Capítulo 16

Anna estaba pensando en llamar a Elsa cuando sonó el teléfono.

—Anna Summer —dijo enérgicamente, con intención de colgar lo antes posible.

—¿Es usted mi Anna Summer? — preguntó una voz acariciadora y sensual, y el pulso se le disparó.

—¿A qué Anna Summer se refiere?

—La que me corta la respiración cada vez que la veo —continuó la voz, más ronca ahora—. La que me pone el corazón como un pájaro enjaulado con una sola mirada. La poseedora de unos dedos que se vuelven fuego sobre mi piel. La de la piel suave como pétalos de rosa. La que me vuelve loca de pasión y cuya pasión me vuelve más loca todavía. —Casi jadeaba.

—Lo lamento —replicó Anna fríamente—. Creo que se ha equivocado de Anna Summer. Le habla Anna Summer, una simple abogada de empresa, una señora muy reservada.

—Quizá lo sea durante el día, pero yo me refiero a la de la noche.

—¡Haber empezado por ahí! — exclamó Anna, que no pudo seguir con la farsa—. Elsa, ¿qué haces?

—Llamarte.

—Eso ya lo sé.

—En realidad, quería decirte que no he parado de pensar en ti. Te echo de menos.

—Hemos hablado a diario —dijo Anna, riéndose suavemente. Había estado fuera de la ciudad, solucionando asuntos en la bolsa de valores, y Elsa la había llamado todas las noches.

—Quería mandarte flores, pero pensé que entonces te coserían a preguntas. — Elsa tenía la costumbre de mandar flores a las mujeres con las que pasaba la noche, en señal de agradecimiento por la experiencia. Pero ahora le parecía vulgar.

—Has acertado, pero te agradezco la idea y la consideración. —Anna procuraba evitar que le llegaran envíos personales al trabajo. Todavía se hablaba del ramo con paraguas—. ¿Cómo te ha ido el día?

—Parece que no se acaba nunca — dijo, mirando los montones de documentos apilados sobre la mesa, y suspiró—. ¿Y tú?

—No ha estado mal, pero me divierto más contigo.

—¿Quieres divertirte un rato más, muñeca? —dijo Elsa, imitando a Groucho Marx.

Anna iba a responder cuando percibió movimiento en la puerta. Levantó la mirada y vio a Charles Muntz en el umbral. «¡Mierda! ¿Qué habrá oído?»

—Sí, me interesa esa sugerencia, sin duda —dijo—. Le llamo más tarde y concretamos los pasos.

—¿Ha llegado alguien a tu despacho? —Elsa no entendía el súbito cambio de tono.

—Así es, en efecto —contestó Anna, escrutando a su jefe en busca de alguna indicación de que hubiera oído algo inoportuno.

—Pues diles que se vayan. Estás reunida con tu amante, hablando de guarradas —bromeó Elsa.

—Bien, sí, me encantaría, pero es imposible, se lo aseguro. —Anna le hizo una seña a Charles, dándole a entender que había comprendido sus gestos y que se presentaría enseguida en su despacho.

—De acuerdo. Pase por esta vez, sin que sirva de precedente —dijo Elsa—. Pero, a partir de ahora, acuérdate de cerrar la puerta con pestillo.

«¿Cerrar la puerta con pestillo? ¡Dios, esta mujer me vuelve loca!»

—Tiene toda la razón. Hablaré con usted más tarde. —Sin darle la oportunidad de responder, se despidió de Elsa y se puso en marcha. No le apetecía nada ir a ver a su jefe y, a juzgar por lo tenso que estaba, la visita no iba a ser agradable.

Anna se enfureció. Acababa de ganar la discusión sobre la retirada de cargos de la bolsa de cambio contra Bradley y Taylor. Los dos hombres tendrían que haber estado muy satisfechos por el giro de los acontecimientos; sin embargo, apenas habían hablado en el viaje de vuelta, y ahora la trataban como a una enemiga.

Charles estaba sentado a su mesa y Facilier Merison ocupaba la silla de la izquierda. En la mesa de Charles no había más que una carpeta de papel manila. Prefería celebrar las reuniones y las charlas en aquella mesa de conferencias o en el rincón de descanso habilitado junto a la ventana. El hecho de que se hubiera situado en la cabecera de la impresionante mesa indicaba que el asunto era grave y que la afectaba.

—Anna, por favor, pasa y siéntate —dijo con toda formalidad.

Facilier parecía disfrutar, sentado en la otra silla.

—Anna, hay una cosa que me ha llamado la atención, y me preocupa mucho.

A Anna se le encogió el estómago, pero no dijo nada.

—He recibido unas fotografías que son…, digamos que no son propias de la imagen que queremos dar aquí, en Bradley y Taylor. Me has decepcionado, Anna. La empresa esperaba mucho de ti, pero, al parecer, nos equivocamos al depositar nuestra confianza en ti.

—¿Fotografías? ¿Puedo verlas, Charles? —Anna no tenía ni idea de lo que habría en la carpeta, pero no estaba dispuesta a achicarse, fuera lo que fuese.

Se alegró de que no le temblase el pulso al recoger la carpeta que Muntz le pasó deslizándola por encima de la mesa. La tocó lo menos posible. Daba la impresión de que no quería contagiarse con el contenido, cualquiera que fuese. Mientras la abría, notó, más que ver, que los hombres no le quitaban los ojos de encima.

Vio una fotografía de Elsa. La experiencia de abogada le permitió contener toda reacción, mientras miraba las fotos de una en una. En una de ellas, abrazaba apasionadamente a Elsa. Reconoció el patio de atrás de su casa y supo inmediatamente de qué se trataba el asunto. «¡Ay, Dios mío! ¡Elsa!» El estómago se le puso del revés. Lo único que quería era vomitar encima de los mocasines de piel de Merison y de la alfombra persa de Muntz, pero no iba a darles esa satisfacción. Todas las fotos eran del mismo estilo. Las fue mirando con desinterés y, al final, sin decir palabra, le devolvió la carpeta a Muntz haciéndola resbalar por la mesa. Miró a los dos hombres a los ojos, desafiante, pero no dijo nada. «Que lancen ellos la pelota.»

—Comprenderás nuestra preocupación, Anna —dijo Muntz.

—¿Porque dos personas adultas y sin mediar coacción sientan una atracción recíproca? —dijo con voz clara y firme.

—¡Es repugnante! —escupió Merison desde su sitio.

—Facilier…

—No, Charles. Es una pervertida. Lo que hace en esas fotos, y Dios sabrá lo que harían después, es repugnante. No podemos consentir que esta clase de degenerados forme parte de nuestra empresa. —Rabiaba. Ahora, todas las cartas estaban encima de la mesa.

—¿Anna? —preguntó el jefe—. ¿No tienes nada que decir al respecto?

Anna sabía lo que el jefe quería oír. Esperaban que lo negara todo o que alegara excusas por haber besado a Elsa. Querían que dimitiese y se humillase, y, si no, le harían la vida imposible. Aunque no la despidieran del trabajo, le quitarían responsabilidades, le impedirían hacer lo que tanto le gustaba, no permitirían que ejerciera su profesión. La postura que adoptase en los siguientes minutos determinaría el rumbo de su vida personal y profesional para siempre.

—¿Anna? —Muntz esperaba una respuesta.

Ella los miró, primero a uno, después a otro, y tomó la decisión más crucial de su vida.

—No, Charles, no tengo nada que decir, porque no es asunto tuyo. Soy una buena abogada…, mejor dicho, soy una abogada excelente, y lo sabes. Mi vida personal no tiene nada que ver con esta empresa, maldita sea, y no voy a dejarme amenazar por ello. —Se dirigió a Facilier, que la miraba con suficiencia—. Dime, Facilier, ¿qué tal está Yzma? ¿Ya ha vuelto a las clases? ¿Qué han sido: dos, tres meses? Ah, no, un momento, eso significa un trimestre completo, ¿no? —La expresión de susto de Merison le indicó que había dado en el mismísimo centro de la diana.

Los dos hombres se quedaron en silencio. Había sido necesario un gran esfuerzo para conseguir que el asunto de la hija de Facilier se llevara con discreción y no saltara a la prensa. Facilier se volvería loco si ahora estallaba el escándalo, con todos sus detalles sórdidos.

—No creo que nunca pueda conciliarme con la degeneración moral de una adolescente embarazada que intenta cambiar sexo por favores de un oficial de policía —dijo con absoluta firmeza—, y, lo que es peor, que su padre, que debería ser más sensato, la apoye en una conducta que va contra la ley. —Suspiró—. Lo trágico es que, a veces, quien más tiene que esconder es quien más duramente juzga errores como el de Yzma. Supongo que es porque los hipócritas necesitan desviar la atención de sí mismos para que nadie se fije en ellos. —Volvió a mirar a Merison—. De eso sabes mucho tú, Facilier.

—No creo que se puedan comparar las dos situaciones. —La indignación de Muntz sonó falsa.

—No, no se pueden comparar —dijo Anna—, porque una es delito, pero la otra no. ¿Quién te ha mandado esas fotos, Charles?

—Han llegado de manera anónima.

A Anna le volaban los pensamientos. ¿Facilier lo habría maquinado todo? Era posible, teniendo en cuenta que era un homófobo recalcitrante, y además parecía que había emprendido una especie de campaña contra ella. Sin embargo, seguro que sabía que ella no estaría dispuesta a guardarle el feo secretillo de su hija, si la condenaba al ostracismo por cuestiones relacionadas con su vida personal.

—Resulta muy decepcionante para mí descubrir que esta empresa no es lo que yo creía. —Levantó las manos al ver que Munzt abría la boca—. No, Charles, de verdad, no me digas nada más, no quiero saberlo. —Habló enfadada, pero cambió a un tono de conmiseración—. Eres tú quien más me ha decepcionado en todo este asunto. Te respetaba, habría hecho lo que fuera necesario por ti y por esta empresa, ¿y me encuentro con esto porque quizá quiera invitar a mi novia a la fiesta de Navidad? Pero, perdiéndome a mí, tú eres el que más pierde, Charles —dijo, y subrayó la sentencia señalándolo con el dedo—. Tú y esta empresa, y los dos me dan pena.

Hizo un movimiento para marcharse, pero vaciló, dio media vuelta y se dirigió de nuevo a los dos hombres.

—Una cosa más. Si alguna vez me entero de que John Ratcliffe ha dejado la empresa por cualquier motivo que no sea haberse hartado de toda esta mierda, el mundo sabrá quién es Yzma. — Salió y dejó la puerta abierta.

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—¿Estás completamente segura, Morgana? —preguntó Elsa.

—Los encontré por casualidad. Estaba buscando el documento Colchester. Gastón es un tanto dejado, de modo que empecé a mirar en su mesa y… allí estaban, en el último cajón, debajo de unos papeles.

—¿En una carpeta con la tarjeta de visita de un detective privado?

—Podía haber cogido la carpeta, pero entonces él podría negarlo sin más y decir que era una trampa.

—Bien pensado. —Elsa hizo sitio en la cabeza para pensar en un par de soluciones diferentes. Podía llamar a Jack y enfocar el asunto formalmente, o podía ir a su despacho directamente y encararse personalmente con él—. Voy a arreglarlo. ¿Está aquí ahora?

—Con sus noventa kilos de irresistible virilidad al completo — replicó Morgana de buen humor.

Elsa recorrió el pasillo hasta las escaleras y bajó al piso inferior. Como de costumbre, pensó un momento en Bella, pero su hermana menor ya no entraba en sus cálculos. Bella había elegido libremente y tendría que aprender a vivir con ello. Seguro que vendría a verla con una buena excusa que explicara por qué su marido le había encargado a un detective privado que le hiciera fotos a ella besando a una mujer.

No llamó antes de entrar. Abrió la puerta, cruzó la habitación y dio un manotazo en la mesa. Con sólo ver la expresión de culpabilidad reflejada en su rostro supo que había hecho todo lo que Morgana decía y más, seguramente.

—El. —Tragó de golpe un bocado de pizza que estaba comiendo—. ¿Qué te trae a mi humilde morada?

—No me hagas perder el tiempo. — Se puso en jarras—. Sabes por qué estoy aquí.

Su cuñado miró furtivamente hacia la puerta, como si estuviera pensando en echar a correr. Después, con una fanfarronería que a duras penas podía mantener, dijo:

—Calma. No sé qué te habrán contado, pero la Gallien Company no tiene ninguna relación en absoluto con los sirios. Esos rumores son totalmente infundados. Comprobé personalmente la buena fe del director.

—¿Qué? —explotó Elsa, sin poder dar crédito a sus oídos. Se olvidó por un segundo de lo que había ido a hacer y dijo—: ¿Insinúas que sigues tras ese negocio a mis espaldas?

De pronto cobraron sentido algunos puntos oscuros del interrogatorio con el FBI. Le habían preguntado si había estado alguna vez en Siria y si la empresa tenía relaciones con algún proveedor de armas francés, y le pidieron una lista de todos sus contactos financieros en Oriente Medio. Aquello terminó de firmar su sentencia.

—Me limito a reunir la información adecuada para que tengas todos los datos en tu poder —dijo Gastón—. Comprendo tu preocupación, pero esos rumores los ha puesto en circulación la competencia. El asunto es…

—¡El asunto está muerto y enterrado! Tengo todos los datos en mi poder, pero no he venido aquí por eso. —su cabeza trabajaba a marchas forzadas. ¿El FBI estaba encima de ella por lo de Gallien? En tal caso, el asunto quedaría aclarado en cinco minutos.

Gastón no tenía ya nada que decir. La miraba con mala cara, con una mezcla de temor e incertidumbre.

—Ponla aquí encima —dijo Elsa, golpeando la mesa secamente.

—¿Qué?

—La carpeta con las fotografías.

Gastón se puso rojo hasta las orejas, soltó una especie de silbido y se agarró el pecho. «Por favor, un ataque de corazón no.» No estaba de humor para hacerle el boca a boca a aquella sanguijuela.

—¡Vamos! —gritó.

—No sabía que iba a hacer fotos, lo juro. —Empezó a decir tonterías, mientras se agachaba y sacaba la carpeta del último cajón—. Sólo le dije que te vigilara y me informara, pero esos tíos… Parece que no saben hacer nada si no usan la cámara.

«Que no me muera aquí mismo.»

—¿Encargaste a un detective que me vigilara a mí?

—No es lo que parece. La idea no fue mía. Esa mujer… Jessica. Vino aquí un día…

—Y te la tiraste.

—Sabía que yo te odiaba —replicó, incapaz de contenerse ni aun estando hundido hasta las orejas—. ¡Joder! Todo el mundo lo sabe. Me pareció que le gustaba mucho enrollarse con un hombre, para variar.

—Estás despedido, Gastón —dijo, y la expresión golosa que tenía Gastón desapareció al instante.

—No puedes despedirme.

—Acabo de despedirte. —Elsa descolgó el teléfono y llamó a seguridad—. Tienes cinco minutos. No te lleves nada de la mesa ni de los archivos. Te mandaré a casa los efectos personales.

—Dijo… —por una vez, pareció quedarse sin palabras. Estaba completamente pálido—, dijo que necesitaba un poco de seguridad.

—Gastón, un consejo: piensa con la cabeza. —Elsa echó un vistazo a las fotografías—. ¿Quién más las ha visto?

—No… —Parpadeó. Era evidente que se estaba inventando una mentira—. No las ha visto nadie.

—Puedo ponerte las cosas mucho peor —dijo Elsa, hastiada—. Cuéntamelo todo y esto no saldrá de aquí. Diré a la junta que has dimitido para pasar más tiempo con la familia.

—Las mandé a su empresa —dijo Gastón, hundido.

—¿A la empresa de Anna? — preguntó Elsa, atónita. Haciendo un gran esfuerzo, mantuvo la calma y no lo estranguló al instante con sus propias manos—. ¿Por qué?

—Es una zorra.

Elsa lo miró con los ojos entrecerrados, diciéndole con una sola mirada que estaba pisando terreno peligroso.

—De acuerdo, me dio calabazas. ¡Joder! Lo único que hice fue tocarle el culo, y ni siquiera sabía que era ella hasta que vi las fotos. No lo planeé.

—Pero, cuando viste quién era, se te ocurrió aprovechar la ocasión para vengarte, ¿no?

—¿Y qué cojones importa? —dijo, con falsos remordimientos—. No es más que otra de tus pu…

«Dilo y te parto la cara.» Elsa apretó los puños.

—Estás hablando de la mujer a la que amo, cabrón. Y si vuelves a ponerle un dedo encima en tu vida, allá tú, pero yo te mato.

Elsa no sabía cuál de los dos estaba más perplejo. Gastón la miraba con la boca abierta, y ella disimuló poniéndose a cerrar con llave los cajones de la mesa y de los archivos. Los agentes de seguridad llegaron mientras ella procuraba que Gastón no se llevara nada del edificio.

—Por favor, El —como era de esperar, las últimas palabras de Gastón fueron las de un cobarde—, piensa en Bella, por favor, no se lo cuentes, por su propio bien.

Elsa no contestó. En su cabeza sólo había sitio para un pensamiento. «La mujer a la que amo.»

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Cuídense mucho y nos veremos, Gracias por los review, por ahora no puedo responder ninguno, pero los leo y siempre estoy pendiente, así que otra vez, gracias.

Que La Fuerza Los Acompañe...