anna, mirando profundamente a los ojos azules que se reflejaban en el espejo—, creo que la nueva te gustará más. —Se volvió entre los brazos de Elsa y la besó.
—¿Me lo prometes? —dijo Elsa, separándose al cabo de un momento.
—Haré todo lo posible.
—Bien, ya sabes que para hacer bien una cosa hay que practicar, practicar y seguir practicando. —La besó dulcemente con cada repetición.
Los besos encendieron la pasión una vez más y Anna se sintió flotar. Cuando recuperó el sentido, estaba a segundos de un orgasmo conjurado por la mágica lengua de Elsa.
—¡Dios mío, Elsa! —exclamó, y empezó a ver fuegos artificiales con los ojos cerrados.
Tardó unos instantes en comprender lo que había pasado y, cuando Elsa la bajaba de la encimera del cuarto de baño, se le echó a los brazos. Empezó a recorrerle la espalda con las manos y le agarró los firmes glúteos. Se los apretó y Elsa gimió.
—Ya estoy completamente despierta —dijo Anna, y empujó a Elsa hasta el dormitorio.
Una hora más tarde, cómodamente tumbada entre sus brazos, dijo:
—Ahora sí que quiero café.
Elsa protestó en broma con un gemido, contemplando la tersa piel pálida de la mujer que tenía entre sus brazos. A regañadientes, se levantó de la cama.
—No me apetece nada esconder ese cuerpo tan hermoso, pero no me fío de mí —dijo. Le pasó una bata que sacó del armario y Elsa se puso unos pantalones cortos y una vieja camiseta. Le dio un beso, la tomó de la mano y se la llevó a la cocina.
Unos minutos después, mientras tomaban café, Elsa se apoyó en la encimera y dijo:
—A riesgo de repetirme, qué guapísima eres. —Anna sonrió tímidamente y se sonrojó.
—De pronto me siento cohibida, y no sé por qué. —Hizo una pausa—. Es una tontería, después de todo lo de anoche.
—No es ninguna tontería —dijo Elsa, tomándole la mano—. Al contrario, a mí me parece encantador. Es refrescante ver a una persona tan impresionada por algo. Hoy día, casi nadie se impresiona por nada.
—Bueno, sí; ahora ya se me puede pasar en cualquier momento —dijo, incómoda. Había vivido esa misma situación con hombres, pero nunca se había turbado tanto.
Elsa dejó la taza, se acercó a Anna y se la sentó en el regazo.
—Espero que no se te pase nunca. —Le besó los labios con ternura. El beso prendió la llama de la pasión al instante y Elsa le desató el nudo de la bata azul. Introdujo las manos por debajo y le aprisionó los pechos; Anna recibió las caricias arqueándose y Elsa llevó la boca desde los labios de Anna hasta el erecto pezón.
—¡Dios mío, Elsa! —gimió Anna —. Eso me vuelve loca.
Elsa separó la boca una fracción de centímetro del incitante pecho.
—Y a mí me vuelve loca lo que haces tú —replicó, cuando Anna enredó los dedos en su pelo y la apretó contra el pecho. Cuando el deseo latía con fuerza entre sus piernas, se levantó y se llevó a Anna de nuevo al dormitorio. Anna no se quejó cuando Elsa la tomó rápidamente, con dureza.
—Tócame —dijo Elsa, mientras Anna cabalgaba en su muslo, y Anna obedeció inmediatamente. En el momento en que sus dedos tocaron el centro caliente y húmedo de Elsa, las dos se estremecieron en un orgasmo.
Descansando la una en brazos de la otra, poco a poco normalizaron la respiración. Elsa suspiró.
—No puedo creer lo que voy a decir, pero tengo que ir al despacho.
—¿Cómo? —Anna se sentó, incrédula.
—Tengo una reunión de junta y no puedo faltar bajo ningún concepto. Si hubiera sabido que iba a despertarme contigo en brazos esta mañana, la habría cancelado.
—Bien. Yo no tengo absolutamente nada en la agenda para esta mañana, de modo que date prisa. Me quedo aquí, haraganeando en esta cama suave y calentita, que huele a sexo. —Anna volvió a tumbarse y gimió quedamente mientras se desperezaba entre las lujosas sábanas.
—¿Y cómo te las has arreglado? — preguntó Elsa, al darse cuenta de que Anna le estaba tomando el pelo. Sabía lo difícil que era tener una mañana completamente despejada, sin citas.
—Llamé a De Vil y le dije que había tenido un percance y que me cambiara todas las citas de la mañana —dijo, orgullosa de sí misma.
—¿Cuándo lo hiciste? «¡Vaya, vaya, vaya!»
—Esta mañana, hace un rato, cuando me levanté para ir al baño.
—¡Qué traidora! —exclamó Elsa, y se sentó a hacerle cosquillas—. ¡Así no vale!
—Un buen abogado siempre sabe qué paso va a dar a continuación —dijo Anna entre risas.
—Lo que yo sí sé es cuál será mi próximo paso —dijo Elsa, agachándose a besarla. Cuando la hubo excitado completamente, salió de la cama de un salto—. ¡Huy! ¡Más vale que empiece a vestirme! —De camino al cuarto de baño, miró por encima de su hombro y vio la expresión de sorpresa de Anna.
Entró en la ducha riéndose todavía. Estaba aclarándose el pelo cuando notó una corriente de aire y, enseguida, las manos de Anna se le echaron encima. Unos rizos espesos se apretaban contra sus nalgas mientras Anna la tocaba, y unos dedos largos y finos la penetraron. Todavía estaba húmeda a causa del último escarceo en la cama, y las piernas se le doblaron cuando oyó decir a Anna:
—Más dura será la venganza.
Anna pretendía dejarla tan excitada como lo estaba ella, pero, cuando Elsa llegó a ese punto, sucumbió al deseo y no habría podido parar aunque hubiera querido.
Elsa contuvo el aliento y se apoyó en la pared de la ducha con las dos manos. El agua le caía por la espalda. A pesar del vapor de agua, sabía que Anna estaba tocándose al mismo ritmo que la tocaba a ella. Al darse cuenta, su excitación aumentó y dijo:
—Eso es, justo ahí —y la animó a continuar. Gritó al correrse, y su grito quedó ahogado por el de Anna.
Después, más tranquilas, Anna cogió el jabón y la enjabonó. Inspeccionó hasta el último centímetro de aquel cuerpo tan excitante y la pasión volvió a surgir. Se había duchado con algún amante otras veces, pero con ninguno tan íntimamente como ahora con Elsa. Antes de llegar al punto en el que no hay vuelta atrás, aclaró a su nuevo amor y cerró el grifo.
—¿Qué haces? —Elsa dejó el maletín encima de la mesa y se sentó con el móvil pegado al oído.
A Anna se le aceleró el corazón al oír la voz ronca al otro lado de la línea.
—Estoy aquí, tumbada en tu cama y pensando en ti. —Había visto vestirse a Elsa para ir a la oficina y había disfrutado a fondo de todas las etapas de la transformación de amante apasionada en respetable mujer de negocios. En realidad, cuanto más lo pensaba, más se excitaba.
—¿De veras? —Elsa se sentó, sujetando el teléfono como si fuera Anna.
—Sí, de veras. ¿Y tú, qué haces?
—Pensar en ti —dijo Elsa con una sonrisa, sacudiendo la cabeza. Una onda de calor la envolvió al pensarlo.
—Seguramente ya lo sabrás —Anna apoyó la cabeza en la almohada donde Elsa había descansado unas pocas horas—, pero eres una amante increíble.
«¡Dios!» La onda de calor se concentró directamente en el punto entre las piernas que ya ardía.
—No me digas esas cosas.
—¿Por qué? —preguntó Anna.
—Espera, que te lo digo de otra forma. No me digas esas cosas cuando tengo que pasarme el día en una reunión de junta. —«Te aseguro que lo que más deseo no es concentrarme en finanzas y estrategias a largo plazo.»
—¿Y por qué? —Anna ya sabía la respuesta, pero quería oírsela decir a Elsa.
—Por varias razones.
—Cuéntamelas —le encantaba oír la acariciadora voz de Elsa.
Elsa sabía que Anna se recreaba en la conversación tanto como ella.
—Bien, en primer lugar, soy buena amante sólo en la medida en que lo sea la mujer con la que hago el amor, de modo que toda la culpa es tuya. En segundo lugar, preferiría estar ahí contigo. Y, en tercer lugar, tengo las bragas empapadas ya y no son ni las diez y media de la mañana. —Anna estuvo callada tanto tiempo que Elsa creyó que había colgado—. ¿Anna?
—Sí, estoy aquí. Sólo estaba pensando en algo que decir.
La incertidumbre que percibió en la voz de Anna le hizo contener el aliento.
—¿Qué te gustaría decir?
—Que… —Anna respiró hondo y se lanzó—. Que quiero verte esta noche.
—Me gustaría. —«La verdad es que quiero hacer el amor contigo ahora mismo»—. ¿Te parece que pase por tu casa? Creo que terminaré sobre las ocho y media.
—Estaré esperándote —dijo Anna, procurando que no se le notara el alivio.
—De acuerdo. Si no cuelgo ahora mismo, no valdré para nada en todo el día. «Si es que todavía tengo remedio.»
Al colgar, oyó la risa de Anna.
Elsa cumplió con su papel de ejecutiva triunfadora el resto de la jornada, pero no logró concentrarse completamente hasta que llamó al timbre de la casa de Anna.
Anna abrió la puerta. Llevaba un jersey de cachemira y pantalones vaqueros. Se había recogido el pelo y estaba descalza. «Por Dios, qué guapa es.»
—Hola. Pasa. —«Entonces, ¿puedo devorarte aquí mismo, en el suelo del salón?»
—Hola. —Elsa cruzó el umbral y se volvió a mirar a Anna, que cerraba la puerta. El beso, que pretendía ser un sencillo saludo, prendió el fuego del deseo tan pronto como Anna respondió con varios más.
—¿No vas muy vestida? —dijo Anna, pellizcando la chaqueta que tan bien le quedaba a Elsa.
—Pues ponle remedio.
Anna no se contuvo más: deslizó las manos por debajo de las solapas de la chaqueta y acarició levemente los pezones, que empezaron a endurecerse; le quitó la chaqueta hacia atrás y la dejó caer al suelo. Le sacó la blusa de seda de la cinturilla de los pantalones entallados. Las manos buscaban su piel y, cuando la encontraron, estalló la pasión.
Elsa se apartó un instante para quitarle el jersey por la cabeza y despejar el acceso a los pechos que la habían obsesionado el día entero. Se estremeció cuando Anna le pasó las uñas por la espalda y le desabrochó rápidamente el cinturón. Al oír el ruido de la cremallera que se abría, le metió la mano por la cinturilla de los vaqueros y se encontró con un lugar húmedo y caliente. No podía parar de tocar la carne henchida, y notó que a Anna le flojeaban las piernas.
—¡Oh, Elsa, no pares!
Anna no podía respirar de deseo y Elsa no habría podido detenerse aunque lo hubiera querido. Movía los dedos sabiamente y Anna soltó la cremallera para abrazarla por el cuello y acercársela más. Elsa percibía su respiración entrecortada en el oído, a medida que se acercaba al final. La pasión la llevaba al mismo punto, pero dejó de pensar en su propia satisfacción y se concentró por completo en el placer de la bella mujer que la abrazaba.
Anna se habría caído al suelo sin fuerzas si Elsa no la hubiera apoyado contra la puerta. Le temblaban las piernas y los brazos le pesaban como el plomo, cruzados sobre los hombros de Elsa. Creía que no podía mover ninguna parte del cuerpo, pero tampoco estaba segura de necesitarlo.
Al notar que los espasmos se calmaban, Elsa retiró la mano lentamente y levantó a Anna en brazos.
—No he pensado en otra cosa en todo el día —musitó.
—¿Qué…? ¿Hacer el amor en la puerta? —dijo Anna, sonriendo.
—No. —Elsa le tocó la cara con los dedos húmedos todavía de la prueba del deseo—. Que te corrieras entre mis brazos.
La ternura de los ojos de Elsa le quitó las fuerzas de nuevo, al tiempo que reavivaba su deseo.
—Ven conmigo —murmuró, llevándosela de la mano.
Se fueron por el pasillo; Anna terminó lo que había comenzado en el vestíbulo y, en el momento oportuno, tumbó a Elsa sobre la cama. Le tapó el cuerpo con el suyo y dejó escapar un largo suspiro.
—Estás estupenda.
Elsa notó el húmedo deseo de Anna en el muslo y se excitó más aún.
—Y tú también —replicó, levantando la pierna lo justo para demostrárselo.
—No, ahora no —dijo Anna, cambiándose de lugar ligeramente—, que no quiero perder el hilo.
—¿El hilo de qué? —preguntó, aunque sabía que la respuesta era lo que su cuerpo necesitaba.
—De todas las cosas que me he pasado el día pensando que haría contigo. —Anna le besó el cuello.
—¿Por ejemplo? —Elsa buscaba y exploraba la suave piel de los dedos.
Anna la miró a los ojos, y el anhelo que Elsa vio en ellos hizo que se derritiera de expectación.
—Túmbate y verás.
—Que Dios me dé fuerzas —musitó Elsa al oír lo que aquella voz prometía.
Y Dios le dio fuerzas, y tardó unas cuantas horas en recuperar el aliento.
—¿Estás segura de que no lo habías hecho antes?
Anna zigzagueó con los dedos por el pecho de Elsa y bajó al estómago, donde trazó un círculo alrededor del ombligo.
—¿Qué significa eso? —preguntó, con un exagerado acento sureño.
—Ya lo sabes —dijo Elsa, riéndose, y detuvo el camino de la mano que volvía a atormentarla.
Para describir cómo hicieron el amor no bastaría con la palabra «bien» y, para demostrarlo, empezaron a moverse juntas otra vez. Anna estaba en todas partes. No paraba de explorar con las manos, al tiempo que mordisqueaba y chupaba sin tregua en puntos que volvían a Elsa loca de deseo. Cuanto más respondía Elsa, más se excitaba Anna. Finalmente, después de una eternidad, Anna se quedó en el punto en el que Elsa más la necesitaba. No tardó en saber lo desesperada que estaba por su lengua, y allí continuó mientras Elsa subía a las alturas del clímax.
—Creo que lo dijiste tú antes, Elsa. —Anna sonrió al pensarlo—. Soy buena sólo en la medida en que lo sea la mujer que esté conmigo, así que la culpa es tuya. —Le soltó la mano y la deslizó entre los calientes y húmedos rizos de la entrepierna de Elsa.
—¡Guau! —La inesperada caricia la sobresaltó—. Tengo que descansar un minuto. —Apartó la mano del sensible clítoris—. Estás que te comes el mundo.
—Me parece que me he vuelto muy tragona —dijo Anna, riéndose de la broma, y se arrimó más a Elsa.
—Qué suerte tengo —replicó Elsa. Sobreponiéndose a la lasitud de la satisfacción sexual, tiró de la sábana y tapó a las dos. Fue lo último que hizo antes de quedarse dormida.
Anna se despertó al oir el gorjeo de los pájaros por la ventana del dormitorio y el ruido de la cortadora de césped de la casa de enfrente. Estaban tumbadas de lado, mirándose, y aprovechó la ocasión para contemplar a la mujer que todavía dormía profundamente a su lado. Elsa respiraba paz. Las líneas del estrés se habían suavizado y estaba despeinada. Así, parecía mucho más joven. «Eres maravillosa. ¿Qué nos está pasando?» Miró las manos que tanto placer le habían proporcionado durante la noche y el recuerdo le despertó un cosquilleo por todo el cuerpo. Pensó en el tiempo que habían pasado juntas entre arrebatos de pasión. Nunca se habría imaginado que una función fisiológica básica pudiera resultarle tan placentera. Ahora entendía el significado de la frase: «Las mujeres hacen el amor con el cerebro, más que con el cuerpo». La conexión con Elsa era inequívoca, y el deseo de besarla, irrefrenable.
—Ya has descansado suficiente — musitó Anna cuando Elsa empezó a responder a sus besos.
—Hummm. ¿Qué hora es?
—La hora de volver a hacerlo. — Anna tomó un rosado pezón con la boca.
—¡Oh, Dios! —exclamó Elsa, mientras Anna mordía tiernamente el duro botón. Se había despertado completamente excitada y sabía que no tardaría en perder la capacidad de razonar. Tomó la iniciativa rápidamente y tumbó a Anna de espaldas—. De eso nada —le dijo, al tiempo que se ponía de horcajadas sobre sus muslos, sujetándole las manos por encima de la cabeza—. Ahora me toca a mí.
El ardor posesivo de los ojos de Elsa secó la boca a Anna. «¡Dios, cuánto te deseo!»
—¿Siempre es así? —le preguntó.
—¿Cómo? —Elsa se acercó a besarla.
—Que no nos saciemos la una de la otra. —Anna intentó mover las manos, pero Elsa la sujetaba firmemente.
—Date la vuelta —le dijo al oído. En un nanosegundo, se le revolucionó toda la sangre en las venas y un cosquilleo aprensivo se deslizó por su columna.
—¿Por qué?
—¿Confías en mí?
—Sí.
—Entonces, date la vuelta. No voy a hacerte daño.
Con ayuda de Elsa, Anna se tumbó boca abajo. La excitación subió como un cohete cuando Elsa se asentó sobre ella con todo su peso. Unos rizos suaves le hacían cosquillas en las nalgas y unos pezones duros como la roca se le hundían en la espalda. Elsa empezó a moverse despacio por su espalda, hacia arriba y hacia abajo, haciéndola retorcerse en la cama. Le pasó una mano por debajo e inmediatamente encontró el punto que buscaba.
Anna gimió de placer cuando Elsa empezó a acariciarla cadenciosamente donde más lo ansiaba. Se le arqueaba el cuerpo con cada enérgico roce, y la sensación de los dedos de Elsa sobre el clítoris, junto con el peso de su cuerpo en la espalda, la llevaron rápidamente al orgasmo. Cuando empezó a recobrarse, Elsa se frotaba contra ella con más apremio que antes. Entonces Anna hundió la cintura, de modo que los incesantes empujones de la pelvis de Elsa impactaron directamente en sus nalgas. Unos minutos después, Elsa se corrió y se derrumbó sobre la espalda de Anna.
Anna se alegró de oír la respiración irregular de Elsa: supo que podía darle tanto placer como Elsa a ella.
—Con la persona adecuada, sí — respondió entre jadeos a la pregunta anterior de Anna—, siempre es así.
«¿Y yo soy la persona adecuada para ti, Elsa?»
.x.
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.x.
"¿Qué hora es?
—La hora de volver a hacerlo" que Anna mas golosa. Que viva el yuri!!!
Si no pongo ahora los capítulos como tengo previsto no voy a hacerlo otro día y no quiero alargarles la espera. La verdad es muy importante para mi que ustedes tengas las actualizaciones como habíamos previsto.
No voy a poder contestar review hasta la siguiente entrega, por favor tengan un buen fin de semana.
Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso.
Que La Fuerza Los Acompañe...
