Eran las ocho de la mañana en punto y una pequeña alarma comenzó a sonar sacando a Dipper de sus sueños, maldijo internamente.

Dipper se quejó y trató de levantarse, pero de pronto se sintió muy débil para hacerlo. Se resignó a oír la alarma sonar y después escuchar un quejido de Mabel.

—Dipper, ¿qué pasa?—preguntó la castaña de mal humor, esperando que su hermano apagara la ahora irritante alarma.

—No me siento bien—respondió el menor. Su voz sonaba tan mal que a Mabel se le bajó el sueño de golpe, saltando de la cama.

—Oh, Dios—susurró viendo la cara pálida de su hermano, sin contar su nariz que ahora era mucho más roja que de costumbre. Los ojos de Dipper pedían a gritos paz.

Mabel apagó la alarma y suspiró pesado.

—Muy bien—volvió a hablar—, he tomado la decisión de que no irás a la escuela hoy, Dipper.

—¿¡Eh!?—. Dipper intentó replicar pero su hermana le silenció.

—Te ves muy mal, será mejor que descanses, ¿sí?—. Y entonces entró al baño a ducharse para prepararse e ir a la escuela.

Cuando Dipper se quedó solo completamente encontró la paz que buscaba y se quedó dormido. Aunque no pasó mucho para que despertara.

Bajó a la cocina con lentitud y paciencia, puesto que se sentía muy mal.

—¿Cómo me pude enfermar?—se preguntó a sí mismo extrañado. Después recordó en la época del año en la que estaban y el hecho de que el día anterior la noche había sido muy frías y él no estaba del todo cubierto. Maldijo internamente su estupidez y soltó un quejido.

Sin importarle que se hubiera enfermado por el frío, de la nevera de la casa sacó uno de los muchos litros de helado que había en ésta. Tomó una cuchara y se dirigió a la sala, acostándose en el sillón más grande.

Entonces una imagen del pequeño Bill pasó por su mente. Recordó ese día en el que el rubio llegó para salvarlo del aburrimiento.

Los Pines eran conocidos por no ser muy responsables con sus hijos, puesto que ponían más atención a otras cosas. Entonces, para poder estar en sus propios mundos llevaban a los niños a donde quisieran y los dejaban ahí por horas.

Ese día Mabel había querido ir con Candy y Grenda, dos amigas suyas también de su edad. A los seis años Mabel era increíblemente sociable, por el contrario, Dipper era el raro de la familia, el que a penas hacía contacto con sus propios parientes.

Obviamente no lo podían dejar solo ese día. ¿La solución? Irina Cipher. Vieja amiga de la madre de los gemelos. Ella era la mujer más tierna y pacífica del mundo entero. La tranquilidad encarnada en persona. Y nunca rechazó el cuidar a Dipper. Claro que ella también tenía un hijo y no lo dejaría solo.

Bill Cipher era un niño muy inteligente, divertido y audaz a sus ocho años de edad y por supuesto, mejor y único amigo del Pines menor.

Dipper ya estaba solo en la casa y escuchó el timbre de ésta sonar y seguido de esto la dulce voz de Irina pidiéndole permiso para pasar.

Dipper abrió gustoso la puerta.

—¡Bill!—gritó de emoción al ver al rubio saludarle con una sonrisa animada.

—¡Dipper!—gritó el mayor de vuelta—. ¡Vamos a jugar!

—Diviértanse, pequeños—dijo Irina cerrando la puerta de la casa para después sentarse en un pequeño sillón de la sala y sacar sus cosas para tejer.

En el cuarto de Dipper los chiquillos buscaban con qué jugar.

—¡Oh, mira!—exclamó Bill sacando una bolsa del armario de menor, quien le miraba extrañado—. ¡Bloques!

—¿Para qué son?—preguntó el menor con una mueca de confusión a lo que el rubio rió.

—Obviamente para construir algo, Dips—respondió con un tono divertido vaciando la bolsa en frente de ambos.

—¿Qué quieres construir?—preguntó el menor tomando un bloque y examinándolo.

—Quizá una pirámide... Y luego la destruimos—sugirió, viendo cómo Dipper asentía varias veces emocionado.

Comenzaron a armarla con tranquilidad, lejos de la litera en la que los gemelos Pines dormían. Cuando terminaron Dipper tomó de entre todos sus juguetes una pequeña bolsa donde había mínimo diez de esas pequeñas pelotitas que rebotan mucho.

—Tú primero—pidió el castaño, viendo a Bill ya colocado en su cama para aventar una pelota. El rubio asintió y lanzó una, dando en la punta de la pirámide.

—Vas—dijo el rubio, dejando que Dipper se acomodara. En un movimiento erróneo Dipper se resbaló de la cama por poner una mano mal y se hubiera golpeado fuerte si un rubio atento no hubiera tratado de ayudarlo, desequilibrándose y recibiendo él el golpe al cambiar las posiciones.

Dipper se bajó de su cama asustado al ver al rubio soltar un pequeño quejido para después sonreír, confundiendo al castaño.

—¿Estás bien?—preguntó el mayor pausadamente sin abrir los ojos.

—Sí, B-Bill—respondió Dipper—. ¿Tú lo estás?

—No te preocupes por mí, Dipper. Me gusta protegerte—comenzó a decir el de ocho años—, siempre te ayudaré y rescataré cuando sea necesario. No importa si soy yo el que debe amortiguar el golpe. Lo prometo.

Dipper se sonrojó levemente y ayudó a Bill a levantarse.

—Gracias—respondió Dipper a lo que Bill había dicho. Seguido de esto lo abrazó muy fuerte, o al menos lo más fuerte que podía.

—Tranquilo, Dipper—. Bill aceptó el abrazo y acarició los cabellos del menor un poco—. Y entonces, ¿derrumbaremos o no la pirámide?—preguntó a Dipper, susurrando en su oído, haciendo que el menor riera un poco.

—Sí—. Dipper tomó una pelotita y se acomodó en su lugar para después aventarla. Le dió a un costado pero no logró derribar nada.

—Oh, vamos, más fuerte, Dips—se burló el rubio.

Y así jugaron por mucho más tiempo hasta que la madre de Bill tuvo que regresar con éste a su hogar. El castaño ya estaba dormido, por su puesto, y no faltaba mucho para que sus papás y hermana regresaran.

Dipper sonrió por el recuerdo que tenía de su infancia con Bill, un pequeño niño que definitivamente fue su primer amor. Un pequeño niño que creció y tuvo que partir. Pero ya estaba de vuelta.