Dipper se acabó el litro de helado que tenía y se dirigió a la cocina para tirar el bote vacío y tomar otros 6 litros de helado completamente llenos. Quizá no podría controlarse con esto. Y por lo visto le daba igual estar enfermo en una época del año ya fría de por sí y comer este tipo de alimentos.
Regresó a la sala y se dedicó a comer helado, acabándose un litro tras otro mientras veía la televisión en la sala tranquilamente. Seguía pensando en el bello día que había recordado con Bill cuando de pronto tocaron la puerta. Se acomodó la ropa, que consistía en un suéter blanco con un pino azul en medio tejido por Mabel, unos shorts azules claro y unas calcetas que no eran exactamente iguales: una era blanca y la otra marrón. Dipper Pines; experto en extraviar calcetas y calcetines.
Fue a la puerta principal y sin importar qué pudiera encontrar del otro lado, la abrió. Pudo haber sido el cartero nuevo. No, él sabía que la correspondencia se deja en el buzón. Pudo haber sido su padre. No, estaba seguramente tirándose a alguna puta. O su madre. No, ella sí estaba trabajando. Quizá hasta Mabel. No, estaba en la escuela, en clases... O saltándose éstas para fajar con Pacífica en los baños, como solían hacer en clase de Literatura.
En cambio era un muy atractivo rubio.
Justo cuando Dipper soltó la perilla de la puerta ya abierta, estornudó.
—Qué adorable—susurró Bill viendo a su novio con una sonrisa enternecida, notando su nariz, pómulos y frente más rojizas de lo normal. Se extrañó un poco y acarició el cabello castaño del otro. Entró a la casa y cerró la puerta tranquilo—. ¿Y me preguntabas por qué te decía pino?
Dipper volvió a estornudar.
—Ayer solo era mi collar...—balbuceó después de hacer un pequeño gesto.
—Y tu piercing, cariño—. Bill rió—. Y la gorra.
Y entonces Dipper se sonrojó, cayendo en la cuenta de que sí tenía una obsesión con los pinos, más aún con los dibujos de pinos azules.
—B-bueno, ya vi tu punto—dice con una sonrisa cansada. El estar parado le había dejado ya exhausto.
Bill, al verlo bien y oír su voz entendió que el menor no estaba muy bien.
—¿¡Qué le pasó a mi pino!?—exclamó abrazando preocupado al menor, acariciando su espalda. Por la acción repentina, Dipper había colocado sus manos frente a él, dejando éstas sobre el pecho de Bill inconscientemente.
Pasaron unos minutos en ese abrazo hasta que Dipper volvió a estornudar levemente, separándose de Bill, quien le vió enternecido.
—Como podrás observar, no fui a la escuela... porque me enfermé—comentó Dipper con una pequeña sonrisa avergonzada mientras alzaba sus hombros—. Como sea... Me alegra que estés aquí, será como...
—...Como revivir nuestra infancia, ¿no?—. Aparentemente Bill había pensado en lo mismo que Dipper y para aclararlo le había interrumpido, acabando su oración.
El castaño asintió cerrando sus ojos momentáneamente por el cansancio que provocaba su enfermedad y cuando menos se lo esperó, ya estaba en brazos del rubio, dirigiéndose a la sala de la casa. Una vez ahí, Bill dejó con sumo cuidado a Dipper acostado en el sofá de dos plazas, después se hizo un espacio y terminó por acomodarse con la cabeza del menor en sus piernas.
Dipper estiró un brazo y alcanzó el bote de helado a medio comer y tomó la cuchara dentro de éste para continuar comiendo, aunque a veces le daba cucharadas a Bill con una sonrisa, y al rubio no le importaba comer el helado que le diera.
La televisión llamó la atención del castaño cuando los comerciales acabaron y se acomodó mejor en las piernas de Bill para poder ver la película tranquilo.
—¿Qué película es?—preguntó Bill viendo el interés del castaño con mucha ternura, para después dirigir su vista a la pantalla.
—Las crónicas de Spiderwick—dijo en seguida el chico acostado y dejó el helado en el suelo, ya vacío, y como era el último, se centró por completo en Bill y la película, antes no había puesto atención porque el helado era más importante.
En eso, a Bill se le ocurrió recorrer la sala con la mirada, encontrándose con varios botes de helado vacíos.
—¿Cuántos botes de helado llevas?—preguntó el rubio con una sonrisa divertida, acariciando el cabello tan hermoso y sedoso del Pines.
—Dos...—balbuceó Pines desviando la mirada, pero Bill llevó su mano a sus mejillas para que le viera—vale, cuatro—. El rubio alzó una ceja, sacándole la verdad a Dipper—: O-ocho.
Dipper bajó la mirada arrepentido, no podía sentirse peor por haber comido tanto helado, aún sabiendo que estaba enfermo. Sabía que Bill se enojaría, o al menos le regañaría.
—Ese es mi novio— dijo Bill revolviendo el cabello castaño que había estado acariciando, haciendo que el menor se confundiera.
—¿N-no me vas a regañar?— preguntó Dipper viendo con ojos expectantes y curiosos a su rubio favorito.
—¿Por qué habría de hacerlo? Mi madre me enseñó a que hay que consentir siempre a las personas cuando están enfermas. Así sanan más rápido, ya que están en un ambiente cómodo, ¿no?
—Su-supongo...— balbuceó el castaño asintiendo con tranquilidad, para después encogerse en su lugar, estornudando mientras cubría su nariz y boca con sus manos.
—Ay, pino...— dijo Bill para después hacer que el cuerpo del menor se relajase a base de caricias, para que volviera su posición inicial.
Dipper suspiró y cerró sus ojos para descansar en las piernas del mayor, necesitaba un rato de tranquilidad y confort que solo Bill podía brindarle.
Sintió un pequeño dolor cerca de su abdomen que le hizo estremecer, pero no le tomó importancia cuando las manos de Bill comenzaron a pasearse por su pecho.
Una duda surgió dentro de la cabeza de Dipper. Recordaba a Bill, y habían cosas vagas que podía recordar de su infancia con él, pero por más que pensaba, el apellido del rubio no se aparecía en su mente.
—¿Cuál es tu apellido?— soltó el castaño sin más, mientras que sus gestos se mantenían apacibles.
—Cipher, pequeño Pines— respondió el rubio sin problemas y se agachó para darle un beso en la frente—. ¿Alguna otra pregunta?
—Ehm...— pensó unos segundos, y otra pregunta surgió, aunque a ésta no le tomó mucha importancia—. Sí, ¿cuántas parejas has tenido antes que yo?
Bill soltó una carcajada y suspiró aliviado de que la pregunta fuera esa.
—Primero dime tú cuántas crees.
