—¿Tu novio?—preguntó Mabel tratando de no parecer alterada, lo cual no le salió muy bien.
—Sí, mi novio—. Dipper ignoró el hecho de que su hermana se estaba comportando muy grosera y rara—. Y si nos disculpamos, iremos a algún otro lado por ahí, Mabel, te veo en la casa.
Mabel, cuando vió que se había alejado lo suficiente explotó, comenzando a decir estupideces sin sentido, gracias al nerviosismo.
Pacífica le calló abrazándola.
—Trata de tranquilizarte, bebé—. Pacífica le dió un beso en la frente—. No está bien que te estreses.
Mabel se sonrojó levemente.
—P-pero...
—Pero nada—interrumpió la rubia—. Tú lo que necesitas es relajarte, y yo te voy a ayudar, así que, si nos disculpan...
Pacífica abrazó a Mabel por la cintura y comenzó a caminar, tratando de calmarle, dándole un pequeños besos ocasionalmente.
Bill y Dipper caminaron un rato hasta que el rubio sugirió algo.
—¿Qué tal si vamos a mi casa? Es un pequeño departamento que llevo rentando unos dos meses con el dinero que mis papás me dan por ser menor de edad aún—. Bill abrazó a Dipper por los hombros, acercándolo más a sí. Dipper sonrió sonrojado.
—Me parece bien, me agrada esa idea—. Dipper tomó la mano de Bill que estaba en su hombro con su mano derecha—. ¿Vives solo?
—Esperaba que me hicieras esa pregunta—. El rubio sonrió divertido—. Mi hermano menor quiso vivir conmigo en vez de estar con nuestros padres—explicó tranquilo.
—Oh, ¿qué tan pequeño es?—preguntó curioso el castaño.
—Pues tiene diez años menos que yo—respondió Bill—. Y no te sorprendas mucho cuando lo veas... Tiene unas características un tanto únicas, por decirlo de algún modo.
—¿En serio? ¿Qué tiene? ¿Qué es?—. Dipper se detuvo al notar la manera en que hablaba—. Lo siento—balbuceó—. Soy muy curioso.
Dipper agachó su cabeza apenado y segundos después escuchó una pequeña risa de Bill, que le hizo sentir tranquilo.
—No hay por qué pedir perdón, Pino—. Bill besó la cabeza del menor—. Ser curioso no está mal.
Dipper alzó su mirada con una sonrisa apenada.
—V-Vale—balbuceó.
Siguieron caminando por las calles de la ciudad hasta llegar a un pequeño edificio que se veía tan tranquilo que cualquiera pensaría que estaba deshabitado, lo cual era real, puesto que Dipper se había conducido solo hasta una parte prácticamente vacía de la ciudad, ya que parecía ser la zona fantasma y descuidada.
Entró con dificultad a un pequeño edificio que parecía ser de departamentos. Casi se lastima el tobillo al casi caer en un pequeño hueco, pero se logró equilibrar. Volteó a su izquierda apenado.
Bill le sostenía fuertemente, ya que Dipper casi tropieza con sus propios pies, según su versión. Dipper estaba completamente rojo y con la mirada en sus pies. Qué vergüenza caer todo el tiempo.
—No te preocupes, siempre estaré para atraparte—mencionó Bill, girando el cuerpo de Dipper hasta que éste quedó frente a él y después le dió un pequeño beso en los labios—. Subamos a ver a William, suele molestarse cuando me tardo mucho.
—Claro, vamos.
Siguieron su camino y subieron dos pisos; Dipper estaba jadeando.
—Qué poca condición física tienes, bebé—. Bill se colocó frente al castaño y dobló sus rodillas lo suficiente para que Dipper pudiera subirse a él—. Vamos, sube. Todavía faltan otros dos pisos y ya estás rendido.
—¿Por qué vives en el piso más alto?—preguntó cansado, mientras se acomodaba en la espalda del mayor.
—¿Por qué no?—respondió inteligente el rubio siguiendo su camino.
El pequeño trayecto fue rápido y Dipper se bajó de la espalda de Bill.
—Gracias por eso—dijo un poco recuperado.
—No te preocupes—comentó Bill con tranquilidad, como si no le hubiera costado ni un poco cargar a Dipper los dos pisos que faltaban.
El rubio sacó unas llaves de sus bolsillos e insertó una en la cerradura, para después girarla y escuchar un ruido sordo mientras la puerta se abría.
—Pasa—pidió amable el mayor, viendo cómo Dipper entraba un poco inseguro al hogar del rubio, quien cerró la puerta cuando ambos estuvieron dentro.
—Qué bonito lugar—susurró Dipper viendo a detalle cada pequeña cosa que decoraba el lugar, también vió varias manualidades como de un niño pequeño.
—Qué bueno que te guste—. Bill sonrió, para después voltear a un pequeño pasillo en donde habían dos puertas—. ¡Will, ven!
Dipper estaba ansioso por ver las características físicas del niño.
No pasaron muchos segundos para que una de las dos puertas se abriera y saliera un pequeño niño con unos pantalones cortos de vestir negros, una camisa blanca de botones con el escudo de alguna escuela en el bolsillo a la altura del corazón, descalzo. Llevaba una sonrisa, la cual cambió por una mueca de confusión al ver a Dipper. Tenía pena.
—B-Bill—comenzó a decir bajito—, ¿quién es él?
Dipper sonrió enternecido. Luego reparó en sus ojos y su cabello y se sorprendió increíblemente.
—Oh, Dios—susurró Dipper. Bill notó su reacción a su hermano menor.
—Will—. El rubio se puso en cuclillas cuando estuvo cerca del más pequeño—. Él es Dipper, ¿recuerdas todo lo que te he hablado de él?
Y entonces los ojos azules eléctricos del menor se iluminaron emocionados viendo al castaño.
—¿Tú eres el novio de mi hermano?—preguntó emocionado acercándose al sonrojado chico.
—S-Sí, pequeño—. Dipper sentía que se moriría de vergüenza.
—Will vino conmigo a vivir porque siempre le hablaba de tí, o al menos de lo que podía recordar de mi primer amor. Él quería conocerte, a parte de que papá y mamá no prestaban mucha atención. Le ganó la curiosidad—explicó el mayor—. Parece que son igual de curiosos, bebé.
Dipper le sonrió al niño chiquito y acarició su cabello.
—Pues ya me conoces—dijo feliz.
—Bill habla maravillas de tí—soltó sin pensar, haciendo que el rubio mirara nervioso a su hermano menor, sonrojándose de sobre manera.
—¿Ah, sí?—preguntó Dipper viendo un poco divertido la reacción de Bill.
—Sí, él te adora—comenzó a decir emocionado—, siempre, siempre, siempre me decía que ya quería encontrarte. Y que cuando se encontraron al chocar se sintió agradecido de que haya sido contigo... o algo así—. Will le sonrió al Pines, quien se encontraba levemente sonrojado y con una sonrisa enternecida que de alguna manera era para ambos Cipher's.
—Will—habló entre dientes el rubio todo rojo—, ya no digas más.
—No, Bill, deja que siga hablando el pequeño—contradijo Dipper en parte divertido y en parte enamorándose más del rubio porque los niños pequeños siempre dicen la verdad.
—Él te ama—siguió Will—. Y al ver a mi hermano a diario te puedo asegurar que está loquito por tí. Y yo, algún día, quiero amar a alguien tanto como él a tí—terminó de hablar con un brillo de ilusión y emoción en sus grandes y preciosos ojos azules.
Dipper sintió que lloraría de ternura por el pequeño. Quizá era muy sensible o quizá simplemente Will era muy adorable.
Bill se sorprendió un poco pero igual no pudo evitar sentir ternura por su hermano menor, quien parecía tan entusiasmado con la idea de encontrar a su amor. Sin embargo en su mirada había un deje de tristeza. Él sabía todo lo que él y su hermanito no podrían hacer jamás gracias a una sola complicación. Sus vidas ya habían acabado.
—Yo sé que algún día lo harás, nene—. Dipper acarició los azules cabellos del menor, quien cerró los ojos, como pidiéndole al universo que el castaño no se equivocara. Había arrugado su nariz mientras cerraba los ojos y sonreía levemente.
Bill jamás había creído en eso de las almas y esas cosas religiosas. Pero ahí estaba él, ahí estaba su alma, tratando de proteger a Dipper. Al principio, cuando creyó haber despertado de una fea pesadilla, se negó a aceptar su muerte, y mucho menos que él seguía de alguna manera ahí. Hasta que todo tomó forma. Al tener una madre religiosa por completo se la pasaba escuchando de todo. Entendió que su alma no descansaría en paz hasta haber cumplido hasta su último deseo y que no podría reunirse en el cielo con nadie hasta haberlo logrado. ¿Cuál era su último deseo? Volver a ver a Dipper, su primer y único amor. Y claro, tener una bella historia de amor. Lo único que seguía sin entender era cómo es que Dipper podía verle a él y a su hermano, cuya alma tampoco estaba del todo en paz al parecer, si todas las demás personas simplemente no les veían.
—Hay que jugar—dijo Dipper después de un rato en silencio.
—¡Sí, hay que jugar!—gritó entusiasmado el menor.
—Vale, vale—. Bill pareció pensar en algo y se acercó levemente a Dipper para después tocar su cabeza—. ¡Te toqué, te toca!
Y salió corriendo a la cocina, a lo que Will reaccionó de igual manera al tiempo que Dipper gritaba divertido "¡tramposo!" y se levantaba para perseguir a los hermanos.
El castaño estuvo varias horas jugando con esas almas tan dulces que le querían y protegían de la realidad de las demás personas, aquellas que tenían más tiempo.
Durante esas horas, Mabel estuvo con Pacífica, quien había logrado calmarle y relajarle muy bien. Cuando la luna ya se podía ver en el cielo, la castaña se despidió de su novia y volvió a su casa tranquilamente. Sabía que tenía que hablar con su hermano respecto a Bill.
Al entrar se dió cuenta que tanto su madre como su padre estaban en casa por las voces nada tranquilas en la cocina. Entró con sigilo y se escabulló a la habitación que compartía con su hermano.
—Dipper—llamó buscando a su hermano, pero no lo encontró.
Sacó su teléfono y le marcó, pero la llamada ni siquiera entró. Se preocupó.
Dipper salió del barrio acompañado de Bill. Hacía frío y Dipper tiritaba muy discretamente. La luna se veía brillante y redonda, casi en el centro de todo el cielo, sin embargo no alumbraba mucho.
El camino fue increíblemente tranquilo; Bill abrazaba a Dipper con cariño, aunque el castaño seguía teniendo frío.
Llegaron a la casa del chico y Dipper hizo una mueca. Bill notó ésta.
—¿Qué sucede?—preguntó extrañando.
—Mis papás—explicó brevemente el chico señalando incómodo ambos vehículos—. Son muy... Inestables juntos.
—Oh—se limitó a exclamar el rubio.
Dipper abrió la puerta y antes de entrar se giró hacia Bill. Con todo el valor que pudo reunir se acercó y le besó. El rubio correspondió feliz y se separaron segundos después sin ninguna razón en específico.
—Bueno, suerte con tus papás, Pino—animó el más alto.
—Eh, Bill—llamó el menor cuando el rubio se giró un poco—, ¿te puedo preguntar algo?
—Sí, dime.
—¿Por qué pino?—balbuceó avergonzado—, de tantos apodos, ¿por qué específicamente pino?
—Buena pregunta—dijo Bill divertido—. He aquí la respuesta, precioso pino: hueles como a bosque, rico, fresco ¿y en un bosque qué hay? Pinos. Tú cabello es de un hermoso café como el tronco de un pino. Amo los pinos, por cierto. Tienes una linda gorra azul de pino. Tienes un pequeño collar de pino y no olvidemos ese pequeño arete que pasa casi desapercibido, ¿una perforación, bebé? Te ves más adorable aún—. Dipper se sonrojó y avergonzó. No creyó que se daría cuenta, casi nadie lo hace y eso lo había hecho con Mabel un día de locura, en el que la castaña se había hecho una perforación también y se compró un arete igual de pequeño que el suyo solo que de una estrella fugaz—. Por lo que veo tienes una obsesión con los pinos azules... Y yo la estoy empezando a tener—dijo Bill pícaro.
—Dios—balbuceó avergonzado tapándose la cara con las manos.
—Oh, vamos, bebé—. Bill quitó las manos de la cara de Dipper y le dió un beso en la nariz. Dipper rió un poco.
—Te quiero, Bill—habló ya entrando a la casa.
—Y yo te amo, Pino—respondió el mayor dándole énfasis al apodo. Bill comenzó a caminar lejos.
Dipper sonrió como estúpido y suspiró cerrando la puerta. En cuanto se giró sobre su eje estornudó.
—Salud—escuchó la voz enojada de Mabel. Dipper alzó la mirada y encontró a su hermana mayor cruzada de brazos parada en las escaleras con una mirada llena de furia.
—¿Qué tal, Mabs?—. Dipper rió nervioso rascando su nuca.
—Mason Pines—comenzó la castaña, escuchando el pequeño bufido que hizo su mellizo al escuchar su nombre—, ¿se puede saber por qué estabas todavía fuera de la casa a esta hora?
Hace mucho que Dipper no veía a Mabel así de preocupada y enojada.
—No es tan tarde...—comenzó a decir el chico, siendo interrumpido enseguida.
—Son las once y media de la noche—corrigió Mabel—. No es precisamente temprano.
—Estaba con Bill—dijo el menor desviando la mirada apenado—. Lo siento.
Segundos después sintió unos brazos rodearle el cuello y una mejilla en su hombro. Mabel suspiró y Dipper le devolvió el abrazo.
—Mañana hablaremos de esto—decidió—. Ya vamos a dormir. Mañana hay escuela aún.
Ambos se dirigieron a su habitación y se prepararon para dormir. No pasó mucho tiempo para que ambos estuvieran en brazos de Morfeo.
