Capítulo 17

—Necesito verte —dijo Elsa, cuando por fin consiguió vencer el celo con que la secretaria de Anna protegía a su jefa.

—No es un buen momento —dijo Anna con precaución. No quería desanimarla, pero tampoco quería que alguien pudiera oír la llamada.

—Es urgente —insistió Elsa—, y no podemos hablarlo por teléfono.

—De acuerdo, pero no sé si te serviré de algo. El director general me acaba de lanzar una bomba.

Elsa, atemorizada de pronto, no dijo nada. Comprendió que la situación sobre la que quería ponerla al corriente ya había estallado, y no sabía cómo reaccionaría Anna cuando descubriera qué era lo que había puesto en peligro su carrera profesional.

—Contéstame sólo una pregunta, Anna. ¿La bomba tiene algo que ver con unas fotografías?

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Anna, sobrecogida.

—Como ya he dicho, no podemos hablarlo por teléfono. Por favor, ¿puedo ir a tu casa esta noche?

Una hora después, aposentadas en el salón de Anna, ésta inició la conversación.

—¿Las fotografías?

—Ha sido culpa mía —reconoció kElsa.

—¿Cómo que ha sido culpa tuya? — replicó Anna, intranquila.

—¿Te acuerdas de mi cuñado?

—¿El hombre de las cien manos? — dijo, haciendo una mueca.

—Ojalá me hubieras dicho que te había metido mano —dijo Elsa, dolida.

—Es de tu familia, no quería causar problemas.

—El problema no eres tú, sino él. — Dejó escapar un gemido—. Anna, fue él quien mandó las fotos. Encargó a un detective privado que me siguiera, y el tipo sacó las fotos. Gastón te reconoció y creyó que podría vengarse de ti.

—¿Porque le di calabazas? — preguntó, con incredulidad—. ¿Ha intentado destrozarme la carrera por eso?

—¿Qué quieres que te diga? Ese imbécil es un puto. —Elsa hizo una pausa—. Y hay más.

—Me da miedo preguntar.

El leve matiz humorístico de la respuesta alivió a Elsa. Lo que más temía era que Anna se enfadara y la culpara, porque eso supondría el fin de su relación. Elsa recordó la conversación con Gastón y procuró situar el comentario en el contexto adecuado. Había dicho «la mujer a la que amo» en el acaloramiento de la discusión. Se quedó mirando a Anna, ensayando las palabras y contrastándolas con lo que sentía. Sonaba perfecto, pero la idea le era tan ajena que no sabía si en verdad conocía su significado.

Amaba a algunas personas, sabía lo que era el amor. Sin embargo, lo que sentía por Anna era diferente. En primer lugar, podía estar lejos de las personas a las que quería sin sentirse vacía y privada de todo. Podía imaginarse una pelea con Mérida sin que la asaltara un temor atroz a perderla.

—¿Elsa? —Anna la miraba socarronamente—. ¿Qué más ibas a decirme?

Elsa se pasó la mano por la frente y por el pelo, mientras ordenaba sus pensamientos.

—Jessica lo planeó todo. Se acostó con Gastón y… lo convenció de que contratara a un detective. Creía que eso sería su seguro, una prueba contra mí…, contra nosotras…, para el futuro, supongo.

Anna permaneció callada durante unos instantes. No sabía si sería el momento más oportuno para contarle lo que había hecho. La veía indignada, a punto de perder el control de sus emociones.

—En primer lugar —le dijo, con delicadeza—, no creo que la culpa de todo sea tuya. Los responsables son Jessica y Gastón. En segundo lugar, hoy he dimitido.

—¡Oh! ¡Dios mío! No. Lo lamento. Hablaré con tu jefe. Esto no tiene por qué…

—Espera. Se veía venir, Elsa. — Había empezado a pensar en ello a raíz de la discusión sobre John Ratcliffe—. Empezaba a ver claramente la clase de empresa que es Bradley y Taylor, y no me gustaba.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Elsa.

—No lo sé.

—¿Qué quieres hacer?

—Soy una abogada de primera categoría. No me voy a morir de hambre. Hay tres compañías a las que podría llamar mañana mismo, y cualquiera de ellas me daría trabajo.

—Si puedo ayudarte en algo…, conozco a mucha gente.

—No necesito favores —respondió Anna con firmeza.

Elsa sonrió en su fuero interno por el punto de orgullo que mostraba su amada. Tenía que haber sabido que no necesitaba aquella clase de favores. Anna no era de las que medran en la vida a costa de amigos poderosos. Tenía un gran sentido de la ética y mucha clase. Un pensamiento no deseado le vino a la mente y suspiró. Aquello iba a ser siempre un problema para Anna.

—Creo que tendríamos que dejar de vernos —dijo, conteniendo el aliento.

—¿Qué? —Anna se levantó del sofá como movida por un resorte.

—Anna, las dos tenemos puestos muy públicos, en empresas muy expuestas al público, y si seguimos dejándonos ver juntas, si siguen haciéndonos fotos juntas, empezarán las murmuraciones. —Elsa se acordó de una foto que había visto hacía poco en la revista San Diego, en la que aparecían dos mujeres en una gala de captación de fondos para mujeres maltratadas. Las cámaras no mentían, como demostraba la mirada que se cruzaban entre ellas en el momento en que se accionó el disparador de la cámara. Por más que creyeran que estaban comportándose con discreción, la relación entre ambas era evidente.

—No quiero que nuestra relación te haga daño. —«Me muero si rompemos, pero romperé por tu bien.»

—¿No hablarás en serio? —dijo Anna con incredulidad. Una sensación de pánico recorrió su cuerpo.

—Completamente.

—¡Pues vas lista si crees que voy a dejar de verte por esto! —Anna empezó a pasear por la habitación—. Te quiero, Elsa Winter, y te juro que no habrá quien se interponga entre nosotras, y menos aún un imbécil como Charles Muntz. —Anna se paró en seco al darse cuenta de lo que acababa de decir.

—¿Qué has dicho? —Elsa respiró hondo por primera vez en los últimos minutos.

—He dicho —contestó Anna, arrodillándose ante ella— que vas lista.

—Ya, eso ya lo sé, pero me refería a lo otro.

—¿Lo de que Muntz es imbécil o lo de que te quiero? —dijo, desbordada de amor por ella.

El corazón de Elsa empezó a cantar de alegría. Quería hablar, pero tenía la garganta tan dolorosamente atenazada que sólo fue capaz de emitir un gruñido.

—Te quiero, Elsa. No quiero dejar de verte. Quiero pasar contigo el resto de mi vida. —Le tomó la cara entre las manos y la miró a los ojos con tal pasión y anhelo que a Elsa se le cortó la respiración. Se puso muy seria—. Por favor…, no utilices esto como excusa para huir de mí.

Sus palabras acertaron en la diana con mayor fuerza de la que pretendía la dulce forma de decirlas. Conmovida hasta el alma, reconoció que Anna había ido directa a la verdad.

—No puedo huir de ti —le dijo—. Yo también te quiero, Anna. Lo eres todo para mí y me mata ver lo que te está pasando. No puedo soportar que te traten así por mi culpa.

—Elsa —dijo Anna, sentándose en su regazo—, sin ti no soy nada. Eres mi corazón y mi alma, lo único que me permite empezar cada nuevo día. —Le brillaban los ojos de amor—. No temo nada, si sé que estás conmigo. No me importa dimitir, esa gente no me merece. Tengo demasiado amor propio para seguir allí ahora. Eso no tiene nada que ver contigo. Es una decisión que he tomado yo.

—Dios, Anna, cuánto te quiero — dijo Elsa sin aliento, y la besó.

Hicieron el amor como no lo habían hecho antes, allí mismo, en el suelo del salón. Entre murmullos, se intercambiaron tiernas palabras de entrega y gemidos de pasión, mientras alcanzaban juntas la cima del placer.

Cuando por fin descansaron, acurrucadas la una junta a la otra, agotadas, Anna dijo:

—Llévame a la cama.

Y así lo hizo Elsa. La llevó al dormitorio y la depositó sobre la cama; después se quedó contemplando abiertamente a la mujer que le inflamaba el cuerpo como ninguna otra. «Contigo soy otra persona, una persona que no he sido nunca. Y me gusta.»

—¿Qué? —dijo Anna, mirándola a los relucientes ojos castaños.

—¿Qué ocurre?

—¿Por qué me miras así?

—¿Cómo? —preguntó Elsa, temerosa de que Anna hubiera podido verle la verdad en los ojos.

—No sé, como si… —Lo pensó un minuto antes de contestar—. Como perpleja, diría.

—Estoy pensando en cómo sería todo si viviéramos juntas…: encontrarte en casa al volver, compartir la vida contigo. «Me da la impresión de que sería estupendo.»

Una alegría inmensa llevó a Anna a la dicha absoluta. Se había atrevido a imaginárselo, pero había pensado que Elsa tardaría un tiempo en planteárselo siquiera. «Esta noche eres todo sorpresas.»

—¿Qué estarías haciendo ahora, si estuvieras sola en casa? —le preguntó por curiosidad.

—Pues —dijo Elsa, tras pensarlo un momento—, si estuviera en casa, seguramente estaría trabajando. —Era más cierto de lo que hubiera querido, pero solía trabajar hasta muy tarde, ya fuera en el despacho o en casa.

—¿Y si viviéramos juntas?

—Si viviera con una mujer tan guapa como tú —dijo Elsa, con una cálida sonrisa—, seguro que no estaría analizando estados de cuentas.

—¿Qué estarías haciendo? — preguntó, aunque sabía la respuesta, y, por la forma en que Elsa la miraba, su cuerpo también empezaba a saberla.

—Estaría haciendo el amor con ella suavemente, poco a poco, hasta que me rogara que la tomase inmediatamente, con fuerza. —Vio encenderse una llama en los ojos de Anna, la misma que sentía ella en la boca del estómago. Anna le pasó la mano por la garganta hasta situarla entre los pechos.

—No quisiera echar a perder el seguimiento de los informes financieros…

—Me parece que ya lo has echado a perder.

—¿Podemos saltarnos la parte de «suavemente, poco a poco» e ir directas a la inmediata y fuerte? —dijo Anna, sonriendo provocativamente.

A Elsa se le paró el corazón. De pronto, le mareó el deseo que se apoderaba de su cuerpo. Que Anna le dijera lo que quería y cómo lo quería bastó para encenderla del todo. La besó fuerte y apasionadamente.

Anna no tardó en colgarse de la boca y las manos de Elsa en busca de apoyo. Tenía la sensación de estar en un tren de carga que no podía parar y al que se sentía incapaz de controlar. Los susurros de placer de Anna, cuando le introdujo un dedo, avivaron su pasión. Otro dedo se unió al primero y Anna la mordió con fuerza en el cuello, lo cual aumentó todavía más su ardor.

—¡Por Dios, Elsa! ¡Más rápido! — gritó Anna. Elsa la obedeció y Anna creyó que le explotaban estrellas dentro de la cabeza—. ¡Sí! —gritó, entre convulsiones sucesivas. Hiperventilaba, jadeaba como un animal. Lentamente, percibió un movimiento: era Elsa, que la subía un poco más arriba en la cama e inmediatamente cambiaba los dedos por la boca y la hacía volar de placer otra vez.

Elsa absorbió los restos del orgasmo de Anna y besó dulcemente la carne, temblorosa todavía. «Eres la mujer más hermosa y apasionada que he conocido en mi vida.» Por fin, Anna se quedó quieta, con el corazón acelerado de emoción y la cabeza apoyada en el vientre de Elsa. Cada vez que hacían el amor, era más intenso, tanto que se quedaba sin respiración. «Quiero darte tanto placer como me das tú a mí.»

—Ven —musitó Anna. Estaba físicamente agotada y sólo fue capaz de envolver a Elsa en sus pesados brazos—. Eres maravillosa. «Aunque eso no me sirve ni para empezar a describir lo que siento.»

—Ha sido un placer. —Elsa le acarició la piel con dejadez. «Un placer como nunca.» La oyó reírse en las profundidades del pecho.

—En realidad, el placer ha sido mío. —Anna la besó en la cabeza.

Elsa se incorporó sobre los codos para mirarla a los ojos directamente.

—Darte placer me da placer a mí. Respondes de una manera que me enciende, y entonces quiero darte más.

A Anna se le pasó de pronto la somnolencia que la rondaba y, en su lugar, sintió un gran deseo de darle a Elsa lo que acababa de recibir.

—Te entiendo muy bien —le dijo, y la puso boca arriba—. Te amo —dijo, con toda la pasión que sentía.

—Yo también te amo a ti, Anna — respondió Elsa. No podía creerse lo absolutamente feliz que le hacía pronunciar aquellas palabras—. Te amo con todo mi ser.

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Gracias a todos los que me han enviado review, todavía no puedo contestarlo, por ando (al parecer) rápido por aquí, así que espero que me acepten mis mas sinceras disculpas.

Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso.

Que La Fuerza Los Acompañe...